Entrevista a Laura Agustin: trabajo sexual y migración en su novela “The Three-Headed Dog”

 

 

SWARM (Movimiento de defensa y resistencia de las trabajadoras sexuales)

 

https://www.swarmcollective.org/

 

30 de junio de 2017

 

https://www.swarmcollective.org/blog/2017/6/30/qa-with-laura-agustin-sex-work-migration-in-the-three-headed-dog

 

Para cualquier persona interesada en la política del trabajo sexual y la migración, Sex at the Margins de Laura Agustin es un texto fundamental que explora la forma en que se vende el sexo, especialmente en lo que se refiere a las personas indocumentadas, mientras las personas se mueven por el mundo. Conocida por su crítica a las ONG que luchan contra la trata de personas, extremadamente ineficientes, Agustín acuñó la frase “industria del rescate” y no ha dejado de hablar con franqueza condenando este sector.

Una década más tarde Agustín ha publicado otra visión sobre la prostitución y la diáspora —The Three-Headed Dog (en español, El perro de tres cabezas) usando la ficción para explorar los mismos temas. The Three-Headed Dog cuenta la historia de Eddie, un niño de la República Dominicana, que desaparece en su viaje a España. Lo busca un detective nada sentimental, Félix, que se da cuenta de que Eddie ha quedado atrapado en medio de una reyerta de contrabandistas de migrantes.

SWARM se encontró con Agustín para charlar sobre su novela.

 

SWARM: The Three Headed Dog se niega a tomar una posición moral sobre la venta de sexo. Algunos de tus personajes que trabajan sexualmente lo están pasando mal, otros son ambivalentes. En Sex at the Margins, señalas que “dentro del discurso sobre los servicios, la limpieza y los cuidados se tratan con cierta sutileza, pero el debate sobre la venta de sexo se centra en las ideologías y la moralización”. Obtener el mismo nivel de sutileza en las conversaciones sobre la prostitución a veces parece imposible. ¿Crees que es así?

LA: En mis charlas públicas, presento mucha información matizada e inquietante, y las preguntas posteriores son tranquilas e interesantes. Pero rara vez he tenido éxito en desviar “debates” desde el nivel ideológico, porque es donde los rescatadores buscan manifestar su indignación moral en voz alta y clara. Y los cruzados anti-prostitución se comportan como si estuviéramos en guerra por un símbolo en lugar de discutir soluciones posibles y parciales.

Pero en las conversaciones normales de la vida diaria, generalmente es fácil. Todos conocen a alguien que vende sexo o está considerando venderlo y han escuchado y entienden que puede ser la mejor opción para esa persona.

SWARM: Para los migrantes, ¿cuáles son los efectos en la vida real de este discurso torpe e impulsado por la ideología?

LA: Un migrante documentado que vive y trabaja legalmente en un lugar donde es legal vender sexo, como individuo ocupa un espacio similar a los ciudadanos comunes y, por lo tanto, puede estar interesado en el activismo y los derechos, o no. Pero un migrante indocumentado no tiene permiso para siquiera estar, vivir o trabajar donde está, por lo que incluso si se instaurara una mejor ley de prostitución, no se le aplicaría. Uno de los principales objetivos de los migrantes indocumentados es permanecer sin ser detectados por el radar, no cruzar caminos con las autoridades, no pedir nada al Estado. Incluso participar en una manifestación puede verse como indeseablemente arriesgado. El estigma se entiende como una característica inamovible de la vida.

SWARM: La narrativa más controvertida en The Three Headed Dog es la de Eddie. Es menor de edad y comienza a vender sexo. Si conocieras a Eddie en la vida real, ¿cómo responderías a su situación?

LA: He conocido Eddies de la vida real, si nos referimos a niños en su adolescencia que caen en la venta de sexo cuando salen de casa, necesitan dinero y no tienen mucha educación o muchas opciones. La respuesta del detective Félix es mi respuesta: ¿Está pidiendo ayuda? No. ¿Obligarlo a regresar con su familia realmente lo protegería? No. Él ha decidido atacar por su cuenta; es una etapa de la vida; él quiere aprender sobre el mundo. ¿Tengo una alternativa para ofrecerle? No. ¿Vender sexo es un destino peor que la muerte? No. 

SWARM: Has dicho: “He visto todo lo que sucede en este libro. He conocido personas que pensaban y actuaban de esta manera”. ¿Hay algún personaje de la vida real especialmente memorable que haya inspirado a The Three Headed Dog?

LA: A principios de la década de 1990 viví en la República Dominicana, haciendo prevención de VIH-SIDA con hombres homosexuales, trabajadoras sexuales y turistas. Me enviaron a la isla para hablar con grupos de las mujeres más pobres que estaban pensando en viajar al extranjero. Sabían que había dos empleos disponibles para ellas: prostituta y empleada doméstica. Las escuché discutir los pros y los contras de ambos. En una ciudad quedaban pocas mujeres menores de 40 años, porque todas habían emigrado, en cadenas familiares. Más tarde, las volví a encontrar en Amsterdam y Madrid y escuché los mismos argumentos, siendo la diferencia que ahora muchas de ellas hacían ambos trabajos.

SWARM: Si bien no entras a moralizar sobre el trabajo sexual, en lo que sí tomas posición es en la migración. Has descrito las fronteras europeas como “las puertas del infierno”. ¿Dirías que es una opinión compartida por muchos migrantes?

LA: Los posibles migrantes ven las noticias de barcos volcados, guardias fronterizos armados y vallas de alambre de púas. Pero todos conocen a alguien que ha sobrevivido, y emprender el viaje es creer que se puede hacer. Muchos migrantes creen que nada podría ser peor que el lugar donde están atrapados. Pero cualquiera que estudie con el tiempo, como yo, lo que sucede en las fronteras, junto con las políticas disfuncionales, bien podría estar de acuerdo en que el nombre que mejor lo describe es el de Puertas del Infierno.

SWARM: The Three Headed Dog desarrolla una idea que expusiste en Sex at the Margins: que la descripción de todos los migrantes como vulnerables y victimizados es problemática. Los viajeros de los países ricos se posicionan como valientes y teniendo el control; los migrantes menos ricos como dignos de lástima. ¿Existe el peligro de que esta postura oculte las desigualdades genuinas?

LA: ¿Por qué debería el reconocimiento de las desigualdades estructurales significar la victimización de los menos iguales? Nunca lo he entendido. Desigual en términos de dinero y poder no significa desigualdad en la autonomía, las conexiones, la inteligencia de la calle o las agallas. Desde el punto de vista de una persona privilegiada del primer mundo, lo más importante acerca de los “migrantes económicos” puede ser su abyecta desigualdad. Pasas al punto de vista de los migrantes y escuchas otra cosa, y no es digna de lástima. Centrarse en la desigualdad conduce lógicamente al autoposicionamiento como un proveedor de auxilio: la industria del rescate. Y si los auxiliadores creen que todos deben querer estar en sus hogares originales, esto conduce a la deportación.

SWARM: Tú señalas en Sex at the Margins que para muchos migrantes que venden sexo, obtener un lugar seguro para vivir y documentos es más importante que unirse a un movimiento de derechos de trabajadoras sexuales. En The Three Headed Dog, el único personaje que es un trabajador activista es ineficaz y tonto. ¿Cuál es tu opinión sobre la forma en que las organizaciones de derechos de las trabajadoras sexuales están actuando?

LA: Ah, estás siendo un poco mala con la mujer activista Ella trabaja en un proyecto de salud, y aunque no es trabajadora sexual, obviamente se siente solidaria con ellas. Pero está muy frustrada, lo cual es comprensible. Intentar ayudar a los inmigrantes indocumentados y a las trabajadoras sexuales puede ser una tarea ingrata, porque casi no hay forma de evitar las leyes que los hacen deportables. El obstáculo para las organizaciones de derechos de las trabajadoras sexuales es el mismo: exigir derechos para las trabajadoras que son legales es ya lo suficientemente difícil como para intentar además reclamar derechos para las inmigrantes sin permiso para trabajar. Y además de eso, los cruzados morales están llamando víctimas de trata a todas las mujeres migrantes que venden sexo. Es un trabajo cuesta arriba.

 

Los libros de Laura Agustin están disponibles en Amazon: The Three-Headed Dog ; Sex at the Margins: Migration, Labour Markets and the Rescue Industry

Puedes encontrar el blog de Agustin aquí: http://www.lauraagustin.com/

Y síguela en Twitter: @LauraAgustin

Anuncios

Remasculinización del Estado y precariedad feminizada

 

Por Sabrina Sánchez

 

1 de abril de 2018

 

 

La directora de cine francesa Virgine Despentes comentó recientemente que estamos en guerra, en una guerra que los ricos iniciaron en el año 2000 contra los pobres y la están ganando, es una guerra incomprensible, como si todo lo que tuvieran no fuera suficiente, como si lo quisieran todo.

Con los atentados del 11-S comenzó, so pretexto de la seguridad y la lucha contra el terrorismo, el control aún más férreo de las fronteras del llamado primer mundo y el hecho de tener a un ultraconservador en la Casa Blanca ayudó a matar dos pájaros o más pájaros de una pedrada, acentuar la brecha entre ricos y pobres, supervigilar a la población y acabar con todo tipo de comercio sexual bajo el pretexto de combatir la trata de personas.

El papel que ha desempeñado el gobierno estadounidense en la cruzada abolicionista es determinante: ha logrado extender su postura convirtiéndolo en proyecto de los gobiernos de varios países, sabemos que Estados Unidos está prohibido el comercio sexual en sus dos vertientes (venta y compra) excepto en Nevada. La postura conservadora del gobierno estadounidense fortaleció la participación de las feministas neoabolicionistas dentro de la ONU, que lograron imponer su rechazo al trabajo sexual en el Protocolo de Palermo. Mediante USAID, el gobierno estadounidense obligaba a los grupos de activistas contra el sida a firmar una declaración de que no trabajarían con prostitutas (anti prostitution pledge). En ese entonces algunas feministas empezaron a hablar de todas las mujeres (sólo cis) en el comercio sexual como esclavas sexuales y dejaron de reivindicar sus derechos laborales.

En este contexto de guerra contra los pobres, la gente de los países del sur, como era de esperarse, emigran masivamente hacia el norte buscando un mejor horizonte, para lxs latinoamericanxs el destino habitual para migrar eran los Estados Unidos, pero al endurecerse la política migratoria, se convirtió en una empresa más peligrosa y económicamente más costosa, así que se comenzó a mirar hacia la antigua metrópoli, que en esos años gozaba de una gran expansión económica gracias a la lluvia de millones proveniente desde la UE, así como la política interna de recalificación del suelo para urbanizar todo lo urbanizable y que buscaba desesperadamente mano de obra muy barata para la construcción, evidentemente ante este boom, las mujeres también comenzamos a migrar a Europa.

En este sentido, la visión de género también impregna la experiencia de migrar, mientras los hombres que deciden hacerlo – abandonar su tierra y buscar oportunidades- son vistos como “aventureros” o que hacen lo que tienen que hacer para “mantener a su familia”, cuando una mujer (cisgénero) decide hacerlo, nunca se le ve de la misma manera, el discurso colonialista vuelve a victimizar a las mujeres, como si nosotras no pudiéramos tomar la determinación de abandonar nuestro país de origen para mantener a nuestras familias, sino que la narrativa es que “somos sustraídas de nuestros hogares” (nuestro lugar “natural”) por terribles mafias que nos obligan a prostituirnos, cuando muchas veces ya se hacía ese trabajo en el lugar de origen o ya lo tuviéramos contemplado como una opción viable en nuestro plan de migración.

Hay situaciones desgarradoras que viven las migrantes centroamericanas. Mujeres que van caminando desde Honduras o El Salvador, y al llegar a territorio mexicano, ofrecen sus servicios sexuales para sobrevivir y poder continuar su viaje hacia Estados Unidos. Los operativos que las “rescatan” las deportan a sus países, justo de donde vienen huyendo, lo mismo se repite en la fortificada Europa.

Es sorprendente que la preocupación neoabolicionista que utiliza el discurso de las víctimas y la explotación, no dé cuenta en su denuncia de los elementos del sistema capitalista que afectan a toda la población. Al igual que en cualquier otro oficio o profesión, el trabajo sexual genera plusvalía. Sólo que esta actividad, que se encuentra al margen de la regulación laboral, se manifiesta sin derechos laborales y con formas que generan exclusión y violencia. Ahora bien, en el discurso de los neoabolicionistas es frecuente escuchar la expresión “explotación sexual”, sin que se reflexione que justamente por la falta de regulación muchas de las trabajadoras sexuales son explotadas por empresarios particulares, el crimen organizado y por las autoridades.

El término explotación sexual, parte fundamental del léxico neoabolicionista, tiene una connotación negativa que no se aplica a los demás trabajos asalariados, donde también existe explotación. Que se insista en denunciar la explotación sexual en lugar de la explotación laboral en todas sus formas pone en evidencia que lo que importa y escandaliza es lo relativo a la sexualidad, dado que las voces más feroces de este neoabolicionismo se han beneficiado también del sistema capitalista y pretenden seguir viviendo de él por medio de la industria del rescate, como la denominó la antropóloga argentina, Laura Agustín.

Para esa “socialdemocracia” rancia cuya moral es igual a la derechona, queda muy feo y políticamente incorrecto imponer su propia visión de la sexualidad a esa sociedad que dicen defender. De las derechas ya sabemos que funcionan así, pero la trampa de esa “izquierda” es disfrazar algo que nunca les ha gustado tampoco como es el comercio sexual, de lucha contra la trata de “mujeres y niñas” (solamente). Lamentablemente, los medios de comunicación saben que vende más un reportaje sobre esclavas sexuales o victimas explotadas sexualmente que uno sobre empleadas explotadas laboralmente, ya que los grandes conglomerados de medios que tenemos hoy en día consistentemente explotan a sus trabajadorxs y evidentemente no les interesa quedar retratados también como explotadores ante su audiencia. El pánico moral alimentado por los medios producen confusión entre la población en general que se queda en la superficie de algo tan complejo y heterogéneo como es el trabajo sexual, incluyendo a lxs políticos que están encargados de legislar al respecto.

En este sentido el MDM (no la droga, sino el Movimiento Democrático de Mujeres, brazo abolicionista del PSOE) viene haciendo una “labor de hormiga” en diferentes municipios implementando iniciativas para agregar a dichas entidades a la “red de municipios contra la trata de mujeres y niñas”, como el título es muy alarmante, lxs políticos se quedan sólo en eso y piensan: ¿quién en su sano juicio va a estar a favor de la trata? Sin dar oportunidad a un debate más profundo e intenso, involucrando a quienes ejercen esta actividad a dar su punto de vista sobre el trabajo que proporciona los recursos necesarios para la subsistencia.

Este tipo de iniciativas son utilizadas para impedir el pleno reconocimiento del trabajo sexual, entendido como actividad remunerada, voluntaria y entre adultos, estas leyes están redactadas desde una perspectiva neoabolicionista para eliminar toda forma de comercio sexual.

