La familia española, la industria del sexo y las “migrantes”

 

Por Laura Mª Agustín

2005

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https://gepibbaleares.files.wordpress.com/2012/03/03_agustin.pdf

 

(…)

Un elemento fundamental sobre el que se basa esta reacción generalizada tiene su raíz en el supuesto de que el cuerpo de la mujer es sobre todo un objeto sexual indefenso. Según esta idea, las experiencias y los órganos sexuales de las mujeres son elementos esenciales de su “autoestima”. No se puede decir lo mismo sobre el cuerpo masculino, donde es el pene lo que significa su masculinidad: el falo poderoso. En el caso de la mujer es mucho más que su vagina; pareciera que sean varios órganos internos y que en vez de tratarse de un poder se trate más bien de una vulnerabilidad. Esta imagen es una construcción no muy antigua, ya que durante la mayoría de la historia la vagina dentata (con dientes), una de las principales imágenes de la sexualidad de la mujer, dio miedo a los hombres. La nueva teoría de la disposición a ser dañado del cuerpo de la mujer sostiene que el alma o el verdadero yo es “alienado” cuando se mantienen relaciones sexuales fuera del contexto de “amor”. Luego, se dice que las mujeres quedan irremediablemente heridas por esa experiencia (Barry 1979; Jeffreys 1997). Algunas mujeres se sienten así y otras derivan placer de la labor sexual, lo cual solo significa que no existe una única experiencia corporal compartida por todos – un resultado no tan sorprendente, después de todo. La utilización del cuerpo para obtener una ganancia económica no resulta ni perturbador ni tan importante para muchas mujeres, quienes generalmente manifiestan que el primer mes de trabajo les resultó difícil y penoso pero que después se adaptaron.20 En cualquier caso, incluso las personas a las que no les gusta vender sexo dicen que es mejor que muchas otras opciones que tampoco les gustan; aprender a adaptarse a las circunstancias e ignorar los aspectos desagradables del trabajo es una estrategia humana normal. Pero el tabú sobre este tema sigue en pie.

El análisis de género que se puede hacer de esta limitación discursiva es interesante. Demos la vuelta a esta situación e imaginémonos qué pasaría si se pensara que fueran los hombres en grandes números quienes usaran el trabajo   sexual como estrategia para entrar en Europa y obtener buena paga (vendiendo servicios a hombres, mujeres o transexuales). ¿Se consideraría tal estrategia como tragedia, o más bien como acto pragmático e incluso creativo por parte de personas que carecen de muchas opciones? El hecho de que los hombres y las transexuales que venden servicios sexuales casi siempre están excluidos no sólo de los abordajes trágicos sobre el “tráfico” sino también de los discursos convencionales sobre “la prostitución” nos da una pista sobre la respuesta. Están excluidos los hombres porque el discurso dominante depende del género del sujeto: si no es mujer, no cabe. Están excluidas las transexuales porque el concepto de mujer del discurso dominante es biológico. Si preguntamos por la incoherencia de estas exclusiones, la respuesta es que no importa porque “son pocos” o que “es diferente”, cuando justamente ahora sabemos que no son pocos para nada las transexuales y los hombres “migrantes” que venden servicios sexuales. La supuesta diferencia es imposible de defender; todos los rasgos de placer y sufrimiento posibles en el trabajo sexual están presentes no importa si se trata de transexuales, mujeres u hombres. Quién no acepta eso está sosteniendo que hay algo esencial en la persona nacida mujer que le hace vivir la situación de manera distinta, peor, más intensa y con menos posibilidades de elegir lo que hace. Tal esencialismo depende de una visión determinista o bien de un concepto del alma o del yo de la mujer que llega a quitarle el protagonismo de su propia vida.

(…)

 

 

 

“La prostitución, al ser imposible de abolir, es un blanco fácil y permanente”

Lo dice la antropóloga feminista Laura Agustín, autora de numerosos ensayos y libros sobre migración, trata y trabajo sexual. Su aporte complejiza la mirada acerca de estos temas. Agustín creó el término “industria del rescate” para hablar de cómo la categoría de trata sexual se expandió en los últimos años y esto amplió el poder de policía del Estado en distintos lugares del mundo, perjudicando a las trabajadoras sexuales. Una entrevista en LATFEM para superar miradas dicotómicas.

 

 

Por FLOR ALCARAZ

12 de marzo de 2020

“La prostitución, al ser imposible de abolir, es un blanco fácil y permanente”

 

A Laura Agustín la conocen como la antropóloga desnuda. Así se presenta en su blog y en las redes sociales. Intenta ponerle sentido del humor a los temas sobre los que escribe y la forma en que los aborda. Trabajo sexual y migración son los ejes de sus trabajos. En sus libros, ensayos e investigaciones desviste de prejuicios y estereotipos a estos temas. Los despoja de sentidos comunes para pensar nuevas categorías y abordajes complejos. Hace más de una década acuñó el término “industria del rescate” en el libro que se convirtió en bibliografía obligada para quienes investigan estas temáticas: Sexo y marginalidad. Emigración, mercado de trabajo e industria del rescate (Sex at the Margins: Migration, Labour Markets and the Rescue Industry). En él presenta los resultados de su investigación doctoral que se enfocó en personas de entidades de caridad, medicina, gobierno y activismo que trabajaban con migrantes indocumentadas en la industria del sexo en Europa. Su trayectoria de investigación coincidió con la salida de la narrativa del trafficking en el mundo de la ONU y la Unión Europea.

“Cuando empecé mi investigación a finales de los ´90 no conocía el término pero cuando la terminé me vi forzada a contestar la idea de que las migrantes eran víctimas de trata o contrabando. El discurso del trafficking triunfó rápido”, dice a LATFEM en un intercambio de correos electrónicos. Agustín escribe, investiga y participa activamente en las redes sociales (TwitterFacebook y Youtube) y en su propia web. “Al principio me encontré en charlas donde fui atacada por ser enemiga del feminismo o proxeneta”, cuenta. “Me costó tiempo entender que para mucha gente no es tema para charlar con lógica y razonabilidad. Ahora muchos eventos en todo país se parecen a campos de batalla. Personalmente dejé de participar en eventos vivos con participantes que me gritan. Además me consta que esos llamados debates no sirven para nada”, señala.

“En el trabajo sexual lo que se venden son servicios personales: sexuales, emocionales, espirituales, lúdicos, turísticos, curativos y más”, describe la antropóloga desnuda, que sabe que en Argentina la campaña publicitaria de la cantante Jimena Barón para promocionar su tema “Puta”, volvió a poner en el centro de la discusión la demanda de derechos laborales para las trabajadoras sexuales. Laura Agustín conoce el trabajo de incidencia de AMMAR que tiene una historia de 25 años en busca de reconocimiento de sus derechos y mejora de las oportunidades laborales. En sus redes comparte y replica las propuestas de esta organización sindical y feminista. Hablamos con ella para desarmar dicotomías.

