El nuevo modelo abolicionista

 

Por Laura Agustín 

12 de junio de 2017 

https://jacobinmag.com/2017/12/sex-work-the-pimping-of-prostitution-review

 

The Pimping of Prostitution, de Julie Bindel, pone a las trabajadoras sexuales en su punto de mira.

 

En el Moulin Rouge: El Baile, de Henri de Toulouse-Lautrec, 1890. Museo de Arte de Filadelfia / Wikimedia

 

 

Entrada para una enciclopedia del feminismo: Las Guerras del Trabajo Sexual: Décadas de acalorado debate sobre el significado de intercambiar sexo por dinero. Desacuerdo casi total sobre términos, definiciones, causas y efectos, y cómo medir los fenómenos involucrados. Incomprensión mutua sobre los significados culturales de sexo, identidad sexual y relaciones de género. Leyes respaldadas por políticos basadas en la supuesta verdad de una u otra opinión. Poca mejora para aquéllas sobre las que se discute. Consecuencia de las «guerras sexuales» lesbianas / feministas de los años ochenta.

 

Se ha lanzado un nuevo disparo en las Guerras del Trabajo Sexual. The Pimping of Prostitution, de Julie Bindel, llama a un retorno a comienzos más auténticos, cuando, como ella dice, todas las que participaron en el movimiento de liberación de la mujer de los años 60 fueron cautivas de unas pocas líderes brillantes.

Esta versión no me suena. Nos rebelamos contra la ideología doméstica de los años cincuenta que decía a las mujeres que fueran calladas, femeninas y satisfechas con hacer la casa para los hombres. El significado de la liberación era descubrir cómo vivir en nuestros propios términos, y si leíamos boletines a ciclostil de activistas, no creíamos que tuviéramos que estar necesariamente de acuerdo con ellas. No sentimos que nadie fuera nuestra líder. Hablamos juntas en las calles, en las aulas, en los cafés. Las experiencias de todas contaban.

En esas conversaciones, la prostitución no se consideraba un tema central ni una cosa terrible, o no más terrible que todo lo demás que reconocíamos como opresivo. Queríamos saber por qué no se pagaba el trabajo doméstico y se suponía que las mujeres debían llevar ellas solas el cuidado de los niños. Queríamos definir nuestras propias formas de disfrutar el sexo. Usamos una nueva palabra, «sexista». No recuerdo haber asistido a una sola reunión formal, pero me he identificado desde entonces como feminista.

En este libro, Bindel ofrece dos cosas: aplausos y comentarios hirientes. Aquellos que están de acuerdo con ella reciben aplausos, todos los demás reciben comentarios hirientes. Menos sutil que el comentario de boxeo que reconoce todos los buenos golpes, esta es una amargura nacida de la frustración: la prostitución todavía existe. Millett y Dworkin han sido traicionadas. Alguien debe pagar

Hoy en día, en las conversaciones sobre los derechos de las mujeres, existe un acuerdo generalizado sobre la necesidad de más educación, salarios iguales y mejores oportunidades laborales. Pero sacad a relucir los cuerpos físicos de las mujeres, y las ideologías de la feminidad y el patriarcado se disparan como un reguero de pólvora. El conflicto intransigente persigue la anticoncepción, el aborto, la maternidad subrogada y, quizás sobre todo, cómo las mujeres pueden consentir en tener relaciones sexuales. Para las feministas radicales como Bindel, la inserción de dinero en una relación sexual significa que ninguna mujer puede consentir nunca, incluso cuando dicen que sí consienten.

Las noticias sobre las mujeres que venden sexo han cambiado desde la publicación en el año 2000 del Protocolo de las Naciones Unidas sobre la trata de personas, aunque aún no se ha llegado a un acuerdo completo sobre las definiciones legales. Los reportajes de los medios confunden rutinariamente o usan todos los términos disponibles. La trata de personas no se distingue del contrabando de personas, pedir dinero prestado para emigrar se llama “esclavitud por deudas”, las condiciones laborales terribles y el trabajo infantil se convierten en “esclavitud moderna”, y la venta de sexo se renombra como “trata sexual” o “esclavitud sexual”. Todos los contextos socioculturales se eliminan a favor de definiciones universales. No se muestra interés en considerar cómo mejorar las condiciones laborales. El resultado es definir a las mujeres como víctimas que necesitan ser rescatadas, especialmente cuando están vendiendo sexo.

En este contexto, no es sorprendente que el abolicionismo deba resurgir en la corriente principal. Bindel llama al suyo el nuevo movimiento de abolición, vinculándolo engañosamente con las campañas de Josephine Butler del siglo XIX para abolir la regulación gubernamental de la prostitución (no la prostitución en sí). Bindel rechaza la proliferación de términos antes mencionada: «La trata de personas es simplemente un proceso en el que algunas mujeres y niños son prostituidos. La prostitución en sí misma es el problema.» Lo que al menos confirma una antigua queja de las activistas con respecto a las campañas contra la trata de personas: que el objetivo real es prohibir a cualquier mujer vender sexo, en cualquier lugar, en cualquier momento.

