Obituario de Margo St. James, pionera del movimiento por los derechos de las trabajadoras sexuales

Enviado por NSWP el 14 de enero de 2021

Fuente (instituto / publicación):

St. James Infirmary

https://www.nswp.org/news/the-obituary-margo-st-james-pioneer-the-sex-workers-rights-movement

 

Foto: Margot St. James, cortesía de St. James Infirmary

 

 

NSWP se une al movimiento por los derechos de las trabajadoras sexuales para lamentar el fallecimiento de una pionera del movimiento, Margo St. James.

Entre sus muchos logros, Margot fundó COYOTE -—Call Off Your Old Tired Ethics—- en San Francisco en 1973; fundó Hooker’s Ball, que recaudó fondos para el activismo, el boletín informativo y el fondo de fianza de COYOTE; y jugó un papel clave en la fundación de St. James Infirmary, la primera clínica de salud y seguridad ocupacional para trabajadoras sexuales en los Estados Unidos.

St. James Infirmary publicó un comunicado en su sitio web anunciando la noticia de la muerte de Margot, incluido un extracto escrito por St. James para el prefacio de la compilación de historias de trabajadoras sexuales internacionales de 1989 titulada «Una reivindicación de los derechos de las putas».

“Con profunda tristeza, la St. James Infirmary anuncia la muerte de la más famosa entre nuestras fundadoras, Margo St. James.

La St. James Infirmary es parte del legado de Margo. También lo son sus hechos y palabras, que denunciaron la hipocresía con un ingenio extraordinario. Se puede decir mucho de Margo, pero sus propias palabras ofrecen el mejor testimonio de quién era.

De “A Vindication of the Rights of Whores”, por Gail Pheterson, Prefacio de Margo St. James:

«¿Cómo una buena chica como tú…?» era la reacción habitual de los hombres ante mi conversión en feminista y ante mi conversión en prostituta. La diferencia para mí fue que elegí ser feminista, pero decidí trabajar como prostituta después de ser etiquetada como tal oficialmente por un juez misógino en San Francisco a los veinticinco años. Era 1962. Dije al juez: «¡Señoría, en mi vida he levantado un putero!» Él respondió: «Quien conoce la jerga es obviamente una profesional». ¿Mi delito? ¡Sabía demasiado para ser una buena chica!

Mi politización ocurrió durante un período de tres años, 1970-73. Vivía en el condado de Marin, al norte de San Francisco, con un carpintero / músico, Roger Somers. También me relacionaba con las amas de casa que participaban en grupos de concienciación. Elsa Gidlow, una poeta lesbiana, vivía en la casa de al lado y solía echarme literatura feminista por debajo de la puerta. El precursor de COYOTE fue WHO: putas, amas de casa y otras. «Otras» significaba lesbianas, pero aún no se decía en voz alta, ni siquiera en esos círculos bohemios liberales. La primera reunión de WHO se celebró en 1972 en la casa flotante de Alan Watts («El Vallejo») en Sausalito. El nombre COYOTE vino del autor Tom Robbins, quien me apodó la «COYOTE Trickster» después de una de nuestras expediciones de caza de hongos. Richard Hongisto, un sheriff liberal elegido en San Francisco por esa época, asistió a algunas de las fiestas mías y de Roger. Era un ex policía con una licenciatura en sociología, se había divorciado recientemente y tenía un poco de miedo a pasar todo el rato en la City, ya que la policía no le tenía mucho cariño; Prefería ir de fiesta a Marín. Lo arrinconé una noche en el jacuzzi y le pregunté qué estaba haciendo WHO por los derechos de las prostitutas. Ya que parecía contar con el apoyo del movimiento de mujeres y de grupos de derechos de los homosexuales. Él respondió: “Alguien de la clase de víctimas tiene que hablar. Esa es la única forma en que se va a hacer oír el problema «.

Decidí ser ese alguien, a pesar de haber trabajado solo cuatro años, y me pregunté sobre el efecto que tendría en mi vida hablar abiertamente. Recibí el apoyo total de la mayoría de mi familia; mi madre la ama de casa-secretaria, mi hermana la cantante de gospel con once hijos, mi hermano marinero y mi hijo el pescador de salmón, ambos con dos hijos y sendas esposas. Junto con un grupo de amigos en el Área de la Bahía de San Francisco y en todo Estados Unidos, me convencieron de que hablar en público era lo correcto. Mi padre dejó de hablarme.

En 1973 decidí volver a conectarme con los abogados, fiadores, periodistas y policías que conocía en la ciudad diez años antes y esperaba que algunas de las prostitutas se unieran a mí. Las personas de relaciones públicas responsables de que el sheriff hubiera sido elegido se ofrecieron como voluntarias para ayudarme con COYOTE. Alquilé una habitación barata de hotel en el paseo marítimo y comencé a recopilar información merodeando por el Palacio de Justicia. Fue fácil… las mismas personas seguían trabajando en los tribunales y me recordaban como «la chica que recibió una mala reputación». Había ganado algo de notoriedad en el momento del juicio porque apelé con éxito la condena, aunque eso no me ayudó a conseguir otro empleo remunerado.

Un profesor de la Universidad de California me dio algunas buenas pistas de recursos, incluida una presentación al tesorero de Glide Church, que también manejaba millones de Whole Earth Catalog. El tesorero me consiguió una subvención personal de cinco mil dólares. El otro buen logro fue la fotocopiadora de Gas and Electric Company, que se encontraba sola en una pequeña habitación en el octavo piso. Durante las horas del almuerzo durante dos años me vestí de secretaria y edité el material necesario para ser una exitosa agitadora.

Otro amigo de toda la vida consiguió un trabajo como médico de la cárcel, así que tenía información privilegiada y chismes de las mujeres que examinaba. Las prostitutas todavía estaban en cuarentena en ese momento, lo que significaba que tenían que ser examinadas de enfermedades venéreas antes de salir de la cárcel. Detuvimos la práctica al año siguiente. Steve the Pig, como se llamaba a sí mismo, era un policía que me dio la primicia de las calles y del vestuario de la policía. Un alcalde liberal fue elegido en 1976, George Moscone, quien nombró a un jefe de policía de fuera de la ciudad, para disgusto de los policías que habían dirigido la ciudad durante cincuenta años, impidiendo con éxito a las minorías y a las mujeres ser contratadas en el cuerpo. El alcalde y un supervisor gay, Harvey Milk, fueron asesinados el 27 de noviembre de 1978 por el ex policía / supervisor Dan White. Tras los asesinatos, la sucesora de Moscone, Diane Feinstein, cedió ante la presión policial y despidió al jefe. La policía había sentido que «las putas tienen el oído del jefe». Había hecho mucho para combatir la corrupción y el desorden en el departamento y había alejado de las prostitutas a muchos de los policías abusivos. El clima cambió y los liberales que habían apoyado la despenalización de la prostitución se volvieron reacios a hablar públicamente sobre el tema. Incluso el sheriff se echó atrás y afirmó que nunca había ido a una reunión de Hooker’s Ball, aunque asistió a varias antes de 1977. Se hizo evidente que la presión externa era necesaria para cualquier avance en el movimiento.

Comencé a considerar seriamente la organización internacional. Manipular la prensa fue muy importante porque a través de la exposición, otras mujeres de otras ciudades y países se inspiraron para formar grupos. Parecía que las personas necesarias para un buen comienzo eran una prostituta política, una feminista, una amiga periodista y una abogada.

Jennifer James, profesora de antropología en Seattle, fue fundamental para que las cosas funcionaran allí y en todo el país. Ella acuñó la palabra “despenalización” y fue responsable de que WHO convirtiera la despenalización en una plataforma en su convención de 1973. COYOTE publicó un boletín, «COYOTE HOWLS» durante cinco años desde 1974-1979. Reportamos noticias nacionales e internacionales sobre prostitución, relatos de primera mano de abusos, teoría feminista e investigaciones sobre prostitución y poesía de prostitutas. Para exponer las hipocresías de la prohibición de la prostitución y hacer que nuestras demandas de derechos humanos, atención médica y condiciones de trabajo fueran agradables para el público, solicitamos ilustraciones a los dibujantes Robert Crumb, Trina Robbins y otros para darle vida a nuestras publicaciones. También compilamos listas de lectura para quienes deseaban unirse a la lucha y asistían a las principales conferencias de mujeres en todo el país. Publicamos anuncios de camisetas, carteles y el Hooker’s Ball, que fue nuestro evento anual de recaudación de fondos en octubre. El Ball se hizo muy popular, atrayendo a 20.000 personas en 1978 en el Cow Palace, recaudando $ 210.000 ($ 60.000 netos), suficiente para pagar a cinco empleados para nuestras dos oficinas (una en el paseo marítimo y otra en la parte alta de la ciudad). Nuestra lista de correo excedía las 60.000 personas, aproximadamente el tres por ciento de las cuales eran prostitutas.

