La prostitución es un trabajo, de Pia Covre

 

Pia Covre

 

Colectivo Hetaira.·Miércoles, 2 de marzo de 2016

 
Pia Covre y su compañera Carla Corso son veteranas del movimiento de las trabajadoras del sexo en Italia. En 1982 fundaron el Comitato per i Diritti Civili delle Prostitute, donde aún hoy siguen como activistas.

 
Tras leer varias malinterpretaciones de mi pensamiento citadas por terceros en ensayos y artículos periodísticos, me encuentro en la necesidad de aclarar mis posiciones sobre el trabajo sexual. Me he tropezado con textos que distorsionan tanto mis declaraciones como las de mi compañera Carla Corso y por ello quiero especificar aquí mi postura.

 
Además creo que, aunque los principios fundamentales que he madurado desde mi experiencia y que siempre han guiado mi activismo para los derechos de trabajadoras y trabajadores del sexo sigan siendo los mismos, la complejidad del contexto social y jurídico en el que nos encontramos no nos permite quedarnos estancados en posicionamientos ideológicos cerrados, sino que nos exige una reflexión constante.

 
¿Es la prostitución un trabajo?

 
Si el trabajo es el medio con el que conseguimos los recursos materiales que necesitamos para vivir, sin duda alguna, el intercambio de sexo por dinero puede ser definido como tal, sobre todo si esta actividad es la única manera que tienen algunas personas para poder ganarse la vida, aunque sea solo durante una determinada época.

 
A lo largo de mi experiencia he conocido a mujeres que han accedido al trabajo sexual por distintas motivaciones. Para muchas de ellas, la prostitución es una opción determinada por circunstancias externas, vinculadas a una situación de necesidad y desamparo económico. Otras acceden más bien por libre elección. En este último caso, el trabajo sexual puede representar tanto una simple afición personal como una manera de cuestionar los roles de género establecidos, es decir, una rebelión. A pesar de la heterogeneidad de situaciones que caracteriza este colectivo, basándome en mi experiencia personal, puedo afirmar que todas las personas que se dedican a la prostitución, aunque se dediquen a ella por simple diversión, consideran esta actividad un trabajo.

 
Llevo 45 años en este ámbito laboral, primero solo como trabajadora y después, en los 33 años siguientes, también como activista. En estas décadas, los cambios económicos y políticos que han transformado el tejido social italiano han sido muchos y han afectado también al mundo de la prostitución. En 1965, cuando yo empecé, las mujeres que ejercían la prostitución en Italia eran mayoritariamente autóctonas y representaban un grupo numéricamente más pequeño que hoy en día. Aunque todavía no dispongamos de estudios estadísticos que nos proporcionen datos fiables y resulte imposible cuantificar a quienes se dedican al trabajo sexual, es bastante evidente que, con el paso del tiempo, este grupo ha ido progresivamente aumentando, así como que la mayoría de las trabajadoras del sexo hoy son mujeres migrantes.

 
Cuando empecé mi labor como activista, en Italia se iba desarrollando un tipo de Estado de bienestar en el que el acceso a las prestaciones sociales no estaba exclusivamente vinculado al trabajo asalariado y nosotras, como ciudadanas italianas, no nos sentíamos tan desprotegidas. El Estado, por ejemplo, nos garantizaba el derecho a la asistencia sanitaria aunque no nos reconociera como trabajadoras. También por ello, en ese momento, la regulación del trabajo sexual no era nuestra lucha prioritaria.

 
Lo que pedíamos entonces era la despenalización del trabajo sexual, que se acabara con la represión policial de la prostitución y que la sociedad empezara a demostrar un poco de respeto hacia nuestra opción de vida. El derecho a la libertad de elección sobre nuestros cuerpos era un tema central entre nuestras reivindicaciones y, para nosotras, formaba plenamente parte de la lucha por la emancipación femenina. Para muchas mujeres, de hecho, el trabajo sexual había sido la opción que les había permitido lograr su independencia económica, y por ende, representaba una clara posibilidad de empoderamiento que la sociedad tenía que empezar a reconocer y respetar.

 
Los cambios políticos y sociales producidos en estos años han modificado también la prioridad de nuestras reivindicaciones. Los Gobiernos de las últimas décadas han debilitado progresivamente las políticas públicas y sociales estableciendo leyes restrictivas para contrarrestar la inmigración y han tomado medidas cada vez más represivas en contra de la prostitución.

 
Como activistas, tenemos que pensar en medidas efectivas que nos permitan enfrentarnos a las transformaciones ocasionadas por la globalización, como el empobrecimiento de ciertos sectores de la población, el incremento de los fenómenos migratorios y el consecuente aumento de migrantes (hombres y mujeres) en el ámbito de la prostitución. En Italia, la obtención del permiso de residencia para los ciudadanos no comunitarios está directamente vinculada al trabajo asalariado reconocido jurídicamente. De este modo, todas las personas que trabajan en los sectores que forman parte de la economía sumergida, como el trabajo sexual, no tienen acceso a los derechos de ciudadanía.
Además, la falta de reconocimiento jurídico del trabajo sexual está relegando a quienes lo ejercen a hacerlo en una situación de desprotección total frente a los eventuales abusos que puedan sufrir en el trabajo y está contribuyendo a su marginación social.

 
El trabajo sexual es una actividad comercial que produce una renta que tiene que ser reconocida jurídicamente. Por ello el debate de si es moralmente justo legalizar o criminalizar la prostitución es tiempo perdido. Es mucho más útil discutir sobre cómo se pueden obtener más espacios de autonomía y protección social para trabajadoras y trabajadores del sexo. Es más importante centrarse en la elaboración de medidas en contra de la explotación laboral, y focalizar el esfuerzo en el empoderamiento de quienes ejercen, frente a clientes, intermediarios, titulares de los clubes, etc.

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