La precariedad laboral no es un fenómeno transitorio, más bien es una condición que se perfila como el elemento que cohesiona el nuevo capitalismo como modo de producción no sólo eficiente sino coherente. El fortalecimiento del neoabolicionismo ocurre en un momento en que las políticas neoliberales económicas han permitido la expansión del comercio sexual como nunca antes, con una proliferación de nuevos productos y servicios, y la transformación de las costumbres sexuales. En un contexto de desigualdad entre mujeres y hombres, con efectos materiales y simbólicos, la policía neoliberal está provocando lo que LoïcWacquant llama una remasculinicación del Estado, que consiste en un fortalecimiento del sistema patriarcal que enfatiza la desigualdad entre hombres y mujeres, considerando a estas últimas víctimas que deben ser protegidas, y no como trabajadoras con salarios miserables o desempleadas.

La preocupación escandalizada ante la explotación sexual contrasta con la indiferencia hacia la explotación de otras tantas trabajadoras que también son vulneradas. No se escuchan propuestas políticas para abatir este tipo de abusos, y al parecer no hay reacciones indignadas ni incomoda que las personas vendan su fuerza de trabajo en condiciones deleznables. El escándalo respecto a la explotación sexual tiene que ver más con la sexualidad que con el trabajo. Lo que más inquieta de la prostitución voluntaria es que subvierte el modelo tradicional de feminidad. Muchas personas consideran que “degrada” la dignidad de la mujer. El relajamiento de la moral sexual tradicional, en combinación con la disponibilidad sin precedentes de una variedad cada vez más grande de servicios sexuales, es lo que ha provocado la resistencia por parte de los neoabolicionistas, cuya cruzada moral intenta impulsar leyes que proscriban el trabajo sexual.

En suma, el neoabolicionismo es una estrategia tramposa que invisibiliza los derechos laborales y alimenta al puritanismo al imponer una concepción sexual conservadora de unas cuantas señoras blancas europeas de clase media que a toda costa quieren mantener el statu quo bajo el pretexto de luchar contra un crimen como es la trata de personas.

 


Sabrina Sánchez es activista trans* mexicana. Egresada de Periodismo por la UNAM, trabajadora sexual y Secretaria de Aprosex (Asociación de Profesionales de Sexo). Forma parte del colectivo t.i.c.t.a.c. – Taller de Intervenciones Críticas Transfeministas Antirracistas Combativas.

 

Hace 100 años, trabajadoras sexuales marcharon por sus derechos en San Francisco

Dirigidas por “madames”, más de 200 mujeres entraron en una iglesia de Tenderloin para protestar contra los cierres de burdeles.

Prostitutas descienden a la Iglesia Metodista Central el 25 de enero de 1917 para protestar por la inminente represión contra los burdeles en toda la ciudad.

https://www.modernluxury.com/san-francisco/story/100-years-ago-today-sex-workers-marched-their-rights-san-francisco

En la mañana del 25 de enero de 1917, el reverendo Paul Smith, un cruzado contra el vicio, abrió la puerta de la Iglesia Central Metodista en el Tenderloin, sorprendido de encontrar a 50 prostitutas que llamaban. Y las mujeres seguían viniendo, hasta que llegaron a más de 200. En la fotografía que publicaba el Boletín de esa noche, parecían señoras formales que iban a la iglesia, con sombreros, abrigos largos y tacones bajos. Se trataba de una inusual campaña pública de “mujeres del inframundo” -como decía el titular de la noche en el Boletín- que habían venido a hablar en contra de la represión de los burdeles planeada para el Día de San Valentín. En un discurso dirigido a Smith, una señora llamada Reggie Gamble proclamó: “Casi todas estas mujeres son madres, o tienen a alguien dependiendo de ellas. Son impulsadas a esta vida por las condiciones económicas. . . . No haces nada bueno atacándonos. ¿Por qué no atacas esas condiciones?”

Esta noche, para conmemorar el centenario de la marcha, las trabajadoras del sexo y sus partidarios marcharán desde el Museo de Tenderloin hasta la ubicación de la iglesia, O’Farrell y Leavenworth Streets, que ahora es el sitio de una tienda de licores. Un siglo más tarde, “todavía no existe tal cosa como la aceptación de los derechos de las trabajadoras sexuales”, dice Ivy Anderson, quien es la editora, con Devon Angus, del libro Alice: Memoirs of a Barbary Coast Prostitute. Anderson y Angus darán inicio a la noche en el Museo Tenderloin con una charla sobre la historia del trabajo sexual en San Francisco desde la fiebre del oro hasta 1917. Después, cuando los manifestantes lleguen a la iglesia, la educadora sexual y la defensora de los derechos iguales, Carol Queen, leerá El discurso de Madame Gamble en 1917.

Gamble, por supuesto, no consiguió persuadir al reverendo para que retrocediera. El día de San Valentín, la policía descendió a los burdeles de la ciudad -que estaban concentrados en la costa de Barbary- y los desalojó uno por uno. “Fueron de puerta en puerta a todos los burdeles y simplemente arrastraron fuera a las mujeres, cerraron los edificios y encerraron todas sus pertenencias”, dice Anderson. “El resultado principal no fue que la prostitución desapareció; sólo se trasladó a otra parte, a una clandestinidad más peligrosa “.

Para las prostitutas que habían perdido sus lugares de trabajo, esto era mucho más una batalla laboral que moral. Los salarios para las mujeres solteras en trabajos legítimos -digamos, como doméstica, una lavandera, una secretaria o una estenógrafa- alcanzaban los $ 6 por semana, dice Angus. “En el dinero de hoy, eso equivale a alrededor de $ 2 por hora, por 10 horas al día, seis días a la semana”, dice. La expectativa era que no se suponía que fueras una mujer soltera. Se suponía que su salario se sumaba a los de una familia, no que era el de una familia “.

La marcha fue el primer reflejo de lo que eventualmente se convirtió en el

“200 Mujeres del Inframundo discuten con el Reverendo Smith en la iglesia”, dice el titular del Boletín el día de la marcha

movimiento por los derechos de las trabajadoras sexuales. “A principios de los años 70 se ve la primera forma de organización de derechos de las trabajadoras del sexo, COYOTE, que se llamaba “Call of Your Old Tired Ethics”, dice Anderson. Desde 1917, lo principal que ha cambiado -sin tener derechos reales ganados- es la visibilidad de un movimiento por los derechos de las trabajadoras del sexo. Y COYOTE fue, apropiadamente, una creación de San Francisco. Anderson llama a la marcha de 1917 una “acción exclusivamente de San Francisco”: “Había prostitución en todo el país, sin embargo San Francisco es el lugar donde se ve un grupo organizado de trabajadoras sexuales tratando de organizarse por sus derechos”.

‘El trabajo sexual no es trata sexual’: una idea cuyo tiempo no ha llegado

 

Por Laura Agustin

 

19/09/2014.

 

https://www.lauraagustin.com/sex-work-is-not-sex-trafficking-an-idea-whose-time-has-not-come

 

 

Los que luchan contra la prostitución tienen la costumbre de usar absurdas simplificaciones para hacer que su cruzada sea clara y fácil de entender. La campaña funciona mejor cuando los argumentos son en blanco y negro y los eslóganes son pegadizos, obviamente, así que comprendo por qué algunos defensores de los derechos las trabajadoras sexuales ahora usan un eslogan que también reduce la complejidad a dos estados opuestos: el trabajo sexual no es trata sexual (a veces el adjetivo “sexual” de “trata” se omite). El propósito es aclarar la volición de las trabajadoras sexuales que demandan derechos laborales, pero para aquéllos que luchan contra el encuadre de la migración indocumentada y el contrabando de personas como ‘crimen organizado’, con los dos únicos papeles posibles de perpetrador y víctima, el concepto es moralmente un desastre.

 

Trabajo sexual no es trata sexual surgió (primero) de la negativa común de los abolicionistas a reconocer que alguien pueda vender sexo voluntariamente y (segundo) porque desde el principio comenzaron a alterar cualquier distinción entre prostitución y trata. Afirmaciones como ninguna mujer elegiría prostituirse y los gritos de infelices ex víctimas de que sus experiencias son ciertas para todas condujeron naturalmente a la insistente oposición a admitir que muchas optan por vender sexo, algunas amando sus trabajos y otros simplemente prefiriéndolo a sus otras opciones. Decir Trabajo sexual no es trata sexual es cosificar la actual narrativa de la trata, aceptando que se refiere a algo real y malo contra lo que se debe luchar. El eslogan intenta hacer que la identidad de una trabajadora sexual sea clara al distinguirla de una identidad de víctima de trata de personas: la libre contra la que no es libre. Decir que algunas de nosotras estamos dispuestas a vender sexo atrae la atención hacia aquéllas que no están dispuestas: un mecanismo de distanciamiento característico de las políticas de identidad. Afirmar que no necesito tu ayuda o compasión significa que aceptas que otras personas sí lo necesitan: aquellas que realmente son víctimas de trata.

 

Esto es aceptar las leyes represivas, la infantilización de las mujeres, el colonialismo, la política antiinmigratoria y toda una gama de ofertas de la Industria del Rescate: sólo que todo eso no es para las verdaderas trabajadoras sexuales. Dice vosotros ganáis a los activistas anti trata, incluso sin intención de hacerlo. Arroja debajo del autobús a todas las inmigrantes, documentadas o no; a las que no les gusta mucho vender sexo y no se llaman a sí mismas trabajadoras sexuales, pero sin embargo no quieren ser salvadas o deportadas. Convierte en las otras a las muchas que tienen un control limitado sobre sus vidas, sienten la presión de ganar dinero de la forma que sea o quieren huir del infierno y escapar a cualquier otro sitio y hacen lo que haga falta para llegar allí. Esto incluye a los adolescentes que abandonan hogares que odian y terminan en la calle o evitan la calle intercambiando sexo por un lugar donde vivir.

 

Se ha negado toda la gama de complejidad y diversidad que en la actualidad se incluye en el término víctima de trata. Años de intentos de llevar la justicia y los matices a un mal marco penal son ignorados. La miríada de formas diferentes de sentirse forzado, obligado o coaccionado a dejar el hogar o tener relaciones sexuales por dinero o dar algo del propio dinero a otra persona han desaparecido. Y sí, entiendo que la victimización de la industria de rescate hace que la gente se sienta ansiosa por ofrecer algo que pueda captar el público en general. Pero el eslogan trabajo sexual no es trata sexual solo contribuye al reduccionismo impulsado por activistas anti prostitución y anti trata.

 

Es deplorable Evítalo.

 

–Laura Agustín, the Naked Anthropologist

Cuando una puta se empodera, una abola queda desarmada.

 

Porque el arma de las abolas es hacerse pasar por caritativas salvadoras de víctimas de trata y aguerridas feministas en lucha contra la violencia machista sufrida por las prostitutas.

Pero esa careta se cae y aparece la cara de Lidia Falcón cuando una puta dice que ella no es víctima ni de trata ni de violencia ejercida por los clientes.

Cuando una puta se empodera y dice que es una mujer que no renuncia a ninguno de sus derechos, se viene abajo la estrategia mentirosa de las abolas y pasan, cegadas por la rabia impotente, a acusar directamente a la puta de degenerada.

Y eso es lo que desarma al abolicionismo: tener que reconocer que la suya es una campaña moral contra las putas degeneradas, contra las putas desvergonzadas.

Porque cuando el abolicionismo declara abiertamente que está contra la libertad sexual de las mujeres; que está contra los derechos laborales de las trabajadoras; que quiere imponer la moral patriarcal fundamentalista de los antiabortistas a las “malas mujeres”, se enfrenta directamente a los derechos fundamentales de las mujeres, se muestra como lo que es: un agente camuflado de la reacción antidemocrática.

El empoderamiento de las putas amenaza de muerte al abolicionismo y lo saben. Por eso han lanzado el señuelo de la “revuelta de las putas” y quieren introducir su caballo de Troya como representante de las putas empoderadas ante las feministas de buena fe. ¡Ella, la víctima desempoderada por antonomasia, presentándose como la líder de la revuelta de las putas!

La cruzada moral debe quedar oculta a los ojos de la opinión pública. No se debe permitir hablar a las putas empoderadas y, si hablan, habrá que acusarlas de estar a sueldo de los proxenetas, o de estar disociadas. Pero si siguen hablando, a las abolicionistas no les quedará más remedio que enseñar sus cartas y acusarlas abiertamente de degeneradas y desvergonzadas.

Cuando una puta se empodera, a la abola se le pone cara de Lidia Falcón.

Por qué el movimiento antitrata ignora las voces de las trabajadoras sexuales

 

Por Benjamin L. Corey

3 de junio de 2016

 

http://www.patheos.com/blogs/formerlyfundie/why-the-anti-trafficking-movement-ignores-the-voices-of-sex-workers/

 

Cuando estaba a la mitad de mi doctorado que incluía una extensa investigación de campo en el mundo de la trata de personas, tuve una pequeña crisis: lo que estaba aprendiendo y descubriendo no se ajustaba a lo que yo creía que iba a estar en el estudio.

Tuve previamente unas pocas experiencias que desencadenaron inicialmente en mí la necesidad de reconsiderar la narrativa de la trata con la que había empezado. La primera fue yendo en taxi por las calles de Bombay cuando una colega me dijo que estaba dolorida porque había sido golpeada durante un rescate en un burdel la noche anterior.

“¿Quién te pegó?”, pregunté. “¿Los tratantes?¿La policía?”

Respondió: “No, la mujer me golpeó porque no quería que yo la rescatara. Pero algún día me lo agradecerá”.

Todavía recuerdo cómo bajé la cabeza y cerré los ojos al darme cuenta de que eso sonaba realmente jodido.

Ese fue mi primer momento importante en el que me di cuenta de que algo iba mal en el movimiento, pero tuve también otras experiencias.

Otro fue cuando fui a entrevistar a trabajadoras sexuales en burdeles situados en las afueras de la ciudad. Cada una tenía una historia compleja y llena de matices, circunstancias individuales y decisiones personales. Al descomprimir las entrevistas con un colega, me sorprendí a mí mismo diciéndome que necesitaba alguna forma de redefinir la trata, ya que ninguna de las trabajadoras sexuales a las que había entrevistado reunía los criterios legales de fuerza, fraude o coacción, ni quería siquiera dejar el burdel cuando las pregunté qué haría falta para que se fueran del mismo. Tenían historias complejas y a menudo tristes, pero no eran víctimas de trata, como yo había supuesto.

No había dos historias iguales y casi nada de lo que estaba aprendiendo de las trabajadoras sexuales se ajustaba a lo que yo había creído previamente: no era una situación de blanco y negro en la que todas o eran víctimas de trata o deseaban ser “rescatadas”. Así que empecé a pensar formas de hacer que sus historias se ajustaran a mis creencias: hasta que me di cuenta de que seguir por ese camino sería un error.