Muchas mujeres que no eran prostitutas fueron fundamentales para mantener en funcionamiento las oficinas de COYOTE. Molly Rodríguez fue secretaria durante cinco años. Priscilla Alexander se incorporó a la oficina en 1977 y logró que WHO formara un comité sobre los derechos de las prostitutas en 1982 y que la mayoría de las conferencias de mujeres de todo el país abordaran el tema de manera concreta. Priscilla y Gloria Lockett ahora codirigen las oficinas de COYOTE, U.C. CAL-PEP (Proyecto de educación de prostitutas de California) y el Grupo de trabajo nacional sobre prostitución, que se concentra en la prevención y educación del SIDA y en los derechos humanos de las prostitutas. Un nuevo acontecimiento que podría indicar una tendencia a mejor es que los candidatos a cargos públicos ahora vienen a COYOTE para obtener información y están dispuestos, si son elegidos, a llevar proyectos de ley a la legislatura para la despenalización. ¡Y la mejor noticia es que, después de que me fui del condado en el 85, el gobierno y las fundaciones privadas le dieron subvenciones a COYOTE!

Después del advenimiento del movimiento contra la pornografía en los Estados Unidos, se hizo cada vez más claro para mí que un movimiento internacional era oportuno y esencial. Asistí al Tribunal Internacional sobre Crímenes contra la Mujer de 1976 en Bruselas y a las Conferencias de la Década de la Mujer de las Naciones Unidas en 1975 (Ciudad de México) y en 1980 (Copenhague). Pero no fue hasta que conocí a Gail Pheterson, quien había estado trabajando en los Países Bajos para solucionar las divisiones entre las mujeres, que las cosas empezaron a encajar a nivel internacional. Nos organizamos principalmente combinando nuestras redes, especialmente sus contactos feministas y mis contactos de prostitutas en Europa. Además, Gail pasó el año 84 en California formando alianzas entre profesionales, ex profesionales y no profesionales, de las cuales surgieron los grupos de Bad Girl Rap organizados por COYOTE. El Foro de Mujeres sobre los Derechos de las Prostitutas y la Convención COYOTE fueron diseñados por Gail en el 84 para coincidir con la Convención Demócrata celebrada en San Francisco. En la Convención de COYOTE nació una Declaración de Derechos que se convirtió en la base del Primer Congreso Mundial de Putas en Amsterdam en 1985 y del Segundo Congreso Mundial de Putas en Bruselas en 1986.

El giro conservador en los Estados Unidos en general y en el movimiento de mujeres en particular, me impulsó a mudarme a Europa en el 85 para poder poner más energía en el Comité Internacional. Aunque quienes quieren abolir la prostitución están más activos que nunca, hay políticos y grupos de mujeres dispuestos a defender los derechos de las prostitutas en muchos países. Hago un alegato de inocencia por todas las encarceladas por prostitución y aplaudo a todas aquellas que tienen el valor de hablar en su propio nombre. Con suerte, este libro generará el tipo de pensamiento, conciencia y activismo necesarios para corregir las injusticias cometidas contra las putas durante siglos.

Margo St. James

Montpeyroux, Francia

Agosto de 1988

¡Escuchad, por fin, a las mujeres!

Páginas 35-38 en: https://cdn-prod.opendemocracy.net/media/documents/BTS_Sex_Workers_Speak.pdf

 

Las trampas, la extorsión, el encarcelamiento y las calumnias del Estado agudizan la conciencia de las trabajadoras sexuales que denuncian las medidas utilizadas invariablemente para reprimir a las mujeres y socavar las luchas de liberación feministas.

 

Gail Pheterson*

 

Las mujeres pusieron en marcha un movimiento de liberación de base hace cincuenta años en una desafiante resistencia contra la opresión. Esas feministas sabían que su lucha era peligrosa, pero eran implacables al reclamar los derechos de las mujeres como personas autónomas. ¿Dónde estamos ahora en esta cruzada por la libertad?

La idea de igualdad entre los sexos se ha convertido en el centro de atención mundial en las últimas décadas, pero la liberación de las mujeres todavía está muy lejos de alcanzarse. Las autoridades gubernamentales, las organizaciones mundiales y los reformadores sociales continúan socavando el análisis radical del sexismo generalizado con una retórica cargada de emociones de la desgracia individual femenina y la mala conducta masculina. Las exposiciones de hombres criminales y perversos que capturan a mujeres indefensas provocan la indignación pública y dejan intactos obstáculos institucionales para la movilidad, el trabajo y la autodeterminación corporal de las mujeres. Esta retórica sabotea las estrategias de liberación al llevar a las mujeres en fuga a la custodia protectora del status quo. El discurso contra la violencia sirve entonces para reforzar la represión estatal de las mujeres. A sabiendas o sin saberlo, el sistema ha logrado arrancar la agenda feminista de su fibra subversiva. El resultado es un camuflaje efectivo de la causa política de la huida de las mujeres y el desprecio por las necesidades materiales de las mujeres, sus elecciones sociales y, lo que es más insidioso, su autonomía para pensar y dar forma a sus destinos.

Todas las mujeres tienen razones para buscar la libertad, pero no todas enfrentan las mismas condiciones de vida. Las soldados de infantería contemporáneas de nuestro movimiento son mujeres migrantes sin derechos que no pueden salir de casa, cruzar fronteras, ganar dinero o vivir de forma independiente. Sin derechos, se ven obligadas a negociar su supervivencia con especuladores abusivos dentro y fuera de la ley. En la legislación, los medios de comunicación populares, los registros policiales, las convenciones de la ONU e incluso los tratados feministas mal fundados, son etiquetadas como mujeres víctimas de trata, atrapadas en el nexo de las relaciones de poder globales y clasificadas como este o aquel tipo de víctima o vagabunda.

Feministas inteligentes

Las trabajadoras sexuales activistas son inteligentes analistas feministas de estas maquinaciones; su conciencia indudablemente se agudiza por las pruebas diarias de (escapar) de las trampas, la extorsión, el encarcelamiento y las calumnias del Estado. Como establecen realaciones íntimas con los hombres, los funcionarios del gobierno solicitan prostitutas para que actúen como agentes encubiertos e informantes. Su ventaja sobre las mujeres de buena reputación social es su exclusión de la sociedad educada y la experiencia directa del vicio institucional. Las feministas de la corriente dominante harían bien en escuchar su palabra en público como lo hacen las autoridades masculinas en privado. Su primera demanda es la despenalización del trabajo sexual. Esto implica derogar las prohibiciones contra las negociaciones y los servicios vinculados a la industria del sexo, incluida la contratación de terceros para facilitar la gestión de las empresas y los viajes a los mercados extranjeros. En otras palabras, las trabajadoras sexuales exigen la abolición de las leyes contra la prostitución, el proxenetismo y la trata. Saben que tales leyes se traducen invariablemente en vigilancia discriminatoria, multas, arrestos, detenciones y expulsión de mujeres migrantes.

Dado que la opinión popular equipara el proxenetismo y la trata con el uso vil y el abuso de las mujeres, los reformadores bien intencionados persisten en promover una legislación restrictiva que restringe las negociaciones sexuales y los desplazamientos geográficos de las mujeres. La mayoría de las leyes penales existentes contra el proxenetismo y la trata son sobre sexo, dinero y viajes, no sobre violencia. Algunos países requieren evidencia de fuerza para proceder con el enjuiciamiento, pero las mujeres están sujetas a vigilancia discriminatoria racionalizada como medidas preventivas «por su propio bien».