Me interesa hablar de la representación del trabajo sexual. Los medios masivos colaboran con la construcción de una imagen de las trabajadoras sexuales como una persona moralmente deficiente y necesitada de tutela (totalmente victimizadas). Cuando se intenta salir de ese enfoque, aparece la acusación de romantización de la prostitución ¿Cómo salir de esa trampa?

El sistema patriarcal separa las mujeres en dos tipos: las que tienen un rol y lugar definitivo vis à vis con un hombre jefe de familia; y las que no lo tienen. En Babilonia hace cuatro mil años se marcaba la clara división, con sus reglas para identificar el rango social de cada persona y no confundir las mujeres dignas, dentro del orden decretado, con las no sujetas al sistema de comportamiento, sitio y papel correctos para hembras.

Para que funcionara esta división entre mujeres había que aceptar que el sistema reproductor y su uso las define y que el significado del sexo se radica en la reproducción de la línea masculina, porque debía de quedar claro quién era el heredero. Fuera del proyecto de reproducción, las mujeres se concebían como vacías de sentido y moralidad e incapaces de ser fiables. El placer que produce el acto sexual se trataba como consecuencia insignificante y el deseo como característica varonil.

¿Y hoy en día?

El estatus de la mujer ha alcanzado cierto nivel de igualdad e independencia, según país y cultura, pero el sistema patriarcal sigue en pie en todas partes. Las mujeres que viven casadas o emparejadas, con profesiones y familias convencionales, son las que se valoran: son las mujeres respetables en el sistema burgués que ha reinado en Occidente y sus colonias, desde la Iluminación de hace dos siglos.

El sistema otorga a estas mujeres la capacidad de definir cuáles principios morales son correctos y cual es la manera honrosa de vivir —para toda mujer—. Ellas tienen influencia con los políticos y medios de comunicación, estudios para poder redactar documentos y leyes y acceso a redes que proporcionan la financiación de sus proyectos. Se sienten confiadas en pronunciar cómo se deberían actuar las fuerzas del orden en cuanto a todo problema femenino.

Entre las mujeres más liberales de la clase media, hay tolerancia hoy en cuanto a relaciones sexuales fuera del matrimonio. Parece estar bien vivir no controlada por un hombre. Pero escuchen la propaganda que se difunde continuamente sobre los peligros sexuales que amenazan a las esposas, madres e hijas. Presten atención al mensaje de cómo se tiene que proteger a estas sujetas vulnerables: siempre estarán más seguras en casas rodeadas de familia. El mensaje va acompañado de imágenes de mujeres arregladitas, obviamente de la clase media, alegres de ser protegidas.

Todavía existe un modelo del sexo bueno, con reglas sobre cómo y con quiénes se hace, aún si ahora puede a veces ocurrir fuera del matrimonio. Entre las formas y prácticas sexuales aún estigmatizadas está el sexo pagado. Se escucha en discursos judiciales que la prostitución es una mal social, y entidades de policía entienden que la deben reprimir. ¿Por qué? Porque la prostitución se considera capaz de perjudicar al sistema patriarcal.

No es de sorprenderse que las mujeres que tienen estatus dentro del sistema quieren mantenerlo, y el acto continuo de desaprobar a las mujeres no respetables subraya y reproduce su propio rango. Necesitan mujeres malas. Pero parte de su razón de ser es pronunciar sobre la moralidad; y la prostitución, al ser imposible de abolir, presenta un blanco fácil y permanente.

La diferencia hoy día es que en vez de etiquetar a las mujeres prostitutas como malas y perversas —su identidad durante siglos —, las victimizan. Aparentemente culpan a los hombres, pero es evidente que las trabajadoras sexuales son las personas que sufren la propuesta de la abolición. De ahí se mantiene la separación entre las mujeres. En cuanto a los hombres, la división entre mujeres les conviene: no tienen que hacer nada para mantener su posición suprema.

Entonces vender sexo representa algo profundo que el concepto de ser un trabajo convencional no toca, lo cual explica la disfuncionalidad de los llamado debates.

Quisiera que me expliques el concepto de “industria del rescate” para quienes no leyeron tu libro. Creo que este marco es útil para pensar dos cuestiones: por un lado, cómo la categoría de trata empieza a expandirse y cómo esta idea de “industria del rescate” amplía el poder de policía. ¿Cuándo aparece esta idea del rescate y para qué ha servido? ¿A qué intereses es útil?

Desde la Iluminación, la figura de la prostituta en vez de verse como mala o perversa se ha visto como “mujer caída” que se puede rescatar y volver a la dignidad. Para lograr su rescate y reinserción en la sociedad se necesitan personas dedicadas, sacrificadas o profesionales. De ahí el desarrollo de un sector social que ha continuado durante 200 años sin que la situación de la prostituta misma mejorara. Los proyectos de rescate eran pequeños, muchos de religiosas. Pero ¿qué ocurrió? La migración se volvió un problema apabullante en Europa.

A comienzos de la década del `90 había empezado a preguntarme por qué la prostitución causaba tanto escándalo. Mi contexto fue países de América Latina y el Caribe donde muchas mujeres viajaban a vivir en partes de Europa donde se les presentaban dos opciones para ganarse la vida: ser criadas en casas particulares, limpiando y cuidando a niños y ancianos, o vender sexo en diferentes ambientes, desde ventanales de Amsterdam hasta pisos residenciales de Madrid. El primer trabajo, aunque la interna vive de forma medieval, no molestaba a nadie; el segundo escandalizaba —sobre todo a las mujeres consideradas dignas que creen que saben cómo todos debemos vivir—.

La “industria de rescate” contemporánea basa su trabajo en una fantasía sobre la mujer migrante. La imagina como pobre, sin estudios, inocente, doméstica, pasiva, de cultura primitiva y por lo tanto fácilmente engañada. En realidad la gran mayoría de estas migrantes son contrabandeadas: pagan a intermediarios por ayudarles con billetes, papeles falsos y otros servicios. Se agrupan a todas las migrantes indocumentadas en el mismo saco pues el total de víctimas-traficadas es enorme. No importa de qué país viene o cómo es su historia individual, la mujer migrante cumple perfectamente con los requisitos fundamentales de la prostituta-víctima que necesita salvarse.

Entonces con el concepto “industria del rescate” quería resaltar el desarrollo de un sector social y económico que prolifera en proyectos no solo de carácter caritativo sino gubernamental, policial, médico, psicológico y comercial. Tiene ramas educativas y jurídicas. Algunos gobiernos tienen departamentos dedicados al problema. Provee muchos miles de empleos en todas partes del mundo y ha creado un sinfin de expertas y expertos en la materia.

