Sobre la deprivación sexual, las trabajadoras sexuales, los “incels” y la violencia  

 

 

Por Dan Savage

 

25 de abril de 2018

 

https://www.thestranger.com/slog/2018/04/25/26093525/on-sexual-deprivation-sex-workers-incels-and-violence

 

 

Antes de decir algo más: estoy de acuerdo con Rachel Fagen. Ella escribió el tweet anterior en respuesta a alguien que preguntó por qué los “incels” no se limitan a ir a ver a las trabajadoras sexuales. Tengo buenas y buenos amigas y amigos que hacen trabajo sexual, y no son escudos humanos. Sus vidas son valiosas y, como dice Fagen, no están aquí para absorber la furia masculina. Merecen condiciones de trabajo seguras y merecen nuestro respeto: no a pesar del trabajo que hacen, sino precisamente por hacer ese trabajo.

Y déjenme decirles esto: no simpatizo con los “incels” que acechan en los rincones oscuros de internet animando a la violencia misógina. No simpatizo con nadie que toma un arma o se mete en una camioneta para acabar con mujeres que van a casa o al trabajo. Y cualquiera que intente culpar a las mujeres o al feminismo por casos como los de George Sodini o Elliot Rodger o Alek Minassian es un gilipollas.

Ahora hablemos de incels. Alex Heard explica hoy en The Guardian quiénes son:

Incel es la abreviatura de “involuntariamente célibe”. El término saltó a la fama debido a su adopción por una subsección de la “manosphere”, una laxa colección de movimientos unidos por la misoginia que también incluye a activistas por los derechos de los hombres, artistas seductores y Mgtow/volcel: hombres heterosexuales que se niegan a tener sexo con mujeres por razones políticas (volcel: voluntariamente célibe). Los hombres que se identifican como incels tienden a congregarse en algunos foros, incluido el tablón de mensajes 4chan, el foro SlutHate y, hasta que la comunidad fue excluida del sitio, la página de incels en Reddit. Están unidos por el hecho de que las mujeres no tendrán relaciones sexuales con ellos, generalmente atribuido a obsesiones insignificantes con la apariencia o la personalidad superficial, y por su odio a “Chads” y “Stacys”, los hombres y mujeres que tienen relaciones sexuales.

La deprivación sexual puede hacer que una persona se sienta miserable, e incluso llegue al suicidio. Oigo todos los días de hombres y mujeres en sus veinte, treinta, cuarenta años y más, que son vírgenes o que no han tenido relaciones sexuales durante décadas; algunos nunca han recibido ni siquiera un beso, y mucho menos han experimentado una relación romántica. La mayoría son profundamente infelices; y ninguno de los que me han contactado se identifican como “incel” o han contemplado cometer actos de violencia. Pero la deprivación sexual y romántica crea miseria y, como sociedad, eso nos parece bien. A las personas que no pueden tener relaciones sexuales a menudo se les dice que el sexo y la intimidad no son como el aire o el agua: una persona privada de aire no va a vivir mucho tiempo, pero nadie ha muerto por falta de sexo. (La soledad, sin embargo, puede adelantar la muerte, puede ser un factor de riesgo para la muerte prematura mayor que el tabaquismo o la obesidad).

Hay personas sexualmente deprivadas que se identifican como incels, como mucha gente aprendió en las últimas 24 horas. En lugar de sentirse deprimidos o culparse a sí mismos (como las personas privadas de sexo que se acercan a mí), estos célibes involuntarios se llenan de ira y culpan a los demás. No, espera: culpan a las mujeres. La “comunidad” de incels es completamente masculina y, hasta donde yo sé, completamente heterosexual. Y cuando un incel con problemas de salud mental o social —problemas que sin duda contribuyeron primordialmente a que sea un “célibe involuntario”— ataca violentamente a las mujeres (los hombres a menudo también son asesinados), los incels en internet prorrumpen en vítores.

