Estigma y vergüenza

 

 

El estigma de puta es la vergüenza de ser puta. El estigma es externo e interno: el externo es el esfuerzo de la sociedad por avergonzar y el interno, la vergüenza que puede llegar a sentir la prostituta.

El esfuerzo por avergonzar se acompaña siempre de leyes y normas que limitan los derechos ciudadanos de las trabajadoras sexuales. Esas leyes y normas ven facilitada su aplicación por la imagen degradante que de la prostituta hacen continuamente los medios de comunicación, y a su vez, esas leyes y normas refuerzan esa imagen degradante.

El avergonzamiento externo debería ser ya una reliquia del pasado, como lo son el avergonzamiento por tener sexo fuera del matrimonio, por ser esposa adúltera, por ser madre soltera, por ser homosexual, etc. Con la conquista de los derechos individuales a la intimidad y a la decisión sobre el propio cuerpo y el cambio de la concepción del sexo de ser algo sucio y pecaminoso a ser una expresión de primer orden de la naturaleza humana, y el cambio de ser fuente inevitable de infecciones a ser algo que puede ser tratado con higiene y sin menoscabo de la salud, el estigma de puta debería haber desaparecido de la sociedad.

Pero algo se interpuso en el camino hacia la liberación del control moral de los curas: la aparición del feminismo abolicionista y su asquerosa alianza con los antiabortistas. Su esfuerzo continuado a lo largo de años, fuertemente financiado, ha impedido la desaparición —y, por el contrario, ha reforzado— el estigma, el criminal intento de avergonzar a las trabajadoras sexuales y hacerles la vida imposible.

El estigma interno es consecuencia del externo y es el que más daño hace a las trabajadoras sexuales. Induce sentimientos de pérdida de valor personal, de culpa, de vergüenza, de fatalismo… Paraliza a la trabajadora sexual en su lucha por conseguir sus derechos y facilita la explotación y la aceptación resignada de leyes injustas. Limita seriamente la calidad de vida, al obligar a llevar muchas veces una doble vida y a ocultarse como si una fuera una delincuente.

El estigma interno se vence el día que la persona reflexiona en que realmente no está haciendo nada malo, que el sexo que ella practica no es diferente del que practican todos los demás y que nadie se ve perjudicado por su trabajo. Pero a veces es difícil llegar a esa conclusión sin el fuerte apoyo entre compañeras y sin el apoyo de aliadas y aliados exteriores dispuestos a decir en público que las trabajadoras sexuales son mujeres dignas.

En todo caso, la eliminación del estigma interior no se puede lograr plenamente sin que desaparezca el externo, y éste no puede desaparecer si no se hacen desaparecer las leyes y ordenanzas que tratan a las trabajadoras sexuales como delincuentes y como personas incapaces de decidir por sí mismas y necesitadas, por tanto, de tutela.

Sólo el empoderamiento de las trabajadoras sexuales conseguirá echar abajo el estigma, y ese empoderamiento solo se alcanzará organizándose y luchando por los derechos.

Desde el momento que se dé el primer paso en ese sentido, estaremos empezando a quitarnos de encima la vergüenza y a arrojarla sobre quienes realmente la merecen: las abolicionistas mafiosas y criminales.

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El mito del empoderamiento de las mujeres

 

Por RAFIA ZAKARIA

5 de octubre de 2017

https://www.nytimes.com/2017/10/05/opinion/the-myth-of-womens-empowerment.html?smid=fb-share

Crédito Cristina Spanò

Por sólo 100 dólares, puedes empoderar a una mujer en la India. Esta cantidad asequible, de acuerdo con el sitio web de la organización India Partners, proporcionará a una mujer su propia máquina de coser, lo que le permitirá dar el primer paso en la marcha hacia el empoderamiento.

O puedes enviar un pollo. La avicultura, según Melinda Gates, da poder a las mujeres de los países en desarrollo al permitirles “expresar su dignidad y tomar el control” (1).

Si los pollos no son tu herramienta de empoderamiento de elección, Heifer International, por 390 dólares, entregará una “canasta de emprendedora” (2) a una mujer en África. Incluye conejos, peces juveniles y gusanos de seda.

La suposición detrás de todas estas donaciones es la misma: el empoderamiento de las mujeres es una cuestión económica, que puede separarse de la política. De ello se deduce que puede ser resuelto por un benévolo donante occidental, que proporciona máquinas de coser o pollos, y así rescatar a las mujeres de la India (o de Kenia o de Mozambique o de cualquier parte de lo que se conoce como el “sur global”) de sus vidas faltas de poder.

El empoderamiento no siempre ha representado kits de iniciación empresarial. Como Nimmi Gowrinathan, Kate Cronin-Furman y yo escribimos en un trabajo reciente (3), el término fue introducido en el léxico del desarrollo a mediados de la década de 1980 por feministas del Sur Global. Estas mujeres entendieron que el “empoderamiento” era la tarea de “transformar la subordinación de género” y la ruptura de “otras estructuras opresivas” y la “movilización política” colectiva. Obtuvieron algo de lo que querían cuando la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer adoptó en 1995 una “agenda para el empoderamiento de las mujeres ” (4).

Sin embargo, en los 22 años transcurridos desde esa conferencia, el “empoderamiento” se ha convertido en una palabra de moda entre los profesionales occidentales del desarrollo, pero la parte crucial de la “movilización política” ha sido eliminada. En su lugar está una definición estrecha y restringida expresada a través de la programación técnica que busca mejorar la educación o la salud con poca atención a las luchas más amplias por la igualdad de género. Este “empoderamiento” despolitizado sirve a todos excepto a las mujeres que se supone que debe ayudar.

Al distribuir pollos o máquinas de coser, las feministas occidentales y las organizaciones de desarrollo pueden identificar a las mujeres no occidentales que han “empoderado”. Los sujetos no occidentales de sus esfuerzos se pueden mostrar en conferencias y aparecer en sitios web. Los profesionales del desarrollo pueden referirse a sesiones de capacitación, talleres y hojas de cálculo llenas de “rescatables” como evidencias de otro proyecto de empoderamiento exitoso.

En este sistema hay poco espacio para las complejidades de las receptoras. Las mujeres no occidentales son reducidas a sujetos mudos y pasivos en espera de rescate.

Tomemos, por ejemplo, los proyectos avícolas de la Fundación Gates. Bill Gates ha insistido (5) en que debido a que los pollos son pequeños animales mantenidos cerca del hogar, son particularmente adecuados para “empoderar” a las mujeres. Pero los investigadores no han encontrado que dar pollos conduzca a ganancias económicas a largo plazo; mucho menos a emancipación o igualdad para la mitad de la población.

Para mantener la recepción de dinero, la industria del desarrollo ha aprendido a crear métricas que sugieren mejoras y éxito. Las estadísticas de U.S.A.I.D. sobre Afganistán, por ejemplo, suelen centrarse en el número de niñas “matriculadas” en las escuelas, aunque rara vez asistan a clases o se gradúen. Los grupos que promueven el pollo miden el impacto a corto plazo de los pollos y el aumento momentáneo en el ingreso de los hogares, no los cambios sustanciales a largo plazo en la vida de las mujeres.

En tales casos, no se quiere reconocer la verdad de que sin cambio político las estructuras que discriminan contra las mujeres no pueden ser desmanteladas y cualquier avance que hagan será insostenible. Los números nunca mienten, pero a veces omiten.

A veces las organizaciones de desarrollo en realidad hacen a las mujeres invisibles para que así sirvan a sus narrativas. Uno de mis coautores escuchó de un trabajador de un grupo de lucha contra la trata de personas en Camboya que una organización de donantes occidentales estaba filmando un video para recaudar fondos y rechazaron a una mujer porque no encajaba con la imagen que querían los donantes de una joven superviviente indefensa.

Cuando las mujeres no occidentales ya tienen fuertes identidades políticas, a veces se exige que renuncien a ellas, incluso si con ello se las empuja de nuevo a los papeles mismos de los que el empoderamiento estaba destinado a rescatarlas. En Sri Lanka, una exsoldado de los Tigres de Liberación de Tamil Eelam dijo a uno de mis coautores que ella y otras excombatientes recibieron clases de decoración de pasteles, peluquería y costura. Un funcionario del gobierno confesó que a pesar de años de programas de entrenamiento, nunca había visto a ninguna de las mujeres ganarse la vida con estas habilidades.

Es hora de un cambio en el discurso del “empoderamiento”. Los programas de las organizaciones de desarrollo deben evaluarse en función de si permiten a las mujeres aumentar su potencial de movilización política, de forma que puedan crear una igualdad de género sostenible.

 

En el escenario global, el retorno a este modelo original de empoderamiento requiere una moratoria en la práctica de reducir a las mujeres no occidentales a las circunstancias de su victimización: la superviviente de violación, la viuda de guerra, la niña novia. La idea de que los objetivos y las agendas de desarrollo deben ser apolíticas debe ser descartada.

 

El concepto de empoderamiento de las mujeres necesita un rescate inmediato y urgente de las garras de los salvadores de la industria del desarrollo. En el corazón del empoderamiento de las mujeres está la demanda de una hermandad global más robusta, en la que ninguna mujer sea relegada a la pasividad y al silencio y sus opciones limitadas a las máquinas de coser y los pollos.

 

Rafia Zakaria (@rafiazakaria) es columnista de Dawn y la autora de “The Upstairs Wife: Una historia íntima de Pakistán”.


 

1.- https://medium.com/bill-melinda-gates-foundation/the-small-animal-thats-making-a-big-difference-for-women-in-the-developing-world-15d31dca2cc2

 

2.- https://www.heifer.org/gift-catalog/empowerment/enterpriser-gift-basket-donation.html

 

3.- https://www.ccny.cuny.edu/sites/default/files/Emissaries%20of%20Empowerment%202017.pdf

 

4.- https://www.ccny.cuny.edu/sites/default/files/Emissaries%20of%20Empowerment%202017.pdf

 

5.- https://www.gatesnotes.com/Development/Why-I-Would-Raise-Chickens

 

 

 

 

 

 

La polémica detrás de “Alanis”, la película sobre una prostituta que es madre

ENTREVISTA (Por Malena Montes) SECCIÓN CIUDAD dialogó con AMMAR, sindicato de trabajadoras sexuales que participó en el guión del film que protagoniza Sofía Gala Castiglione y que fue prohibido en algunas salas de cine.

 

http://www.seccionciudad.com.ar/la-polmica-detrs-de-alanis-la-pelcula-sobre-una-prostituta-que-es-madre-aid33854.html

Martes, 3 de Octubre de 2017

 

Por Malena Montes @DraCasan

 

El cine argentino logró un lugar destacado en el palmarés del 65° Festival Internacional de Cine de San Sebastián, al obtener el pasado domingo tres de sus principales premios. Sofía Gala Castiglione se consagró con la Concha de Plata a la mejor actriz por su labor en Alanis, el film por el cual Anahí Berneri, a su vez, ganó la Concha de Plata a la mejor dirección. Así, Berneri fue la primera directora en 65 años en recibir la Concha de Plata.

No obstante, la película no fue bien recibida a nivel social. Muchos cines prohibieron la transmisión de la película en sus salas, mientras que algunos pidieron “cambiar” el afiche donde se ve a Sofía Gala amamantando a un niño.

El “escándalo” de la película deja entrever, una vez más, cómo la desigualdad de género, la opresión del cuerpo de la mujer y la maternidad como rol impuesto en la mujer, continúan firmes en una sociedad patriarcal que insiste en sobrevivir.

Para adentrarnos en el tema del trabajo sexual, SECCIÓN CIUDAD se acercó a la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR), sindicato que lucha por los derechos de las trabajadoras sexuales, y dialogó con su secretaria general Georgina Orellano. Los reclamos centrales del gremio apuntan a conseguir derechos laborales como cualquier otra profesión. Desde 1995, AMMAR es parte de la Central Argentina de Trabajadores (CTA). Según ellas, más del 86 por ciento son madres.

 

¿Te gustó la película Alanis?

 

AMMAR aportó su mirada al guión y nos parece que refleja las problemáticas habituales que enfrentar las trabajadoras sexuales por trabajar en la clandestinidad. La historia central que narra la película empieza con el allanamiento del departamento de la protagonista. Ese allanamiento se inscribe dentro de una política antitrata de personas que llevó adelante nuestro país a partir de 2008. El problema es que esa política equiparó la trata de personas con el trabajo sexual, y eso expuso la constante precariedad de las trabajadoras sexuales. Es decir, que la película muestra cómo el trabajo de una mujer madre se precarizó aún más a partir de ese dispositivo punitivista que es el allanamiento, clausura y detención de su compañera de trabajo.

 

 Sofía Gala afirmó que “prefiero ser puta antes que moza”, frase que fue repudiada por la UTHGRA, gremio de gastronómicos. ¿Qué sentiste cuando la escuchaste?

 

El sindicato se sintió interpelado por comparar una trabajadora sexual con una moza. Lo que les llega tiene que ver con que se lo comparó con un sujeto político que está atravesado por mucha estigmatización y prejuicios sociales. Se sintieron desvalorizados por que los compararon con un sujeto que no está reconocido laboralmente y, además, socialmente se encuentra condenado.

 

¿Sabías que hay salas de cine que prohibieron la película?

 

Hay muchas cadenas de cines que decidieron no proyectar la película, porque creen que su contenido tiene escenas fuertes que pueden herir susceptibilidades del público. Otros aceptaron, pero le pidieron a la directora que cambie el afiche de presentación porque se ve a una trabajadora sexual dando de amamantar a su hijo. Todo esto tiene que ver, de nuevo, con el lugar estigmatizado que ocupa la trabajadora sexual en esta sociedad. Es tal que muchos no quieren reflejar esa situación por la ilegalidad y el vacío legal que hay de nuestra profesión. El hecho que sea una madre, además, tiene que ver con que en el imaginario social “la mamá es la mamá”, y no puede ser puta. Siempre se vió a la puta como un sujeto político aislado de la sociedad, y nunca se la vio como una mujer que tiene dificultades como el resto de las mujeres, que está atravesada por un montón de problemas como la mayoría de las mujeres que vivimos en esta sociedad machista y patriarcal. Siempre hay un aislamiento hacia la prostituta, entonces la película y el afiche traen esa representaciones juntas. Para nosotras, es importante que mucha gente la vaya a ver para que vean lo que es el trabajo sexual, y que se genere más empatía hacia ellas, pero desde la precaridad laboral, no desde el sesgo moral.