La violencia, la coerción y el engaño, por supuesto, ocurren en la prostitución, como en otras partes del sistema de clases sexual. Ciertamente, las trabajadoras sexuales deberían tener el mismo recurso a las leyes contra esos crímenes que cualquier demandante legítimo tendría en casos de agresión, violación, fraude, secuestro u otro delito contra su persona. Pero la igualdad de trato jurídico es incompatible con la clasificación perjudicial como prostituta o mujer víctima de trata. Las trabajadoras sexuales exigen una consideración genérica, neutral en cuanto al género, indiferenciada de otros trabajadores, ciudadanos o seres humanos. Los crímenes contra las mujeres no son crímenes contra dependientes incapacitadas, contra la propiedad o contra la moralidad: son crímenes contra individuos.

 ¿Penalizar el matrimonio?

Las mujeres tienen amplios motivos para una ejercer una acción de clase que reclame una indemnización por una serie de injusticias, ya sea trabajo no remunerado, insultos, agresiones o discriminación. La reparación podría ser una demanda colectiva feminista. El matrimonio y la maternidad son claramente los sitios históricos clave de subyugación para las mujeres en términos de trabajo y sacrificio. Pero las feministas nunca han pedido la prohibición del matrimonio o el embarazo, independientemente de los riesgos y daños documentados. Las feministas han luchado para dar a las mujeres alternativas o medios de escapar de las coerciones heterosexuales con derechos de divorcio, refugios para mujeres maltratadas y legitimidad lésbica. Y han luchado para que las mujeres escapen del embarazo forzado o la esterilización forzada exigiendo opciones reproductivas y facilitando el acceso a la anticoncepción y el aborto. Pero seguramente no negarían a las mujeres el derecho a decidir por sí mismas si casarse o tener un hijo o incluso si permanecer con un esposo abusivo. Y no negarían las recompensas y satisfacciones que algunas mujeres experimentan como esposas o madres. ¿Por qué las trabajadoras sexuales no reciben el mismo respeto?

También podría haber una acción de clase feminista para reclamar una compensación por las injusticias en la industria del sexo. Y claramente, las alternativas y las vías de escape dependen de las luchas feministas por los derechos de las migrantes, los derechos laborales y los permisos de residencia para mujeres independientes. Pero no hay justificación para negar el derecho a negociar el pago de servicios sexuales. Individualmente, cada una de nosotras está bajo el control de realidades específicas, cada una es una persona única y cada una tiene derecho a nuestros propios procesos de pensamiento y elecciones de vida. Colectivamente, podemos moldear visiones y objetivos liberadores comunes sin juzgar a ninguna mujer por la forma como busca su camino en el sistema de clases sexual.

 


* Gail Pheterson es actualmente profesora asociada [Maître de conférences] de psicología social, Universidad de Picardie Jules Verne, Amiens, Francia, e investigadora en el Centro de Investigaciones Sociológicas y Políticas de París, CNRS / Universidad de París 8. En alianza con las trabajadoras sexuales, ella organizó el Comité Internacional para los Derechos de las Prostitutas y los Congresos Mundiales de Putas en 1985-86. Es editora de A Vindication of the Rights of Whores y autora de The Prostitution Prism y Femmes en flagrant délit d’indépendance.

Gail Pheterson comenzó a organizarse con las trabajadoras sexuales de COYOTE en San Francisco en 1984 durante un año sabático en el Instituto para el Estudio del Cambio Social, Universidad de California, Berkeley. Mientras estuvo en San Francisco, diseñó un proyecto de alianza de putas, esposas y bolleras que se transformó en una red de Bad Girl Rap Groups. Cofacilitados con Margo St. James, Scarlot Harlot / Carol Leigh, Priscilla Alexander, Sharon Kaiser, E. Kitch Childs, Gloria Locket y otros, los Bad Girl Rap Groups estaban abiertos a «cualquier mujer que alguna vez haya sido estigmatizada como mala mujer por su trabajo, color, clase, sexualidad, historia de abuso o simplemente género ”.

A su regreso a Europa, cofundó Red Rread y Pink Rread, dos organizaciones holandesas entrelazadas de trabajadoras sexuales y aliadas, con Margot Alvarez, Ans van der Drift, Martine Groen, Violet y otras. También coorganizó con Margo St. James el Primer Congreso Mundial de Putas en Amsterdam y el Segundo Congreso Mundial de Putas en el Parlamento Europeo en Bruselas, y cofundó el Comité Internacional para los Derechos de las Prostitutas.

Gail Pheterson editó las transcripciones de los Congresos de las Putas para su publicación en A Vindication of the Rights of Whores (publicado en español con el título Nosotras Las Putas) y publicó una serie de ensayos titulados The Prostitution Prism (también en español y francés) , incluyendo su ensayo más conocido y ampliamente traducido, «Re Whore Stigma: Female Dishon or and Male Unworthiness».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Derivas sociológicas y de las ciencias sociales sobre la prostitución

 

Santiago Morcillo*

Octubre – Diciembre 2016

http://produccioncientificaluz.org/index.php/espacio/article/view/22004/21731

 

Derivas sociológicas y de las ciencias sociales sobre la prostitución.  

Santiago Morcillo*

 

Resumen

En el marco de la relación múltiple y cambiante que la Sociología ha entablado con la prostitución, este artículo busca repasar apenas algunas de las líneas más significativas en la producción de las ciencias sociales sobre el sexo comercial para comprender las claves de lectura actuales. En primer lugar se abordan algunos hitos en la construcción sociológica de la prostitución como objeto de estudio. Luego se considera el influjo del debate feminista en sus distintas posiciones y también de los movimientos de prostitutas o trabajadoras sexuales. Por último se mencionan algunos temas que se han intersectado con la prostitución y el mercado sexual para finalmente dejar planteadas las vicisitudes y necesidades de esta área.

Palabras clave: Prostitución; Sociología; Feminismo; Trabajadoras Sexuales

La Sociología y la prostitución han construido una relación compleja y que ha sufrido varias transformaciones. Dar cuenta exhaustivamente de los abordajes sociológicos de la prostitución, incluso restringiéndonos a las últimas décadas, implicaría un trabajo que excede con mucho los límites de este escrito de pretensiones más humildes. Aquí busco repasar apenas algunas de las líneas que me parecen significativas en la producción de las ciencias sociales sobre el sexo comercial a fin de comprender mejor cuáles son las claves de lectura actuales.

La prostitución llega a constituirse como objeto de análisis para las ciencias sociales y la sociología durante del siglo XIX y en diálogo con otros campos discursivos: la medicina —y en particular el higienismo—, la filosofía y la ética, y el derecho han sido claves en este sentido. A pesar del latiguillo de “profesión más antigua” resulta problemático construir una línea de continuidad entre la prostitución moderna y otras formas de intercambios sexo económicos en la antigüedad. Varios estudios modernos acerca de la prostitución en la antigüedad se apoyan en la noción de una “prostitución sagrada”. Más allá de su existencia empírica1, en la mayoría de los casos la imagen de la prostitución sagrada -la poderosa sacerdotisa o diosa prostituta- sirve para marcar un contraste con la figura de la prostituta luego del cristianismo —la lujuriosa descarriada o la victimizada Magdalena arrepentida—. Este es el caso de Bataille (1997), que planteó la oposición entre la prostitución religiosa y la prostitución moderna a la que denomina la “baja prostitución”. Esta surge de la miseria, y el valor simbólico atribuido a estas prostitutas será únicamente el de la exclusión.

Como otros tantos objetos sociológicos, la construcción sociológica de la prostitución moderna vendrá marcada por el abordaje primigenio de la medicina higienista. Desde mediados del siglo XIX, el desarrollo urbano tuvo aparejado el crecimiento del burdel al cual los médicos higienistas buscaron transformar en “casa de tolerancia”. En este marco emerge en 1836 el estudio “De la prostitución en la ciudad de París desde el punto de vista de la higiene pública, la moral y la administración” de Alexandre Parent Duchâtelet, señalado como uno de los fundadores de la investigación en temáticas sexuales desde las ciencias sociales y del comportamiento (Bullough y Bullough, 1996). Más allá de sus sesgos, lo que cristaliza por primera vez con el estudio de Parent Duchâtelet, es la construcción de las prostitutas como una “población”, en sentido foucaultiano: se enfoca hacia la extensión de la prostitución, se necesita medirla, conocer sus rasgos como grupo. Como veremos, esta caracterización epidemiológica de las prostitutas resonará cuando irrumpa la epidemia de VIH/sida (Morcillo, 2015).

