Prostitución ‘low cost’: servicios a 15 € por la COVID

 

Gemma Marchena | @GemmaMarchena

| Palma | 31/01/2021

https://www.ultimahora.es/noticias/local/2021/01/31/1234451/prostitucion-mallorca-servicios-euros-por-covid.html

 

Las mujeres se concentran en la calle Ferreria y Justícia, en Palma.

 

En la Porta de Sant Antoni las mujeres que ejercen la prostitución han adaptado sus horarios a las normas sanitarias y ahora ejercen desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde. Los precios han sufrido un desplome y ahora se están ofreciendo servicios completos por apenas 15 euros. La crisis se está cebando con este frágil sector: mujeres que se habían integrado en el mercado laboral ahora han tenido que volver a hacer la calle para pagar el alquiler. Hay tanto miedo que en una semana apenas sacan cien euros con jornadas de 12 horas diarias.

Ellas son María, Leila, Salut o Guillermina. Las hay de Colombia, Rumanía, Marruecos y también mallorquinas. Se concentran en la calle Ferreria y Justícia, y a primera hora de la mañana apenas transitan posibles clientes. Las mujeres que ejercen la prostitución reconocen que reciben alimentos gracias a la ayuda de Cruz Roja, Médicos del Mundo y Casal Petit.

«Desde el viernes no ha venido nadie», dice Leila, que es de Marruecos. Antes del virus trabajaba como auxiliar de cocina. Es la primera vez que hace la calle y en su familia no lo saben: «Tengo que mandar dinero a mi madre y a mis hermanos, somos pobres». La falta de una red familiar también ha empujado de nuevo a la Porta de Sant Antoni a María, que con 53 años había conseguido ganarse la vida limpiando casas hasta que llegó el virus.

Regreso

«Nos tocó regresar a la calle», se lamenta. Junto a ella, su compatriota Guillermina también dejó atrás un pasado como limpiadora e incluso como propietaria de una tienda. Todo esto quedó atrás al quedarse sin empleo ni ingresos. Sin embargo, los clientes no vienen. Y eso que ellas advierten que «entre las chicas que trabajamos aquí no ha habido ningún caso de coronavirus». Además del preservativo, ahora llevan a cabo los servicios con mascarilla, obligatoria también para el cliente.

Salut es mallorquina y no quiere que se le hagan fotos ni siquiera de sus zapatos por temor a que la reconozcan. «Yo no he bajado precios. Sigo trabajando por 30 euros el servicio» cuenta ella, que además suma los siete euros que cuesta usar durante 20 minutos una de las habitaciones de los meublés (que se alquilan por minutos) de la calle Justícia, a donde llevan sus clientes.

Jaume Perelló es educador social de Casal Petit, entidad que presta ayuda a este colectivo de mujeres. «Nos consta que las hay que habían dejado la prostitución y han tenido que volver a la calle. No han cobrado ERTEs, ni tenían derecho a paro porque no habían podido ni comenzar la temporada. Tampoco han podido acceder al Ingreso Mínimo Vital (IMV), aunque «la Renta Social Garantizada (Resoga) llegó nada más decretarse el confinamiento».

Pero incluso en la fase más dura del virus se veían obligadas a ejercer «y se iban a casa del cliente». La necesidad aprieta, y en su caso más. Perelló denuncia que «el cliente se aprovecha de la necesidad de la mujer y piden rebajas de tarifas».

Las mujeres más jóvenes, desde los 18 años a poco más de la veintena, están en pisos ejerciendo y aunque cobran más por cada servicio, las ganancias son mínimas. «Quince para la madame y quince para ellas», cuenta.

Las jornadas son eternas ahora mismo que el virus y el miedo campa por sus anchas. En la Porta de Sant Antoni cuentan que no tienen proxenetas pero las hay «que tienen deudas de hasta 7.000 euros por venir a España, además de tener que enviar dinero a casa, vivir aquí… Todo esto suma y les obliga a aceptar cualquier precio», dice Perelló, que advierte que «siempre he visto violencia contra las mujeres prostituidas. Prepotencia, superioridad, agresividad psicológica y física».

Desde Cruz Roja confirman la tendencia al regateo del cliente. «Como están en situación de extrema necesidad, se dejan», cuenta Catalina Bagur. Coincide que ahora se han ido a las calles limpiadoras, cuidadoras y féminas que sin red familiar deben buscar algún recurso económico, aunque sea escaso.

El toque de queda ha afectado mucho a su actividad y «el consumidor se aferra a su extrema necesidad para pedir una rebaja. Dicen que tienen menos ingresos porque están en ERTE y se ven sometidas al regateo. Hay un punto de chantaje emocional. Las exigencias y la brutalidad del consumidor son escandalosas»

Magdalena Alomar, coordinadora de Casal Petit, advierte que a lo largo de estos meses «nos han llegado más mujeres que antes no ejercían. Se han quedado en una situación de extrema vulnerabilidad y demandan ayudas para la alimentación y la vivienda. Quieren cambiar de vida, pero no hay ofertas de trabajo». Este trasvase de mujeres a la prostitución se repitió en la crisis de 2008, aunque en esta ocasión «hay menos demanda. Para poder acceder a un cliente, se ven obligadas a bajar precios y a prácticas de riesgo para ganar algo».

Necesidad

Mientras tanto, María Durán, presidenta del Institut Balears de la Dona (IB dona), revela que «el 78 por ciento de las mujeres que ejercen la prostitución lo hacen por necesidad. Este año con el Govern iniciaremos un proyecto abolicionista para rescatar hasta 150 mujeres de esta práctica».

Durán denuncia que «en las redes sociales y concretamente en Instagram hemos observado que hay demanda de mujeres jóvenes para la prostitución o la explotación sexual. Tenemos constancia de que en determinadas zonas de Balears hay cooptadores de adolescentes. Desde IB Dona trabajamos para prevenir situaciones de riesgo entre las adolescentes». Para ellas aún hay esperanza.

Tras una mañana sin clientes en la Porta de Sant Antoni, el grupo de mujeres llama a gritos a Toni, cuponero de la ONCE que hace ruta por el barrio. Mientras esperan el milagro de la vacuna que las devuelva a su antigua vida, compran un cupón con la esperanza de que un golpe de suerte las saque de la calle.

 

Prostitución callejera bajo el influjo de la pandemia

Las trabajadoras sexuales del polígono de Villaverde Alto mantienen a sus clientes habituales, pero les han subido los precios

 

Por Julia F. Cadenas

Madrid – 24 de enero de 2021

https://elpais.com/espana/madrid/2021-01-23/prostitucion-callejera-bajo-el-influjo-de-la-pandemia.html

 

Juanita, 34 años, trabaja diariamente como prostituta en el polígono de Villaverde Alto desde hace cuatro años.David Expósito

 

Asunta se baja del autobús que la deja a solo unos metros de su trabajo, en la calle de San Cesario del polígono de Villaverde Alto. Se sienta en su silla de plástico rojo y cambia sus deportivas por unas botas negras de tacón alto que le cubren hasta la mitad de los muslos y que guarda en el bolso. El resto del uniforme de trabajo (minifalda de tela escolar, sudadera corta, ombligo al aire, carmín en los labios, azul en la mirada, dos estrellitas negras bajo las cejas y el pelo recogido en una corta cola de caballo) lo trae puesto de casa. Habla distraída, casi sin prestar atención a los pocos coches que pasan. Los conductores (siempre hombres, siempre solos, de mediana edad, casi todos españoles) reducen la velocidad invariablemente para echar un vistazo y decidir si parar o seguir buscando.

Cuando se quita el mono de trabajo, Asunta es Elvis. Un chico ecuatoriano de 32 años, de apariencia delicada y rostro agradable. Se levanta tarde, sale de fiesta con sus amigas los sábados, lleva a su madre a pasear cuando ella tiene unas horas libres y hace maratones de series en Netflix los domingos sin salir de las abrigadas mantas de su cama. Vive con una amiga en una calle con nombre de promesa: Amor hermoso; comparten un piso pequeño pero bendecido por un altar imposible formado por, al menos, 15 santos, decenas de velas, flores de plástico y un gran plato de gominolas. Elvis, vestido de Asunta, se santigua antes de salir de casa.

Durante la mayor parte del día, Asunta es Elvis. Un chico ecuatoriano de 32 años, de apariencia delicada y rostro agradable. Pero al llegar al polígono, cambia sus deportivas por unas botas negras de tacón alto que le cubren hasta la mitad de los muslos y que guarda en el bolso.David Expósito

En otra época, cuando no había pandemia, toques de queda ni medidas para prevenir contagios, las chicas de su calle sabían que la tarde iba a flojear si la veían parada en su silla. “Si Asunta no está trabajando es que no hay trabajo”, recuerda la propia Asunta ahora con una sonrisa. El coronavirus ha reducido la actividad del polígono del sur de Madrid, el mayor mercado del sexo de España, a tal extremo que pocas recuerdan una época peor. “Los sábados a las 6 de la mañana, por ejemplo, esto era un cocherío, yo sacaba más que en toda la semana; ahora solo vengo de lunes a viernes, unas horas por las tardes, porque no hay nadie”. Sobrevive gracias a sus clientes habituales, a los que cobra más caro porque les trata con más cariño y pasa más tiempo que con los nuevos. Asunta atiende a hombres de todas las edades y los acompaña en todas las etapas de su vida. “Algunos los conozco como solteros, casados y con hijos. Les digo ‘veo que ya tienes la sillita atrás, ¿ya eres papá?’, pasan su vida conmigo”.

Se mudó a España con 24 años, animado por su madre que trabaja en Madrid como auxiliar de enfermería en un centro geriátrico. “En Ecuador no pasé pobreza, estudiaba en la universidad la Licenciatura de Inglés, pero como me salió la visa, lo dejé para venirme aquí”, cuenta. A los pocos años de llegar, simplemente, ocurrió. Una noche, hace ahora seis años, Elvis se vistió de Asunta y eligió una calle de la sección latina del polígono, la misma donde aún sigue cobrando las tarifas consensuadas por todas las trabajadoras, aún vigentes: 10 euros el francés, 20 el completo.


“¿Opción? Aquí casi todas somos migrantes, mujeres y transexuales. De las pocas opciones que tenemos, hemos elegido la que nos parece menos jodida”, cuenta Antonella, una de las prostitutas del polígono


En la acera de enfrente hay tres sillas vacías. A los pocos minutos, llega una furgoneta negra. Una mujer alta, vestida con un abrigo de plumón largo que deja siempre abierto para mostrar un escote abismal de unos inmensos pechos de silicona sale de la parte de atrás. Impertérrita, ocupa una de las sillas. Es Antonella. Al rato, torciendo la esquina, aparece Marcela, vestido de licra corto y negro, más recatada. Ambas se conocen desde hace más de veinte años, cuando el foco de la prostitución estaba en Casa de Campo. Las dos comparten destino y pasado: ambas son mujeres transexuales de 40 años, independientes, actualmente sin pareja, envían remesas a Ecuador y aseguran que les gusta su trabajo (“Porque a nosotras no nos manda nadie, venimos y nos vamos cuando queremos”). Marcela se prostituye desde los 14 años, Antonella comenzó a hacerlo cuando llegó a España, hace 20. No les importa hablar de cifras, aseguran que antes de la pandemia ganaban hasta 2.000 euros al mes. “Ahora yo me hago 1.100 o 1.200, pero aún es mucho más de lo que ganaría en otros trabajos”, afirma Antonella.

El polígono de Villaverde luce desangelado. Muchos de los locales están abandonados y los solares vacíos los comparten drogadictos y prostitutas que lo utilizan para realizar su servicio cuando el cliente no quiere hacerlo en su coche. Son espacios decrépitos con montañas de escombros, colchones roídos, preservativos, pañuelos, restos de droga y deshechos de todo tipo.

Decadencia

A pesar de su decadencia, un singular orden marca el ritmo de trabajo en el amplio espacio del polígono industrial. Las trabajadoras sexuales se distribuyen de la misma manera y ocupan su silla en el mismo lugar desde hace décadas. De hecho, algunas aseguran su asiento con candados a cualquier verja cuando terminan su jornada. Es importante marcar el territorio para que las encuentren sus clientes habituales, que también son los mismos desde hace años.

En el polígono hay un acuerdo de distribución tácito e implícito que todas respetan y está determinado por la nacionalidad, la identidad de género y el grado de adicción a las drogas. El rectángulo que limita la calle de la Acebeda hasta la avenida Real de Pinto es zona de mujeres cisgénero (personas que se identifican con sus genitales de nacimiento), rumanas en su mayoría que, cuando pueden permitírselo, viven en las habitaciones de un apartahotel a pocos metros de su zona de trabajo, en el mismo polígono. Las calles que cruzan la avenida hasta la de San Eustaquio es territorio de mujeres transgénero, la mayoría ecuatorianas. Y, por último, la parte más deprimida que colinda con el barrio de San Cristóbal es la zona de compra-venta de drogas.

