“El abolicionismo de la prostitución está condenado a ser un discurso del feminismo institucional, alejado de la calle”

 

Entrevista a Georgina Orellano, trabajadora sexual y sindicalista, secretaria general de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR)

 

https://directa.cat/labolicionisme-de-prostitucio-esta-condemnat-ser-un-discurs-del-feminisme-institucional-lluny-del

Mariana Cantero
01/21/2016

 

Georgina Orellano. Foto: Vera Rodríguez

Georgina Orellano. Foto: Vera Rodríguez

Georgina Orellano es secretaria general de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR), formadora, conferenciante y activista en defensa de los derechos de las trabajadoras sexuales. Desde parámetros de clase, Orellano sostiene un discurso crítico con el feminismo abolicionista, el cual, según denuncia, impide que tanto ella como sus compañeras sean reconocidas como trabajadoras: “Somos parte de una clase obrera que no puede escoger, que está explotada y que tiene los mismos problemas y reivindicaciones que el resto de trabajadoras “, se posiciona. Como sindicalista y puta, Orellana reflexiona sobre la polarización entre feminismo institucional y la percepción de sus políticas por parte de las trabajadoras en la calle, los procesos punitivos y el papel de las medidas contra la trata, siempre desde el contexto argentino.

 

¿En qué momento consideras que se encuentra la relación entre el movimiento feminista y las trabajadoras sexuales en Argentina?

Cuando yo empecé a militar en el sindicato, mi primera identidad autopercibida fue la construida a partir de quitarme de encima la mochila de culpas que llevaba encima y entender que la mayoría de problemas que yo tenía, y que tenían mis compañeras, no eran por ser trabajadoras sexuales, sino por el hecho de ser mujeres. Me reconocí como trabajadora sexual y eso fue clave para empezar a defender los derechos de mis compañeras y sensibilizar a otros actores políticos sobre el estigma que pesaba sobre nosotras. Entonces empecé a participar, junto con el sindicato, en encuentros nacionales y congresos de mujeres y me di cuenta de que nuestra lucha no era sólo por el acceso a derechos laborales y sindicales, sino que también tenía mucho de la lucha feminista: de defender que toda mujer tiene poder de decisión sobre su cuerpo, que puede elegir y que la gran mayoría tenemos los mismos problemas: la exclusión, la desigualdad, ganar lo mismo que gana un hombre. Entonces comprendí que la lucha no era sólo sindical sino que también era una lucha feminista. También entendí que el feminismo es amplio: dentro de su diversidad, hay feministas con posiciones totalmente irreconciliables, que están en contra de cualquier ejercicio del trabajo sexual, pero también compañeras feministas que están a favor de nuestra lucha, que difunden nuestra voz en otros espacios y que lo único que nos faltaba era poder trabajar en alianza con ellas.

“Nuestra lucha no es sólo por los derechos laborales y sindicales, sino que también tiene mucho de lucha feminista: defender que toda mujer tiene poder de decisión sobre su cuerpo”

 
¿Como lo hicisteis?

 

Al principio partimos de conocernos, porque nosotras pensábamos que todo el feminismo estaba en contra nuestra. Cuando empezamos a interpelar en aquellos espacios, llevando nuestra voz, pidiendo la palabra, veíamos por sus caras que algunas de ellas se molestaban por nuestra presencia, pero que otras nos daban la bienvenida y estaban contentas de que nosotras hubiéramos tomado la decisión de participar. Nosotras también tuvimos que ganar confianza: al principio, pensábamos que sólo querían venir a nuestra organización para sacarnos información, hacer sus libros y olvidarse de nuestra lucha. Como organización, en ese momento, recibíamos un montón de denuncias de compañeras a las que les habían violado su domicilio, y había persecución policial basada en políticas antitrata que criminalizan nuestro trabajo. Empezamos a hacer entrevistas a estas compañeras. Lo primero que nos dijeron las feministas es que, más allá de empoderarlas y ayudarlas con los procedimientos judiciales, hacía falta poder registrar y transcribir esta información y hacer informes internos con datos crudos, saber cuántas mujeres de cada una de las zonas tenían su puesto de trabajo cerrado, cuántas habían presentado un recurso de amparo. Todo esto lo hicimos con ellas: ellas llevaban su experiencia y su conocimiento, por ejemplo desde la antropología, y nosotras aportábamos los nuestros y hacíamos como de intermediarias con las compañeras que se acercaban al sindicato, porque de otro modo nuestras compañeras no hubieran confiado en ellas. Con esta labor conjunta empezamos a elaborar el informe que documentaba cómo algunas políticas antitrata terminan criminalizando el trabajo sexual en Argentina.

