No es país para mujeres jóvenes: crímenes de honor e infanticidio en Irlanda

Publicado el 3 de junio de 2014 por Stephanie Lord

https://feministire.com/2014/06/03/no-country-for-young-women-honour-crimes-and-infanticide-in-ireland/

 

magdalene

 

Cuando yo estaba en primer año en la escuela secundaria en 1997, una chica del año superior al mío se quedó embarazada. Tenía 14 años. Las únicas personas a las que oí decir algo negativo sobre ella fueron un grupo de chicas mayores que llevaban con orgullo sus diminutos pines “pro-vida” en sus uniformes. Le llamaron puta a sus espaldas y dijeron que sería una mala madre. Se posicionaron como las moralmente superiores que cuidaban al bebé, pero no a la madre soltera. Son los restos de una Irlanda —un Estado fascista cuasiclerical— que nos gustaría creer que pertenece al pasado, pero que aún perdura.

La semana pasada se dio a conocer la noticia de una fosa séptica llena con los restos de 796 niños y bebés en Galway. Los restos se acumularon desde los años 1925 a 1961 y una causa común de muerte fue la desnutrición y la enfermedad prevenible. El “Hogar del Buen Socorro” había alojado a miles de madres solteras y sus hijos a través de los años. Estas mujeres habían violado el honor de sus comunidades, llevando la vergüenza a sus familias a través del embarazo “ilegítimo” y por lo tanto tuvieron que ser escondidas a toda costa y castigadas por sus transgresiones. Los niños murieron mientras vivían desechados como la basura de la sociedad que la Iglesia los consideraba, a ellos y a las madres que los dieron a luz. La mayoría de los niños que sobrevivieron fueron puestos a trabajar en escuelas industriales bajo la supervisión de pervertidos y sádicos.

Miles de los niños sanos fueron vendidos en el extranjero —en su mayoría a los Estados Unidos— para “adopción”. Para los que se quedaron, el panorama era pobre. Las tasas de mortalidad del 50% o 60% eran comunes en estos “hogares”. En el caso de los que murieron, o bien la Iglesia no sintió que fueran lo suficientemente valiosos como para alimentarles y cuidarles, o trabajó activamente para procurar su muerte. El riesgo que planteaban al orden social en virtud de las circunstancias de su concepción y nacimiento era demasiado grande para dejarlo ir sin control. Estos niños ciertamente no morían por falta de dinero o recursos por parte de la Iglesia (tenían un ingreso de los niños que vendían), y cuantos menos niños de este tipo hubiera, menos amenaza habría para el control de la Iglesia sobre la sociedad.

Si la Iglesia les hubiera permitido crecer como adultos funcionales en la sociedad irlandesa, habría corrido el riesgo de demostrar que la institución del matrimonio no era absolutamente necesaria para el bienestar moral de una persona. A las mujeres no se les permitía mantener a sus hijos porque la vergüenza que su existencia traería a la comunidad sería demasiado grande. Fueron encarceladas dentro de las lavanderías de Magdalena para expiar sus pecados de honor, y sus bebés fueron apartados de ellas como parte de su castigo: las mujeres que deshonraron a la comunidad fueron consideradas incapaces de ser madres.

La Irlanda contemporánea fingió un shock cuando surgieron las historias de las lavanderías y de las instituciones residenciales. Tal vez el choque de aquellos que eran demasiado jóvenes para haber sufrido la amenaza de ser encerrados en una de esas instituciones por “mal comportamiento” era genuino, porque las instituciones comenzaron a cerrar a medida que pasaban los años. Pero la gente de cincuenta y sesenta años recordará cómo los “niños de los hogares” vinieron a veces a las escuelas, y fueron aislados de otros niños (legítimos), y luego a veces nunca volvieron. Si bien esos escolares quizá no hayan comprendido plenamente lo que sucedió, sus padres y maestros y la comunidad de adultos que los rodeaban sí lo sabían.

Irlanda en su conjunto fue cómplice en la muerte de estos niños, y en los crímenes de honor contra las mujeres. Eran los “bebés ilegítimos” nacidos de las “mujeres descarriadas” que literalmente desaparecieron de las aldeas y pueblos de Irlanda en las lavanderías de Magdalena. Todo el mundo lo sabía, pero nadie dijo nada: “El honor debe ser restaurado. Debemos mantener el buen nombre de la familia”.

Las propias mujeres cumplían un doble propósito en las lavanderías. Eran una advertencia a las demás de lo que sucedía cuando se violaba el gobierno de la Iglesia, y eran activos financieros dedicados al trabajo duro en nombre de la Iglesia. No eran trabajadoras asalariadas; no recibieron paga. No podían irse por voluntad propia, y sus familias, en su mayor parte, no venían por ellas; la vergüenza de la familia sería demasiado grande. Irlanda tenía una estructura que usaba para encarcelar a mujeres por ser seres sexuales, por ser víctimas de violación, por no ser la incubadora idolatrada pura para el patriarcado, por no tener suficiente integridad femenina, o por ser simplemente demasiado bonitas para el gusto del sacerdote local. Irlanda tiene una larga tradición de patologizar la diferencia.

La gente sabía lo que pasaba en esas instituciones. Esa amenaza se apoderó de las mujeres de Irlanda durante décadas. En raras ocasiones, cuando la gente intentaba hablar, eran silenciados, porque la restauración del honor requiere la complicidad de la comunidad. El miedo a lo que la gente piense de la familia está incrustado en la cultura irlandesa.

El concepto de honor significa diferentes cosas en diferentes culturas, pero un hilo común es que si se rompe se puede restaurar a través de castigar a quienes lo rompen. Estamos familiarizados con los conceptos hegemónicos de “homicidio por honor” y “delitos de honor” como una forma de violencia contra las mujeres en otras culturas distintas a la nuestra. Los periódicos nos dicen que no es algo que la gente hace en Occidente. Los asesinatos de honor y los crímenes de honor son perpetuamente traídos siguiendo líneas racializadas y los medios de comunicación irlandeses y británicos los presentan felizmente en el contexto de un mito de superioridad moral.

Los crímenes de honor son actos de violencia doméstica, actos de castigo llevados a cabo por otros individuos —a veces familiares, a veces autoridades— por transgresiones reales o percibidas contra el código de honor de la comunidad. Sin embargo, sólo cuando hay una mujer que lleva un hijaab o una mujer es una persona de color, o étnica, se nombra el “honor” como una motivación para el acto de violencia. Es un término que ha sido exotizado, pero no es el acto en sí mismo o la ubicación en la que ocurre, sino la motivación que hay detrás de él, lo que es importante para definirlo.

Las mujeres de color, y las mujeres musulmanas, se construyen como el “otro”; Se nos dice que estas mujeres son dadas en matrimonio a una edad temprana por padres controladores que pasan la responsabilidad de controlarlas a los maridos. La “protección” de las mujeres se mantiene a través de un rígido sistema de control de su sexualidad en un marco de honor y vergüenza. Cuando estas mujeres transgreden los límites de la feminidad aceptable son abusadas y rechazadas por su comunidad. Los castigos van desde latigazos hasta la muerte, pero incluyen golpes físicos, secuestros y prisión.