La distribución, no obstante, es flexible y permite que mujeres trans como Juanita trabajen en territorio rumano. “Me siento bien aquí, no me gusta trabajar entre transexuales, me gusta estar con mujeres, si me aburro me voy a conversar con ellas, son mis amigas, entre nosotras nos protegemos, cuando tienen me dan, cuando yo tengo, les doy”, explica.

Un colchón y unas sábanas en un contenedor industrial donde algunas prostitutas realizan sus servicios.David Expósito

Juanita es peruana y tiene 34 años, un pelo lacio larguísimo del que se siente muy orgullosa, sombra negra coloreando sus párpados a modo felino y pechos enormes implantados sobre un cuerpo masculino cuya camiseta no se acerca ni a ocultar los pezones. Ella no usa silla, está protegida por una cruz religiosa marcada sobre la corteza del tronco del árbol donde se apoya desde hace cuatro años, pocas horas después de bajarse del avión que la trajo de Perú. El croquis lo marcó su novio, “la cruz de la muerte” para que nadie se atreva a molestarla.

Juanita es una de las pocas prostitutas que desafió el confinamiento estricto decretado para los meses de marzo y abril. Siguió parándose tras su árbol marcado y, contra todo pronóstico, ganó lo suficiente para sobrevivir un día más. Había pocos clientes, pero había. Trabajó hasta que la policía la devolvió a su casa bajo amenaza de multa si volvía a verla plantada allí. Sin dinero, sin papeles y “con problemas con la policía”, no pudo solicitar ninguna ayuda y se quedó en la calle. Comenzó así su pequeño peregrinaje junto a otras personas que se encuentran en una situación similar a la suya (migrantes, sin papeles, sin trabajo). Primero dormían en una plaza en medio del casco antiguo de Villaverde Alto, luego se trasladaron a una isleta entre carreteras de entrada al barrio y, tras las quejas de los vecinos por el humo de la hoguera que encienden para cocinar, han acabado instalando sus seis chabolas a pocos metros de allí, en un descampado junto a las vías del tren.

Juanita convive con siete hombres de diferentes nacionalidades que no superan los 35 años en un campamento perfectamente visible desde la calle que une el polígono con las primeras casas del barrio. Juanita levanta los brazos, sonríe y saluda divertida a los vecinos que se paran a mirar. Sus compañeros, cuando no están trabajando en alguna obra o haciendo mudanzas, piden dinero en la puerta de los supermercados. La única que se prostituye es ella. “Yo no tengo un horario, lo que tengo es hambre, y entonces vengo aquí. Cuando consigo 10 euros, voy al Día y me compro un zumo de melocotón de dos litros, dos piernas de pollo, una botella de aceite, cebolla, tomate y huevos, y cocino el caldito a mis paisanos”. Ese es el punto de reunión del campamento, la hoguera sobre la que cuecen los caldos de Juanita que, tras terminar el potaje, vuelve a su árbol de vuelta al trabajo.

Justo al lado del habitual de Juanita está María. Sin árbol y sin silla, ella espera en pie; hace frente al frío vendaval fumando un cigarrillo tras otro. Al contrario que el resto de trabajadoras apostadas en las calles aledañas, María no muestra un centímetro de escote, solo unas botas altas de tacón y una minifalda negra podrían delatarla. Llegó a España desde Rumanía hace seis años, cuando se separó de su marido. Tenía 23 años y una hija de cuatro. Alguna amiga le habló del buen dinero que se podía ganar en el polígono y, sobre todo, que era rápido. Nunca antes se había prostituido. “Todo es empezar, no soy una persona que se le caigan los anillos, tengo una hija y necesitaba dinero pronto”. Al cabo de dos años consiguió trabajo en un hotel restaurante y se marchó del polígono. Trabajaba día y noche, ganaba bien y se pudo mudar con su hija a una casa solo para ellas. Fue una buena época, tan buena que no previno el duro golpe que le propinó el virus. La sacudida la dejó sin trabajo en marzo y la obligó a volver a la misma esquina que había dejado pensando que no volvería jamás.

Algunas tardes —noche cerrada con el horario de invierno—, aparece Fernanda, 45 años, rizos rubios, bien abrigada, cargada de arepas, café y maicena caliente. “Como no hay trabajo me tengo que ganar la vida de otra manera”, sonríe. Ha encontrado un trabajo temporal en una empresa subcontratada de limpieza de oficinas. Tiene una hija menor de edad que depende de ella, así que también vende meriendas caseras a las prostitutas que siguen soportando las largas esperas. “Si veo que la cosa está mala, me pongo los tacos y me paro otra vez; mis clientes habituales son todos mayores, población de riesgo que tienen miedo, a mí no me va muy bien”, aclara.

Antonella relata el escenario en el que ahora se encuentra: “Si la ley mordaza [Ley de Seguridad Ciudadana] destruyó nuestro trabajo, el coronavirus ha traído la hecatombe”. Está enfadada y se siente defraudada por las ONG que, asegura: “todas blancas y estudiadas vienen al polígono para salvar a las pobrecitas putas”.

—¿Harías otro trabajo si tuvieras la opción?

—¿Opción? Aquí casi todas somos migrantes, mujeres y transexuales. De las pocas opciones que tenemos, hemos elegido la que nos parece menos jodida.

Juanita es peruana y tiene 34 años. Ella no usa silla, está protegida por una cruz religiosa marcada sobre la corteza del tronco del árbol donde se apoya desde hace cuatro años, pocas horas después de bajarse del avión que la trajo de Perú.David Expósito

“No tenemos otra opción que trabajar”: sexoservidora

 

AGENCIAS, viernes 25 de diciembre de 2020

https://www.elsiglodedurango.com.mx/2020/12/1273774.no-tenemos-otra-opcion-que-trabajar-sexoservidora.html

 

“Las que nos dedicamos a esto no tenemos patrón, prestaciones, seguro, aguinaldo ni nada, así que no queda de otra más que trabajar”, dice Melissa, una de las sexoservidoras que ofrecen sus servicios en redes sociales.


A ella no le preocupa el COVID, y aunque toma sus medidas de seguridad, prefiere arriesgarse un poco para tener efectivo y así pasar estas fiestas decembrinas con su familia.


Quienes ofrecen servicios sexuales no les piden a sus clientes algún certificado o les toman la temperatura antes de un encuentro. Aseguran que nadie se arriesga a salir si sabe que tiene el virus.

“De mis amigas o con las que tengo contacto, nadie se ha contagiado, de eso estamos seguras porque nos avisamos, por prevención, al menos haciendo la chamba no nos hemos contagiado, es más probable que te infectes en el súper o en el Metro”, advierte.

“No tomamos la temperatura, sólo ofrecemos gel y como siempre lo hemos hecho: nada de abrazos ni besos, sólo sexo. El asunto es que no tenemos otra opción de trabajo, menos ahora que todo está cerrado. Nos tienen olvidadas, sin apoyo de nada y pues ahora ni de edecán [se puede trabajar] porque están cerrando temprano y no contratan”, explica.

“Ustedes pueden ser una fuente constante de contagio, ¿no han pensado en eso?”, se le preguntó.

“Pues sí, pero qué hacemos”, contesta la entrevistada en una red social, al tiempo de revelar que el acuerdo con los moteles de paso, donde concretan sus reuniones, es que las habitaciones sean constantemente desinfectadas y ellas, en todo momento, deben portar cubrebocas y les toman la temperatura una vez al día, por lo menos.

“A los clientes los revisan en el hotel antes de entrar, los obligan a usar cubrebocas, les dan gel y les toman la temperatura. Por eso ninguna de las que conozco van a departamentos, también estamos conscientes del riesgo y que ponemos en peligro a nuestras familias”, detalla la joven de 25 años, quien dice que durante la pandemia los servicios sexuales no disminuyeron, por el contrario, fue cuando más requirieron sus servicios.

“Creo que esta nueva cuarentena puede ser buena para el negocio. En abril, por ejemplo, tenía muchos servicios a domicilio, cuando se normalizó todos regresamos a los hoteles y, por lo que veo, vamos a tener que regresar a las casas. La gente no ha dejado de pedirnos servicios”, subraya la entrevistada.

En las calles la situación es la misma. Sobre Tlalpan o en la zona de la Merced, ni el COVID ha mermado la prostitución, la cual se ejerce sin el mínimo control sanitario.

Sobre Tlalpan, por ejemplo, por las noches, la fila de vehículos -a la altura de la estación Nativitas del Metro- es enorme para un servicio “rápido”. Por otro lado, algunos moteles de la misma avenida se han adaptado a la nueva normalidad, pues ofrecen espacios por 200 pesos la hora. La única condición es permanecer de pie, para no tocar el mobiliario o ensuciar sábanas y así evitar contagios.

 

María Valvidares: “Hay que regular la prostitución para la mujer que decide que es su opción”

La profesora rechaza que “se diga que el consentimiento de las mujeres es irrelevante”

 

Por Elena Fernández-Pello

9 de septiembre de 2020

https://www.eldia.es/sociedad/2020/09/09/hay-regular-prostitucion-mujer-decide/1107780.html

 

María Valvidares, profesora de Derecho Constitucional, es autora de varias investigaciones y publicaciones sobre género e igualdad. Desde la perspectiva de constitucionalista preocupada por los derechos de las mujeres, Valvidares ha abordado el asunto de la prostitución. La crisis de la Covid-19 ha puesto en primer plano esa actividad, con varias comunidades autónomas promoviendo el cierre de los locales en los que se prestan esos servicios. La especialista considera que no se puede tratar todos los casos de prostitución por igual considerando que todas las mujeres que la ejercen lo hacen obligadas porque no es así.

 

Se quieren cerrar los clubes de alterne y los prostíbulos por la epidemia de la Covid-19. ¿Cómo se puede prohibir una actividad que no es legal?

Se ha solicitado, alegando razones sanitarias, el cierre de aquellos espacios en los que se sabe que se ejerce la prostitución, pero quienes detentan la propiedad lo hacen bajo licencias de negocio de hospedaje, hostelería o similar. Por lo tanto, al menos la actividad que se declara sí es legal. En cuanto al ejercicio de la prostitución, es una actividad que no está prohibida en sí misma de manera general —sí hay prohibiciones parciales previstas por algunas ordenanzas municipales, que afectan a la prostitución ejercida en la calle— aunque, como es bien sabido, tampoco se reconocen derechos a las personas que la ejercen.

La Covid-19 está poniendo en evidencia las miserias del sistema y de la sociedad. Ha pasado con los colectivos más expuestos, con los temporeros y los inmigrantes, ¿también con la prostitución?

Por supuesto. Desde el inicio del confinamiento numerosos colectivos de mujeres que ejercen la prostitución denunciaron la difícil situación a la que se enfrentaban. Como en tantas ocasiones, el confinamiento y las limitaciones de derechos establecidas durante el estado de alarma afectaron más gravemente a quienes ya se encuentran en situación de precariedad y vulnerabilidad. Y en el caso del ejercicio de la prostitución, sitúa en una posición de mayor vulnerabilidad social y económica a quienes ejercen la prostitución en las modalidades que generan una mayor desprotección: la calle y los clubes. Desprovistas de derechos, la imposibilidad de ejercer la prostitución genera no solo una falta de ingresos, sino que puede implicar la acumulación de una deuda para quien no tiene otro alojamiento que el propio club, por cuya habitación paga un alquiler. Los colectivos han organizado cajas de resistencia para poder ayudar a muchas mujeres que les contactaban porque se habían quedado sin ingresos y, a menudo, carecían de otras redes de apoyo.

La prostitución es una forma de violencia contra las mujeres y sus cuerpos. ¿Está de acuerdo?

Afirmado de esa manera categórica y sin matices, no estoy de acuerdo. Claro que hay ocasiones en que se ejerce violencia contra las mujeres que ejercen la prostitución, pero eso es algo distinto y que tiene mucho que ver con las condiciones en que se realice. Los estudios son claros: cuanto menor reconocimiento de derechos, cuanta más persecución de la prostitución, mayores son los riesgos para la vida, la integridad física y moral y la salud de las mujeres que ejercen la prostitución. Desde mi punto de vista, resulta difícil conceptualizar la prostitución como una forma de violencia per se, teniendo en cuenta la heterogeneidad de perfiles y situaciones que se dan en las personas que la ejercen. Considerar que se trata siempre de una forma de violencia presupone un juicio de valor sobre determinadas relaciones —no todas— en las que hay una relación entre el sexo y el dinero. Implica negar relevancia al consentimiento de las mujeres para mantener tales relaciones y su capacidad para autodeterminarse. Esta visión contradice, a mi juicio, la agencia y capacidad de decisión que evidencian los testimonios de muchas trabajadoras sexuales recogidos por la literatura especializada. Las intervenciones de las trabajadoras sexuales en numerosos foros académicos, políticos y en los medios de comunicación son altas y claras, tanto en el fundamento de sus reivindicaciones como en el rechazo de los clichés sobre la prostitución.