”Las trabajadoras de la calle sienten un odio terrible hacia las abolicionistas y sostienen que éstas son más violentas que la policía, con la que las trabajadoras habían llegado a un punto de negociación“

 
¿En la práctica, de qué sirvió este informe?

 

Lo hemos presentado juntas en diferentes ámbitos, como la legislatura de Buenos Aires, ante los medios de comunicación y de diferentes partidos políticos. Nos interesa que se visualice nuestra realidad más cruda, que es la generada por la violencia institucional y la presión policial. Necesitamos, más allá del debate de si la prostitución puede ser considerada un trabajo o no, respuestas concretas y reales al problema que tenemos. Son cuestiones que en general quedan fuera del debate. Hay un montón de mujeres que ofrecen servicios sexuales y que ven vulnerado su derecho a trabajar, a alquilar un espacio para hacerlo, a cooperativizar y sostenerse económicamente con ello. Entonces, lo que hicimos fue plantearles qué respuesta nos podían dar sin entrar en el debate de si el nuestro puede ser considerado un trabajo o no. En ese momento empezamos a trazar muchas más alianzas con las feministas. Nos sirvió, todo ello, para empezar a recibir no sólo a las compañeras feministas del mundo académico, sino también del mundo queer y LTGB y con ellas se comenzó a concretar también la organización de actividades, de charlas en espacios para sensibilizar e intentar mostrar hacia fuera como habían crecido estas alianzas. Ya no éramos sólo nosotras, las trabajadoras sexuales, las que pedíamos derechos laborales, sino todo un conjunto de colectivos diversos que apoyaban nuestra lucha y que la abrazaban como una causa común. Vimos que nuestra unión tuvo resultados y muy buenos: el impacto del informe fue mostrar la realidad que muchos se negaban a ver o dejaban de lado para centrarse en la discusión más teórica de por qué la prostitución no podía ser considerada un trabajo, con los mismos argumentos teóricos que viene sosteniendo el abolicionismo desde hace 120 años a nivel internacional.

 

¿Cree que las abolicionistas han sabido aprovechar las pocas rendijas que ha dado el sistema para copar los espacios de poder que tiene el feminismo respecto a los discursos o en las instituciones?

 

Me parece que están las feministas más institucionalizadas, que han conquistado sus espacios de lucha y los utilizan para ejercer un feminismo muy radical. Estas mujeres, con respecto al tema de la prostitución, no han llevado a cabo todas las políticas que han desarrollado reflejando su apuesta abolicionista, sino que lo han hecho con la bandera de la lucha contra la trata de personas. Creo que en este punto hay una lucha poco honesta por su parte, que han utilizado un tema tan serio como la lucha contra la trata para acabar criminalizando todo el trabajo sexual. En la práctica, en Argentina, no lo han conseguido del todo: han querido extender la prohibición de trabajar en wiskerías, cabarets o publicar anuncios en los periódicos como políticas antitrata. Pero las trabajadoras sexuales estamos organizadas, tenemos voz, rechazamos estas medidas y nos organizamos para ser las primeras a las que escuchen los actores políticos que deciden en el tema, ya que somos las primeras perjudicadas cuando este tipo de medidas se llevan a cabo. Entonces, creo que sí han ocupado espacios institucionales y de poder, pero también es verdad que el único argumento que han sabido utilizar para defender su postura es el de la lucha contra la trata.

“El abolicionismo ha ocupado espacios de poder, pero el único argumento que ha sabido utilizar para defender su postura es el de la lucha contra la trata”

 
¿Entre sus compañeras trabajadoras sexuales qué proyección tiene su discurso?

