De lo sagrado y lo pagano del cuerpo femenino

 

La protagonista de Maestra , de L.S. Hilton, convierte su sexualidad en un arma, un instrumento. La francesa Virginie Despentes es taxativa respecto a la potencia herética de esta idea. “El uso del cuerpo de la mujer, y lo vemos de forma muy clara en el debate sobre la prostitución, es un tabú que viene directamente de la religión, de los tabúes religiosos que sancionan que el cuerpo de la mujer no debe entrar en los círculos de dinero”. Y no duda del origen espiritual de esta sacralización, por más que sea común en personas de diferente condición política, religiosa o sexual. Incluidas las feministas: “Las razones son religiosas, no existe otra razón para que uno pueda comerciar con su intelecto pero no con su sexo. Si eres obrero siderúrgico o trabajas en el campo expuesto a pesticidas, es obvio que tu cuerpo va a sufrir con ello, y seguramente más que el de una prostituta”, prosigue Despentes. “Pero subsiste esta idea de que el cuerpo de la mujer pertenece a la familia, a los hijos, al amor de su pareja, y de momento, no hemos logrado salir de esta esfera”.

Para la escritora francesa, es un hecho singularmente delator la similitud de los discursos de quienes, incluso desde la izquierda o el feminismo, se manifiestan contra la prostitución, con los de los integristas religiosos: “Me impactó muchísimo ver que en Irán, las autoridades critican duramente a chicas que trabajan como modelos, y que los argumentos que utilizan para decir por qué una mujer no debería enseñar los brazos, por ejemplo, son exactamente los mismos que oyes en Europa para rechazar la legalización de la prostitución. Son hasta tal punto iguales los argumentos de unos y otros que resulta cómico. Todo ello proviene de la idea de que la mujer no pertenece al mismo ámbito que los hombres, pertenece al hogar, y por tanto no puede exponer su cuerpo de forma pública ni mucho menos comerciar con él”.

 

Cuando somos nosotras las que hablamos de sexo

Pedro Vallín, Madrid

3/07/2016

http://www.lavanguardia.com/cultura/20160703/402928968780/cuando-somos-nosotras-las-que-hablamos-de-sexo.html

La directora francesa Catherine Corsini ( Dreux, 1956) estrena este fin de semana en España Un amor de verano (La belle saison) –gran premio Variety Piazza en el festival de Locarno–, historia de amor lésbico entre una campesina y una joven burguesa, ambas, activistas por los derechos de la mujer en la Francia de los años setenta, y consigue con ello no sólo aportar la singularidad de una mirada femenina a un asunto cuya cumbre, en términos de cine europeo, había sido la premiada La vida de Adèle (2013), del cineasta Abdellatif Kechiche, sino inscribirlo en un marco de debate político. “La intimidad es pura política”, recuerda Catherine Corsini que proclamaban las consignas revolucionarias de los años sesenta.

En términos políticos, el filme narra las dificultades de las feministas de hace 40 años para estructurar un discurso político de la feminidad, toda vez muchas de ellas eran víctimas de una educación refractaria a la emancipación. De algún modo, reivindicar derechos políticos, salarios y un papel en la vida pública de un país parecía más fácil que arbitrar una revolución en la vida privada. Y esa revolución atañía también a la práctica de la sexualidad. Por eso uno de los desafíos de Un amor de verano (La belle saison), explica su directora, era proveer una mirada de la sexualidad lésbica diferente a lo visto hasta ahora. “La primera vez que vi La vida de Adèle me fascinaron sus escenas de sexo, pero cuando la vi una segunda vez me pareció todo demasiado gimnástico, y creo que algo tiene que ver que la dirección de la película fuera de un hombre”. En su filme, en el que hay más desnudos que sexo explícito, “quise representar el cuerpo en su integridad, como una pintura, un cuadro. Quería ver el cuerpo en toda su sensualidad, en toda su voluptuosidad, porque cuando solo enseñas trozos, invitas al espectador a imaginar, estás buscando una mirada impura, y yo no deseaba eso. Para mí, un montaje de ese tipo es un poco impuro porque juega con las fantasías del espectador. Por eso no quería que hubiera nada fuera del plano”. El amor lésbico es casi un fetiche erótico masculino, de ahí que cuando se trata de un cineasta varón “haya una voluntad de embellecer, de estetizar la relación sexual. A menudo, en el sexo entre dos mujeres, los realizadores tratan de hacer algo demasiado estético. En ese sentido, nosotras buscábamos algo un poco bruto y natural para nuestra película”.