¿Qué dice la ley sobre la prostitución? ¿Qué legislación existe en España?

Dejo al margen la regulación de los delitos en los que medie coacción, engaño o abuso, pues considero que, al igual que sucede con los casos de trata de personas con fines de explotación sexual, son situaciones que no tienen nada que ver con el debate sobre el ejercicio voluntario de la prostitución para el que reclaman derechos los colectivos que ejercen el trabajo sexual. En cuanto al ejercicio voluntario, el Código Penal prevé penas de prisión para quien se lucre explotando la prostitución de otra persona, incluso si lo hace con su consentimiento, cuando concurra una situación de vulnerabilidad personal o económica, o cuando se le impongan condiciones gravosas, desproporcionadas o abusivas para su ejercicio. Por otro lado, en numerosos municipios se han aprobado ordenanzas municipales que sancionan a quienes ofrezcan o demanden servicios sexuales en la vía pública. Esto es importante tenerlo presente, porque implica que las mujeres que ejercen la prostitución en la calle, que es la modalidad de ejercicio más precaria, pueden además ser sancionadas por ello. Como denuncian las propias asociaciones y muchos trabajos de campo, estas sanciones administrativas las han colocado en situaciones de mayor vulnerabilidad. Por un lado, las multas merman sus escasos ingresos; por otro, la amenaza de la intervención policial dificulta la negociación y aboca a las mujeres a aceptar condiciones económicas y de prestación del servicio sexual que resultan más arriesgadas.

¿Por qué no se reconoce a las prostitutas el derecho a acceder a subvenciones o ayudas como el ingreso mínimo vital? ¿Hay alguna justificación legal?

El Ministerio ha insistido en que no ha excluido a las trabajadoras sexuales de las prestaciones que ha aprobado para afrontar la situación generada por la pandemia. Sin embargo, las asociaciones denuncian que los requisitos que finalmente se han establecido implican, de facto, la exclusión de la mayor parte de las mujeres que ejercen la prostitución. Los obstáculos afectan también a otras mujeres que ejercen trabajos feminizados y precarios, con escasa protección legal, como es el trabajo doméstico y de cuidados.

Otros países han regulado la prostitución, ¿ha llegado el momento de que España lo haga?

Hace mucho que tendrían que haberse reconocido derechos laborales a las personas que, desde hace décadas, los reclaman con argumentos difícilmente contestables, tanto desde el punto de vista de la libertad con la que ejercen la prostitución y el rechazo del estigma como por la mayor vulnerabilidad de los derechos generada por muchas de las medidas que buscan prohibir o abolir la prostitución.

¿Qué modelos de regulación hay?

Desde la perspectiva de quienes rechazan la prostitución, hay modelos prohibicionistas que sancionan tanto a quien demanda como a quien ofrece servicios sexuales, aunque en muchos estados están en retroceso, a favor de modelos abolicionistas que ponen el acento en la sanción al cliente, al considerar que las mujeres siempre son víctimas y, por tanto, no deben ser perseguidas. Hay otros planteamientos. A menudo se habla del modelo regulacionista como aquel en el que se acepta y regula la prostitución, pero no siempre se utiliza de manera unívoca. En mi caso, asocio el modelo regulacionista a las políticas reglamentistas vinculadas a los movimientos higienistas, cuya preocupación central era la salud pública, el control de las enfermedades y el mantenimiento de cierta moral pública. Por eso se puede entender por qué hay estados que han regulado el trabajo sexual sin que ello redunde necesariamente en una mejora de las condiciones de quienes ejercen la prostitución, ya que no parten del enfoque de derechos al legislar. Yo creo que se puede y se debe matizar hablando de un modelo “pro derechos”, que pone el acento en las condiciones de trabajo y la garantía de sus derechos.

Las opiniones sobre la prostitución parecen irreconciliables: los abolicionistas frente a quienes defienden la libertad de comerciar con el propio cuerpo. Con la Constitución en la mano, ¿quién lleva razón?

Nos gusta pensar que la Constitución da una respuesta precisa a los debates sociales más complejos, sin embargo, a menudo la Constitución no tiene, como función, dar una sola respuesta normativa, sino propiciar el marco dentro del cual son posibles diversas opciones legislativas. En países con tradiciones constitucionales similares, conviven respuestas legales a la prostitución muy diversas. Es frecuente que, desde posiciones abolicionistas, se apele a la libertad, a la dignidad y a la igualdad de las mujeres, pero esos mismos argumentos son usados por las trabajadoras sexuales para reivindicar el reconocimiento legal de su actividad. Como constitucionalista, me resulta incomprensible que se afirme que es irrelevante el consentimiento de las mujeres, por considerarlo viciado bien por la necesidad económica, por la propia alienación que la prostitución —se dice— genera, o porque se trata de una institución patriarcal que expresa la desigualdad. Cuando falta la capacidad de autodeterminación, las personas pueden ser incapacitadas —eso sí, en el marco de un proceso judicial que establece determinadas garantías—. ¿Se quiere considerar a las mujeres, una vez más, como personas sin capacidad de autodeterminación, tal y como ha hecho históricamente la normatividad social y jurídica? ¿A todas las mujeres, o solo a las más pobres? ¿Se rechazarán todas las decisiones que tomen, o solo las vinculadas con la prostitución? Cuando una mujer decide migrar a otro país, dejando en su lugar de origen, a miles de kilómetros, a su propia familia, para cuidar a nuestros hijos o nuestros padres, ¿alguien duda de que lo hace por necesidad económica? ¿Debemos negarle, en ese caso, su proyecto migratorio?

¿Usted qué opina?

Aceptamos que las mujeres realicen, también por necesidad económica, muchos trabajos feminizados y precarios que también son expresión de desigualdad. Para mí es evidente que hay un juicio moral diferente en el caso de la prostitución, porque la argumentación no resulta coherente. Ante estas diferencias, es comprensible que desde los planteamientos de feminismos no hegemónicos existan suspicacias: ¿por qué sí es admisible migrar, por necesidades económicas, para realizar trabajos precarios y feminizados, pero no lo es para ejercer la prostitución? Por supuesto, no quiero decir que esta sea la razón, pero creo que para restringir la autonomía de las personas hay que tener buenos y coherentes argumentos. Y en una sociedad democrática y plural, que para muchas personas no sea aceptable intercambiar sexo por dinero —pero sí dinero por cuidados, por ejemplo— no justifica, a mi juicio, la prohibición.

¿Y por razones de igualdad o de dignidad?

La genérica apelación a la lesión de la igualdad por permitir la imagen de la mujer como objeto sexual no me parece suficiente, y contrasta con numerosas actividades que sí están permitidas. La apelación a la dignidad me resulta especialmente problemática. La dignidad no constituye en nuestra Constitución un derecho fundamental autónomo. En la sentencia de 1985 relativa a la despenalización del aborto, nuestro Tribunal Constitucional señaló que “la dignidad es un valor espiritual y moral inherente a la persona, que se manifiesta singularmente en la autodeterminación consciente y responsable de la propia vida y que lleva consigo la pretensión al respeto por parte de los demás”. No conviene convertirla en un concepto hueco que sirva para defender nuestras causas y restringir la libertad de los demás. Me parece fundamental que los espacios de debate estén abiertos a las trabajadoras sexuales. Son las protagonistas quienes mejor lo explican y, a menudo, el encuentro directo ha propiciado la apertura al debate e, incluso, un cambio de planteamiento, de quienes consideraban que la mejor manera de proteger los derechos de las mujeres era el abolicionismo.

Dado que está lejos el día en que se dejen de demandar los servicios de la prostitución, ¿no sería mejor regularlos?

No se trata, creo yo, de regularla porque haya demanda. Se trata de regularla porque hay mujeres que, dentro de su contexto y situación vital, deciden que el trabajo sexual es una opción mejor que otras. Se trata, por tanto, de garantizar la situación de mayor protección a derechos como la vida y la integridad física y moral, o al derecho a la salud, que sea posible.

¿Qué porcentaje de mujeres ejerce libremente la prostitución?

El de las cifras es uno de los principales problemas en este debate. Dada la clandestinidad del trabajo sexual, lógicamente, es muy difícil hacer estimaciones. Un informe de 2010 de UNODOC, la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, estimaba que en torno a un millón de mujeres ejerce la prostitución en Europa y que una de cada siete mujeres que ejercen la prostitución es víctima de trata. Lo fundamental, a mi juicio, es saber si tiene sentido esta equiparación que, cada vez con más fuerza, se quiere realizar entre prostitución forzada y trabajo sexual libremente elegido. Desde el punto de vista conceptual ya he manifestado mi desacuerdo. Desde el punto de vista más importante, el de la protección de los derechos de las mujeres, no existe un consenso en que esta equiparación resulte beneficiosa. De hecho, el Informe GRETA (grupo de expertos sobre la lucha contra la trata de seres humanos) ya indicó a España que debía diferenciar entre trata de seres humanos con fines de explotación sexual y prostitución, y observar el impacto que cualquier medida sobre la prostitución pudiera tener sobre la trata, ya que la mayor vulnerabilidad que podían generar las medidas de lucha contra la prostitución podían dificultar la identificación de las víctimas de trata. En España hay diversos informes que, explicitando la metodología que utilizan para sus cálculos, estiman, si bien con cifras prudentes, que algo más de unas cien mil mujeres pueden estar dedicándose a la prostitución. Uno de ellos es el Informe ESCODE de 2006, de la Secretaría de Estado de la Seguridad Social.

¿Es posible articular herramientas legales que permitan a las mujeres independizarse de sus proxenetas?

Es posible optar por modelos que favorecen las fórmulas de trabajo autónomo y cooperativo de las trabajadoras sexuales, como sucede en el caso de Nueva Zelanda. Y, por supuesto, atendiendo a las causas estructurales e interseccionales que llevan a optar por la prostitución. A menudo se equipara la defensa de los derechos de las trabajadoras sexuales con la defensa de la prostitución en sí. Lo importante son las condiciones de vida de las personas. Todas las medidas de apoyo socioeconómico que mejoren la igualdad de oportunidades de las personas serán beneficiosas.

 

“La calle del vicio”: así es el rincón de La Veneno en el Parque del Oeste más de dos décadas después

Aunque la prostitución sigue presente en el parque madrileño, el aspecto y el ajetreo del terreno ha cambiado bastante en los últimos años

 

Por Jorge Reyes

25 de octubre de 2020

https://www.elconfidencial.com/television/series-tv/2020-10-25/veneno-serie-cristina-ortiz-transexual-parqaue-del-oeste-madrid-prostitutas-antena-3-atresmedia_2800440/

 

Imagen de la serie ‘Veneno’. (Atresmedia).

 

El éxito de la serie ‘Veneno’ llega en abierto a la pequeña pantalla este fin de semana. Coincidiendo con el episodio final en la plataforma Premium de Atresmedia, Antena 3 emitirá los dos primeros capítulos de la ficción este domingo, 25 de octubre. Dos primeros episodios en los que el Parque del Oeste en Madrid estará muy presente.

Javier Calvo y Javier Ambrossi, que cosecharon muy buenas críticas con la serie ‘Paquita Salas’ y conseguir dos Premios Goya en 2017 por Mejor dirección novel y Mejor guion adaptado con ‘La llamada‘, han dejado de ser futuras promesas para convertirse en una realidad tras comprobar el resultado final de ‘Veneno’.

Los Javis no han defraudado con los escenarios. La serie comienza entre platós de televisión y un oscuro Parque del Oeste en el que Cristina Ortiz, más conocida como la Veneno, conquista a la audiencia con una entrevista que atrapó a media España por el desparpajo de la protagonista ante la atenta mirada de Faela Sainz, la periodista de ‘Esta noche cruzamos el Mississippi‘ que descubrió a la musa de Pepe Navarro.

 

En la serie, Lola Dueñas ha sido la encargada de dar vida a la intrépida reportera que decidió jugarse el tipo para traer una historia entre los rincones más sombríos del parque madrileño que tan bien han plasmado Javier Calvo y Javier Ambrossi. Una especie de Salvaje Oeste de clientes y prostitutas que en 2020 se ha convertido casi en un erial de lo que fue.