¿Y cómo surge la industria del rescate moderna?

Se empezó con la decisión de ciertos gobiernos de subir un fenómeno ordinario, la venta de sexo, al estatus de un nuevo problema mundial, en conjunto con identificar la migración indocumentada como peligro aliado con el terrorismo. El concepto del tráfico de personas, al enmarcarse dentro de la criminalidad internacional, provee oportunidades para intervenciones continuas policiales y cuasi militares, y no es casualidad que así se proporciona otra justificación más para endurecer las leyes migratorias.

La idea del rescate mantiene la división de las mujeres en dos grupos: las que supuestamente son libres y capaces de elegir todo lo que les pasa y las que supuestamente son esclavizadas y sin capacidad de elegir nada. Reducir tanto las complejidades de la migración y los mercados laborales no solo es absurdo sino que ha confundido los temas claves que sí necesitan soluciones. Identificar a las mujeres que venden sexo como engañadas y traumatizadas aporta la excusa de descalificar sus voces de los debates donde la industria del rescate proclama el significado de sus vidas. Eso vale tanto para mujeres autóctonas con plenos derechos como para mujeres sin papeles que se van a deportar.

 

El intercambio de correos con la antropóloga desnuda termina pero la conversación e invitación para pensar este tema desde nuevos enfoques sigue abierta en los feminismos.

El objetivo de eso que llaman “lucha contra la trata” es prohibir la prostitución

 

4 de agosto de 2018

Madrid

 

Hace casi cuatro años publicó Laura Agustin un artículo (1) que yo traduje y publiqué (2) en este blog hace casi un año: “’El trabajo sexual no es trata sexual’”: una idea cuyo tiempo no ha llegado”.

No he visto en este tiempo ninguna reacción, ni en este blog en forma de comentario ni en ningún otro sitio, y sí he visto en cambio cómo se ha seguido usando rutinariamente el eslogan “trabajo sexual no es trata”.

Pero no han dejado de resonar en mi memoria las palabras de Laura cada vez que he visto repetir el eslogan. Porque la advertencia de la ilustre académica es muy grave: según ella ese eslogan

Arroja a los pies de los caballos a todas las inmigrantes, documentadas o no; a las que no les gusta mucho vender sexo y no se llaman a sí mismas trabajadoras sexuales, pero sin embargo no quieren ser salvadas o deportadas.”

“(…)el eslogan trabajo sexual no es trata sexual solo contribuye al reduccionismo impulsado por activistas anti prostitución y anti trata.”

Voy a intentar explicar de la forma más breve posible cómo interpreto yo las palabras de Laura, interpretación que no pretende coincidir con el sentido exacto que les ha dado ella.

 

Manipulación del lenguaje, violación semántica de las palabras

 

Según ella,

“Decir ‘Trabajo sexual no es trata sexual’ es materializar la actual narrativa de la trata, aceptando que se refiere a algo real y malo contra lo que se debe luchar”. 

Y en otra parte (3) dice:

“No existe término sustitutorio para trata porque usar un único término sencillamente hace desaparecer todas esas situaciones diferentes, estimula el reduccionismo y se alimenta directamente de una agenda moralista de ‘bueno contra malo’. Esta categoría fue una invención y no describe realidades”.

Es decir: el término “trata” es una invención que no significa nada real.

Voy a intentar analizar el significado de las palabras “trata”, “esclavitud” y “explotación” desde su origen hasta su estado corrupto actual.

 

 

“Trata”, según leo en un diccionario (4) de 1960, significa: 

Tráfico, comercio. T. de negros > Negros. T. de blancas Tráfico de mujeres para su explotación

En cambio, según el actual (5) Diccionario de la R.A.E., el significado es:

trata

  1. f. Tráfico que consiste en vender seres humanos como esclavos.

trata de blancas 

  1. f. Tráfico de mujeres, que consiste en atraerlas con coacción o mediante engaño a centros de prostitución para su explotación sexual.

En esta última versión ha desaparecido el significado original de la palabra y se ha reducido a dos significados parciales, con lo que desaparece su relación esencial con la palabra “mercancía”. De esa forma, se puede introducir tras la primera acepción —auténtico caso de trasiego de mercancías— la segunda, en la que no existe mercancía alguna, ya que no existe esclavitud como en la primera. En el diccionario antiguo también se incluían las dos acepciones parciales, pero la definición previa de la palabra ponía en evidencia la manipulación que supone la expresión “trata de blancas”.

Y así pasamos a la manipulación de la palabra “esclavitud”. De este modo la define (6) la Wikipedia:

La esclavitud, como institución jurídica, es una situación por la cual una persona (el esclavo) es propiedad de otra (el amo); es una forma particular de relaciones de producción, característica de un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas en la evolución de la economía.

Es decir, en la auténtica esclavitud el estatus jurídico del esclavo es el de mercancía, y por tanto puede ser objeto de trata. Y solo vale la acepción jurídica de la palabra esclavitud —y de todas las palabras, en general— si estamos hablando de leyes y de derechos.

Entonces, ¿la “esclavitud sexual” es esclavitud? No parece; más bien se evidencia como otro ejemplo de manipulación del sentido de las palabras:

“Mientras que los esclavos negros eran propiedad legal de su explotador, las mujeres víctimas de la trata de blancas, víctimas de esclavitud sexual, nunca fueron consideradas por los Estados como tales, como propiedad legal de sus traficantes o de sus proxenetas (7).”

Es decir, “esclavitud sexual” no es esclavitud, y “trata”, por tanto, tampoco es trata. Es lo que dice Laura Agustin: 

“Esta categoría (trata) fue una invención y no describe realidades”. 

La invención de esta categoría “trata” fue mérito del Comité de Expertos de la Sociedad de Naciones, cuyo informe, publicado en 1927, ha influído en todas las decisiones posteriores hasta nuestros días. Este fue el espíritu con el que se elaboró dicho informe (8):

Si en los casos de “trata”, en el sentido ampliado del término que se asume en el informe, no existe ejercicio de violencia ni violación de la libertad, ¿en nombre de qué oponerse a ellos? El informe nos lo dice: “la trata de prostitutas”, encontramos en él, “es una plaga que debe ser radicalmente suprimida en nombre de la higiene y de la moral y del interés del porvenir de la raza.” 

Y éste es el espíritu con el que las actuales abolicionistas siguen manipulando (7) el concepto vacío de “trata” siguiendo su programa ideológico:

El empeño de las abolicionistas actuales por vincular inextricablemente prostitución y trata mediante la definición de ésta en función de la existencia de una “situación de vulnerabilidad”, aboca a conclusiones absurdas; cabría, incluso, decir que constituye una “lógica del delirio” (en el sentido que Remo Bodei, 2002 confiere a esta expresión). Además, facilita la criminalización de los flujos migratorios y de las personas de un modo u otro implicadas en ellos. 