En cuanto a mí, sabía que sólo tenía una opción: tenía que abandonar mi sesgo de confirmación (tendencia a sólo creer / considerar la información que se ajusta a la creencia previamente sostenida), y seguir dondequiera que la investigación / datos me condujeran, para que pudiera publicar mi tesis y observaciones posdoctorales con una conciencia limpia. Ese viaje (que abarca unos cuantos años más de investigación) me dejó con puntos de vista sobre la trata de seres humanos que radicalmente no están de acuerdo con la narrativa evangélica tradicional sobre el tráfico de seres humanos, pero que así sea. He seguido los datos con honestidad, y aquí es donde aterricé.

Una de las principales observaciones de mi estudio (que se basó en gran medida en el examen de las organizaciones de trata a través de la teoría del movimiento social) fue la siguiente: muchas organizaciones anti-trata basadas en la fe habían mezclado lentamente la trata y el trabajo sexual hasta el punto de que muchos ya no son exclusivamente anti-organizaciones de trata. En su lugar, muchos se han convertido funcionalmente en organizaciones contra la trata, contra la pornografía y contra la prostitución (lo que es totalmente su prerrogativa, pero seamos honestos y al menos llamémoslo por su nombre).

Curiosamente, esto también sucedió en el siglo XIX cuando los evangélicos trataron el tema de la trata de personas: lentamente se transformó con el tiempo y finalmente se convirtió en un movimiento contra la prostitución. De hecho, incluso el término que originalmente usaron para definir la trata finalmente significó prostitución y no trata en absoluto, lo que es precisamente lo que vemos con el término moderno “trata sexual”. Lo que alguna vez fue un término para identificar “la fuerza, el fraude y la coerción” en algunos lugares se utiliza ahora para referirse al comercio sexual en general, exactamente igual como sucedió hace ciento cincuenta años.

Darme cuenta a través de la teoría del movimiento social de que gran parte del movimiento contra la trata de seres humanos se está transformando y se está convirtiendo cada vez más en un movimiento contra la industria del sexo, me llevó a otra observación interesante y más inquietante: el movimiento se está centrando rápidamente en “ayudar” a un grupo de gente que ni siquiera conocemos.

Más adelante en mi investigación empecé a entablar más diálogo con la comunidad de trabajo sexual, lo que confirmó la corazonada que tuve en la India hace años: las historias de aquellas que integran la comunidad de trabajo sexual son individuales, variadas, matizadas y complejas, y no se ajustan a algunas narrativas prefabricadas donde un tamaño vale para todos. También se hizo evidente, y atestiguado, que demasiados en el movimiento de lucha contra la trata no dialogan con la comunidad de trabajo sexual. Ni han dialogado nunca. En cambio, oigo voces que expresan sentimientos de ser silenciadas, ninguneadas, estigmatizadas, ignoradas e incluso tuteladas por extraños que piensan que saben lo que es mejor para ellas, sin siquiera conocerlas a ellas o conocer sus historias individuales.

Podrían haber escuchado algunas historias que luego fueron generalizadas y aplicadas a todo un grupo de personas, pero esto no hace que esas generalizaciones o experiencias sean verdaderas para todas, sin importar cuán sinceramente uno quiera creerlo.

Lo que está ocurriendo hoy en el movimiento antitrata / anti-inudustria del sexo sería ofensivo en cualquier otro contexto. Es una forma de colonialismo moral: “hola … estoy aquí, tengo objeciones morales a cómo estás viviendo, y sé exactamente cómo tu vida necesita cambiar sin siquiera escuchar tu historia”. La única razón por la cual esto es tolerado en este contexto es debido a la estigmatización asociada con la industria del sexo, una estigmatización que a menudo es perpetuada por las mismas personas que dicen que quieren ayudar. (Y por cierto que no son solo los evangélicos. Las feministas de izquierda están haciendo lo mismo: silenciar a las trabajadoras sexuales, reforzar los estigmas sociales y tratar a las personas de la industria del sexo como si fueran víctimas indefensas que carecen de cualquier autonomía personal. Desde luego que estos dos grupos hacen extraños compañeros de cama.)

Aquí está la conclusión: este nuevo movimiento contra la industria del sexo es un movimiento dirigido a “ayudar” a gente con la que muchos no hablarán ni siquiera escucharán. Eso me parece una pobre manera de llevar a cabo nuestra misión.

Y lo que peor es esto: si realmente queremos abordar la trata de seres humanos, las integrantes de la comunidad de trabajo sexual deberían ser nuestras aliadas más cercanas, porque son las que mejor conocen lo que pasa y las más fervientes defensoras de las que están siendo explotadas. Pero en cambio, las hemos alienado a expensas de nuestra propia misión, y eso perjudica a la gente.

Los primeros asientos en la mesa deberían ser reservados para las integrantes de la comunidad de trabajo sexual – y todos los demás deberían escuchar.

Entonces, ¿por qué tenemos un movimiento entero dedicado a “ayudar” a un grupo de personas con las que el movimiento ni siquiera está hablando? ¿Por qué las conferencias contra la trata a menudo carecen de oradores que estén en desacuerdo con la postura feminista izquierdista o evangélica acerca de la industria del sexo? ¿Por qué las voces de aquellas que están en la industria del sexo son silenciadas, ignoradas y totalmente despreciadas?

Pienso que la respuesta es compleja, pero en el fondo de ella es ésta: la realidad ensuciaría realmente nuestros sesgos de confirmación y complejos del salvador, y esos sesgos y complejos trascienden los binarios liberal contra conservador o secular contra religioso.

Pienso que la respuesta es compleja, pero en esencia es ésta: la realidad ensuciaría realmente nuestros sesgos de confirmación y complejos del salvador, y esos sesgos y complejos trascienden los binarios liberal versus conservador o secular versus religioso.

Es conveniente creer que todo el mundo es una víctima, porque hay un pago para nosotros: tenemos que desempeñar el papel que nos gusta jugar. Es más difícil entrar en el desorden y la complejidad de la vida y sentarse y escuchar las historias de las personas, especialmente cuando esas historias no terminan con nosotros salvándolas.

El trabajo contra la trata de personas es importante, por eso he dedicado cuatro años de trabajo doctoral. Pero la narración con la que empezamos no es un modelo de tamaño único; la realidad es siempre más compleja. Sí, encontraréis casos que encajan con la narrativa: personas que están atrapadas en fraude, fuerza o coerción y que necesitan ayuda. Pero también encontraréis una serie de experiencias, como personas que disfrutan de su trabajo y quieren que sus derechos y su seguridad sean protegidos, o incluso historias profundamente conmovedoras y hermosas como las de las trabajadoras sexuales que se especializan en ayudar a las personas con discapacidades severas (personas que uno llega a ver más como humanitarias que como víctimas indefensas).

Así que al final, ¿por qué una parte tan grande del movimiento contra la trata de personas ignora las voces de las trabajadoras sexuales? Es porque cuando las escuchas, la narrativa de “todo el mundo es una víctima” se desmorona, y eso nos obliga a repensar nuestro enfoque, nuestras filosofías, las leyes perjudiciales que defendemos (como el modelo nórdico), y todo lo demás. Básicamente, me temo que si escucháramos las voces de las trabajadores sexuales tendríamos que dejar de hacer lo que estamos haciendo, y empezar todo de nuevo.

Y eso es demasiado problema.

Es mucho más fácil seguir operando bajo nuestros sesgos de confirmación, porque cuando hacemos eso, nunca tenemos que salir del blanco y el negro, y adentrarnos en el gris que es la vida real.

 

¿Por qué todo el mundo está tan dispuesto a creer ‘falsas noticias’ acerca de la trata sexual?

 


“Es como si no tuviéramos suficiente empatía para entender las opciones de los demás y, por lo tanto, decidimos privarlos de su autonomía”

Por Elizabeth Nolan Brown

 

1 de mayo de 2017

 

http://reason.com/blog/2017/05/01/free-thoughts-podcast-en

 


Hablo con los anfitriones Aaron Ross Powell y Trevor Burrus sobre la fusión de la prostitución consensuada y la trata sexual en la cultura y los juzgados de los Estados Unidos, tanto en general como en términos de recientes casos de gran audiencia (como el caso de la Junta de Revisión y la autonomía de “K-girl” en Seattle el año pasado). ¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Quién está dirigiendo la confusión? ¿Quiénes son los ganadores y perdedores en la cruzada quijotesca de Estados Unidos para “acabar con la demanda” de la prostitución? ¿Y por qué tantas personas parecen estar tan dispuestas a creer “falsas noticias” sobre las trabajadoras sexuales y la trata de personas?

Como sociedad, parece que “desesperadamente queremos despojar a estas mujeres de la autonomía [y pensar] que se ven forzadas a hacerlo”, observa Powell, “y parece que es parte de esta actitud más amplia de ’yo no quiero hacer el trabajo X, y no puedo imaginarme haciendo trabajo X, y por lo tanto cualquier persona que haga el trabajo X debe hacerlo contra su voluntad. ‘ Y así lo ves en la prostitución, pero … también lo ves en gente que argumenta contra los talleres de confección, o los conductores de Uber, o incluso contra las madres que se quedan en casa… Es como si nos faltara suficiente empatía para entender las elecciones de los demás, y por tanto los privamos de su autonomía”.

Descarga el audio en Libertarianism.org, o escúchalo (en inglés) en el enlace.:

La “escuela de puteros” adopta un enfoque represivo del sexo

 

JONATHAN HAYWARD / THE CANADIAN PRESS FILES
Una escort en un apartamento en el centro de Vancouver. La “escuela de puteros” intenta etiquetar el sexo comprado como un vicio repugnante y no natural.

Por Stuart Chambers
28/4/2017

 

http://www.winnipegfreepress.com/opinion/analysis/john-school-takes-repressive-approach-to-sex-420691923.html

 

 

Antes de su rechazo en 1973 por la Asociación Psiquiátrica Americana, la terapia de conversión había ganado notoriedad dentro de la psiquiatría convencional. Durante las sesiones de terapia, los psiquiatras intentarían suprimir la conducta orientada hacia el mismo sexo, algo que consideraban patológico, redirigiéndola hacia la norma heterosexual. En otras palabras, la cultura dominante pretendía imponerse a la expresión sexual considerada moralmente objetable.

 
Incluso el gobierno canadiense apoyó tales iniciativas. Aunque el Partido Liberal, bajo la dirección de Pierre Elliott Trudeau, aprobó el proyecto de ley C-150 en 1969, una decisión que despenalizó los actos entre adultos del mismo sexo en privado, muchos miembros de los partidos liberal y conservador eran partidarios de la terapia de conversión, prefiriendo “curar” a las personas homosexuales en lugar de encarcelarlos indefinidamente. Esta última solución ya no era una opción viable para el entonces ministro de Justicia John Turner. Admitió que la ley y la moral fueran consideradas “dos proposiciones filosóficas separadas”.

 
Décadas más tarde, sin embargo, la moralidad privada sigue cayendo bajo el ámbito del derecho penal. Por ejemplo, el sistema legal canadiense todavía castiga a los hombres heterosexuales que participan en la prostitución. La “escuela de puteros” ha reemplazado a la terapia de conversión como una forma de lavado de cerebro sancionado por el Estado que intenta etiquetar el sexo comprado como un vicio repugnante y no natural.

 
La verdadera felicidad, afirman los reformadores, sólo puede encontrarse en relaciones sanas y monógamas.

 
Al igual que la terapia reparadora, la escuela de puteros se involucra en la represión psicológica, una técnica diseñada para disuadir a los hombres de buscar la salida sexual que prefieran. Tyler Dawson, editora de las páginas editoriales de Ottawa Citizen, se refiere con precisión a estas sesiones de terapia como “espeluznantes noches de reeducación dirigidas por el Ejército de Salvación”.

 
El proceso de adoctrinamiento funciona de la siguiente manera: las audiencias masculinas reciben serias conferencias sobre cómo la prostitución daña internamente a las mujeres; presentaciones gráficas a continuación muestran cómo la promiscuidad conduce a las enfermedades de transmisión sexual; y miembros de la comunidad describen cómo sus vecindarios están repletos de prostitutas menores de edad, violencia de pandillas y agujas contaminadas.

 
Para los activistas contra la prostitución, no basta con que los puteros cambien su comportamiento: también deben cambiar sus preferencias. A los hombres se les dice no sólo que sus elecciones sexuales están equivocadas, sino que ningún adulto “normal” participaría en este tipo de depravación. El test moral del Estado se aprueba una vez que los puteros aceptan el hecho de que su ego egocéntrico masculino es la raíz narcisista de la explotación femenina. Este tipo de propaganda ideológica sólo perpetúa estereotipos degradantes sobre los clientes masculinos como misóginos predadores que participan en “violación pagada”. Al igual que la terapia de conversión, la escuela de puteros infunde un profundo sentido de auto-odio.

 
Por supuesto, lo que no se les dice a los puteros es que las jurisdicciones que legalizan el trabajo sexual, como Nevada, requieren que las trabajadoras sexuales usen condones y se hagan pruebas para detectar enfermedades de transmisión sexual. Además, los puteros nunca son informados acerca de las diferencias en la seguridad entre el trabajo sexual en interiores y al aire libre o cómo la criminalización afecta negativamente la salud de las trabajadoras sexuales.

 
Al igual que con las víctimas de la terapia de reparación, los puteros finalmente dejan de castigarse a sí mismos por sus deseos sexuales. Llegan a la conclusión de que su comportamiento es perfectamente natural para ellos: una respuesta a la soledad, la necesidad de conexión humana y el deseo de no ser juzgados. En última instancia, llegan a comprender que su conducta sexual debe ser moldeada y dirigida por ellos mismos, no por los sesgos paternalistas de los llamados profesionales.

 
Los partidarios de la escuela de puteros continúan estigmatizando las relaciones sexuales pagadas entre adultos heterosexuales que consienten en privado, de la misma manera que el Estado estigmatizó una vez el sexo entre adultos homosexuales que consentían en privado. Dado que hacer seguimiento de los puteros, “rehabilitarlos” y encarcelar a los reincidentes es tan productivo como lo fue hacer cumplir los arcaicos estatutos de la sodomía, la desaparición de la escuela de puteros debería ser bienvenida por aquellos que realmente creen que no hay lugar para el Estado en los dormitorios de la nación.

 
Castigar el deseo sexual para que se ajuste a ideales perfeccionistas de expresión sexual fracasó en el caso de la terapia de conversión. La escuela de puteros no irá mejor. Desafortunadamente, es una lección que los cruzados morales todavía tienen que aprender.

 
Stuart Chambers, Ph.D., es profesor en las facultades de artes y ciencias sociales en la Universidad de Ottawa.

