No, la prohibición de la prostitución no es la abolición de una esclavitud

Por Alain Cohen-Dumouchel 

Pubicado el 13/12/2011 

http://www.contrepoints.org/2011/12/13/60195-non-la-prohibition-de-la-prostitution-nest-pas-labolition-dun-esclavage

  Ninguna de las experiencias del pasado puede servir de lección a esta familia política desastrosa que se empeña en un dirigismo obtuso. Uno puede imaginarse fácilmente la nueva catástrofe que una ley que penalice la prostitución provocará al cabo de algunos años. 

Un proyecto de ley destinado a penalizar a los clientes de las prostitutas ha sido registrado en la asamblea nacional (francesa). Esta proposición sigue a un informe publicado en abril pasado por la misión de información parlamentaria sobre la prostitución. La diputada socialista Danielle Bousquet era la presidenta y Guy Geoffroy, UMP, el portavoz. Antes de que este proyecto de ley sea votado, ha sido ya aprobado por unanimidad por la asamblea el 6 de diciembre en una resolución simbólica. Ésta “reafirma la posición abolicionista de Francia, cuyo objetivo final es una sociedad sin prostitución” y juzga “primordial que los políticos públicos ofrezcan alternativas creíbles a la prostitución y garanticen los derechos fundamentales de las personas prostituídas”. 

¿Qué decir de esta resolución y del proyecto de ley que la acompaña?

Lo primero, el método. Confiar una misión parlamentaria sobre un “asunto social” a un socialista es una martingala particularmente gratificante para la derecha. Desde que la izquierda, bajo la influencia del rocardismo, se ha convertido en un bastión de puritanos higienistas, el procedimiento se usa prácticamente en todos los casos. El epíteto “reaccionario” que se creía reservado a la gente de derechas se aplica en adelante perfectamente a las ligas de la virtud socialistas o al culto ecológico. Los jefes de fila de nuestra buena vieja derecha gaullista no vacilan ya, pues, en nombrar a personalidades de la izquierda para encabezar múltiples “comités de ética” o “misiones parlamentarias”, convencidos de que se comportarán como auxiliares celosos de la moral cristiana conservadora. Hacer que la izquierda construya una ley soñada por la derecha es el medio más seguro de hacerla realidad.

A continuación, entrando en el fondo de la cuestión, se podría disertar sobre las preferencias manifestadas por la comisión parlamentaria presidida por Danielle Bousquet que, de doscientas entrevistas, sólo ha tenido quince con prostitutas, de las que sólo siete estaban en actividad, reservando las demás a los “expertos”. Se podría recordar por enésima vez que el Estado, que no renuncia a fiscalizar la prostitución (las prostitutas deben marcar la casilla “beneficios no comerciales” en su declaración de la renta), se sitúa de hecho en situación de proxeneta. Se podría escuchar, mejor, a Morgane Merteuil, secretaria general del sindicato de trabajo sexual, cuando dice que las trabajadoras del sexo no son forzosamente víctimas y que, hablando de los clientes, afirma:”son más respetuosos con nosotras que las feministas abolicionistas”. Se podría subrayar, como hace Elisabeth Badinter, que la única cuestión es que la mujer “no sea obligada”, lo que confirma inteligentemente Morgane Merteuil al distinguir entre proxenetismo de apoyo y proxenetismo de coacción. Se podría decir que la “protección de la mujer” sirve a menudo de pretexto para mantenerlas en la sumisión. El velo, la prohibición del divorcio o de las relaciones prematrimoniales, la carabina, son siempre para “proteger” a las mujeres. Se podría, en fin, evocar el hecho de que el turismo sexual (que se podría denominar también éxodo sexual) permitirá siempre a los que tienen medios escapar a la prohibición del sexo pagado en su país. 

Pero todo esto no sirve de nada. 

Ninguna de las experiencias del pasado puede servir de lección a esta familia política desastrosa que se empeña en un dirigismo obtuso.

¿El empleo va mal? Legislan para penalizar los despidos y provocan una recrudescencia del paro. ¿Se estanca el nivel de vida? Decretan el salario mínimo más elevado del mundo y condenan a la exclusión a todos aquellos cuyo trabajo vale menos que ese umbral artificial. ¿Los inquilinos tienen dificultades para llegar a fin de mes? Impiden el recobro de los alquileres impagados y provocan una penuria de pisos en alquiler y un alza de los alquileres. ¿Las drogas son contrarias a su moral? Las prohiben y provocan un gigantesco tráfico internacional, la financiación del terrorismo y la difusión de drogas a la salida de los colegios. ¿La economía no es suficientemente dinámica?  Mantienen un déficit permanente durante cuarenta años para satisfacer a su clientela electoral y ponen a su país en situación de quiebra.

Se puede imaginar fácilmente la nueva catástrofe que una ley que penalice la prostitución provocará al cabo de algunos años: trata exclusivamente en manos de la mafia, violencia y clandestinidad para las mujeres, éxodo sexual para los ricos, menos ingresos fiscales y más gastos ligados a la represión para el Estado. ¡Un desastre más en el activo de los constructivistas!

Pero hemos guardado lo más escandaloso de este asunto para el final, ya que la expresión “La posición abolicionista de Francia”, empleada en la resolución votada por la asamblea, pretende, claramente, establecer un paralelismo entre la futura ley y nada menos que la abolición de la esclavitud.

Tras haber llevado al país a la quiebra, nuestros diputados pretenden, pues, compararse a los que abolieron la esclavitud. Mala suerte para ellos, ya que son los antecesores de los liberales quienes, por dos veces, antes y después de Napoleón, abolieron la esclavitud en nombre de los Derechos del Hombre de 1789 que establecen como principio inalienable la libertad y la propiedad de cada individuo sobre su cuerpo y sobre los frutos de su trabajo. Es, pues, evidente que, en nombre de estos mismos principios, la práctica de la prostitución entre adultos libres y que consienten,  sin coerción pues, debe ser posible sin penalización del prestatario del servicio (es decir, del prostituto o de la prostituta) ni del consumidor. A la inversa, la penalización de la prostitución es muy claramente una forma de esclavitud, ya que lleva a  no reconocer la propiedad de los individuos sobre su cuerpo y sobre los frutos de su trabajo.

Los que quieren hacer pasar a los ojos de la opinión pública la prohibición de la prostitución por la abolición de la esclavitud son, pues, como se prefiera, usurpadores o incultos. ¡En todo caso, hace falta que se vayan pronto!

Fuente:

 

 

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