La “escuela de puteros” adopta un enfoque represivo del sexo

 

JONATHAN HAYWARD / THE CANADIAN PRESS FILES
Una escort en un apartamento en el centro de Vancouver. La “escuela de puteros” intenta etiquetar el sexo comprado como un vicio repugnante y no natural.

Por Stuart Chambers
28/4/2017

 

http://www.winnipegfreepress.com/opinion/analysis/john-school-takes-repressive-approach-to-sex-420691923.html

 

 

Antes de su rechazo en 1973 por la Asociación Psiquiátrica Americana, la terapia de conversión había ganado notoriedad dentro de la psiquiatría convencional. Durante las sesiones de terapia, los psiquiatras intentarían suprimir la conducta orientada hacia el mismo sexo, algo que consideraban patológico, redirigiéndola hacia la norma heterosexual. En otras palabras, la cultura dominante pretendía imponerse a la expresión sexual considerada moralmente objetable.

 
Incluso el gobierno canadiense apoyó tales iniciativas. Aunque el Partido Liberal, bajo la dirección de Pierre Elliott Trudeau, aprobó el proyecto de ley C-150 en 1969, una decisión que despenalizó los actos entre adultos del mismo sexo en privado, muchos miembros de los partidos liberal y conservador eran partidarios de la terapia de conversión, prefiriendo “curar” a las personas homosexuales en lugar de encarcelarlos indefinidamente. Esta última solución ya no era una opción viable para el entonces ministro de Justicia John Turner. Admitió que la ley y la moral fueran consideradas “dos proposiciones filosóficas separadas”.

 
Décadas más tarde, sin embargo, la moralidad privada sigue cayendo bajo el ámbito del derecho penal. Por ejemplo, el sistema legal canadiense todavía castiga a los hombres heterosexuales que participan en la prostitución. La “escuela de puteros” ha reemplazado a la terapia de conversión como una forma de lavado de cerebro sancionado por el Estado que intenta etiquetar el sexo comprado como un vicio repugnante y no natural.

 
La verdadera felicidad, afirman los reformadores, sólo puede encontrarse en relaciones sanas y monógamas.

 
Al igual que la terapia reparadora, la escuela de puteros se involucra en la represión psicológica, una técnica diseñada para disuadir a los hombres de buscar la salida sexual que prefieran. Tyler Dawson, editora de las páginas editoriales de Ottawa Citizen, se refiere con precisión a estas sesiones de terapia como “espeluznantes noches de reeducación dirigidas por el Ejército de Salvación”.

 
El proceso de adoctrinamiento funciona de la siguiente manera: las audiencias masculinas reciben serias conferencias sobre cómo la prostitución daña internamente a las mujeres; presentaciones gráficas a continuación muestran cómo la promiscuidad conduce a las enfermedades de transmisión sexual; y miembros de la comunidad describen cómo sus vecindarios están repletos de prostitutas menores de edad, violencia de pandillas y agujas contaminadas.

 
Para los activistas contra la prostitución, no basta con que los puteros cambien su comportamiento: también deben cambiar sus preferencias. A los hombres se les dice no sólo que sus elecciones sexuales están equivocadas, sino que ningún adulto “normal” participaría en este tipo de depravación. El test moral del Estado se aprueba una vez que los puteros aceptan el hecho de que su ego egocéntrico masculino es la raíz narcisista de la explotación femenina. Este tipo de propaganda ideológica sólo perpetúa estereotipos degradantes sobre los clientes masculinos como misóginos predadores que participan en “violación pagada”. Al igual que la terapia de conversión, la escuela de puteros infunde un profundo sentido de auto-odio.

 
Por supuesto, lo que no se les dice a los puteros es que las jurisdicciones que legalizan el trabajo sexual, como Nevada, requieren que las trabajadoras sexuales usen condones y se hagan pruebas para detectar enfermedades de transmisión sexual. Además, los puteros nunca son informados acerca de las diferencias en la seguridad entre el trabajo sexual en interiores y al aire libre o cómo la criminalización afecta negativamente la salud de las trabajadoras sexuales.

 
Al igual que con las víctimas de la terapia de reparación, los puteros finalmente dejan de castigarse a sí mismos por sus deseos sexuales. Llegan a la conclusión de que su comportamiento es perfectamente natural para ellos: una respuesta a la soledad, la necesidad de conexión humana y el deseo de no ser juzgados. En última instancia, llegan a comprender que su conducta sexual debe ser moldeada y dirigida por ellos mismos, no por los sesgos paternalistas de los llamados profesionales.

 
Los partidarios de la escuela de puteros continúan estigmatizando las relaciones sexuales pagadas entre adultos heterosexuales que consienten en privado, de la misma manera que el Estado estigmatizó una vez el sexo entre adultos homosexuales que consentían en privado. Dado que hacer seguimiento de los puteros, “rehabilitarlos” y encarcelar a los reincidentes es tan productivo como lo fue hacer cumplir los arcaicos estatutos de la sodomía, la desaparición de la escuela de puteros debería ser bienvenida por aquellos que realmente creen que no hay lugar para el Estado en los dormitorios de la nación.

 
Castigar el deseo sexual para que se ajuste a ideales perfeccionistas de expresión sexual fracasó en el caso de la terapia de conversión. La escuela de puteros no irá mejor. Desafortunadamente, es una lección que los cruzados morales todavía tienen que aprender.

 
Stuart Chambers, Ph.D., es profesor en las facultades de artes y ciencias sociales en la Universidad de Ottawa.

 
Schamber@uottawa.ca

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