La prisión de mujeres en las lavanderías de Magdalena merece ser nombrada como un crimen de honor debido a una obsesión cultural que creía que el buen nombre de la familia descansaba en la actividad sexual (percibida) de una mujer de la que su padre o su esposo o su hermano mayor era el cuidador. Su condena a la lavandería era para restaurar el honor familiar.

Recientemente un amigo mío twiteó cuando salió el veredicto en el juicio por asesinato de Robert Corbet. Corbet fue condenado por el asesinato de Aoife Phelan, una mujer de Laois a la que había estado viendo, quien le dijo que estaba embarazada. La golpeó y la estranguló, y luego, temiendo que no estuviera realmente muerta, le puso una bolsa negra sobre la cabeza, la cerró con dos abrazaderas y la enterró en un barril en la casa familiar. Al día siguiente subió a un avión rumbo a Nueva York para reunirse con su ex novia para intentar reparar su relación. Mi amigo había seguido el caso y en twitter se refería a Robert Corbet como tratando de pasar un “fin de semana caliente” en Nueva York.

Después de esto, mi amigo recibió correo no solicitado a su cuenta de Facebook, de una persona que dice ser el primo de la ex-novia de Robert Corbet diciendo: “… ¿Cómo te atreves a decir un fin de semana caliente en Nueva York y hablar de mi prima, que es su ex novia, de esa manera. No sabes lo que pasó cuando se fue o por qué se fue y además no conoces a mi prima, así que ¿cómo te atreves a decir que fue un fin de semana caliente. ”

La razón de mencionar esto no es, sin duda, hacer nigún tipo de juicio sobre el carácter o las acciones de la ex-novia de Robert Corbet, sino poner de manifiesto las intenciones de éste después de haber matado a una mujer, así como la mentalidad de la persona que envió este correo. Ese mensaje es un síntoma de la obsesión crónica de la Irlanda rural con la vergüenza y el mantenimiento del “buen nombre” de una persona a toda costa; Un desconocido hizo un post en Internet sobre las probables intenciones de un hombre después de asesinar a una mujer, y la reacción inmediata de otra persona no es leer lo que dijo acerca del asesinato de una mujer, sino dar fe de la pureza moral de su prima. Hay algo de malo en esto.

Había algo mal en Listowel cuando un párroco hizo una semblanza de Danny Foley, un hombre condenado por agresión sexual, cuya víctima fue rechazada después en bares y tiendas. Cuando el veredicto se hizo público, cincuenta personas (en su mayoría hombres de mediana edad) formaron una cola en el juzgado para estrechar la mano de Danny Foley. Los periodistas tomaron alegremente citas de los lugareños diciendo que era una lástima, ya que éste no era su carácter; era un buen hombre, de buena familia. La víctima no importaba. El sacerdote dijo de ella: “Bueno, ella tiene un hijo ¿sabes?, y eso no se ve bien.” John B. Keane no habría parpadeado.

No estamos tan lejos de las lavanderías de Magdalena. Robert Corbet mintió inicialmente a los guardias sobre dónde había enterrado a Aoife Phelan porque él “quiso proteger el lugar de la casa de la familia.” La necesidad de mantener el apellido intacto está incrustado en Irlanda tanto que hay incluso otras mujeres felices de ser cómplices del patriarcado y beneficiarse del mismo. Están las chicas de mi escuela que llevaban sus pines “pro-vida” (una de ellas es ahora médico,   me dicen). Están las mujeres que estrecharon la mano de Danny Foley. Están las mujeres que condenan a otras mujeres por hacer cosas que las hubieran llevado a una lavandería de Magdalena unas décadas antes. Que nadie cuestione su honor.

La cultura irlandesa se ha centrado tradicionalmente en erradicar a las mujeres problemáticas y a sus hijos. Durante años las mujeres embarazadas solteras fueron castigadas y escondidas en los reformatorios. Las mujeres que necesitan abortos viajan en silencio para tenerlos en secreto en Inglaterra, o tienen aquí abortos secretos en casa. Los ministros del gobierno participan activamente en políticas que hacen más difícil la vida a una madre soltera, y hablar en contra de ello se considera inmoral y carente de valor para la comunidad. Una persona que envía correos electrónicos no solicitados a otra persona con respecto a la pureza moral de un tercero y luego tuitea públicamente en relación a ello demuestra su propio valor para la comunidad al posicionar la importancia del papel de la mujer en la moral pública por encima del asesinato de una mujer individual; una mujer que fue enterrada en un barril para proteger la casa de la familia.

Se nos dice que guardemos silencio y no hablemos de estas cosas. En Irlanda, la diferencia y nombrar la diferencia está patologizados. Incluso aquellos que se supone que son los buenos no están exentos del efecto cultural de esto. A las mujeres, cuando son abusadas en el activismo o en internet, se les dice que no tomen represalias. Nos llaman “tóxicas y hostiles” por tener la audacia de nombrar el abuso misógino en donde lo vemos. Tenemos amenazas de muerte por hablar sobre el aborto. Pero se nos dice que “seamos amables” a toda costa. Cuando hay personas que abusan en internet de las víctimas de violencia doméstica, se nos dice que dejemos a sus abusadores solos. Las mujeres nunca deben parecer enojadas. Debemos ser amables con los que abusan de nosotras. Debemos ser siempre agradables no importa el coste que suponga para nosotras; no debemos traer vergüenza sobre la comunidad.

Esto no está tan lejos de la mentalidad que encerró a las mujeres en los reformatorios y arrojó a los niños en fosas sépticas para ser olvidados. Eso dependió absolutamente de la complicidad de toda la sociedad. No podría haber existido sin la colaboración de toda la comunidad; los maestros; los sacerdotes; las monjas; la gente que dirigía a los enterradores; los concejales locales; las personas que llevaban la ropa a las monjas; tal vez tu abuela que te arropó por la noche al ir a dormir.

Nos dicen que era un momento diferente y que las cosas son diferentes ahora.

La Defensa de la Juventud todavía vende sus pines por internet. Joan Burton continúa su cruzada para pintar a madres solteras como perezosas y sin valor. Los periódicos nacionales imprimirán libremente los artículos de opinión que las denigran. 796 niños muertos recibirán un monumento conmemorativo, pero nadie será responsable de sus muertes. A los que piden responsabilidades se les dirá que sean amables. Las órdenes religiosas que los pusieron en una fosa séptica seguirán incuestionables. Aquellos que encerraron a las mujeres en las lavanderías de Magdalena seguirán trabajando por las “mujeres descarriadas”. A las mujeres se les negará el control sobre sus propios cuerpos. Morirán por falta de atención médica.

Debe ser así. Hacer lo contrario, traería vergüenza sobre la familia. Pero cuando miramos hacia otro lado y permitimos que siga respirando la mentira de que vivimos en una democracia progresista moderna, permitimos que nuestro autoritario pasado católico continúe proyectando su sombra.

MARCHA DE MUJERES SOBRE WASHINGTON: Visión guía y definición de principios

http://bit.ly/2jgAc3N

marcha

DESCRIPCIÓN GENERAL Y FINALIDAD

La Marcha de Mujeres sobre Washington es un movimiento liderado por mujeres que reúne a personas de todos los géneros, edades, razas, culturas, afiliaciones políticas y antecedentes en la capital de nuestra nación el 21 de enero de 2017 para afirmar nuestra humanidad compartida y pronunciar nuestro valiente mensaje de resistencia y autodeterminación.