 

¿Cómo te hiciste feminista?

 

Al llegar a AMMAR, la primera identidad con la que me sentí identificada como trabajadora. Durante mucho tiempo me inscribí dentro del movimiento sindical como una mujer sindicalista que se organiza a partir de un problema. En mi caso primero fui sindicalista y luego feminista, cuando empecé a tener mayor conciencia de género. Entender que hay muchos problemas que nos atraviesan como trabajadoras sexuales, pero no es solamente por el trabajo, sino por el hecho de haber nacido mujer en una sociedad machista y patriarcal, donde los varones tienen más privilegios y las mujeres más desventajas, que esto sucede en todos los ámbitos. No hay un único feminismo. Fui una de las que creía que había un feminismo que estaba en contra de las trabajadoras sexuales y esa fue mi primer experiencia en los encuentros de mujeres. Me encontré con un feminismo que me cuestionaba, que me quería hacer trabajar la culpa, que me decía que era una víctima, que mi discurso estaba aleccionado y que yo no estaba decidiendo libremente sino que era una “imposición” de otras personas. Entonces lo primero que me generó el feminismo fue un rechazo. “Si esto es ser feminista, mejor me quedo en mi casa”, pensé. Cuando me empecé a formar me di cuenta que hay varios feminismos, y que lamentablemente el feminismo que predomina en nuestro país es abolicionista, que se opone a la legalización del trabajo sexual. La mejor manera de disputarle esos espacios a esas feministas que creen que su único discurso es hegemónico y es válido, es justamente no resignarnos, sino ir a disputárselos, generar tensión. Hay muchas mujeres que son feministas pero que todavía no tienen postura tomada sobre el trabajo sexual, y nunca tuvieron la posibilidad de tener frente a una trabajadora sexual. Me dí cuenta que desde AMMAR tenemos las dos banderas. Por un lado, la lucha sindical, que habla de derechos de reconocimiento laborales, de mejores condiciones, de una mirada contra la explotación en todos los mercados laborales; y, por otro lado, una lucha feminista que tiene que ver con la posibilidad de que las mujeres decidan aún teniendo pocas alternativas y pocas opciones; que sean ellas las que decidan qué es lo mejor para su vida, que tomen decisiones y que no haya nadie juzgando y castigándolas por eso.

 

¿Es necesario enseñar a la sociedad sobre feminismo?

 

Necesitamos construir una sociedad con conciencia feminista, justamente para que las mujeres podamos tener los mismos derechos que tienen los hombres; o que los varones se cuestionen los privilegios que tienen y que vean que las mujeres estamos en constante situación de desventaja a diferencia de ellos, porque fuimos criadas y criados con esta mirada machista y patriarcal. La ‘puta’ que es trabajadora, es madre y, encima, es feminista, claramente va a incomodar dentro de muchos espacios. Como sociedad nos cuesta comprender que hay mujeres que ejercen el trabajo sexual, porque nos cuesta aceptar que las mujeres deciden. El punto central es deconstruir las miradas prejuiciosas con esa cultura patriarcal en la que fuimos educados y educadas.

 

¿Cómo ves la lucha feminista en la actualidad?

 

Tiene mayor visualización que la que había cuando éramos adolescentes. Hoy se habla de feminismo en muchos espacios, se ve en los medios y se convocan marchas marchas multitudinarias para reclamar por nuestros derechos, como el Ni Una Menos. Por eso, hay muchas mujeres jóvenes que están hablando de feminismo y muchos hombres que se sienten cuestionados por el gran avance de la lucha. Falta conseguir mayores políticas públicas. La marcha del 8 de marzo nos dejó una visión de que las mujeres trans, lesbianas y bisexuales, frente al contexto neoliberal al que nos enfrentamos, nos unimos y organizamos a pesar de las diferencias, porque sabemos que la lucha tiene que ser una sola y hay que pelearla en la calle. Pero eso, no se tradujo en un cambio en el Estado. Todavía seguimos teniendo un Instituto de la Mujer, cuando el movimiento feminista lo que pide es que haya un Ministerio de la Mujer que tenga un presupuesto propio. Falta luchar por el sistema penal, porque las feministas sabemos que el sistema penal que tenemos en la Argentina es machista, patriarcal, clasista y selectivo. No somos ilusas de pensar que el derecho penal lo va a solucionar todo, cuando en realidad eso se va a traducir en mayor criminalización de la pobreza, en cárceles llenas de mujeres trans. El feminismo necesita dar una discusión de pensar alternativas por fuera del punitivismo, teniendo en cuenta el contexto político donde hay mayor recrudecimiento de la violencia institucional, mayor represión policial a los sectores sociales. La idea es que la mujer cuando vaya a denunciar no solo tenga el botón antipánico y la perimetral, sino que tenga otras políticas públicas que le generen mayor autonomía y emancipación. Plantear el tema de la ESI en todos los colegios. Otra de la gran deuda para el movimiento feminista es la despenalización del aborto legal, seguro y gratuito, la implementación del cupo laboral trans en todas las provincias, la legalización del trabajo sexual, la derogación de todos los códigos contravencionales. Todas nos unimos bajo el grito Ni Una Menos, pero después tenemos que seguir lamentando cada 18 horas la muerte de una mujer, entonces hay que pensar otras estrategias para que no nos sigan matando.

 

El derecho a prostituirse resume todos los derechos de las mujeres frente al patriarcado

 

 

El derecho de las mujeres a prostituirnos —es decir, a intercambiar sexo por bienes de otra naturaleza fuera del matrimonio— está reconocido por la Constitución y las leyes españolas y no es negado por ningún organismo internacional.

 

Esto puede sorprender a quien lo lea, ya que en España los medios de comunicación, los partidos políticos y, en general, el activismo abolicionista, tanto el confesional como el laico, tienden a referirse a la prostitución como si fuera un delito, en un intento de confundir a la opinión pública. En los casos, cada vez menos frecuentes, en los que les queda un atisbo de vergüenza, se refieren a la prostitución como “alegal”, queriendo dar a entender que si no está prohibida es por un descuido o una desidia de los legisladores, aunque ellos se cuidan mucho de promover su prohibición, sabiendo como saben que para eso tendrían que cambiar la Constitución democrática y abolir las libertades civiles.

 

El derecho a la prostitución está amparado en España por la Constitución y las leyes, ya que, al ser un Estado democrático, está permitido todo lo que no está prohibido, y está prohibido impedir el libre ejercicio de todo lo que está permitido.

 

El ejercicio de la prostitución no sólo es un derecho reconocido en España, sino que es un derecho particularmente protegido. Hay leyes específicas para defender a las prostitutas de la explotación y la esclavitud, de forma que puedan actuar con total libertad y puedan disponer libremente de sus ganancias íntegras. No existe otro sector laboral que esté tan específicamente protegido como el del trabajo sexual.

 

El trabajo sexual está reconocido como trabajo por la Organización Internacional del Trabajo y otros organismos internacionales. También en España, aunque sólo bajo la modalidad de trabajo autónomo. La falta de reconocimiento de los derechos laborales de las trabajadoras sexuales por cuenta ajena es una anomalía que sólo se explica por la corrupción política que favorece los intereses de los empresarios frente a los de las trabajadoras, en este caso con la abierta complicidad de los sindicatos de clase.

 

Los derechos de las mujeres conculcados por el patriarcado pueden dividirse en derechos sexuales y derechos económicos.

 

La opresión sexual supone negar el derecho a disponer libremente del propio cuerpo. Sometidas por las leyes patriarcales, las mujeres debían conservar su virginidad hasta el matrimonio y, una vez casadas, debían mantenerse fieles y estar siempre dispuestas a cumplir su “deber conyugal”, es decir, que no existía el delito de violación dentro del matrimonio. Tampoco tenían derecho a abortar bajo ningún supuesto, grave delito castigado con severas penas de cárcel. Y la prostitución, o estaba perseguida o estaba estrictamente regulada con leyes que negaban a las prostitutas todo una serie de derechos fundamentales.

 

El derecho a disponer libremente del propio cuerpo encuentra su plena expresión en el derecho a la prostitución. Suprimidas felizmente en España las modalidades mayoritarias de opresión sexual patriarcal, subsiste sin embargo una amenaza permanente sobre el derecho a la prostitución de las mujeres. Poderosos grupos de presión que incluyen a poderosas organizaciones patriarcales antibortistas, entre otras, intentan mediante argucias prohibir de facto la prostitución. Por eso, la defensa de este derecho supone la plena defensa del derecho a la independencia sexual y al dominio sobre el propio cuerpo de las mujeres, y resume y es la garantía de las modalidades mayoritarias del mismo.

 

Los derechos económicos de las mujeres conculcados por el patriarcado encontraban su máxima expresión en el matrimonio clásico, que sometía a la esposa a la plena dependencia económica del marido, y en la legislación laboral que discriminaba negativamente a las mujeres, sometidas además a la explotación de los trabajos domésticos y reproductivos no pagados y obligadas a cargar, en el caso de las madres solteras, con todo el peso de la crianza de los hijos.

 

Ha desaparecido la dependencia obligada por ley dentro del matrimonio, pero no las otras. Castigadas especialmente por la precariedad dentro de un sistema capitalista abiertamente machista, las mujeres deben enfrentar particulares necesidades de supervivencia. Y el derecho a disponer del propio cuerpo siempre ha supuesto una posibilidad particular de supervivencia explotando las imperiosas necesidades sexuales masculinas, no siempre satisfechas con el matrimonio.

 

El derecho a disponer del propio cuerpo y el derecho al libre intercambio económico que garantizan la Constitución y las leyes en España, permite a algunas mujeres compensar la discriminación patriarcal remanente que las condena a la precariedad y, al liberarse ellas, contribuyen a la liberación de todas.

 

El derecho a prostituirnos resume todos los derechos de las mujeres frente al patriarcado y la pérdida de ese derecho, por el contrario, nos llevaría a las mujeres de vuelta bajo el dominio patriarcal, el mismo que, bajo la falacia de querer protegernos de nuestra propia sexualidad, busca perpetuar su dominación sobre las mujeres en todos los órdenes de la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Feminismo, prostitución y Estado

 

Feminism, Prostitution and the State: The Politics of Neo-Abolitionism

(Routledge Studies in Gender and Global Politics) 1st Edition

by Eilis Ward (Editor), Gillian Wylie (Editor)

 

 

http://www.readcube.com/articles/10.4324/9781315671437?author_access_token=CxraL-EyfweRmqUaUzp2mQLBIUWHziPdsn0vlMIwK3ThNDVrYF1U09lJam69h-SodlczmV0NZUKK01qmtoYPJFef4Z75mtJ9an59l6BUqDhUsnvQESsuxF-4WBPTmZ-U

 

INTRODUCCIÓN

Ellis Ward y Gillian Wylie

Introducción al neoabolicionismo: definición, conductores y debates

Cuando el gobierno sueco adoptó su Ley de Compra de Sexo en 1999, era difícilmente imaginable que la medida daría prestigio al Estado sueco al presentarlo como un supermodelo global para las políticas de prostitución en las décadas siguientes.

Aunque tradicionalmente las políticas de prostitución no han recibido mucha atención política —con algunas notables excepciones, como Nueva Zelanda y los Países Bajos—, los Estados del mundo occidental han empezado recientemente a debatir el comercio sexual como una prioridad urgente y un ámbito de acción imperioso. Dentro de estos debates, una opinión es siempre vociferante y de hecho domina en varias organizaciones internacionales y Estados-nación: que criminalizar a los que compran sexo está funcionando en Suecia y forzosamente lo hará en otros lugares para reducir el comercio sexual y, lo que es más importante, reducir la trata con fines de explotación sexual.

Para los académicos hay mucho que analizar en este fenómeno y mucha complejidad que es necesario desenredar. Una cuestión central que requiere un análisis es la pregunta a menudo planteada: ¿cómo ha llegado a dominar este modelo neoabolicionista la forma en que muchos gobiernos y organizaciones de la sociedad civil piensan acerca de la prostitución y el comercio sexual? Esta pregunta está en el corazón de este libro.

Este libro intenta ofrecer algunas explicaciones para la influencia creciente del neoabolicionismo, documentadas en estudios de casos de activismo político y prácticas estatales en un número selecto de jurisdicciones. Nuestro interés está en una evaluación crítica del surgimiento y ascenso del neoabolicionismo y su fundamento en un conjunto de creencias sobre su éxito en el ejemplo, es decir, Suecia. La política de Suecia ha sido legitimada a su vez por un fuerte discurso internacional que ha influido con éxito en cómo actores políticos y civiles piensan en la prostitución y el comercio sexual a principios del siglo XXI.

Ahí radica el desafío tanto para los responsables de la política como para los académicos. Mientras que los defensores del neoabolicionismo —sean activistas feministas radicales, grupos de presión religiosos o políticos— afirman que ésta es la única respuesta a las cambiantes circunstancias del comercio sexual de hoy, otras voces critican tanto las suposiciones contenidas en el modelo como su idoneidad como una respuesta de ‘talla única para todos”. Por lo tanto, el debate se ha polarizado y la compleja realidad de reconocer múltiples posiciones, múltiples situaciones y la relevancia del contexto al crear políticas alrededor del comercio sexual se ha vuelto algo desorientada. De hecho, el poder ejemplar de Suecia como modelo se refleja en el foco central de este libro en sí mismo: cómo explicar la manera en que este enfoque ha llegado a establecerse como la norma contra la cual todos los demás son medidos.

Antes de entrar en las discusiones que siguen, es necesario aclarar lo que se entiende por neoabolicionismo. El neoabolilionismo puede concebirse como una nueva versión de un enfoque establecido de la prostitución, el abolicionismo, que busca cerrar los espacios y lugares donde se practica el sexo comercial. Esto funciona criminalizando las actividades relacionadas con el trabajo sexual como el proxenetismo, la especulación, el vivir de los ingresos de la prostitución, la organización, y así sucesivamente. Podemos pensar en esto como un régimen que intenta estrangular el “suministro” criminalizando sus tecnologías, humanas o de otro tipo, pero que, sobre el papel al menos, no castiga a la vendedora.

