La virgen y la puta

Extraído de Sexual Secrets: The Alchemy of Ecstasy, por Nik Douglas y Penny Slinger

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Afrodita, la diosa griega del amor, está vinculada directamente con Inanna, la diosa de la fertilidad de los sumerios; con Astarté, la diosa del amor fenicia; con Ishtar, la diosa del amor babilonia, y con Isis, la suma sacerdotisa y diosa madre egipcia.

El culto a Afrodita se hizo famoso en Chipre e influenció considerablemente el misticismo occidental. Los devotos acudían a su isla por miles de todos los rincones del mundo antiguo. A las mujeres se las instaba a prostituirse dentro del recinto del templo de Afrodita de Pafos, en Chipre, a cualquier extranjero que se lo pidiera, por una vez, antes de ser candidata al matrimonio. El dinero recibido en esta transacción era apreciado como un talismán, y ninguna cantidad era considerada demasiado pequeña. Los niños nacidos de tales uniones eran criados en el santuario de Afrodita. Es significativo que una mujer siguiera siendo considerada virgen después de tal prostitución ritual, y de los niños nacidos de este acto ritual se decía que eran “nacidos de una virgen.”

Podemos ver que el concepto de nacer de una virgen, un dogma central del cristianismo, no se originó con éste,sino que ya estaba presente en Grecia, Egipto, India y otras civilizaciones antiguas. Los roles gemelos de virgen y puta ejercieron influencia en las expresiones sexuales de las mujeres del mundo antiguo, y han dejado su marca en el inconsciente de las mujeres. Pocas mujeres modernas no han tenido, en un momento u otro, fantasías de sí mismas como prostitutas; otras se han visto seducidas por la virginidad. La división en la psique occidental entre los arquetipos de la mujer “casta” y la mujer “fácil” es una causa frecuente de neurosis sexual en ambos sexos. La virgen es “pura, inalcanzable, intocable fuera del matrimonio convencional, y prístinamente espiritual”, mientras que la puta es “ordinaria, degradante, disoluta y no merecedora de respeto”. Tales ideas simplistas todavía impregnan nuestra cultura, a pesar de los pasos dados hacia la liberación sexual.

Desde los primeros tiempos, la mujer ha sido asociada con la luna, a causa de su ciclo mensual, y con el elemento agua.El hombre ha sido asociado con el sol y con el elemento fuego. Afrodita, encarnación de la belleza erótica, nacida de las aguas y casada con el dios del fuego, ejemplifica la universalidad de este simbolismo psico-cósmico. La relación lunar-solar está plenamente elaborada y refinada en la práctica sexual yóguica de las tradiciones tántrica y taoísta. El arte del período medieval occidental a menudo representa a la Virgen María entronizada en la luna.

Los griegos tenían una trinidad de diosas vírgenes conocidas como Artemisa, Hestia y Atenea; la primera tenía la luna como su símbolo especial y estaba directamente asociada con Selene, la diosa lunar. Las diosas vírgenes o vírgenes vestales de la tradición romana eran invocadas al principio y al final de todos los sacrificios rituales. Se creía que eran la encarnación de la sabiduría (gnosis) y tenían asignada la tarea de cuidar el fuego sagrado. Una de las tres, Hestia, era siempre representada llevando un velo y apoyando su mano derecha en la cadera. Esta es, tradicionalmente, la actitud característica de la prostituta sagrada e incluso hoy se ve como una actitud erótica.

Ishtar, la diosa del amor o suma sacerdotisa babilonia, es representada generalmente llevando un velo, destinado, se dice, a “ocultar sus secretos a los ojos de los no iniciados”. El velo era, en tiempos antiguos, la marca tradicional tanto de vírgenes como de prostitutas. Ishtar, aunque también era una diosa madre con hijos, era invocada ritual y litúrgicamente como “La Prostituta”. Conceptos similares se encuentran en la India, en China y en otras partes del mundo, siempre asociadas con la madre luna que, aunque virgen, parió hijos.