Al menos esa es la realidad que ha podido constatar el autor de este artículo. Y es que las míticas escenas de la serie ‘Veneno‘ en el Parque del Oeste, que en realidad se han grabado en la Casa de Campo, poco tienen que ver con el aspecto actual que cualquier curioso puede comprobar cuando cae la noche en el extenso parque de la capital.

Tal y como he podido inspeccionar, la calle en la que la Veneno trabajaba en los noventa no es la selva de cristales rotos, preservativos tirados en el suelo y contenedores con fuego que uno se imagina tras ver la serie.

La calle de la Rosaleda, ubicada entre el Teleférico de Madrid y el Templo de Debod, está más frecuentada por los camiones de basura municipales y cucarachas a esas horas que de clientes y prostitutas. Sin embargo, todavía hay mujeres transexuales que siguen trabajando en la famosa recta que catapultó a la Veneno.

El declive en la zona, tal y como confiesa Angelique, una mujer transgénero que lleva años haciendo la calle, se ha producido por dos factores: el acoso policial a los clientes en el pasado y la regulación del servicio de estacionamiento en la zona. En la actualidad, el número de denuncias a los clientes ha ido descendiendo los últimos cinco años hasta prácticamente desaparecer

“Se ha notado muchísimo el cambio desde hace dos o tres años con las multas a los clientes. Ha cambiado mucho el trabajo en este parque”, reconoce Angelique. Y seguramente tendrá razón, porque de las “50 mujeres” que confiesa que solían trabajar en el Parque del Oeste solo hay cinco. “El puto coronavirus lo ha jodido todo“, apunta Isabella, otra de las mujeres trans que hacen la noche.

Isabella, una veterana de la calle Rosaleda con más de dos décadas de trabajo en la zona, comenta que el confinamiento ha sido la puntilla que ha dejado en la UCI la actividad sexual en el Parque del Oeste: “Yo he llegado a ganar una media de 500 euros por noche y ahora doy gracias si tengo dos clientes”. “Esto era la calle del vicio”, bromea Isabella.

Aunque está esperando a un cliente y no tiene mucho tiempo para entrar en detalles, Isabella comenta que, además de algún “parroquiano” fijo del lugar, son los taxistas de última hora los que le están salvando últimamente las noches.

“Antes, toda esta calle estaba llena de coches y no había sitio para los clientes“, remarca su compañera Angelique, una joven costarricense de casi 30 años que lleva practicando la prostitución desde su adolescencia y que, al igual que la Veneno, también podría escribir un libro sobre su vida.

Angelique, otra vida de serie

Al igual que la Veneno, Angelique ha experimentado en sus carnes las consecuencias de vivir en los bordes de la marginalidad social por ser una mujer transgénero. Ahora bien, Angelique y Cristina Ortiz son dos mujeres completamente distintas.

Nacida en Nicaragua pero criada en Costa Rica, Angelique es una mujer culta, que por momentos tiene dificultades para encontrar la palabra adecuada en castellano porque está acostumbrada a hablar en inglés de vivir en distintas partes de Europa.

P: ¿Por qué estás aquí trabajando en la calle?

R: Salgo a la calle porque la calle tiene algo que siempre te llama. Estás de viaje encerrada mirando el techo y por lo menos aquí tienes a tus compañeras con las que hablas y vacilas. Es una diversión un poco tonta.

Y es que Angelique, que nunca llegó a terminar sus estudios en Medicina, comenzó a ganarse la vida en las calles desde los 14 años. Quince años trabajando en los que, al igual que Cristina, ha sido víctima de violaciones y agresiones.

“He sufrido secuestros, violaciones con armas y agresiones. Tengo en la pierna una puñalada de un día que me asaltaron en un piso”, comenta Angelique mientras muestra la gruesa cicatriz que tiene en su pierna izquierda.

Unas consecuencias, que como le ocurrió a la Veneno, también se trasladaron en su ambiente familiar: “Fue bastante fuerte porque mi madre estuvo más de cinco años sin hablarme, me rechazaba los abrazos porque decía que era una aberración“.

“Le costó bastante aceptar mis preferencias sexuales”, apunta Angelique. “En Europa la cosa es diferente, es mucho más inclusivo y hay más leyes que nos protegen”, comenta la mujer costarricense.

“De todas maneras sigue siendo una sociedad un poco hipócrita“, matiza. “Hay un poco de doble moral en algunas cosas, es un poco hipócrita porque hay personas que dicen ser bastante abiertas y delante de su familia son otra cosa”, explica Angelique, que tras estar separada está viviendo una situación parecida con su actual pareja.

“Su familia y amigos nunca han pensado que fuera transexual ni saben que me dedico a la prostitución”, confiesa Angelique. “Tampoco me gusta ir divulgándolo“, añade antes de explicarme cómo se siente.

“Yo me siento una chica, me veo como una chica, mi mentalidad es de chica, pero, aunque me opere en el futuro, seguiré pensando siempre que soy una chica trans. Para mí una mujer biológica es la que nace“, opina Angelique.

Por último, Angelique no deja escapar la oportunidad de comentarme su visión sobre el marco legal de la prostitución en España: “Me gustaría que fuese legal como en Holanda, Suiza, Austria o Alemania. Ahí tienes la oportunidad de trabajar pagando impuestos y tienes acceso a comprarte un apartamento, cotizar y esa serie de cosas”.

“Me gusta ahorrar, no tengo vicios y tengo un pequeño negocio. Mi plan es poder retirarme dentro de dos o tres años porque un cuerpo y una cara bonita se va con el tiempo”, sentencia Angelique.

 

El PSOE pide obligar a las prostitutas a cambiar de vida

La concejal socialista Llanos Cano reclama que la nueva Ordenanza de Convivencia Cívica “pueda sacar a todas las señoras prostituidas de forma obligatoriadarles una alternativa vital” 

 

Por A. Maestre

14 de octubre de 2020

https://www.esdiario.com/326857986/El-PSOE-pide-obligar-a-las-prostitutas-a-cambiar-de-vida-.html

 

Llanos Cano, concejal del Grupo Socialista, reclama una alternativa vital para las mujeres prostituidas / FOTO: O. Avellán

 

La concejal del Grupo Municipal Socialista (GMS) en el Ayuntamiento de Alicante, Llanos Cano, reclama que la nueva Ordenanza de Convivencia Cívica presentada por el Equipo de Gobierno apueste “por un modelo social en el que se tenga que poder sacar a todas las señoras prostituidas de forma obligatoria y además darles una alternativa vital, incluidos temas habitacionales de todo tipo”.

La edil del PSOE critica que se vaya a sancionar a quienes ejercen la prostitución en las calles de la ciudad, y ha lamentado que “volvemos otra vez atrás, a castigar a los colectivos más indefensos y más vulnerables de Alicante”. Llanos Cano ha insistido en que “volvemos otra vez a castigar a las prostituidas, es decir victimizamos a las mujeres que son obligadas a ejercer la prostitución y luego las multaremos”.

Ni prostitutas ni mendigos pagarán las multas

En relación a la tabla de sanciones que ha presentado el concejal José Ramón González, Cano se pregunta “cómo se van a pagar esas multas, no solamente de las prostitutas sino también las de los mendigos”.

La concejal ha cuestionado que en esta ordenanza se traten planes inserción “porque se lleva a través de la Concejalía de Seguridad Ciudadana”, y se pregunta si no sería mejor llevarlo por Servicios Sociales, a través de la reinserción y reeducación, proporcionando instrumentos vitales, y no solamente coercitivos y con multas.

 

Si una mujer está parada en la banqueta no podemos hacer nada: Osorio

Agencia Enfoque

 

Por Gisela Tellez

26 de septiembre de 2020

https://tribunanoticias.mx/si-una-mujer-esta-parada-en-la-banqueta-no-podemos-hacer-nada-osorio/

 

Puebla, Pue.- “Si una mujer está parada en la banqueta no podemos hacer nada, aunque señalen que se dedica a la prostitución”, aseveró Catalina Pérez Osorio, secretaria de Igualdad Sustantiva de Género del Municipio de Puebla.

En conferencia de prensa virtual, la funcionaria dejó en claro que las mujeres sólo pueden ser remitidas al Juzgado Calificador si realizan un acto sexual en la calle, pues se considera una falta administrativa en el Capítulo 9 del Código Reglamentario Municipal (COREMUN).  

“Si una mujer esta parada en una banqueta no podemos hacer nada porque no hay ninguna ley en el país que diga que por estar parada en la calle eres una tal o cual cosa, creo que es un acto de discriminación”.

Explicó que al atender a los inconformes comprobó que todos los señalamientos son discriminatorios, una vez que los quejosos manifestaron que las supuestas sexoservidoras eran todas aquellas que portaban leggings y zapatillas.

“Pedí muchas veces a la gente que solicitó intervenir y hemos intervenido (…) les dije que me acompañaran a la calle para que me dijeran quien sí y quien no, pero respondían que eran todas aquellas mujeres que utilizaban tacones y medias, entonces son estereotipos de señalización y discriminación”.

Pérez Osorio dejó en claro que la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos refiere que todos tienen derecho al libre tránsito, por ello, exhortó a los ciudadanos no estereotipar a las personas para erradicar la discriminación.

 

Reacción violenta contra los derechos de las prostitutas: orígenes y dinámicas de las políticas nazis hacia la prostitución

 

Julia Roos

University of Minnesota, Twin Cities

Journal of the History of Sexuality
Vol. 11, No. 1/2, Special Issue: Sexuality and German Fascism (Jan. – Apr., 2002), pp. 67-94
Published by: University of Texas Press

Accesible en Google Books: https://bit.ly/3kxaXrm

 

En Mein Kampf, Adolfo Hitler atacó la prostitución como una de las principales causas del declive de Alemania. La “prostitución del amor”, afirmó, era responsable del “terrible envenenamiento de la salud del organismo nacional” a través de la sífilis. “Incluso si sus resultados no fueran esta plaga espantosa, sería sin embargo profundamente dañina para el hombre, ya que las devastaciones morales que acompañan a esta degeneración bastan para destruir a un pueblo lentamente pero con seguridad.” Según Hitler, muchos de los problemas de Alemania podrían atribuirse a “estas judificación de nuestra vida espiritual y mercantilización de nuestro instinto de apareamiento” que amenazaban con aniquilar las futuras generaciones de alemanes sanos. Las diatribas de Hitler sobre los peligros morales y raciales del sexo vendible sugerían que, una vez en el poder, los nazis mostrarían poca tolerancia con la persistencia del “vicio”. Sin embargo, paradójicamente, la prostitución regulada por el Estado aumentó drásticamente bajo el nazismo. Especialmente durante la guerra, el burdel regulado se convirtió en una institución clave de la política sexual nazi. ¿Cómo podemos comprender esta contradicción?

Como este ensayo pretende mostrar, para obtener una comprensión completa de las actitudes nazis hacia la prostitución, es vital analizarlas en el contexto de los conflictos de la República de Weimar sobre la reforma de la prostitución. Los estudios recientes sobre la historia de la prostitución en el Tercer Reich tienden a ignorar los desarrollos anteriores a 1933.

Si los historiadores mencionan el tema de la política de prostitución de Weimar en algún momento, es primordialmente para enfatizar las continuidades básicas en este área después de la toma del poder por los nazis. Así, Gisela Bock ha argumentado que las reformas de la prostitución de Weimar allanaron el camino para la explotación sexual y económica de las prostitutas bajo el nacionalsocialismo. Sin embargo, la noción de continuidad ininterrumpida entre las actitudes hacia el sexo vendible de Weimar y los nazis es problemática por varias razones: el enfoque exclusivo en la continuidad tiende a oscurecer diferencias importantes entre los dos períodos. Lejos de representar un mero preludio a la persecución brutal de las prostitutas después de 1933, la abolición a nivel nacional de la prostitución regulada por el Estado en 1927 condujo a mejoras significativas del estatus civil y legal de las prostitutas. Reconocer estas ganancias (aunque limitadas) en los derechos de las prostitutas es clave para el análisis del impacto que tuvieron las preocupaciones sobre la “inmoralidad” en la crisis de la República de Weimar y el surgimiento del nazismo .