Las mujeres involuntariamente célibes me escriben cartas largas y tristes. No hay ejemplos de mujeres que cojan armas y disparen a hombres guapos en clases de aeróbics (Sodini) o que disparen a hombres jóvenes a las puertas de las casas de hermandades (Rodgers) o que atropellen a hombres al azar en una acera (Minasian). Es la combinación tóxica del privilegio masculino (los hombres se sienten con derecho al cuerpo y el trabajo emocional de las mujeres), la misoginia que crece como un moho negro en todo Internet (tal vez “terminar con internet tal y como lo conocemos” no sería tan malo ), y la propensión masculina hacia la violencia lo que crea el tipo de carnicería que vimos ayer en Toronto.

Antes de ir más lejos (voy a matizar los puntos arriesgados de esta publicación sabiendo que partes de ella se sacarán de contexto de todos modos): no creo que arrojar a las trabajadoras sexuales a los incels violentos y desquiciados resuelva el problema del incel violento y desquiciado. Nuestra cultura tiene que cambiar enormemente para resolver este problema. Lo primero y más importante, los hombres tienen que dejar de ser socializados de forma que crean que tienen derecho a los cuerpos de las mujeres. Esto lleva a algunos hombres a concluir que han sido perjudicados cuando el éxito romántico y/o sexual no les llega fácilmente o no les llega en absoluto.

Otra transformación cultural que hace mucho tiempo que se está necesitando: las personas adultas que hacen trabajo sexual por su propia voluntad no deben ser estigmatizadas (o tratadas como delincuentes) y las personas adultas que contratan a otras personas adultas que realizan trabajo sexual por su propia voluntad no deben ser estigmatizadas (o tratadas como delincuentes). La primera transformación cultural resolverá el problema del “incel”; la segunda, resolverá el problema de la deprivación sexual, es decir, el celibato involuntario.

Somos capaces de reconocer la legitimidad del trabajo sexual —incluso el bien moral del trabajo sexual— en ciertos casos. Vemos compasión, ternura y necesidad en algunas transacciones sexuales comerciales. Reconocemos, por ejemplo, la importancia de la liberación táctil y sexual para las personas con una discapacidad física profunda. Entonces, cuando una madre contrata a una trabajadora sexual para satisfacer las necesidades sexuales de su hijo profundamente discapacitado, los periódicos publican historias con titulares como “Las trabajadoras sexuales dando a las personas discapacitadas una oportunidad de vivir sus sueños“:

[Muchas] madres llaman a la línea de ayuda de sexo y discapacidad, que yo dirijo, preocupadas porque su hijo discapacitado no puede masturbarse físicamente y necesita desesperadamente una solución. Contratar a una trabajadora sexual es una opción. Pueden encontrar trabajadoras sexuales responsables en el sitio web de TLC-Trust, creado en el año 2000 por mí misma y un hombre discapacitado, James Palmer, que estaba triste por seguir siendo virgen a los 40 años. El centenar aproximado de trabajadoras sexuales que tienen perfiles en el sitio dicen que cada una de ellas ve alrededor de ocho clientes discapacitados por mes … Si una persona discapacitada pierde su virginidad con una trabajadora sexual de una manera que le enseñe sobre su cuerpo y cómo complacer a una pareja, eso puede prepararla para que se convierta en una persona segura, conocedora y sexualmente capacitada que puede buscar una pareja. Sin embargo, si tienen una enfermedad progresiva, su vida puede sentirse demasiado llena de decepción y pérdida como para tratar de encontrar una pareja y es posible que prefieran seguir viendo trabajadoras sexuales, con quienes el buen resultado está garantizado.

Hay personas que están tan profundamente discapacitadas físicamente que sus posibilidades de encontrar sexo y/ romance de la forma en que lo hace la mayoría de las personas —aplicaciones de citas, círculos sociales, reuniones fortuitas en bares y clubes u otros lugares— son escasas o imposibles. Vemos vía libre para permitirles buscar la comodidad física y la liberación sexual en los brazos/entre las piernas de las trabajadoras sexuales. Hollywood hace películas que retratan de una manera comprensiva a personas discapacitadas que compran sexo.

Bueno, hay hombres por ahí que tienen una discapacidad social tan profunda —tan socialmente incómoda o mal adaptada o dañada— que son tan incapaces de encontrar sexo y/o romance a través de canales “normales” como un tetrapléjico confinado en una cama en la casa de su madre.

Estos son los tipos que encuentran su lugar en los odiosos y misóginos foros en línea de incels.

