Tengo 42 años, estoy casada y soy trabajadora sexual

 

Nikki Cox

 

Por Caroline Overington

Jueves 28 de febrero de 2013

http://aww.ninemsn.com.au/article.aspx?id=8617465

 

¿Qué pensáis cuando pensáis en prostitutas? ¿Pensáis en mujeres con tacones altos, paradas en la calle bajo luces rojas? ¿Pensáis en mujeres tan deterioradas y drogadictas que no deben tener otra opción que venderse a sí mismas? Bueno, pues si es así, conoced a Nikki Cox.

 

Nikki celebrará este año —sí, celebrará, ya que ama su trabajo— sus 17 años como trabajadora sexual (éste es un término que ella y todas las mujeres de este relato prefieren, ya que “prostituta” tiene connotaciones negativas).

Nikki ha salido del armario y está orgullosa de su profesión. Toda su familia sabe lo que hace. Está ganando dinero a cambio de sexo desde que tenía 23 años. Tiene ahora 42 y no tiene planes para retirarse pronto.

“Yo tenía una peluquería”, dice Nikki. “No ganaba mucho dinero. Hacía declaraciones de impuestos para conseguir un extra. Entonces me prometí y me iba a casar, pero el chico con el que estaba prometida nunca había tenido sexo. Me preocupaba que el chico se desviara después de que nos casáramos, así que le envié a ver un local de trabajo sexual”.

La cosa funcionó muy bien. Hasta podríamos decir que funcionó demasiado bien porque lo siguiente de lo que Nikki se enteró es de que su novio estaba saliendo con una trabajadora sexual. Nikki fue al burdel y pidió ver a la administradora.

“Se indignó tanto como yo”, dice Nikki. “¡Eso es absolutamente falto de profesionalidad! Pero de todas formas hablamos la trabajadora sexual y yo y de verdad que me gustó aquella mujer —era fuerte y llena de confianza en sí misma, independiente y realmente divertida”.

Las dos mujeres se hicieron amigas. “Nos gustaba pasar el rato juntas, y un viernes por la  noche que estábamos en su casa viendo vídeos entró una llamada de dos tíos que querían dos chicas”.

La amiga de Nikki dijo: “¿Juegas?” y Nikki pensó: “¿Por qué no?”, y fue más agradable de lo que esperaba.

“Los dos chicos eran muy jóvenes —mayores de edad, sin duda, pero jóvenes— y sus padres estaban en casa, así que tuvimos que entrar de puntillas y nos chistaban porque no querían que se despertaran su mamá y su papá”, dice Nikki.

“La sesión duró media hora, así que 40 minutos más tarde estaba de vuelta en casa de mi amiga, sentada en el sofá con dinero en el bolsillo. Y mi amiga dijo: “¿Qué te pareció?” y yo dije: “¡Me ha gustado!”.

Nikki comenzó a trabajar al día siguiente y no ha parado desde entonces. Se lo dijo a sus padres casi de inmediato. Su papá dijo:”Pero, ¿por qué?”.

“Y yo dije: “Y ¿por qué no?”, dice Nikki. “Y mamá estuvo absolutamente bien. De hecho, me dijo que uno de mis antepasadas, durante la guerra en Inglaterra, hizo favores a militares a cambio de raciones de comida. ¡Así que viene de familia!”.

Quizás estéis pensando: “Vale, todo esto está muy bien, pero Nikki ha arruinado su vida. ¿Cómo puede esperar llegar a tener nunca una relación propia?”. Pues aqui viene la siguiente sorpresa: Nikki está casada. Conoció a su marido, Mark, en un bar en San Diego en 1997. Él estaba en la armada de EE.UU y ella estaba de vacaciones.

“No sabía que yo era australiana cuando se acercó a hablar”, dice Nikki, “pero había estado en Australia con la armada. Nos caímos bien. Yo no le dije de entrada que era trabajadora sexual. Fuimos a dar un paseo aquella noche. Al día siguiente fuimos a Sea World”.

Nikki deja claro lo que ella quería: “¡Estaba buscando una aventura de una noche!” —pero Mark dijo no.

Y lo peor era que él tenía que embarcar al cabo de  pocos días, “pero luego me estuvo llamando desde cada puerto al que llegaba”, dice Nikki. Al cabo de dos semanas le dijo: “Soy trabajadora sexual”.

¿Su respuesta? “Dijo: ‘Eso es genial’. Sabía de qué se trataba. ¡Está en la armada! Y comprende que lo que yo hago no es lo que yo soy”.

Esto era en 1997. La pareja se casó en 2001 y siguen juntos. Nikki dice que su marido “nunca, nunca, nunca” ha tenido celos, “exactamente igual que yo no tengo celos de los camiones que repara. Para nosotros es normal”.

“Cuando vuelvo a casa él puede decir: ‘Qué tal te ha ido el día?’ Y yo diré: ‘Ocupado, he visto a cuatro o cinco personas’ y él dirá ‘¡Caramba, ha sido un buen día!’ Las personas que son más importantes en mi vida no me discriminan. Me quieren por lo que soy”.

Leed más de este relato en el ejemplar de marzo de The Australian Women’s Weekly.

 

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