Esconded a esas putas que no queréis ver… ¡ para exterminarlas mejor !

Por Peggy Sastre sexo, ciencia y otras cosas

Editado y avalado por Melissa Bounoua 

http://leplus.nouvelobs.com/contribution/229802-cachez-ces-putes-que-vous-ne-sauriez-voir-pour-mieux-les-exterminer.html

 En el puerto de Constanza hay una estatua sorprendente. Gigantesca, movible, giratoria, es la Imperia de Peter Lenk, la cortesana italiana –sacada también de Balzac o Gautier— que sostiene en sus manos un papa y un emperador, dos bufones ridículos, minúsculos y desnudos como gusanos.

En el momento de su inauguración, en 1993, el escultor hizo sensación al celebrar así el Concilio de Constanza  « por la puerta de atrás », prefiriendo la figura de una puta a otras más respetables y menos anacrónicas. Pero, hoy , Imperia está perfectamente integrada en el paisaje : la estatua se ha convertido en uno de los monumentos más célebres de la ciudad y el más fotografiado por los turistas. Un poco excitados, sin duda, por el aspecto sulfuroso de su protagonista.

 Paseando, yo también, alrededor de esta estatua, me he preguntado una vez más cuál será el problema con las putas. ¿Por qué no es posible, por ejemplo, mencionar el tema sin que se revuelva un tumulto de emociones y se transforme la más apacible de las asambleas en folleto detallado de la histeria colectiva ?

 

Barrer a las prostitutas bajo la alfombra 

¿Qué es lo que puede tener la prostitución que sea tan grave, tan deshonroso, tan escandaloso ? ¿Qué es lo que mueve a un Laurent Joffrin, director de la redacción del « Nouvel Observateur » (…), a suprimir los anuncios « rosas » de su semanario ? ¿Qué es lo que incita a las fuerzas del orden a querer cerrar un establecimiento como el club de intercambios Les Chandelles ? 

¿Por qué algunas personas, representando en apariencia (y yo sé bien que no hay que fiarse de las apariencias) un pretendido consenso, se empeñan, una y otra vez, en reiterar los mismos errores, en hacer circular las mismas verdades a medias y en envolverse con los mejores sentimientos del mundo, para evitar hablar de la realidad ?

La realidad es que todo lo que la prohibición y la reglamentación  de la prostitución consiguen y conseguirán hacer, es barrer a las putas bajo la alfombra —esconderlas, en un primer caso, en los brazos de « protectores » suficientemente poderosos como para permitirles « vivir » fuera de la ley (…) y, en un segundo caso, al abrigo de estructuras en las que la conciencia y el progresismo están, quizá, más tranquilos, pero donde las putas son infantilizadas y tiranizadas. Y, un día u otro, todo ese tinglado comenzará a apestar horriblemente y a hacernos tomar conciencia de que las soluciones elegidas no eran las buenas. 

Porque nada de todo esto solucionará las violencias de las que las putas son víctimas. Nada de todo esto hará desaparecer la trata, las redes, la matanza. Nada de todo esto tendrá un impacto directo sobre la igualdad de los sexos ni obligará a los que tienen la posibilidad de hacerlo a dejar de querer pagar por sexo. Esto no es una predicción o una apuesta sobre el porvenir: es un hecho.

Un problema de orden moral

Debo admitir que todo esto me cansa a veces sobremanera. Que, de vez en cuando, me mareo a fuerza de dar vueltas en mi mente a estas « cuestiones » (…) para intentar comprenderlas o, en su defecto, para centrifugarlas fuera de mi cerebro. Con ganas de bajar los brazos y conformarme con la comodidad de saber que, en efecto, yo no he elegido, al fin y al cabo, la prostitución como fuente principal de ingresos. Entonces, ¿por qué mancharme las manos, aunque sea de lejos ? ¿Qué me importa a mí que algunos intenten exterminar a las putas como otros han masacrado alguna especie poco fiera? Es una cuestión de selección natural, al fin y al cabo… 

Lo siento, pero no, no puedo darme por satisfecha de esa manera. Porque la verdad que algunos no quieren ver es que bastaría sencillamente con despenalizar la prostitución para que mejorara la situación. En otras palabras, dejar a las putas hacer su trabajo, y hacer de forma que la prostitución sea un trabajo como cualquier otro. 

Que las prostitutas dejen de ser detenidas, vilipendiadas y discriminadas ni por lo que hacen ni por la manera como lo hacen. Que una persona que practique cualquier forma de trabajo sexual sea considerada de la misma manera que si realizara cualquier otro tipo de trabajo. Que las prostitutas tengan los mismos derechos y los mismos deberes que los demás trabajadores —con sindicatos, convenciones, representantes, etc, que regirían y protegerían su trabajo y les daría acceso a los mismos medios para combatir los abusos.

De esa manera, se podría ver que el único (digo bien, el único) problema de la prostitución es de orden moral. Y como la moral no tiene nada que hacer en una democracia laica y pluralista, el terreno será, de golpe y porrazo, fácil de despejar. 

Para los que deseen ver lo que esto podría significar, y vivir durante algunas horas un paréntesis encantado en el que la prostitución no sea ni degradante, ni opresiva, ni coactiva, sino, a la vez, tierna, divertida, frágil, compasiva, lírica y, cierto, un tanto ingrata (pero es también lo que se quiere), apresuraos a ir a ver la obra « Clientes », una maravillosa puesta en escena de las aún más maravillosas palabras de Grisélidis Réal, esa peripatética que reposa hoy en un cementerio de reyes.

  

 

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