La violación de las putas y su palabra. Reflexiones sobre el caso DSK.

por Thierry Schaffauser, 22 de septiembre de 2011 

http://lmsi.net/Le-viol-des-putes-et-leur-parole

No sé lo que ha ocurrido exactamente en la habitación del hotel de Sofitel de Nueva York. Pero sabemos que el estigma de puta se ha convertido en un arma de la defensa en el proceso en curso. La querellante niega el hecho de haberse prostituido; ahora bien, a pesar de todo, es uno de los argumentos admitidos para descalificar su palabra. 

El mensaje es claro: una prostituta no puede ser creible, ya que estaría dispuesta a hacer cualquier cosa por dinero. Si está dispuesta a “vender su cuerpo”, entonces está dispuesta, sin duda, a acusar falsamente a un hombre de violación para obtener un beneficio financiero. 

En los procesos por violación, la reputación de la víctima se utiliza siempre contra ella. En Carnal Knowledge, Rape on Trial, Sue Lees demuestra cómo la credibilidad del acusado y la de la querellante están sometidas a perspectiva de género. La ausencia de antecedentes penales de la querellante no es importante para su credibilidad, pero sí lo es su reputación sexual. Pero, en cambio, si tiene antecedentes penales sí resulta importante. Para un hombre, su ocupación y la ausencia de antecedentes penales son los dos factores principales para evaluar su credibilidad. Lees Sue, Carnal Knowledge, Rape on Trial, Penguin Books, 1997, capítulo 5. 

¿Qué es una buena reputación? 

“La amenaza del estigma de puta actúa como un látigo que mantiene a la humanidad femenina en un estado de pura subordinación. Mientras dure el escozor de este látigo, la liberación de las mujeres será un fracaso” (1). 

Con esta frase, la psicóloga y feminista Gail Pheterson afirma que el “estigma de puta” es usado contra todas las mujeres a fin de limitar sus libertades. Pone también el ejemplo de un proceso por violación que perdió la víctima porque su testigo principal era una prostituta. El simple hecho de ser puta basta para calificar mala reputación. La denegación de justicia que muchas mujeres sufren en casos de violencia de género está de hecho generalizada para las trabajadoras del sexo, que encarnan la imagen tradicional de la “mala mujer”, de la puta. 

La fuerza de la ley. 

El efecto de las leyes contra la prostitución es que toda prostituta es mirada como criminal incluso aunque sea ella la víctima del crimen. La ley permite también legitimar la violencia contra las trabajadoras del sexo. En la década de 1970, tras los asesinatos del criminal en serie Peter Sutcliffe, llamado Yorkshire Ripper, la policía británica no comenzó su investigación más que después de haber identificado a una víctima (la cuarta identificada) como “inocente”, por ser una joven virgen de 16 años y, sobre todo, no prostituída. Pero, incluso, durante el proceso, el Fiscal General declaró que lo más triste en aquel asunto era que el asesino en serie hubiera atacado también a mujeres “respetables”. Las trabajadoras del sexo asesinadas no merecían, pues, respeto. Más recientemente, en 2002 y 2003, siete gendarmes de Deuil la Barre, en el Val d’Oise, violaron a una trabajadora del sexo albanesa amenazándola de expulsión del territorio a causa de su situación de sin-papeles. Se atrevió a denunciar y fue, en efecto, alejada del territorio francés. 

Es muy raro que las trabajadoras del sexo denuncien, sobre todo cuando los actos criminales son cometidos por la policía o por hombres poderosos. Sabemos muy bien que la palabra de una puta no cuenta nada o casi nada, sobre todo frente a la de un hombre poderoso o representante del Estado. 

Una de las más grandes activistas por los derechos de las trabajadoras del sexo, Griselidis Real, estuvo en una situación igual o peor que la de Nafissatou Diallo. Tuvo también un amante negro en prisión, estuvo sin papeles durante años en Alemania y fue encarcelada por tráfico de drogas por revender hierba a los GI americanos. En cambio, nunca puso denuncia por las numerosas violaciones que sufrió, sabiendo sin duda la suerte que le habría sido reservada. 

Cuando yo trabajaba en la calle Place de la Porte Dauphine, en París, nunca intenté denunciar a mis agresores. Un policía me había prevenido, en efecto, de que si se encontraba mi cuerpo ensangrentado tirado en la cuneta se reiría, ya que nos había prevenido de que no estuviéramos en la calle y Sarkozy no quería que estuviéramos allí… Cuando una amiga fue a denunciar ante la policía a un hombre que había estafado a más de un centenar de escorts (2), a pesar de ser bien conocido de todos, incluídas las fuerzas de policia, desde hacía años, la respondieron: “Tienes que dejar de hacer tonterías”. 