El neoabolicionismo continúa argumentando que los Estados deben intentar abolir la prostitución, pero cambia la atención hacia la demanda como el pivote para este objetivo final. Si la demanda de sexo comercial es un crimen, entonces la oferta se marchitará en la vid. Este cambio se adoptó por primera vez en el mundo occidental en Suecia como parte de su programa de feminismo radical y postuló el sexo comercial, en el cual las mujeres eran vendedoras y compradoras de hombres, como una expresión inaceptable y violenta del patriarcado, que requería una intervención estatal mejorada. Así pues, se concibió como una política destinada a abolir la prostitución per se. A través de un proceso descrito en otro lugar (véase Swanstrom en este volumen), rápidamente se reelaboró nuevamente para incluir el objetivo de combatir la trata de mujeres con fines de explotación sexual, en respuesta a la presencia de mujeres inmigrantes en el comercio sexual sueco y convirtiéndose así en una premonición de los marcos internacionales de lucha contra la trata que luego emergieron en la ONU, la UE y otros lugares.

Esta breve historia social de la idea aísla los dos temas que definen el neoabolicionismo. En primer lugar, entiende la prostitución en sí como una forma de violencia contra la mujer, de acuerdo con los relatos feministas radicales de las relaciones de género y el poder de género. En segundo lugar, considera que la prostitución y la trata sexual son inseparables tanto desde el punto de vista conceptual (cómo pensamos en ellas) como en términos de leyes (cómo los Estados responden a ellas). Por lo tanto, el neoabolicionismo desagrega la “trata sexual” de otras formas de trata (como la laboral o el tráfico de órganos) y, en términos de política, desvincula la prostitución de los marcos de política social tales como la reducción de daños y las medidas contra la pobreza y se centra en cambio en las respuestas de la justicia penal y la aplicación de la ley.

Desde que la Ley de Suecia entró en vigor en 1999, Finlandia y Noruega, Irlanda del Norte, Francia y la República de Irlanda han adoptado o están a punto de adoptar el neoabolicionismo, aunque no siempre fielmente. En Irlanda del Norte, por ejemplo, las mujeres que venden sexo en grupos de más de una persona pueden ser procesadas ​​por propietarias de prostíbulos, produciendo así una extraña variante del neoabolicionismo que concibe a la persona que vende sexo como víctima y perpetradora de un delito al mismo tiempo, lo que sin duda es una profunda contradicción.

Mientras que la defensa del neoabolicionismo debe mucho al feminismo radical, es notable que otros grupos de presión , muy diferentes, también apoyan la idea. Más obviamente en el contexto de Estados Unidos, pero también en otros lugares como Irlanda del Norte, están en juego las fuerzas religiosas conservadoras y fundamentalistas (Bernstein 2012: Weitzel 2007; Zimmerman 2013). La improbable colaboración del feminismo y el fundamentalismo se manifiesta en una forma de gobernanza feminista (Halley 2006) o “feminismo carcelario” (Bernstein 2012) y se ha convertido en un componente clave de la política exterior de Estados Unidos con implicaciones directas en las relaciones internacionales. El compromiso contra la prostitución exigido a los beneficiarios de ayuda de los EE.UU. durante la administración Bush es un ejemplo clave de este impacto.

Aquí encontramos un aspecto adicional e inicialmente quizá desconcertante de la popularidad del neo-aboficionismo: su alianza con el neoliberalismo como una forma de gobierno y un conjunto de ideas o un ideal. Evidencia de esta convergencia se encuentra, por ejemplo, en la crítica de Bumiller (2008) a la alianza del feminismo radical con el Estado neoliberal en relación con la violencia sexual y en relación con la ley y las regulaciones sexuales de manera más general (Halley 2006). Desde este punto de vista, la formulación de la prostitución como una forma de violencia contra la mujer encaja con ciertos valores neoliberales o, al menos, no causa problemas a los Estados neoliberales. Por ejemplo, la influencia del neoabolicionismo en los programas de salida de la prostitución en los Estados Unidos encaja bien con un paradigma neoliberal de desviar la responsabilidad del bienestar social del Estado hacia los individuos, a los que se hace hiperresponsables (Leon Crysanthi, Shdaimah y Corey 2012: 269) Tema también identificado en relación con el Reino Unido (Scouter y O’Neill 2007: Carlin y Scouter en este volumen). Ejemplos como éstos dan peso a un argumento convincente de que las ideas feministas radicales, en particular sobre la violencia de género (incluyendo la prostitución en sí misma), han encontrado un hogar cómodo en el Estado neoliberal punitivo (Halley 2006. BumiIler 2008: 160).

Sin embargo, aunque el neoabolicionismo parece florecer en contextos neoliberales, un examen superficial no revela ningún patrón de correspondencia entre el tipo de Estado y el tipo de régimen de prostitución. De hecho, la tesis neoliberal parece estar confundida por el caso tanto de Suecia como, al otro extremo del espectro, de Nueva Zelanda. Suecia es un Estado de bienestar “feminista de Estado” y la prohibición de compra de sexo es parte integral de su agenda de igualdad intervencionista. Entiende que el Estado puede intervenir en los actos sexuales entre adultos para reparar y reequilibrar las desigualdades de género y está profundamente arraigado culturalmente en la larga historia de Suecia (Carson y Edwards, 2011). En cambio, Nueva Zelandia tiene una política completamente diferente que no criminaliza el acto de comprar o vender sexo y, en cambio, trata de regular la actividad a través de otros temas como los relacionados con la fiscalidad, la salud y la seguridad, la violencia sexual y el acoso, etc. Nueva Zelanda, en efecto, rechazó la idea de una prohibición de compra de sexo, pero Harrington argumenta que, contra los autores citados anteriormente, su régimen se ajusta cómodamente a las ideas de la mercantilización de la economía y de la sociedad inherentes al neoliberalismo del Estado (Hanington, 2012). De hecho, a menudo se argumenta que el neoliberalismo es bueno para las trabajadoras sexuales porque su privilegio del individualismo y las fuerzas del mercado pueden racionalizar el tipo de normas sociales dentro de las cuales las mujeres que se dedican al comercio sexual pueden hacerlo sin necesariamente ser estigmatizadas. En este enfoque, la venta de sexo se convierte por lo tanto, en un acto equivalente a vender cualquier otro “producto”.

El hecho de que no exista una relación directa entre los regímenes neoliberales y el neoabolicionismo puede estar en función de las contradicciones que existen dentro de la idea del neoliberalismo en sí mismo. Wendy Brown (2015) sostiene que el neoliberalismo es un concepto polémico, caracterizado por la ambigüedad. Es un fenómeno global, pero es inconsistente y no sistemático en su manifestación. Sin embargo, la manera en que regímenes del trabajo sexual diametralmente diferentes pueden “encajar” en los marcos neoliberales tiene sentido cuando concebimos al neoliberalismo no como una ideología, un conjunto de prácticas estatales singulares, coherentes y políticamente liberales, sino como conteniendo contradicciones y dinámicas complejas (Lamer 2000) que incluyen tendencias hacia ideologías políticas conservadoras y liberales.

Dejando a un lado la gran teoría, este libro sugiere que el mejor enfoque para considerar por qué el neoabolicionismo se ha vuelto tan influyente en el mundo occidental contemporáneo es, en efecto, construir la teoría desde el principio, basándose en estudios de casos concretos. Mientras que el neoabolicionismo tiende a ofrecer las mismas prescripciones políticas donde quiera que sea escuchado, en contextos variables debe adaptarse a las condiciones, historias y subjetividades locales. Sin embargo, no siempre ha tenido éxito precisamente debido a esas condiciones locales, como ilustran algunos de nuestros casos. De este modo, la historia de la organización de las trabajadoras sexuales en Nueva Zelanda seguramente es la principal barrera al neoabolicionismo allí. Mientras que las estructuras del gobierno australiano y la división relacionada de los poderes legislativos (O’Brien en este volumen) hacen extremadamente difícil para el activismo neoabolicionista tomar posiciones allí a pesar de una marea de apoyo a su agenda.

Aquí sugerimos, a partir de los estudios de caso presentados en este libro, un conjunto de conductores —factores, actores, fuerzas e instituciones— del neoabolicionismo. Sin embargo, es posible que no se encuentren en todas partes, o que de hecho funcionen de manera contraria dependiendo de las particularidades de cada contexto. Los lectores observarán que estos conductores se reflejan de una forma u otra a través de los capítulos a seguir.

 

Los conductores del neoabolicionismo

 

1 Suecia como supermodelo

Esto puede parecer un punto obvio dado la omnipresencia de las referencias al “modelo sueco” por sus defensores, pero es un punto insuficientemente reconocido y hay razones por las que la “suecidad” del modelo es particularmente influyente. Una de ellas es la percepción internacional generalizada de Suecia como una economía equitativa y justa desde el punto de vista moral. Gracias al estatus de Suecia como un “buen ciudadano internacional”, el neoabolicionismo gana legitimidad por asociación. Una segunda razón por la que el modelo se promueve tan exitosamente radica en el impacto de la acción consciente del Estado sueco. El Estado pone fondos y recursos políticos en la promoción del modelo en el extranjero (en la UE, por ejemplo) y en la acogida de delegaciones parlamentarias en el país, como lo atestiguan algunos de los capítulos del libro. El papel de Suecia en promover activamente su enfoque, como parte de su propia creación de imagen en el ámbito internacional, no puede ser subestimado al explicar la capacidad de la idea de obtener acogida en otras partes.

2 Redes transnacionales en la política internacional

La mayor parte de este libro toma como base la aproximación a la política del neoabolicionismo dentro de cada país “desde cero”. No cabe duda de que las redes transnacionales de promoción han sido actores influyentes en la difusión de la idea. Utilizando los espacios creados para ejercer presión en torno a las organizaciones mundiales y regionales, las redes de activistas neoabolicionistas han influido en marcos internacionales sobre la trata sexual, vinculando el tema estrechamente a las políticas de prostitución y abordando “el lado de la demanda”. Muchos de estos grupos de promoción transnacional están asociados con el movimiento mundial de lucha contra la violencia contra la mujer, que ha crecido cada vez más desde la Conferencia de Pekín de 1995 y ahora está integrado en grupos de presión transnacionales como el Lobby Europeo de Mujeres (EWL) cuyo papel clave en la promoción del abolicionismo en Europa es significativo. Los activistas locales de la sociedad civil, que intentan domesticar los ideales neoliberales en sus propios contextos, buscan a los aliados de la sociedad civil global como EVVL y la Coalición contra la Trata de Mujeres, para reforzar su posición.

3 Movimientos contra la violencia contra las mujeres en la política nacional

Mientras que el feminismo ha tenido un debate largo y continuo sobre sus posiciones en el trabajo del sexo, el neoabolicionismo, que postula el trabajo del sexo como intrínsecamente una forma de violencia, logró adaptarse con precisión a los avances hechos por movimientos contra la violencia contra las mujeres en diversos ambientes políticos nacionales. Si bien están vinculadas a organizaciones transnacionales como el EVVL (su Observatorio de la Violencia Contra la Mujer, por ejemplo), como se mencionó anteriormente, muchas organizaciones pequeñas y locales de mujeres han incorporado la idea de la intervención estatal y asegurado el financiamiento estatal para trabajar en contra de la violencia de género y otras formas de violencia contra la mujer. Estos grupos afilaron sus dientes a través de muchos años de activismo a nivel local y nacional para conseguir refugios, programas de educación pública y muchas otras iniciativas. El neoabolicionismo se basó fácilmente en estos esfuerzos y en la experiencia de los grupos de presión para legitimar y popularizar su agenda.

4 Normas de moralidad anticuadas

Un elemento importante del atractivo de la retórica abolicionista consiste en recurrir a valores simplistas del bien contra el mal en lugar de ofrecer un análisis racional de las políticas basado en datos rigurosos. El conocimiento empírico sobre la naturaleza y la extensión del sexo comercial a menudo carece de rigor, o reconocimiento de la complejidad, en muchos contextos nacionales. Por el contrario, los debates sobre la prostitución y el trabajo sexual están a menudo cargados emocionalmente, ofrecen resistencia a los hechos fehacientes, están gobernados por una ideología muy explícita, concurridos por informantes con conocimientos limitados, preeminentemente preocupados por el simbolismo, y finalmente sujetos a cambios abruptos (Wagenaar y Mink 2012). Desde esta perspectiva, por lo tanto, el éxito del neoabolicionismo puede explicarse como una función de la dinámica particular de la formación de normativas de prostitución, tal vez distintas a las de otros ámbitos normativos (como el medio ambiente o el transporte) en la que las preocupaciones morales a menudo triunfan sobre la evidencia. Este argumento sugiere, pues, que es el poder discursivo del neoabolicionismo, su carga moral, lo que le lastra, junto (como ilustran algunos capítulos) a la convergencia de la “anticuada” moralidad sexual conservadora con su primo cercano cuando se trata del comercio sexual: el más a la moda feminismo radical.