Reconociendo que las mujeres tienen identidades que se cruzan y por lo tanto son impactadas por una multitud de temas de justicia social y derechos humanos, hemos esbozado una visión representativa de un gobierno que se base en los principios de libertad y justicia para todos. Como dijo el Dr. King, “No podemos caminar solos. Y mientras caminamos, debemos hacer el compromiso de que siempre marcharemos adelante. No podemos volver atrás.

Nuestra liberación está unida entre nosotras. La Marcha de Mujeres sobre Washington incluye líderes de organizaciones y comunidades que han estado construyendo las bases para el progreso social por generaciones. Damos la bienvenida a la vibrante colaboración y honramos el legado de los movimientos que nos han precedido —las sufragistas y abolicionistas, el Movimiento por los Derechos Civiles, el Movimiento Feminista, el Movimiento Indígena Americano, Ocupar Wall Street, Igualdad Matrimonial, Black Lives Matter y otros—empleando una estructura descentralizada con un liderazgo completo, y centrándonos en una agenda ambiciosa, fundamental y global.

#WHYWEMWEMARCH

Estamos legitimados por las legiones de líderes revolucionarios que allanaron el camino para marchar y reconocemos a aquellos alrededor del mundo que luchan por nuestras libertades. Honramos a estas mujeres y muchas más. Son #WHYWEMARCH.

Bella Abzug • Corazon Aquino • Ella Baker • Grace Lee Boggs

Berta Cáceres • Rachel Carson • Shirley Chisholm

Angela Davis • Griffin Gracy • LaDonna Harris

Dorothy I. Height • bell hooks • Dolores Huerta • Marsha P. Johnson

Barbara Jordan • Yuri Kochiyama • Winona LaDuke

Audre Lorde • Wilma Mankiller • Diane Nash • Sylvia Rivera

Barbara Smith • Gloria Steinem • Hannah G. Solomon

Harriet Tubman • Edith Windsor • Malala Yousafzai

VALORES Y PRINCIPIOS

  • Creemos que los Derechos de la Mujer son Derechos Humanos y Derechos Humanos son Derechos de la Mujer. Este es el principio básico y original del cual surgen todos nuestros valores.
  • Creemos que Justicia de Género es Justicia Racial es Justicia Económica. Debemos crear una sociedad en la que las mujeres, en particular las mujeres, en particular las negras, las nativas, las pobres, las inmigrantes, las musulmanas y las mujeres queer y trans, sean libres y puedan cuidar a sus familias, cualquiera que sea su forma, en ambientes seguros y saludables libres de impedimentos estructurales.
  • Las mujeres merecen vivir una vida plena y saludable, libre de violencia contra nuestros cuerpos. Una de cada tres mujeres ha sido víctima de alguna forma de violencia física por parte de una pareja íntima durante su vida; y una de cada cinco mujeres ha sido violada. Además, cada año, miles de mujeres y niñas, en particular las negras, las indígenas y las mujeres y niñas transgénero, son secuestradas, traficadas o asesinadas. Honramos la vida de aquellas mujeres que fueron llevadas antes de tiempo y afirmamos que trabajamos por un día en que se eliminan todas las formas de violencia contra las mujeres.
  • Creemos en la rendición de cuentas y en la justicia por la brutalidad policial y la eliminación del perfil racial y la selección de comunidades de color. Las mujeres de color son asesinadas en custodia policial a tasas más altas que las mujeres blancas y son más propensas a ser agredidas sexualmente por la policía. También pedimos el fin inmediato de armar a la policía con armas de grado militar y tácticas militares que están causando estragos en las comunidades de color. Ninguna mujer o madre debe tener que temer que sus seres queridos sean dañados a manos de quienes armamos para que los protejan.
  • Creemos que es nuestro imperativo moral desmantelar las desigualdades de género y raciales dentro del sistema de justicia penal. La tasa de encarcelamiento ha crecido más rápido para las mujeres que para los hombres, aumentando en un 700% desde 1980 y la mayoría de las mujeres en prisión tienen un hijo menor de 18 años. Las mujeres encarceladas también enfrentan una alta tasa de violencia y agresión sexual. Nos comprometemos a garantizar el acceso a una programación que tenga en cuenta las cuestiones de género y una atención sanitaria específica, incluido el tratamiento del abuso de sustancias, y los servicios de salud mental y materna para las mujeres encarceladas. Creemos en la promesa de justicia restaurativa y alternativas al encarcelamiento. También estamos comprometidos a interrumpir el oleoducto de la escuela a la prisión que prioriza el encarcelamiento sobre la educación al canalizar sistemáticamente a nuestros niños —particularmente a los niños de color, los jóvenes queer y trans, los niños de crianza temporal y las niñas— al sistema de justicia.
  • Creemos en la Libertad Reproductiva. No aceptamos retrocesos, cortes o restricciones federales, estatales o locales sobre nuestra capacidad de acceder a servicios de salud reproductiva de calidad, control de la natalidad, atención y prevención del VIH / SIDA, o educación sobre sexualidad adecuada médicamente. Esto significa acceso abierto a un aborto seguro, legal y asequible y control de la natalidad para todas las personas, independientemente de sus ingresos, ubicación o educación. Entendemos que sólo podemos tener justicia reproductiva cuando la atención de la salud reproductiva sea accesible a todas las personas independientemente de su ingreso, ubicación o educación.
  • Creemos en la Justicia de Género. Debemos tener el poder de controlar nuestros cuerpos y estar libres de las normas, expectativas y estereotipos de género. Debemos liberarnos a nosotras mismas y a nuestra sociedad de la institución de otorgar poder, agencia y recursos desproporcionadamente a la masculinidad, con exclusión de otros.
  • Declaramos firmemente que los Derechos de LGBTQIA son Derechos Humanos y que nuestra obligación es elevar, expandir y proteger los derechos de nuestros hermanos y hermanas homosexuales, lesbianas, bisexuales, transgéneros o de género no conforme. Esto incluye el acceso a servicios de salud integral, sin excepciones ni limitaciones; acceso a cambios de nombre y género en los documentos de identidad; completa protección contra la discriminación; acceso a la educación, empleo, vivienda y prestaciones sociales; y el fin de la violencia policial y estatal.
  • Creemos en una economía impulsada por la transparencia, la rendición de cuentas, la seguridad y la equidad. Creemos que la creación de oportunidades de trabajo que reduzcan la discriminación contra las mujeres y las madres permite que las economías prosperen. Las naciones y las industrias que apoyan e invierten en el cuidado y las protecciones básicas del lugar de trabajo —incluyendo beneficios como el permiso familiar pagado, acceso asequible a cuidado de niños, días de enfermedad, asistencia sanitaria, pago justo, tiempo de vacaciones y ambientes de trabajo saludables— han mostrado crecimiento y mayor capacidad.
  • Creemos en la igualdad de remuneración por el mismo trabajo y el derecho de todas las mujeres a ser pagadas equitativamente. Debemos poner fin a la discriminación de pago y contratación que las mujeres, particularmente las madres, las mujeres de color, las lesbianas, las queer y las mujeres trans siguen enfrentando cada día en nuestra nación. Muchas madres siempre han trabajado y en nuestra fuerza de trabajo moderna; y las mujeres son ahora el 50% de todos los que llevan el pan a la familia. Estamos porque el 82% de las mujeres que se convierten en madres, en particular las madres de color, sean pagadas, juzgadas y tratadas de manera justa. La igualdad de remuneración por un trabajo igual sacará a las familias de la pobreza y aumentará la economía de nuestra nación.
  • Reconocemos que las mujeres de color tienen la carga más pesada en el panorama económico global y doméstico, particularmente en la economía del cuidado. Afirmamos además que todo el trabajo de cuidado —cuidar a los ancianos, cuidar a los enfermos crónicos, cuidar a los niños y apoyar la independencia de las personas con discapacidad— es trabajo y que la carga de la atención recae desproporcionadamente sobre los hombros de las mujeres, en particular mujeres de color. Defendemos los derechos, la dignidad y el trato justo de todas las cuidadoras no remuneradas y pagadas. Debemos reparar y reemplazar las disparidades sistémicas que permean el cuidado en todos los niveles de la sociedad.
  • Creemos que todas las trabajadoras —incluidas las trabajadoras domésticas y las trabajadoras agrícolas— deben tener el derecho de organizarse y luchar por un salario mínimo vital, y que los sindicatos y otras asociaciones sindicales son fundamentales para una economía sana y próspera para todos. Las trabajadoras indocumentadas y migrantes deben ser incluidas en nuestras protecciones laborales, y nos solidarizamos con los movimientos de derechos de las trabajadoras sexuales.
  • Creemos que los Derechos Civiles son nuestro derecho de nacimiento. Nuestro gobierno constitucional establece un marco para proveer y expandir los derechos y las libertades, no restringirlas. Para ello, debemos proteger y restituir todos los derechos consagrados por la Constitución a todos nuestros ciudadanos, incluidos los derechos de voto, la libertad de adorar sin temor a intimidación o hostigamiento, la libertad de expresión y la protección de todos los ciudadanos sin distinción de raza, sexo o edad o discapacidad.
  • Creemos que es hora de una enmienda a la Constitución de los Estados Unidos. La mayoría de los estadounidenses creen que la Constitución garantiza la igualdad de derechos, pero no es así. La 14 ª Enmienda ha sido socavada por los tribunales y no puede garantizar la equidad real sobre la base de la raza y / o el sexo. Y en una verdadera democracia, el voto de cada ciudadano debe contar igualmente. Todos los estadounidenses merecen garantías de igualdad en la Constitución que no pueden ser eliminadas o ignoradas, reconociendo la realidad de que las desigualdades se cruzan, se interconectan y se superponen.
  • Enraizados en la promesa de la llamada de América a las masas anhelantes de respirar libremente, creemos en los derechos de inmigrantes y refugiados sin importar su estatus o país de origen. Es nuestro deber moral mantener a las familias unidas y capacitar a todos los aspirantes a estadounidenses a participar plenamente en, y contribuir a, nuestra economía y la sociedad. Rechazamos la deportación en masa, la detención familiar, las violaciones del debido proceso y la violencia contra migrantes queer y trans. La reforma migratoria debe establecer un camino a la ciudadanía, y proveer oportunidades iguales y protecciones de trabajo para todos. Reconocemos que el llamado a la acción para amar a nuestro prójimo no se limita a los Estados Unidos, porque hay una crisis migratoria global. Creemos que la migración es un derecho humano y que ningún ser humano es ilegal.
  • Creemos que cada persona y cada comunidad en nuestra nación tiene el derecho a agua limpia, aire limpio y acceso y disfrute de las tierras públicas. Creemos que nuestro medio ambiente y nuestro clima deben ser protegidos y que nuestras tierras y recursos naturales no pueden ser explotados para ganancia o avaricia corporativas , especialmente si se pone en riesgo de la seguridad y salud pública.