Esta paradoja nos lleva al misterio de la Virgen y la Puta tal como se ejemplifica en la tradición tántrica. El poder iniciático de la mujer proporciona un fundamento para entender estos roles sexuales gemelos. La clave de esta dicotomía reside en los aspectos luminoso y sombrío de las fases lunares que gobiernan del ciclo mensual de la mujer. En el hinduísmo, la diosa Parvati encarna las fases luminosas de la luna, y la diosa Kali, las sombrías. En la tradición griega, Afrodita y Hécate equivalen a Parvati y Kali, pero sin una distinción tan clara en sus atributos místicos.

Parvati y Afrodita simbolizan la luna llena blanca y el principio de preservación y abundancia; Kalí y Hécate son las formas místicas de la luna creciente oscura y los principios de disolución y transcendencia. Afrodita/Parvati representa la energía sexual sin refinar en su papel mundano y productivo, mientras que Hécate/Kalí significa esta misma energía sexual en su papel místico y transformador. Los papeles de Virgen y Puta pueden ser mejor comprendidos en el contexto de las diosas Afrodita/Parvati y Hécate/Kalí.

Como Virgen, la mujer representa el papel sumiso y el hombre actúa como iniciador. Es la “pizarra limpia” en la que él escribe el mensaje kármico, mientras ella confiere y comparte su “pura esencia” intocable sólo con él. En este papel, ella encarna el amor convencional en su más potente nivel. Es la “flor pura” cuya fragancia sólo él debe oler.

Como Puta, una mujer desempeña el papel activo; es ella la que actúa como iniciadora en los misterios del amor. Sin ninguna vergüenza ni restricción, es libre de entregarse entera a él sin ninguna limitación. En este papel, la mujer encarna el amor no convencional. Segura de su sexualidad, se ofrece a sí misma en servicio sin reserva, culpa o inseguridad. Debe recurrir a sus propias cualidades especiales y conferirlas a su amante. Es pura Shakti, la energía primordial de la iniciación, la Suma Sacerdotisa.

Las mujeres que se prostituían en el templo de Afrodita estaban representando ritualmente lo que es una verdad fundamental del Tantra: la gran potencia inherente al acto sexual espontáneo. Recibían su primera iniciación en el eros mediante el contacto con un hombre de aquella manera, y así se preparaban para representar el papel de Puta con sus eventuales maridos. Pero todavía seguían siendo consideradas Vírgenes. Hay, ciertamente, una importante verdad psicológica a aprender de esta antigua costumbre. Lo no convencional tiene la capacidad de renovar lo convencional.

Cuando se ve en relación con el ciclo lunar de luz y sombra de la mujer y en relación con las cualidades y aspectos de Parvati y Kalí, los papeles de Virgen y Puta adquieren un profundo y místico significado.Los antiguos ritos amorosos no estaban diseñados para promover la promiscuidad, sino para dar sentido a la sexualidad femenina. La virgen, la musa, la puta y la diosa pueden ser todas ellas encarnadas en una sola mujer, igual que el joven, el héroe, el amante y el dios pueden ser encontrados en un solo hombre. Existe hoy una tendencia a separar los roles sexuales y a identificar con uno excluyendo a los otros. Esto lleva a la represión de la sexualidad y a su conversión en fantasía. La gente entonces se vuelve deshonesta con sus sentimientos sexuales y, en su lugar, finge y crea complejos problemas psicológicos. La fantasía toma el mando, los sentimientos se atrofian, y ello lleva inevitablemente a la separación.

Aunque la representación de un rol sexual inspirado en la fantasía no es en sí mismo nocivo, raramente produce experiencias de éxtasis, a no ser que se realice con un compromiso claro y compartido con una finalidad transcendental. La concentración frecuente en escenarios fantásticos durante el contacto sexual lleva corrientemente al aburrimiento y la frustración. La unión sexual nunca puede ser totalmente satisfactoria y, consecuentemente, unificadora, a no ser que se base en una relación real. Las cualidades de Virgen y Puta deberían ser incorporadas en una relación por su valor de elevación y transcendencia.

En mucha de la literatura erótica, son los “goces robados” los que saben más dulces; y raramente son compartidos con la pareja comprometida. Sin embargo, el vínculo de auténtica intimidad debería añadirse a la capacidad de goce sexual, en lugar de restringirlo. La clave de esta aparente contradicción es llevar lo no convencional a la experiencia amorosa compartida.

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