Del “no” de la violación al “sí” de la prostitución

 Por Morgane Merteuil 

Escort y secretaria general del STRASS (Syndicat du travail sexuel) 

 5 de marzo de 2012 

http://www.acontrario.net/2012/03/05/viol-prostitution-consentement/ 

 

“Estoy cansada”, “No tengo ganas”, “Apártate”, “Déjame dormir”, “Yo no me río, la verdad”, “¡Para!”, “¡Me haces daño!”, “¡Te digo que me haces daño!”: las maneras de expresar un “no” son infinitas.

Y aunque el cansancio, el hastío, el agotamiento psicológico pueden impedir la transformación de ese “no” en resistencia física, dejándolo en el estado de palabras nada más, ignorar ese “no”, no importa cómo sea formulado, y continuar adelante sin tener en cuenta el valor de ese “no”, hacer como si fuera un “sí”, es una violación.

Porque la palabra del otro, y por tanto la expresión de su no-deseo, no ha sido tenida en cuenta, se ha producido lo inaceptable. Inaceptable porque es la negación de la palabra, la negación del valor del otro, de su derecho a disponer de sí mismo, de su derecho a esperar que su palabra sea tenida en cuenta.

No digo nada nuevo, nada que no haya sido dicho una y otra vez (y mejor así, pues no se repetirá nunca lo bastante), sobre todo por aquellas y aquellos que, definiéndose o no como feministas, luchan porque el valor de ese “no” sea reconocido, y luchan por un cambio de mentalidades hasta que todos, y sobre todo las mujeres, vean reconocido, en toda circunstancia, su derecho a expresar una elección y a esperar que ésta sea respetada, para que lo inaceptable deje de reproducirse.

Sin embargo, entre esos mismos ellas y ellos, hay quienes, en su discurso, niegan paradójicamente el valor del otro: hablo de aquellas y aquellos que equiparan continuamente violación y prostitución, y para quienes la prostituta es incapaz de decir “sí”.

Decir que la prostitución es una violación en sí misma, es decir que la persona que ha dicho sí, en realidad decía no. Hacer pasar a nuestros clientes por nuestros violadores, es decir que son de los que ven un “sí” donde en realidad hay un “no”.

Una puta puede decir no en cualquier momento de la relación; si en ese momento el “no” no es tenido en cuenta, hay una violación. Y punto.

Esta es la razón por la que hay que dar a todo el mundo, putas incluídas, los medios de decir no; se sabe que a veces es difícil  “realizar físicamente” ese “no”: he hablado más arriba del hastío, del cansancio que puede representar una traba a la expresión física de ese “no”; pero la precariedad, el miedo a una violencia que se considera que es “inherente” a la prostitución, son otras tantas trabas que dificultan la “realización” de ese “no”.

Dicho de otro modo, para que lo inaceptable deje de reproducirse, es preciso hacer reconocer el valor del otro, de su palabra, para que el “no” sea tenido en cuenta como tal; la palabra del otro debe ser reconocida como tal: no se puede reconocer el valor del “no” del otro sin reconocer el valor de su “sí”. Esto implica admitir la noción del consentimiento de las putas.

Así, hoy, me planteo una pregunta, que no espera respuesta, pero que me gustaría que cada un@ se haga a sí mism@: las personas que no pueden aceptar el “sí” de las putas en tanto que tales sino que siguen actuando como si vieran en su lugar un “no”, ¿son menos condenables que las que un día han equiparado el “no” del otro a un “sí”?

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