A su vez, en este momento histórico emerge “la prostituta” como personaje del elenco de anormales y perversos que produce el “dispositivo de sexualidad”2 (Foucault, 2002). Al situar al sexo como clave para descifrar la identidad subjetiva, el dispositivo de sexualidad genera personajes perversos, esencializando prácticas “desviadas” y postulándolas como emergentes, puntas de un iceberg que esconde un complejo sistema subjetivo pervertido. La constitución de la figura de “la prostituta” surge como uno de los efectos de este dispositivo, sumado a leyes específicas que aislaron y segregaron a las prostitutas del resto de la clase trabajadora (Guy, 1994; Walkowitz, 1980).

Esto permitirá entender la orientación de la sociología de la desviación en sus exploraciones sobre la prostitución. Este enfoque –que tuvo importancia en la sociología hasta la década de 1990- se mueve desde la pregunta por “¿quiénes son las prostitutas?” hasta cuáles los motivos y las formas de entrada en la prostitución (ver por ejemplo Davis, 1937). Varias investigaciones han tomado a las prostitutas como objeto para estudiar conductas desviadas (sexuales o de consumo de drogas, de propagación de enfermedades venéreas o delincuencia juvenil) sin cuestionar la construcción ideológica de “la prostituta” ni pensar en paralelo en otras formas de intercambios sexo-económicos (ver en Pheterson, 2000; Tabet, 2004)3.

Sin embargo, desde la sociología de la desviación también nacerá una línea que habilita a repensar el papel de la categoría “prostituta”. Acá tienen un papel importante tanto el desarrollo de la teoría del etiquetaje de Howard Becker como los desarrollos de Erving Goffman sobre el estigma. Ambos abordajes han permitido reconstruir la posición de la prostituta en una trama de relaciones sociales, dejando de lado el peso puesto a las características personales y psicológicas. En esta línea de trabajo se han desarrollado, desde mediados de los 80’ y hasta la actualidad, distintos estudios que describirán el manejo de la identidad y permiten elaborar una crítica de la estigmatización que sufren las prostitutas a partir del análisis de sus vidas cotidianas (por citar sólo algunos: Fonseca, 1996; Gaspar, 1985; Kong, 2006; Morcillo, 2011, 2014a; Pasini, 2000; Piscitelli, 2006; Sanders, 2005). En esta línea de trabajo, la socióloga Gail Petherson (2000) ha planteado un concepto clave para comprender cómo funciona la prostitución: el “estigma de puta”, que no solo controla y disciplina la sexualidad de las que venden servicios sexuales sino de todas las mujeres. Este enfoque ha permitido desarrollar todo un abordaje de la prostitución que comprende en clave crítica las relaciones de género que la atraviesan, sin por ello poner a las prostitutas en un lugar de meras víctimas sin capacidad de agencia. Pero para esta transformación, además de los desarrollos en la sociología de la desviación, serán también clave los movimientos de prostitutas (Pheterson, 1989). Nacidos a fines de los 70’, es el diálogo con estos movimientos el que permite a la sociología feminista percibir con agudeza el peso de la estigmatización entre quienes se dedican al sexo comercial. Sin embargo las posiciones del feminismo están divididas respecto a la prostitución y otras voces se han contrapuesto a esta posición.

Las guerras del sexo y la polarización del debate feminista.

Un punto ineludible para comprender el desarrollo la sociología en torno al mercado sexual en las últimas décadas son las transformaciones en el debate feminista sobre la prostitución. La prostitución ya era un tema importante desde el feminismo de la primera ola. Estas feministas hacían énfasis en dos elementos: las condiciones socio-económicas de las mujeres y una crítica del matrimonio. Según Barbara Sullivan (1995) el feminismo de la primera ola comprendía a la prostitución dentro de un continuo de intercambios sexuales-económicos que marcaban las posiciones de las mujeres. Sin embargo, las perspectivas comenzaron a trasformarse tempranamente en el marco de ligazón del movimiento feminista abolicionista de la prostitución con los movimientos religiosos de “pureza social” y su vuelco hacia la cuestión de la “trata de blancas” a fines del siglo XIX4. Más adelante, esta misma temática reflotaría a fines del siglo XX, denominada ahora como “trata de personas”5 y acicateada por los fenómenos económicos trasnacionales asociados a la globalización y trasformaciones geopolíticas (retomaré este punto más adelante).

A esta circunstancia se sumó también desde mediados de los 80’ el debate feminista sobre la sexualidad, que en el marco del feminismo euro-anglosajón se conoce como las guerras del sexo (sex wars). Aquí surge la oposición entre las concepciones del feminismo radical, que conceptualiza al sexo en un contexto patriarcal como un peligro, y del feminismo libertario o pro-sexo, que lo enfocará como una posibilidad de placer. De un lado, se plantea que negociar el placer sexual no conlleva a ninguna forma de libertad, ni es el placer un tema central de la sexualidad femenina; la cuestión es la dominación y la forma de detenerla (Dworkin, 1987, 1993; MacKinnon, 1987). Del otro, se sostiene que la cuestión clave de la sexualidad son los aspectos potencialmente liberadores del intercambio de placer entre individuos que consienten (ver Ferguson, 1984: 53). En estas discusiones las prostitutas ocuparon tanto el lugar de esclavas sexuales como de paradigma de la subversión sexual (Chapkis, 1997).

En el feminismo radical la homogeneización sobre las diversas experiencias de las mujeres en el sexo comercial puede comprenderse a partir del tono esencialista que mantiene la concepción de sexualidad. Más allá de la crítica en clave de género, las diferencias en términos de clase, de raza, de nacionalidades, de edades y de mercados sexuales son despreciadas desde este enfoque. A ello debe sumarse los señalamientos en cuanto a la escasa rigurosidad metodológica de sus investigaciones (Weitzer, 2005a).

Aunque el feminismo radical es la línea teórica más desarrollada dentro de las posiciones abolicionistas de la prostitución, también podemos encontrar otros enfoques que se reconocen como feministas y desarrollan una comprensión contextualizada de la comercialización del sexo, desarticulando el esencialismo de las feministas radicales. Desde estas posiciones se toma en cuenta el papel del género –pero no como una estructura de dominación dicotómica e inamovible— sin desatender el rol que juegan la clase y la raza. Si bien no abundan estudios desde estas perspectivas se puede mencionar, por ejemplo, a Julia O’Connell Davidson (2002) quien objeta tanto las miradas abolicionistas como las pro-trabajo sexual; cuestiona la concepción reificada del poder, que para unas aparece en manos de los clientes y/o proxenetas, y para otras se halla concentrado en el Estado y en la legislación que criminaliza a la prostitución.

La otra posición del debate feminista sostiene la noción de “trabajo sexual” como forma de conceptualizar a la prostitución. Aquí ocupan un lugar importante las feministas que en el contexto de las sex wars se han denominado “pro-sexo”. Si bien algunas feministas pro-sexo, simplemente perciben a la prostituta en un sentido diametralmente opuesto al del feminismo radical -como un agente de subversión del orden sexual-6; la mayoría elaboran sus concepciones sobre sexualidad teniendo en cuenta un contexto cultural de dominación masculina: “el sexo se entiende como construido por esta cultura, sin ser completamente determinado por ella” (Chapkis, 1997: 23). Lo que caracteriza a esta perspectiva es la noción de que el sexo es un terreno de lucha y no un campo de posiciones fijas de género y de poder.

Muchas lecturas de los planteos de las feministas pro-sexo se ven perjudicadas por el juego político de polarización. En este sentido, Adriana Piscitelli sostiene la necesidad de correrse de las posiciones que tienden a la simplificación de la problemática. En «Gênero no mercado do sexo» —un artículo clave que sintetiza este punto de vista— Piscitelli aclara que los problemas ocurren cuando se interpreta la sexualidad como mera corporificación del género —tal como se puede leer la perspectiva de MacKinnon— o como parte de posiciones o identidades de género fijas; pero también cuando en una perspectiva de identidades fluidas se dificulta el acceso a los scripts que están siendo performados en un contexto (Piscitelli, 2005: 20).

