Cuidemos a las putas

Subido el martes 20 de marzo de 2012

por  Frédéric Bisson, Sandra Laugier, Pascale Molinier, Anne Querrien

http://multitudes.samizdat.net/Prenons-soin-des-putes

No podemos sino mostrarnos consternados por la actual polémica sobre la prostitución, que opone a lxs que la ven como « un trabajo como los demás » (posición liberal) a aquellxs otrxs que la ven como « una violencia a abolir » (posición abolicionista).  Esta alternativa reductora es consecuencia de un moralismo que el feminismo ha querido siempre, sin embargo, impugnar. Este falso debate es, en efecto, tres veces sordo.

Genealogía de la moral abolicionista

De entrada, se rehusa escuchar a lxs prostitutxs. Estxs no son nunca sujetos, sino objetos de los discursos dominantes (los de la Iglesia, el Estado, el Feminismo abolicionista) que tienen la indignidad de hablar en su nombre, reproduciendo así la cosificación que denuncian. Al equiparar la prostitución con la esclavitud, considerando a lxs prostitutxs como víctimas y, a menudo, como personas con graves trastornos psíquicos, no sólo se hacen aliados de la represión, sino que se confirma y refuerza una división moral del trabajo que desvaloriza sistemáticamente un tipo de trabajo. En todo el mundo, militantes de movimientos de prostitutxs, mujeres, hombres, trans, se han hecho visibles, a veces poniendo en peligro su vida, y se han levantado públicamente contra la concepción victimizante y patologizante de lxs prostitutxs, contra el estigma y las persecuciones que esta concepción no solo no impide, sino que anima. No vemos cómo es posible no prestar atención a estas voces diferentes y no tener en cuenta su punto de vista sobre su propia experiencia.

A continuación, se rehusa escuchar al cliente, al que se entrega a la vergüenza pública. El Partido Socialista se encuentra a este respecto cómodamente alineado con la posición represiva de la derecha. Pero el argumento humanista corre aquí el riesgo de funcionar como una cuestión de honor moral dentro de un dispositivo de poder que se aprovecha de él. La represión legal de la prostitución no la rechaza a una ilegalidad homogénea, sino que es más bien un desglose y una gestión diferenciada de los « ilegalismos ». La prostitución es dividida según formas desiguales, más o menos visibles, más o menos toleradas o estigmatizadas.  Christine Salmon muestra, por ejemplo, los jóvenes senegaleses que proponen a las francesas de más de 50 años prestaciones sexuales a cambio de regalos (coche, casa, giros) escapan a la denominación de prostitutos. En su misma ilegalidad, la « prostitución » de la calle, estigmatizada, fabricada socialmente, sirve a múltiples intereses económico-políticos. La ilegalidad permite, por ejemplo, a la policía mantener el grado necesario de presión sobre las prostitutas, mediante la que se asegura su inserción en el medio y su control relativo de esta población. Pero al diferenciarse de los otros ilegalismos sexuales por su hipervisibilidad mediática, la « prostitución » les sirve también de contrapeso : hace sombra a todo un sistema paralelo que se mantiene en una relativa libertad. Dentro de este dispositivo, la penalización del cliente no pretende sólo hacerle replegar a la alianza legítima de la pareja, que se supone que satisface las necesidades sexuales de los individuos, sino que le da a entender que ya no está en la posición de poder acceder a este privilegio de la libre disposición de las mujeres, privilegio que es un ilegalismo tolerado, un lujo reservado a los dominantes. El tabú moral no es solo represivo, es la añagaza de un poder que modela el deseo a la imagen de un imposible éxito social y viril, sin cesar frustrado. La sociedad que quiere penalizar a los clientes es la misma que erige a la puta glacial Zahia en objeto de fantasía. El abolicionismo ingenuo respalda la hipocresía de una sociedad afrodisíaca que produce los mismos sujetos-clientes compulsivos que quiere penalizar a continuación. Al mantener la costumbre habitual en la clandestinidad y la vergüenza, la represión realiza una redistribución de la frustración sexual hacia otras compensaciones más rentables, hacia otros comercios.