Los aspectos más liberales de las reformas de la prostitución de Weimar desencadenaron una poderosa reacción violenta de la derecha. A los ojos de los conservadores religiosos, el fallo del Estado a la hora de imponer el “orden moral” y limpiar las calles de prostitutas desacreditaba profundamente la democracia de Weimar. Entre grandes sectores de la policía, la pérdida de autoridad para controlar y castigar a las callejeras también engendró resentimiento contra el gobierno democrático. Los nazis fueron muy conscientes del valor propagandístico del tema de la prostitución. Los ataques nazis a la reforma de la prostitución de 1927, como otra expresión más del “materialismo” y la “decadencia moral” de Weimar, tenían como objetivo ampliar el atractivo del partido entre la derecha religiosa y los funcionarios conservadores. A principios de la década de 1930, el exitoso intento de los nazis de presentarse a sí mismos como guardianes de la intención de la moralidad convencional de eliminar el “vicio” fue clave para lograr la aprobación y colaboración de muchos conservadores. Sin embargo, sólo podremos tener plenamente en cuenta esta dinámica si reconocemos los logros positivos de las reformas de la prostitución de Weimar. La abolición de la prostitución regulada por el Estado fue uno de los mayores éxitos del movimiento de reforma sexual de la década de 1920, que no logró otros objetivos como la despenalización del aborto y la homosexualidad. Es por eso que las reformas de la prostitución de Weimar se convirtieron en un objetivo central de la propaganda nazi.

Además, el énfasis en las continuidades ininterrumpidas en la historia de la prostitución después de 1933 tiende a oscurecer la naturaleza especial de la política de prostitución nazi. Las políticas de prostitución nazis tenían como objetivo revertir los logros clave de Weimar, y lo más importante, revertir la abolición de la prostitución regulada por el Estado. A primera vista, el respaldo de los nazis a la prostitución controlada por la policía podría parecer un resurgimiento de las antiguas actitudes represivas hacia el sexo vendible. Pero bajo la máscara de las prácticas policiales autoritarias convencionales para el control del “vicio”, las políticas nazis de prostitución sirvieron cada vez más a fines radicalmente diferentes. Aunque la policía había justificado previamente la institución del burdel regulado como el medio más eficaz para proteger a la sociedad respetable de las prostitutas, esta preocupación se convirtió cada vez más en secundaria bajo los nazis.

La primera parte de este ensayo se centra en la reacción violenta contra las reformas de la prostitución de Weimar durante finales de la década de 1920 y principios de la de 1930. Esta reacción, en mi opinión, tuvo un impacto decisivo en el curso de la política de prostitución nazi. La segunda parte del ensayo analiza las diferentes etapas de las actitudes nazis hacia la prostitución, con especial énfasis en los primeros años del régimen. La etapa inicial, que duró desde 1933 hasta mediados de 1934, se caracteriza por el esfuerzo de los nazis por apelar a las preocupaciones conservadoras por la “inmoralidad” y presentarse a sí mismos como defensores de las nociones establecidas de buenas costumbres sexuales. Durante esta fase, representantes importantes del liderazgo nazi se pusieron del lado de los oponentes de los burdeles controlados por la policía. Sin embargo, en la medida en que el régimen consolidó su poder y se volvió cada vez más independiente de los conservadores religiosos, los líderes y administradores del Partido Nacional Socialista presionaron abiertamente a favor de la prostitución regulada por el Estado. El período comprendido entre 1934 y 1939 estuvo marcado por el triunfo de la institución del burdel regulado y por una supresión cada vez más brutal de las prostitutas callejeras. El ascenso de Heinrich Himmler y las SS y el poder decreciente de los católicos y protestantes durante estos años inclinaron decisivamente la balanza a favor de la prostitución controlada por la policía. A medida que se intensificaron los preparativos para la guerra, los militares también presionaron por el establecimiento de burdeles regulados. Después de 1939, los nazis finalmente abandonaron todos los esfuerzos para acomodarse a la derecha religiosa y lanzaron una campaña masiva para establecer burdeles por todo el Reich. Fue durante esta tercera fase, radicalizada, cuando la política de prostitución nazi realmente se hizo realidad y, de la manera más clara, reveló sus características únicas.

 

I.

En 1927, La Ley para Combatir las Enfermedades Venéreas (Reichsgesetz zur Bekämpfung der Geschlechtskrankenheiten) abolió la prostitución regulada por el Estado (Reglementierung o “regulacionismo”). Hasta l927, la prostitución en general había sido ilegal en Alemania.· Sin embargo, ciudades con Reglementierung toleraban a las prostitutas registradas. La prostitución regulada por el Estado sometía a las prostitutas a exámenes médicos obligatorios por enfermedades de transmisión sexual, así como a otras numerosas restricciones a su libertad personal. Así, las prostitutas reguladas estaban prohibidas en las principales áreas públicas, solo podían residir en alojamientos aprobados por la policía y tenían que obtener un permiso si querían viajar. Una sección especial de la policía, la policía moral (Sittenpolizei), era responsable de la supervisión de la prostitución. El estatus legal excepcional de las prostitutas registradas las marcaba como parias sociales. Las mujeres detenidas por prostitución callejera y registradas por la policía no tenían, en general, posiblidad de recurrir a los tribunales. El principio legal del debido proceso no se aplicaba a las prostitutas..

En la República de Weimar, el apoyo popular a la prostitución regulada por el Estado se desvaneció rápidamente por varias razones. La más importante es que el doble rasero moral del regulacionismo se hizo cada vez más insostenible después de la introducción del sufragio femenino en 1919. Las feministas habían criticado durante mucho tiempo la justificación misógina de la proscripción regulada, que imponía controles represivos sobre las prostitutas, pero perdonaba el uso del sexo comercial por parte de los hombres. Conseguir el voto aumentó enormemente el peso de las mujeres en su lucha contra el regulacionismo. Otros factores contribuyeron a la caída de la Reglementierung. Los socialdemócratas y los liberales objetaron que los amplios poderes arbitrarios de la policía moral eran incompatibles con la nueva constitución democrática. Después de la guerra, las principales opositoras a la prostitución regulada por el Estado, las “abolicionistas”, se centraron cada vez más en la incapacidad del sistema de detener el aumento de las enfermedades de transmisión sexual (ETS) . Las abolicionistas señalaron que las prostitutas no registradas, que según algunas estimaciones superaban a las registradas en una proporción de 10:1, no estaban sometidas a los controles de las ETS. Además, la promiscuidad sexual había aumentado hasta tal punto que las prostitutas profesionales habían dejado de representar la principal fuente de infecciones venéreas. Para animar a todas las prostitutas de calle infectadas con ETS a buscar tratamiento médico, las abolicionistas exigieron que la prostitución fuera despenalizada.

Los temores extendidos sobre los “venenos raciales” de las enfermedades de transmisión sexual llevó a la aprobación de la Ley de Lucha contra las Enfermedades Venéreas de 1927 (ley anti-EV). Para frenar las infecciones venéreas, la ley contra las enfermedades venéreas prometía apoyo financiero a los pacientes sin seguro y penalizaba a las personas que propagaran ETS a sabiendas. De muchas maneras, la ley de 1927 marcó una victoria para las abolicionistas. La ley despenalizaba la prostitución en general, abolía la policía moral y prohibía los burdeles regulados. Estos fueron importantes logros desde la perspectiva de los derechos de las prostitutas. Sin embargo, para asegurar la aprobación de la reforma, los socialdemócratas y los liberales se vieron obligados a hacer importantes concesiones a la derecha moral, que se oponían a la total despenalización de la prostitución. La cláusula 16/4 de la ley anti-EV, apodada por los críticos como el “párrafo de la torre de la iglesia” (Kirchturmparagraph), declaraba ilegal la prostitución de calle en áreas adyacentes a las iglesias y escuelas, así como en las ciudades con una población menor de 15.000 habitantes. Las abolicionistas señalaron inmediatamente que el párrafo de la torre de la iglesia podría conducir a un resurgimiento de la prostitución regulada. Andreas Knack y Max Quarck, dos de los principales expertos en salud pública del Partido Socialdemócrata, advirtieron que la derogación de la Reglementierung “causaría una considerable oposición entre los órganos de la administración” y obligaría a los socialistas a estar atentos. Como demostraron los acontecimientos posteriores, sus preocupaciones acerca de una posible reacción violenta contra los aspectos más liberales de la reforma de la prostitución de 1927 iban a resultar proféticos.

 

Oposición desde dentro del Estado: la Policía

Cuando el ministro de bienestar prusiano pidió a los jefes de la policía en febrero de 1921 que comentaran las recientes peticiones de abolir la prostitución regulada, las respuestas fueron extremadamente negativas. La mayoría de los funcionarios rechazaron la propuesta por considerarla poco realista y peligrosa. Muchos hubieran estado de acuerdo con la policía de Berlín, que acusó a las abolicionistas de manipular el tema de la prostitución por “los derechos de las mujeres (frauenrechtlerisch) y la agitación política general”. El jefe de policía de Erfurt predijo que en caso de derogación de la prostitución regulada, “las putas callejeras saldrán del suelo como hongos”. Como muchos de sus colegas, afirmó que sin Reglementierung, la policía · sería incapaz de proteger a los ciudadanos respetables y de controlar el crimen asociado con el sexo comercial. El jefe de policía de Hannover advirtió que la despenalización de la prostitución conduciría a una explosión de ETS. En tiempos de intensa “frivolidad moral” (sittliche Verflachung) la policía cumplía una función vital como protectora de la moralidad pública. La defensa del regulacionismo a menudo se basaba en opiniones misóginas. En 1926, el jefe de la policía de Stutgart se quejó de que “las organizaciones de mujeres de todo tipo [están] cegadas por el eslogan ‘Contra el doble rasero moral’ “. A diferencia de las feministas, él creía que “contra la mujer que se ha hundido hasta el nivel de la puta y que es mucho más peligrosa para el público que el hombre disoluto (liederlich) “, son necesarias medidas preventivas especiales “.

Para consternación de los prorregulacionistas, la reforma de la prostitución de 1927 limitó la capacidad de la policía para imponer controles especiales a las prostitutas. Ya no se permitían las regulaciones que prohibían a las prostitutas en ciertas áreas (Strichverbot) o que las restringían a calles o casas especiales (Kasernierung). De acuerdo con la versión revisada de la Cláusula 361/6 del código penal, la policía podría intervenir contra las prostitutas si éstas ejercían públicamente “de una manera que violara la moral y la decencia o acosara a otros”. Esta formulación bastante vaga condujo a discrepancias sustanciales en la jurisprudencia. Uno de los temas legales más discutidos fue la cuestión de si bastaba que la conducta de la prostituta callejera ofendiera objetivamente la moralidad o si se necesitaba probar que miembros del público hubieran sido de hecho ofendidos o acosados (Verletzungsdelikt). Donde los tribunales interpretaban la Cláusula 361/6 en el sentido estricto de la Verletzungsdelikt, las detenciones de prostitutas disminuían marcadamente, ya que los ciudadanos generalmente evitaban presentar denuncias o prestar testimonio en tales casos. En el verano y otoño de 1928, el Tribunal Supremo del Estado Sajón anuló las condenas de numerosas prostitutas de Leipzig por violaciones de la Cláusula 361/6. Los jueces argumentaron que la solicitud de una prostituta a los transeúntes, incluso si se llevaba a cabo de la manera conspicua, sexualmente explícita —“nach Dirnenart” (a la manera de las putas)— en sí misma no constituía un delito. Más bien, se necesitaban pruebas adicionales para demostrar que efectivamente se había violado la moral pública. Como resultado del fallo, las condenas de prostitutas de Leipzig sobre la base de la Cláusula 361/6 se desplomaron de 227 en 1928 a 11 en 1930. El veredicto causó gran frustración entre la policía sajona, que se quejó de que les ataba las manos en la lucha contra la prostitución.

Los funcionarios policiales de otros estados enfrentaron problemas similares. En el otoño de 1931, en medio de una creciente presión pública para limpiar las calles de prostitución, la policía de Munich se sintió humillada por los jueces locales que a menudo absolvían a las prostitutas. Como señaló un informe de la policía, “con frecuencia, durante los juicios públicos, los jueces ridiculizan a los oficiales de policía con sus apreciaciones y preguntas y luego absuelven a las prostitutas o les imponen sentencias menores.. . . Durante uno de esos juicios, un juez remarcó que prefería otros cuatro casos a uno solo que tuviera que ver con asuntos concernientes a la policía moral, ya que en ese área no existía base legal alguna ”. La despenalización de la prostitución dio lugar a una amplia reacción entre la policía. En toda Alemania, los funcionarios de policía argumentaron que la ley anti-EV de 1927 los privaba de los medios necesarios para suprimir la prostitución callejera. En 1928, el jefe de la policía de Magdeburg informó de un fuerte aumento en la prostitución ocasional “ya que la disuasión de la policía moral está ausente, y el mal ejemplo es contagioso”. La prostitución pública, afirmó, se había vuelto más visible después de 1927 porque la policía carecía de autoridad para intervenir contra los crecientes “desvergüenza y excesos” de las prostitutas callejeras. De manera similar, el jefe del distrito prusiano en Düsseldorf informó que “todos los jefes de policía en mi distrito. . . hemos observado un aumento sustancial en la prostitución de calle desde la aprobación de la nueva ley [anti-EV]. . . . Sin duda alguna, la abolición de la policía moral es una de las causas del crecimiento de la prostitución “. En 1931, los jefes de policía de las principales ciudades prusianas, incluídas Colonia, Essen y Dortmund, pidieron una revisión de la Cláusula 361/6 del código penal para poner fuera de la ley todas las formas de prostitución callejera.