5 El imaginario de la trata

El pensamiento neoabolicionista depende en gran medida de la creación de una equivalencia irreductible entre la prostitución y la trata sexual y el poder de la idea de que la trata sexual es un fenómeno enorme y abrumador. Esto no quiere decir que la explotación de las personas que se mueven global o localmente en el comercio sexual no tenga lugar (sería absurdo negar esto) sino que la idea de “trata sexual” se ha utilizado con gran efecto político de la misma manera que la trata de blancas funcionó en la primera parte del siglo XX (Doezema 2010, Soderlund 2013). El imaginario contemporáneo traza una equivalencia entre la prostitución y lo que se denomina trata sexual, porque ambos se entienden fundados en la violencia y la imposibilidad de consentimiento. Confiar en el imaginario de la víctima de trata —inocente, mujer, explotada— supera todos los otros enfoques, incluyendo aquellos que buscan incluir debates sobre la libertad en relación con el cuerpo sexual o la autonomía corporal. A pesar de las estadísticas impugnadas y la complejidad de la “trata” (véase, por ejemplo, Sharma 2003), el poder de este imaginario apunta a las dificultades encontradas para llevar la evidencia empírica al debate. Las víctimas de la trata son, por definición, invisibles y como tal siempre presentes e irrefutables. En virtud de su supuesta inocencia y victimización, siempre triunfarán frente a una trabajadora sexual cuyo estatus es tradicionalmente, aunque con algunas excepciones, considerado política, social y moralmente problemático, incluso dentro de la teoría feminista (Beloso 2012). El imaginario de la trata ha sido particularmente poderoso en los Estados Unidos, permitiendo al Estado asumir el papel de protector benevolente para hacerlo encajar con sus propios intereses territoriales (Soderlund 2005). Sorprendentemente, Portugal está solo entre los Estados miembros más antiguos de la UE como carente de pensamiento neoabolitionista a pesar de la presencia tanto de un movimiento feminista fuerte como de un comercio del sexo. Un fenómeno posiblemente explicado por el hecho de que la “trata” no es un problema para el Estado.

6 El evangelismo religioso

Las neoabolicionistas feministas se han encontrado como extraños compañeros de cama con los cristianos evangélicos en la lucha contra la prostitución / trata sexual. En el contexto americano, los cristianos evangélicos de derecha sostienen ideales neoabolicionistas a pesar de partir de puntos de vista diametralmente diferentes a los de las feministas radicales. Los evangélicos están preocupados por apuntalar la vida familiar heterosexual nuclear y oponerse a la “esclavitud” porque niega a la gente la libertad de seguir a Cristo (Zimmerman, 2013). Se podría argumentar que esta poderosa alianza entre el feminismo radical y la derecha religiosa aseguró la prevalencia del neoabolicionismo en los Estados Unidos. Además, otras tradiciones dentro del cristianismo también pueden conducir al respaldo del neoabolicionismo, como en Francia, donde el neoabolicionismo actual implica una convergencia del feminismo y los movimientos católicos históricos de rescate y justicia social (Mathieu 2016).

7 La cultura política nacional dominante

Como se mencionó anteriormente, el pensamiento neoliberal es un ideal y un conjunto de prácticas encontrados entre las democracias avanzadas discutidas en este libro. Sin embargo, como también se admitió anteriormente, el contexto neoliberal puede funcionar en ambos sentidos en relación con el comercio sexual. El libre mercado puede legitimar el sexo comercial, así como la transferencia de la responsabilidad del bienestar desde el Estado a los individuos puede promover una confluencia entre el abolicionismo neto y los enfoques de usar la justicia penal para tratar la prostitución. Por otra parte, las contradicciones internas del neoliberalismo también son evidentes en el deseo de los Estados liberales de permitir el libre mercado de los bienes a la vez que se evitan con determinación los movimientos transfronterizos de personas. La tendencia común de los Estados capitalistas avanzados a buscar el control de la inmigración en nombre de la seguridad puede crear una causa común con aquellos que buscan criminalizar a los tratantes de sexo y a los compradores de sexo. Dentro de estas corrientes políticas globales, por lo tanto, la importancia del neoabolicionismo en lugares particulares todavía depende mucho de la intersección entre el ideal y las culturas políticas locales. Así, la resistencia al neoabolicionismo puede provenir del individualismo histórico de Nueva Zelanda, mientras que la empatía con la idea se puede encontrar en el feminismo estatal de Suecia, en la historia del regulacionismo moral en Irlanda o en el cambio hacia la responsabilidad personal en Inglaterra y Gales. Las diferencias nacionales, incluidas las culturas y las instituciones políticas, por lo tanto, jugarán un papel en cómo el neoabolicionismo es conducido y quién lo conduce.

8 Política consensuada entre partidos

Un tema llamativo del éxito del neoabolicionismo es el grado de consenso entre los distintos partidos alcanzado en diferentes sistemas políticos. En Suecia. Inglaterra y Gales, Irlanda y los Países Bajos, partidos de todo el espectro, por lo general divididos en otros temas de moralidad privada (sobre cuestiones de derechos de aborto, por ejemplo, o más tradicionalmente sobre la homosexualidad) han encontrado suficiente causa común para trascender lo que los científicos políticos habitualmente denominan escisiones políticas . Donde esto ha ocurrido, es realmente difícil que las opiniones contrarias sean aireadas y / o legitimadas.

9 La fuerza o debilidad relativa de las organizaciones de trabajadoras sexuales

Por último, cualquier discusión sobre los factores conductores del neoabolicionismo necesita referirse a la presencia o ausencia de organizaciones de trabajadoras del sexo y su influencia estratégica o política dentro de cualquier forma de gobierno. Es una tentadora simetría argumentar que cuando hay organizaciones de trabajadoras sexuales fuertes y políticamente astutas el neoabolicionismo por lo menos tendrá ante sí un hueso duro de roer. En este sentido, podríamos argumentar, para poner de manifiesto un punto obvio, que su ausencia se convierte en un impulsor del neoabolicionismo. En los países donde estos movimientos son fuertes, Nueva Zelanda, Australia y los Países Bajos, la política neoabolicionista no ha alcanzado una posición dominante.

Sin embargo, como se trata en el capítulo de los Países Bajos más adelante, se trata de una simetría que no se puede asumir. Igualmente, en los Estados Unidos (la patria, después de todo, de una de las organizaciones originales de trabajadoras sexuales, COYOTE), otros factores, como los identificados anteriormente, han eclipsado el poder y la legitimidad de las organizaciones de trabajadoras sexuales. En este sentido, podemos identificar más correctamente las organizaciones de trabajadoras sexuales quizá como una variable importante en el conjunto en lugar de un conductor diferenciado. Nuestros estudios de caso aquí de nuevo parecen indicar que la mezcla de particularidades locales, incluyendo el poder relativo y el estatus de las organizaciones de trabajadoras sexuales, será significativa en la determinación del resultado de cualquier proceso de reforma de leyes o regulaciones.

 

CONCLUSIÓN


El feminismo carcelario, el Estado y la trabajadora sexual
En una era globalizada, ¿de quién es el poder?

Eilis Ward y Gillian Wylie

Introducción

Las ideas y políticas neoabolicionistas se han vuelto omnipresentes En muchas partes del mundo, está sencillamente dado como hecho probado que criminalizar la compra de sexo reducirá el trabajo sexual y automáticamente provocará una reducción de la demanda que, según se argumenta, es trata con fines de explotación sexual. Por lo tanto, de un solo golpe, junto con la abolición de la prostitución, también se pondrá fin a la trata sexual. Como ilustran los capítulos de este libro, estas ideas en la actualidad animan marcos políticos internacionales y dan forma a muchas políticas estatales hacia el trabajo sexual. Incluso en contextos de países aparentemente inmunes al atractivo de la idea, los activistas neoabolicionistas se conectan con determinación en la esfera pública, impactando en la política local y en las sociedades civiles. Pero, como también ilustra este libro, hay muchos problemas y desafíos en esta línea de argumentación y estos problemas se vuelven a su vez más complejos por las interacciones entre los ideales neoabolicionistas y los regímenes internacionales, las culturas políticas locales y los valores en pugna. A modo de conclusión, ofrecemos algunas reflexiones sintetizadoras sobre el análisis de la trayectoria del neoabolicionismo, reflexiones que se encuentran en los capítulos de este libro, así como algunas reflexiones sobre las implicaciones políticas y sociales de este proyecto feminista radical.

 

Afirmaciones y conductores neoabolicionistas

La afirmación de que “Suecia funciona” es un importante grito de reivindicación y legitimidad para el activismo neoabolicionista, y al que nos referimos al comienzo de este libro. Sin embargo, a lo largo de los capítulos, la idea de que existe una fuerte base de evidencia para el modelo sueco o las prohibiciones de compra del sexo se demuestra repetidamente que es frágil, no menos en el capítulo de Yvonne Swanstrom que señala la falta de una evaluación apropiada de la prohibición de la compra del sexo. A lo largo del libro se cuestiona la base empírica para abogar por criminalizar la demanda masculina. Por ejemplo, el capítulo sobre Irlanda muestra que las estadísticas a menudo citadas en defensa de la posición neoabolicionista son dudosas. En general, la confluencia de la cuestión de la trata sexual con la prostitución es una presunción central del neoabolicionismo porque la imagen predominante de la víctima de la trata como una mujer violada e inocente refuerza las llamadas a criminalizar la demanda y a superar cualquier preocupación “liberal” con la reducción del daño, la libertad de elección o la autonomía personal o las llamadas de atención en cuanto a la complejidad y diversidad dentro del comercio sexual y la viabilidad de la propuesta. Pero también aquí la evidencia sobre la naturaleza y extensión de la trata sexual es altamente problemática y politizada (Feingold 2010; Vance 2011). Lo que estamos sugiriendo aquí es que la influencia generalizada del neoabolicionismo no puede ser explicada en términos de “hechos” establecidos o eficacia probada de esa normativa, sino que su ascenso indudable tiene raíces políticas e ideológicas. Este libro intentó descubrir esas raíces y la interacción entre una idea muy poderosa (el relato feminista radical del comercio sexual) con los procesos políticos y las instituciones de los Estados seleccionados aquí.

Al comienzo de este libro identificamos una serie de conductores del neoabolicionismo, derivados de una visión general de los capítulos aportados. Sugerimos que estos conductores: el ejemplo sueco; el activismo transnacional feminista radical; la violencia contra las mujeres; las normas anticuadas de moralidad; el “imaginario de la trata”; el cristianismo evangélico; las culturas políticas mundiales y locales; y la fuerza del activismo del trabajo sexual, todos se intersectan para producir diversos grados de tracción para el neoabolicionismo en diferentes contextos Esperamos que, ahora al final del libro, la forma específica en que estos conductores combinados ejercen influencia dentro de cada contexto se haya vuelto más claro para los lectores y ayude a dar un sentido analítico a por qué el neoabolicionismo florece o falla en uno u otro lugar.

 

El activismo neoabolicionista tiene un alcance global que se desprende del impacto del activismo feminista transnacional en la ONU y en la UE y en las alianzas estratégicas que los activistas llevan a cabo con los Estados nacionales impulsando su agenda internacionalmente. Después de Palermo y su seguimiento en organizaciones regionales como la UE, los Estados-nación se vieron presionados para adoptar nuevos marcos de lucha contra la trata que a menudo están estrechamente asociados con las medidas neoabolicionistas para frenar la demanda de sexo comercial. Sin embargo, las nuevas normas internacionales no se traducen exactamente a los Estados-nación (Acharya 2004). Aquí los otros conductores también son cruciales en términos de alianzas, estratégicas o de más largo plazo, entre feministas radicales, grupos religiosos y partidos políticos, la presencia o ausencia de contraofertas y la naturaleza de las estructuras políticas, las políticas predominantes y las costumbres políticas. De Suecia a Nueva Zelanda, de los Estados Unidos a Australia y de los países situados en medio, el libro ha sugerido que necesitamos estudiar cada lugar “desde cero” y, con miras a su situación internacional, analizar por qué el neoabolicionismo arraiga o no a través de una lectura contextualizada de estos factores entremezclados.

Por supuesto, es necesario introducir aquí la advertencia usual que “se necesita más investigación”. Nuestro alcance en términos de estudios de casos y contenido de cada capítulo fue necesariamente limitado por el espacio y es posible que otros conductores se estén también presentes en los contextos en estudio. El papel de los medios de comunicación, por ejemplo, se menciona a lo largo de los capítulos, pero está fuera del enfoque del libro y quizá requiere una atención específica. Por otra parte, nuestro escrito se centra en los estados democráticos liberales avanzados y dentro de ese grupo en solamente un puñado seleccionado. Es necesario explorar las experiencias de organizaciones de otros Estados como Grecia, Italia y Hungría, y de Estados de América Latina, Asia y África. Se necesita , de hecho, más investigación, pero sugerimos que los conductores identificados aquí proporcionan un marco útil para ayudar a la investigación comparativa.

Prostitución, feminismo y Estado

Si bien el énfasis en este libro está en las lecturas matizadas del impacto del neoabolicionismo en lugares y espacios particulares, existe una preocupación general, incluida en el título del libro, de explorar lo que todos estos casos nos dicen acerca de las relaciones entre “prostitución, feminismo y Estado” en las democracias contemporáneas, avanzadas y liberales. Como queda claro en cada discusión, el neoabolicionismo lee la prostitución como una encarnación de la desigualdad de género y una forma de violencia contra las mujeres. También vincula la prostitución contemporánea con el imaginario de la trata sexual que se fundamenta en un tosco binario. Este binario niega la posibilidad de consentimiento o autonomía a las que venden sexo y presenta al tratante o al comprador de sexo como siempre hombre, poderoso y criminal. Esta lectura legitima las respuestas estatales al comercio sexual punitivas y procesales, con la ira del Estado (y de las feministas) ostensiblemente dirigida a los hombres pero, más a menudo, creando situaciones cada vez más complicadas para quienes venden sexo. Como tales neoabolicionistas son ejemplos arquetípicos de feministas carcelarias (Bernstein 2010), aliándose con los Estados para criminalizar a aquellos a quienes ven como los autores de la desigualdad. Sin embargo, al hacer estas alianzas con los Estados, terminan por sumarse a políticas a) diseñadas para promover enfoques neoliberales a los problemas sociales y b) promotoras de la exclusión de los trabajadores inmigrantes.

El capítulo británico de Scoular y Carline ofrece un ejemplo de la primera de estas tendencias. Aunque no es un régimen totalmente neoabolicionista, la regulación de la prostitución en Inglaterra y Gales se está moviendo en esta dirección con medidas cada vez más punitivas contra compradores masculinos. Estas políticas son paralelas a las medidas neoliberales de responsabilidad dirigidas a las mujeres que venden sexo, con la esperanza de que se autorreformen. Sin embargo, como hemos señalado al principio, la complejidad de cada caso significa que otras formas de feminismo también pueden encontrarse compinchadas con las políticas estatales de bienestar bajo condiciones de neoliberalismo generalizado, como ilustra la larga tradición del feminismo de Estado en Suecia.