En cuanto a la expresión “explotación sexual” (9), ya viene de fábrica carente de significado:

 De forma más significativa, el Protocolo (contra la trata de la ONU) decidió específicamente no definir el concepto de “explotación sexual”. Esto dejaba al criterio de cada Estado definir ésta como le pareciera mejor, haciendo equivalentes prostitución y explotación sexual o definiendo la explotación sexual como un abuso dentro de la prostitución. De este modo, el Protocolo podría ser interpretado como que respalda tanto a los que defienden la legalización de la prostitución como a los que buscan su abolición.(10)

Es obvio que en España se ha optado por hacer sinónimos “prostitución” y “explotación sexual”. Porque la definición de una palabra viene dada por el uso general que se hace de la misma, y es evidente que en España todas las instituciones y medios de comunicación usan sistemáticamente el término “explotación sexual” como sinónimo de prostitución.

Así, el juez (y ahora también ministro del interior) Sr. Grande-Marlaska puede afirmar (11) que “el 99% de la prostitución procede de la trata de seres humanos con fines de explotación sexual”. Para él prostitución y explotación sexual son lo mismo; no dice “la totalidad” sino “el 99%” para dar la apariencia de que se trata del resultado de algún estudio y no de una mera manipulación del significado de las palabras.

La expresión “explotación sexual” es especialmente engañosa, ya que en la prostitución sí se dan situaciones de “explotación laboral”, motivadas por la falta de derechos laborales de las trabajadoras sexuales. Así que se puede jugar con la ambiguedad de diseño de la palabra “explotación” para crear confusión.

Decir que el 99% de las prostitutas son victimas de trata deriva también del sinsentido de la palabra trata, que se refiere a “víctimas” cuyo “consentimiento es irrelevante” (12), lo que coincide con el sesgo ideológico abolicionista de que en la prostitución no es posible el libre consentimiento (13) porque la prostitución es siempre violencia de género (14) y, por tanto, todas las prostitutas son, por la propia naturaleza de la prostitución, víctimas de trata.

En definitiva, la “trata de personas con fines de explotación sexual” es la forma como los abolicionistas denominan a la prostitución. La eliminación de un plumazo del derecho constitucional y humano de las trabajadoras sexuales a decidir sobre sus propias vidas queda plasmada en la ley bajo el camuflaje de “lucha contra la esclavitud” (15).

Porque es toda una enorme maniobra de engaño de cara a la opinión pública. Una operación de “pánico moral” (16) calcada de la que inventó la “trata de blancas” (17) de principios del s. XX. Una operación cuyo objetivo es la prohibición de la prostitución, su clandestinización, la entrega de las prostitutas y del negocio de la prostitución a la mafia.

Entonces, ¿no son víctimas las prostitutas de ningún abuso? ¿No necesitan ley que las proteja?

Por supuesto que necesitan ley que las proteja, pero no una “ley especial” que las incapacite como personas, sino las leyes generales que protegen a todos los ciudadanos: las leyes contra el secuestro, contra la violación, contra la extorsión, contra la estafa, contra la usura, contra las agresiones. Necesitan ser protegidas por la ley general que garantiza derechos laborales a los trabajadores para evitar la explotación laboral.

Las prostitutas necesitan la despenalización total del trabajo sexual, es decir, la eliminación en las leyes de cualquier referencia a la prostitución. El fin de su discriminación y estigmatización.

Terminaré con las palabras con las que Laura Agustin terminaba su artículo (2):

Se ha negado toda la gama de complejidad y diversidad que en la actualidad se incluye en el término víctima de trata. Años de intentos de llevar la justicia y los matices a un mal marco penal son ignorados. La miríada de formas diferentes de sentirse forzado, obligado o coaccionado a dejar el hogar o tener relaciones sexuales por dinero o dar algo del propio dinero a otra persona han desaparecido. Y sí, entiendo que la victimización de la industria del rescate hace que la gente se sienta ansiosa por ofrecer algo que pueda captar el público en general. Pero el eslogan “trabajo sexual no es trata sexual” solo contribuye al reduccionismo impulsado por activistas antiprostitución y antitrata.

 Es deplorable Evítalo.

 


1.- https://www.lauraagustin.com/sex-work-is-not-sex-trafficking-an-idea-whose-time-has-not-come

2.- https://elestantedelaciti.wordpress.com/2017/12/11/el-trabajo-sexual-no-es-trata-sexual-una-idea-cuyo-tiempo-no-ha-llegado/

3.- https://elestantedelaciti.wordpress.com/2015/11/03/trata-de-personas-se-ha-vuelto-un-termino-carente-de-significado/

4.- Enciclopedia Vergara, Editorial Vergara S.A, Barcelona. Edición especial para el Ministerio de Educación Nacional.

5.- http://dle.rae.es/srv/fetch?id=aWr4q9P

6.- https://es.wikipedia.org/wiki/Esclavitud

7.- https://elestantedelaciti.wordpress.com/2018/07/22/la-trata-de-seres-humanos-con-fines-de-explotacion-sexual-analisis-conceptual-e-historico/

8.- https://elestantedelaciti.wordpress.com/2018/07/22/la-trata-de-seres-humanos-con-fines-de-explotacion-sexual-analisis-conceptual-e-historico/

9.- https://elestantedelaciti.wordpress.com/2016/09/27/definicion-de-explotacion-sexual/

10.- https://elestantedelaciti.wordpress.com/2015/04/30/campanas-contra-la-trata-trabajadoras-sexuales-y-los-origenes-del-dano/

11.- https://www.elboletin.com/nacional/140930/grande-marlaska-prostitucion-procede-trata.html

12.- http://www.phit.ub.edu/wp-content/uploads/2017/04/Codigo-Penal-art-177bis.pdf

13.- https://elpais.com/elpais/2018/08/01/opinion/1533119067_676537.html

14.- https://elestantedelaciti.wordpress.com/2014/02/28/el-tendencioso-informe-honeyball-sobre-trabajo-sexual-respaldado-por-el-parlamento-europeo/

15.- “Creíamos que la esclavitud, aquella que describía Mark Twain, había sido desterrada. Pero no es así. Todavía en pleno siglo XXI existe una forma de esclavitud.“ Decía Soledad Becerril en el acto de entrega del Premio a los Derechos Humanos Rey de España por parte del actual representante de la monarquía negrera española a una orden de monjas carceleras. https://elestantedelaciti.wordpress.com/2018/07/30/los-derechos-humanos-de-las-adoratrices/

16.- https://es.wikipedia.org/wiki/P%C3%A1nico_moral

17.- https://elestantedelaciti.wordpress.com/2014/04/25/esclavas-sexuales-y-estado-vigilante/

El nuevo modelo abolicionista

 

Por Laura Agustín 

12 de junio de 2017 

https://jacobinmag.com/2017/12/sex-work-the-pimping-of-prostitution-review

 

The Pimping of Prostitution, de Julie Bindel, pone a las trabajadoras sexuales en su punto de mira.

