No a la penalización de nuestros clientes

nonpenalisationclients

Foto: Aurélien Selle

6 de mayo de 2013

por Marianne CHARGOIS.

http://languesdeputes.wordpress.com/2013/05/06/non-a-la-penalisation-de-nos-clients/
(Este texto ha sido enviado como contribución dirigida a la comisión de Asuntos Sociales del Senado, en el marco del informe en preparación sobre «la situación social de las personas prostituídas », en el espacio participativo dedicado a ello :

http://www.senat.fr/commission/soc/mission_sur_la_situation_sociale_des_personnes_prostituees.html#c580314

¡no vaciléis en hacer igualmente vuestra propia contribución y hacédnoslo saber !)

En el nombre de la no mercantilización de los cuerpos, Francia se obstina en defender una política abolicionista en materia de prostitución.

Francia pretende querer proteger a lxs trabajadorxs del sexo de la explotación y de la trata de seres humanos, taras de las que serían forzosamente presa desde el momento en que ejercen ese tipo de actividad. Porque en Francia ninguna persona dueña de sus actos aceptaría voluntariamente torturarse y rebajarse « vendiendo su cuerpo ».

Y sin embargo, Francia se equivoca.

Trabajadora del sexo y, por tanto, concernida por la cuestión, yo no estoy protegida por las leyes abolicionistas francesas. Por el contrario, estoy discriminada y estigmatizada por estas leyes.

Trabajar con el propio cuerpo no es vender el cuerpo, cualquiera que sea la parte movilizada : es ponerlo en movimiento a fin de realizar una o varias actividades concretas a cambio de una remuneración. Este es el caso en el trabajo del sexo en el que una persona ejerce una prestación con su cuerpo, empleándolo total o parcialmente. Esto se halla igualmente en numerosos oficios tales como los que se refieren al deporte, a la danza, al circo, etc. Sin embargos, estos no son aludidos por las leyes abolicionistas.

Si hago esta comparación, no es en absoluto de manera fantasiosa y fortuita, sino, por el contrario, con pleno conocimiento de causa.

En efecto, además de mi actividad como trabajadora del sexo, soy también contorsionista. El trabajo corporal exige grandes sacrificios físicos, puede causar grandes dolores y heridas, con la finalidad de exhibirse delante de un público al que nada le importan las torturas vividas por el artista mientras que esté asegurado el espectáculo. Y ya no hablo de acróbatas y otros trapecistas, que arriesgan su vida, y a veces mueren, a menudo se vuelven discapacitados, con la única finalidad de satisfacer el « voyerismo » de personas que se excitan con este peligro potencial.

Lo espectacular se asocia al accidente : cuanto mayor es el riesgo de que ocurra, cuanto más frágil parezca la vida y que no dependa más que de un hilo mientras se realizan proezas técnicas, tanto más extraordinaria será juzgada la actuación. Se paga a personas para que arriesguen su vida y diviertan a las familias. Otras personas pagan para distraerse, satisfacer sus pulsiones mironas, experimentar excitación ante cuerpos esculturales, reír, pasar el tiempo, etc. Las razones son múltiples y a veces malsanas e inconfesables.
Sin embargo, no se plantea la cuestión de penalizar a los clientes, mayores y menores de edad, de estas exhibiciones legales para proteger a lxs artistas de circo en nombre de la no mercantilización del cuerpo. Y esto me parece normal, ya que las personas que se arriesgan a morir, lesionarse gravemente, tener dolores y múltiples molestias cotidianas vendiendo sus proezas corporales lo hacen de manera deliberada y con pleno conocimiento de causa. A pesar de los aspectos negativos evidentes, continúan ejerciendo, por razones diferentes según el caso : por amor al oficio, por tradición familiar, porque no saben hacer otra cosa, por amor, etc. Las razones y caminos de la vida son múltiples e infinitos y la ley no tiene por qué meterse en eso.
Por el contrario, el servicio de búsqueda de empleo reconoce la dificultad y particularidad de estos oficios que usan el cuerpo, lo que obliga a estos profesionales a dejar de ejercer relativamente pronto. Es la razón por la que se ha implementado para lxs circenses y lxs bailarinxs programas de reconversión profesional que les permitan aprender otro oficio, si lo desean, cuando se ven obligados a dejar el mundo del espectáculo.