Casi todos los capítulos incluyen una enseñanza de las maneras en que el neoabolicionismo feminista juega en la segunda de estas tendencias. Sobre todo tras el entrelazamiento del pensamiento sobre la prostitución con suposiciones sobre la trata sexual transnacional, las políticas neoabolicionistas pueden terminar implicadas en la justificación de un enfoque carcelario de la política fronteriza. Esto es muy claro, por ejemplo, en el capítulo de O’Brien sobre Australia que demuestra cómo los discursos de la criminalidad y la ilegalidad de la inmigración, ejemplificados por la trata, alinean las aspiraciones neoabolicionistas con la legitimación de las políticas migratorias de exclusión. Swanstrom sugiere que el uso de la prohibición de compra de sexo para desarrollar la política de inmigración y trata no era el objetivo de sus defensoras feministas, preocupadas por sus ideales de igualdad de género. Sin embargo, Halley (2006) sugiere que la determinación de las “feministas de gobernanza” de “recorrer los pasillos del poder” y abogar por los enfoques carcelarios tiene consecuencias problemáticas que deberían haber previsto. De nuevo, sin embargo, es importante reconocer que otras influencias dentro del feminismo también pueden enfocarse como colaboradoras (intencionalmente o no) con la política de control migratorio. El capítulo de Heumann y otros sobre los Países Bajos revela que el ímpetu político para la legalización de la prostitución procedía de la intención de separar a las trabajadoras locales legales de las extranjeras irregulares en lugar de un compromiso purista con los derechos de las trabajadoras sexuales. Irónicamente, el enfoque sueco de “imagen en espejo” también puede producir una jerarquía de víctimas del comercio sexual, dividiendo a las víctimas “nativas” de las trabajadoras sexuales “extranjeras” (Skilbrei y Holmstrom, 2013).

Por lo tanto, el libro muestra cómo el feminismo radical, revitalizado como activismo neoabolicionista, ha llevado al feminismo y a muchas organizaciones y movimientos de mujeres a una conexión preocupante con las agendas estatales y neoliberales. Además, las consecuencias negativas del neoabolicionismo para las mujeres que venden sexo y para las mujeres lnmigrantes en el mundo contradictorio de la globalización neoliberal parecen claras.

 

Conclusión

Las historias contadas en este libro tratan por tanto de los movimientos y alianzas de muchas ideas grandes e instituciones poderosas. Tratan del movimiento de una idea feminista radical en el seno de los aparatos de justicia penal del Estado. Tratan de los cambios profundos que se han producido en el comercio sexual provocados por la innovación tecnológica y los desafíos que ello implica tanto a la policía como a nuestras opiniones de justicia, derechos, moralidad, inclusión y exclusión. Tratan de la toma de posición estatal ante la inmigración y las desigualdades globales. Tratan de la tensa relación entre la evidencia y la formulación de políticas en un ámbito político que se ve afectado por la producción de conocimiento. También son historias sobre cómo algunos Estados (Suecia y los Estados Unidos) utilizan ciertas ideas para sus propios propósitos de Estado en las relaciones internacionales. Sin embargo, a lo largo de todo este libro y en las preocupaciones de los autores, no se encuentra el imaginario sino la realidad de la trabajadora sexual y en particular de la trabajadora sexual inmigrante. Nuestro enfoque en lo político, lo ideológico y lo institucional en el libro, necesariamente miró más allá de esta realidad y abarcó las narrativas más sociológicas y personales necesarias para explorar este campo. Sin embargo, queremos concluir reuniendo de nuevo todos estos ámbitos, desde el cuestionamiento del poder estatal, el feminismo de gobernanza y las ideas sobre el neoliberalismo hasta la realidad cotidiana de las trabajadoras sexuales. Dada la agenda liberal e inclusiva del feminismo, su rechazo de las políticas de dominación y su valoración de la subjetividad, es más preocupante que la “lógica primaria” del feminismo radical (Sandbeck 2012) dentro del neoabolicionismo sea una agenda de orden público, de mecanismos de justicia penal, encarcelamientos, actuación estatal prioritaria y avance de la política neoliberal. El feminismo radical ha permitido al poder del Estado reducir a un estereotipo, cosificar y victimizar los cuerpos de las trabajadoras sexuales inmigrantes y de todas las trabajadoras sexuales.

Referencias

Acharya, A. (2004) ‘How Ideas Spread: Whose Norms Matte?? Norm Localization and Institutional Change in Asian Regionalism’, International Organization, 58(2): 239-275.

Bernstein, E. (2010) ‘Militarized Humanitarianism Meets Cameral Feminism: The Politics of Sex, Rights and Freedom in Contemporary Anti-trafficking campaigns’, Signs, 36(1): 45-71.

Feingold, D. (2010) ‘Trafficking in Numbers: the Social Construction of Human Trafficking Data’ in P. Andreas and K. Greenhill (eds) Sex, Drugs, and Body Counts: The Politics of Numbers in Global Crime and Conflict. New York Cornell University Press, pp. 46-74.

Halley, J. (2006) Split Decisions: How and Why to Take a Break from Ferninian. Princeton, NJ and Oxford: Princeton University Press.

Sandbeck, S. (2012) ‘Towards an Understanding of Carceral Feminism as Neo-liberal Biopower’ unpublished paper delivered at the annual conference of the Canadian Political Science Association, University of Alberta, Canada.

Skfibrei, M. L. and Holmstrom, C. (2013) Prostitution Policy in the Nordic Region: Ambiguous Sympathies Farnham and Burlington, VA: Ashgate.

Vance, C. (2011) ‘States of Contradiction: Twelve Ways to Do Nothing About Trafficking while Pretending to’, Social Research, 78(3): 933-948.

Por qué el movimiento antitrata ignora las voces de las trabajadoras sexuales

 

Por Benjamin L. Corey

3 de junio de 2016

 

http://www.patheos.com/blogs/formerlyfundie/why-the-anti-trafficking-movement-ignores-the-voices-of-sex-workers/

 

Cuando estaba a la mitad de mi doctorado que incluía una extensa investigación de campo en el mundo de la trata de personas, tuve una pequeña crisis: lo que estaba aprendiendo y descubriendo no se ajustaba a lo que yo creía que iba a estar en el estudio.

Tuve previamente unas pocas experiencias que desencadenaron inicialmente en mí la necesidad de reconsiderar la narrativa de la trata con la que había empezado. La primera fue yendo en taxi por las calles de Bombay cuando una colega me dijo que estaba dolorida porque había sido golpeada durante un rescate en un burdel la noche anterior.

“¿Quién te pegó?”, pregunté. “¿Los tratantes?¿La policía?”

Respondió: “No, la mujer me golpeó porque no quería que yo la rescatara. Pero algún día me lo agradecerá”.

Todavía recuerdo cómo bajé la cabeza y cerré los ojos al darme cuenta de que eso sonaba realmente jodido.

Ese fue mi primer momento importante en el que me di cuenta de que algo iba mal en el movimiento, pero tuve también otras experiencias.

Otro fue cuando fui a entrevistar a trabajadoras sexuales en burdeles situados en las afueras de la ciudad. Cada una tenía una historia compleja y llena de matices, circunstancias individuales y decisiones personales. Al descomprimir las entrevistas con un colega, me sorprendí a mí mismo diciéndome que necesitaba alguna forma de redefinir la trata, ya que ninguna de las trabajadoras sexuales a las que había entrevistado reunía los criterios legales de fuerza, fraude o coacción, ni quería siquiera dejar el burdel cuando las pregunté qué haría falta para que se fueran del mismo. Tenían historias complejas y a menudo tristes, pero no eran víctimas de trata, como yo había supuesto.

No había dos historias iguales y casi nada de lo que estaba aprendiendo de las trabajadoras sexuales se ajustaba a lo que yo había creído previamente: no era una situación de blanco y negro en la que todas o eran víctimas de trata o deseaban ser “rescatadas”. Así que empecé a pensar formas de hacer que sus historias se ajustaran a mis creencias: hasta que me di cuenta de que seguir por ese camino sería un error.

En cuanto a mí, sabía que sólo tenía una opción: tenía que abandonar mi sesgo de confirmación (tendencia a sólo creer / considerar la información que se ajusta a la creencia previamente sostenida), y seguir dondequiera que la investigación / datos me condujeran, para que pudiera publicar mi tesis y observaciones posdoctorales con una conciencia limpia. Ese viaje (que abarca unos cuantos años más de investigación) me dejó con puntos de vista sobre la trata de seres humanos que radicalmente no están de acuerdo con la narrativa evangélica tradicional sobre el tráfico de seres humanos, pero que así sea. He seguido los datos con honestidad, y aquí es donde aterricé.

Una de las principales observaciones de mi estudio (que se basó en gran medida en el examen de las organizaciones de trata a través de la teoría del movimiento social) fue la siguiente: muchas organizaciones anti-trata basadas en la fe habían mezclado lentamente la trata y el trabajo sexual hasta el punto de que muchos ya no son exclusivamente anti-organizaciones de trata. En su lugar, muchos se han convertido funcionalmente en organizaciones contra la trata, contra la pornografía y contra la prostitución (lo que es totalmente su prerrogativa, pero seamos honestos y al menos llamémoslo por su nombre).

Curiosamente, esto también sucedió en el siglo XIX cuando los evangélicos trataron el tema de la trata de personas: lentamente se transformó con el tiempo y finalmente se convirtió en un movimiento contra la prostitución. De hecho, incluso el término que originalmente usaron para definir la trata finalmente significó prostitución y no trata en absoluto, lo que es precisamente lo que vemos con el término moderno “trata sexual”. Lo que alguna vez fue un término para identificar “la fuerza, el fraude y la coerción” en algunos lugares se utiliza ahora para referirse al comercio sexual en general, exactamente igual como sucedió hace ciento cincuenta años.

Darme cuenta a través de la teoría del movimiento social de que gran parte del movimiento contra la trata de seres humanos se está transformando y se está convirtiendo cada vez más en un movimiento contra la industria del sexo, me llevó a otra observación interesante y más inquietante: el movimiento se está centrando rápidamente en “ayudar” a un grupo de gente que ni siquiera conocemos.

Más adelante en mi investigación empecé a entablar más diálogo con la comunidad de trabajo sexual, lo que confirmó la corazonada que tuve en la India hace años: las historias de aquellas que integran la comunidad de trabajo sexual son individuales, variadas, matizadas y complejas, y no se ajustan a algunas narrativas prefabricadas donde un tamaño vale para todos. También se hizo evidente, y atestiguado, que demasiados en el movimiento de lucha contra la trata no dialogan con la comunidad de trabajo sexual. Ni han dialogado nunca. En cambio, oigo voces que expresan sentimientos de ser silenciadas, ninguneadas, estigmatizadas, ignoradas e incluso tuteladas por extraños que piensan que saben lo que es mejor para ellas, sin siquiera conocerlas a ellas o conocer sus historias individuales.

Podrían haber escuchado algunas historias que luego fueron generalizadas y aplicadas a todo un grupo de personas, pero esto no hace que esas generalizaciones o experiencias sean verdaderas para todas, sin importar cuán sinceramente uno quiera creerlo.

Lo que está ocurriendo hoy en el movimiento antitrata / anti-inudustria del sexo sería ofensivo en cualquier otro contexto. Es una forma de colonialismo moral: “hola … estoy aquí, tengo objeciones morales a cómo estás viviendo, y sé exactamente cómo tu vida necesita cambiar sin siquiera escuchar tu historia”. La única razón por la cual esto es tolerado en este contexto es debido a la estigmatización asociada con la industria del sexo, una estigmatización que a menudo es perpetuada por las mismas personas que dicen que quieren ayudar. (Y por cierto que no son solo los evangélicos. Las feministas de izquierda están haciendo lo mismo: silenciar a las trabajadoras sexuales, reforzar los estigmas sociales y tratar a las personas de la industria del sexo como si fueran víctimas indefensas que carecen de cualquier autonomía personal. Desde luego que estos dos grupos hacen extraños compañeros de cama.)

Aquí está la conclusión: este nuevo movimiento contra la industria del sexo es un movimiento dirigido a “ayudar” a gente con la que muchos no hablarán ni siquiera escucharán. Eso me parece una pobre manera de llevar a cabo nuestra misión.

Y lo que peor es esto: si realmente queremos abordar la trata de seres humanos, las integrantes de la comunidad de trabajo sexual deberían ser nuestras aliadas más cercanas, porque son las que mejor conocen lo que pasa y las más fervientes defensoras de las que están siendo explotadas. Pero en cambio, las hemos alienado a expensas de nuestra propia misión, y eso perjudica a la gente.

Los primeros asientos en la mesa deberían ser reservados para las integrantes de la comunidad de trabajo sexual – y todos los demás deberían escuchar.

Entonces, ¿por qué tenemos un movimiento entero dedicado a “ayudar” a un grupo de personas con las que el movimiento ni siquiera está hablando? ¿Por qué las conferencias contra la trata a menudo carecen de oradores que estén en desacuerdo con la postura feminista izquierdista o evangélica acerca de la industria del sexo? ¿Por qué las voces de aquellas que están en la industria del sexo son silenciadas, ignoradas y totalmente despreciadas?

Pienso que la respuesta es compleja, pero en el fondo de ella es ésta: la realidad ensuciaría realmente nuestros sesgos de confirmación y complejos del salvador, y esos sesgos y complejos trascienden los binarios liberal contra conservador o secular contra religioso.

Pienso que la respuesta es compleja, pero en esencia es ésta: la realidad ensuciaría realmente nuestros sesgos de confirmación y complejos del salvador, y esos sesgos y complejos trascienden los binarios liberal versus conservador o secular versus religioso.

Es conveniente creer que todo el mundo es una víctima, porque hay un pago para nosotros: tenemos que desempeñar el papel que nos gusta jugar. Es más difícil entrar en el desorden y la complejidad de la vida y sentarse y escuchar las historias de las personas, especialmente cuando esas historias no terminan con nosotros salvándolas.