 

En el Moulin Rouge: El Baile, de Henri de Toulouse-Lautrec, 1890. Museo de Arte de Filadelfia / Wikimedia

 

 

Entrada para una enciclopedia del feminismo: Las Guerras del Trabajo Sexual: Décadas de acalorado debate sobre el significado de intercambiar sexo por dinero. Desacuerdo casi total sobre términos, definiciones, causas y efectos, y cómo medir los fenómenos involucrados. Incomprensión mutua sobre los significados culturales de sexo, identidad sexual y relaciones de género. Leyes respaldadas por políticos basadas en la supuesta verdad de una u otra opinión. Poca mejora para aquéllas sobre las que se discute. Consecuencia de las “guerras sexuales” lesbianas / feministas de los años ochenta.

 

Se ha lanzado un nuevo disparo en las Guerras del Trabajo Sexual. The Pimping of Prostitution, de Julie Bindel, llama a un retorno a comienzos más auténticos, cuando, como ella dice, todas las que participaron en el movimiento de liberación de la mujer de los años 60 fueron cautivas de unas pocas líderes brillantes.

Esta versión no me suena. Nos rebelamos contra la ideología doméstica de los años cincuenta que decía a las mujeres que fueran calladas, femeninas y satisfechas con hacer la casa para los hombres. El significado de la liberación era descubrir cómo vivir en nuestros propios términos, y si leíamos boletines a ciclostil de activistas, no creíamos que tuviéramos que estar necesariamente de acuerdo con ellas. No sentimos que nadie fuera nuestra líder. Hablamos juntas en las calles, en las aulas, en los cafés. Las experiencias de todas contaban.

En esas conversaciones, la prostitución no se consideraba un tema central ni una cosa terrible, o no más terrible que todo lo demás que reconocíamos como opresivo. Queríamos saber por qué no se pagaba el trabajo doméstico y se suponía que las mujeres debían llevar ellas solas el cuidado de los niños. Queríamos definir nuestras propias formas de disfrutar el sexo. Usamos una nueva palabra, “sexista”. No recuerdo haber asistido a una sola reunión formal, pero me he identificado desde entonces como feminista.

En este libro, Bindel ofrece dos cosas: aplausos y comentarios hirientes. Aquellos que están de acuerdo con ella reciben aplausos, todos los demás reciben comentarios hirientes. Menos sutil que el comentario de boxeo que reconoce todos los buenos golpes, esta es una amargura nacida de la frustración: la prostitución todavía existe. Millett y Dworkin han sido traicionadas. Alguien debe pagar

Hoy en día, en las conversaciones sobre los derechos de las mujeres, existe un acuerdo generalizado sobre la necesidad de más educación, salarios iguales y mejores oportunidades laborales. Pero sacad a relucir los cuerpos físicos de las mujeres, y las ideologías de la feminidad y el patriarcado se disparan como un reguero de pólvora. El conflicto intransigente persigue la anticoncepción, el aborto, la maternidad subrogada y, quizás sobre todo, cómo las mujeres pueden consentir en tener relaciones sexuales. Para las feministas radicales como Bindel, la inserción de dinero en una relación sexual significa que ninguna mujer puede consentir nunca, incluso cuando dicen que sí consienten.

Las noticias sobre las mujeres que venden sexo han cambiado desde la publicación en el año 2000 del Protocolo de las Naciones Unidas sobre la trata de personas, aunque aún no se ha llegado a un acuerdo completo sobre las definiciones legales. Los reportajes de los medios confunden rutinariamente o usan todos los términos disponibles. La trata de personas no se distingue del contrabando de personas, pedir dinero prestado para emigrar se llama “esclavitud por deudas”, las condiciones laborales terribles y el trabajo infantil se convierten en “esclavitud moderna”, y la venta de sexo se renombra como “trata sexual” o “esclavitud sexual”. Todos los contextos socioculturales se eliminan a favor de definiciones universales. No se muestra interés en considerar cómo mejorar las condiciones laborales. El resultado es definir a las mujeres como víctimas que necesitan ser rescatadas, especialmente cuando están vendiendo sexo.

En este contexto, no es sorprendente que el abolicionismo deba resurgir en la corriente principal. Bindel llama al suyo el nuevo movimiento de abolición, vinculándolo engañosamente con las campañas de Josephine Butler del siglo XIX para abolir la regulación gubernamental de la prostitución (no la prostitución en sí). Bindel rechaza la proliferación de términos antes mencionada: “La trata de personas es simplemente un proceso en el que algunas mujeres y niños son prostituidos. La prostitución en sí misma es el problema.” Lo que al menos confirma una antigua queja de las activistas con respecto a las campañas contra la trata de personas: que el objetivo real es prohibir a cualquier mujer vender sexo, en cualquier lugar, en cualquier momento.

El miedo a la trata ahora se usa para justificar una variedad de regímenes represivos de política de prostitución, incluida una ley que prohíbe la compra de sexo. Primero se llamó el modelo sueco, luego el nórdico; esta ley, según Bindel, ahora se puede llamar el modelo abolicionista. La idea de esta prohibición es “Terminar con la Demanda”, con la teoría de que, si a los hombres se les impidiera la compra de sexo, las mujeres no podrían ser explotadas y nunca venderían sexo. Es una teoría de mercado de la oferta y la demanda ridículamente simplificada . Las abolicionistas afirman que la ley despenaliza la venta de sexo por parte de las mujeres (apropiándose de la demanda central del movimiento por los derechos de las trabajadoras sexuales), sin abordar lo que sucedería con los ingresos de las mujeres si no hubiera clientes.

El subtítulo del libro, Aboliendo el mito del trabajo sexual, sugiere que probará que no hay trabajadoras sexuales. Bindel nombra muchos países que visitó. Detalla los sufrimientos personales de las mujeres que odiaban vender sexo: éstas son sus heroínas, y son vistas como individuos. Las representantes del “lobby pro prostitución”, por el contrario, son tratadas como una serie de títeres, citadas para demostrar su cinismo. Aquellas que reconocen el concepto de autonomía como una de las razones para aceptar la existencia del trabajo sexual voluntario son ridiculizadas como feministas de “elección” o feministas de “diversión”. No escuchamos nada de mujeres a las que puede no les guste el trabajo sexual, pero continúan haciéndolo por sus propias buenas razones.

