El abolicionismo es el patriarcado de nuestros tiempos

 

 

En la visión de las abolicionistas, el papel de la mujer en las relaciones sexuales es absolutamente pasivo, hasta el punto de suponer la entrega del propio cuerpo para ser consumido por el hombre. Este supremo sacrificio debe cumplir determinado requisito para ser aceptable a los ojos de las abolicionistas o, como ellas dicen, para estar impregnado de dignidad, y este requisito no es otro que la gratuidad. La mujer debe entregar su cuerpo al hombre de forma totalmente gratuita, sin exigir a cambio ningún bien material: la motivación puede ser el deseo sexual (que en caso de la mujer es la pulsión a ser consumida por el hombre), o el deseo de tener hijos (para lo que no es imprescindible el deseo sexual). De lo contrario, la mujer peca de indignidad y, marcada con el estigma de puta, pierde su condición de mujer libre.

El carácter sagrado de la entrega digna por parte de la mujer de su cuerpo al hombre puede expresarse a través de la simbología romántica del amor o de la simbología contractual del matrimonio. Así ha sido a través de los tiempos y así quieren las abolicionistas que siga siendo.

Bien es cierto que esta entrega del cuerpo ha supuesto también históricamente la entrega del alma, en forma de entrega de autonomía personal. En el matrimonio católico-franquista preconstitucional, la esposa pasaba a ser menor de edad tutelada por su marido. Contra esto ha luchado y sigue luchando el feminismo, y ya ni las abolicionistas dicen que al entregar su cuerpo al marido las esposas entregan también su capacidad de tomar decisiones; y esto, porque se ha luchado por cambiar las leyes que hacían que así fuera, no porque se haya abolido el matrimonio. Y la indignidad del sexo fuera del matrimonio también se ha combatido, hasta terminar con los estigmas de adúltera y de madre soltera; y esto cambiando las leyes y la percepción social, y no aboliendo el adulterio y la maternidad soltera.

¿Por qué el supremo sanedrín abolicionista sigue lanzando anatema de indignidad contra las mujeres que venden sexo? ¿Por qué sigue pidiendo para ellas el castigo en forma de estigma que afligía a adúlteras y madres solteras? ¿Acaso está en condiciones de garantizar que las demás mujeres (ellas mismas tal vez) no obtienen ningún provecho material de la entrega de su cuerpo a maridos o amantes?

Es complejo intentar analizar las motivaciones profundas de las abolicionistas, pero no lo es tanto describir su papel actual respecto a las prostitutas como similar al que tenían los maridos en el régimen católico-franquista respecto a sus esposas. Reducidas a una arbitraria minoría de edad, tanto las esposas de antes como las prostitutas de ahora se ven sometidas a un tutelaje que no han pedido, antes por los maridos y ahora por las abolicionistas. Pero la gran diferencia es que, siendo idéntica la situación de unas y otras, las esposas hallaron la solidaridad del movimiento feminista y lograron su liberación, mientras que ahora las prostitutas ven cómo una gran parte de esas mismas feministas han decidido ocupar el lugar de los maridos, el lugar del patriarcado, y cerrar a las mujeres (¡a todas las mujeres!) el camino hacia la plena libertad sexual, el derecho a no tener que rendir cuentas a nadie de la conducta sexual que a cada una se le antoje.

El abolicionismo es el nuevo patriarcado. Su objetivo no es abolir nada que no sea la libertad sexual de las mujeres y, desde luego, no es abolir la prostitución, cosa que saben que es imposible. Su objetivo es mantener y reforzar el estigma de puta, negando a las prostitutas sus plenos derechos humanos, de forma que condenadas al silencio y a la vergüenza social puedan ser fácilmente extorsionadas.

El feminismo de hoy pasa por la defensa de los plenos derechos humanos de las trabajadoras sexuales. Lo otro no es feminismo, es el patriarcado de nuestros tiempos.

 

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