El trabajo contra la trata de personas es importante, por eso he dedicado cuatro años de trabajo doctoral. Pero la narración con la que empezamos no es un modelo de tamaño único; la realidad es siempre más compleja. Sí, encontraréis casos que encajan con la narrativa: personas que están atrapadas en fraude, fuerza o coerción y que necesitan ayuda. Pero también encontraréis una serie de experiencias, como personas que disfrutan de su trabajo y quieren que sus derechos y su seguridad sean protegidos, o incluso historias profundamente conmovedoras y hermosas como las de las trabajadoras sexuales que se especializan en ayudar a las personas con discapacidades severas (personas que uno llega a ver más como humanitarias que como víctimas indefensas).

Así que al final, ¿por qué una parte tan grande del movimiento contra la trata de personas ignora las voces de las trabajadoras sexuales? Es porque cuando las escuchas, la narrativa de “todo el mundo es una víctima” se desmorona, y eso nos obliga a repensar nuestro enfoque, nuestras filosofías, las leyes perjudiciales que defendemos (como el modelo nórdico), y todo lo demás. Básicamente, me temo que si escucháramos las voces de las trabajadores sexuales tendríamos que dejar de hacer lo que estamos haciendo, y empezar todo de nuevo.

Y eso es demasiado problema.

Es mucho más fácil seguir operando bajo nuestros sesgos de confirmación, porque cuando hacemos eso, nunca tenemos que salir del blanco y el negro, y adentrarnos en el gris que es la vida real.

 

No retrocedamos en el tema del trabajo sexual

Editorial

8 Ago 2017

El Espectador

 

http://www.elespectador.com/opinion/editorial/no-retrocedamos-en-el-tema-del-trabajo-sexual-articulo-707012

 

En el Congreso se debate un proyecto de ley, presentado por la representante a la Cámara Clara Rojas, que significaría un retroceso en los pocos avances que Colombia ha tenido en la regulación del trabajo sexual, y que adopta la posición condescendiente y poco efectiva de quienes no diferencian entre la trata de personas y la prostitución. El resultado, de aprobarse, es que no se solucionarían los problemas graves que enfrenta el país en estos temas y se pondría aún en mayor riesgo a las mujeres que ejercen el trabajo sexual.

La propuesta de Rojas es sancionar a los clientes de las trabajadoras sexuales con multas desde $98.300 en los primeros dos años y que llegarán hasta $786.900. El dinero recaudado estaría destinado a un fondo de atención para las personas que ejerzan la prostitución, administrado por el Ministerio de Salud. El objetivo, según la representante, es minimizar la ocurrencia de esta práctica y evitar que Colombia sea un destino de turismo sexual.

La idea de un fondo en el área de la salud pública es la muestra de la condescendencia que motiva a la posición de la representante y sus partidarios. En entrevista con El Tiempo, Rojas dijo que la prostitución “es realmente una explotación, porque atenta contra los derechos humanos”. Es decir, que las trabajadoras sexuales bajo ninguna condición son mujeres libres que ejercen control sobre su cuerpo. Esta idea no es aislada. El proyecto de Rojas viene inspirado por la legislación sueca, donde opera la sanción a los clientes. También abundan las posiciones en el mundo que creen que por las condiciones de desigualdad de género no hay forma de que las mujeres sean libres en el momento de elegir el oficio del trabajo sexual.

Sin embargo, incluso bajo estas razones, sancionar a los clientes resulta inútil. La experiencia en otros países demuestra que esto fomenta que el trabajo sexual se vuelva aún más clandestino. La regulación, entonces, se vuelve cómplice del silencio que las trabajadoras deben adoptar para no perder su fuente de ingresos. Esto genera que los múltiples abusos que son comunes en esta población se queden en la impunidad.

Además, aprobar la propuesta de Rojas genera una disonancia cognitiva no menor: ¿qué hacemos con las mujeres que reivindican el trabajo sexual como una forma de vida? También en El Tiempo, Fidelia Suárez, líder de un sindicato de trabajadoras sexuales, dijo: “No podemos igualar el trabajo sexual, que es una actividad legal, con la trata de personas, que es un delito. La población que ejerce trabajo sexual tiene bien claro cuál es su oficio”.

Por eso, en Colombia la Corte Constitucional ha venido llenando los vacíos legislativos en cuanto al trabajo sexual, reconociéndolo como oficio y pidiendo que se proteja como tal. Las autoridades y el Congreso, como es habitual en temas similares, han demostrado ser ineficientes en su deber de regulación, dejando a esta población en el limbo jurídico, lo que facilita los abusos que se vienen denunciando. El año pasado fueron asesinadas 51 trabajadoras sexuales.

La trata de personas es un problema que Colombia debe enfrentar, pero no sirve unirlo a la prostitución. Al contrario: una regulación clara, integral y eficiente del trabajo sexual podría proteger a las mujeres que lo ejerzan, así como ayudar permitir que las autoridades se concentren en interrumpir las dinámicas perversas de la trata. La condescendencia de Rojas en este debate es un retroceso que le haría daño al país.

 

Colombia: Clara Rojas arremete contra las putas

 

Por. Mar Candela*

 

9 de agosto de 2017

 

http://www.elespectador.com/opinion/clara-rojas-arremete-contra-las-putas-columna-707175

 

Esta es la gran pregunta que me surge al enterarme de que la congresista  ha decidido realizar un proyecto de ley en materia de prostitución  con el argumento cliché  de que las prostitutas todas están ahí  victimas de tráfico sexual,  proxenetismo y similares. ¿Se trata de un delirio  mesiánico  o  de oportunismo político?

Aún no ha dicho que  las prostitutas son responsables de que se acaben hogares o que  por la prostitución voluntaria existen flagelos como la pedofilia y otras injusticias  humanas, como dicen tantas personas abolicionistas. No obstante, nada de raro  sería escucharla decir  algo así. Le triné confrontando su absurda idea de sancionar a los clientes de las prostitutas con multas exuberantes, según la explicación  en la revista Semana, hasta de 23 millones de pesos; me escribió que:

“Sancionar al ‘cliente’ desestimula la práctica y genera las condiciones del entorno para terminar un negocio que no las beneficia a ellas”.

¿Ellas quiénes?  Las mujeres que no    están dispuestas a  vender  panecillos o artesanías ni a partirse  la espalda  limpiando  pisos y prefieren vender atención sexual  porque ganan más dinero y les queda más tiempo para vivir, entre otras cosas, o porque simplemente les da la gana tener sexo con ánimo de lucro? ¿Quién es Clara Rojas para decirle a una mujer  adulta que paga sus impuestos  qué trabajo le conviene o no? Evidentemente hablamos de una mujer  que desde su delirio de superioridad moral  considera que toda prostituta es indigna por su trabajo y ella debe rescatarlas aun cuando  no pocas  rechacen su salvación. O podemos estar hablando de una oportunista política más que sabe que el tema de  la  prostitución  en un país godo doble moralista  levanta mucha popularidad y puede desembocar en  muchos votos.

Hoy nuevamente pongo el pecho  por los derechos integrales de las prostitutas voluntarias y rechazo  enérgicamente  el tráfico sexual, el proxenetismo  y la prostitución marginal despojada de derechos humanos. La congresista Clara Rojas importa una ley que mete  a las putas en un armario para decir que ya no existen. Para quedar como la gran salvadora  que acabo con la prostitución en Colombia.

En un segundo trino me respondió que esta  ley ha sido implementada con éxito en otros países. Quienes conocemos realmente la situación sabemos de los estudios realizados por quienes embuten el tema de tráfico sexual, explotación sexual y proxenetismo en el mismo paquete de prostitución adulta, consiente y decidida y que, agregado a eso, lo hacen por intereses meramente económicos y personales porque a nivel internacional  los Estados destinan muchos recursos económicos a proyectos  de este tipo que nutren imaginarios sociales sobre  lo inmoral e indigno que es decidir ganarse el pan con  el sexo y no con las manos. ¿Por qué es más digno ganar dinero tejiendo por horas a 40.000 pesos diarios, que  follando  20 minutos por 40.000 pesos,  por ejemplo? ¿Por qué la dignidad de las mujeres habita en lo que hacen con su sexo y no en  lo que  hacen con su vida?

Más allá de todas esas estadísticas amañadas  con pericia por académicos y  organizaciones internacionales  que giran en torno de los dineros que se destinan para este tipo de proyectos,  las personas que no ganamos un solo centavo haciendo proyectos de ley ni abriendo organizaciones para “rehabilitar prostitutas” sino que con las uñas trabajamos y a la víctima de abusos y le ayudamos a buscar otro trabajo sin sancionar a quienes están conformes con  sostener sexo con ánimo de lucro, quienes queremos derechos para todas las formas de ser mujer  sin distingo y no devengamos por ese trabajo, quienes no necesitamos  usar a las prostitutas para  llamar más  atención en la opinión publica y así ganar más votos, sabemos perfectamente que no existen datos estadísticos ni fidedignos que demuestren que esta ley ha funcionado realmente en los países donde ha sido implementada. Lo que han hecho es invisibilizar.

Es una medida perversa esta propuesta de ley.  La prostitución en persona ajena, tráfico y trata o similar  son delitos de lesa humanidad  La prostitución voluntaria  de personas adultas que pagan impuestos y no desean sexo  por razones afectivas o lúdicas sino con ánimo de lucro no debe ser castigada. Les  voy a dejar un solo ejemplo de lo que sucede con esa ley. Les dejaré el ejemplo de Francia:  la ley Najat Vallaud-Belkacem  el nombre que se le dio  a la ley que  penaliza a los clientes de las prostitutas: https://elestantedelaciti.wordpress.com/2017/07/24/la-ley-francesa-de-prostitucion-un-ano-despues-esto-vuelve-loco-a-todo-el-mundo/

Países como Suecia, Noruega, Islandia, Francia, Norte de Irlanda, Canadá (entre otros) tampoco son países sin prostitución. Son países con prostitutas en el armario despojadas de todo derecho. Ni siquiera pueden denunciar abusos porque su trabajo es ilegal. Sancionar a los clientes vulnera el derecho a decidir de las mujeres y el derecho al trabajo. También el derecho legítimo de las personas  a una sexualidad  autónoma. Tengo derecho a vivir mi sexualidad con ánimo de lucro. Cada persona tiene derecho a decidir cómo y en qué condiciones ejercer su libre sexualidad.

¿Puta o no puta? Lo decido yo. Ni el Estado ni la Iglesia. Puta o no puta, mis derechos no se disputan. Putas o no. Somos putamente libres.

Multarán a los clientes hasta con 23 millones de pesos. ¿Quiénes pierden? Las putas voluntarias de clases medias y bajas. Las de clases altas ni siquiera saben que son putas y reciben millones en premios por ser “amigas sexuales”, digo,  amigas con derechos. Joyas, viajes, casas, carros y contando más y más regalitos de amigos.  ¡Hipócritas! Abolicionistas que  solo castigan a las putas que no tienen poder, clase ni dinero. Estado proxeneta que quiere entrar a lucrarse del sexo de las mujeres que se prostituyen  por decisión personal con multas exuberantes a sus  clientes con la excusa de que están ayudando en algo al país. Sepan que no solucionan nada. Sepan que algunas personas vemos que lo único que hacen es lucrarse del trabajo sexual. Y que no aceptamos que digan que tráfico sexual, proxenetismo y pedofilia son lo mismo que una persona que decide tener sexo con ánimo de lucro.

La propuesta de Clara Rojas estimula a un Estado proxeneta que se lucre de la prostitución como cualquier chulo común.

* Ideóloga, Feminismo Artesanal

 

La criminalización de los clientes

 

 

Se puede descargar el PDF completo aquí:


http://www.nswp.org/sites/nswp.org/files/Criminalisation_Spanish.pdf

 

La criminalización de los clientes de las personas que ejercen el trabajo sexual se reivindica normalmente por ser parte de un nuevo marco legal para erradicar el trabajo sexual y la trata de personas con “el fin de la demanda”. En 1999, Suecia criminalizó a los clientes de las personas que ejercen el trabajo sexual y mantuvo la criminalización a terceras partes como propietarios/as de burdeles, encargados/as, y empleados de seguridad y de apoyo1. Los individuos vendiendo sexo permanecieron legales. Este modelo es normalmente llamado el modelo “sueco”, “nórdico” o el “fin de la demanda”. Hay una fuerte presión en muchos países para promover estas medidas legales y políticas. Las consecuencias dañinas de este modelo en la salud, los derechos o las condiciones de vida de las personas que ejercen el trabajo sexual son raramente discutidas.

 

La lógica equivocada detrás del “fin de la demanda”

 

La premisa básica para criminalizar la compra de sexo es que la demanda de los clientes es la responsable de la entrada y de que la mujer se quede en el trabajo sexual. En este marco, los hombres y las personas transgénero que ejercen el trabajo sexual son raramente reconocidas, mientras que las mujeres trabajadoras sexuales son frecuentemente mezcladas con niños/as2 o “proxenetas” y traficantes humanos3 en lo que son a menudo relatos anti-migrantes4. Simultáneamente, las mujeres trabajadoras sexuales son etiquetadas como víctimas sin opción – y perjudiciales para todas las mujeres, familias y toda la nación5.

 

Muchos defensores de la criminalización del cliente la promueven como parte del “neo-abolicionismo-feminista”6 o de la ideología del “feminismo fundamentalista”7 donde el trabajo sexual es equiparado a la violencia en contra de las mujeres, la explotación y la trata. Los clientes son vistos como “abusadores” que deben ser arrestados y penalizados. Esta lógica deriva de los marcos legales del “abolicionismo” de finales del siglo XIX, que aún está presente en algunos países europeos y de Latinoamérica. Los “abolicionistas” creían que criminalizando a aquellos que reclutaban o se aprovechaban de las mujeres trabajadoras sexuales, la prostitución sería erradicada. Se suponía que ninguna mujer aceptaría un intercambio sexual por sí misma. Dado que esto no ha tenido éxito, las feministas neoabolicionistas/fundamentalistas han extendido su objetivo a los clientes, relacionándolos como la raíz última de la causa del trabajo sexual.