ACERCA DE ESTE DOCUMENTO

La visión orientadora y la definición de principios fueron preparadas por un amplio y diverso grupo de líderes. La Marcha de la Mujer sobre Washington agradece a todos las contribuyentes, que figuran y no figuran, por su dedicación en la elaboración de esta agenda.

Monifa Bandele, Vicepresidenta, MomsRising

Zahra Billoo, Consejo de Relaciones Islámicas Estadounidenses – Área de la Bahía de San Francisco

Gaylynn Burroughs, Directora de Política e Investigación, Fundación de la Mayoría Feminista

Melanie L. Campbell, Coordinadora, Mesa Redonda de Mujeres Negras, Presidente y CEO de NCBCP

Sung Yeon Choimorrow, Directora Ejecutiva Interina, Foro Nacional de Mujeres de Asia y el Pacífico

Alida Garcia, Defensora de Derechos y Diversidad de los Inmigrantes

Alicia Garza, Alianza Nacional de Trabajadores Domésticos

Carol Jenkins, Junta de Directores, Coalición ERA

Dr. Avis Jones-DeWeever, Presidente Incite Unlimited, LLC

Carol Janet Mock, activista y autora de Redefinir la realidad y sobrepasar la certeza

Jessica Neuwirth, Presidenta de la Coalición ERA

Terry O’Neill, Presidenta de la Organización Nacional para la Mujer (NOW)

Carmen Perez, Directora de Proyecto de Trabajo para Familias Trabajadoras, Valores Familiares @ Directora Ejecutiva, Reunión para la Justicia

Jody Rabhan, Directora de Operaciones de Washington, Coordinadora Nacional de Mujeres Judías

Kelley Robinson, Directora Nacional Organizadora de la Federación de Planificación de la Familia

Kristin Rowe-Finkbeiner, Directora Ejecutiva y Fundadora, MomsRising

Linda Sarsour, Fundadora , MPower Change

Heidi L. Sieck, Co-Fundadora / CEO, #VOTEPROCHOICE

Emily Tisch Sussman, Directora de Campaña, Centro de Progreso Americano

Jennifer Tucker, Asesora Principal de Política, Mesa Redonda de Mujeres Negras

Winnie Wong, Activista, Organizadora y Cofundadora, People for Bernie

Alerta: ¡penalización = sida!

 

Comunicado de prensa del Collectif Droits & Prostitution

 

1 de diciembre de 2016

http://droitsetprostitution.fr/1/index.php/actualite-mobilisation/42-alerte-penalisation-sida

 

dp

Con ocasión del 1º de diciembre, Día mundial de lucha contra el sida, el colectivo Droits & Prostitution interpela de nuevo a las asociaciones, instituciones, autoridades públicas y políticos a propósito de la situación sanitaria de las trabajadoras del sexo.

Desde que se aprobó la ley antiprostitución del 16 de abril de 2016, constatamos un aumento de la precarización, de los desplazamientos inducidos por la penalización, un poder creciente de los clientes en detrimento de las trabajadoras del sexo en la negociación de las prácticas, de la utilización del preservativo y de las tarifas. Según los testimonios que recogemos, hay un menor uso del preservativo y un aumento de los casos de violencia. Todas estas situaciones son reconocidas como factores de vulnerabilidad en el último informe de la Alta Autoridad de la Salud [1] así como en el conjunto de la literatura científica [2] que trata de la epidemiología del VIH/sida en lo que concierne a las trabajadoras del sexo. Por tanto, tememos un próximo aumento de las ETS y de los embarazos no deseados.

