Las redadas del Soho nos muestran que el auténtico problema con el trabajo sexual no es el sexo: es el propio trabajo mal pagado

 

La cruzada moral contra el comercio del sexo, sea llevada a cabo por la policía o por feministas de alto nivel que nunca han hecho trabajo sexual, cumple la misma función que ha cumplido siempre, escribe Laurie Penny

POR LAURIE PENNY publicado el 11 de diciembre de 2013

http://www.newstatesman.com/2013/12/real-problem-sex-work-is-low-waged-work-itself

El 4 de diciembre, cientos de policías, algunos con equipamiento de antidisturbios, allanaron más de 25 pisos en el centro de Londres. Bajo el pretexto de buscar bienes robados y combatir la trata y el tráfico de drogas, allanaron las viviendas de las prostitutas y las sacaron a la calle. Invitaron a representantes de la prensa a ser testigos de cómo detenían a las mujeres y confiscaban su dinero y sus posesiones, todo ello a fin de “salvarlas” de una vida de prostitución.

Gran Bretaña no es el único país europeo que está llevando a cabo una política de dureza contra el trabajo sexual en estos momentos. Francia acaba de aprobar una ley que hace ilegal pagar por sexo, a pesar de las protestas de las prostitutas que dicen que las leyes que penalizan a los clientes hacen su trabajo más peligroso, llevándolas a la clandestinidad. Alemania, que ha tenido leyes progresistas sobre la prostitución desde 2002, está considerando revertirlas tras un debate nacional sobre el tema. En un momento en que millones de mujeres y chicas a lo largo y ancho del continente están siendo obligadas a tomar difíciles decisiones de tipo económico —incluyendo la prostitución— ¿por qué el principal debate público feminista todavía gira acerca de si es o no moral tener sexo a cambio de dinero y de si la mujer que lo tenga debería ser encerrada y deportada?

La humillación pública de las trabajadoras sexuales ha sido una característica de los recientes años de austeridad en Europa. Para la prensa, es un espectáculo que funciona bien con lectores atraídos por un poco de indignación excitada. Si no puedes obtener las fotos del fichaje policial de las mujeres, puedes ilustrar tus noticias con fotos de archivo de piernas sin cuerpo en minifaldas y con tacones, informando a los lectores de que ese artículo les hará enfadarse, calentarse, o las dos cosas a la vez.

Las recientes redadas en el Soho no fueron la primera ocasión en la que periodistas y fotógrafos han sido invitados por la policía a cubrir la noticia. “¿Qué señal más clara necesitamos de que la policía está más interesada en exhibir a estas mujeres que en ‘salvarlas’?”, pregunta Melissa Gira Grant, autora del libro de próxima publicación Playing the Whore: the Work of Sex Work (Hacer de puta: el trabajo del trabajo sexual). “ ¿Cómo se pone ahora en peligro su seguridad con estas imágenes que también son difundidas en internet?

La noticia que no se está dando junto a las fotos de los antidisturbios allanando burdeles es que estos policías están autorizados a quedarse con un porcentaje del dinero que quiten a las prostitutas. Bajo la Proceeds of Crime Act,  el dinero y los objetos de valor confiscados a las trabajadoras sexuales —incluyendo lo que tuvieran reservado para pagar el alquiler, las medicinas y la comida de sus hijos— se reparten entre la policía, el Crown Prosecution Service y la HMRC.

Y lo que es peor, las trabajadoras sexuales que son también inmigrantes, a menudo se ven entregadas a la UK Border Agency (UKBA) a continuación de estas “compasivas” redadas. El Colectivo Inglés de Prostitutas afirma que, durante las recientes redadas del Soho, “algunas mujeres inmigrantes fueron detenidas bajo el pretexto de que podían ser víctimas de trata, a pesar de sus protestas de que no estaban siendo obligadas a trabajar”.

Si la lucha contra la trata de seres humanos es una prioridad, detener a las supuestas víctimas, quitarles el dinero y entregarlas a la UKBA parece una forma bastante rara de lucha. En otras partes, la humillación pública de trabajadoras sexuales tiene un propósito político más explícito. En Grecia, en la primavera de 2012, la prensa de derecha hizo circular historias culpando a las trabajadoras sexuales de la expansión del VIH. La tasa de infección había ciertamente crecido un 60% en solo un año: pero no debido a la prostitución. Más bien, el aumento de la infección fue un resultado directo de los durísimos recortes en el presupuesto de sanidad, incluyendo la suspensión de los programas de intercambio de jeringuillas.

Hemos pasado por esto muchas veces antes. Fue Emma Goldman la que primeró advirtió, en 1910, que: “Siempre que hay que apartar la atención de la gente de una gran injusticia social, se lanza una cruzada contra la indecencia”. La idea de que los peligros e indignidades de ciertos tipos de trabajo pueden ser separados de las circunstancias económicas de ese trabajo es seductora pero, como nos recuerda Goldman, “¿Cuál es la causa del comercio sexual en las mujeres? No solo de las mujeres blancas, sino también de las amarillas y las negras. La explotación, desde luego; el despiadado Moloch del capitalismo que engorda a expensas del trabajo mal pagado, llevando así a miles de mujeres y chicas a la prostitución”.

La mayor parte del debate público acerca del aumento del trabajo sexual en Europa, particularmente entre las mujeres pobres e inmigrantes, da por supuesto que es una consecuencia de leyes inmorales, mujeres inmorales o ambas cosas. La noción de que cinco años de austeridad, desempleo creciente y control de gastos en todo el continente puedan tener algo que ver con ello raramente es mencionada.

Separar la prostitución de todos los otros trabajos y llevarla a la clandestinidad no hace daño solo a las trabajadoras sexuales. También permite que la gente se imagine que por el hecho de estar ganándose la vida sirviendo patatas fritas o limpiando retretes en lugar de teniendo sexo están preservando de alguna forma su dignidad: pueden estar exhaustos, enajenados y empobrecidos, pero al menos no están vendiendo sexo. Las mujeres que trabajan como prostitutas a veces sufren abusos en el trabajo, y también las mujeres que deciden trabajar como limpiadoras nocturnas, cuidadoras contratadas y camareras. La elección auténticamente penosa que tienen que hacer ahora mismo millones de mujeres y trabajadoras emigrantes en toda Europa es entre trabajo mal pagado y agotador —y eso cuando hay trabajo— e indigencia.

Incluso si aceptamos la noción torpemente argumentada de que la mayor parte de las mujeres que deciden trabajar como prostitutas lo hacen porque han sido traumatizadas de niñas, de ello no se deduce que tengan que ser desposeídas de su autonomía, se las niegue su privacidad, se les roben sus pertenencias y se las detenga.

La humillación pública de las trabajadoras sexuales es un fenómeno global y una gran parte de los medios son cómplices. La cruzada moral contra el comercio sexual, sea llevada a cabo por la policía o por feministas de alto nivel que nunca han hecho trabajo sexual, cumple la misma función que ha cumplido siempre. El problema con el trabajo sexual no es el sexo, sino el trabajo.

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