Una clave de esta reacción contra las reformas liberales de la prostitución fue la movilización política de las prostitutas. La despenalización de la prostitución animó a las prostitutas callejeras a resistir los ataques a sus derechos civiles y económicos. Así, las prostitutas de Leipzig fundaron una asociación que empleó asesoría legal para defender a sus miembros contra la policía. En marzo de 1931, el Ministerio de Trabajo y Bienestar de Sajonia informó que “un gran número de prostitutas de Leipzig han presentado una petición al magistrado de la ciudad y al jefe de policía, en la que protestan contra las medidas represivas excesivas por parte de la policía. Argumentan que tienen derecho a ejercer su negocio como cualquier otro comerciante ya que pagan impuestos y si continuaran los severos controles, se volverían dependientes de la seguridad social. ” En la ciudad-estado de Bremen, las prostitutas denunciaron lo que consideraban formas ilegales de represión policial. Según la oficina de salud de Bremen, las prostitutas habían fundado “una especie de asociación de protección que representa los supuestos derechos de sus miembros … a través de un determinado abogado”. A partir de julio de 1932, la policía de Bremen detenía a las prostitutas callejeras sobre la base de la Ley para el arresto y la detención temporales de personas (Gesetz betreffend das einstweilige Vorführen und Festhalten von Personen), que permitía a la la policía detener a personas por un período de hasta veinticuatro horas si parecía necesario para proteger la propiedad de las personas o la seguridad del público. Las prostitutas se opusieron a esta práctica por considerarla incompatible con la despenalización de la prostitución y demandaron a la policía por detención ilegal y daño corporal grave. Los funcionarios de policía de Bremen se exasperaron con el conflicto, especialmente desués de que las negociaciones con el tribunal hubieran puesto en duda la legalidad de la medida policial.

A pesar de sus defectos, la ley anti-EV de 1927 introdujo mejoras importantes en el estatus de las prostitutas. La despenalización general de la prostitución permitió a las prostitutas de calle hacer frente con mayor eficacia a las violaciones de sus derechos personales por parte de la policía. Desde el punto de vista de los oficiales de policía esta ganancia de derechos de las prostitutas amenazaba con socavar su propia autoridad y poner en peligro el orden público. Sin embargo, bajo condiciones denocráticas, un retorno abierto al regulacionismo se enfrentaba a obstáculos considerables. Como veremos, su frustración por las consecuencias nocivas de la reforma de la prostitución de 1927 llevó a muchos oficiales de policía a abandonar la democracia de Weimar y respaldar el resurgimiento de un Estado autoritario que les otorgara amplios poderes para controlar el “vicio”.

 

Oposición popular: la derecha “moral»

Las crecientes protestas públicas contra el aumento esperado de la prostitución callejera supusieron una presión adicional sobre la policía. Un año después de la implementación de la ley anti-EV de 1927, el Consejo de Ciudades Alemanas (Deutscher Städtetag) llevó a cabo una encuesta entre los departamentos de salud locales. Una pregunta importante se centró en las reacciones públicas a la reforma. De las veinticuatro ciudades incluidas en la encuesta, sólo tres (Hamburg, Berlín y Stettin) informaron respuestas generalmente positivas de la población. En una variedad de ciudades, el aumento percibido en la prostitución movilizó a los ciudadanos contra la ley anti-EV. Esto fue especialmente cierto en el caso de las ciudades mayoritariamente católicas de Munich, Nuremberg, Augsburg, Colonia y Münster. En los años siguientes, los conservadores religiosos organizaron un ruidoso movimiento contra los elementos más liberales de la reforma de la prostitución de 1927. Si los políticos y asociaciones católicos a menudo encabezaban iniciativas para imponer controles más duros a las prostitutas, los protestantes también apoyaron esos esfuerzos. En abril de 1930, el Reichstag Bevölkerungsplitischer Ausschuss (Comité de Políticas de Población) aprobó una resolución que llamaba a la supresión estricta de la prostitución de calle y de las casas de huéspedes (Absteigequartiere) usadas por las prostitutas para juntarse con sus clientes. El autor de la moción fue Reinhard Mumm, pastor luterano y lider del conservador Servicio Popular Cristiano-Social (Christlich-Sozialer Volksdienst) . La resolución reflejó demandas comunicadas a Mumm por los principales representantes de las iglesias luteranas y de las asociaciones de moralidad.

Los principales centros de la reacción conservadora contra la reforma de 1927 fueron las ciudades dominadas por los católicos en la provincia prusiana del Rhin. Colonia, un baluarte del Partido del Centro donde Konrad Adenauer era alcalde (Oberbürgermeister), fue la vanguardia de los esfuerzos para reintroducir penas más severas para la prostitución callejera. Durante los primeros años de la década de 1930, la asociación de moralidad católica, Volkswartrbund, coordinó la campaña local contra la ley anti-EV. El Bund organizó protestas y peticiones públicas y presionó al jefe de policía de Colonia para que implementara más medidas punitivas contra las prostitutas. En abril de 1932, el Grupo de Trabajo de los Católicos de Colonia (Arbeitgemeinschaft Kölner Katholiken) alertó al canciller del Reich Heinrich Brüning de la espectacular proliferación del sexo comercial. “La creciente pobreza y la resultante degeneración moral de todos los estratos de la población han producido tal aumento en el número de prostitutas que la prostitución se ha convertido en una verdadera plaga (Volksplage)… La responsabilidad de esta terrible situación recae en gran medida en la Ley de Lucha contra las Enfermedades Venéreas “. La petición solicitaba un decreto de emergencia que autorizara a la policía a suprimir cualquier forma de prostitución callejera. En Essen, Krefeld y Dortmund surgieron movimientos de base conservadores similares contra la reforma de 1927. Los políticos católicos presionaron cada vez más por una penalización general de la prostitución. En junio de 1932, el Caucus Nacional de Mujeres del Partido del Centro (Reichsfrauenbeirat der deutschen Zentrumpartei) apeló al Ministro del Interior del Reich, del Partido del Centro, para que ilegalizara la prostitución callejera. El 9 de julio de 1932, el Consejo de Estado de Prusia, órgano representativo de las provincias prusianas, apoyó una moción para penalizar la prostitución pública presentada por Konrad Adenauer y los otros miembros de la delegación del Partido del Centro.

Menos de dos semanas después, los críticos conservadores de las reformas de la prostitución de Weimar pudieron tener la esperanza de que fuera inminente un cambio de política hacia medidas más represivas. El Preussenschlag (el putsch de Papen) contra el gobierno socialdemócrata de Prusia trajo al poder a prominentes opositores de la reforma de 1927. Los historiadores han señalado que Papen justificó el golpe con alegaciones de “que el gobierno prusiano era incapaz de mantener la ley y el orden”. Se enfocan especialmente en la crítica de Papen de que los socialdemócratas eran “blandos con el comunismo”. Desafortunadamente, la investigación existente tiende a descuidar el significado de la reacción violenta contra la liberación de las costumbres sexuales para comprender los orígenes políticos del Preussenschlag. Para los conservadores religiosos, el sentimiento de que el régimen prusiano era incapaz de combatir la “inmoralidad” de manera eficaz fue una de las principales razones para apoyar el golpe de Papen. Franz Bracht, un político del Partido de Centro y comisionado federal por Prusia después del 20 de julio de 1932, rápidamente implementó varios decretos destinados a restaurar la moralidad pública. El 8 de agosto, Bracht prohibió el baño desnudo; el 19 de agosto prohibió la desnudez y otras “actuaciones indecentes” en los teatros. Como ex alcalde de Essen, Bracht llevó con él a la capital a su jefe de policía, Kurt Melcher. Melcher, quien se convirtió en el nuevo jefe de policía de Berlín, era uno de los críticos más prominentes de la ley anti-EV de 1927.

Para los conservadores religiosos, el nombramiento de Bracht fue una victoria importante. Un artículo en el Volkswart, el órgano de la Volkswartbund de Colonia, subrayaba que el camino estaba ahora despejado para una represión más rigurosa de la prostitución en Prusia. Bracht no defraudó tales expectativas. El comisionado federal instaló un nuevo jefe de policía en Colonia, Alter Lülgens, quien en diciembre de 1932 prohibió la prostitución callejera. Durante varias semanas, los jefes de policía de Neuss, Münster y Dortmund siguieron el ejemplo de Lingen. Pero la derecha religiosa estaba algo dividida en la cuestión de cómo combatir mejor la prostitución. Los protestantes apoyaron demandas para una revisión de la Cláusula 361/6 del código penal para aumentar la autoridad de la policía para intervenir contra las prostitutas. Al contrario que muchos católicos, sin embargo, representantes de iglesias luteranas y de asociaciones de mujeres se opusieron a la penalización total de la prostitución por temor a que esto allanara el camino para el regreso de los burdeles regulados. En octubre de 1932, Paula Müller-Otfried, diputada en el Reichstag por el conservador Partido Popular Nacional Alemán y presidenta de la Federación de Mujeres Germánicas y Luteranas (Deutsch-Evangelischer Frauenbund, o DEF), elogió a Bracht por sus medidas “contra los desarrollos degenerativos en la vida pública”. Müller-Otfried admitió que la ley anti-EV no ofrecía medios legales adecuados para frenar la prostitución callejera pero advirtió que la completa penalización de la prostitución reviviría el Reglementierung. “Un retorno al antiguo sistema de regulacionismo… causaría una gran preocupación entre las mujeres y el público en general.” El propio borrador de Bracht de una revisión de la Cláusula 361/6 se esforzó por mediar entre las posiciones divergentes católica y luterana. Mientras que la propuesta del comisionado feferal hacía condenables todas las formas de prostitución pública “encaminadas a acosar a individuos o al público”, no llegó a la penalización absoluta de la prostitución.

El putsch de Papen satisfizo las demandas conservadoras clave de una política más dura contra la “inmoralidad” y una reversión de los aspectos más liberales de las reformas de la prostitución de Weimar. Esto fortaleció en gran medida el apoyo de la derecha moral al régimen presidencial semiautoritario de los primeros años de la década de 1930, que se basó en el gobierno por decretos de emergencia y tendió a minimizar la participación significativa del parlamento. Los nazis eran muy conscientes del potencial propagandístico del problema de la prostitución y utilizaron la reacción contra la reforma de 1927 para promover su propia agenda política.

 

Ataques nazis contra las reformas de la prostitución de Weimar

In Mein Kampf, Hider se centró en el fracaso del gobierno de Weimar para prevenir la “contaminación” de los alemanes a través de las ETS.

La lucha contra la sífilis y la prostitución que le abre el camino es una de las tareas más gigantescas de la humanidad, gigantesca porque nos enfrentamos, no a la solución de una sola cuestión, sino a la eliminación de un gran número de males que trae consigo esta plaga como una manifestación resultante. Porque en este caso, la enfermedad del cuerpo es sólo la consecuencia de una enfermedad de los instintos morales, sociales y raciales… Pero, ¿cómo intentaron lidiar con esta plaga en la vieja Alemania? Visto con calma, la respuesta es realmente deprimente.

Ni la supervisión médica de las prostitutas ni la introducción de “un párrafo ‘preventivo’ según el cual cualquiera que no estuviera completamente sano o curado debería evitar las relaciones sexuales bajo pena de ley” habían logrado erradicar las enfermedades venéreas. Según Hitler, los políticos de Weimar habían fracasado porque sus medidas contra la prostitución y las ETS apenas abordaban los síntomas, no las raíces, de la profunda crisis moral y racial de Alemania. Como Hitler enfatizó, “quien quiera atacar la prostitución, debe ayudar en primer lugar a eliminar su base espiritual. Debe limpiar la inmundicia de la plaga moral de la ‘civilización’ de las grandes ciudades”. Hitler apoyaba las peticiones hechas por la derecha religiosa de prohibir la literatura, el arte y los entretenimientos “indecentes”; también argumentaba que la regeneración de la nación alemana requería que “las personas defectuosas no pudieran propagar una descendencia igualmente defectuosa”.