Un punto ineludible para comprender el desarrollo de este debate es el surgimiento de los movimientos de prostitutas. Ya desde mediados de los 70’, algunas prostitutas habían comenzado a pelear por sus derechos por primera vez públicamente y conformando alianzas junto a otros actores. A partir de la década siguiente florecerán en todo el mundo diversas organizaciones de prostitutas (Gall, 2007; Pheterson, 1989; West, 2000). Según la activista y prostituta Carol Leigh (1997)7, la expresión “trabajo sexual” (sex work) y luego “trabajadora sexual” fueron acuñadas por ella en 1980 debido a los problemas que les causaba a las mujeres presentarse como “prostitutas” en los contextos feministas. La concepción de la prostitución como un trabajo se halla ligada desde su surgimiento a dos problemas centrales: la estigmatización y las divisiones entre mujeres.

En este contexto emergen nuevas formas de pensar y denominar a la prostitución, concebida ahora como “trabajo sexual”, y da el marco para que algunas feministas y académicas/os comiencen a investigar y pensar esta problemática con estudios que se visibilizarán a lo largo de la década del 90’ (Piscitelli, 2006). Como vimos antes, a partir de las colaboraciones con los movimientos de prostitutas Gail Pheterson (2000) logra desarrollar la mencionada noción de “estigma de puta” como un elemento constitutivo sin el cual no puede comprenderse a la prostitución. Para Pheterson, lo que se sanciona específicamente con el estigma de puta es el pedido explícito de dinero, pero además se condena cualquier gesto de autonomía femenina8. Dolores Juliano (2002, 2003) ha retomado esta idea al concebir a la estigmatización de las putas como modelo de control sobre la sexualidad femenina, que refuerza la división entre mujeres puras y putas aislando a las prostitutas en un submundo. Por ello, para estas autoras, como para toda la posición pro-trabajo sexual, es clave la alianza entre putas y no putas como forma de poner en cuestión la división patriarcal entre mujeres “buenas” y “malas”. Kamala Kempadoo también ha sugerido otras alianzas posibles a partir de la redefinición de la prostitución como trabajo sexual pues se vincula con:

Las luchas por el reconocimiento del trabajo de la mujer, por los derechos humanos básicos y por condiciones de trabajo dignas: luchas que no son específicas de la prostitución y el comercio sexual, sino que son comunes a la lucha general de las mujeres [y a su vez esta redefinición] destaca la naturaleza variada y flexible del trabajo sexual así como sus similitudes con otras dimensiones de la vida de las/los trabajadores/as. (1998: 1).

El enfoque del trabajo sexual expandió tanto las nociones de trabajo como las de sexualidad. Por un lado, en el caso de la sexualidad permite ir más allá de los intercambios que usualmente se piensan como “prostitución”, es decir mero sexo a cambio de dinero y sin afecto. Por ejemplo, Piscitelli (2008) ha considerado los vínculos afectivos que las mujeres brasileras entablan con turistas sexuales, con quienes migran y pueden casarse, como parte de una estrategia para tener una movilidad social ascendente que en su contexto vernáculo les sería imposible. También Kempadoo (1996) ha examinado en las sociedades del Caribe lo que se conoce como “sexo transaccional”, es decir intercambios sexuales a cambio de bienes o mejoras diversas. Esta autora critica la homogeneización de las experiencias de las mujeres del “Tercer mundo” señalando que la mirada del feminismo radical supone valores sexuales que, al postular al sexo como aquello más íntimo y valioso, “borra otras definiciones y experiencias culturales de sexualidad y relaciones sexuales-económicas […] e impone una definición muy estrecha desde una visión de sexo feminista estrictamente occidental y burguesa”. (1998: 4). Detrás de la concepción de las mujeres del “Tercer mundo” como meras víctimas sin ninguna capacidad de agencia, existe, según Kempadoo, un neocolonialismo que acalla las voces de estas mujeres e imagina su experiencia a partir de las concepciones de género y sexualidad hegemónicas en el primer mundo occidental9.

A partir de esta expansión, el concepto de “trabajador/a sexual” da la posibilidad de conectar la prostitución, tanto con otras actividades de la industria del sexo, como con otras actividades de las mujeres trabajadoras -por ejemplo esto sucede cuando se liga al trabajo sexual con el “trabajo emocional” como un trabajo feminizado (Adelman, 2011; Bernstein, 2007b; Hochschild, 2003; Morcillo, 2014b)-. Estas articulaciones, según Kempadoo, “puede ser la base de movilización en luchas por condiciones de trabajo, derechos y beneficios y por formas de resistencia más amplias contra la opresión de los/las trabajadores/as en general y de las mujeres en particular” pues “pone de manifiesto que los intereses comunes de las mujeres trabajadoras pueden articularse dentro del contexto de luchas (feministas) más amplias contra la devaluación del trabajo de las ‘mujeres’ y la explotación de género dentro del capitalismo.” (1998: 3).

Del VIH a la “trata de personas” y los desafíos abiertos

Desde mediados de los 80’, con mayor fuerza en los 90’ y hasta entrada la primera década del siglo XXI, ha tenido lugar una gran producción de estudios e investigaciones sobre diversos aspectos de las relaciones entre el sexo comercial y la epidemia de VIH/sida. En un principio buena parte de las investigaciones se orientan a detectar los patrones epidemiológicos de expansión del virus, donde las prostitutas jugarán el papel de “vector de contagio” hacia el resto de la sociedad. Como señalan Ward y Day (1997), ya desde el higienismo decimonónico y en toda la epidemiología clásica del tratamiento de enfermedades sexualmente transmitidas, las prostitutas son vistas como una suerte de reservorio de infección. Solo a mediados y fines de los 90’ las investigaciones comienzan a problematizar este paradigma. Entonces, múltiples estudios mostrarán que es necesario considerar para cada población específica cual es el grado de riesgo, poniendo de relieve el papel de otras problemáticas como el uso de drogas intravenosas y la estigmatización (Lazarus, et al., 2011; Rekart, 2005; Ward, H. A. S. O., 2006). Aquí es donde también comienza a marcarse la necesidad de estudiar otros actores como los clientes de sexo comercial, indagar en más allá de las prostitutas mujeres y considerar también las relaciones en sus vidas privadas. En este aspecto varias investigaciones han señalado como el uso de preservativos resulta consistente en aquellas relaciones sostenidas en el ámbito laboral, pero no sucede lo mismo por fuera de este (Allen, et al., 2003; Sanders, 2002). Al igual que sucedió desde los abordajes de otras problemáticas ligadas el sexo comercial, paulatinamente emerge la necesidad de reconstruir un conocimiento matizado sobre el mercado sexual que lo comprenda en su complejidad suspendiendo juicios morales y estereotipos.

Este no parece ser el caso con los actuales abordajes que analizan la prostitución a partir de perspectiva de la “trata de personas con fines de explotación sexual”. Si bien ya había cierta preocupación por la trata de personas a fines del siglo XX, será con el cambio de siglo que buena parte de la producción académica sobre la prostitución se vuelca a este fenómeno. Aunque es presentado como novedoso (“la nueva esclavitud”), varias autoras coinciden en señalar los paralelismos entre el pánico moral que impulsaba la lucha contra la “trata de blancas” y la actual lucha contra la “trata de personas” (Doezema, 2000; Kempadoo, 2015; Schettini, 2013). Se ha mostrado las deficiencias y las dificultades en la producción de datos empíricos sobre la extensión concreta del fenómeno, con lo que se hace difícil dimensionarlo (Blanchette y Da Silva, 2011; Silva, et al., 2005; Varela y Gonzalez, 2015) y para algunos la lucha anti-trata adquiere en este siglo características que la asemejan una cruzada moral (Weitzer, 2007).