El discurso abolicionista, desde su teoría de protección a las trabajadoras sexuales, puede aglutinar muchas mujeres que estén de acuerdo. Pero, pasando a la realidad, lo que hacen en Argentina es legislar desde políticas punitivas, desde la criminalización del trabajo sexual. Creo que el abolicionismo está condenado, por ello, a quedar como discurso entre las feministas institucionalizadas, pero no en la calle. En Argentina no tiene proyección, no ha crecido. Las trabajadoras sexuales no adoptan este tipo de posturas sino todo lo contrario: hay compañeras que, a partir de este tipo de medidas que las abolicionistas promueven, como la prohibición de cabarets, se organizaron. Las primeras que levantaron la voz en contra de estas medidas son las trabajadoras, que antes no estaban organizadas, no militaban en ningún espacio y terminaron uniéndose. Creo que las abolicionistas deben empezar a pensar en dirigir sus políticas de otras maneras, porque si no quedan relegadas a la figura de enemigas de las trabajadoras sexuales, sobre todo entre las que no son militantes, las que están en la calle y sufren de primera mano la persecución policial, el pago de coimas (sobornos), el cierre de sus fuentes laborales. Estas mujeres les tienen un terrible odio y sostienen que las abolicionistas son más violentas que la policía, con la que habían llegado a un punto de negociación. La policía no ignora que ellas saben qué derechos tienen y que son las herramientas de poder que ellas han sabido construir desde la base, organizándose, para defenderse como colectivo. Ellas saben que el trabajo sexual no es delito en Argentina. Pero con las abolicionistas es muy difícil esta negociación porque hay una imposición en el otro lado, no quieren escuchar qué quiere, por qué decidió y qué escogió la mujer trabajadora que tienen al otro lado. Hay un posicionamiento de infantilizarnos, protegernos, tutelarnos. Me parece que han entrado en un círculo en el que lo único que han conseguido es que las trabajadoras sexuales se organicen cada vez más. Hay mujeres que sí han conseguido poder decidir sobre su cuerpo, pero a otras se nos continúa cuestionando sobre nuestras decisiones.

 

En cuanto a la legislación, en Argentina se aprobaron algunas leyes que supuestamente buscaban defender el trabajo sexual pero que acabaron criminalizándolo …

 

Sí. A partir de 2011 la ex Cristina Kirshner firmó un decreto presidencial que prohibía publicar anuncios en los periódicos eliminando el conocido como Rubro 59 de los clasificados. Fue una medida que ella dijo que no buscaba criminalizar a las mujeres, sino que los periódicos no hicieran dinero con las redes de trata de personas. Sin embargo, la lectura que se hizo sobre el terreno y desde las organizaciones feministas fue que Kirshner se había posicionado desde una postura abolicionista contra el trabajo sexual. Nosotras creemos que su intención era luchar contra la trata, pero también contra las corporaciones de grandes medios de comunicación, como Clarín, que es el diario más conocido, donde la mayoría de las compañeras anunciaban sus servicios y que ganaba muchísimo dinero con nuestros anuncios. Antes pagábamos 70 pesos por día por cuatro líneas y una foto. Después el mismo diario nos comenzó a cobrar el triple para publicar en otras secciones de forma engañosa, como “solos y solas”, “belleza y salud” o “masajista”. Así, una actividad que no era considerada delito pasó a hacerse de forma clandestina. Después de esto se establecieron más medidas de prohibición. En doce provincias se prohibió el funcionamiento de cabarets, wiskerias, casas de citas, clubes, night clubs y apartamentos privados donde se ofrecían o facilitaban servicios sexuales. Esto nos llevó a una mayor clandestinidad, a trabajar en espacios habilitados como pizzerías o billares, con una mayor precarización. Antes, en las wiskerías las compañeras podían negociar una especie de convenio colectivo con el dueño, que se llevaba sólo el 50% del valor de las copas, pero ahora este tipo de negociaciones ha perdido efecto y se llevan parte de las ganancias por los servicios sexuales de las compañeras. En definitiva, han dejado claro el doble discurso que hay detrás de cada escritorio que lleva adelante este tipo de política de Estado: la policía entra en nuestros puestos de trabajo de manera muy violenta, con armas, golpeando puertas, poniéndonos contra la pared y robando los objetos de valor que pueden encontrar. Y luego vienen las psicólogas, que nos hacen entrevistas a cada una, como víctimas de trata, mientras la policía nos custodia. El resultado es que las mujeres quedan en la calle. Se dice que se las ha rescatado, pero luego no se dice qué ha ocurrido con esta mujer, qué ha hecho, cómo se ha organizado. Esto sirve a las abolicionistas para continuar sosteniendo su discurso teórico y el salario que ganan por llevar a cabo este tipo de políticas, y al Estado para decir que lucha contra la trata.

