Prostitución callejera: “No hay trabajo, ¿qué otra cosa voy a hacer?”

 

  • La crisis empuja a “más mujeres españolas” al trabajo del sexo “para la subsistencia”, según varios expertos

 

  • Aprieta la recesión económica y surgen historias marcadas por la marginalidad, personas abocadas “a la calle” que buscan salida: “o hago esto o ni siquiera tendría para comer”

 

Juan Miguel Baquero

Follow @juanmibaquero

07/02/2016

 

http://www.eldiario.es/andalucia/Prostitucion-mendicidad-grados-sombra_0_320568291.html

 
“O hago esto o ni siquiera tendría para comer”. ‘Esto’, para María (nombre ficticio), significa prostituirse. “Y cada vez somos más así, mujeres que se están tirando a la calle porque no tienen nada. Muchas son jóvenes. Y españolas, cada vez más”, dice.

 
No existe una memoria de la prostitución en España que cuantifique cuántas mujeres acuden o regresan al mercado del sexo de pago debido a la crisis económica. La afirmación de María, meretriz callejera, no queda avalada por un informe tajante. Pero sí por la voz de expertos que certifican cómo la dimensión polifacética de la recesión mutila el contrato social para capas de población abocadas a la gélida frontera de la exclusión.

 
“Es verdad que en los años de la crisis empezamos a ver más mujeres españolas”, afirma a eldiario.es Andalucía Paula Mandillo, trabajadora social de la asociación Mujer Emancipada. Con muchos episodios de retorno, dice. Un “pasado” en la prostitución que regresa “al acontecer la crisis económica y cebarse con los colectivos más débiles”. Personas “que están en esas, van y vienen”, ejemplifica, “pero lo que quieren es salir de ahí”.

 
Es una reincorporación al trabajo del sexo “para la subsistencia”, según el profesor de la Universidad de Granada, Francisco Jiménez. “Hace cinco años las únicas prostitutas callejeras españolas eran yonquis, hoy ha renacido con fuerza un fenómeno muy estudiado en países como Colombia: mujeres que se van del pueblo a la ciudad para prostituirse y envían dinero a casa”, señala.

 

Retrato de marginalidad y “sacrificio”

 

“Tengo dos hijos, pero son mayores y tienen sus vidas. No saben a lo que me dedico, me moriría de vergüenza. Pero estás desesperada y… ¿qué hago? He tenido trabajo, otra vida, pero no encuentro nada y hay mucha gente así”. Cuenta María, prostituta, que la calle es oscura, sucia. “Muy dura”. Horas de exposición total en espera de clientes. Un “sacrificio”. Mercadear con el propio cuerpo para a veces “a duras penas tener un plato de comida”.

 
Explica el profesor: “La prostituta que ejerce en la calle” se vuelve “furtiva” y queda expuesta, desprovista de abrigo, “porque no quiere que otro se quede el dinero”. Al sexo de pago como recurso acuden varios perfiles, retrata Paula Mandillo. Uno atado a la toxicomanía. Otro grupo “de mujeres más jóvenes, de 35 años para abajo”, suman a la recesión y el desempleo “dinámicas familiares fracasadas y familias desestructuradas”. “Son chicas muy jóvenes que tienen toda la vida por delante y si logran sacar cabeza, tienen posibilidades de salir del oficio”.

 
Pero la mayoría, matiza, “son madres de familia, con hijos” que acuden a la prostitución “para llevar adelante una casa”. Solo la elaboración de un estudio riguroso sobre el trabajo del sexo ofrecería “la situación real”, como indica la portavoz del Colectivo Hetaira, Mamen Priz. En la silueta que oculta personas “marginales, drogadictas y sin otra salida”, caben también quienes buscan “una manera de salir de la pobreza”.

 
“Aquí nadie regala nada”, remata. La calle es una roca que aplasta. “Puedes encontrarte a cualquiera que dobla la esquina y no tienes ni idea de las intenciones que trae”

 
Como María: “nadie me obliga a ejercer, es por necesidad”. Una vez ahí, dice, “¿qué otra cosa voy a hacer? No hay trabajo de nada”. Ella es uno de ese 21,8% de españoles que, según el informe Exclusión y desarrollo social de Cáritas, vive en la pobreza.

 
La necesidad, el extremo de la crisis, tiene estas caras. Caso de María, que mira al incierto destino con un “buscarse la vida” diario entre coches que van y vienen, clientes diversos y tratos espontáneos. La calle es una roca que aplasta lento. O de golpe. “Puedes encontrarte a cualquiera que dobla la esquina y no tienes ni idea de las intenciones que trae”. “Aquí nadie regala nada”, remata.

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