En la narrativa escrita, el erotismo siempre ha formado parte del patrimonio de la literatura femenina (escrita por mujeres y dirigida a mujeres). Ana Liarás, editora responsable de traer a España Cincuenta sombras de Grey, de E.L. James ( Grijalbo), explica que, antes de ese fenómeno “estábamos acostumbrados, por una parte, a las novelas románticas –a veces más rosas, otras más explícitas–, de mejor recepción en países anglosajones que en los latinos, y por otra, a un sector más de nicho que era la literatura erótica. Con Cincuenta sombras de Grey se unieron los dos géneros, e incluso llegó a un público masivo, que no era habitual de ninguno de los dos, gracias a unos códigos bastantes románticos” y alejados de la ambición más literaria de la novela erótica pura. No fue el sexo, pues, sostiene Liarás, la novedad para las lectoras que conocían el género romántico, “sino la introducción de la humillación, la sumisión, el masoquismo” como un elemento hasta entonces por completo ajeno al erotismo, a veces muy explícito, de las novelas románticas de corte clásico. Es un suflé que hoy, explica la editora, está perdiendo fuelle, quizá “porque tras el fenómeno, todo el mundo se puso a publicar novelas de ese tipo”. El caso de L.S. Hilton, y su best seller Maestra ( Roca Editorial) es un poco distinto. Ana Liarás subraya que, en este caso, “hablamos de un thriller con elementos eróticos, pero cuya sustancia principal es el thriller”. Maestra es una intriga sobre una joven que ingresa en el competitivo mundo del arte y que se convierte en una manipuladora como único mecanismo para prosperar en la clasista Inglaterra posterior al thatcherismo y en el exclusivo mercado artístico. “El personaje es bastante cínico y ambicioso, usa el sexo como herramienta”, señala, “y supongo que todo esto y el hecho de que tantas protagonistas literarias sean mujeres o chicas jóvenes hoy tiene que ver con la paulatina absorción del feminismo. Es natural que las lectoras y escritoras elijan heroínas que reflejan sus propias percepciones, aunque sea de forma imperfecta”. ¿Asistimos a la impugnación de Emma Bovary?. “Claro, porque en la literatura clásica, las mujeres que transgreden la norma, acababan pagando por ello, de Anna Karé nina a Emma Bovary. Por eso me interesaba una mujer transgresora, una mujer ambiciosa y manipuladora, que sale victoriosa”.

La editora Ana Liarás subraya que las lectoras habitualmente toleran un tipo de sexualidad un tanto velada y muy romántica. Quizá eso explique que el debut de la francesa Virginie Despentes (Nancy, 1969), Fóllame (Mondadori), con una explicitud sexual poco habitual en escritoras, supusiera una conmoción en el paisaje literario francés. Despentes –que acaba de lanzar Vernon Subutex (Vol. 1), ( Random House), inicio de una trilogía sobre un vendedor de discos condenado por la desaparición de una decadente estrella del rock– asegura que el sexo, al menos en Francia, continúa siendo un tabú: “En Vernon Subutex no hay casi nada de sexo. Supongo que he entendido que una mujer que habla de sexo recibe un fuerte castigo. En realidad, esta sanción no afecta sólo a las escritoras: Si te fijas en Michel Houllebecq, cuanto menos sexo incluye en sus novelas, mejor le va con la crítica. El sexo sigue siendo un fuego. Es una materia muy interesante, pero te quema en las manos. Estoy segura de que volveré a escribir sobre sexo de forma explícita, porque me interesa mucho como material literario, pero, de vez en cuando –confiesa en su perfecto castellano–, tomarse un descanso es guay”.

De lo sagrado y lo pagano del cuerpo femenino

La protagonista de Maestra , de L.S. Hilton, convierte su sexualidad en un arma, un instrumento. La francesa Virginie Despentes es taxativa respecto a la potencia herética de esta idea. “El uso del cuerpo de la mujer, y lo vemos de forma muy clara en el debate sobre la prostitución, es un tabú que viene directamente de la religión, de los tabúes religiosos que sancionan que el cuerpo de la mujer no debe entrar en los círculos de dinero”. Y no duda del origen espiritual de esta sacralización, por más que sea común en personas de diferente condición política, religiosa o sexual. Incluidas las feministas: “Las razones son religiosas, no existe otra razón para que uno pueda comerciar con su intelecto pero no con su sexo. Si eres obrero siderúrgico o trabajas en el campo expuesto a pesticidas, es obvio que tu cuerpo va a sufrir con ello, y seguramente más que el de una prostituta”, prosigue Despentes. “Pero subsiste esta idea de que el cuerpo de la mujer pertenece a la familia, a los hijos, al amor de su pareja, y de momento, no hemos logrado salir de esta esfera”.

Para la escritora francesa, es un hecho singularmente delator la similitud de los discursos de quienes, incluso desde la izquierda o el feminismo, se manifiestan contra la prostitución, con los de los integristas religiosos: “Me impactó muchísimo ver que en Irán, las autoridades critican duramente a chicas que trabajan como modelos, y que los argumentos que utilizan para decir por qué una mujer no debería enseñar los brazos, por ejemplo, son exactamente los mismos que oyes en Europa para rechazar la legalización de la prostitución. Son hasta tal punto iguales los argumentos de unos y otros que resulta cómico. Todo ello proviene de la idea de que la mujer no pertenece al mismo ámbito que los hombres, pertenece al hogar, y por tanto no puede exponer su cuerpo de forma pública ni mucho menos comerciar con él”. Sin embargo, no cree que sea un retroceso la proliferación de heroínas literarias sumisas o pasivas, como las creaciones de E.L. James o de Stephenie Meyer (autora de Crepúsculo ). “Quizá haya algo de Cenicienta, algo masoquista en nosotras, pero no creo que esas lecturas afecten a las chicas de hoy, seguro que tienen otros referentes de ficción, porque yo las veo mucho más espabiladas que éramos en mi generación”.

 

 

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