 

¿Estas medidas han perjudicado la trata o siguen existiendo las mismas dinámicas?

Nosotras, lo que podemos decir por el conocimiento que tenemos, por trabajar sobre el terreno y visitar los apartamentos privados, es que nuestras compañeras han perdido su autonomía en el trabajo. Hay compañeras que antes eran realmente autónomas, que alquilaban un espacio y trabajaban para ellas mismas. Estos sitios ahora están cerrados y ellas están trabajando con un dueño. Entonces, vemos que las políticas antitrata han acabado favoreciendo el proxenetismo, los lugares donde a las compañeras les quitan el 50% de sus ganancias. Hoy la Argentina tiene una ley de trata que fue modificada en 2012, la prohibición de publicar en los periódicos y un proyecto de ley (con media sanción en la Cámara de los Diputados y que ya ha pasado el Senado) que busca prohibir la publicación de nuestros servicios en páginas webs, perfiles de Facebook y volantes, así como la prohibición de trabajar en cabarets, wiskerías … Pero no entendemos cómo, habiendo tantas medidas en su contra, no disminuye la estadística de víctimas de trata de personas . El Estado ha invertido muchísimo dinero para luchar contra ella y cada vez se contabilizan más víctimas, pero deberíamos pensar si no se está contabilizando realmente a las trabajadoras sexuales. Actualmente, si se encuentran cuatro mujeres en un operativo policial, se contabilizan las cuatro como víctimas de trata, aunque ellas sean mayores de edad y estén ejerciendo voluntariamente, porque según la ley no hay consentimiento, es decir, no vale nuestro testimonio. Se levanta acta de lo que la psicóloga que viene con la policía establece, que es siempre que somos víctimas. Siempre ven vulnerabilidad, condiciones de trabajo malas, que por ellas se traduce en trata de personas. Pero para nosotras toda trabajadora, sea del gremio que sea, es vulnerable: hay muchas personas que trabajan en condiciones malas que cuando el Estado fiscaliza no considera víctimas de trata, sino como trabajadoras que pueden mejorar sus condiciones. Nunca se nos respeta nuestra decisión: siempre ven una pobre mujer que no tiene más opción y que necesita ser protegida mediante el sistema punitivo y penal.

 
“Las políticas antitrata han favorecido el proxenetismo. Hay compañeras que alquilaban un espacio y eran autónomas. Ahora estos sitios están cerrados y ellas trabajan para un dueño”

 

Ahora organizan una campaña para pedir la regulación del trabajo sexual…

 

Sí, queremos que se reconozca el trabajo sexual. Hemos presentado varios proyectos, tanto en el ámbito nacional como provincial, que siguen todos la misma línea: buscan exigir al Estado que reconozca nuestra actividad como un trabajo, que nos otorgue derechos laborales, como el derecho a la sanidad o poder cotizar para nuestra jubilación y que esté presente garantizando los derechos de las trabajadoras a los puestos de trabajo sexual que se organicen de manera autónoma. Queremos que el ministerio de trabajo sea quien garantice que en estos lugares no hay ningún caso de explotación y que se abra un registro único de las trabajadoras sexuales que dependa del ministerio para poder inscribirnos como autónomas con nuestra categoría correspondiente . Queremos todo esto no sólo por tener nuestros derechos laborales, que históricamente se nos han negado, sino también para poder demostrar que somos trabajadoras sexuales por decisión propia. Con Macri puede ser una tarea difícil plantear este tipo de medidas, será un contexto de resistencia no sólo para las trabajadoras sexuales sino también para el resto de la clase trabajadora. Para nosotras será un punto de encuentro con muchas organizaciones sociales con las que lucharemos en la calle juntas por nuestros derechos.

“Queremos que el Ministerio de Trabajo garantice que, en los lugares establecidos para el trabajo sexual, no haya ningún caso de explotación y que se abra un registro único de las trabajadoras sexuales que dependa del Ministerio para poder inscribirnos como autónomas con nuestra categoría correspondiente “

 

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