Se arroja barro sobre gerentes de agencias de escorts, académicos queer, libertarios homosexuales, ONGs de VIH / salud, eruditos en migración, Amnistía Internacional y grupos dirigidos por trabajadoras sexuales. La mayor ira está reservada para financiadores como Open Society Foundations de George Soros por atreverse a tratar de fortalecer los derechos de las trabajadoras sexuales. Como quiere eliminar todas las diferencias y desacreditar a toda fuente concebible de oposición a la ideología feminista radical, la variedad en los tipos de trabajo sexual, los grados de control administrativo, las percepciones de autonomía y las cantidades de dinero son descartadas. Se lanzan resúmenes enlatados de algunos momentos de la historia de los derechos de las trabajadoras sexuales, pero se desprecia todo el movimiento social internacional como un “lobby” proxeneta.

Con fines de investigación, soy capaz de leer obras cuya visión del mundo no me gusta, pero este libro me derrotó. La tabla de contenido parece racional, pero cada capítulo consta de muchas subsecciones cortas que aparecen colocadas casi al azar. El estilo es irregular y torpe, lo que sugiere varios escritores y ningún editor. No hay profundidad, matices ni compromiso con las ideas.

Y encontré muy poco de lo que podría llamarse nuevo: ni hechos ni ideas. Si el movimiento abolicionista internacional esperaba que ésta fuera una nueva arma pesada contra los enemigos o una forma de convencer a los no expertos de que el trabajo sexual es una ilusión, sacudirán la cabeza con decepción.

Lo peor del proyecto abolicionista contemporáneo es su fracaso para encarar la cuestión de las opciones para las mujeres. ¿Bindel siente que Josephine Butler estaría de su lado? Yo creo que estaría del mío. A mediados del siglo XIX, Butler vio cuán pocas alternativas tenían las mujeres para alcanzar la independencia económica y no abogó por que se las privara de la posibilidad de vender sexo para sobrevivir.

Como académica en el campo, mi pregunta nunca ha sido si la venta de sexo es aceptable en términos morales o feministas. En cambio, me he centrado en el hecho de que las mujeres de todo el mundo tienen opciones de trabajo limitadas y, cuando no tienen una buena educación o están conectadas socialmente, esas opciones generalmente se reducen a trabajos mal remunerados y de bajo prestigio: venta ambulante, costura casera, cuidado, limpieza, trabajos de venta al por menor, trabajo en factorías y venta de sexo. Cuando las mujeres son inmigrantes indocumentadas, las opciones factibles se reducen a dos: vivir entre familias de otras personas como empleadas domésticas o vender sexo.

Dadas las bajas ganancias de estas ocupaciones, no es de extrañar que las mujeres que sienten que pueden tolerarlo hagan trabajo sexual. Menos tiempo dedicado a trabajar para obtener más dinero significa poder mantenerse, ayudar a los demás y aún tener tiempo para caminar o leer un libro. A veces, las trabajadoras sexuales establecen relaciones que no son bien vistas por los de fuera. Pero, ¿qué es lo que las abolicionistas creen que harán las mujeres con pocas opciones si se ven obligadas a dejar el trabajo sexual?

Las antiguas Lavanderías Magdalene y los hospitales con cerraduras no preveían nada mejor que la servidumbre doméstica para las “mujeres caídas”. ¿Se sigue proponiendo de que ser una sirvienta a cambio de unos peniques y una escasa vida privada es mejor porque es más digno? ¿O es superior simplemente porque no es trabajo sexual? De cualquier manera, enfocarse siempre en los aspectos morales del trabajo sexual significa dejar siempre de lado los proyectos para mejorar las condiciones laborales y las protecciones legales.

La necesidad de Bindel de manifestar indignación ante la más mínima desviación de una ideología simplificada significa que los lectores no hagan distinciones entre cobardes proxenetas, grupos de derechos humanos, escorts independientes, investigadores académicos, trabajadoras en salones de masajes y Hugh Hefner. Todos somos lo mismo. Es la definición de libro de texto del fundamentalismo.

¿Quieres descubrir las reglas del consentimiento sexual? Pregunta a las trabajadoras sexuales.

 

Por Jessie Patella-Rey

21 de mayo de 2018

Jessie Patella-Rey es educadora, escritora, activista de trabajo sexual y organizadora comunitaria, y coanimadora de The Peepshow Podcast.

 

https://www.washingtonpost.com/news/posteverything/wp/2018/05/21/want-to-figure-out-the-rules-of-sexual-consent-ask-sex-workers/?noredirect=on&utm_term = .5a3f3765654c

 

El movimiento #MeToo ha llevado los problemas de consentimiento al primer plano de nuestro espíritu cultural. Sin embargo, desconcertantemente, algunos de los campeones más locuaces del movimiento parecen ser los peores a la hora de respetar las convenciones que están propugnando. Poco después de que el ex fiscal general de Nueva York Eric Schneiderman presentara una demanda contra el productor de Hollywood Harvey Weinstein, por ejemplo, Schneiderman dimitió ante cuatro acusaciones de abuso sexual. En una declaración pública, afirmó que simplemente había participado en “juegos de rol y otras actividades sexuales consensuadas”.

Si Schneiderman realmente cree que eso es cierto, su comprensión de qué implica realmente el consentimiento parece ser fundamentalmente confusa. El consentimiento exige una comunicación razonada, una reflexión cuidadosa y, en ocasiones, requiere práctica. Pocos saben esto mejor que las personas que tratan con el consentimiento todos los días como parte de su trabajo: las trabajadoras sexuales, para quienes negociar el consentimiento y establecer límites es fundamental para el trabajo del trabajo sexual. Es nuestra habilidad para abordar estos problemas lo que nos hace ser buenas en lo que hacemos. A medida que avanza el debate sobre el consentimiento, es hora de que otros comiencen a aprender de nuestra propia experiencia tan duramente ganada.

Si recurrir a las trabajadoras sexuales para obtener claridad conceptual y orientación moral suena extraño para ti, puede ser porque nosotras, las trabajadoras sexuales, hemos sido sistemáticamente excluidas de estas discusiones. Muchos se niegan a reconocer que las trabajadoras sexuales somos ni tan siquiera capaces de ejercer consentimiento. Esta es la retórica de lo que la antropóloga Laura Agustín llama la “industria del rescate”, un término utilizado para describir a personas e instituciones que conceptualizan a todas las trabajadoras sexuales como víctimas que necesitan ser salvadas. Catherine MacKinnon ha argumentado, por ejemplo, que “en la prostitución, las mujeres tienen relaciones sexuales con hombres con los que de otra forma nunca tendrían relaciones sexuales. El dinero actúa así como una forma de fuerza, no como una medida de consentimiento. Actúa como lo hace la fuerza física en la violación“. Más recientemente, Julie Bindel ha propuesto:”En casi todos los casos es, en realidad, esclavitud. Las mujeres que trabajan como prostitutas están en dificultades y con problemas. Están en necesidad de rescate tanto como cualquiera de las víctimas más a la moda de la esclavitud moderna“.