 
Schamber@uottawa.ca

Confesiones de una ex SWERF

 

Taryn De Vere

 

29 de marzo de 2017

 

https://medium.com/@taryndevere/confessions-of-a-former-swerf-be0892f0fd30

Ok, puede que no fuera del todo una SWERF, ya que no quería quitar derechos a las trabajadoras del sexo, pero yo pensaba que el trabajo sexual era explotador y un resultado directo de siglos de patriarcado. Pensaba que cualquier persona que intentara comprar sexo de otra persona debía ser criminalizada, porque yo ingenuamente creía que eso acabaría con la demanda. También pensaba que todo el mundo que trabajaba en la industria estaba allí bajo coacción. Y todas estas suposiciones estaban basadas en una ignorancia completa y absoluta.

Desde entonces he tenido la suerte de conocer a mucha gente que trabaja en la industria del trabajo sexual (la mayoría de ellas mujeres). ¡Cómo me ha abierto eso los ojos! He visto destrozadas muchas de mis ideas e ilusiones. Una de mis amigas se vio obligada a trabajar en el sexo cuando era una adolescente y su experiencia fue horrible. Pero aparte de esa amiga —y yo diría que ella fue víctima de esclavitud sexual, no una trabajadora sexual— todas las otras mujeres que conozco que son trabajadoras sexuales han elegido su línea de trabajo.

Para algunas mujeres la elección es financiera. A otras mujeres lo único que les pasa es que les gusta jodidamente (disculpen el juego de palabras). Algunas mujeres que conozco encuentran que el trabajo sexual es un trabajo enormemente gratificante y agradable. ¡Lo sé! ¿No es asombroso? Yo también me sorprendí cuando me di cuenta de que no todo el mundo es como yo! (Estoy siendo sarcástica, por supuesto, pero sobre todo hacia mi antiguo yo).

Reunirme con trabajadoras sexuales y ex trabajadoras del sexo y escucharlas me abrió los ojos sobre por qué la gente trabaja en el trabajo sexual, y cómo la gente se siente al respecto, pero ¿qué pasa con el patriarcado? ¿Cómo reconciliar la venta del cuerpo femenino siguiendo siglos de degradación, sexualización y explotación de género? Como actualmente vivimos en un mundo patriarcal, es casi imposible saber si el trabajo sexual todavía existiría si viviéramos en un mundo equitativo, o incluso en un mundo que no fuera tan dependiente de la vergüenza, el miedo y el secreto. Tengo la sensación de que incluso si la sociedad fuera equitativa en todos los sentidos y no hubiera miedo o vergüenza en torno al sexo, todavía habría personas que querrían ser trabajadoras sexuales. Estoy basando este sentimiento en la sensación genuina de alegría y satisfacción que algunas trabajadoras sexuales dicen que obtienen de su trabajo y porque la mayoría de las mujeres que conozco que son trabajadoras sexuales me dicen que están contentas con el trabajo que han elegido.

Nunca olvidaré la pregunta que hice a una trabajadora sexual (que ahora se ha convertido en una amiga) cuando la conocí por primera vez:

    “¿Estás diciendo que algunas personas eligen activamente el trabajo sexual?”

“Sí”, dijo ella.

“Pero ¿algunas mujeres no lo hacen porque no pueden permitirse no hacerlo?”, le pregunté.

“Sí. Hay gente a la que no les gusta su trabajo, no importa qué trabajo estén haciendo, como hay limpiadoras que no quieren ser limpiadoras, pero que son forzadas por la pobreza “, dijo.     “Sólo porque usamos otras partes de nuestro cuerpo para hacer nuestro trabajo, ¿significa que no debemos tener los mismos derechos y la misma seguridad que tú?”

No pude rebatir eso. Y ese fue el final de mi SWERFenismo.

Sé que muchas mujeres son anti trabajo sexual y para mí estas personas son muy parecidas a las antielección. Desean negar a las mujeres su propia autonomía y experiencias y muestran poco interés en abordar los temas centrales que hacen que algunas mujeres asuman el trabajo sexual, tales como pobreza, elevadas tasas universitarias o costos de cuidado infantil. ¿Por qué las SWERFs no luchan duro para acabar con la pobreza, para proporcionar más apoyos a las madres solas o para bajar los costes universitarios? ¿Por qué en su lugar atacan a las mujeres que — como el resto de nosotras— sólo están tratando de ganarse la vida? Sé de mujeres que no elegirían el trabajo sexual si tuvieran suficiente seguridad financiera, pero como no la tienen, el trabajo sexual es la opción que han elegido para llevar la comida a la mesa. Y por supuesto están las mujeres que quieren ser trabajadoras sexuales y disfrutan siéndolo. ¿Por qué estas mujeres deben ser criminalizadas, estigmatizadas y negadas, sólo por el tipo de trabajo que han elegido hacer (y sin importar por qué lo han elegido)?

Hay una paradoja esencial en ser una SWERF: ¿cómo puedes realmente ser una feminista si no escuchas y crees en las experiencias de otras mujeres? ¿Cómo puedes adoptar una visión tan paternalista de las trabajadoras del sexo y pensar que sabes lo que es mejor para ellas, incluso cuando están claramente diciendo lo contrario? Mis propios puntos de vista de SWERF vinieron de la ignorancia y de una clase condescendiente de ambiente de cruzada moral: “sé lo que es lo mejor para vosotras, mujeres caídas. Vamos y os ayudaremos a salir de vuestra terrible vida”. Nunca dije eso o lo pensé, pero estaba en la raíz de las creencias que tenía sobre el trabajo sexual y las trabajadoras sexuales. Me estremece pensarlo ahora: qué condescendiente, qué arrogante, qué ofensivo. Estoy expiando públicamente por mis anteriores y espantosas maneras de SWERF y esperando que al hacerlo pueda llegar a algunas personas que están abiertas a nuevas ideas sobre las trabajadoras del sexo.

Había un montón de voces de SWERF encantadas por la implantación del modelo sueco/nórdico en Irlanda. Y, sin embargo, este modelo no ha reducido la venta de sexo en Suecia y sólo lo ha hecho más peligroso para las trabajadoras sexuales, por lo que se plantea la pregunta ¿a quién está sirviendo y por qué se sentiría nadie feliz por su implantación? Las SWERFs parecen felices de ignorar la evidencia y la investigación que muestran las muchas fallas peligrosas del modelo sueco/nórdico. He argumentado anteriormente que las SWERFs deberían ser llamadas SWERs, ya que no puedo encontrar ningún rastro de feminismo en un dogma que elimina las voces y la autonomía de las mujeres objeto de discusión y que son las más afectadas. Nuestras hermanas trabajadoras del sexo no deben ser arrojadas bajo el autobús por el bien de unos pocos moralizantes.

 

Me encantaría saber cómo las SWERFs reconcilian su “feminismo” con creencias que están perjudicando y en algunos casos matando mujeres. Tal vez, como me pasaba a mí, la mayoría de las SWERF nunca han conocido a una trabajadora del sexo o han pensado mucho en lo peligrosas e hirientes que son sus ideas. Espero que algunas de vosotras consideréis uniros a mí para apoyar los derechos de todas las mujeres, independientemente de la profesión que hayan elegido para sí.

 

 

  • Una nota sobre la trata: La trata y el trabajo sexual son discutidos a menudo juntos como si las dos cosas fueran lo mismo, pero las trabajadoras sexuales consensuales no son lo mismo que alguien forzado a la esclavitud sexual. No conozco a nadie que piense que la trata de seres humanos está bien. Y ninguna trabajadora sexual que conozca quiere obligar a nadie a trabajar en el trabajo sexual contra su voluntad. El consentimiento es clave en el trabajo sexual (y en el sexo). Luchar por la despenalización del trabajo sexual y la seguridad de las trabajadoras sexuales no es una victoria para los traficantes. Se sale un poco de los límites de este artículo el tema, pero podéis encontrar un gran trabajo sobre los problemas con el modelo nórdico vinculándolo a la trata aquí (1) y la diferencia fundamental entre el trabajo sexual y el tráfico humano explicada maravillosamente aquí (2).

 

Quiero reconocer y agradecer a todas las mujeres que han dado tanto de su tiempo y su energía a enseñarme a mí y a otros acerca del trabajo sexual, (con un agradecimiento especial a Lucy Smith de Ugly Mugs que es una Shero total).

 

 

 

 

1.- https://elestantedelaciti.wordpress.com/2017/02/14/asi-que-no-quieres-creer-a-amnistia-internacional-pues-mira-esto/

 

2.- http://thoughtsonliberty.com/stop-using-the-terms-sex-trafficking-and-sex-work-interchangeably

Feminismo y prostitución: la persistencia de una amarga disputa

Debate Feminista

Volume 51, June 2016, Pages 18–35

 

http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0188947816300287

 

Resumen

La liberalización de las costumbres sexuales en el capitalismo tardío, junto con la desregulación neoliberal de los mercados, alentó la expansión de un mercado sexual donde algunos negocios funcionan de manera criminal, como ocurre con la trata de personas. En estas páginas reflexiono sobre la contraposición entre las feministas que impulsan el nuevo abolicionismo y las que abogan a favor de reconocer nuevas formas de organización del trabajo y de los derechos laborales para las personas que llevan a cabo trabajo sexual. Tal oposición es una expresión significativa de las “guerras en torno a lsexualidad” (Sex Wars) que se han venido dando sobre todo en Estados Unidos en paralelo con el desarrollo del feminismo y cuya influencia teórica y política ha enmarcado el debate feminista en todo el mundo. A ello se suma el giro punitivo de la política criminológica y judicial sobre el comercio sexual, que ensancha aún más la fractura política entre las feministas.

 

Palabras clave

  • Comercio sexual;
  • Trata de personas;
  • Feminismo;
  • Neoliberalismo;
  • Sex Wars

 

Las “guerras en torno a la sexualidad”

En el capitalismo tardío, la búsqueda de placer sexual ha transformado el paradigma de la sexualidad y se ha pasado del sexo procreativo al sexo recreativo. En la sexualidad, y en concreto en las relaciones sexuales, se organiza la vida social y las personas son clasificadas según esquemas que valoran o estigmatizan ciertas prácticas y conductas. Por eso una relación sexual nunca es simplemente el encuentro de dos cuerpos, sino que también es una puesta en acto de las jerarquías sociales y de las concepciones morales de una sociedad (Illouz, 2014).

Desde finales de la década de 1960 e inicios de la de 1970, la libertad sexual de las mujeres fue una reivindicación sustantiva de la segunda ola feminista. Y desde muy temprano surgieron profundas diferencias en la conceptualización de la llamada “prostitución”.1 Si bien las Sex Wars han ocurrido principalmente en el movimiento feminista estadounidense, su influencia teórica y política ha enmarcado la disputa feminista en todo el mundo. Esto responde a lo que Bolívar Echeverría (2008) calificó como la “americanización de la modernidad”, o sea a que la tendencia principal de desarrollo en el conjunto de la vida económica, social y política es la americana. Por eso no es rara la americanización del debate feminista mundial, por el papel determinante que han tenido las publicaciones y el activismo de las feministas estadounidenses.

A finales de 1971, en una conferencia en Nueva York sobre “La eliminación de la prostitución” se dio una álgida confrontación entre feministas y trabajadoras sexuales, a la que asistió Kate Millet. Dicha confrontación dividió a las feministas, y algunas secundaron la postura reivindicativa del trabajo sexual de las hookers. Dos años después, Millet publicaría The Prostitution Papers, 2 donde consigna que “las feministas ven esta objetivización sexual como deshumanizante y degradante, y la degradación peor es la que experimentan las mujeres que venden sus cuerpos para ganarse la vida” (Millet, 1973, p. 13).3

Para esas feministas neoyorkinas el problema de fondo era la brutal comercialización de los cuerpos de mujeres por el patriarcado capitalista, mientras que del otro lado de la Unión Americana, en California, surgiría una distinta reflexión política: la necesidad de activismo a favor de los derechos de las trabajadoras sexuales. En 1972, varias amas de casa —entre las que había lesbianas y prostitutas— fundan Whores, Housewives and Others (WHO) en California para luchar contra “la hipocresía de las leyes que controlan la sexualidad femenina, especialmente la prostitución” ( Chateauvert, 2013, p. 22). Diez años después, en 1982, la National Organization for Women formó un comité sobre derechos de las “prostitutas” al mismo tiempo que estalló la confrontación pública entre feministas durante la famosa Conferencia sobre Mujeres y Sexualidad, realizada en Barnard. 4 Dicha conferencia visibilizó públicamente las profundas diferencias entre las feministas que veían toda relación sexual (incluso la mercantil) como liberadora y las que la conceptualizaban como opresiva, y se exhibió la confrontación entre feministas pro-trabajadoras sexuales y feministas anti-prostitución. El contraste entre esas dos posturas se sostiene hasta la fecha.

El naciente movimiento de liberación de la mujer tendría gran impacto entre trabajadoras sexuales de muchos países. Entre 1975 y 1985, diversas organizaciones de “prostitutas” surgieron en Europa, casi siempre vinculadas a las feministas.5 Hacia mediados de la década de 1980, los grupos ya conectados entre sí empezaron a realizar foros y encuentros. En 1984 se llevó a cabo el Women’s Forum on Prostitutes Rights en Estados Unidos. En 1985 se realizó en Amsterdam el Primer Congreso Mundial de Prostitutas, y ahí mismo se fundó el International Committee on Prostitutes Rights (ICPR). Al segundo congreso, verificado en Bruselas en octubre de 1986, asistió Tatiana Cordero, de la Asociación de Mujeres Trabajadoras Autónomas de Ecuador que había surgido en 1982 en la provincia de El Oro y logró su estatus oficial en 1987 ( Abad, Briones, Cordero, Manzo y Marchán, 1998). Esta será la primera asociación con un proceso organizativo en América Latina; las demás despuntaron después, cuando se conformó la Red de Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica y el Caribe.6

En 1986, en una sesión del Parlamento Europeo, el debate sobre una resolución sobre la violencia contra las mujeres (documento A2-44/86), que incorporaba la distinción planteada por el International Committee on Prostitutes Rights (ICPR), entre el trabajo sexual en sí mismo y la violencia del tráfico de mujeres, y recogía no solo las demandas de autorrepresentación y protección de los derechos civiles de las “prostitutas”, sino además planteaba la exigencia a los gobiernos europeos de incluir a estas mujeres en sus deliberaciones sobre las políticas respecto a la prostitución, significó un triunfo parcial de las trabajadoras sexuales. Digo parcial, pues en la concepción que se hizo del problema se caracterizó la “prostitución” como una forma de explotación de las mujeres, y el documento quedó ambiguo: apoyaba el derecho de las mujeres a trabajar de “prostitutas”, pero al mismo tiempo hablaba de la necesidad de disuadirlas (Pheterson, 1989).