 

Esta visión se superpone con las visiones de los grupos prohibicionistas, incluyendo a los conservadores religiosos y a los grupos anti-feministas. Los prohibicionistas tradicionalmente han estado a favor de la criminalización de todas las partes relacionadas con el trabajo sexual, ahora están fomentando el modelo sueco y se llaman a si mismos “neoabolicionistas”8. Esta amplia selección de facciones políticas comparten la creencia básica que el trabajo sexual es inherente a la degradación, a la violencia y a lo incorrecto y consideran al estado responsable de la erradicación del trabajo sexual.

 

La línea que separa a las feministas fundamentalistas y los grupos prohibicionistas es borrosa. A menudo trabajan juntos para promover leyes y políticas en contra del trabajo sexual, un ejemplo claro son las coaliciones americanas para acabar con la demanda9. La superposición en sus posiciones se puede explicar. Los prohibicionistas a menudo consienten evitar la criminalización de las personas que ejercen el trabajo, pero están de acuerdo con una rehabilitación obligatoria. En cambio, los abolicionistas han tendido a mantener propuestas que continúan penalizando o encarcelando a las personas que ejercen el trabajo sexual que rechazan la rehabilitación. El resultado de esto está resumido por Pye Jakobsson, una trabajadora sexual sueca: “Queremos salvarte. Y si no lo aprecias, te castigaremos”.10

 

El impacto de la ley y de la política basada en esta propuesta tiene consecuencias devastadoras para las personas que ejercen el trabajo sexual.

 

Variaciones del modelo sueco y la presión para su implementación.

 

La criminalización de los clientes no es ni mucho menos un fenómeno nuevo. En muchos países, medidas legales para eliminar el trabajo sexual se han implementado durante más de un siglo. Estas incluyen leyes que directamente criminalizan la compra de sexo11. Otras leyes criminalizan o penalizan a los clientes indirectamente. A través de leyes que criminalizan a gente que se encuentra en burdeles o a través de leyes en contra de pedir limosna, comunicar el propósito de la prostitución o de pedir servicios desde el coche12. Las leyes relacionadas con la conducta en espacios públicos, enmarcadas como “la reducción de la molestia social” o “la protección del orden público”, también son frecuentemente usadas para penalizar a los clientes13. Mientras que el marco teórico del modelo sueco es bastante único, las experiencias de las personas que ejercen el trabajo sexual sobre la criminalización de los clientes en diferentes contextos se unen al gran número de datos sobre las consecuencias vividas de tales medidas.

 

Suecia, en 1999, fue le primer país en usar un argumento radical feminista – Ej.: El trabajo sexual es inherente a la violencia masculina en contra de las mujeres – para justificar la nueva legislación que criminaliza comprar sexo, mientras que vender sexo sigue siendo legal14. El gobierno sueco ha mantenido las leyes que criminalizan los burdeles si se benefician del trabajo sexual15. Desde su implantación, a través del Instituto Nacional Sueco, el país ha invertido extensamente en exportar este marco legal a otros países16. De acuerdo con Gunilla Ekberg, la actual agente del gobierno responsable de la política de prostitución en Suecia,

 

Una de mis tareas es también “exportar” las estrategias suecas de antiprostitución – o sea, influenciar a los legisladores y grupos de mujeres en otros países para hacer campaña a favor de leyes similares. Y hemos visto grandes cambios. Por ejemplo, Corea del Sur, Sudáfrica, Noruega y otros países han promulgado la misma legislación que criminaliza al comprador 17.

 

Ciertamente en los últimos años, la criminalización (o el aumento de criminalización) de los clientes se ha discutido entre los legisladores en India, Francia, Estonia, Finlandia, Croacia, Filipinas, España, Italia, el Reino Unido y Canadá18. Las justificaciones han diferido a veces de la conceptualización sueca, pero todas están basadas en la creencia que las personas que ejercen el trabajo sexual están dañadas por el trabajo sexual, y a su vez, dañan a la sociedad.

 

El gobierno de Estados Unidos es otro y una fuente más influyente de presión internacional en la represión del trabajo sexual. En 2003 el gobierno americano se convirtió en un gran adherente al fin de la demanda para luchar contra lo que se denomina la “esclavitud sexual”. Nueva York e Illinois han adoptado desde entonces leyes que penalizan severamente a los clientes. El mismo año el Departamento de Estado de los Estados Unidos empezó a publicar un Índice Anual de Trata de Personas. Es un sistema de tres categorías, que evalúa a los países aparentemente de acuerdo con sus acciones de prevención de trata. Muy a menudo, sin embargo, premia a los países por intensificar sus ofensivas sobre trabajo sexual y migración ilegal19. Cuando un país es clasificado en la categoría más baja puede tener su ayuda internacional revocada. Este índice ha puesto mucha presión a muchos gobiernos para reprimir el trabajo sexual20. En 2011 el índice hizo una llamada para la criminalización de los clientes en todo el mundo21.

 

Muchos países, incluyendo Guatemala, Camboya y Corea del Sur, han aprobado las leyes de trata sobre las premisas tanto de un punto de vista abolicionista o prohibicionista, que mezcla el trabajo sexual con la trata. Éstas están siendo despiadadamente implantadas, para cerrar burdeles e inhabilitar a las personas que ejercen el trabajo sexual a trabajar22. En estos casos de Corea del Sur y Guatemala, han criminalizado también algunas o todas las formas de pagar por sexo.

 

A veces, las leyes han cambiado como resultado de fuerzas combinadas de presiones por parte de actores locales, del apoyo sueco y de la presión americana. Cada vez más, la noción del fin de la demanda está ganado sitio en las Naciones Unidas, parcialmente debido a las presiones suecas y americanas23

 

Las leyes emergentes no son uniformes. A pesar de una investigación de la policía noruega refutando los éxitos del modelo sueco, Noruega ha criminalizado la compra de sexo24 y ha preservado sus leyes existentes en contra de los burdeles25. En 2009, Islandia criminalizó la compra de sexo mientras mantuvo las leyes existentes en contra de los burdeles26. Además, en 2010 el gobierno islandés prohibió los clubs de strip.

 

A veces, los clientes son perseguidos para cerrar burdeles. Guatemala introdujo nuevas leyes en contra de los burdeles y criminalizó clientes que pagan a un intermediario para trabajo sexual. Vender sexo sigue decriminalizado27.

 

Mientras se hace la compra de sexo ilegal, muchos países han mantenido o han aumentado la criminalización de las personas que ejercen el trabajo sexual. Por ejemplo,

 

◗ Las nuevas leyes de Corea del Sur criminalizan a los clientes y a los/ as propietarios/as a la vez que mantienen la criminalización de las personas que ejercen el trabajo28.

 

◗ Sudáfrica ahora criminaliza a los clientes pero ha mantenido las leyes que criminalizan a los/as propietarios/as de los burdeles y a las personas que ejercen el trabajo sexual29.

 

◗ Lituania extendió la penalización a los clientes, mientras que la mantuvo a las personas que ejercen el trabajo sexual30.

 

◗ En los EEUU, la Coalición del Fin de la Demanda tuvo éxito al incrementar la sentencia tanto para clientes como para personas que ejercen el trabajo sexual en el estado de Illinois31. Las sanciones por comprar sexo han aumentado en Nueva York mientras aquellas para los que vendían sexo se han mantenido32.

 

◗ Los clientes de las personas que ejercen el trabajo sexual son ahora criminalizados en Escocia e Italia. Las personas que ejercen el trabajo sexual siguen criminalizadas a través de delitos relacionadas con pedir limosna.

 

Un nuevo número de leyes también se aplican transnacionalmente33. Por ejemplo Noruega ha hecho ilegal la compra de sexo en el extranjero, incluyendo a aquellos en el servicio militar. El Departamento de Defensa Americano ha reescrito el Código de Uniforme de la Justicia Militar para incluir el “patrocinio de una prostituta” como un delito criminal para los/ as soldados34. La ONU ha prohibido a las fuerzas de paz comprar servicios sexuales, y de frecuentar zonas o establecimientos donde pueda haber trabajo sexual35

 

El impacto de los marcos legales del fin de la demanda en las personas que ejercen el trabajo sexual

 

Aumento de la represión de las personas que ejercen el trabajo sexual

 

Muchos seguidores del modelo sueco dicen que la decriminalización del trabajo sexual es un principio básico de su visión. Sin embargo está claro que la mayoría de los países que están implementando el modelo sueco han ido más allá declarando ilegal el trabajo sexual. En el estado de Illinois por ejemplo, las leyes para acabar con el fin de la demanda han resultado en elevar el vender sexo a un delito grave de ofensa, penalizado con hasta un año de prisión36. En 2002, casi 3.500 personas que ejercen el trabajo sexual fueron arrestadas en Corea del Sur. Después de las reformas de ley inspiradas en Suecia, este número llegó a 16.951 en 2004 y a 18.508 en 200537

 

Tanto en Corea del Sur como en EEUU, la única manera para que una persona que ejerce el trabajo sexual evite el encarcelamiento es aceptando la rehabilitación. En Corea del Sur, el poder judicial o el agente de policía decide si la mujer es digna de rehabilitación, basado en su “carácter” y en los motivos del caso38.

 

Incluso en los contextos donde vender sexo es legal, si las mujeres trabajan en un local cerrado, y pagan por el alquiler o gastos, pueden ser criminalizadas bajo las leyes en contra de mantener un burdel o beneficiarse de la prostitución39

 

Es común para las personas que ejercen el trabajo sexual a ser desproporcionadamente objeto de arrestos bajo leyes no relacionadas. En Suecia y Noruega, a pesar de que vender sexo no es un delito criminal, la intensidad de la represión de la policía en contra de las personas que ejercen el trabajo sexual ha llevado a que un gran número sea

arrestada y deportada por inmigración ilegal40. De hecho, durante el primer año de la nueva ley en Suecia, los fiscales no pudieron acusar a numerosas personas que ejercían el trabajo sexual porque habían sido deportadas antes de que sus declaraciones fueran grabadas.41

 

Además, las personas que ejercen el trabajo sexual experimentan niveles más altos de acoso debido a la vigilancia de los clientes en la calle42. Los agentes de policía en Suecia a menudo graban clandestinamente a las mujeres teniendo relaciones sexuales para obtener pruebas en contra de los clientes. Las mujeres están por lo tanto sujetas a investigaciones invasivas43. Las personas que ejercen el trabajo sexual no tienen los derechos del acusado ni de las víctimas en los juicios en contra de los clientes44. En Suecia y en Corea del Sur, la policía registra las casas y los lugares de trabajo de las mujeres sospechosas de ejercer el trabajo sexual45

 

El aumento de la violencia y la discriminación.

 

La mayor afirmación del gobierno sueco es que la criminalización de los clientes ha reducido significantemente el número de personas que ejercen el trabajo sexual. Esta reafirmación está basada en el declive del número de personas que ejercen el trabajo sexual en la calle, un hecho que numerosos investigadores atribuyen a la crecida de otras formas “escondidas” de trabajo sexual46.

 

Ciertamente, en muchos países, se ha observado que la vigilancia de la policía y el arresto de los clientes ha desplazado a las personas que ejercen el trabajo sexual. Las personas que ejercen el trabajo sexual han informado del aumento del uso de Internet para buscar clientes o de tener que moverse a lugares que se hacen pasar por otros negocios como salones de masajes, peluquerías u hoteles47.

 

Sin embargo, las personas que ejercen el trabajo sexual que viven en condiciones precarias son habitualmente incapaces de trabajar en sectores de la industria del sexo que requieren establecer rutinas, poner en marcha inversiones o familiarizarse con la tecnología. En Suecia, las mujeres que trabajan en la calle han informado de una competencia mayor, un declive de los precios o condiciones más duras48. Para compensar que hay menos clientes, las mujeres aceptan clientes que están borrachos, agresivos o que rechazan el uso del preservativo49. Desde la criminalización del cliente en Suecia, las personas que ejercen el trabajo sexual están expuestas a un riesgo más alto de violencia50 y de enfermedades infecciosas51.

 

La vigilancia de las patrullas de policía centrada en localizar a clientes conlleva a las personas que ejercen el trabajo sexual a desplazarse a lugares menos públicos donde pueden ser más vulnerables a la violencia. En el caso de que ocurriese violencia, no conseguirían tener ayuda52. En la ciudad de Edimburgo, Escocia, las personas que ejercen el trabajo sexual informaron de 66 incidentes de violencia en 2006, comparado con 126 después de la implantación de las medidas en contra de solicitar los servicios de una persona que ejerce el trabajo sexual desde el coche del siguiente año53. En Montreal, durante un periodo de tres meses de amplios barridos anti-clientes en 2001, las personas que ejercen el trabajo sexual informaron de tres veces más de incidentes violentos, y de cinco veces más de incidentes violentos con armas mortales que en los previos barridos54

 

Las personas que ejercen el trabajo sexual se enfrentan a más obstáculos para reportar violencia y coerción, dado que revelarse como personas que ejercen el trabajo sexual a la policía puede llevar a más acoso y al riesgo de deportación55. Del mismo modo, un cliente que encuentra a una persona que ejerce el trabajo sexual que ha sido coaccionada, o que está en peligro, es poco probable que lo reporte a la policía por miedo a incriminarse a si mismo. La Junta Nacional de Policía Noruega descubrió que la ley sueca ha hecho más complicado reunir pruebas en contra de individuos que han coaccionado o explotado a las personas que ejercen el trabajo sexual56. Además, la Junta Nacional de Salud y de Bienestar Sueca demostró que la criminalización de los clientes puede llevar a un incremento en la explotación de las personas que ejercen el trabajo sexual por terceros57

 

Las personas tailandesas que ejercen el trabajo sexual han informado igualmente que desde la prohibición a comprar sexo de los soldados americanos, sus condiciones de trabajo se han vuelto más peligrosas. A menudo, los soldados sólo se reunen con las personas que ejercen el trabajo sexual en sitios aislados o piden que una mujer dé servicio a múltiples soldados para evitar llamar la atención58.