Constatamos igualmente que la mayor movilidad de las trabajadoras del sexo, en adelante necesaria para mantener su nivel de ingresos, lleva a un seguimiento médico menos bueno de las seropositivas o de las compañeras que toman un tratamiento profiláctico PrEP. Observamos en efecto que algunas compañeras interrumpen sus tratamientos antirretrovirales o PrEP por no poderlos renovar fácilmente cuando ellos/ellas son obligadas a desplazarse para trabajar. A causa de estos desplazamientos y del mayor aislamiento, es por otra parte más difícil para nuestras asociaciones garantizar sus misiones de prevención y de acceso a la atención médica destinadas a identificar y acompañar a las compañeras en sus trámites administrativos, sociales y de salud.

Si bien la penalización de los clientes ha entrado efectivamente en vigor tras la aprobación de la ley, el decreto de Reducción de riesgos referente a la salud nunca ha sido publicado y nos encontramos aún más desprotegidas frente a problemas crecientes. La ideología abolicionista y las políticas de penalización son incompatibles con la salud pública. Sufrimos hoy un retroceso de treinta años hasta aquella época en la que se nos pedía convencer a nuestra comunidad de que cesara el trabajo sexual en lugar de buscar autoprotegerse y autoorganizarse en defensa de su salud y sus derechos. Cuando las asociaciones abolicionistas son en este momento favorecidas política y financieramente en detrimento de las asociaciones de salud y/o de lucha contra el VIH, es evidente que el gobierno tiene por objetivo matar la salud comunitaria y, haciendo eso, contraviene el conjunto de recomendaciones internacionales de la Organización Mundial de la Salud y de ONUSIDA .[3]

 

Exigimos:

– la derogación de la ley de 13 de abril de 2016, que penaliza a nuestros cliente y condiciona cualquier ayuda que se nos preste al cese de nuestra actividad.

– la puesta en marcha inmediata de una  política pública realista de reducción de riesgos en materia de salud sexual y de lucha contra las ETS, y de una  política realista de financiación de estas actuaciones.

 

El vínculo entre el debate sobre la prostitución y el debate sobre el aborto

 

¿Cuál es la diferencia entre ambos?

Por Choice Joyce

6 de enero de 2007

http://choice-joyce.blogspot.com.es/2007/01/linking-prostitution-and-abortion.html

1) La prostitucion siempre es violencia contra las mujeres. Es físicamente peligrosa, las convierte en víctimas, les roba su sexualidad y las inflige un daño psicológico duradero. Las mujeres nunca eligen realmente ejercer la prostitución: se ven forzadas a ello por los hombres, la pobreza, la desesperación, etc. Debemos dar a las mujeres mejores opciones aboliendo la prostitución y ayudándolas a salir de ella.

2) El aborto siempre es violencia contra las mujeres. Es físicamente peligroso, las convierte en víctimas, les roba su función maternal, y las inflige un daño psicológico duradero. Las mujeres nunca eligen realmente el aborto: se ven forzadas a ello por los hombres, la pobreza, la desesperación, etc. Debemos dar a las mujeres mejores opciones prohibiendo el aborto y ayudándolas a mantener a sus criaturas.

Desde luego, ninguna analogía es perfecta: esa es la naturaleza de las analogías. Por ejemplo, el argumento antiabortista mencionado es de hecho un sofisma que los “provida” usan para enmascarar su defensa del feto, y la postura “abolicionista de la prostitución” puede ser un poco simplista. El denominador común, sin embargo, es el tema de la elección: los abolicionistas no reconocen la autonomía de la elección de las mujeres en el trabajo sexual, exactamente igual que los antiabortistas no se la reconocen en el aborto. O, cuando lo hacen, etiquetan a la mujer como lujuriosa e inmoral o, en último término, como “una mujer descarriada”, que es como sospecho que algunos abolicionistas ven a una prostituta por libre elección.

Algunos podrían objetar que una analogía mejor sería la que relacionara la prostitución forzada con el aborto forzado. Pero la circunstancia del forzamiento solo permite la analogía en el caso de las mujeres forzadas a practicar la prostitución (o forzadas a abandonarla) y en el de aquellas forzadas a abortar o a parir. La cuestión real es que las mujeres no deberían ser forzadas a nada: deben tener libertad de elección. Esto incluye decidir entre tener un hijo o abortar y entre vender servicios sexuales o hacer algún otro tipo de trabajo.

Por supuesto que no son gente distinta los que hacen unas y otras argumentaciones. Las feministas abolicionistas están alineadas políticamente con los cristianos conservadores en el tema de la prostitución. (Ver este artículo, por ejemplo: “Por qué el comercio de la fe está interesado en el comercio del sexo”). Ambas argumentaciones perpetúan la doble moral sexual para las mujeres, y ambas niegan la libertad de las mujeres y su autonomía sexual. Existe incluso un grupo de “Feministas por la vida” que emplea la mayor parte de su tiempo a echar a los hombres la culpa del aborto, de la misma forma que las abolicionistas echan a los hombres la culpa de la prostitución.

El elemento común entre el debate sobre el aborto y el debate sobre la prostitución, así como también entre el debate sobre los derechos de los homosexuales, es la sexualidad. Muchas personas sienten una intensa necesidad de controlar la sexualidad de los demás, en particular cuando no está confinada al sagrado lecho conyugal y a la procreación. Cualquier cosa fuera de esto es “sexo ilícito”. El aborto se ve como una prueba de sexo ilícito, la prostitución ES sexo ilícito y el sexo homosexual es… bueno, una abominación. Si los homosexuales han conseguido cierto respeto y tolerancia en nuestro sociedad, es probablemente porque son hombres y, para empezar, para ellos el sexo ocasional es más aceptable socialmente (hay menos lesbianas que hombres homosexuales y las lesbianas están, sin duda, más marginadas). Las prostitutas y las mujeres que abortan, por otra parte, violan el orden natural de las cosas porque no están teniendo sexo para tener hijos, que es el propósito redentor de las mujeres en la vida, según los de derechas. En consecuencia, tanto unas como otras son estigmatizadas y avergonzadas.

Esto pone de relieve el vínculo crítico entre la anticoncepción y el aborto legal y la necesaria desestigmatización del trabajo sexual (y de la promiscuidad femenina, en general). Una de las razones más obvias por la que los hombres compran sexo es porque no hay bastantes mujeres que quieran tener sexo sin compromisos. Pero la anticoncepción y el aborto legal dan a las mujeres auténtica libertad sexual por primera vez en la historia; esto es, la libertad de tener sexo por diversión sin consecuencias. ¿Por qué no hay más mujeres aprovechándose de esta libertad? Dejemos de practicar la doble moral: es una forma de represión social antifeminista y antihumanista que yace en la raíz tanto de la postura abolicionista de la prostitución como de la postura antiabortista.