En este marco, el enfoque del feminismo radical, que subsumir las distintas formas del sexo comercial bajo la idea de la violencia de género y la esclavitud, prefigura la operación por la cual el tipo criminal de la “trata” sirve como clave de comprensión de todo el mercado sexual (ver por ejemplo Jeffreys, 2009). Sin embargo, desde otros enfoques, los procesos que muchas veces son interpretados como casos de trata con fines de explotación sexual son reenmarcados —a partir de los relatos y las experiencias de las mujeres— dentro de diversos tipos de tránsitos transnacionales y problemáticas migratorias, sin perder de vista la agencia de estas mujeres (Agustín, 2006; Kempadoo, 2005; Piscitelli, 2008; Piscitelli, Oliveira Assis y Olivar, 2011).

Observar la lucha contra la trata como una cruzada permite ver su expansión territorial irradiada a partir de los Estados Unidos. Allí la “lucha contra el terrorismo”, las transformaciones en las políticas seguridad y migratorias, entre otras, articulan un escenario donde el fenómeno de la “trata de personas” sirve para canalizar estas tensiones (Chapkis, 2005). Luego el proceso de institucionalización de este fenómeno ha construido mecanismos que coaccionan a los países periféricos a posicionarse bajo el paradigma norteamericano (Varela, 2015; Weitzer, 2005b). Este movimiento norte – sur de la campaña anti-trata se complementa con los estereotipos racializados sobre las víctima y quienes deben rescatarlas (Doezema, 2000; Kempadoo, 2015). Además, la creciente atención de los medios masivos de comunicación sobre la “trata de personas” pone a circular versiones espectacularizadas y simplificadas (Justo von Lurzer, 2013; Kempadoo, 2015).

Todo ello contribuye a un escenario que propicia además cambios en las legislaciones de diversos países10. En este nuevo giro emerge una vertiente del feminismo abolicionista que se asemeja cada vez más a una forma nueva de prohibicionismo pues propone la intrervención del sistema penal para resolver los problemas de justicia social, por ello algunos la llaman “feminismo carcelario” (Bernstein, 2007a). Aunque tiene origen en los países centrales, sus propuestas tienen eco en nuestra región —por ejemplo en Argentina donde las transformaciones legales han dado cauce a un modelo punitivo del derecho para intervenir en el mercado sexual—. Una de las medidas propuestas desde este paradigma es la penalización de los clientes de prostitución como forma de luchar contra la trata y la violencia contra las mujeres. Impuesto en Suecia en 1999, este paradigma de penalización, el “modelo sueco”, ha sido mencionado como ejemplo a seguir desde el feminismo radical (ver MacKinnon, 1993, 2009; Raymond, 2003). Sin embargo, varios estudios sostienen que estas normativas, bajo argumentos supuestamente feministas, muestran connotaciones moralizantes (Carline, 2011; Sanders, 2009; Scoular y O’Neill, 2007). Además, Don Kulick (2005) ha señalado los perjuicios que ha ocasionado a las trabajadoras sexuales de Suecia afectando casi exclusivamente a las que trabajan en las calles y particularmente a las migrantes. Al mismo tiempo, Kulick advierte cómo, con las encuestas y las distintas producciones discursivas sobre los clientes de prostitución, se está generando una nueva especie de “perverso”, en el sentido foucaultiano11.

La perspectiva de conjunto de la dinámica de producción académica sobre prostitución en las últimas décadas ha vuelto a poner de relieve la importancia del trabajo de investigación empírica como fuente del análisis. Una crítica situada solo puede provenir de un análisis minucioso y riguroso, especialmente considerando las diferencias que existen para los distintos mercados sexuales. Las revisiones de la literatura anglosajona suelen marcar esta necesidad, planteando el desbalance entre las investigaciones que abordan la prostitución callejera de mujeres y el resto de los actores y mercados que han sido mucho menos estudiados (Vanwesenbeeck, 2001; Weitzer, 2009). Sólo recientemente en nuestra región —a excepción de Brasil que cuenta con un conjunto de estudios de mayor antigüedad— se ha comenzado a señalar esta necesidad y, a la vez, la relevancia de poner atención a las distintas narrativas de las presonas dedicadas al sexo comercial para realizar una crítica de las posiciones esencialistas respecto a la sexualidad.

La dinámica maniquea del debate feminista obstaculiza los abordajes matizados que respondan a la complejidad del asunto. Más aún cuando la investigación sobre prostitución se constituye como un campo minado donde el apasionamiento puede desencadenar injurias y/o estigmatización hacia las y los investigadores (Dewey y Zheng, 2013; Hammond y Kingston, 2014; Pecheny, 2013). Más que los abordajes desde la filosofía política o el derecho a los que nos ha acostumbrado la dinámica del debate feminista, se muestra la necesidad de una contextualización sociocultural e historización de las distintas formas de prostitución. El análisis empírico es el que permite diferenciar mercados y conocer las complejidades de las distintas formas de inserción en ellos. A partir de allí se podrá indagar sobre las vinculaciones con las transformaciones entre la esfera doméstica, laboral y la moral sexual. Contextualizar y enlazar las variantes de las prácticas puntuales de sexo comercial con los mercados sexuales y las estructuras culturales y económicas reinantes, más que trazar una distinción esquemática entre prostitución libre / forzada, abre a una comprensión balanceada de las distintas formas de intercambio. Este es un punto de partida fundamental para construir una crítica que permita transformar las realidades de las poblaciones subalternizadas a partir de considerar sus polifónicas voces.

 

NOTAS:

  • 1 Algunas investigaciones recientes ponen en cuestión el sustento empírico de tal figura. Por ejemplo Stephanie Budin (2006) concluye que las versiones que hablan de “prostitución sagrada” se basan en malas interpretaciones (y/o errores de traducción) de los textos antiguos. La supuesta prostitución sagrada, que siempre aparece predicada acerca de otras sociedades o en épocas remotas, funcionaría en realidad como una acusación. La prostitución sagrada no sería tanto una realidad histórica como una denuncia de la barbarie de otros pueblos, posición cara a los primeros padres fundadores del cristianismo.

 

  • 2 La extensión de dicho dispositivo en el contexto de América Latina es objeto de disputas (Olivar, 2013). Sin embargo, los efectos discursivos de este aparato y su exportación sirven como analizador para comprender algunas de las aproximaciones sociológicas a la prostitución.

 

  • 3 Paola Tabet (2004) plantea un abanico de formas en que se intercambian sexo y bienes económicos, donde se incluyen la prostitución y el matrimonio. Dichos intercambios constituyen un continuum con matices respecto a quiénes intercambian, la modalidad y temporalidad del intercambio, y las formas de retribución económica.

 

  • 4 A fines del siglo XIX en la mayoría de los países europeos se consideraba que sus mujeres –de ahí la denominación trata de blancas- eran traficadas, -entre otros países a Argentina-, para ser explotadas sexualmente. Varias historiadoras han planteado que la percepción del problema estaba sobredimensionada por un pánico moral (Guy, 1994; Walkowitz, 1980). De todas formas, el tema del tráfico de mujeres tendría gran impacto sobre el movimiento feminista.

 

  • 5 El cambio de denominación obedecía al sesgo racial y a la incorporación de otros sujetos (niños, varones, etc.) (Ezeta, 2006). Una definición precisa llegará recién en 2000 con el “Protocolo para prevenir, reprimir y sancionar la trata de personas, especialmente mujeres y niños, que complementa la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional” (conocido como Protocolo de Palermo), no obstante la problemática estaba en la agenda del movimiento desde antes.

 

  • 6 Por ejemplo, Camille Paglia invierte los términos del discurso victimizante del feminismo radical: son los varones quienes están desprotegidos frente a la sexualidad femenina y, en una posición de inferioridad, sólo pueden apelar al dinero frente a las prostitutas (ver en Chapkis, 1997). Esta forma de concebir las posiciones de los sujetos en abstracto reduce las interacciones a decisiones de actores individuales y hace caso omiso de los procesos sociales más amplios que las enmarcan y atraviesan.