Trabajadora del sexo y contorsionista, con un conocimiento concreto y práctico de lo que implican estos dos oficios, yo no veo ninguna diferencia de naturaleza entre estas dos actividades. En los dos casos, trabajo con mi cuerpo para responder a las expectativas de un público, único o múltiple. Yendo más lejos, y sin ninguna intención de provocar, subrayaría incluso que me siento mucho más objeto cuando me doblo en cuatro sobre un escenario delante de personas anónimas con las que no tengo ningún intercambio que cuando hago una prestación sexual durante la cual tiene lugar un intercambio respetuoso y personalizado.
La única diferencia que podría haber entre estas dos actividades podría ser que en un caso entran en juego los órganos genitales y en el otro no (aunque esto no sea realmente exacto, ya que la mayor parte de las veces debo estar desnuda en el escenario durante los espectáculos, lo que moviliza pues mi aparato genital durante la representación). Pero en este caso, si la diferencia esencial existente entre el trabajo sexual y el trabajo escénico reposa en que se utilice o no las partes sexuales en la prestación realizada, ello quiere decir que la diferencia de trato se basa en argumentos morales.

Ahora bien, la ley francesa no podría pronunciarse sobre lo que es moralmente aceptable o no, ya que esto es totalmente subjetivo, y depende de creencias y concepciones de la vida totalmente individuales.

Parece absurdo condenar un crimen que no tiene ni víctima ni querellante. Sin embargo, esto es lo que busca hacer el proyecto de ley sobre penalización de los clientes. ¿Qué clase de víctima soy cuando soy autónoma, fijo mis tarifas y mi ritmo de trabajo, decido lo que acepto hacer y lo que no, y realizo una prestación sexual a un cliente ? ¿De qué delito sería culpable mi cliente cuando no me ha causado ningún daño y  yo no tengo ninguna queja contra él ?

Y, en contra de lo que claman las asociaciones abolicionistas —que no tienen ninguna legitimidad para expresarse sobre el asunto ya que no escuchan la palabra de las personas implicadas : los trabajadores y las trabajadoras del sexo, y confiscan nuestras voces— yo no soy una lamentable excepción no representativa. Si no veis a las personas como yo, es porque vuestras leyes inicuas nos invisibilizan, y no porque no existamos.

Mientras que las leyes contra el proxenetismo nos causan ya, a nosotrxs, trabajadorxs del sexo, daños considerables y dificultades intolerables en el ejercicio de nuestro trabajo, al impedirnos alquilar lugares para trabajar o asociarnos entre nosotrxs, una ley que penalizara a los clientes sería más que dramática.

Mientras que los principios republicanos no dejan de promover la libertad, la igualdad y la fraternidad para todos, las represiones e injusticias que nos afectan continúan gritando que la república odia a los trabajadores y las trabajadoras del sexo. Bajo el argumento hipócrita de querer protegernos, nuestras voces son ahogadas ; la libertad de disponer de nuestros cuerpos nos es negada ; la igualdad de derechos en materia laboral nos es confiscada ; la fraternidad es pisoteada.
No pedimos un trato de excepción, de favor, o de régimen particular para las trabajadoras y los trabajadores del sexo, sino simplemente los mismos derechos que para todos los trabajadores y las trabajadoras que ejercen en Francia.

El mismo trato, los mismos derechos y los mismos deberes, los mismos impuestos, la misma protección contra el trabajo forzado.
La prostitución forzada no es más que una forma de esclavitud entre otras. Las leyes existentes contra la esclavitud son pues suficientes para defender a las personas víctimas de la prostitución forzada : en este caso no son trabajadores o trabajadoras del sexo, sino esclavxs, y es evidente que hay que ayudar a esas personas. Exactamente igual que hay que ayudar, por ejemplo, a las personas reducidas a la esclavitud doméstica. Y ayudar a estas personas no ha llevado nunca a hacer leyes que prohiban el  servicio doméstico, o a penalizar a las personas y familias que recurran a él.

Si deseáis venir en ayuda de las personas que desean salir del trabajo sexual, aplicad el mismo régimen que para las otras personas que trabajan con su cuerpo : una posibilidad de formación profesional que permita una reconversión en cualquier momento, por la razón que sea.
Pero la mayor de las ayudas que necesitamos de vuestra parte es que no penalicéis a nuestros clientes y que retiréis las leyes hipócritas contra el proxenetismo que nos impiden tener una vida decente y trabajar de forma aceptable.

Dejad de hacer excepciones con nosotrxs.

No queremos vuestra protección que nos mata.

Nuestros riesgos no proceden de nuestros clientes, sino de vuestros buenos sentimientos.

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