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Choice Joycees una activista política a favor del derecho al aborto y de los derechos de las mujeres.

Ha escrito numerosos artículos y ensayos sobre aborto, feminismo, trabajo sexual, evolución y ateísmo. La mayor parte de ellos están en su sitio web.

Como escritora técnica profesional, ha escrito más de 150 manuales y otras publicaciones para la industria y los negocios.

 

#enmicoñomandoyo

 

Sexo, brujería y la guerra contra las mujeres

 por Jim Rea | 18 de marzo de 2012

Jim Rea es miembro de la Junta Directiva de la  Woodhull Sexual Freedom Alliance. Su artículo apareció originalmente en el blog  Daily Kos .

http://www.woodhullalliance.org/2012/sex-and-politics/sex-witchcraft-and-the-war-on-women/

La guerra de la derecha contra las mujeres no es ciertamente una novedad. Como muchos —si no casi todos— los elementos primitivistas que conforman la plataforma cultural de la derecha, su miedo y rechazo a todo lo relacionado con el sexo (aparte del acto de la procreación) deriva de sus lazos con la iglesia. La guerra de la derecha contra las mujeres ha ido ganando ímpetu y atención mediática en los últimos meses principalmente como resultado de las mayorías integristas que gobiernan muchos estados del país (U.S.A.), mayorías que han estado usando su fuerza política para aprobar un histórico número de nuevas leyes represivas de los derechos de libertad sexual de las mujeres. Pero esto es simplemente la encarnación contemporánea de una larga y gloriosa historia de represión por parte de la iglesia (léase los hombres) de los derechos y prácticas sexuales de las mujeres (pero no de los hombres).

Puede ser una sorpresa para algunos de vosotros, como lo fue para mí, que la guerra contra las mujeres se remonte, de hecho, a fines del siglo cuarto. Encontré un ensayo fascinante y de un rigor científico inmaculado escrito por Max Dashu en 2004 y titulado “Herbs, Knots and Contraception” (“Hierbas, nudos y anticoncepción”). En él documenta la larga campaña de siglos llevada a cabo por la iglesia para ilegalizar y castigar todos los esfuerzos de las mujeres por tomar el control de su propio destino reproductor. Tales prácticas fueron etiquetadas como “brujería” y fueron objeto del máximo nivel de castigo y condena.

Los sacerdotes acusaban frecuentemente a las mujeres europeas de practicar magia sexual. Los libros penitenciales se refieren frecuentemente a pociones de amor [Rouche, 523]. Pero la brujería sexual fue más allá de conjuros de amor o incluso de la temida (y popular) magia de impotencia. Los primeros escritores medievales muestran que las mujeres usaban la medicina herbal y la brujería para controlar su propia fertilidad y sus embarazos. Obispos de Francia, España, Irlanda, Inglaterra y Alemania promulgaron cánones prohibiendo a las mujeres usar métodos  para controlar su propia concepción y realizar abortos.     

    Agustín de Hipona, o San Agustín, creía que todas las personas tendían hacia el mal y debían ser objeto de castigos físicos cuando permitían que el mal dirigiera sus acciones. Creía que el pecado original de Adán y Eva dañó su naturaleza mediante la concupiscencia o libido, que afectó a la inteligencia y voluntad humanas, así como a los afectos y los deseos, incluyendo el deseo sexual .[1] Fue el concepto de pecado original de Agustín lo que prendió la guerra de la iglesia contra el sexo y, a su vez, su guerra contra las mujeres. Desde luego, en aquellos tiempos la habilidad de controlar el nacimiento de niños  —quizás la mayor prueba de la acción divina en la tierra— o incluso de tener relaciones sexuales sin las consecuencias de la procreación, equivalía a uno de los peores estigmas que la iglesia podía aplicar: brujería.

 A requerimiento del papa, el obispo Caesarius de Arlès renovó la campaña a finales del siglo quinto. Sus sermones indican que las mujeres de la Provenza usaban no sólo pociones de hierbas, sino también amuletos, “marcas diabólicas” y otros métodos mágicos. [McLaren, 85] Denunciando la anticoncepción y el aborto como homicidio, Caesarius dio órdenes de que “ninguna mujer pueda beber cualquier poción que la impida concebir…”  Su lema era: “Tantas anticoncepciones, otros tantos asesinatos. [Ranke-Heinemann, 73, 146-7] El obispo predicaba que tales mujeres deberían ser condenadas, a no ser que hicieran largas penitencias. Las acusaba de usar “bebidas diabólicas” para evitar quedar embarazadas y así hacerse ricas. El grado de hostilidad clerical incluso hacia el sexo marital puede ser medido por la predicción de Caesarius de que una mujer que tuviera sexo la noche antes de ir a la iglesia, o mientras menstruaba, tendría un hijo leproso, epiléptico o poseído por el demonio. Historias semejantes se repitieron durante toda la edad media. [Noonan, 146, 139ff; McLaren, 90-1]

Reparad en la referencia a “evitar quedarse embarazadas y así hacerse ricas” en la cita precedente. ¿Podría ser que la habilitación de las mujeres constituyera el fundamento de las objeciones de la iglesia? Tal vez. La guerra de la iglesia contra el sexo fue llevada a cabo con una espada de doble filo. Una cosa era, para las mujeres de la época, intentar tomar el control de sus funciones reproductivas. Y otra cosa totalmente distinta era para ellas rechazar las iniciativas sexuales de sus maridos.

La solución de los obispos para las mujeres que no querían tener más hijos era sencilla y ridícula: conseguir que sus maridos aceptaran una vida de castidad. [Schulenberg, 243] Desde luego, las mujeres casadas no tenían derecho legal a rehusar el sexo a sus maridos, y los maridos obligaban regularmente a las siervas a acostarse con ellos. Insensible a sus dificultades, Caesarius insistía: “La castidad es la única esterilidad posible para una mujer cristiana”. Escribió que él habría excomulgado a los hombres que tenían concubinas, pero que eran “demasiados”. Pero los números no preocupaban al obispo cuando se trataba de los intentos de las mujeres de controlar la natalidad. Caesarius denunció a mujeres que usaban hierbas anticonceptivas, así como a las que intentaban concebir “mediante hierbas o marcas diabólicas o amuletos sacrílegos”. [Noonan, 145-7]

Un par de siglos más tarde, la guerra de la iglesia contra las mujeres y el sexo continuó incansable, pero no con tanta intensidad contra los hombres. Y en aquel momento se ve que las opiniones antisexuales de la iglesia incluían la condena de la homosexualidad, pero no necesariamente la de aquellas que disfrutaban de los frutos de la profesión más antigua.