Sin embargo, la clave para evitar la “extinción” nacional y racial de Alemania a causa de la “plaga” de enfermedades venéreas era la destrucción de aquellos que supuestamente habían conspirado para contaminar al pueblo alemán. Los nazis acusaron a los judíos y los “marxistas” de ser los principales beneficiarios de la prostitución y la propagación de las ETS. Hitler enfatizó que su observación de los proxenetas judíos en Viena lo había convertido al antisemitismo. “Cuando de esta manera reconocí por primera vez al judío como el director despiadado, desvergonzado y calculador de este repugnante tráfico del vicio en la escoria de la gran ciudad, un escalofrío recorrió mi espalda”. La prensa nazi se llenó de propaganda sobre la supuesta “trata de esclavas blancas” de mujeres cristianas controlada por judíos. Tales artículos frecuentemente culpaban al Estado de Weimar y a su más acérrima partidaria, la socialdemocracia, por su complicidad con los “crímenes sexuales” judíos. Der Angriff, un semanario editado por Joseph Goebbels en Bertin, atacó al diputado jefe de policía Bernhard Weill, judío y demócrata, por proteger a los “tratantes de esclavas” judíos (Mädchenhändler) de su procesamiento judicial. En otro tema, el periódico acusó al gobierno de coalición del SPD de Berlín de apoyar el establecimiento de burdeles autorizados para “aumentar las ganancias de los empresarios judíos” . El semanario pornográfico Der Stürmer afirmó que los reformadores sexuales judíos y socialistas querían contaminar la juventud alemana con enfermedades venéreas. La propaganda nazi sobre la prostitución y las ETS fusionaba el antisemitismo con los miedos conservadoras sobre la “decadencia moral” y el “bolchevismo sexual”. Al hacer hincapié en la supuesta “inmoralidad” de Weimar, los nazis se esforzaron por socavar el apoyo popular al régimen democrático. La reacción contra la reforma de la prostitución de 1927 les ofreció una oportunidad ideal para aplicar esta estrategia..

Dos días antes de la implementación de la ley anti-EV, Völkischer·Beobachter, el órgano oficial del Partido Nazi, publicó un artículo de primera plana en el que atacaba la reforma. Contrariamente a su objetivo declarado, afirmaba el artículo, la ley produciría un gran aumento de enfermedades venéreas porque elevaba la prostitución al estatus de profesión respetable. Los responsables eran los judíos y los socialdemócratas, que habían impulsado la despenalización de la prostitución para socavar los fundamentos nacionales y raciales de la familia. Bajo las banderas de la democracia y la igualdad de derechos para las mujeres, la ley anti-EV ponía en peligro la salud del pueblo alemán. “Las casas respetables se convierten en caldo de cultivo de inmoralidad mientras que los proxenetas, los chulos y las putas se regocijan de que ha llegado su momento. ¡La edad de oro ha comenzado! Así es como el marxismo percibe la solución al problema de la prostitución”. Otro artículo en el Völkischer·Beobachter elogiaba el antiguo sistema de prostitución regulada por el Estado. “La estrecha organizaciónde la policía moral es mejor para proteger la salud de la gente que la proclamación del ‘amor libre’ a través de esta ley (anti-EV)”.

También en el ámbito local, los nazis se unieron a los movimientos conservadores contra la reforma de la prostitución de 1927. En un discurso ante el parlamento de Munich, el 1 de octubre de 1927, Karl Fiehler, el concejal nazi de la ciudad y su futuro alcalde, atacó a la socialdemocracia que había “despojado a la prostitución de su carácter deshonroso”. Las agresiones verbales de Fiehler se centraron especialmente en Julius Moses, el portavoz socialdemócrata en materia de salud y judío, a quien Fichler culpó por el aumento del sexo comercial y las ETS. En Bremen, los nacionalsocialistas movilizaron a los ciudadanos contra la despenalización de la prostitución. En una serie de artículos publicados durante el otoño de 1931, el Bremer Nationalsozialistische Zeitung pidió al gobierno que limpiara las calles de “vicio”.

La propagación de la prostitución de calle, proclamaba el periódico, era un crimen contra la juventud de Alemania, “la posesión más preciosa de nuestra nación”. En su campaña contra la reforma de 1927, los nazis afirmaron tener un amplio apoyo entre los funcionarios de Bremen y las asociaciones de ciudadanos.

 

II.

Prostitución, el programa “moral” y el establecimiento del dominio nazi

Durante los meses que siguieron al nombramiento de Adolf Hitler como canciller del Reich el 30 de enero de 1933, los nazis siguieron presentándose como guardianes de la moral sexual convencional. Esta estrategia buscaba reforzar el apoyo al nacionalsocialismo entre los grupos religiosos conservadores. Hitler estaba especialmente preocupado por vencer la oposición del episcopado católico. En enero de 1931, el Cardenal de Breslau —Adolf Bertram—, presidente de la Conferencia Episcopal de Fulda, había condenado la ideología racista nazi como incompatible con el cristianismo. Como consecuencia, los clérigos católicos a menudo aconsejaban a sus parroquianos no afiliarse al partido nazi ni votar por el NSDAP. Para expandir su poder en la primavera de 1933, los nazis necesitaban urgentemente el apoyo de los católicos conservadores. En particular, tenían que asegurar la aprobación por el Partido de Centro  de la Ley Habilitante (Ermächtigungsgesetz) del 24 de marzo de 1933, que concedía al gobierno amplios poderes dictatoriales. El programa “moral” desempeñó un papel crucial en el logro por parte de Hitler del apoyo de la derecha religiosa. En su discurso ante el Reichstag del 23 de marzo, Hitler garantizó a los conservadores el compromiso de los nazis con la defensa de los valores cristianos:

Por su decisión de llevar a cabo el saneamiento moral y político de nuestra vida pública, el gobierno está creando y garantizando las condiciones de una vida religiosa auténticamente profunda e íntima… El gobierno nacional ve en ambas denominaciones cristianas el factor más importante para el mantenimiento de nuestra sociedad. Observará los acuerdos firmados entre las Iglesias y las provincias… Y se preocupará por una sincera cooperación entre la Iglesia y el Estado. La lucha contra la ideología materialista y por la erección de una auténtica comunidad del pueblo sirve tanto a los intereses de la nación alemana como de nuestra fe cristiana.

 Al día siguiente, el Reichstag aprobó la Ley Habilitante con el apoyo de los delegados del Partido de Centro. Poco después, los obispos católicos revocaron su condena del “paganismo” nazi. Los conservadores, tanto católicos como luteranos, se mostraron esperanzados de que los nazis erradicaran el “bolchevismo sexual” y dieran la vuelta a lo que percibían como “decadencia moral” de Alemania.

Los nazis cultivaron conscientemente su imagen de purificadores de la moralidad pública. Se centraron especialmente en la lucha contra la prostitución, ya que ésta era la preocupación fundamental de la derecha religiosa. Como comisionado federal del Ministerio Prusiano del Interior, Hermann Göring lanzó una serie de decretos contra la “inmoralidad pública”. El 22 de febrero de 1933, Göring anunció preparativos para la revisión de la Cláusula 361/6 del código penal, lo que daría a la policía mayor autoridad para combatir la prostitución pública. Mientras tanto, la policía haría “pleno uso” de las provisiones legales existentes contra la prostitución de calle. El decreto de 22 de febrero prohibió expresamente las regulaciones especiales de la policía para el control de las prostitutas, una medida que habría distanciado a los conservadores oponentes del regulacionismo. El 23 de febrero, Göring lanzó otro decreto que imponía la estricta supresión de la prostitución de calle y de los pisos compartidos (Absteigequartiere) usados por las prostitutas para atender a sus clientes.

En mayo de 1933 los nazis hicieron efectiva la prohibición de la prostitución de calle. La Cláusula 361/6 revisada penalizaba cualquier forma de solicitación pública ejercida “de forma llamativa o de forma que suponga un acoso a los individuos o al público”. En paralelo con estas nuevas restricciones legales a la prostitución, la policía emprendió redadas masivas contra las prostitutas callejeras. Aunque no existen cifras completas, se ha estimado que “miles, incluso con más probabilidad decenas de miles” de prostitutas fueron detenidas durante la primavera y el verano de 1933. En Hamburgo, la policía detuvo a 3.201 mujeres sospechosas de prostitución entre marzo y agosto de 1933; de éstas, 814 fueron sometidas a detención preventiva (Schutzhaft), y 274 fueron sometidas a tratamiento forzoso por ETS. En una sola redada nocturna en junio de 1933, la policía de Düsseldorf, reforzada por unidades locales de las SS, detuvo a 156 mujeres y 35 hombres acusados de prostitución callejera. La dudosa base legal para estas detenciones en masa la proporcionó el Decreto de Emergencia para la Protección del Pueblo y del Estado de 28 de febrero de 1933, que suspendía las libertades civiles.

Los grupos conservadores religiosos dieron la bienvenida a las medidas de los nazis contra la prostitución. Adolf Sellmann, presidente de la protestante Asociación de Moralidad del Oeste de Alemania (Westdeutscher Sittlichkeitsverein), alabó a Hitler por “salvar” a Alemania de la “decadencia moral” de Weimar: “Fue para nosotros un día grande y maravilloso aquel 30 de enero de 1933 en que nuestro líder y canciller del Reich Adolf Hitler se hizo cargo del gobierno. De golpe, todo cambió en Alemania. Toda la basura y la mugre desapareció de la vista del público. De nuevo las calles de nuestras ciudades aparecieron limpias. La prostitución, que previamente se había extendido en nuestras grandes ciudades, así como en muchas pequeñas localidades, fue ahuyentada… De repente, todo lo que habíamos esperado y deseado se hizo realidad”. De la misma manera, la Volkswartbund católica se alegró de la “vigorosa actitud” (frischer Zug) del nuevo régimen hacia el “vicio”. Un artículo publicado en Volkswart en el verano de 1933 comparaba favorablemente la supresión por los nazis de la prostitución y otras formas de “indecencia” con la “laxitud” del estado de Weimar. “Qué agradecidos estamos todos en la Volkswartbund con el equilibrado pero firme enfoque del nuevo gobierno hacia la mugre allí donde es visible… Por tanto: Siegheil !” Y los nuevos dirigentes se mostraron ciertamente complacientes a las demandas de la derecha religiosa. El 16 de marzo de 1933, los dirigentes de las asociaciones de moralidad luteranas y católicas se reunieron con representantes del Ministerio Prusiano del Interior y de la policía para discutir propuestas para una lucha más eficaz contra la “inmoralidad”. Con evidente deleite, la Volkswartbund reseñó que en la reunión, los funcionarios prusianos pusieron énfasis en “la necesidad de cooperación entre el gobierno y las ramas locales de las distintas asociaciones de moralidad”. Durante la primavera y el verano de 1933, los nazis convencieron a la derecha religiosa de su genuina determinación de defender los ideales cristianos tradicionales de pureza sexual. Ello era una precondición clave para la extensión y estabilización del poder nazi durante este vital período.

 

Against the Moraltuerei: Regulationism after 1934 

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The Radicalization of Nazi Prostitution Policies during the Second Wold War

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Conclusion

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El trabajo sexual en tiempos de pandemia

Nos cuesta más atender a aquellas que se han quedado colgadas en los márgenes del sistema, por eso poco o nada se ha dicho sobre las trabajadoras sexuales, que a la fuerza han desarrollado estrategias de resistencia y lucha de las que podríamos extraer muchas lecciones.

 

Por ROMMY ARCE

INTEGRANTE DE ANTICAPITALISTAS

2 de abril de 2020

https://www.elsaltodiario.com/opinion/trabajo-sexual-pandemia-coronavirus

 

Interior del Club Flowers, en Las Rozas (Madrid). Imagen de salaflowers.es

 

En estos días nos hemos dado de bruces con las consecuencias del conflicto capital-vida, obligadas a reparar en las precarias existencias de las que ponen el cuerpo para sostener la vida ahora que estamos reducidas a atender solo lo esencial, en un tiempo extraño propio de un convaleciente. Atendemos a la función imprescindible que cumplen las sanitarias, las trabajadoras del hogar, las limpiadoras de los hospitales o las cajeras que están en primera línea garantizando que no nos falte el café por la mañana.

Nos cuesta más atender a aquellas que se han quedado colgadas en los márgenes del sistema, por eso poco o nada se ha dicho sobre las trabajadoras sexuales, ellas también ponen el cuerpo a diario en una exposición constante a riesgos específicos que hoy son más evidentes. La estigmatización social y la desprotección legal son una carga pesada que pesa el doble en un contexto de confinamiento.