Este pensamiento retrata a las trabajadoras sexuales como víctimas sin ninguna autonomía, mientras que, irónicamente, habla con autoridad sobre nosotras sin pedir nuestra opinión. Es una postura que se asemeja a la hipocresía de Schneiderman pretendiendo promover el consentimiento de las mujeres mientras presuntamente lo ignora en la práctica.

Esto es un error. Como Lola Davina, ex trabajadora sexual y autora de varios libros, incluido “Thriving in Sex Work: Heartfelt Advice for Staying Sane in the Sex Industry,” (1), me escribió por correo electrónico, su opinión es que “las trabajadoras sexuales son soldados en primera línea de las guerras del consentimiento.” Eso cuadra con mi propia experiencia, lo que sugiere que las lecciones que enseñamos pueden ser ampliamente aplicables. En mi propio trabajo como operadora de sexo telefónico —también escribo y hago podcasts bajo el nombre de Jessie Sage— he tenido numerosos clientes que me han llamado para ensayar futuras conversaciones o negociaciones con sus esposas o parejas. Y mis experiencias simplemente arañan la superficie de lo que es posible.

Con esta premisa en mente, hace poco contacté con la organizadora comunitaria y escritora Chanelle Gallant para preguntarle qué cree que pueden ofrecer las trabajadoras sexuales. “Algo único sobre el trabajo sexual es que el consentimiento se considera una responsabilidad colectiva”, dijo. “Las trabajadoras sexuales se organizan para desarrollar su poder y la capacidad de prevenir el abuso”. En algunos casos, eso puede implicar el intercambio de información sobre clientes malos, lugares de trabajo o gerentes. En otros, podría tratarse de colaborar para mejorar las condiciones del lugar de trabajo.

Esta organización colectiva también se traduce en las interacciones de las trabajadoras sexuales individuales con sus clientes. La stripper y periodista Reese Piper me dijo que tuvo que aprender cómo evitar situaciones con personas que podrían llegar a violarla. “Las trabajadoras sexuales sabemos cómo alejarnos de personas o situaciones que son peligrosas o que no valen nuestro tiempo”, dijo. “Es parte de nuestro trabajo detectar clientes peligrosos. Y también es nuestro trabajo invertir en clientes que valoren nuestro trabajo “.

Alex Bishop, trabajadora sexual y activista, habla acerca de cómo obtener estos conocimientos y habilidades como un regalo que el trabajo sexual le ha dado. Me dijo: “Antes de hacer trabajo sexual, no pensaba tan profundamente sobre la sexualidad y el consentimiento. Todavía era joven e ingenua y me acostaba con hombres porque me invitaban a cenar o porque eran amables.” Fue su trabajo lo que la ayudó a cambiar su forma de pensar, tanto que sugirió que le gustaría que todas probaran el trabajo sexual “durante unas pocas semanas”, siquiera para ayudarles a abrir los ojos. Según su manera de pensar, “el trabajo sexual infunde mucha confianza en aquellas que lo hacen. Se vuelve fácil decir que no porque te encuentras diciéndolo todo el día a los clientes “.

Piper está de acuerdo y me dice: “Hacer strip me enseñó a valorar mi tiempo, mi energía emocional y mi cuerpo. Me enseñó a defenderme. Antes nunca decía a los hombres que me abordaban en la calle que se fueran. Ahora es fácil. No me siento mal por valorar mi espacio y mi alma “.

Mistress Eva, que se especializa en el trabajo de dómina, describe sus interacciones con los clientes como más seguras y definidas que aquellas interacciones ajenas al trabajo sexual. En el aeropuerto camino a casa desde DomCon, tardó unos pocos minutos en escribirme: “Nunca tengo que dudar en entrar en una interacción como trabajadora sexual, porque nuestra interacción siempre va precedida de negociación y comprensión de nuestros deseos. y límites combinados”.

Volviendo a Davina, le pedí ejemplos específicos de cómo el trabajo sexual le enseñó a negociar el consentimiento. Ella explica: “Esto es lo que el trabajo sexual me enseñó: puedo decir ‘sí’ a una lap dance y después decir ‘no’ a los besos. Puedo decir ‘sí’ a los besos y luego decir ‘no’ a una mamada. Puedo decir ‘sí’ a una mamada y luego decir ‘no’ a una penetración … Decir ‘sí’ a un acto sexual es decir ‘sí’ a ese acto sexual en particular, y nada más. Las trabajadoras sexuales navegan en estas aguas todo el día, todos los días “.

Reconociendo que pueden aportar mucho a nuestros debates sobre el consentimiento, muchas trabajadoras sexuales se han dado a la tarea de enseñar consentimiento en sus prácticas de trabajo sexual. Jengibre Banks, que ha sido trabajadora sexual durante ocho años, me dijo: “Después de aprender más” sobre el consentimiento [como trabajadora sexual] veo tantas formas diferentes como lo violamos posiblemente [involuntariamente]. Creo que es importante discutir este tema del consentimiento con nuestras bases de admiradores “. Reflexionando sobre su experiencia como actriz pornográfica, explicó:”Esta es la razón por la que trato de integrar el consentimiento dentro de mis películas, en comparación con simplemente hacerlo solo fuera de cámara. De esta manera puedo enseñarles a la gente sobre el consentimiento mientras miran mis películas “.

Debería quedar claro, entonces, que a pesar de lo que asume la industria del rescate, nosotras, las trabajadoras sexuales, pasamos gran parte de nuestro tiempo ejerciendo y practicando el consentimiento. Significativamente, lo hacemos en el contexto de nuestras relaciones con los clientes. Este tipo de interacciones transaccionales de baja inversión son un terreno fértil para el trabajo de consentimiento productivo. Las trabajadoras sexuales pueden, y a menudo lo hacen, alejarse de las interacciones con clientes que no valoran el consentimiento. En consecuencia, los clientes deben practicar la negociación del consentimiento para que una transacción continúe. Y, como sugieren mis propias experiencias, esas son habilidades que pueden transferir a sus otras relaciones.

Teniendo en cuenta todo esto, diría que es necesario empoderar a las trabajadoras sexuales para que sigamos haciendo el tipo de trabajo valioso y centrado en el consentimiento que ya estamos haciendo. En relación con el consentimiento, debemos dejar de pensar en el trabajo sexual como el problema y comenzar a pensar en las trabajadoras sexuales como parte de la solución.

 


1.- “Prosperar en el trabajo sexual: consejos sinceros para mantener la sensatez en la industria del sexo”. 