En el siglo octavo, la Colección Irlandesa de Cánones dedicó toda una sección a pronunciamentos sobre las “Cuestiones de las Mujeres”. Los monjes se quejaban de que las mujeres “toman bebidas diabólicas para no volver a quedarse embarazadas”. Siguiendo al obispo de Arlès  [la Biblia no dice nada del tema de la anticoncepción femenina y el aborto] equiparan la prevención del embarazo mediante pociones herbales —“esterilidad por brebajes”— con el asesinato. [Noonan, 155] Especialmente odiosas a ojos de los monjes eran las mujeres solteras que tenían relaciones sexuales. Una sección llamada “Vírgenes simuladas y su moral” castiga a las jóvenes por hacer uso del control de la natalidad para ocultar sus aventuras amorosas.  [Noonan, 159] (En la mentalidad del clérigo autor del texto no cabía otra razón para ese uso). Ya está implícita la noción del embarazo como un castigo divino para las mujeres no castas, mientras que los hombres no resultan afectados. Los penitenciales tratan las proezas sexuales de los hombres, y la proeza bajo la forma de concubinato, con lenidad, incluso con indulgencia. La única excepción es su severidad hacia la homosexualidad, que catalogan entre los peores pecados. [Brundage, 174] No se menciona la prostitución. [McLaren, 118]

Dada su propensión al pensamiento retorcido y brutal, no es sorprendente que los monjes de la iglesia de aquella época no consideraran la violación como especialmente preocupante.

Los monjes mostraban más entusiasmo en castigar la sexualidad de las mujeres que interés por prevenir las agresiones sexuales contra ellas. Las penitenciales de Cummean y Finnian son laxas con los señores que tienen relaciones sexuales con las siervas, sin considerar nunca la alta probabilidad de que existiera coacción y violación. Ambos textos se limitan simplemente a aconsejar a los hombres vender las mujeres y hacer un año de penitencia. En otros textos, el único castigo es la orden de liberar a la sierva. [McNeill / Gamer, c 40; Bitel, 151-2] No se toman precauciones para proteger los derechos de las siervas o de sus hijos. No es que los monjes no fueran conscientes de las condiciones que tales mujeres debían soportar.  Bonifacio reconocía indirectamente la realidad cuando, al decir a los germanos que un clérigo sólo se podía casar con una virgen, clasificaba a las mujeres liberadas (junto con las viudas y las mujeres abandonadas) como no vírgenes. [Hefele III.2, 843] Sólo la oscura Poenitentiale Valicellanum muestra compasión por las mujeres preñadas por sus violadores: “una mujer que expone su hijo no querido porque ha sido violada por un enemigo o porque es incapaz de mantenerle no debe ser recriminada, pero, no obstante, debe hacer penitencia por tres semanas”. [Schulenberg, 250] Pero este texto es el único que se expresa así.

Si hay algo que puede servir como analogía de los partidos políticos de aquella época, sería ciertamente la de la iglesia contra los paganos. Y de la misma forma que ocurre con las tendencias políticas de nuestros días, donde la iglesia se oponía inequívocamente a la sexualidad, los paganos la celebraban como un ritual. Y lo único que quería la iglesia era convertir a todos los paganos al cristianismo, o matar a los que se negaban a hacerlo.

220px-SheelaWikiUna visión del mundo diametralmente opuesta es evidente en el deleite pagano en la sexualidad. Muchos académicos modernos han cuestionado esta idea como romanticismo neopagano, pero se olvidan de que su origen está en los mismos clérigos de los primeros tiempos, que repetidamente denunciaron la exaltación de los placeres sensuales como pensamiento pagano. Los antiguos festivales que celebraban el paso de las estaciones, las danzas de hogueras de los festivales paganos, la cocción de panes de fiesta, integraban de hecho lo sagrado con lo sexual y el mundo material. Las esculturas muestran que se sentía una especial reverencia por el poder sexual de las mujeres. Los antiguos irlandeses tallaban diosas exuberantes, vitales, mostrando un poder que emanaba de sus vulvas. Estas sheela-na-gigs descienden de una veneración muy antigua por lo erótico, cuyo poder es interpretado como benéfico y protector. Toscas y contundentes, las mujeres de piedra no son en absoluto suficientemente recatadas o sumisas para ser interpretadas como objetos sexuales o decorativos. Muchas de ellas son mujeres mayores que hace mucho que dejaron atrás la etapa fértil.

Así que podemos ver que hay una historia rica y profunda de esta guerra contra las mujeres que castiga la anticoncepción y el aborto e incluso concede un valor moral más elevado a la violación que a los derechos de las mujeres.  Es de esperar que, en la medida en que los modernos medios de comunicación dirijan su atención hacia estas vergonzosas posiciones y nosotros aprendamos más de sus raíces históricas, podremos finalmente reunir suficiente poder político para vencer en esta guerra, de una vez y para siempre.

Embarazo y prostitución: las mujeres bajo la tutela del Estado

Por Gail Pheterson

http://tahin-party.org/pheterson.html.

                               

A comienzos del siglo pasado y todavía durante los años 1970, las feministas describían con más frecuencia que hoy el matrimonio como un trabajo que incluía servicios reproductivos y sexuales y hacían un paralelismo entre el estatuto y los deberes de las esposas/madres y los de las prostitutas. Ciertas evoluciones sugieren que estas analogías merecerían ser reexaminadas, esta vez en el contexto de la economía internacional. Aunque la reproducción y la sexualidad son cada vez más frecuentemente enfocadas en conjunto bajo el ángulo del derecho, de la salud o de la cultura, se unen muy pocas veces en el seno de los análisis del trabajo reproductivo y sexual. Adoptar tal perspectiva permite enlazar directamente la actividad concreta de las personas, los productos de esa actividad y el valor que les atribuyen el Estado y la sociedad.

Los códigos de la deontología médica y el código penal encuadran rigurosamente por un lado la fertilidad de las mujeres y por otro su comportamiento sexual. Esta vigilancia cumple dos funciones estrechamente ligadas: un control directo y discriminatorio de las mujeres según los criterios sociales de buena y mala conducta aplicados a tal o cual categoría de mujer y, gracias a él, el control colonial de poblaciones enteras. Estos mecanismos se apoyan en un hábil dispositivo que une obligaciones y prohibiciones y que impone a ciertas mujeres, en determinados momentos de su vida, actos prohibidos a otras.

Las problemáticas ligadas a los derechos, a la salud y a la cultura son, ciertamente, fundamentales, pero ha habido mistificaciones jurídicas, médicas e ideológicas que han ocultado el objetivo real del control estatal. Las definiciones actuales de los derechos humanos recurren a nociones tales como “la integridad” o “la violencia”, nociones que están sometidas a interpretación en función de las convicciones de cada uno.  De esta manera, algunos consideran el aborto como un crimen contra la integridad de las personas; otros como un instrumento de control de las mujeres irresponsables, traumatizadas o inmorales; otros como una violación de la integridad del feto; y otros, finalmente, como la expresión del derecho de la mujer a decidir su destino reproductivo.

Esta última categoría de militantes se vuelve a encontrar englobada con las otras, atrapada por referencias imprecisas a la integridad y a los derechos que mezclan sentidos y contrasentidos. De la misma manera, algunos ven en la prostitución una violación del derecho de las mujeres a la integridad corporal, mientras que para otros no es la prostitución sino las prácticas represivas de la misma las que deben ser condenadas. Para los primeros, los derechos humanos implican que el Estado proteja a las mujeres del crimen de las prostitución; para los segundos, los derechos humanos deberían llevar a la despenalización de la industria del sexo y al fin del control estatal discriminatorio de las actividades económicas, sexuales y migratorias de las mujeres.