Por fin, el desprecio (mezclado con inquietud) hacia el trabajo sexual se une al que afecta a todas las actividades relacionadas con el mantenimiento y  las necesidades del cuerpo humano, reservadas como la prostitución no sólo a las mujeres, sino a todas las categorías sociales desaventajadas, racializadas, minorizadas. Lo que se quiere acallar en realidad con la represión de la prostitución es la voz de todas las personas que realizan el trabajo de asistencia  todos los días y en todas las partes, es decir, que se ocupan en la práctica de las necesidades de otros, no de sí mismas [1]. Esta represión niega así dos hechos antropológicos que la prostitución pone en evidencia. El primero es que dependemos de otros para nuestra necesidades y que los más autónomos, en apariencia, los más realizados, son los que más dependen de la asistencia, los que tienen más personal que se ocupe de ellos y de sus necesidades y que consiguen fácilmente no ver hasta qué punto su éxito y la extensión de sus capacidades de acción dependen de quienes les sirven. El segundo es que la estetización o la medicalización sanitaria del sexo tienden hoy a hacernos olvidar que la sexualidad forma parte de las necesidades y que, en su respuesta, la prostitución entra de lleno en el dominio de la asistencia. La realidad de la sexualidad nos hace seres dependientes de los demás.

El trabajo sexual, trabajo de asistencia

Heredero de las luchas feministas pro-sexo, el movimiento de los trabajadores y trabajadoras del sexo parte del principio elemental que es « mi cuerpo me pertenece ». El comercio del sexo es libremente consentido. Organizándose en asociaciones y sindicatos, estableciendo lazos globales, lxs trabajadorxs del sexo no niegan las formas de violencia y de opresión que sufren, sino que pretenden precisamente cuidar de sí mismxs, hacer el trabajo del sexo más seguro, a las personas que viven de él más respetadas, y obtener los derechos de todos los trabajadores (sanidad, pensión de jubilación, formación). En esta lucha, el término « trabajo » es una apuesta, como lo ha podido ser para el trabajo doméstico. ¿Qué se entiende realmente como valor trabajo? Hacer que se reconozca la prostitución como trabajo es la misma apuesta que el reconocimiento de la asistencia como trabajo.

Se puede dar un paso más y defender que el reconocimiento de la prostitución como trabajo coincide con su reconocimiento como asistencia, con toda la dimensión afectiva mal conocida que comporta este trabajo. El contenido propio del trabajo sexual hace evidente que no responde sólo a necesidades sexuales insatisfechas, sino también a necesidades afectivas e interpersonales : ser escuchado, ser aceptado como se es (con sus defectos físicos, sus manías sexuales, sus dificultades). La prostitución conoce a la humanidad del sexo, los intercambios y las reparaciones narcisistas de las que el sexo puede ser el soporte. Este trabajo de atención y de interés define la asistencia.

El trabajo sexual como deconstrucción del patriarcado

Hay que reconsiderar entonces a la prostitución en el contexto de un cuestionamiento del patriarcado por la explosión de nuevos servicios [2]. La mercantilización de las emociones —o capitalismo emocional— hace visibles otros resortes del patriarcado, que reposan menos en la violencia o la coacción que en el apoyo aportado activamente por las trabajadoras del sexo a la construcción de la masculinidad. Se observa, en efecto, que la virilidad no se tiene por sí sola, sin el apuntalamiento de otros, como lo muestran Rachel Parreñas, con el ejemplo de las azafatas de bar en Japón, o Marina Veiga França, con el de las prostitutas de Belo Horizonte [3]. Una parte importante del flirteo de las azafatas filipinas en Japón consiste en reiterar hábilmente las normas de género, representando el papel de la mujer sumisa (y pobre) para realzar la masculinidad de sus clientes. Al hacer esto, refuerzan la cohesión de un universo normativo reafirmante, a la vez que realizan también un trabajo de acercamiento que introduce sutilmente atención y dulzura en la relación y constituye un auténtico apoyo psicológico para estos hombre que están inmersos en un universo estructurado ante todo por los valores competitivos de los negocios. Se trata de sostener a hombres que están en situaciones de una muy alta competitividad en las que deben dar lo mejor de sí mismos y de reinyectar empatía en un universos despiadado. La asistencia devuelve el encanto a las relaciones supuestamente impersonales de las grandes metrópolis.