El miedo a la trata ahora se usa para justificar una variedad de regímenes represivos de política de prostitución, incluida una ley que prohíbe la compra de sexo. Primero se llamó el modelo sueco, luego el nórdico; esta ley, según Bindel, ahora se puede llamar el modelo abolicionista. La idea de esta prohibición es «Terminar con la Demanda», con la teoría de que, si a los hombres se les impidiera la compra de sexo, las mujeres no podrían ser explotadas y nunca venderían sexo. Es una teoría de mercado de la oferta y la demanda ridículamente simplificada . Las abolicionistas afirman que la ley despenaliza la venta de sexo por parte de las mujeres (apropiándose de la demanda central del movimiento por los derechos de las trabajadoras sexuales), sin abordar lo que sucedería con los ingresos de las mujeres si no hubiera clientes.

El subtítulo del libro, Aboliendo el mito del trabajo sexual, sugiere que probará que no hay trabajadoras sexuales. Bindel nombra muchos países que visitó. Detalla los sufrimientos personales de las mujeres que odiaban vender sexo: éstas son sus heroínas, y son vistas como individuos. Las representantes del «lobby pro prostitución», por el contrario, son tratadas como una serie de títeres, citadas para demostrar su cinismo. Aquellas que reconocen el concepto de autonomía como una de las razones para aceptar la existencia del trabajo sexual voluntario son ridiculizadas como feministas de «elección» o feministas de «diversión». No escuchamos nada de mujeres a las que puede no les guste el trabajo sexual, pero continúan haciéndolo por sus propias buenas razones.

Se arroja barro sobre gerentes de agencias de escorts, académicos queer, libertarios homosexuales, ONGs de VIH / salud, eruditos en migración, Amnistía Internacional y grupos dirigidos por trabajadoras sexuales. La mayor ira está reservada para financiadores como Open Society Foundations de George Soros por atreverse a tratar de fortalecer los derechos de las trabajadoras sexuales. Como quiere eliminar todas las diferencias y desacreditar a toda fuente concebible de oposición a la ideología feminista radical, la variedad en los tipos de trabajo sexual, los grados de control administrativo, las percepciones de autonomía y las cantidades de dinero son descartadas. Se lanzan resúmenes enlatados de algunos momentos de la historia de los derechos de las trabajadoras sexuales, pero se desprecia todo el movimiento social internacional como un «lobby» proxeneta.

Con fines de investigación, soy capaz de leer obras cuya visión del mundo no me gusta, pero este libro me derrotó. La tabla de contenido parece racional, pero cada capítulo consta de muchas subsecciones cortas que aparecen colocadas casi al azar. El estilo es irregular y torpe, lo que sugiere varios escritores y ningún editor. No hay profundidad, matices ni compromiso con las ideas.

Y encontré muy poco de lo que podría llamarse nuevo: ni hechos ni ideas. Si el movimiento abolicionista internacional esperaba que ésta fuera una nueva arma pesada contra los enemigos o una forma de convencer a los no expertos de que el trabajo sexual es una ilusión, sacudirán la cabeza con decepción.

Lo peor del proyecto abolicionista contemporáneo es su fracaso para encarar la cuestión de las opciones para las mujeres. ¿Bindel siente que Josephine Butler estaría de su lado? Yo creo que estaría del mío. A mediados del siglo XIX, Butler vio cuán pocas alternativas tenían las mujeres para alcanzar la independencia económica y no abogó por que se las privara de la posibilidad de vender sexo para sobrevivir.

Como académica en el campo, mi pregunta nunca ha sido si la venta de sexo es aceptable en términos morales o feministas. En cambio, me he centrado en el hecho de que las mujeres de todo el mundo tienen opciones de trabajo limitadas y, cuando no tienen una buena educación o están conectadas socialmente, esas opciones generalmente se reducen a trabajos mal remunerados y de bajo prestigio: venta ambulante, costura casera, cuidado, limpieza, trabajos de venta al por menor, trabajo en factorías y venta de sexo. Cuando las mujeres son inmigrantes indocumentadas, las opciones factibles se reducen a dos: vivir entre familias de otras personas como empleadas domésticas o vender sexo.

Dadas las bajas ganancias de estas ocupaciones, no es de extrañar que las mujeres que sienten que pueden tolerarlo hagan trabajo sexual. Menos tiempo dedicado a trabajar para obtener más dinero significa poder mantenerse, ayudar a los demás y aún tener tiempo para caminar o leer un libro. A veces, las trabajadoras sexuales establecen relaciones que no son bien vistas por los de fuera. Pero, ¿qué es lo que las abolicionistas creen que harán las mujeres con pocas opciones si se ven obligadas a dejar el trabajo sexual?

Las antiguas Lavanderías Magdalene y los hospitales con cerraduras no preveían nada mejor que la servidumbre doméstica para las «mujeres caídas». ¿Se sigue proponiendo de que ser una sirvienta a cambio de unos peniques y una escasa vida privada es mejor porque es más digno? ¿O es superior simplemente porque no es trabajo sexual? De cualquier manera, enfocarse siempre en los aspectos morales del trabajo sexual significa dejar siempre de lado los proyectos para mejorar las condiciones laborales y las protecciones legales.

La necesidad de Bindel de manifestar indignación ante la más mínima desviación de una ideología simplificada significa que los lectores no hagan distinciones entre cobardes proxenetas, grupos de derechos humanos, escorts independientes, investigadores académicos, trabajadoras en salones de masajes y Hugh Hefner. Todos somos lo mismo. Es la definición de libro de texto del fundamentalismo.

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