El mensaje es, pues, que las trabajadoras del sexo son siempre responsables de cualquier violencia que sufran y no tienen, pues, por qué quejarse. Es el mismo discurso que pueden tener ciertos militantes anti-prostitución contra las trabajadoras del sexo activistas que rehúsan cesar en un oficio considerado como peligroso por naturaleza y que, al escoger ejercerlo a pesar de todo, contribuirían a perpetuar. Quizás la violencia en este caso sería incluso merecida. Es, en todo caso, esta lógica la que ha movido, por ejemplo, a reforzar la ley contra la prostitución callejera bajo pretexto de luchar contra el proxenetismo, considerando que es penalizando a las trabajadoras del sexo como se podría alcanzar a los proxenetas, que ellas protegerían, supuestamente.  

¿De dónde viene esta idea de que las putas son mentirosas, sobornables y no pueden ser violadas? 

Porque las palabras son importantes, veamos cómo opera el estigma de puta (o la putofobia, según se quiera llamarlo), y cómo tiene varios sentidos, a veces contradictorios, aunque la contradicción no es un problema cuando se trata de discriminar. Varias corrientes se entremezclan en lo que constituye el sistema putófobo. 

Comencemos por las corrientes más prohibicionistas del pensamiento abolicionista que han producido numerosos discursos sobre la prostituta en tanto que representación, aunque no son las únicas. Ciertas representaciones abolicionistas de la prostituta como “víctima” por esencia refuerzan la idea de que ella estaría desesperada hasta el punto de hacer cualquier cosa, tal que “vender su propio cuerpo”,  y así no respetarse ya a ella misma, y deber mentirse a ella misma y a los demás, y, en particular, sobre su propia condición. Los defensores de este abolicionismo nos explican a menudo que la palabra de las putas en ejercicio debe ser tomada con precaución. 

Es el caso de la diputada del PS Danielle Bousquet, que justifica, por ejemplo: 

“Ninguna persona prostituída, mientras ejerza la prostitución, dirá nunca que está coaccionada: nunca. Todas dicen, en efecto, ‘yo lo hago voluntariamente’. Sólo cuando cesan en la prostitución las personas dicen: ‘la verdad es que no era lo que yo decía”. (3) 

Sólo después de que la “persona prostituída” (como nos llaman) ha sido rehabilitada empezaría a decir la verdad sobre sí misma. 

Otro aspecto más conservador del discurso putófobo (que puede ser también parte del abolicionismo) describe a la prostituta como no teniendo ninguna ética, ningún sentido moral, ninguna dignidad, ningún honor. La prostituta es descrita en el moralismo teñido de cristianismo como una mujer descarriada, caída en el pecado, y cuya identidad entera está marcada por el hecho de cometer actos inmorales. La rehabilitación de las trabajadoras del sexo, promocionada en nuestros días siempre por el Estado y financiada con nuestros impuestos, proviene de esta idea de que la pecadora puede arrepentirse de sus actos, como María Magdalena al encuentro de Cristo. Los orígenes cristianos de cierto abolicionismo son más evidentes cuando se sabe que esta filosofía proviene de filántropos y misionarios de la Inglaterra victoriana o que la expresión “venta del cuerpo”, utilizada en oposición a la venta de la fuerza de trabajo, se aproxima extrañamente a la idea de “venta del alma”, concepto manifiestamente religioso. 

El discurso putófobo se apoya, en fin, en principios sexistas. Ser puta es descrita en el discurso machista como el hecho de ser una ladrona (para aquellos que esperan que las mujeres les presten servicios sexuales gratuitamente); una mentirosa manipuladora, por definición infiel y que empuja a los hombres casados al adulterio; que se acostaría con cualquiera, incluído el enemigo en tiempo de guerra; seductora de los hombres (que no podrían resistirse) para su provecho personal egoísta, por pereza y/o falta de inteligencia; transmisora de enfermedades venéreas (a los hombres y, luego, indirectamente, a su esposa o mujer legítima); una amenaza, pues para la familia y una humillación para la nación entera que exigiría, por tanto,  raparla en represalia. Es en este contexto que ya el control por la reglamentación o ya el castigo por la criminalización se adopten contra las trabajadoras del sexo. 

El conjunto de estas corrientes justifica un sistema putófobo en el cuadro del cual la violación de las putas se vuelve improbable o insignificante. Las denuncias en comisaría casi nunca son registradas y, aún menos, investigadas. Incluso aunque la credibilidad de la víctima llegara a ser establecida a pesar de su estatuto de puta, parecería que el crimen sería “menos grave”, ya que las putas tendrían la costumbre de dejarse joder, y no sería para nosotras más que una “sesión gratuita”. Las consecuencias serían, pues, menos serias, y ciertos jueces han podido considerar que bastaba con que el acusado pagara una multa correspondiente al precio de la sesión para reparar el acto cometido.