No quiero que ninguna trabajadora sexual que conozco —no quiero que ninguna trabajadora sexual en absoluto— esté sola en una habitación con un hombre lleno de ira porque se le está negando el acceso al cuerpo de las mujeres. Tampoco quiero que las trabajadoras sexuales estén a solas con hombres llenos de ira y odio hacia sí mismos por “tener” que pagar por sexo si pagar por sexo es la única forma en que pueden obtenerlo. Estigmatizar a los hombres que pagan por sexo como perdedores y organizar campañas institucionales castrantes (“Los hombres auténticos no compran chicas”, “Los hombres geniales no compran sexo”) dificulta que los hombres con discapacidades sociales profundas tengan acceso al únixo sexo al que de hecho pueden tener acceso —el sexo pagado— sin sentirse peor consigo mismos de lo que ya se sienten.

Esta puede ser una forma de desestigmatizar el trabajo sexual: el resto de nosotros, aquellos de nosotros que no “tenemos que” pagar por sexo, podríamos reconocer esta verdad incómoda: todos pagamos por sexo. No todos pagamos en efectivo, pero todos pagamos. Todas las relaciones sexuales y románticas implican un intercambio. En la mayoría de los casos, los bienes (sexuales y/o emocionales) intercambiados por servicios (sexuales y/o emocionales) son intangibles o físicos y el intercambio es difícilmente evaluable. (O nos convencemos a nosotros mismos de que lo es). Es un sistema de trueque. Doy a mi esposo apoyo y atención emocionales, sociales y sexuales a cambio de recibir lo mismo de él. Si no estuviéramos ambos “pagando” emocional, social y sexualmente, nuestra relación se vendría abajo. Un vínculo de afecto sincero nos impulsa a pagar, sí, pero pagar es lo que hacemos.

Tenemos un ejemplo a el nivel nacional de una relación matrimonial profundamente mercantilizada que implica un intercambio y no está sostenida por un lazo de afecto:

No está claro por qué estaba allí ella, pero según el Glamour de este mes, la esposa de Donald Trump, la modelo Melania Knauss, recientemente se encontró hablando en una clase de la escuela de negocios de la Universidad de Nueva York. Mostrando una actitud que probablemente habría sido juzgada como inapropiada en el programa de televisión del Sr. Trump, “The Apprentice”, un estudiante le preguntó a la actual Sra. Trump —ella es la número tres para aquellos que llevan la cuenta— que si su esposo dejara de ser rico seguiría estando con él. ¿Su respuesta? “Si yo no fuera bella, ¿tú crees que él estaría conmigo?”

Eso es lo que quiero decir, vamos.

Desestigmatizar el trabajo sexual no nos librará de los incels o librará a los incels de sí mismos. (Un ataque incel es siempre un ataque suicida; Sodini y Rodgers se suicidaron, Minasian le suplicò a un policía que lo matara). Pero si podemos dejar de socializar a los hombres de forma que crean que tienen derecho a los cuerpos de las mujeres y dejar al mismo tiempo de estigmatizar y castigar a las trabajadoras sexuales y a los compradores de sexo: si podemos dejar de decirles a los hombres que “necesitan” pagar para tener sexo que son perdedores o monstruos o que no son hombres de verdad y, en cambio, reconocemos que todos estamos pagando por ello, es menos probable que el privilegio masculino se combine con la deprivación sexual y explote en nuestras caras.

Como dije, no simpatizo con los despotricadores y delirantes autodenominados “incels” de los foros en línea. Sin embargo, simpatizo con la difícil situación de las personas, hombres y mujeres, que experimentan privaciones sexuales y como resultado son míseras (pero no odiosas). Aquellos de nosotros que estamos en el mundo del asesoramiento ofrecemos apoyo, consejos y aliento a personas solitarias, inexpertas y sexualmente deprivadas. Pero seguir el consejo estándar no siempre alivia su miseria. ¿Una cultura que honrara a las trabajadoras sexuales y al trabajo sexual y que no avergonzara a las personas por comprar sexo? Eso ayudaría mucho a aliviar un montón de miseria y ayudaría a crear un mundo con menos míseros célibes involuntarios y sin “incels”.

 

 

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