El sexo y la feminista

 http://www.epw.in/web-exclusives/sex-and-feminist.html 

Vol – XLVII No. 43, October 27, 2012 | G. Arunima Web Exclusives 

Este artículo ha sido escrito como respuesta a una charla que dio Gloria Steinem en la Universidad Jawahrlal Nehru de Nueva Delhi, a comienzos de este año. Aunque la inmensa provocación de algunas de las posiciones políticas de la charla configura el tono de este artículo,éste es también un intento de lidiar con lo que es una de las áreas menos tratadas de la corriente principal de teoría feminista —la relación entre sexo y trabajo. Esta reflexión preliminar es un intento de rescatar el trabajo del marco imperialista moderno; por ejemplo, el discurso de los derechos. Busca tratar frontalmente el “problema” del sexo, teorizado casi siempre en el contexto de la sexualidad, la familia o incluso el “amor”. ¿Qué ocurre, pues, si cambiamos el escenario y hacemos del sexo el lugar para comprender el trabajo? Mientras que el cuerpo trabajador ha sido estudiado en muchos contextos diferentes tales como factorías, campos, etc., es sorprendente que exista una tremenda ansiedad hacia hacer lo mismo en el contexto del sexo. Es esta ansiedad sobre lo que este breve artículo desea llamar la atención y ciertamente también sobre las implicaciones que tiene para el turbio terreno de lo que es visto como política “feminista”. 

G. Arunima (arunima.gopinath@gmail.com) enseña en el Centro de Estudios de la Mujer, Escuela de Ciencia Sociales, Universidad Jawaharlal Nehru (JNU), Nueva Delhi. 

¿Por qué tienen las feministas tanto miedo al sexo? Esta es una cuestión que ha planeado en mi conciencia desde hace tiempo, pero que me ha vuelto de golpe durante la charla de Gloria Steinem. Sí, la Gloria de Ms. Magazine, famosa en el moderno feminismo liberacionista. La misma que irónicamente se cuestionaba cómo sería el mundo si los hombres menstruaran, y que produjo durante años una prosa feminista liberal —de una particular variedad americana— eminentemente legible y razonablemente incuestionable. Pero hace poco estuve viendo a la salvadora Gloria en una charla en la Universidad Jawaharlal Nehru, rescatando a desesperadas víctimas de la “prostitución”, abyectas y por siempre victimizadas, y eso me hizo pensar, una vez más, en qué es lo que tiene el trabajo sexual que hace sentirse tan profundamente incómodas no sólo a la señora mayor habitual sino también a la más batalladora de las feministas. 

Seguramente, la mayor parte de lxs lectorxs de este artículo están familiarizadxs con las posiciones enfrentadas hacia la trata. Para lxs que no lo estén, diré que el lobby antitrata sostiene que la prostitución es violencia contra las mujeres, equivalente a violación y coacción, y requiere ser abolida. Aunque en la discusión en la JNU la propuesta se concretó finalmente en penalizar al comprador y no a la vendedora. En el contexto de la India, la parte contraria, es decir las uniones de trabajadorxs sexuales (en su mayoría emergentes) y sus colaboradores no trabajadores sexuales, ha defendido muy elocuentemente la despenalización del trabajo sexual, incluyendo la posiblidad de obtener prestaciones sociales a largo plazo, de forma similar a lo que ocurre con otros trabajadores[1]. En otras palabras, pide considerar la “prostitución” como trabajo, y por tanto subraya la importancia de, entre otras cosas, revisar la nomenclatura en el sentido de sustituir el término prostitución por “trabajo sexual”. 

Aunque en su apasionado alegato desde el estrado la Sra. Steinem habló de su creciente conciencia de la opresión de las mujeres —los datos los había espigado de sus muchos viajes a diferentes países del sur— lo que quedó claro fue la necesidad —más aún, el deseo— de “salvar”. Salvar a las mujeres del mundo del peligroso destino al que están abocadas sus vidas. Así, desde su alivio por las mujeres de la India que habían alcanzado finalmente la heterosociabilidad “normal” (“la primera vez que vine a la India las chicas no podían hablar con los chicos”) hasta las mujeres que salvó ella en Zambia (“nos sentamos en círculo a las orillas del río Zambesi y las mujeres confesaron que sus maridos las pegaban y los elefantes destruían sus cultivos. Así que cuando volví a Nueva York recaudé unos pocos miles de dólares, no muchos, y ellas construyeron una valla electrificada alrededor de sus campos. Cuando volví la siguiente vez habían obtenido una excelente cosecha y sus niños iban a la escuela; quién habría pensado que una valla electrificada cambiaría la vida de las mujeres”) asistimos a los comienzos de una gloriosa transformación. Pero el punto culminante de este cuento de salvación fue la cruzada para liberar al mundo de ese odioso crimen de la prostitución, bastante peor que la esclavitud, ya que tipifica las peores formas de violencia contra las mujeres. “Pero no queremos penalizar a las mujeres; ¿quién de nosotros quiere eso?” Y así, habiendo identificado la causa de la caída de las mujeres y su estado de explotadas, o más bien violadas, ella y otros como ella se han aprestado a salvarlas. Después de todo, qué podría ser peor que el abuso corporal que es la prostitución (“se les inflige múltiples penetraciones cada día”) excepto posiblemente sólo el vicioso dominio absoluto que ejercen los tratantes. 