Reacciones feministas

Consideremos la cuestión de los movimientos feministas, que no pueden ser confundidos con la fábrica ideológica de la putofobia salida del patriarcado. Son sólo determinados de estos grupos, cierto que aún mayoritarios en Francia, los que, influenciados por cierto abolicionismo tendiente al prohibicionismo, mantienen un discurso putófobo y, paradójicamente, a través de él, una forma de sexismo contra las mujeres trabajadoras del sexo. Además, sus intenciones no son claramente las mismas que las de la putofobia machista. Es, sin embargo, importante mencionar el papel de estos movimientos o personalidades feministas -o pretendidamente feministas- ya que contribuyen, también, a menudo, a los mismos efectos de esencialización y de silenciación de la palabra de las putas; a veces, incluso, a su confiscación, al instrumentalizar la cuestión de la violación en ese sentido. 

En reacción al caso llamado DSK, las organizaciones feministas han denunciado, justamente, el sexismo que lo rodeada y, en particular, los comentarios de unos y otros. Osez Le Féminisme (OLF) y la Barbe han redactado un manifiesto y organizado una reunión conjunta, invitando a las organizaciones feministas a tomar parte en ella. Ahora bien, ha quedado claro que las trabajadoras del sexo no han sido consideradas como feministas, ya que nunca han sido invitadas o mencionadas en tanto que activistas políticas que pudieran tener hecho un análisis sobre la violación en general y sobre la suya en particular. 

Además, su texto ponía en paralelo el sexismo y el racismo al decir que sólo se trata a las mujeres de esta manera (y no a las minorías racializadas, vistas implícitamente como hombres). Ahora bien, precisamente en el caso de Diallo, no se trata más que de sexismo. Hay que tener en cuenta también, ciertamente, la existencia de racismo y de clasismo, pero también de putofobia, de la que nadie habla, pero que es, sin embargo, evidente en este caso, en el que no da lo mismo que Diallo sea o no trabajadora del sexo. 

La cuestión de la violación de las putas es, a menudo, mal analizada por ciertos movimientos feministas influídos por determinado aspecto del pensamiento abolicionista.  Al hablar, a veces, de violaciones en la infancia y otros traumas para explicar que ciertas mujeres sean putas porque eso les parezca inimaginable para sí mismas, ciertas feministas no hacen de hecho nada para luchar contra esa violencia, sino que encuentran una excusa para justificar la negación de la palabra de las putas, describiéndola como enajenada. Es un mal servicio hecho por igual a todas las víctimas de violación que, de imponerse esta lógica, se verían así consideradas menos capaces que los demás de hacer buenas elecciones por sí mismas. 

Ciertas feministas llegan a pensar que la prostitución es el acto de pagar para obtener el consentimiento de las mujeres a ser violadas. Sin embargo, ser trabajadora del sexo no impide saber hacer la diferencia entre una violación y una relación sexual consentida, o decir no a un cliente. Vender sexo no quiere decir que estemos dispuestas a aceptarlo todo o que nunca seamos capaces de imponer nuestras condiciones, sea acerca de las tarifas, de las prácticas sexuales o de la prevención. 

El principal problema al que las trabajadoras del sexo se enfrentan es a la falta de confianza en las fuerzas de policía y las autoridades públicas.  Las leyes contra el trabajo sexual impiden prácticas eficaces para detener los abusos y están en total contradicción con los enfoques de reducción de riesgos y de salud comunitaria. ¿Como podría, en efecto, la policía, investigar los crímenes sufridos por las trabajadoras del sexo cuando está tan ocupada en detenernos? 

Es preciso, pues, ser más prudente cuando se habla de trabajo sexual. Este puede ser un trabajo difícil y con mucha explotación, en particular cuando la criminalización de diferentes partes de la industria del sexo aumenta los actos de violencia, pero definir el trabajo sexual como, intrínsecamente, una violación en sí, o una violencia contra las mujeres, añade confusión más que ayuda. Los argumentos anti-trabajo sexual que definen a las trabajadoras sexuales como objetos y que pretenden que la industria del sexo normaliza la violación, colocan a las trabajadoras del sexo en una posición injusta, porque si no rechazamos nuestro trabajo y seguimos trabajando, se nos acusa de ser cómplices de violación o bien de ser “el ejército de reserva del patriarcado” (4). 

La ausencia de deseo no es ausencia de consentimiento, y el deseo no está siempre ausente, al menos con algún cliente. El deseo puede manifestarse de diferentes maneras y no siempre depende de la persona que se tiene delante. 

Para terminar, a esas personas que quieren criminalizar a nuestros clientes bajo el pretexto de que son violadores y ya que su lucha se concentra contra el ejercicio del trabajo sexual y no contra los abusos sufridos por las trabajadoras del sexo en ejercicio, querría preguntarles: 

“¿Por qué queréis detener a los hombres que pagan y que, por tanto, respetan el contrato, cuando no se hace nada para detener a los que nos violan de verdad?”.

P.-S.

Thierry Schaffauser es trabajador del sexo y miembro del sindicato STRASS. 

Notes 

[1] Pheterson Gail, The Prostitution Prism, Amsterdam University Press, 1996 

[2] http://www.niamodel3.com/AlertEscor… 

[3] http://site.strass-syndicat.org/201… 

[4] Expression entendue lors d’une réunion publique d’Osez Le Féminisme. 

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