 

No hay pruebas de que la ley sueca haya reducido la trata de personas en la industria del sexo59. En una evaluación de la ley sueca en 2010, siete personas que ejercen el trabajo sexual fueron entrevistadas. Todos declararon que el estigma en contra de ellas había aumentado desde la implantación de la ley. Desafortunadamente, fue reportado como un desarrollo positivo ya que podría disuadir a las mujeres a ejercer el trabajo sexual60.

 

Reducción al acceso de servicios de salud y sociales

 

Las leyes criminalizando a los clientes, y las leyes en contra de los burdeles, impiden la habilidad de las personas que ejercen el trabajo sexual a proteger su salud en el trabajo. En Suecia, un estudio de la Junta Nacional de Policía Noruega desmostró que muchas de las personas que ejercen el trabajo sexual en la calle compensan la pérdida de ingresos, como resultado de la criminalización de los clientes, no usando preservativos61. En Corea del Sur, los locales como salones de masajes tienden a no tener preservativos porque puede ser relacionado como prueba de trabajo sexual62.

 

Los acosos de la policía obligan a muchas personas que ejercen el trabajo sexual a cambiar frecuentemente de áreas o a trabajar en lugares escondidos. Esto dificulta su habilidad para contactar con servicios de salud y sociales. En Corea del Sur y Suecia, las autoridades de salud han expresado preocupación sobre las consecuencias negativas de la ley en la salud de las personas que ejercen el trabajo sexual63. Además, los investigadores en Corea del Sur han descubierto una correlación entre las nuevas leyes de prostitución y un aumento de las infecciones de transmisión sexual64.

 

La financiación de los proyectos de salud que apoyan los derechos de las personas que ejercen el trabajo sexual está seriamente comprometido por la tendencia del fin de la demanda. Las intervenciones más exitosas contra el VIH hasta la fecha han sido aquellas que son dirigidas por pares, apoyándose en el empoderamiento individual o colectivo para mejorar las condiciones de trabajo y de vida de las personas que ejercen el trabajo sexual65. Sin embargo, estos tipos de proyectos reciben muy poca o ninguna financiación o apoyo de los gobiernos, o de otras agencias que han sido delatadas con modelos que interpretan el trabajo sexual como violencia. En Corea del Sur y Suecia, sólo los proyectos que están dirigidos a que las mujeres abandonen el trabajo sexual reciben fondos. Estos proyectos son inherentemente discriminatorios ya que el acceso a cursos educacionales y vocacionales, servicios de asesoramiento y de salud dependen del abandono del trabajo sexual.

 

Reducción del acceso a la vivienda y a la protección

 

Las leyes en contra de la compra de sexo, del beneficio del trabajo sexual, o en contra del alquiler a un espacio para trabajo sexual, pueden hacer a los dueños/as de apartamentos y hoteles susceptibles de ser perjudicados/as. En muchos países, los dueños/ as tienen el derecho legal de rescindir el alquiler y desalojar sin previo aviso a los individuos sospechosos de ejercer el trabajo sexual – incluso cuando vender sexo no es un crimen66. Esto también afecta a los individuos que viven con ingresos bajos en viviendas sociales, en los cuales puede tener un impacto particularmente importante67. En Noruega, se sabe que la policía se hace pasar por clientes y llaman a los anuncios de las personas que ejercen el trabajo sexual para saber donde viven. Entonces amenazan a los propietarios/as bajo la ley de proxenetismo si no desahucian a la persona que ejerce el trabajo sexual de manera inmediata. Las mujeres normalmente pierden sus depósitos, lo cuales pueden ser la cantidad del alquiler de tres meses68. Una vez en la lista de personas que ejercen el trabajo sexual desalojadas, es difícil alquilar una nueva casa. En 2011, esto fue parte de una campaña organizada por la policía de Oslo llamada Acción Sin Techo69

 

En Noruega, la policía ha notificado a todas las cadenas de hoteles que se enfrentarán a cargos por alquilar habitaciones a mujeres que son conocidas como trabajadoras sexuales. Como resultado, las cadenas de hoteles han prohibido a las personas que ejercen el trabajo sexual registrarse en ninguno de sus hoteles. Algunos han sido denunciados que no permiten la admisión a mujeres que creen trabajadoras sexuales de forma racialmente sesgada70.

 

En resumen, no hay pruebas evidentes para sugerir que las medidas legales que criminalizan a los clientes, a los propietarios/as de los burdeles, a los encargados/as y al personal de apoyo en la industria del sexo, eliminen o reduzcan significantemente el trabajo sexual. Las pruebas disponibles sugieren lo contrario, que estas medidas incrementan la represión, la violencia y la discriminación en contra de las personas que ejercen el trabajo sexual. Esto disminuye el acceso a los servicios de salud, cuidado, vivienda y sociales de las personas que ejercen el trabajo sexual.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La ley francesa de prostitución, un año después: “esto vuelve loco a todo el mundo”

 Por Patricia Neves

 

Publicado el 10/07/2017

 

https://www.marianne.net/societe/loi-prostitution-lille-ca-rend-fou-tout-le-monde

 

Un año después de su adopción definitiva, la ley Najat Vallaud-Belkacem sobre la prostitución, que penaliza a los clientes, sigue siendo motivo de división. Reportaje en Lille donde los actores sobre el terreno denuncian en su mayor parte una precarización del oficio.

Avenue du Peuple Belge, en la parte vieja de Lille. Un vehículo se para de repente en medio del tráfico, a algunos metros de una joven apoyada contra las puertas de un hermoso jardín. Ataviada con un vestido ceñido color carne, se aproxima al conductor. Pero el hombre vuelve a arrancar. Falsa alarma. No era un cliente. Sandy, de 35 años, prostituta desde hace un poco más de dos años, vuelve sobre sus pasos, desilusionada. Desde la adopción, en abril de 2016, de la última ley para “la lucha contra el sistema prostituyente” los clientes son, confía, cada vez más escasos.

Defendido por la antigua ministra de Derechos de las mujeres, Najat Vallaud-Belkacem, el texto —que ha derogado también el delito de captación pasiva, emblema de la era Sarkozy— penaliza, tras cuatro años de debate y controversias, a los clientes de las prostitutas con una multa que puede llegar a los 3.750 euros en caso de reincidencia. Según las cifras oficiales, cerca de un millar de ellos habrían sido ya denunciados en toda Francia. En Lille, serían sin embargo menos de una centena.

¿Es realmente disuasoria la ley? ¿Protege más a las 37.000 prostitutas con las que cuenta el país? Un poco más de un año tras su entrada en vigor, los actores sobre el terreno se muestran escépticos e incluso enfadados. Comenzando por las propias chicas. “Esta ley vuelve loco a todo el mundo, cuenta Celia, una colega de Sandy, en sus cuarenta. Hoy hay menos clientes y más agresiones, incluso entre las chicas”.

Una nueva relación de fuerzas

Es sencillo, añade Sandy, “antes yo me hacía 200 euros por día, pagaba el hotel, ahorraba dinero, compraba mis cigarrillos… Hoy, si vuelvo a casa con 60 euros puedo estar contenta”. Su teléfono suena. La joven se aleja, descalza, bajo el calor agobiante. Sobre el murete del jardín, Celia, cuya mirada aparece disimulada por lentillas de color azul y varios retoques de rimel, vuelve púdicamente sobre sus “días difíciles”.

Desde hace dos o tres meses, se lamenta, las agresiones de los clientes se han multiplicado. La culpable, según ella: la nueva ley. Intenta mostrar en su teléfono la fotografía de una placa de matrícula tomada hace unos días a la caída de la tarde. “De entrada, el hombre era muy educado. Salvo que durante la semana había agredido ya a cinco chicas y estaba armado”. Así que ahora Sandy y Celia están “todo el tiempo en pareja y fotografían las matrículas” de los coches a los que se suben por turnos. Así es más seguro. E incluso así, no siempre consiguen librarse de los golpes. “¿Te acuerdas de cuando me rompieron la nariz?”, pregunta Sandy, con cara de niña.

Menos clientes, más agresiones

“Ah, sí, volví bien averiada”, recuerda Celia antes de enumerar los insultos que reciben a diario, los hombres por ejemplo que pasan delante de ellas, en coche, “cascándosela”. “Es dura la calle”, musita. Originaria del norte de Francia, Celia, madre de tres chicos, ha llegado a la Avenue du Peuple Belge —lugar central de la prostitución de Lille— hace dos años, poco después de un divorcio marcado por violencias conyugales. En aquel momento, dejó el hogar familiar y durmió durante seis meses en su coche, estacionado delante del Ikea. Al final, “me había convertido en un esqueleto”, resume, vestida con una blusa roja sin mangas que todavía hoy deja adivinar su delgadez.

Sandy, por su parte, fue a juicio contra su marido violento “pero no hubo aplicación de pena”. Madre de siete hijos, de edades que van de los 2 a los 15 años, la joven se prostituye desde entonces para sobrevivir. Celia también. Rápidamente, cada una comenzó a ganar varios cientos de euros por día, una suma que les permitió alquilar un pequeño apartamento pero que las expone día tras día a la violencia. Y la nueva ley de prostitución no ha hecho, según ellas, más que empeorar las cosas.

Pues la relación de fuerzas ha sido diferente a partir de ese momento. Los clientes son menos numerosos —“más teniendo Bélgica al lado”— y exigen más. En la cuestión de precios, revisados a la baja, o incluso en lo referente al uso de preservativo. “Los sin-capucha son ahora nueve coches de cada diez, y esto no para”, suspira Celia. “Yo tengo una frase hecha, sonríe Sandy. Les digo que hay una nueva enfermedad que hace que se hinche la picha y meen de color amarillo fosforito”. Las dos mujeres ríen y vuelven al trabajo, por la acera del parque, bajo un sol de plomo. Sin clientes en el horizonte.

Clandestinidad de la actividad

Entre las asociaciones, algunos intervinientes llegan a la misma conclusión. “Desde finales del año pasado, en cada intervención que hacemos sobre el terreno, es decir tres veces por semana, recibimos información de una situación de violencia”, constata en Nantes Irène Aboudaram por Médecins du Monde, organización que se opone a la ley. “Ahora, como hay menos clientes, las chicas trabajan más tiempo. Pueden hacer de las 22h a las 6h. Por temor a una denuncia, prosigue, se suben al coche sin tomarse el tiempo necesario, como antes, para identificar a las personas, evaluar los riesgos, negociar los precios”.

Así que, para Irène Aboudaram, la nueva ley no permite por tanto desmantelar las redes de prostitución, ya que la propia ley empuja a los intermediarios a organizarse fuera de la vía pública, sobre todo proporcionando el alojamiento donde tendrán lugar los pases. “Esto tiene más bien el efecto de una clandestinidad de la actividad. Las mujeres se vuelven menos accesibles. Esto amenaza con comprometer el trabajo sobre el terreno de las asociaciones e incluso de las autoridades”, previene la militante.

Castigar al cliente para atacar las redes

Si Médecins du Monde se concentra en el efecto que la ley Najat Vallaud-Belkacem tiene sobre la salud de las prostitutas, otros, como la organización católica Le Mouvement du Nid, comparten por el contrario el espíritu del texto, que pretende, en última instancia, terminar con la prostitución. “Es algo bueno que el cliente sea perseguido, estima en efecto Bernard Lemettre, responsable regional del Mouvement du Nid en la región Nord-Pas-de-Calais, porque el cliente, mediante su acto, ningunea a las mujeres, y no sólo físicamente. Poque alimenta indirectamente las redes. Los tratantes no reunirían chicas en las aceras de Lille si no hubiera demanda”.

De las 300 chicas seguidas por Le Mouvement du Nid, en Lille, la gran mayoría sería de hecho de origen africano, víctimas de trata de seres humanos. Algunas de las cuales tienen que reembolsar a los que las han ayudado a pasar varios miles de euros, entre 60.000 y 90.000. Con el otro gran eje de la ley, un bono social que instaura “un circuíto de salida” de la prostitución, se da pues un primer paso “hacia otro futuro para estas mujeres”, se felicita Bernard Lemettre. Porque “la ley inventa un sistema por el que es obligatorio salir de la prostitución, detalla, mediante el pago de una prestación y un seguimiento personalizado. Lamenta sin embargo que la prestación propuesta no exceda de algunos cientos de euros. “No se puede vivir con 300 ó 400 euros”, reconoce.

Más allá de esta ayuda financiera, a la que se añade la promesa incierta de un permiso de residencia de 6 meses, la obligación para las chicas de dejar de prostituirse para poder beneficiarse del “circuíto de salida” —que todavía no se ha puesto nunca en práctica en Lille— puede suponer un obstáculo para aquellas que obtienen la totalidad de sus ingresos de la prostitución. Como Sandy y Celia, antigua empleada de un gran operador de telecomunicaciones.

De la calle a los sitios de internet

Cerca del parque, donde ellas siguen esperando, por fin se para un coche. “¿Puedo llevaros a algún sitio?”, pregunta un joven treintañero con camiseta blanca, que se describe a sí mismo como un cliente ocasional. También él ha “oído hablar” de la nueva ley, pero la verdad es que ésta no le ha hecho “cambiar sus costumbres”. En Lille, las autoridades constantan sin embargo “una disminución del fenómeno que no está necesariamente ligada a la penalización del cliente, sino más probablemente a la evolución del oficio. Desde hace dos o tres años, las chicas abandonan la calle y se pasan a internet. Basta con ir a los sitios especializados, tipo Vivastreet [objeto de una investigación por proxenetismo agravado, ndlr]. El número de anuncios se ha disparado, sencillamente porque es más discreto, en particular para los proxenetas.”

Por lo que respecta a Sandy y Celia, ellas no piensan en internet. “Demasiado peligroso, no sabes con quién vas a caer”. En su trozo de acera, prefieren escoger a sus clientes. Uno de ellos ya ha sido denunciado dos veces, le han notificado una multa y tiene cita en el juzgado. Tal vez será uno de los primeros clientes de Lille que tendrán que acudir, a partir de septiembre, a los totalmente novedosos cursos de sensibilización que se suponen que permitirán una toma de conciencia sobre la violencia ejercida sobre las prostitutas. Pero a algunos metros apenas de la salida del tribunal de última instancia de Lille, situado en la Avenue du Peuple Belge, las chicas esperan ya…