Mientras que los diputados conservadores manifestaban su indignación por que en el Parlamento “se le diera la palabra a las putas”, el grupo Women’s Organization for Equality (WOE), que reunía a feministas de varios países residentes en Bruselas y que se comunicaban entre sí en inglés, se juntó varias veces con el International Committe on Prostitutes Rights. Después de escuchar a las “prostitutas”, unas feministas aceptaron que si las propias mujeres insistían en trabajar y en que no habían sido engañadas, había que respetar su decisión, mientras que otras siguieron convencidas de que la “prostitución” era una actividad degradante ( Pheterson, 1989). Mientras las feministas se dividían, el International Committee on Prostitutes Rights emitió una declaración donde separaba conceptual y discursivamente la trata de mujeres y el trabajo sexual elegido. 7 Varios grupos feministas europeos denunciaron la hipocresía y el puritanismo en relación con el comercio sexual e insistieron en la necesidad de distinguir las prácticas abusivas de otras formas de coordinación y administración del trabajo sexual, e inclusive propusieron cooperativas manejadas por las propias trabajadoras. Pese a ello, la confrontación entre las dos posturas feministas ya estaba en marcha y los avances logrados en relación con la organización internacional, los derechos laborales y la sindicalización se detuvieron ante el activismo de un sector del movimiento feminista que cuestionó duramente “la prostitución” y cuyo discurso fue el vínculo sexualidad/violencia, lo que definió las tomas de posición.

Entre tanto, en Estados Unidos lo que fortalecería sustantivamente a las abolicionistas fue la política anti-sexualidad de Reagan (1981-1989), que se prolongaría con Bush padre (1989-1993) y Bush hijo (2001-2009) en la presidencia de Estados Unidos. Esa política conservadora iba no solo en contra de la pornografía y la prostitución, sino también contra la educación sexual, los servicios anticonceptivos, la despenalización del aborto, la autonomía sexual y el derecho a la privacidad de los adolescentes. Los conservadores religiosos condenaban la sexualidad fuera del matrimonio por considerarla pecaminosa; veían la “prostitución” como una amenaza para la institución de la familia y, por lo tanto, como una fuente de decadencia moral en la sociedad. El marco interpretativo de la postura abolicionista respecto al comercio sexual lo estableció Kathleen Barry8 al definir la prostitución como “esclavitud sexual”. Barry impulsaría la fundación en 1988 de la organización abolicionista Coalition Against Trafficking in Women (CATW), y también ese año aparecería el libro de Carole Pateman (1989)El contrato sexual, que plantea que al contrato social lo subyace un “contrato sexual”: los hombres dominan a las mujeres y ellas deben otorgarles servicios sexuales y domésticos. Así se constituye el patriarcado moderno, con ese contrato sexual que sostiene el contrato social establecido entre hombres. Según Pateman, “comercio sexual” es un eufemismo que oculta la esclavitud sexual de las prostitutas.

Muchas feministas coincidieron con Barry en su planteamiento en Esclavitud sexual de la mujer (1979), donde sostiene que los valores que las mujeres siempre le han atribuido a la sexualidad habían sido distorsionados y destruidos conforme habían sido “colonizadas” a través tanto de la violencia sexual como de la supuesta liberación sexual. Según Barry, las mujeres vinculan el sexo con el amor, por lo que la experiencia “positiva” del sexo debe basarse en la intimidad; de ahí que el sexo no deba comprarse ni obtenerse por medio de la fuerza. Esta postura, que descarta totalmente la idea de una sexualidad recreativa en busca de placer, sirvió para unir a muchas feministas con los religiosos puritanos en una cruzada moral para “abolir” el comercio sexual.

Será justamente a inicios de la década de 1990 cuando el discurso feminista en contra de la violencia hacia las mujeres se fortalezca con la reflexión de Catharine MacKinnon.9 La famosa abogada anti-pornografía afirmó en 199210 que: “las mujeres son prostituidas precisamente para ser degradadas y sometidas a un tratamiento cruel y brutal sin límites humanos; eso es lo que se intercambia cuando las mujeres son vendidas y compradas para tener sexo” (1993, p. 13). Ella equipara la prostitución con una “violación repetida” (repeated rape), retoma de Barry la idea de que la prostitución es una “esclavitud sexual femenina” y plantea que una prostituta es legalmente una “no persona” (legal non person). También afirma: “Ninguna institución social la excede (a la prostitución) en violencia física” ( MacKinnon, 1993, p. 25). De entonces a la fecha MacKinnon ha ido desarrollando una impactante estrategia discursiva que asocia la “prostitución” con la violación y la desigualdad social (MacKinnon, 2011).

Cuando una cruzada moral logra cierto éxito con respecto a su objetivo fundacional, pone la mirada en otros problemas que asocia con su razón de ser. A esto se denomina expansión del dominio ( Weitzer, 2014). Eso ocurrió con la cruzada moral —iniciada por Reagan y continuada por los Bush— que intentó establecer el límite de lo decente, lo bueno, lo normal y lo moral respecto a la sexualidad (abstinencia antes del matrimonio y fidelidad) y se expandió para condenar toda forma de comercio sexual. Como la postura del gobierno de Estados Unidos se configuró como una reacción en contra de todo intercambio sexual comercial, su agencia de cooperación, la USAID, condicionó el otorgamiento de fondos para los grupos de activistas contra el sida a que no trabajaran con “prostitutas”.11

Dicha cruzada moral aprovechó el tema de la migración indocumentada, con flujos de mujeres que ocupaban los trabajos desechados por las mujeres locales en el sector de servicios, tanto en el trabajo sexual como en el doméstico. Las inmigrantes, impulsadas no solo por la pobreza sino también por el anhelo de independencia, o en su huida de la violencia, buscaban a las redes organizadas de tráfico de personas para salir de sus países y encontrar mejores condiciones de vida, y algunas serían víctimas de organizaciones criminales.12 La amalgama discursiva del comercio sexual con la trata habla indistintamente de “mujeres traficadas” o “mujeres explotadas sexualmente” como “víctimas de trata”, pero prostitución y trata son distintos. Para distinguir entre la trata y el lenocinio, o su equivalente funcional, la explotación de la prostitución ajena, la abogada Claudia Torres (2016) aclara que los delitos de lenocinio y explotación de la prostitución ajena son distintos e independientes del delito de trata, pues castigan a los terceros que se benefician de la prostitución independientemente de las condiciones en que esta se ejerza, e incluyen casos en los que todos los participantes, de manera voluntaria, ejercen la prostitución y se benefician de ella.

A partir del establecimiento del Protocolo de Palermo,13 y con el apoyo económico de USAID, la cruzada abolicionista de la CATW contra la trata y el tráfico de mujeres despegó con fuerza. Y aunque la definición de trata de personas en el protocolo internacional incluye el trabajo en la maquila, el doméstico y el del campo, los casos que generan mayor escándalo son los vinculados al trabajo sexual, aunque estadísticamente su número sea bastante menor que los de otras formas de trabajo forzado o coercitivo. Cuando se discute con el abolicionismo, no se niega la existencia de un horrendo delito (la captación y el traslado de mujeres para la venta de sexo con engaño, amenaza o violencia) que debe ser combatido, sino que se discrepa respecto de su origen y dimensiones ( Weitzer, 2014).14 A ello se suma que hay inconsistencias sustanciales en cómo se define la trata y cómo se identifica a las víctimas y se les certifica como tales ( O’Connell Davidson, 2014). Pero las declaraciones amarillistas son estratégicas, porque las dimensiones de un problema social importan para atraer la atención de los medios de comunicación, los financiamientos y el interés de los responsables de las políticas públicas.

Las feministas abolicionistas armaron un repertorio de historias sobre mujeres inocentes a quienes les fueron confiscados sus documentos, las obligaron a vender sus cuerpos y las engañaron y explotaron. Esas sobrecogedoras narraciones de victimización consolidaron una representación mediática de la trata que tiene las tres características centrales que Ronald Weitzer (2014) encuentra en los discursos de las cruzadas morales:

1.

Inflación de la magnitud de un problema (por ejemplo, el número de víctimas, el daño a la sociedad) y argumentos que exceden con mucho la evidencia existente.

2.

Historias de horror, en las que los casos más terribles se describen con mórbido lujo de detalle y se presentan como si fueran típicos y prevalecientes.

3.

Convicción categórica: los integrantes de la cruzada insisten en que cierto mal existe en la medida exacta en la que ellos la describen y se niegan a reconocer cualquier escala de grises.

Este tipo de discurso no solo se aleja de los casos predominantes a nivel empírico, sino que provoca pánico moral. Creer que el comercio sexual deriva ineluctablemente en trata es un pánico moral contemporáneo que ha sido estimulado por el activismo anti-prostitución (Hunt, 2011, p. 60). El pánico social es la forma extrema de la indignación moral (Young, 2009, p. 7) y lo caracterizan dos elementos: su irracionalidad y su conservadurismo. La indignación moral produce una reacción ante lo que se vive como una amenaza a los valores o a la propia identidad; de ahí que los pánicos morales suelan transformarse después en batallas culturales, como ha ocurrido con el comercio sexual. La prensa juega un papel importante en la formación de la opinión pública, y la representación distorsionada de ese fenómeno conduce a la indignación pública y a llamados para que el Estado ejerza un mayor control social.

Con este tipo de estrategias se pretende justificar la total erradicación de cualquier forma de comercio sexual. Así, una batalla legítima e indispensable contra la trata se traduce en la represión indiscriminada contra todas las personas vinculadas con el trabajo sexual, con operativos policiacos (razzias) para “rescatar víctimas”. Desde Estados Unidos existe una política de premiación a quienes “rescaten” más víctimas que ha derivado —al menos en la Ciudad de México— en la práctica de detener a trabajadoras sexuales y presionarlas para que se “declaren” víctimas, pues si no, son consideradas “cómplices”. 15

La materia de la disputa

La cruzada abolicionista visualiza el fenómeno del comercio sexual en blanco y negro, sin reconocer sus matices y complejidades. Para empezar, persiste un hecho indiscutible: el trabajo sexual sigue siendo una actividad que eligen millones de mujeres en el mundo, básicamente por su situación económica. Incluso, aunque las migrantes experimenten condiciones laborales desagradables o de explotación en el lugar de destino (Kempadoo, 2012), algunas de ellas creen que son “preferibles a permanecer en casa, en donde las amenazas a su seguridad —en forma de violencia, de explotación o directamente de privación alimenticia— son mucho mayores” (O’Connell Davidson, 2008, p. 9). Indudablemente, muchas trabajadoras eligen “el menor de los males” dentro del duro y precario contexto en que viven. Por eso, más que un claro contraste entre trabajo libre y trabajo forzado, lo que existe es un continuum de relativa libertad y relativa coerción. Como las mujeres están ubicadas en lugares sociales distintos, con formaciones diferentes y con capitales sociales diversos, en ciertos casos el trabajo sexual puede ser una opción elegida por lo empoderante y liberador que resulta ganar dinero, mientras que en otros casos se reduce a una situación de una precaria sobrevivencia que causa culpa y vergüenza.

Al tiempo que existe el problema de la trata aberrante y criminal, con mujeres secuestradas o engañadas, también existe un comercio donde las mujeres entran y salen libremente, y donde algunas llegan a hacerse de un capital, a impulsar a otros miembros de la familia e incluso a casarse. Es decir, quienes sostienen que es un trabajo que ofrece ventajas económicas tienen razón, aunque no en todos los casos; y quienes declaran que la prostitución es violencia contra las mujeres también tienen razón, pero no en todos los casos (Bernstein, 1999, p. 117). Igual ocurre del otro lado de la industria del sexo. Los padrotes y madrotas funcionan como los empresarios: hay buenos y hay malos. Lo mismo pasa con los clientes: hay clientes malos —los violentos, los drogados— y clientes buenos, “decentes” y amables.

Al igual que en cualquier otro empleo, oficio o profesión, del trabajo sexual se extrae plusvalía. Solo que la explotación de una actividad de servicios que se encuentra al margen de la regulación laboral se da sin derechos laborales y con formas que generan exclusión y violencia. En el discurso de las abolicionistas es frecuente escuchar la expresión “explotación sexual”. ¿En qué consiste la explotación? En su Modelo Integral de Intervención contra la Trata Sexual de Mujeres y Niñas, el UNFPA (2013, p. 47) hace una importante aclaración: “la explotación de la prostitución, que se da cuando el dinero ganado mediante la prostitución llega a manos de cualquier persona que no sea la que se prostituye, es intrínsecamente abusiva y análoga a la esclavitud”. Ese no suele ser el caso de las trabajadoras sexuales, que se quedan con un porcentaje —entre el 25 y el 50%— de lo que se cobra por servicio, porcentaje que ninguna mesera, vendedora o incluso profesora recibe cuando realiza su trabajo. El término de “explotación sexual” tiene una connotación negativa que no se aplica a los demás trabajos, donde también existe explotación. Una trabajadora sexual de La Merced me dijo: “¿Explotada? Sí, cuando trabajaba ocho horas al día con salario mínimo de 70 pesos. Aquí en unas horas me hago entre 300 y 500 pesos”. Lamentablemente, los medios de comunicación saben que vende más hacer un reportaje sobre “esclavas sexuales” o “víctimas explotadas sexualmente” que hacerlo sobre “obreras o empleadas explotadas laboralmente”.

Frente al contexto de pobreza y desempleo que orilla a muchas mujeres al trabajo sexual, habría que buscar estrategias redistributivas en lo material y exigir más y mejores trabajos, en lugar de “rescatar” víctimas con operativos policiacos. El énfasis en lo laboral es precisamente lo que Martha Nussbaum (1999) alega cuando señala la necesidad de cuestionar nuestras creencias respecto de la práctica de recibir dinero por el uso del cuerpo, y la importancia de hacer una revisión de las opciones y alternativas de las mujeres pobres. Para esta filósofa, que una mujer con muchas opciones laborales elija la prostitución no nos debería preocupar. Es la ausencia de opciones para las mujeres pobres las que convierten la prostitución en la única alternativa posible, y eso es lo verdaderamente preocupante (Nussbaum, 1999, p. 278). El punto candente que plantea la prostitución es el de las oportunidades laborales de las mujeres de escasos recursos y el control que pueden tener sobre sus condiciones de empleo (Nussbaum, 1999, p. 278). A Nussbaum le preocupa que el interés de las feministas esté demasiado alejado de la realidad de las condiciones laborales, como si la sexualidad se pudiera sacar del contexto de las tácticas de las mujeres pobres para sobrevivir, y por lo tanto considera que la lucha debería promover la expansión en las posibilidades laborales a través de la educación, la capacitación en habilidades y la creación de empleos. Por eso se plantea que la legalización del trabajo sexual mejora las condiciones de aquellas mujeres que, para empezar, tienen muy pocas opciones.

Ahora bien, el sexual no es un trabajo como cualquier otro. Si evaluamos las relaciones políticas y sociales que el comercio sexual sostiene y respalda, y si examinamos los efectos que produce en las mujeres y los hombres, en las normas sociales y en el significado que imprime a las relaciones entre ambos, vemos que el comercio sexual refuerza una pauta de desigualdad sexista y contribuye a la percepción de las mujeres como objetos sexuales y como seres socialmente inferiores a los hombres. El estigma expresa esta diferencia. El mercado del sexo es lo que Deborah Satz (2010) califica de “mercado nocivo”, pero ella misma dice que aunque los mercados nocivos tienen efectos importantes en quiénes somos y en el tipo de sociedad que desarrollamos, prohibirlos no es siempre la mejor respuesta. Al contrario, si no se resuelven las circunstancias socioeconómicas que llevan al comercio sexual, prohibirlo o intentar erradicarlo hundiría o marginaría aún más a quienes se dedican a vender servicios sexuales.

