¿Tierra de libertad? La auténtica guerra contra las mujeres

por  Matt Patterson, el 18 de mayo de 2012 

 

 

“¿Cómo puede ser ilegal vender algo que es perfectamente legal regalar?”

George Carlin 

 

Las recientes hazañas extracurriculares de los agentes del Servicio Secreto USA en Colombia han traido una vez más la Profesión Más Vieja del Mundo a las noticias. Y, una vez más, opositores y defensores de la legalización de la prostitución están defendiendo sus posturas en diversos foros públicos.

Los argumentos contrarios a la legalización de la prostitución son muchos, pero esencialmente pueden desglosarse en dos tipos. 1) Moral: Prestar servicios sexuales es una actividad inherentemente degradada y degradante que los gobiernos deberían prohibir a fin de proteger la reputación de la sociedad, y 2) Práctica: La prostitución alimenta una serie de patologías —enfermedad, violencia, etc.— contra las que el estado tiene el deber de defendernos.

Desafortunadamente, como ocurre con las leyes contra las drogas, las leyes que prohiben la prostitución tienen a menudo un efecto contrario al pretendido. En la práctica, las leyes antiprostitución terminan dañando justo a las personas a las que se pretendía proteger, a la vez que comprometen la integridad moral del gobierno al enredarlo en una desesperante ciénaga  de lógica incoherente,  aplicación incoherente de la ley y, en consecuencia, gobernanza injusta.

Comencemos con un sencillo hecho. Un hecho lamentable, quizás, pero un hecho, sin embargo. Siempre hay un mercado para el sexo. Y digo mercado en sentido literal: un mercado económico. De hecho, es el único mercado del que podemos estar seguros que existirá siempre —la prostitución, en una forma u otra, se encuentra en prácticamente todas las sociedades humanas conocidas, pasadas y presentes. Esto tiene que ver, en última instancia, con la naturaleza del deseo sexual masculino, que ha sido establecida por millones de años de evolución y cuya desaparición no puede ser legislada, y con la relativa reticencia con la que las hembras humanas eligen a sus parejas.

En otras palabras, la demanda de sexo gratuito excede con mucho la oferta disponible. Y la solución ha sido idéntica a cualquier otro problema similar en la historia humana —un intercambio de bienes o servicios por algún tipo de pago. Algunas mujeres, hace tiempo, decidieron que valoraban más el dinero que su castidad, y siempre ha habido hombres deseosos de ayudarlas a hacer ese trato.

Cuando se ve de esta manera, como una pura transacción económica entre adultos que consienten, no se ve dónde está el problema. Pero, desde luego, muchas personas creen que vender el cuerpo para el placer de otro es de alguna manera diferente a otras transacciones económicas. Citando al Sabio de Dagobah: “¡No! ¡No es diferente! ¡Sólo es diferente en tu mente!”

De hecho, la gente siempre está vendiendo sus cuerpos para el placer de otros. Considerad: un hombre puede tratar brutalmente a otros hombres, y ser maltratado a su vez, en un estadio de fútbol o en un ring de boxeo, sacrificando su salud y bienestar mientras millones de personas les miran y aplauden. Algunos de estos hombres hacen grandes fortunas vendiendo sus cuerpos de esta manera, y se convierten en modelos a imitar y estrellas mediáticas.

Pero si una mujer recibe dinero a cambio de un orgasmo, es una criminal. ¿Dónde está aquí la lógica? Es la misma lógica que permite al cine y a la televisión mostrar a diario la violencia más horrible a los niños, mientras que las más nimias escenas sexuales o de desnudos granjean a un espectáculo la temida clasificación de “no apto para menores”. Docenas de hombres pueden hacer a otros violentas entradas una y otra vez en el Super Bowl Sunday  mientras millones de espectadores ensalivan y hacen apuestas, pero si aparece el pezón de Janet Jackson, ¡glub!: gran escándalo.

Nuestra sociedad ama la violencia. Se glorifica en ella. Y como la violencia es considerada cosa de hombres, los hombres pueden conseguir grandes recompensas comerciando con la brutalidad. Pero la sensualidad está verboten, y como las mujeres todavían son consideradas las portadoras de tal lascivia, deben ser frenadas en su intento de envenenar a la sociedad con sus tentaciones. Sería divertido si no fuera tan terriblemente retorcido.

Y las mujeres son las que, en última instancia e irónicamente, pagan por este victorianismo residual. Las leyes antiprostitución cierran toda ruta viable que lleve al avance económico de las mujeres. Obligan a las mujeres que, de todas formas, escogen esta vida (al fin y al cabo, las leyes pueden proscribir la práctica pero no pueden proscribir la demanda) a actuar clandestinamente, bajo el control de criminales y matones, aumentando así la probabilidad de que sean objeto de malos tratos: una prostituta que es violada o golpeada por su chulo no acudirá a la policía por miedo a las sanciones.

Todo eso es cierto, podéis decir, pero la prostitución disemina enfermedades, y es por tanto una amenaza vital para la sociedad. Es cierto que algunas enfermedades se transmiten por vía sexual. Pero si éste fuera de verdad el argumento para ilegalizar el trabajo sexual, deberíamos ilegalizar entonces todo tipo de promiscuidad, no sólo la prostitución. Todavía nadie (excepto los talibanes, quizá) está pidiendo que sea un crimen tener múltiples compañeros sexuales, incluso si no hay dinero cambiando de manos.

Lo que nos lleva a George Carlin que, como solía ocurrir, llegó al meollo del asunto más sucintamente y con más elegancia que mil expertos en política o mil funcionarios públicos. “¿Cómo puede ser ilegal vender algo que es perfectamente legal regalar?”  se preguntó Carlin en uno de sus memorables monólogos especiales.

Ciertamente.

 

Leer la parte 1 de Land of the Free?  aquí.

 

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