Desde una perspectiva sanitaria, algunos estiman que el aborto presenta en sí mismo riesgos importantes, mientras que los expertos médicos demuestran que la IVE es sencilla y sin peligro siempre que se realice en buenas condiciones. De la misma manera, algunas autoridades preconizan la esterilización como medida sanitaria, otras pretenden que atenta contra el bienestar del individuo(es la razón por la que la esterilización voluntaria ha estado prohibida en Francia hasta 2001 y todavía es poco propuesta a las mujeres, y aún menos a los hombres).

En cuanto a la prostitución, algunos la consideran una catástrofe para la salud de las mujeres y de la sociedad en general, mientras que algunas autoridades médicas aseguran que una regulación estatal elimina los riesgos; al mismo tiempo, miles de trabajadoras del sexo militantes afirman que las reglamentaciones médicas atentan contra su salud, al imponerles controles discriminatorios que las disuaden de acudir a los servicios profesionales. Finalmente, desde una perspectiva cultural, se encuentra a los que afirman que embarazo y prostitución son los modelos por excelencia de la cultura femenina (siendo la maternidad la “vocación de la mujer” y la prostitución “el oficio más viejo del mundo”), y los que denuncian el encierro cultural de las mujeres en papeles estereotipados y naturalistas.

Yo he optado por una aproximación fundada en la noción de trabajo, con el fin de deconstruir las contradicciones paralizantes que dividen desgraciadamente tanto a las feministas y concentrarme decididamente en la función concreta de las medidas que llevan a encuadrar el comportamiento sexual y reproductivo de las mujeres. Mi tesis es que los Estados, siguiendo estrategias de dominación eugenésica o económica, se interesan menos por la integridad, la seguridad, la salud o la cultura llamada femenina que por los niños que las mujeres puedan tener y la riqueza que puedan generar como mano de obra no reconocida como tal. Si la eugenesia se traduce, en la práctica, en una preocupación —entiéndase una obsesión— por la “calidad” de los recursos humanos, las preocupaciones económicas se refieren a su “cantidad” y su “productividad”. Tanto el trabajo sexual como el trabajo reproductivo son instrumentalizados en el seno de un mismo sistema ideológico y estratégico de explotación sexista.

Este sistema está camuflado por la puesta a disposición de recursos esenciales, tales como contraceptivos, posibilidades de empleo y la apertura de canales migratorios. Pero, como el objetivo de estos recursos no es el bienestar de las mujeres o de las comunidades pobres, los contraceptivos pueden ser distribuidos de tal manera que se vuelvan instrumentos de coacción más que de elección, igual que el empleo y la migración pueden conducir finalmente a la explotación y a la coacción antes que al aumento de los ingresos y de la autonomía.

El control de las embarazadas y de las prostitutas

El estatuto socio-jurídico accesorio de las embarazadas y de las prostitutas normaliza la negación de sus derechos fundamentales. De esta forma, el estatuto de la embarazada deriva del del feto que lleva y las políticas estatales buscan, a veces, más la protección de este último que la de la mujer; de la misma forma, el estatuto de la prostituta deriva de su relación con sus clientes masculinos y los poderes públicos muestran más solicitud por el cliente, su esposa y sus hijos que por ellas. El estatuto de la embarazada no es solamente accesorio, sino también ilegítimo desde el momento en que su embarazo y su progenitura potencial son juzgados ilícitos en base al carácter tabú de una unión o a transgresiones del código de pudor ligadas, por ejemplo, a su edad o a su situación marital. El trato dado a la embarazada depende, pues, de la adecuación de su elección (proseguir o interrumpir un embarazo) con los imperativos que determinan que debería o no debería tener hijos.

En cuanto a la prostituta, encarnación de la ilegitimidad, su pretendida inmoralidad o indecencia la excluye de las disposiciones de derechos humanos. Así, el artículo 29 de la Declaración universal de los derechos del Hombre afirma: “En el ejercicio de sus derechos y en el disfrute de sus libertades, nadie está sometido a más limitaciones que las establecidas por la ley, con el fin exclusivo de asegurar el reconocimiento y el respeto de los derechos y los deberes de los demás, y a fin de satisfacer las justas exigencias de la moral, del orden público y del bienestar general en una sociedad democrática”. La prostituta es juzgada en función de sus supuestos atropellos contra la libertad y los intereses de los demás (atropellos, por ejemplo, contra un barrio, la imagen de una ciudad, el valor de los bienes inmuebles, los niños, la salud de los soldados, el turismo o la seguridad nacional). Los tribunales consideran a la prostituta unas veces como el agente y otras como la víctima de la inmoralidad, del desorden o de la enfermedad y rara vez como una persona a la que sean debidos reconocimiento y respeto. Es significativo que, en tanto que individuo activo, la prostituta puede incluso ser juzgada en función del atropello  llevado a cabo contra su propia imagen y, en consecuencia, la imagen de su familia o de la Nación.
Una vez expuesta la gama de mecanismos que permiten insidiosamente tratar a las mujeres como seres desprovistos de identidad jurídica propia, este análisis debe tomar en cuenta no sólo a las mujeres realmente encintas o trabajadoras del sexo, sino también a aquéllas de las que se sospecha tal cosa o incluso que son juzgadas como particularmente susceptibles de hallarse en una u otra situación. Cuando se trata del embarazo, toda mujer o chica a la que se atribuya relaciones heterosexuales puede ser considerada como potencialmente encinta y así, en función del contexto, sometida contra su voluntad a un despistaje del SIDA o de uso de drogas, a una esterilización, a una contracepción, a una encarcelación o a una estigmatización social. Una mujer puede también ver rechazada una solicitud de empleo a causa del riesgo de que se embarace. En el caso de la prostitución, toda mujer que viaje sola de un país pobre a un país rico o de una zona rural a una zona urbana, o que sencillamente camina por la calle de noche, puede ser sospechosa de negociar sus servicios sexuales por dinero y ser, en consecuencia, acosada, detenida, multada, encarcelada y/o sometida a la prueba del VIH; en bastantes casos, su desplazamiento es, por definición, ilícito si no va acompañada de un hombre. Las mujeres son, pues, primero sospechosas según criterios discriminatorios, después vigiladas y, finalmente, detenidas a causa de su transgresión. No son los actos sexuales o reproductivos en sí los que les incriminan, todos obligatorios para determinadas mujeres en determinadas circunstancias, sino su independencia. La autonomía reproductiva, como la autonomía sexual y migratoria, de una mujer es vista como el indicio de una libertad egoísta y de una voluntad de disponer de su propia vida contra el bienestar general de la sociedad. El primer insulto dirigido a una adolescente embarazada podrá ser “so puta” y lo mismo podrá oír cualquier mujer que ande sola por la calle de noche. El estigma de puta descalifica y sanciona a las mujeres independientes. La mujer sorprendida en flagrante delito de independencia es, pues, sospechosa y el hecho de ser víctima de violencia constituye a veces su única esperanza de redención. Las misma directivas penales estipulan a menudo que el estatuto de víctima es la única causa válida de impunidad en caso de comportamiento ilícito o la única justificación para acceder a recursos reservados a las privilegiadas.

(Continuará…)

Ya no continúa: editado en castellano en 2013:

http://www.ed-bellaterra.com/php/llibresInfo.php?idLlibre=796