Y esto a pesar del hecho de que las uniones de trabajadorxs sexuales y lxs activistas por los derechos de lxs trabajadorxs sexuales han enfatizado  las complejas redes de poder y violencia con las que se encuentran estxs trabajadorxs en su vida diaria. Ciertamente, sería absurdo que lxs trabajadorxs no identificaran los peligros y dificultades que encuentran en su trabajo. Sean riesgos de salud, posible violencia sexual o estructuras de poder y control, especialmente en el caso del trabajo en burdeles, los argumentos más matizados son los de lxs mismxs trabajadorxs sexuales. Aunque, significativamente, las áreas que lxs trabajadorxs sexuales identifican como más nocivas para ellxs, tales como el oprobio social[2] y la violencia policial, no merecieron ninguna mención en la charla de la Sra. Steinem. En efecto, fue sorprendente que la ferocidad con la que el lobby antitrata atacó a las uniones, reuniendo al azar argumentos que cuestionan los fondos recibidos por lxs trabajadorxs sexuales para organizarse —durante la discusión en la JNU estos se presentaron como una colusión entre los proxenetas y la Fundación Bill Gates– con débiles intentos de desacreditarlo como trabajo (cómo fijar una salario mínimo), no se hiciera extensiva para atacar a la sociedad que teme e injuria a las “prostitutas”. Y lo que es más significativo, pasó por alto el importante asunto de que recientes argumentos acerca del trabajo sexual han considerado que no es más opresivo que muchas otras profesiones —y en muchos casos, mucho menos. En el contexto de la India, lxs trabajadorxs sexuales han argumentado con mucha fuerza que ellxs han elegido su trabajo por miedo a la violencia a la que son sometidxs lxs trabajadorxs domésticxs. 

Recientemente, en un contexto muy diferente, alguien dijo que los matrimonios eran ¡uniones hetero-no-sexuales! Esta oscura percepción, que se unió al silbido horrorizado de un prominente activista antitrata durante una charla acerca de que la prostitución alentaba la “promiscuidad”, nos acerca, pienso yo, al meollo del asunto. Incluso aunque lxs trabajadorxs sexuales reclaman que se les de el estatus de trabajadorxs y por tanto se les conceda la dignidad del trabajo, la oposición teme los auténticos fundamentos en los que se basa esta demanda. Históricamente, la batalla por controlar, definir y limitar la sexualidad como matrimonio monógamo heterosexual ha sido tortuosa y, ciertamente, no ha obtenido una victoria rotunda. No es este el contexto para elaborar los matices de esta historia. Pero incluso aunque las fuerzas de la ley y la religión, reforzadas en los tiempos modernos por el estado, han intentado naturalizar la sexualidad como procreativa y marital, varias contracorrientes las han desestabilizado. Sin embargo, la contracorriente que es fundamentalmente más explosiva es la idea de que el sexo puede ser mercantilizado, comprado y vendido. Como un producto comercializable, se presenta inmune a aquellas fuerzas que pretenden definirlo y contenerlo. Por tanto, liberado de Dios y del Amor, el sexo podría tener una vida sin freno, proporcionando infinitas posibilidades a los que decidieran explorarlas. 

Es este miedo a la sexualidad sin ataduras, libre de lazos matrimoniales, lo que está bajo la superficie del deseo de “salvar” a la prostituta. Como mujer libre, es la amenaza de la que recela la sociedad y a la que teme. Porque el trabajo sexual va más allá de los límites del matrimonio, ya que no solamente cuestiona la institución,  sino también todas las otras estructuras paralelas de la sociedad que intentan hacerlo anormal. Como transacción, el sexo deja de ser el fundamento sobre el que una sociedad “normal” se reproduce. Si diéramos la vuelta a la norma y el sexo se pudiera comprar como un vestido o una pasta de dientes, esos grandes edificios de la sociedad —matrimonio y familia— se vendrían abajo al instante. 

Entonces, ¿por qué hay feministas, muchas de las cuales están entre las más encarnizadas críticas del matrimonio e incluso de la heterosexualidad obligada, alineadas con los antitrata? Sus aliadas naturales, ¿no deberían ser lxs trabajadorxs sexuales? En lugar de conformarme con la fácil respuesta de que hay muchos feminismos, yo pienso que eso apunta también a la enraizada desazón acerca de la sexualidad y el sexo que existe en el seno de muchas corrientes dominantes del feminismo. Las activistas lesbianas, queer y trans y las desviadas sexuales han estado siempre en los márgenes, de forma incómoda, de la corriente principal de movimientos de mujeres y feminismos. Con su intensa veta reformista y su celo puritano, la historia interna y los dilemas contemporáneos de la corriente principal del feminismo se alinean mucho más estrechamente con la autocomplacencia y el conservadurismo de la clase media que con cualquier posición subversiva. Los únicos objetos que tal proyecto imperial puede reconocer son, pues, víctimas, siempre disponibles para la salvación. Al desexualizar a la fuerza a la prostituta y convertirla en víctima perpetua, la feminista antitrata puede, pues, validar su propia posición como salvadora. ¡Qué irónico resulta entonces que lo que se disfraza como política de subversión y crítica sólo pueda hacer oír su voz silenciando a su principal objeto de reforma —la mujer trabajadora sexual!.


[1] Para un argumento incisivo y bien defendido, ver Shohini Ghosh, Decriminalising Sex Work, Seminar, No. 583, March 2008. El debate sobre el trabajo sexual tiene diferentes dimensiones internacionalmente, y para oír a una de las primeras “voces” de trabajadoras sexuales defendiendo sus derechos, ver Kate Millett, The Prostitution Papers: A Candid Dialogue, Avon, 1973.

[2] Nalini Jameela, Autobiography of a Sex-Worker, D.C. Books, 2007.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s