A esta problemática laboral se suma el puritanismo de quienes consideran que la liberalización de las costumbres sexuales es negativa. En el escozor producido por la “prostitución”, lo que más conflictúa tiene que ver con el uso del cuerpo femenino en una actividad que subvierte la idea tradicional de lo que deberían ser las mujeres. La prostitución femenina produce reacciones adversas porque atenta contra el ideal cultural de castidad y recato de la feminidad (Leites, 1990), y la venta de servicios sexuales ofende o irrita a muchas personas que creen que “degrada” la dignidad de la mujer. El asunto de fondo es justamente la existencia de una doble moral: la sexualidad de las mujeres es valorada de manera distinta de la de los hombres.16

Precisamente porque la actividad sexual de las mujeres es un desafío a la doble moral, que considera que las transacciones sexuales de las mujeres son de un orden distinto a las transacciones sexuales de los hombres, el trabajo sexual obliga a debatir sobre dicha doble moral y el estigma que genera. En ese sentido, algo que también está en juego en la contraposición entre abolicionistas y defensoras de los derechos laborales de las trabajadoras sexuales es la definición de una conducta sexual apropiada. ¿Quién debe definir la conducta sexual de los ciudadanos? ¿El Estado, los grupos religiosos, las feministas? Ahí el tema del consentimiento cobra relevancia. Y no es nada fácil de resolver. Anne Phillips dice: “El borramiento de los límites entre la prostitución y la trata, y el deseo aparente de considerar a todas las trabajadoras sexuales como víctimas, resta importancia a la agencia de aquellas que deciden trabajar en el mercado sexual y hace de la coerción la preocupación central, incluso la única” (Phillips, 2013, p. 6). ¿Qué es consentir? ¿Qué es coerción? ¿Consienten a su explotación las obreras o son también coercionadas económicamente?

Ahora bien, si una mujer vende servicios sexuales por necesidad económica o por cualquier otra razón, ¿debe el Estado “rescatarla”? ¿Por qué el Estado no se propone “rescatar” a otras mujeres, obreras o empleadas, también forzadas a trabajar en cosas que no les gustan o que incluso son peligrosas? En el capitalismo, todas las personas que trabajan viven una presión económica tanto por cubrir su subsistencia como por acceder a cierto tipo de consumo. ¿El Estado debería garantizarles a todas las personas un piso de seguridad social y empleo para que ninguna persona trabaje coercionada, amenazada u obligada? Y si el Estado garantizara mínimos de sobrevivencia, ¿debería entonces controlar la sexualidad de la ciudadanía?

La compra-venta de servicios sexuales está vinculada con la precariedad laboral que, más que un fenómeno transitorio, es una condición estructural del capitalismo. Por ello contrasta la preocupación escandalizada ante la “explotación sexual” de cara a la indiferencia por la explotación de las obreras, las empleadas del hogar, las campesinas, las enfermeras, las taquilleras, las meseras, las de la maquila, las barrenderas y tantas otras trabajadoras que también son explotadas. Y no hay coaliciones feministas para abatir otras formas de explotación de la fuerza de trabajo femenina, ni para rescatar a víctimas de condiciones deleznables de la brutal explotación laboral. Por eso creo que en el escándalo respecto de la “explotación sexual” un elemento fundamental es la creencia en que la creciente industria del sexo comercial altera las relaciones de género y crea tentaciones sexuales extrafamiliares para los hombres, poniendo en riesgo la familia como esfera de seguridad y protección. Así, lo que empezó como una confrontación entre feministas, inserta en las “guerras en torno a la sexualidad”, ha desembocado en una preocupación social angustiada que ha alentado el pánico moral y ha derivado en la demanda de endurecer el sistema de justicia penal.

Hace rato que se viene dando una reflexión sobre cómo la excesiva intervención del sistema penal ante problemas sociales termina criminalizando a quienes más los padecen (Larrauri, 1991; Larrauri, 2007; Ferrajoli, 1999; Zaffaroni, 2000 ;  Wacquant, 2013). La criminología crítica anglosajona inició ese debate, y la feminista española Elena Larrauri, que introdujo esa discusión entre las feministas hispanohablantes, ha reflexionado críticamente sobre la excesiva intervención del sistema penal para abordar la violencia de género. Larrauri discute con el feminismo al que califica de “oficial”, pues una de sus características “es su plena confianza en el derecho penal” (Larrauri, 2007, p. 66), al que critica por su

reacción frente a las opiniones discrepantes. Parece existir la convicción de que quien duda de alguna de las medidas sugeridas para atajar la violencia doméstica, es porque no se toma suficientemente en serio el dolor de las víctimas; y así cualquier discusión pretende zanjarse apelando a la extrema gravedad del problema o al número de mujeres muertas, recurriendo con ello a la equívoca identificación de que solo quien está a favor de penas más severas defiende los intereses de las mujeres (Larrauri, 2007, p. 68).

El análisis de Larrauri es implacable sobre lo que significa reorientar los objetivos políticos del feminismo hacia fines punitivos. En nuestro continente, sería Haydée Birgin (2000), abogada feminista argentina, quien retomó dicha perspectiva y planteó que ese giro punitivo está inserto en pautas más generales de transformación cultural y política. Birgin difundió en América Latina la reflexión de la criminología crítica feminista en contra del creciente reclamo feminista por endurecer y ampliar el sistema punitivo.17 Otras prosiguieron esa perspectiva, como Patricia Laurenzo (2009) y María Luisa Maqueda (2009), y en México lo haría Lucía Núñez (2011). En Estados Unidos la lista es larga, pero destaca Elizabeth Bernstein (2014), quien señala que el discurso feminista que conceptualiza el comercio sexual como una forma de violencia hacia las mujeres ha sido funcional para el neoliberalismo y su política carcelaria. Según ella, un elemento clave de este proceso es el uso creciente del discurso de “la víctima” para designar a sujetos que en realidad son producto de la violencia estructural y de prácticas de exclusión inherentes al capitalismo neoliberal. A Bernstein le preocupa el vínculo del feminismo con la política neoliberal, pues fortalece un paradigma político conservador sobre el género y la sexualidad. Ese vínculo es justamente el que Nancy Fraser (2013) califica de una “amistad peligrosa” del movimiento feminista con el Estado neoliberal, con ideas muy lejanas a lo que alguna vez fue una visión radical del mundo.

Las especialistas en violencia doméstica y violación sexual que han rastreado el surgimiento de la postura que aboga por la política carcelaria dentro del feminismo han descrito como las campañas feministas contra la violencia sexual han sido ingredientes fundamentales para el endurecimiento de la justicia penal (Larrauri, 2007 ;  Núñez, 2011). En esas campañas es la sexualidad masculina la que se perfila como la mayor amenaza, y las instituciones patriarcales, como el Estado y la policía, se reconfiguran como aliados y salvadores de las mujeres. En el contexto actual de reproducción de la desigualdad entre mujeres y hombres, la precariedad generada por la economía política neoliberal es manejada por el Estado mediante un duro giro punitivo y una vulneración de los derechos sociales. Justo por eso la política neoliberal está provocando lo que Loïc Wacquant llama una “remasculinización del Estado” ( Wacquant, 2013, p. 410), que consiste en un fortalecimiento del esquema patriarcal, con una perspectiva hacia las mujeres como “víctimas que deben ser protegidas” y no como trabajadoras desempleadas o con salarios miserables. Mientras que la voracidad financiera neoliberal erosiona los salarios, la sindicalización y los derechos laborales, el discurso gubernamental plantea que el acceso a bienes y servicios sociales es una excepción destinada exclusivamente a sujetos y grupos que demuestren un grado de daño, es decir, víctimas. Esto ha desmovilizado a las activistas feministas en relación con los derechos laborales y, en su lugar, ha alentado la movilización de víctimas que exigen reparación por la violencia sufrida.

¿Qué pasa en México?

En México las feministas no se han confrontado en “guerras” como las Sex Wars, al menos no con la fuerza y la publicidad de otros países. Ha habido disputas internas entre distintas perspectivas, pero no han generado la multitud y variedad de publicaciones de otras partes, especialmente Estados Unidos. Creo que esto se debe principalmente a dos cuestiones. La primera es que en nuestro país la “prostitución” en sí misma no es ilegal y nuestra cultura es menos puritana que la estadounidense. 18 La segunda cuestión es que, frente a nuestro desgarrador y ominoso contexto de violencia —los feminicidios, las desapariciones forzadas, los asesinatos y las muertes por “estar en el lugar equivocado”, o sea, en la “guerra” contra el crimen organizado (Saucedo y Huacuz, 2011)—, la “prostitución” no ha tenido tanta importancia. Incluso quienes estudian la violencia contra las mujeres en “múltiples ámbitos” (Agoff, Casique y Castro, 2013) o la analizan con amplitud teórica (Martínez de la Escalera, 2013) no incluyen la “prostitución” en sus reflexiones, lo cual me parece acertado.

En nuestro país, la mayoría de las feministas han encauzado sus energías políticas e intelectuales a investigar, denunciar y tratar de comprender esa forma brutal de violencia hacia las mujeres que es el feminicidio (Gutiérrez, 2004; Monárrez, 2007; Monárrez, 2009; Monárrez, 2011; Belausteguigoitia y Melgar, 2007; Melgar, 2011; Huacuz, 2011 ;  Saucedo y Huacuz, 2011). La violencia hacia las mujeres, cuya denuncia y combate se ha convertido desde hace años en la gran reivindicación de la mayoría de las feministas mexicanas, se ha centrado, además de los feminicidos, en otras expresiones de violencia (doméstica e institucional) (Torres Falcón, 2001; Saucedo, 2002; Castro y Casique, 2008 ;  Ramos, 2011) y, más recientemente, en la trata (Torres Falcón, 2010 ;  Saucedo, 2011). Esta lucha ha tenido gran visibilidad y ha contado con un fuerte apoyo de todas las posiciones políticas, incluido el gobierno y las Iglesias; ninguna de las otras causas feministas ha logrado más leyes, recursos y propaganda mediática. Algunas feministas críticas han señalado que tal interés institucional es más bien una puesta en escena que una realidad, pues las mujeres asesinadas siguen apareciendo (Saucedo y Huacuz, 2011; Huacuz, 2011 ;  Melgar, 2011).

Esto explica que en México sea escasa la publicación de libros y artículos en torno a la disputa por la “prostitución”. Existen, sin duda, espléndidas investigaciones históricas sobre la “prostitución”19 y muy serias investigaciones sobre distintos aspectos del comercio sexual,20 además de los trabajos clásicos sobre el tema: las tesis universitarias de distintas disciplinas que abordan aspectos específicos del comercio sexual. Sin embargo, en nuestro país casi no hay reflexiones políticas y teóricas que den cuenta de la disputa entre abolicionistas y defensoras de los derechos de las trabajadoras sexuales.21

La visibilidad abolicionista en la disputa la tiene Lydia Cacho, la feminista más importante de México en la lucha contra la trata, con una trayectoria personal de gran compromiso y riesgo personal. Preocupada por la violencia hacia las mujeres, fundó el Centro Integral de Atención a las Mujeres en Cancún, y su trabajo la llevó a registrar y denunciar el abuso sexual a niñas y adolescentes,22 lo cual le ocasionó una brutal persecución —que puso, y hasta la fecha sigue poniendo, en peligro su vida— tanto por parte de los delincuentes como de los políticos que los protegen. Lydia Cacho es un caso excepcional en la defensa de los más vulnerables, y en su libro Esclavas del poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo ( Cacho, 2010) lleva a cabo un alegato en contra de la trata abusiva y criminal en varias partes del mundo, México incluido. Pese a su valentía e integridad personal, su trabajo periodístico mezcla conceptualmente prostitución y trata, además de que carece de ciertos soportes de rigor académico, como el de citar sus fuentes o poner bibliografía. Esta mezcla hace que su trabajo resulte sesgado y, en ocasiones, panfletario. No obstante, su arrojo le ha ganado admiración como heroína en la lucha contra la trata.

Una figura emblemática en la lucha contra la violencia hacia las mujeres en México es Marcela Lagarde. Ya desde su tesis doctoral de antropología (Lagarde, 1990), en la que construye el concepto de “cautiverio” como “la expresión político-cultural de la condición subalterna de la mujer”, Lagarde habla de la prostitución de dos maneras distintas. Una, en la que coincido con ella, cuando usa el concepto de “puta” como una categoría de la cultura política patriarcal que sataniza el erotismo de las mujeres, y plantea: “Puta es un concepto genérico que designa a las mujeres definidas por el erotismo, en una cultura que lo ha construido como tabú para ellas” (Lagarde, 1990, p. 543). Pero en la otra, de la cual discrepo, la vincula con la violencia y asume una perspectiva abolicionista: “La prostitución presenta afinidad con otro tipo de relación entre el hombre y la mujer. Se trata de la violación” (Lagarde, 1990, p. 555). Por eso Lagarde considera que:

La violación y la prostitución tienen en común el placer implícito del hombre (violador o cliente), la relación de dominación absoluta, la no-continuidad de la relación social o afectiva, después de la relación erótica […]. La cosificación de las mujeres por ambas relaciones sintetiza y aclara el carácter patriarcal de las relaciones y de la trama social basada en la existencia de una ley de propiedad genérica: la propiedad de todas las mujeres por todos los hombres (Lagarde, 1990, p. 555).

El trabajo fundamental de Lagarde se ha centrado en los feminicidios, sin ampliar su activismo al campo del comercio sexual. Sin embargo, en ocasiones ha hecho comentarios respecto de la trata, con una postura cercana al abolicionismo.23

En nuestro país la disputa feminista en relación con el comercio sexual cobró visibilidad en 2014, luego de que una jueza federal ordenó a la Secretaría de Trabajo y Fomento al Empleo del Gobierno del Distrito Federal (GDF) otorgar a las personas que trabajan en el comercio sexual callejero la licencia de “trabajadores no asalariados”.24 Esta resolución judicial25 fue la culminación de una larga lucha de un grupo de trabajadoras/es sexuales que tuvo que recurrir a un juicio de amparo, pues con anterioridad el GDF se había negado a otorgarles dicho reconocimiento laboral. La primera entrega de las licencias se realizó el 10 de marzo de 2014 en las instalaciones de la Secretaría, y cuando la prensa la dio a conocer, la sección latinoamericana de la Coalition Against Trafficking in Women (CATWLAC) desató en twitter una campaña en contra de la entonces secretaria, Patricia Mercado (véase Lamas, 2014). Esa reacción de la CATWLAC y otras feministas abolicionistas, que atacan e intentan denigrar cualquier iniciativa que tienda hacia la regulación (como es el otorgamiento de las licencias), me impulsaron a entrar en la disputa pública.