 

  • 7 Junto a una colega hemos realizado una traducción de este texto clave para comprender el desarrollo de la idea de “trabajo sexual” (consultar Morcillo y Varela, 2016)

 

  • 8 Pheterson da una lista de actividades que supuestamente llevan a cabo las prostitutas, pero que pueden imputársele a cualquier mujer, por las cuales la sociedad las considera deshonradas: “(1) relacionarse sexualmente con extraños; (2) relacionarse sexualmente con muchas parejas; (3) tomar la iniciativa sexual, controlar los encuentros sexuales y ser una experta en sexo; (4) pedir dinero a cambio de sexo; (5) satisfacer las fantasías sexuales masculinas de manera impersonal; (6) estar sola en la calle por la noche, en calles oscuras, vestida para provocar el deseo masculino; (7) encontrarse en situaciones determinadas con hombres insolentes, borrachos o violentos que o bien una puede manejar (‘mujeres descaradas o vulgares’) o ser manejadas por ellos (‘mujeres convertidas en víctimas’)” (Pheterson, 2000: 59).

 

  • 9 No sólo se homogeneizan las miradas sobre las sexualidades, sino que, en la polarización, las lecturas abolicionistas pueden llevar a igualar un discurso del trabajo sexual como el de Kempadoo con la doctrina de la tolerancia de la iglesia católica y plantear a ambos como etiquetas estigmatizantes. (ver Nuñez, 2002)

 

  • 10 Por ejemplo en Argentina, aunque el delito ya estaba penado, se dicta en 2008 una nueva legislación sobre trata -Ley 26.364- y en 2012 se la modifica con la ley N° 26.842 que permite ampliar el espectro de lo que se concibe como “trata” incluyendo también a quienes hayan prestado consentimiento.
  • 11       Es decir, pasando de una caracterización de acciones aberrantes a delinear un personaje (tal lo como Foucault señala en referencia al pasaje del sodomita al homosexual, 2002)

 

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Recibido: 11-07-2016 / Aceptado: 16-08-2016

 

*            Universidad Nacional de San Juan. Argentina.

E-mail: santiagomorcillo@gmail.com

 

 

 

 

 

El estigma de puta

 

Venus Anadiomena, John LaFarge,1835-1910

 

Estigma de puta:

Marca o etiqueta aplicada a determinadas mujeres en función de su conducta sexual y que implica la suspensión de sus plenos derechos como ciudadanas y como mujeres. Las mujeres así señaladas son sometidas mediante sentimientos de vergüenza, culpa y miedo, sentimientos que las paralizan ante las agresiones y las obligan a esconderse ante la sociedad.

Pese a su carácter autoritario y patriarcal, es alentado con entusiasmo por las distintas sectas que detentan el poder político, económico y religioso —y que alardean de su carácter democrático y feminista— en tanto que constituye una herramienta fundamental para perpetuar el control político, económico y religioso sobre las mujeres.

En la medida en que el estigma de puta contiene en sí todos los elementos del estigma de mujer, el movimiento de liberación de la mujer ha comprendido que sólo reivindicando los plenos derechos humanos y civiles de las prostitutas puede luchar por la plenitud de derechos de todas las mujeres.

A continuación, entrada ESTIGMA, de la Enciclopedia de la Prostitución y el Trabajo sexual. http://encyclopediaofprostitution.com/

ESTIGMA. La prostituta es el prototipo de la mujer estigmatizada. Es a la vez nombrada y deshonrada con la palabra puta. Sin embargo, “puta” no se refiere solo a las prostitutas. La etiqueta puede ser aplicada a cualquier mujer. Una puta es una mujer “impura”, definida como “que se entrega a relaciones sexuales ilegales o inmorales; carente de pureza, virginidad, decencia (de lenguaje), moderación y sencillez; contaminada (es decir, sucia, corrompida)” (Pheterson 1996). Significativamente, acusar a un hombre de impureza no lo convierte en un puto, aunque esa acusación puede estigmatizarle dependiendo de discriminaciones de color, étnicas, sexuales o de clase. La palabra “puta” es específicamente un estigma del sexo femenino. Dado que “estigma” se define como “una marca hecha con hierro candente en un esclavo o criminal, una mancha en la reputación de una persona, una marca de vergüenza o deshonra y/o una característica definitoria de alguna enfermedad” (Pheterson 1996), el estigma de puta es pues una marca de vergüenza o enfermedad en una mujer impura o una mujer esclava o criminal.

La falta de castidad que deshonra a las mujeres no es un estado excepcional o evitable. Sexualidad, estatus racial o étnico, posición de clase, historial de abuso, enfermedad, maneras, apariencia o independencia son todos ellos factores que pueden ser usados como prueba de impureza femenina. Las prostitutas reaparecen en todas y cada una de las dimensiones de la deshonra como la puta prototípica. Son percibidas como la personificación del sexo (adúltero), de la raza (oscura), del dinero (sucio), del abuso (merecido), de la enfermedad (de transmisión sexual), y del conocimiento (tabú). Otras mujeres son amenazadas con la pérdida del honor cuando son acusadas de impureza; las prostitutas son avergonzadas por su sexualidad, culpadas de la violencia y la enfermedad que padezcan y castigadas por tener iniciativa financiera, sexual o intelectual.

No todas las mujeres se pueden sentir controladas y juzgadas de la misma manera. Pero todas las mujeres, como todos los hombres, han aprendido los criterios sociales de la castidad femenina imperantes en su cultura. El verbo “castigar” significa “azotar”, “censurar severamente” y también “purificar” (Pheterson1996) (1). El concepto y la práctica de “purificar” a las mujeres son pues tanto lingüistica como socialmente sinónimos de castigar mediante el control y las palizas. La amenaza del estigma de puta actúa como un látigo que mantiene a las mujeres en estado de subordinación. Hasta que ese látigo no pierda su aguijón, la liberación de las mujeres estará controlada.

 

Leer más en:: Pheterson, Gail. “El estigma de puta: delitos contra la castidad” en El Prisma de la Prostitución, por Gail Pheterson. Madrid, 2000, Ed. Talasa.

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(1) En el libro de Fernando A. Navarro, Parentescos insólitos del lenguaje, se afirma que, en efecto, castidad y castigo son términos relacionados etimológicamente, ya que casto (del latín castus) significa ‘puro’ o ‘virtuoso’; castidad es la ‘cualildad de casto’; y castigo viene del verbo castigar, que a su vez viene del latín castigare (formado a partir del verbo ago -‘hacer’- y el adjetivo castus) cuyo significado literal sería ‘hacer puro’.
http://www.fundeu.es/consulta/castidad-y-castigo-etimologia-1362/

Dibujo

Embarazo y prostitución: las mujeres bajo la tutela del Estado

Por Gail Pheterson

http://tahin-party.org/pheterson.html.

                               

A comienzos del siglo pasado y todavía durante los años 1970, las feministas describían con más frecuencia que hoy el matrimonio como un trabajo que incluía servicios reproductivos y sexuales y hacían un paralelismo entre el estatuto y los deberes de las esposas/madres y los de las prostitutas. Ciertas evoluciones sugieren que estas analogías merecerían ser reexaminadas, esta vez en el contexto de la economía internacional. Aunque la reproducción y la sexualidad son cada vez más frecuentemente enfocadas en conjunto bajo el ángulo del derecho, de la salud o de la cultura, se unen muy pocas veces en el seno de los análisis del trabajo reproductivo y sexual. Adoptar tal perspectiva permite enlazar directamente la actividad concreta de las personas, los productos de esa actividad y el valor que les atribuyen el Estado y la sociedad.

Los códigos de la deontología médica y el código penal encuadran rigurosamente por un lado la fertilidad de las mujeres y por otro su comportamiento sexual. Esta vigilancia cumple dos funciones estrechamente ligadas: un control directo y discriminatorio de las mujeres según los criterios sociales de buena y mala conducta aplicados a tal o cual categoría de mujer y, gracias a él, el control colonial de poblaciones enteras. Estos mecanismos se apoyan en un hábil dispositivo que une obligaciones y prohibiciones y que impone a ciertas mujeres, en determinados momentos de su vida, actos prohibidos a otras.

Las problemáticas ligadas a los derechos, a la salud y a la cultura son, ciertamente, fundamentales, pero ha habido mistificaciones jurídicas, médicas e ideológicas que han ocultado el objetivo real del control estatal. Las definiciones actuales de los derechos humanos recurren a nociones tales como “la integridad” o “la violencia”, nociones que están sometidas a interpretación en función de las convicciones de cada uno.  De esta manera, algunos consideran el aborto como un crimen contra la integridad de las personas; otros como un instrumento de control de las mujeres irresponsables, traumatizadas o inmorales; otros como una violación de la integridad del feto; y otros, finalmente, como la expresión del derecho de la mujer a decidir su destino reproductivo.

