Suposiciones moralizantes

Por Shohini Ghosh

http://www.thehindu.com/todays-paper/tp-national/article3285941.ece

 

El “punto de vista feminista” de Gloria Steinem referido a la trata y la prostitución no es compartido por todas las feministas. Muchas de nosotras no creemos que la abolición del trabajo sexual detendrá la trata, ni pensamos que las dos cosas sean lo mismo. La fusión de trabajo sexual y “trata” deriva de la suposición moralizante de que las mujeres nunca pueden elegir voluntariamente el trabajo sexual como una profesión y siempre llegan a él como “víctimas de trata”. Esta idea ha sido concluyentemente rebatida por el movimiento por los derechos de lxs trabajadorxs sexuales, que ha argumentado incansablemente que la trata (esto es, la inducción en el mercado mediante la fuerza, la coacción o el engaño) es un crimen, mientras que el intercambio voluntario de servicios sexuales entre dos adultos no lo es.

De la misma forma que el trabajo sexual no está vinculado a la trata, no toda la trata está vinculada al trabajo sexual. Aunque es cierto que muchas mujeres (y niños) entran en el trabajo sexual bajo condiciones de violencia y explotación, esto no es diferente de lo que ocurre en otras ocupaciones de la vida diaria en sectores desorganizados tales como las tareas agrícolas y domésticas y el trabajo en la construcción y en la industria. Irónicamente, aquellos que piden la abolición del trabajo sexual para detener la trata no utilizan el mismo argumento con el trabajo doméstico, a pesar del hecho de que las condiciones, las cargas, las horas de trabajo y los niveles de agotamiento son mucho peores para los trabajadores domésticos.

Se ha señalado repetidamente que las estadísticas referidas a la “trata” no están basadas en una metodología rigurosa, una evidencia científica o una investigación primaria. Un estudio llevado a cabo por el Relator Especial sobre la Violencia Contra las Mujeres demostró que existía una extrema dificultad en encontrar estadísticas fiables, ya que gran parte de esa actividad es clandestina. En consecuencia, las estadísticas de la “trata” se derivan de cifras referidas al trabajo sexual, a la migración e incluso al número de “personas desaparecidas”. Al ser incapaces de distinguir entre trabajo sexual, migración y trata, los “abolicionistas” como Steinem sólo consiguen convertir un término de género neutro en sinónimo de mujer inmigrante.

Irónicamente, uno de los mejores trabajos sobre “trata” en la India está siendo realizado por el Self Regulatory Boards del Durbar Mahila Swamanyay Committee (DMSC) que surgió del famoso Proyecto de Intervención en ETS/VIH en Sonagachi, ahora un proyecto de salud sexual internacionalmente aclamado como modélico. El DMSC considera el trabajo sexual como un servicio sexual contractual negociado entre adultos con capacidad de decidir libremente y reclama la despenalización del trabajo sexual de adultos. Si feministas como Gloria Steinem y organizaciones como Apne Aap quieren poner fin a la trata en el trabajo sexual, su mejor opción es reconocer el trabajo sexual como trabajo, apoyar su despenalización y reforzar a lxs trabajadorxs sexuales en su lucha contra la explotación, la coacción y el estigma.

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2 pensamientos en “Suposiciones moralizantes

  1. ¿Crees esta concepción que confunde prostitución y trata se debe simplemente a prejuicios morales o podría existir alguna otra motivación? En muchos casos la defienden asociaciones y “profesionales” que dicen haber estado mucho tiempo en contacto con la realidad de la prostitución. Si resulta tan evidente que muchas profesionales no están coaccionadas, ¿por qué semejante empeño en afirmar que ésta es su situación? ¿Qué ganan con ello?

    • Confundir prostitución y trata no se hace inocentemente, sino de mala fe. Esa confusión implica privar a las prostitutas de su capacidad de decidir y equiparar a los clientes con los violadores, cosas ambas que suponen un atentado a los derechos civiles de ambas partes. La imposición a los demás de los propios preceptos morales es poder político y es la base de la actuación histórica de uno de los dos pilares del abolicionismo moderno: el fundamentalismo cristiano. Esa búsqueda de poder político es también el motor del otro pilar del abolicionismo: el feminismo de Estado (o feminismo carcelario, como lo denomina Bernstein); en su guerra contra las prostitutas, esta facción del feminismo entra en contradicción con la reivindicación fundamental de las mujeres a disponer de nuestro propio cuerpo, y se coloca así en una posición subordinada al fundamentalismo cristiano que, en su oposición al aborto, puede aplicar la misma negación de la capacidad de las mujeres a decidir libremente (“víctimas de la ‘violencia estructural’”).

      La moral es solo un medio.

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