En el número de septiembre de la revista Nexos publiqué un artículo titulado “¿Prostitución, trata o trabajo?” ( Lamas, 2014) que causó comentarios a favor y en contra. Intrigada por el desacuerdo de algunas compañeras feministas, convoqué y coordiné una mesa de discusión interna: “Perspectivas críticas sobre el tráfico de mujeres: un diálogo entre académicas feministas”.26 Ahí Ana Amuchástegui27 me invitaría a colaborar en un panel internacional en el cual varios académicos expondrían sus resultados de investigaciones empíricas sobre los efectos negativos en la situación de las trabajadoras sexuales del llamado “combate contra la trata con fines de explotación sexual”. Al Foro “Sexo, poder y dinero: perspectivas críticas sobre la trata de mujeres”,28 que se llevó a cabo el 18 de marzo del 2015, asistieron jóvenes investigadoras, y a partir de ahí, y también por iniciativa de Amuchástegui, se conformó en 2016 un grupo de trabajo desde una perspectiva no abolicionista, titulado “Placer y peligro: política neoliberal, sexualidad y género”.29

Pero lo que verdaderamente cimbró a nivel mundial la disputa entre feministas fue la declaración que en agosto de 2015 hizo Amnistía Internacional (AI) sobre la necesidad de despenalizar el comercio sexual para defender los derechos humanos de las y los trabajadores sexuales (Amnesty International, 2015). Dicha declaración cayó como una bomba entre los grupos abolicionistas. El escándalo fue mayúsculo y feroz en Estados Unidos, donde muchas actrices de Hollywood usaron sus espacios mediáticos para protestar contra AI, con declaraciones donde afirmaban que la despenalización conduce siempre a la trata y que el comercio sexual siempre es violencia hacia las mujeres. AI enfatizó que condena enérgicamente todas las formas de trata de personas, incluida la trata con fines de explotación sexual, que constituye una violación inadmisible a los derechos humanos y debe ser penalizada. También explicó que la despenalización del trabajo sexual no significa eliminar las sanciones penales para la trata de personas, e insistió en que no hay estudios ni indicios serios que sugieran que la despenalización da lugar a un aumento de la trata.30 AI señaló que defiende todos los aspectos del sexo consentido entre adultos que no incluyan coerción, explotación o abuso, al tiempo que declaró que hay que proporcionar una mayor protección a los derechos humanos de las/os trabajadoras/es sexuales, pues el estigma del trabajo sexual contribuye a la discriminación y marginación de quienes se dedican a él. En el convencimiento de que criminalizar expone a los y las trabajadores sexuales a mayores riesgos para su vida, AI declaró que el derecho penal no es la respuesta.

A guisa de conclusión

El avance cada vez mayor de una conciencia sobre los derechos humanos de las personas que realizan trabajo sexual se contrapone al pánico social alentado por el abolicionismo, mismo que ha llevado a un endurecimiento de las acciones punitivas. En México es indispensable una regulación del comercio sexual que preserve la independencia y la seguridad de las personas que se dedican al trabajo sexual, y que les otorgue los mismos derechos laborales que a las demás trabajadoras. Esto requiere que se acepten legalmente formas grupales de organización del trabajo (pequeñas empresas o cooperativas) donde la organización de varias personas para hacer negocio no se interprete como lenocinio.31 El reclamo de las trabajadoras independientes y la resolución de la jueza García Villegas obligan a que el sistema judicial realice un minucioso análisis de la Ley General para Prevenir, Sancionar y Erradicar los Delitos en Materia de Trata de Personas y para la Protección y Asistencia a las Víctimas de estos Delitos, pues esta ley es utilizada para impedir el pleno reconocimiento del trabajo sexual, entendido como actividad sexual remunerada, voluntaria y entre adultos. Quienes administran justicia no distinguen entre trabajo sexual, lenocinio, explotación sexual y trata, y muchos funcionarios han asumido la perspectiva abolicionista, que supone que la prostitución necesariamente constituye una expresión de violencia sexual extrema. Además, amparándose en esa Ley los operativos que dicen “rescatar” víctimas fincan el delito de trata, aunque no se den los tres elementos de captación, traslado y amenaza/uso de fuerza.

Hoy, las feministas en México van a tener que definir su postura ante un fenómeno que despunta con fuerza: la reivindicación pública de trabajadoras sexuales que plantean su libertad de establecer contratos laborales en el marco de la defensa de sus derechos. Las compañeras que lograron las licencias son excepcionales en el uso político que le dan a una situación que se considera “vergonzosa”. Estas trabajadoras sexuales feministas y politizadas, que reivindican su derecho a “elegir”, se desmarcan de los dos estereotipos culturales —el de la pecadora y el de la víctima— e inauguran una manera distinta de asumirse públicamente. Esto pone a las feministas en una disyuntiva: o bien apoyar la posición que exige la libertad en el uso del propio cuerpo, o bien secundar la que condena utilizar la sexualidad como mercancía. Este dilema está entretejido en una madeja conceptual cuyos elementos hay que desenredar, y creo que es posible hacerlo usando los argumentos de Nussbaum y Satz.

A mí lo que más me intriga en esta disputa es por qué el fantasma de la violencia sexual sigue siendo un vehículo cultural de tal eficacia.32 El abolicionismo se alimenta del espectro de la violencia sexualizada, y vale la pena explorar el abuso que las feministas están haciendo de la figura de la víctima, así como la asociación entre la violación y la prostitución, que persiste en el imaginario feminista.33 Este “pánico moral” impide ver las variedades de situaciones en las que se encuentran las trabajadoras sexuales, con distintos niveles de decisión personal y de ganancia respecto al trabajo sexual, y dificulta la elaboración de políticas públicas que partan de la defensa de sus derechos laborales.

Además, la disputa en torno a la “prostitución” favorece la fragmentación política del feminismo. Un problema social como la precariedad laboral forzada por la economía política neoliberal ya de por sí divide a los distintos grupos como para que, además, la disputa confronte a las activistas que podrían estar luchando unidas. Es obvio que el problema no son las distintas tendencias del feminismo, sino que quienes luchan por rescatar a las víctimas y castigar a los hombres prostituyentes estén colaborando con el ascenso de las políticas de “mano dura” del proyecto económico del capitalismo neoliberal, que avanza despiadadamente, con el giro punitivo y carcelario del que he hablado, hacia la erosión de las libertades individuales y los derechos laborales. Si bien la lucha política del movimiento feminista contra la violencia hacia las mujeres tiene otro objetivo, está atrapada en el paradigma de la gobernanza neoliberal: castigar a los pobres ( Wacquant, 2013). Esto es evidente en la forma en que las abolicionistas insisten en acabar con el sustento de las trabajadoras sexuales pobres, sin ofrecerles una alternativa económica equiparable. Y por eso la disputa feminista en torno a la “prostitución” parece ser la punta de un iceberg cuya parte menos visible es nada menos que la disputa por el modelo de sociedad a la cual se aspira y por la cual se lucha. Eso hace que la disputa sea tan irreconciliable y amarga.

Referencias

  • o The Association of Autonomous Women Workers in Ecuador 22 June
  • o Kempadoo, J. Doezema (Eds.), Global Sex Workers. Rights, Resistance and Redefinition, Routledge, Nueva York (1998)
  • o Agoff, I. Casique, R. Castro (Eds.), Visible en todas partes. Estudios sobre violencia contra mujeres en múltiples ámbitos, Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM, México (2013)
  • o El amor venal y la condición femenina en el México colonial
  • o Instituto Nacional de Antropología e Historia, México (1992)
  • o La infancia como mercancía sexual. México, Canadá, Estados Unidos
  • o CIESAS y Siglo XXI, México (2003)
  • o Esclavitud sexual de la mujer
  • o La Sal, edicions de les dones, Barcelona (1987)
  • o The Prostitution of Sexuality
  • o New York University Press, Nueva York (1995)
  • o Comercio sexual en la Merced: una perspectiva constructivista sobre el sexoservicio
  • o UAM y Miguel Ángel Porrúa Editores, México (2006)
  • o Belausteguigoitia, L. Melgar (Eds.), Fronteras, violencia y justicia: nuevos discursos, PUEG/UNAM, México (2007)
  • o What’s wrong with prostitution? What’s right with sex work? Comparing markets in female sexual labor
  • o Hastings Women’s Law Journal, 10 (Winter) (1999), p. 1
  • o ¿Las políticas carcelarias representan la justicia de género? La trata de mujeres y los circuitos neoliberales del crimen, el sexo y los derechos
  • o Debate Feminista, 25 (50) (2014), pp. 280–320

|

 PDF (290 K)

  • o Birgin (Ed.), Las trampas del poder punitivo. El género del derecho penal, Biblos, Buenos Aires (2000)
  • o Hablando claramente sobre la prostitución. En: Para la liberación del segundo sexo; selección y prólogo de Otilia Vainstok
  • o Ediciones de la Flor, Buenos Aires (1972)
  • o Los demonios del Edén. El poder que protege a la pornografía infantil
  • o Debolsillo, México (2005)
  • o Esclavas del poder. Un viaje al corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en el mundo
  • o Paidós, México (2010)
  • o Castro, I. Casique (Eds.), Estudios sobre cultura, género y violencia contra las mujeres, Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM, México (2008)
  • o This is what trafficking looks like
  • o Flores-González, A. Romina Guevarra, M. Toro Morn, G. Chang (Eds.), Inmigrant Women Workers Unite in the Neoliberal Age, The University of Chicago Press, Chicago (2013)
  • o Sex Workers Unite. A History of the Movement from Stonewall to SlutWalk
  • o Beacon Press, Boston (2013)
  • o Diccionario de psicoanálisis
  • o Amorrortu, Buenos Aires (1998)
  • o Policing Pleausure. Sex Work, Policiy and the State in Global Perspective
  • o New York University Press, Nueva York (2011)
  • o La modernidad americana. Claves para su comprensión
  • o Echeverría (Ed.), La americanización de la modernidad, Era/UNAM (2008)
  • o Derechos y garantías. La ley del más débil
  • o Trotta, Madrid (1999)
  • o Ambigüedad social y moral pública en las decisiones judiciales
  • o Revista la Ventana, 4 (30) (2009), pp. 47–86
    • Fraser, 2013
    • Fraser N. (2013). How feminism became capitalism’s handmaiden, and how to reclaim it. The Guardian, 14 de octubre de 2013. [Hay traducción al español por Lola Rivera: “De cómo cierto feminismo se convirtió en la criada del capitalismo, y cómo remediarlo”, lalinea de fuego, 21 de octubre de 2013.]
  • o The Oldest Professions in Revolutionaty Times: Madames, Pimps and Prostitution in Mexico City (1920-1952) [tesis de doctorado]
  • o York University, Toronto (2015)
  • o Violencia sexista. Algunas claves para la comprensión del feminicidio en Ciudad Juárez
  • o Programa Universitario de Estudios de Género de la UNAM, México (2004)
  • o Reflexiones sobre el concepto de violencia falocrática desde el método de la complejidad
  • o Huacuz Elías (Ed.), La bifurcación del caos. Reflexiones interdisciplinarias sobre violencia falocéntrica, UAM-Xochimilco e Ítaca, México (2011)
  • o Fractious rivals? Moral panic and moral regulation
  • o P. Hier (Ed.), Moral Panic and the Politics of Anxiety, Routledge, Londres (2011)
  • o Erotismo de autoayuda
  • o Katz Editores, Buenos Aires (2014)
  • o Kempadoo (Ed.), Trafficking and Prostitution Reconsidered. New Perspectives on Migration, Sex Work and Human Rights., Paradigm Publishers, Londres (2012)
  • o Cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas
  • o Coordinación General de Estudios de Posgrado. Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, México (1990)
  • o ¿Prostitución, trata o trabajo?
  • o Nexos, 441 (2014)
  • o La herencia de la criminología crítica
  • o Siglo XXI Editores, México (1991)
  • o Criminología crítica y violencia de género
  • o Trotta, Madrid (2007)
  • o La violencia de género en el derecho penal: un ejemplo de paternalismo punitivo
  • o Laurenzo, M.L. Maqueda, A. Rubio (Eds.), Género, violencia y derecho, Ediciones del Puerto, Buenos Aires (2009)
  • o La invención de la mujer casta. La conciencia puritana y la sexualidad moderna
  • o Siglo XXI, Madrid (1990)
  • o Trafficking, Prostitution and Inequality
  • o Harvard University Press, Cambridge (2011)
  • o Trabajadoras sexuales conquistan derechos laborales
  • o Debate Feminista, 25 (50) (2014), pp. 137–159

|

 PDF (230 K)

  • o ¿Es la estrategia penal una solución a la violencia contra las mujeres? Algunas respuestas desde un discurso feminista crítico
  • o Laurenzo, M.L. Maqueda, A. Rubio (Eds.), Género, violencia y derecho, Ediciones del Puerto, Buenos Aires (2009)
  • o Consideraciones sobre justicia, violencia de género y política feminista
  • o Raphael, M.T. Priego (Eds.), Arte, justicia y género, Suprema Corte e Justicia y Fontamara, México (2013)
  • o Tolerancia ante la violencia, feminicidio e impunidad: algunas reflexiones
  • o Huacuz Elías (Ed.), La bifurcación del caos. Reflexiones interdisciplinarias sobre violencia falocéntrica, UAM-Xochimilco e Ítaca, México (2011)
  • o The Prostitution Papers: A Candid Dialogue
  • o Avon Books, Nueva York (1973)
  • o El continuo de la lucha del feminismo contra la violencia o morir en un espacio globalizado transfronterizo: teoría y práctica del movimiento anti-feminicida en Ciudad Juárez
  • o Huacuz Elías (Ed.), La bifurcación del caos. Reflexiones interdisciplinarias sobre violencia falocéntrica, UAM-Xochimilco e Ítaca, México (2011)
  • o Trama de una injusticia. Feminicidio sexual sistémico en Ciudad Juárez
  • o Colegio de la Frontera Norte y Miguel Ángel Porrúa, México (2009)
  • o Los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez
  • o Lamas (Ed.), Miradas feministas sobre las mexicanas del siglo xx, Fondo de Cultura Económica, México (2007)
  • o El juez, la prostituta y sus clientes: discursos y representaciones sobre las prostitutas y la prostitución en la ciudad de México, en la segunda mitad del siglo xix [tesis de maestría en Historia]
  • o Escuela Nacional de Antropología e Historia, México (1996)
  • o Contribución a la crítica del feminismo punitivo
  • o Huacuz Elías (Ed.), La bifurcación del caos. Reflexiones interdisciplinarias sobre violencia falocéntrica, UAM-Xochimilco e Ítaca, México (2011)
  • o Whether from Reason or Prejudice. Taking Money for Bodily Services. En: Sex and Social Justice
  • o Oxford University Press, Oxford (1999)
  • o Trafficking, modern slavery, and the human security agenda
  • o Human Security Journal, 6 (2008), pp. 8–15

|

Citing articles (1)