Esta última categoría de militantes se vuelve a encontrar englobada con las otras, atrapada por referencias imprecisas a la integridad y a los derechos que mezclan sentidos y contrasentidos. De la misma manera, algunos ven en la prostitución una violación del derecho de las mujeres a la integridad corporal, mientras que para otros no es la prostitución sino las prácticas represivas de la misma las que deben ser condenadas. Para los primeros, los derechos humanos implican que el Estado proteja a las mujeres del crimen de las prostitución; para los segundos, los derechos humanos deberían llevar a la despenalización de la industria del sexo y al fin del control estatal discriminatorio de las actividades económicas, sexuales y migratorias de las mujeres.

Desde una perspectiva sanitaria, algunos estiman que el aborto presenta en sí mismo riesgos importantes, mientras que los expertos médicos demuestran que la IVE es sencilla y sin peligro siempre que se realice en buenas condiciones. De la misma manera, algunas autoridades preconizan la esterilización como medida sanitaria, otras pretenden que atenta contra el bienestar del individuo(es la razón por la que la esterilización voluntaria ha estado prohibida en Francia hasta 2001 y todavía es poco propuesta a las mujeres, y aún menos a los hombres).

En cuanto a la prostitución, algunos la consideran una catástrofe para la salud de las mujeres y de la sociedad en general, mientras que algunas autoridades médicas aseguran que una regulación estatal elimina los riesgos; al mismo tiempo, miles de trabajadoras del sexo militantes afirman que las reglamentaciones médicas atentan contra su salud, al imponerles controles discriminatorios que las disuaden de acudir a los servicios profesionales. Finalmente, desde una perspectiva cultural, se encuentra a los que afirman que embarazo y prostitución son los modelos por excelencia de la cultura femenina (siendo la maternidad la “vocación de la mujer” y la prostitución “el oficio más viejo del mundo”), y los que denuncian el encierro cultural de las mujeres en papeles estereotipados y naturalistas.

Yo he optado por una aproximación fundada en la noción de trabajo, con el fin de deconstruir las contradicciones paralizantes que dividen desgraciadamente tanto a las feministas y concentrarme decididamente en la función concreta de las medidas que llevan a encuadrar el comportamiento sexual y reproductivo de las mujeres. Mi tesis es que los Estados, siguiendo estrategias de dominación eugenésica o económica, se interesan menos por la integridad, la seguridad, la salud o la cultura llamada femenina que por los niños que las mujeres puedan tener y la riqueza que puedan generar como mano de obra no reconocida como tal. Si la eugenesia se traduce, en la práctica, en una preocupación —entiéndase una obsesión— por la “calidad” de los recursos humanos, las preocupaciones económicas se refieren a su “cantidad” y su “productividad”. Tanto el trabajo sexual como el trabajo reproductivo son instrumentalizados en el seno de un mismo sistema ideológico y estratégico de explotación sexista.

Este sistema está camuflado por la puesta a disposición de recursos esenciales, tales como contraceptivos, posibilidades de empleo y la apertura de canales migratorios. Pero, como el objetivo de estos recursos no es el bienestar de las mujeres o de las comunidades pobres, los contraceptivos pueden ser distribuidos de tal manera que se vuelvan instrumentos de coacción más que de elección, igual que el empleo y la migración pueden conducir finalmente a la explotación y a la coacción antes que al aumento de los ingresos y de la autonomía.

El control de las embarazadas y de las prostitutas

El estatuto socio-jurídico accesorio de las embarazadas y de las prostitutas normaliza la negación de sus derechos fundamentales. De esta forma, el estatuto de la embarazada deriva del del feto que lleva y las políticas estatales buscan, a veces, más la protección de este último que la de la mujer; de la misma forma, el estatuto de la prostituta deriva de su relación con sus clientes masculinos y los poderes públicos muestran más solicitud por el cliente, su esposa y sus hijos que por ellas. El estatuto de la embarazada no es solamente accesorio, sino también ilegítimo desde el momento en que su embarazo y su progenitura potencial son juzgados ilícitos en base al carácter tabú de una unión o a transgresiones del código de pudor ligadas, por ejemplo, a su edad o a su situación marital. El trato dado a la embarazada depende, pues, de la adecuación de su elección (proseguir o interrumpir un embarazo) con los imperativos que determinan que debería o no debería tener hijos.

En cuanto a la prostituta, encarnación de la ilegitimidad, su pretendida inmoralidad o indecencia la excluye de las disposiciones de derechos humanos. Así, el artículo 29 de la Declaración universal de los derechos del Hombre afirma: “En el ejercicio de sus derechos y en el disfrute de sus libertades, nadie está sometido a más limitaciones que las establecidas por la ley, con el fin exclusivo de asegurar el reconocimiento y el respeto de los derechos y los deberes de los demás, y a fin de satisfacer las justas exigencias de la moral, del orden público y del bienestar general en una sociedad democrática”. La prostituta es juzgada en función de sus supuestos atropellos contra la libertad y los intereses de los demás (atropellos, por ejemplo, contra un barrio, la imagen de una ciudad, el valor de los bienes inmuebles, los niños, la salud de los soldados, el turismo o la seguridad nacional). Los tribunales consideran a la prostituta unas veces como el agente y otras como la víctima de la inmoralidad, del desorden o de la enfermedad y rara vez como una persona a la que sean debidos reconocimiento y respeto. Es significativo que, en tanto que individuo activo, la prostituta puede incluso ser juzgada en función del atropello  llevado a cabo contra su propia imagen y, en consecuencia, la imagen de su familia o de la Nación.
Una vez expuesta la gama de mecanismos que permiten insidiosamente tratar a las mujeres como seres desprovistos de identidad jurídica propia, este análisis debe tomar en cuenta no sólo a las mujeres realmente encintas o trabajadoras del sexo, sino también a aquéllas de las que se sospecha tal cosa o incluso que son juzgadas como particularmente susceptibles de hallarse en una u otra situación. Cuando se trata del embarazo, toda mujer o chica a la que se atribuya relaciones heterosexuales puede ser considerada como potencialmente encinta y así, en función del contexto, sometida contra su voluntad a un despistaje del SIDA o de uso de drogas, a una esterilización, a una contracepción, a una encarcelación o a una estigmatización social. Una mujer puede también ver rechazada una solicitud de empleo a causa del riesgo de que se embarace. En el caso de la prostitución, toda mujer que viaje sola de un país pobre a un país rico o de una zona rural a una zona urbana, o que sencillamente camina por la calle de noche, puede ser sospechosa de negociar sus servicios sexuales por dinero y ser, en consecuencia, acosada, detenida, multada, encarcelada y/o sometida a la prueba del VIH; en bastantes casos, su desplazamiento es, por definición, ilícito si no va acompañada de un hombre. Las mujeres son, pues, primero sospechosas según criterios discriminatorios, después vigiladas y, finalmente, detenidas a causa de su transgresión. No son los actos sexuales o reproductivos en sí los que les incriminan, todos obligatorios para determinadas mujeres en determinadas circunstancias, sino su independencia. La autonomía reproductiva, como la autonomía sexual y migratoria, de una mujer es vista como el indicio de una libertad egoísta y de una voluntad de disponer de su propia vida contra el bienestar general de la sociedad. El primer insulto dirigido a una adolescente embarazada podrá ser “so puta” y lo mismo podrá oír cualquier mujer que ande sola por la calle de noche. El estigma de puta descalifica y sanciona a las mujeres independientes. La mujer sorprendida en flagrante delito de independencia es, pues, sospechosa y el hecho de ser víctima de violencia constituye a veces su única esperanza de redención. Las misma directivas penales estipulan a menudo que el estatuto de víctima es la única causa válida de impunidad en caso de comportamiento ilícito o la única justificación para acceder a recursos reservados a las privilegiadas.

(Continuará…)

Ya no continúa: editado en castellano en 2013:

http://www.ed-bellaterra.com/php/llibresInfo.php?idLlibre=796