Estas mujeres que, a la fuerza, han desarrollado estrategias de resistencia y lucha de las que podríamos extraer muchas lecciones. Con vidas  en la cuerda floja, han aprendido que la emancipación de las trabajadoras será obra de las trabajadoras mismas como decía Marx, por eso desde hace ya muchos años están organizadas y en pie de guerra contra un Estado que las condena a la exclusión. Han aprendido que en colectivo se resiste mejor al estigma y que ese ejercicio de juntarse es bonito. En esta coyuntura de crisis sanitaria, han sido capaces de reaccionar y, al igual que otros colectivos vulnerables, han abierto cajas de resistencia para dar respuesta a la emergencia. Una respuesta desde abajo, una respuesta que no espera a un Estado que las ignora.

Recientemente el Colectivo de Prostitutas de Sevilla —así como el comunicado firmado por el Sindicato OTRAS, Afemtras y la Liga Feminista Proderechos— denunciaba el cierre de los clubes de alterne y las condiciones leoninas que estos clubes han impuesto a las mujeres que tienen su lugar de trabajo como vivienda habitual.

La industria del sexo organizada en una patronal cerró los clubes por potestad gubernativa, pero ese cierre de los locales implicaba echar a cientos de mujeres a la calle, en algunos casos se pudo negociar con los propietarios la permanencia pero con unos costes muy altos para las trabajadoras. En otras ocasiones, de forma inhumana y poniendo en riesgo la salud de las trabajadoras se las echó a la calle sin contemplaciones.


Las mujeres que han podido negociar quedarse en su lugar de trabajo sin ejercer están contrayendo una deuda que va a redundar en una mayor explotación, pero a estos clubes no ha llegado la Inspección de Trabajo


Las mujeres que han podido negociar quedarse en su lugar de trabajo sin ejercer están contrayendo una deuda a futuro que va a redundar en una mayor explotación. Por supuesto, a estos clubes no ha llegado la Inspección de Trabajo para atender al riesgo grave de contagio al que se expone a las mujeres, tampoco ninguna autoridad sanitaria para inspeccionar la actividad de los establecimientos. Estos locales cuentan con licencia de hospedaje en su gran mayoría pero no se ejerce sobre ellos ningún control.

Las mujeres arrojadas de los clubes se ven de la noche a la mañana en una situación de calle sobrevenida para la que ni el Ayuntamiento de Madrid ni la CAM han habilitado recursos. En el pabellón del Ifema y otros recursos asistenciales se rechaza a las mujeres trans sistemáticamente como han podido corroborar los colectivos gracias a la denuncia de algunas mujeres.

A un porcentaje altísimo de estas trabajadoras las atraviesa como una condena la maldita Ley de Extranjería, esa norma genocida y xenófoba que niega el derecho de ciudadanía a tantas y tantas migrantes que, como ellas, están condenadas a la economía sumergida y a vivir en la clandestinidad. Sin papeles, están a merced de los dueños de los clubes de alterne.

¿Por qué las trabajadoras sexuales no han sido tenidas en cuenta en las medidas de emergencia de este Gobierno progresista?

Estas trabajadoras, que son por derecho propio sujetos políticos, organizadas en sindicatos y colectivos, llevan años planteando demandas a los partidos políticos, sindicatos y a la sociedad en su conjunto, sin embargo sufren de forma sistemática la invisibilización cuando no directamente la persecución y hostigamiento. Basta recordar la batalla judicial contra el Sindicato OTRAS, a consecuencia de la denuncia interpuesta por la Comisión para la investigación de malos tratos a mujeres de la Plataforma 8 de Marzo de Sevilla.

La Audiencia Nacional falló a favor de la ilegalización, dando la razón a la Fiscalía y al Gobierno socialista con una sentencia que sentó un grave precedente negando el derecho de libertad sindical de estas trabajadoras al entender que no existe relación laboral en el ejercicio de su actividad. Al no reconocer la relación laboral, la sentencia negó a las trabajadoras un derecho fundamental ejercitable entre otros fines para conseguir la condición jurídica formal de trabajador. Una derivada más de la violencia institucional que soporta el colectivo y que hoy se demuestra hasta qué punto pone en riesgo la vida de estas trabajadoras.


Negar a las trabajadoras sexuales su condición de trabajadoras así como el ejercicio de libertad sindical es despojarlas de su condición de ciudadanas


Sin un reconocimiento legal, ha sido y es más difícil para las mujeres organizadas defenderse frente a las arbitrariedades de una patronal que demuestra, incluso en el contexto de una crisis sanitaria, ser aún más despiadada y miserable. El estigma que soportan hace que no sean creíbles socialmente y sus testimonios no sean tenidos en cuenta, lo cual opera siempre como una garantía de impunidad para los dueños de los clubes y los clientes. Las trabajadoras sexuales nunca van a estar seguras hasta que no se deje de elaborar leyes para castigarlas, esa violencia institucional se ha encarnado a lo largo de estos años en las ordenanzas cívicas o en la criminal Ley Mordaza que solo han tenido como consecuencia una mayor criminalización de este colectivo.

En una sociedad donde la principal vía de integración social es el trabajo, negar a las trabajadoras sexuales su condición de trabajadoras así como el ejercicio de libertad sindical es despojarlas de su condición de ciudadanas condenándolas a la invisibilidad, la exclusión y la marginación social.

El paquete de medidas del Gobierno para afrontar la crisis, por descontado insuficiente, tampoco aborda la situación de vulnerabilidad de este sector ya que la falta de reconocimiento de derechos las deja fuera de los sistemas de protección de riesgos y transferencias de rentas de los que disfrutan otras trabajadoras. Para ellas no hay ERTE que valgan ni pueden acudir a los servicios sociales porque las coloca en riesgo. La clandestinidad de su trabajo las obliga a perder entre un 10 y un 20% de sus ingresos que derivan a terceros para acceder a prestaciones básicas como alquilar una vivienda o comprarse un vehículo, el problema es siempre el mismo, no pueden justificar sus ingresos.

Para ellas es necesario adoptar medidas específicas que pasan prioritariamente por  el reconocimiento de su actividad como un trabajo con los derechos aparejados: acceso al desempleo, bajas por enfermedad, jubilación, etc como cualquier otro trabajador. Para paliar la emergencia, destinar alojamientos con carácter inmediato para todas las mujeres que se han quedado en situación de calle, con especial atención a las mujeres trans para quienes no hay recursos específicos ni en la ciudad de Madrid ni en la Comunidad y no podemos olvidar la regulación inmediata de las mujeres sin papeles, doblemente desprotegidas. Desde los colectivos de trabajadoras sexuales están apoyando el establecimiento de una renta básica universal e incondicional para paliar de forma inmediata la ausencia de ingresos y evitar que sigan contrayendo deudas.

Las feministas debemos luchar contra la invisibilización de las trabajadoras sexuales en tiempos de pandemia y cuando salgamos de la cuarentena, cuando la primavera estalle y retomemos poco a poco nuestras vidas, ellas seguirán soportando enormes niveles de opresión en condiciones mucho peores porque la crisis las habrá dejado con deudas, sin casa o con la amenaza de perder a sus hijos si se han atrevido a recurrir a los servicios sociales.

Desde la sororidad feminista que debe guiarnos es una tarea impostergable romper con las murallas de la estigmatización social de las “putas“ porque esas murallas dividen a las mujeres y son funcionales al sistema.

 

Mujeres de la calle

En el debate entre partidarias de la legalización o la abolición de la prostitución se olvida el acoso legal y policial a las prostitutas que ofrecen sus servicios en las calles

 

MANUEL DELGADO

Barcelona, 9 de abril de 2020

https://elpais.com/elpais/2020/03/08/seres_urbanos/1583691202_327468.html

 

La conveniencia de prohibir o legalizar la prostitución ha provocado encendidos debates. Al margen de cuál sea el resultado legal de tales debates, lo cierto es que hay un tipo de prostitución que está prohibida en casi todas las ciudades que es la que se ejerce en la calle, y por extensión, en descampados o carreteras, es decir, a la intemperie. Esas mujeres —todavía más en el caso de las transexuales— son víctimas del acoso no solo de chulos y clientes, sino también de una policía que muchas veces también las humilla y las sanciona en nombre de todo tipo de ordenanzas cívicas y, en España, de la Ley de Seguridad Ciudadana, la llamada ley mordaza. Curiosa forma esta de luchar contra la explotación sexual, la de asediar y castigar a las explotadas.

En cualquier caso, los castigos a las prostitutas por ejercer su actividad en la calle dan a pensar que lo inaceptable no es que existan situaciones injustas, sino que se vean. El trato que reciben las prostitutas de calle advierte también de cuán diferente es el derecho a la vida pública que disfrutan los hombres y que se niega o regatea a las mujeres.

Hace poco, en este mismo blog, recordaba que el héroe principal de la modernidad urbana es, sin duda, el transeúnte desconocido, un ser indeterminado que existe sin origen ni destino en ese colosal umbral que es la calle misma. Se trata del flâneur al que Baudelaire elogió, paseante ocioso que goza mezclándose con la multitud, viandante sin filiación que se asimila a su vez a la figura no menos inconcreta del llamado hombre de la calle, cuerpo humano sin identidad ni atributos que circula con libertad, sin tener que brindar explicaciones, puesto que ejerce el derecho a definir su subjetividad aparte. El hombre de la calle se identifica, a su vez, con el protagonista del sistema político democrático-liberal: el ciudadano, ser soberano y autónomo depositario de derechos y deberes.

Me matizo a mí mismo. El flâneur baudeleriano difícilmente podría ser unaflâneuse, puesto que su hábitat natural —la calle— es un dominio usado con libertad solo por los hombres y controlado por ellos. Todo lo que se pudiera decir sobre el hombre de la calle no sería aplicable a una mujer de la calle que, como se sabe, es algo bien distinto. Una mujer de la calle no es la versión en femenino del hombre de la calle, sino más bien su inversión, su negatividad. Significa prostituta, situada en el estrato más bajo de la jerarquía moral de las conductas. No es casual que a su trabajo se le llame eufemísticamente “hacer la calle” y a ellas, mujeres de las esquinas o peripatéticas. La literatura y el cine han hecho de ellas uno de sus personajes predilectos. Y la canción también.

Una mujer de la calle es aquella que confirma las peores sospechas que pueden recaer sobre una mujer que ha sido vista sola, caminando por la calle, detenida en una esquina cualquiera. Es aquella a la que le tiene sin cuidado su reputación, puesto que esta no puede sufrir ya un mayor deterioro. Es la puta callejera, en el escalafón profesional de las meretrices la que ocupa el peldaño más bajo, alguien cuya presencia supone una anomalía a corregir. Está sola, ahí, ante todos, y espera ser acompañada por ese hombre al que en cierto modo convoca con su soledad, puesto que señala un lugar vacante, que no es sino el del varón que debería naturalmente ir a su lado.

Lo mismo pasa con la noción de hombre público. Es el político o el profesional que desarrolla su actividad sometido a valoración por parte de los demás, de cuyo juicio depende. En cambio, para la RAEmujer pública se aplica a una persona para la que el calificativo pública indica que es accesible a todos. No es que esa mujer esté en el espacio público, sino que es parte de él, definido precisamente a partir del principio de accesibilidad que en teoría lo rige. Lo contrario de una mujer pública es una mujer privada; no una mujer que disfruta de vida privada, sino que es propiedad de un hombre y accesible solo para él.

Una mujer pública es también, como todo el mundo sabe, una manera de designar a una prostituta. El caso es que las normativas y las ordenanzas sarcásticamente llamadas “cívicas” de casi todas las ciudades van en dirección contraria de lo que se supone que debería ser el esfuerzo de las instituciones por asegurar lo que esas mujeres –en palabras de Margarita Carreras, una de sus portavoces y miembro del colectivo LICIT– quieren y necesitan desde el punto de vista de las no abolicionistas: acceso a los recursos de los que pueden beneficiarse las mujeres maltratadas, así como el cese de las vejaciones y maltratos procedentes de las propias instancias –sanitarias, asistenciales, policiales– que deberían protegerlas, cobijo jurídico gratuito, tarjeta de residencia y de trabajo para las extranjeras, derechos laborales… Ese es el sentido de la tesis doctoral reciente de la antropóloga Livia Motterle sobre el movimiento de las Prostitutas Indignadas en Barcelona.

Se habla pues de un ejemplo especialmente elocuente de la brutal asimetría en la relación de hombres y mujeres con la calle como espacio al mismo tiempo físico y social. Si es un varón, ese ser humano sin nombre que está ahí fuera es el rey de la creación democrática; si es una mujer, convoca sobre sí todo el estigma y la indignidad del mundo. Esa extraordinaria distancia simbólica delata la gran mentira del espacio público, esa superstición que lo supone escenario natural de la igualdad y la justicia democráticas.