  • o ¿Podría la verdadera esclava sexual dar un paso adelante?
  • o Debate Feminista, 25 (50) (2014), pp. 256–279

|

 PDF (240 K)

    • ONU, 2000
    • ONU (2000). Protocolo de Palermo.
  • o The Sexual Contract
  • o Polity Press, Cambridge (1989)
  • o Pheterson (Ed.), A Vindication of the Rights of Whores, The Seal Press, Seattle (1989) [Hay versión española: Nosotras, las putas, Madrid, Talasa Ediciones, 1989]
  • o Whose Body? Whose Property?
  • o Palgrave, Londres (2013)
  • o La violencia contra la salud y la salud mental
  • o Saucedo (Ed.), Violencia contra las mujeres en México, PUEG/ONUMujeres, México (2011)
  • o Gritos en el silencio: niñas y mujeres frente a redes de prostitución. Un revés para los derechos humanos
  • o Miguel Ángel Porrúa, México (2007)
  • o Why Some Things Should Not Be for Sale. The Moral Limits of Markets
  • o Oxford University Press, Oxford (2010)
  • o Movimientos contra la violencia hacia las mujeres
  • o Espinosa, A. Lau (Eds.), Un fantasma recorre el siglo. Luchas feministas en México (1910-2010), UAM/Itaca (2011)
  • o De la amplitud discursiva a la concreción de las acciones: los aportes del feminismo a la conceptualización de la violencia doméstica
  • o Urrutia (Ed.), Estudios sobre las mujeres y las relaciones de género en México: aportes desde diversas disciplinas, El Colegio de México, México (2002)
  • o Saucedo (Ed.), Violencia contra las mujeres en México, Programa Universitario de Estudios de Género/ONUMujeres, México (2011)
  • o Ambigüedades y complejidades: la ley de trata con fines de explotación sexual y el no reconocmineto del trabajo sexual en México
  • o Cátedra Extraordinaria Trata de personas de la UNAM, México (2016)
  • o Con sus propias palabras: relatos fragmentarios de víctimas de trata
  • o LXI Legislatura, Cámara de Diputados, México (2010)
  • o La violencia en casa
  • o Paidós, México (2001)
    • UNFPA, 2013
    • UNFPA (2013). Modelo integral de intervención contra la trata sexual de mujeres y niñas.
  • o S. Vance (Ed.), Pleasure and Danger: Exploring Female Sexuality., Routledge & Paul Kegan, Boston (1984)
  • o Castigar a los pobres. El gobierno neoliberal de la inseguridad social
  • o Gedisa, Barcelona (2013)
  • o Flawed theory and method in studies of prostitution
  • o Violence Against Women, 11 (7) (2005), pp. 934–949

|

View Record in Scopus

|

Citing articles (78)

  • o The social construction of sex trafficking: Ideology and institutionalization of a moral crusade
  • o Politics and Society, 35 (3) (2007), pp. 447–475

|

View Record in Scopus

|

Citing articles (197)

  • o Legalizing Prostitution. From Illicit Vice to Lawful Business
  • o New York University Press, Nueva York (2012)
  • o El movimiento para criminalizar el trabajo sexual en Estados Unidos
  • o Debate Feminista, 25 (50) (2014), pp. 187–219

|

 PDF (287 K)

  • o Moral panic: Its origins in resistence, ressentiment and the translation of fantasy into reality
  • o British Journal of Criminology, 49 (1) (2009), pp. 4–16

|

View Record in Scopus

|

Citing articles (72)

  • o El discurso feminista y el poder punitivo
  • o Birgin (Ed.), Las trampas del poder punitivo, Biblos, Buenos Aires (2000)

La revisión por pares es responsabilidad de la Universidad Nacional Autónoma de México.

1

No me gusta hablar de prostitución porque es un término que únicamente alude de manera denigratoria a quien vende servicios sexuales, mientras que comercio sexual da cuenta del proceso de compra-venta, que incluye también al cliente. Por eso en estas páginas pongo el término entre comillas.

2

El pequeño libro (Millet, 1973) consta de una reflexión y 4 entrevistas a “prostitutas”.

3

La traducción es mía.

4

Carol Vance (1984) publicó una antología con una selección de los textos presentados en dicha conferencia.

5

Una relación de los grupos europeos se encuentra en Pheterson (1989).

6

En Uruguay en 1985 se crea la Asociación de Meretrices Profesionales del Uruguay (AMEPU) y logra su reconocimiento jurídico en 1988. En 1987, en Brasil, Gabriela Leite funda la Asociación Nacional de Prostitutas, con sede en Río de Janeiro, y lleva a cabo la Primera Conferencia de Prostitutas; en octubre de ese mismo 1987, en San José Costa Rica se establece la Red de Mujeres Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica y el Caribe (RedTraSex) donde hoy participan organizaciones de trabajadoras sexuales de 15 países. A lo largo de la década de 1990 surgirán más grupos organizados, como la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR) en 1994; en República Dominicana, el Movimiento de Mujeres Unidas (MODEMU) nació en noviembre de 1997; en México, la Organización Mujer Libertad de Querétaro, en 1997, y en 1998 mujeres de 18 estados de la república fundan la Red Mexicana de Trabajo Sexual; en Chile la fundación Margen aparece en 1998.

7

Los nueve puntos que planteaba eran: 1: autonomía financiera; 2: elección ocupacional; 3: alianza entre mujeres; 4: autodeterminación sexual; 5: desarrollo infantil sano; 6: integridad; 7: pornografía; 8: migración y tráfico, y 9: un movimiento para todas las mujeres. Además, se pronunciaba contra la prostitución de menores (Pheterson, 1989).

8

Autora de Female Sexual Slavery (1979) ( Barry, 1987), libro que luego se amplió y se convirtió en The Prostitution of Sexuality. Global Exploitation of Women ( Barry, 1995).

9

Analizar y debatir a MacKinnon requeriría un ensayo por sí solo. Aquí solamente registro su decisiva influencia en la disputa feminista.

10

En un simposio del Michigan Journal of Gender and Law sobre “Prostitution: From Academia to Activism” con una ponencia sobre la prostitución y los derechos civiles que sería publicada al año siguiente en esa misma revista ( MacKinnon, 1993).

11

En 2003, Bush decreta un plan emergente contra el sida que dispone de 15 billones de dólares, cuyo objetivo incluye la “erradicación de la prostitución” al considerarla “propagadora” del VIH. Así prohíbe que se otorgue dinero a los grupos organizados que trabajan con “prostitutas”. Para recibir financiamiento las organizaciones debían firmar un Anti-Prostitution Pledge ( Weitzer, 2007).

12

La evidencia indica que el fenómeno de migración para dedicarse al trabajo sexual es diverso y complejo. Hay varias trayectorias migratorias y distintas experiencias de trabajo que pueden implicar mucha coerción o explotación, o buena información e intencionalidad consciente de parte de la migrante ( Kempadoo, 2012 ;  Chang, 2013).

13

La Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional, llamada Convención de Palermo, tiene tres protocolos: uno para prevenir, reprimir y sancionar la trata de personas, especialmente de mujeres y niños; otro sobre el contrabando de migrantes, y el tercero contra la fabricación y el tráfico ilegal de armas. La definición en el Protocolo de trata implica tres cuestiones: 1) conductas (captación, transporte, traslado, acogida o recepción de la persona); 2) medios (amenaza, uso de la fuerza, engaño), y 3) fines (explotación) (ONU, 2000).

14

Según Ronald Weitzer, un investigador especializado, los abolicionistas afirman que hay cientos de miles —si no es que millones— de víctimas en todo el mundo, y que este problema ha alcanzado niveles epidémicos, afirmaciones que han sido reproducidas —sin corroborar— por funcionarios gubernamentales de Estados Unidos y otras naciones. Luego de recopilar investigaciones con cifras de distintas fuentes oficiales sobre las víctimas de trata, de analizarlas minuciosamente y compararlas con cifras sobre víctimas registradas, Weitzer declara que existe una total discrepancia entre ambas. Por ello afirma que las cifras que denuncian la magnitud del problema no son confiables en lo más mínimo y que las alarmistas declaraciones de que la magnitud del problema es inmensa y va en aumento no tienen sustento empírico alguno. Incluso los estimados generales son dudosos, dada la naturaleza ilegal y clandestina del comercio sexual; existen además otros focos rojos: las cifras oficiales han fluctuado bastante en un corto periodo y relativamente pocas víctimas de trata han sido localizadas ( Weitzer, 2005; Weitzer, 2007; Weitzer, 2012 ;  Weitzer, 2014).

15

Varios testimonios de trabajadoras sexuales en la Ciudad de México describen los “operativos de rescate” que llegan a los antros y cabarets, durante los cuales les dicen a las mujeres: “Todas las víctimas pónganse aquí” y a la trabajadora que responde “Yo no soy víctima” se le contesta: “Entonces eres cómplice”. Ante tal acusación, muchas aceptan declararse “víctimas”.

16

Esto lleva a interrogarse con rigor sobre las circunstancias en que las mujeres acceden a una relación sexual. ¿Qué tan diferentes son entre sí las mujeres que se venden abiertamente de quienes acceden a distintas formas de intercambio de servicios sexuales por seguridad, por una posición, por regalos o promociones laborales? Además, aunque la llamada “prostitución” es la actividad exclusiva de un grupo determinado de mujeres, no hay que olvidar que también es una actividad complementaria de un grupo muy amplio de amas de casa, estudiantes y trabajadoras que se “ayudan” económicamente o colaboran con el ingreso familiar de esa manera.

17

Birgin publicó más tarde varias compilaciones de ensayos jurídicos, en especial una sobre las trampas del poder punitivo de la ley (véase Birgin, 2000).

18

En Estados Unidos el comercio sexual es ilegal, tanto para quien vende como para quien compra. Solamente en Nevada es legal desde 1971. Ahí los burdeles cumplen con estrictas medidas de seguridad (botones de alarma, supervisión continua con micrófonos ocultos), lo que los convierte en lugares muy seguros para trabajar (Dewey y Kelly, 2011).

19

Como las de Ana María Atondo (1992), Fernanda Núñez (1996) y, más recientemente, Pamela Fuentes (2015).

20

Como la de Elena Azaola (2003) sobre prostitución infantil y la de Gustavo Fondevila (2009) sobre la moral pública en las decisiones judiciales respecto a la prostitución.

21

Una excepción es el libro coordinado por Angélica Bautista y Elsa Conde sobre el trabajo sexual en La Merced, con reflexiones de ellas y de otros autores sobre los derechos humanos y la desigualdad de género (Bautista y Conde, 2006). Otro, más centrado en la denuncia que en el análisis, es el de Andrea Reyes Parra, que ofrece una interpretación sobre lo ocurrido en el Centro de Atención Interdisciplinaria y Servicios (CAIS) de la CDHDF (Reyes, 2007).

22

Su libro Los demonios del Edén es un desgarrador relato sobre el abuso de niños/as y adolescentes y la forma en que el poder político protege a los pederastas abusadores (véase Cacho, 2005).

23

Por ejemplo, en el IV Congreso Latinoamericano de Antropología (octubre de 2015) hubo una mesa redonda en torno a los “Aportes de la antropología feminista al análisis de la trata de personas y la violencia de género”, donde Lagarde reiteró la idea de la creciente violencia hacia las mujeres víctimas.

24

El Reglamento para los Trabajadores No Asalariados del Distrito Federal existe desde 1972, y con él se registra a personas que laboran en la vía pública sin una relación patronal ni un salario fijo, como los lustrabotas, los cuidacoches, los músicos callejeros, los vendedores de billetes de lotería y 10 oficios más.

25

Correspondió a la jueza Paula María García Villegas Sánchez Cordero, del Décimo Tribunal Colegiado del Primer Circuito, quien concedió el amparo el 31 de enero de 2014. (Véase Madrid, Montejo e Icela, 2014.)

26

Se llevó a cabo en el programa Universitario de Estudios de Género de la UNAM el 1 de diciembre de 2014.

27

Amuchástegui (Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco) es integrante del Neoliberalism and Sexualities Working Group (NSWG), coordinado por las doctoras Elizabeth Bernstein y Janet Jacobson, del Center for Research on Women del Barnard College; entre sus integrantes se encuentran Sealing Cheng (University of Hong Kong), Mark Padilla (Florida International University), Mario Pecheny (Universidad de Buenos Aires) y Kerwin Kaye (Wesleyan College).

28

Auditorio Mario de la Cueva de la Torre II de Humanidades de la UNAM, convocado por el Barnard Center for Research on Women, la UAM-Xochimilaco, la Cátedra Extraoridinaria sobre Trata de Personas de la UNAM y el Programa Universitario de Estudios de Género de la UNAM.

29

Las integrantes son Luz del Carmen Jiménez Portillo, Jessica Gutiérrez, Melisa Cabrapan, Lucía Núñez, Nancy Lombardini, Azucena Ojeda, Ana Amuchástegui y yo. El nombre “Placer y peligro” retoma el título de la famosa Conferencia de Barnard (1982), que marcó un giro en las “guerras en torno a la sexualidad”.

30

Esta declaración la hizo AI luego de realizar una sólida investigación y consulta con una diversidad de organizaciones y personas, desde la Organización Mundial de la Salud, ONUSIDA, ONU Mujeres, la Organización Internacional del Trabajo (OIT), Anti-Slavery International y Human Rights Watch, Open Society Institution (OSI), la Alianza Global contra la Trata de Mujeres, hasta la recopilación de testimonios de más de 200 trabajadores/as y ex trabajadoras/es sexuales, policías y funcionarios de gobierno en Argentina, Hong Kong, Noruega y Papúa Nueva Guinea. Además, las oficinas nacionales de AI en todo el mundo contribuyeron realizando consultas locales con grupos de trabajadoras/es sexuales, grupos que representan a supervivientes de trata, organizaciones abolicionistas, feministas y otros representantes de los derechos de las mujeres, activistas LGBTI, organismos contra la trata de personas, activistas que trabajan sobre el VIH/sida y muchos más.

31

Si tres o cuatro amigas decidieran trabajar juntas, a quien rente el departamento se le podría acusar de lenona. Igual ocurre con los familiares (madres, hermanos, hijos) que acompañan a las mujeres que trabajan. Las denuncias por lenocinio no tocan las altas esferas de la “prostitución”, y para lo único que sirven es para controlar a las trabajadoras sexuales, que necesitan trabajar acompañadas de amistades o parientes. Es necesario que se acepten otras formas de organización del trabajo sexual, para que el delito de lenocinio no se pueda aplicar contra las personas que acompañan a las trabajadoras.

32

Utilizo el término fantasma en su sentido psicoanalítico, como fantasía, representación, guión escénico imaginario, ensoñación que pone en escena de manera más o menos disfrazada un deseo (Chemama, 1998, p. 157).

33

Es significativo que, desde las primeras reflexiones feministas, se vinculó la prostitución con la violación. (Véase Brownmiller, 1972.)

© 2016 Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Biología.