La prostitución  revela una faceta de la dominación masculina que es, además, un tabú : la vulnerabilidad masculina o la dificultad que tienen los hombres para llevar una masculinidad que se ha vuelto frágil, desfalleciente (eréctil en la cama, competitiva en el espacio profesional, encarnación de la autoridad paterna en la familia). Necesita apoyos. En un contexto patriarcal, estos apoyos se mantienen secretos o discretos ; pero en un contexto de capitalismo emocional, efecto ambiguo del feminismo en régimen neo-liberal, son objeto de una reivindicación en términos de competencia, de salario, de reconocimiento social y, al final, se vuelven visibles. En este sentido, el trabajo del sexo, como componente ineludible del capitalismo emocional, al revelar sus competencias de asistencia, participa en la deconstrucción del mito de la virilidad. Es, quizás, esto, esta ironía fundamentalmente feminista de la asistencia, lo que se intenta hacer callar devolviendo a todo el mundo —a las trabajadoras y a sus clientes— al silencio de la represión.

Cuidemos a las putas

No pensamos que se pueda hacer del trabajo sexual de mujeres empujadas por la pobreza y/o por el deseo de sacar partido de sus encantos el aliado objetivo de un capitalismo cínico : el oficio existió antes y existirá después. Las necesidades sexuales no se solucionan en la pareja, en la familia o en el amor, y hay personas que se ocupan de satisfacerlas, de manera más o menos profesional o delictiva. Reprimir estas necesidades mediante las multas y la cárcel no puede más que reforzar la ilegalidad de la que se aprovechan todos los poderes conservadores. Considerar el trabajo del sexo como trabajo de asistencia permite, por el contrario, reconocer que lxs trabajadorxs del sexo cumplen una función social muy importante, como lo demuestran los cuadernos de Grisélidis Réal : permitir a personas solitarias y sin compañía voluntaria (consideramos también la prostitución como asistencia para los discapacitados) encontrar un o una compañera remunerada que sepa cuidarles y permitirles soportar su vida.

La intención de purificar a la sociedad de sus supuestos atentados a la moral, intención que preside oficialmente a la de penalizar a los clientes, es totalmente hipócrita : todo el mundo sabe que esta forma de erradicación no busca más que penalizar a las personas más débiles y más visibles, despejar la calle de un fenómeno que seguirá existiendo por medios menos visibles y menos democráticos. Lo que se consigue con eso es volver a dar plenos poderes a las redes mafiosas. Pero esta medida revela desafortunadamente uno de los defectos de la política de nuestros días : se quiere aparentar que se atiende un problema retirándolo del espacio público, tecnocratizándolo, dividiendo así la sociedad entre los que pueden afrontar los nuevos avances técnicos y los que no pueden. Nos parece, por el contrario, que la prostitución concierne a todo el mundo y que es a toda la sociedad a la que corresponde cuidar a sus putas, a esas putas que tan bien saben cuidarla a ella.

[1] Ver Molinier, P., Laugier, S. & Paperman, P. (2009), Qu’est-ce que le care ? Souci des autres, sensibilité, responsabilité, Paris : Petite Bibliothèque Payot. Voir aussi Paperman P., Laugier S. (2006), Le souci des autres, éthique et politique du care, nueva edición 2011, Paris : Éditions EHESS.

[2] Acerca de la noción de servicio, ver en este número de Multitudes, el artículo de Sandra Laugier, « Dollhouse – Bildungsroman et contre-fiction ».

[3] Ver Marina França, « Intérêts, sexualité et affects dans la prostitution populaire : le cas de la zone bohème de Belo Horizonte », tesis defendida en el EHESS en 2011.

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