El valor de una mujer: el doble rasero de la sociedad

 Por Lauren Rosewarne

30 de julio de 2013

http://www.abc.net.au/news/2013-07-30/rosewarne-one-womans-worth/4852056

 

Cuando desapareció Jill Meagher, los medios y la gente pasaron a la acción. Pero cuando la trabajadora sexual Tracy Connelly fue asesinada, la notica apenas salió en los periódicos. ¿Qué hace que una mujer valga más que otra?, se pregunta Lauren Rosewarne. 

Una llamada que recibí de una periodista fue mi introducción a la historia de Jill Meagher. Era una mujer de mi edad, aproximadamente, que me preguntó si se había alterado mi sensación de seguridad.

Al comienzo no le gustó mi respuesta, ya que aparentemente estaba salivando por una cita aterradora de alguien con un “Dr.” delante de su nombre. La conversación se calentó. Y entonces comenzó a llorar. Su sensación de seguridad parecía haberse hecho añicos.

Me habría gustado saber si resultó tan profundamente afectada por el asesinato de Tracy Connelly.

Yo tenía muchas dudas acerca de la cobertura dada al caso Jill Meagher, muy centrada en alimentar el miedo que aquella periodista tenía —el miedo que se suponía que yo debía tener— a los hombres merodeadores y la necesidad de armarse contra ellos.

Mi irritación principal, sin embargo, era por la forma como los medios tienen sus favoritos. Cómo algunas víctimas merecen tiempo, atención, vigilias y lágrimas y otras son relegadas a una escueta noticia al final del periódico.

Que ser joven, guapa, con un respetable empleo de oficina y viviendo en el centro de la ciudad hace una víctima simpática. Y que aquella que es asesinada fuera de este arquetipo no lo es.

No cuestiono que informar de la horrenda historia de Jill Meagher fuera algo correcto. Por supuesto que lo era. Pero en este clásico argumento de coste de oportunidad, el minuto sólo se puede emplear una vez, el dólar también sólo una vez, y el tiempo y las palabras dedicadas a una historia inevitablemente se le restan a otras.

Y para las historias que no admiten un bonito envoltorio, las historias que no tienen el mismo atractivo sentimental, las historias que se refieren a personas que nuestra cultura ha decidido que son desechables, aparentemente no hay sitio.

Con la regularidad de un reloj, cada pocos meses habrá una historia acerca de un comercio que vende sostenes para niñas. O tangas para niñas. O algo igualmente predecible y tedioso. E inevitablemente asociaciones de padres condenarán la “ropa de puta”; que no quieren que sus hijas “parezcan stripers”. Sutil, pero indicativo del fascinante y atrozmente repugnante pasatiempo de demonizar a las trabajadoras sexuales.

Señalar a las trabajadoras sexuales como una plaga —como la cosa más repugnante con la que una chica podría ser confundida— esboza el telón de fondo de cómo se informará del asesinato de una mujer que resulte ser trabajadora sexual.

Y es el aspecto de “víctima menos simpática” lo que de hecho provoca mis lágrimas esta vez.

Exactamente igual que cada relato de Jill Meagher repetía la historia de que trabajaba en la ABC/vivía en el centro de Melbourne/iba a su rutina social normal de fin de semana, cada relato de Tracy Connelly mencionaba que era trabajadora sexual. Y encapsulada en estas dos palabras está la razón por la que su nombre no se nos volverá familiar. No incitará a las periodistas a llamarme envueltas en lágrimas en busca de un comentario. No nos hará recordar dónde estábamos cuando fue descubierto su cuerpo.

Entre todas las noticias —no sólo las malas— se da prioridad a las que implican a personas que son aparentemente “como nosotros”. Para aquella periodista, para los miles de personas que acudieron a las vigilias, Jill Meagher era como nosotros: podría haber sido yo.

¿Pero qué hizo a Jill más como nosotros que Tracy Connelly?

¿Qué hizo a Tracy Connelly más una trabajadora sexual que una mujer?

¿Qué hace a las trabajadoras sexuales menos valiosas que las trabajadoras de oficina?

¿Qué hace a una mujer más valiosa que otra?

Los programas televisivos de crímenes presentan a la trabajadora sexual asesinada como algo trivial: aparentemente, ese es el destino que se espera para ella. Y muchas personas se tragan eso y dan por supuesto que el trabajo sexual es una profesión peligrosa, que la trabajadora sexual busca y flirtea con el desastre,  que la trabajadora sexual es de usar y tirar.

Ninguna mujer pide ser asesinada. Como suena. Que nos atrevamos a hacer preguntas de qué estaba haciendo la víctima, o cómo vestía, o con qué comerciaba, o qué aspecto tenía, es la más indecente acusación que se nos puede hacer.

 

La Dra. Lauren Rosewarne es catedrática en la Escuela de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad de Melbourne. Ver su perfil completo aquí.

 

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