Hay algunos capítulos traducidos al español en este blog: 

https://elestantedelaciti.wordpress.com/?s=lola+davina&submit=Buscar

Entrevista a Laura Agustin: trabajo sexual y migración en su novela “The Three-Headed Dog”

 

 

SWARM (Movimiento de defensa y resistencia de las trabajadoras sexuales)

 

https://www.swarmcollective.org/

 

30 de junio de 2017

 

https://www.swarmcollective.org/blog/2017/6/30/qa-with-laura-agustin-sex-work-migration-in-the-three-headed-dog

 

Para cualquier persona interesada en la política del trabajo sexual y la migración, Sex at the Margins de Laura Agustin es un texto fundamental que explora la forma en que se vende el sexo, especialmente en lo que se refiere a las personas indocumentadas, mientras las personas se mueven por el mundo. Conocida por su crítica a las ONG que luchan contra la trata de personas, extremadamente ineficientes, Agustín acuñó la frase “industria del rescate” y no ha dejado de hablar con franqueza condenando este sector.

Una década más tarde Agustín ha publicado otra visión sobre la prostitución y la diáspora —The Three-Headed Dog (en español, El perro de tres cabezas) usando la ficción para explorar los mismos temas. The Three-Headed Dog cuenta la historia de Eddie, un niño de la República Dominicana, que desaparece en su viaje a España. Lo busca un detective nada sentimental, Félix, que se da cuenta de que Eddie ha quedado atrapado en medio de una reyerta de contrabandistas de migrantes.

SWARM se encontró con Agustín para charlar sobre su novela.

 

SWARM: The Three Headed Dog se niega a tomar una posición moral sobre la venta de sexo. Algunos de tus personajes que trabajan sexualmente lo están pasando mal, otros son ambivalentes. En Sex at the Margins, señalas que “dentro del discurso sobre los servicios, la limpieza y los cuidados se tratan con cierta sutileza, pero el debate sobre la venta de sexo se centra en las ideologías y la moralización”. Obtener el mismo nivel de sutileza en las conversaciones sobre la prostitución a veces parece imposible. ¿Crees que es así?

LA: En mis charlas públicas, presento mucha información matizada e inquietante, y las preguntas posteriores son tranquilas e interesantes. Pero rara vez he tenido éxito en desviar “debates” desde el nivel ideológico, porque es donde los rescatadores buscan manifestar su indignación moral en voz alta y clara. Y los cruzados anti-prostitución se comportan como si estuviéramos en guerra por un símbolo en lugar de discutir soluciones posibles y parciales.

Pero en las conversaciones normales de la vida diaria, generalmente es fácil. Todos conocen a alguien que vende sexo o está considerando venderlo y han escuchado y entienden que puede ser la mejor opción para esa persona.

SWARM: Para los migrantes, ¿cuáles son los efectos en la vida real de este discurso torpe e impulsado por la ideología?

LA: Un migrante documentado que vive y trabaja legalmente en un lugar donde es legal vender sexo, como individuo ocupa un espacio similar a los ciudadanos comunes y, por lo tanto, puede estar interesado en el activismo y los derechos, o no. Pero un migrante indocumentado no tiene permiso para siquiera estar, vivir o trabajar donde está, por lo que incluso si se instaurara una mejor ley de prostitución, no se le aplicaría. Uno de los principales objetivos de los migrantes indocumentados es permanecer sin ser detectados por el radar, no cruzar caminos con las autoridades, no pedir nada al Estado. Incluso participar en una manifestación puede verse como indeseablemente arriesgado. El estigma se entiende como una característica inamovible de la vida.

SWARM: La narrativa más controvertida en The Three Headed Dog es la de Eddie. Es menor de edad y comienza a vender sexo. Si conocieras a Eddie en la vida real, ¿cómo responderías a su situación?

LA: He conocido Eddies de la vida real, si nos referimos a niños en su adolescencia que caen en la venta de sexo cuando salen de casa, necesitan dinero y no tienen mucha educación o muchas opciones. La respuesta del detective Félix es mi respuesta: ¿Está pidiendo ayuda? No. ¿Obligarlo a regresar con su familia realmente lo protegería? No. Él ha decidido atacar por su cuenta; es una etapa de la vida; él quiere aprender sobre el mundo. ¿Tengo una alternativa para ofrecerle? No. ¿Vender sexo es un destino peor que la muerte? No. 

SWARM: Has dicho: “He visto todo lo que sucede en este libro. He conocido personas que pensaban y actuaban de esta manera”. ¿Hay algún personaje de la vida real especialmente memorable que haya inspirado a The Three Headed Dog?

LA: A principios de la década de 1990 viví en la República Dominicana, haciendo prevención de VIH-SIDA con hombres homosexuales, trabajadoras sexuales y turistas. Me enviaron a la isla para hablar con grupos de las mujeres más pobres que estaban pensando en viajar al extranjero. Sabían que había dos empleos disponibles para ellas: prostituta y empleada doméstica. Las escuché discutir los pros y los contras de ambos. En una ciudad quedaban pocas mujeres menores de 40 años, porque todas habían emigrado, en cadenas familiares. Más tarde, las volví a encontrar en Amsterdam y Madrid y escuché los mismos argumentos, siendo la diferencia que ahora muchas de ellas hacían ambos trabajos.

SWARM: Si bien no entras a moralizar sobre el trabajo sexual, en lo que sí tomas posición es en la migración. Has descrito las fronteras europeas como “las puertas del infierno”. ¿Dirías que es una opinión compartida por muchos migrantes?

LA: Los posibles migrantes ven las noticias de barcos volcados, guardias fronterizos armados y vallas de alambre de púas. Pero todos conocen a alguien que ha sobrevivido, y emprender el viaje es creer que se puede hacer. Muchos migrantes creen que nada podría ser peor que el lugar donde están atrapados. Pero cualquiera que estudie con el tiempo, como yo, lo que sucede en las fronteras, junto con las políticas disfuncionales, bien podría estar de acuerdo en que el nombre que mejor lo describe es el de Puertas del Infierno.

SWARM: The Three Headed Dog desarrolla una idea que expusiste en Sex at the Margins: que la descripción de todos los migrantes como vulnerables y victimizados es problemática. Los viajeros de los países ricos se posicionan como valientes y teniendo el control; los migrantes menos ricos como dignos de lástima. ¿Existe el peligro de que esta postura oculte las desigualdades genuinas?

LA: ¿Por qué debería el reconocimiento de las desigualdades estructurales significar la victimización de los menos iguales? Nunca lo he entendido. Desigual en términos de dinero y poder no significa desigualdad en la autonomía, las conexiones, la inteligencia de la calle o las agallas. Desde el punto de vista de una persona privilegiada del primer mundo, lo más importante acerca de los “migrantes económicos” puede ser su abyecta desigualdad. Pasas al punto de vista de los migrantes y escuchas otra cosa, y no es digna de lástima. Centrarse en la desigualdad conduce lógicamente al autoposicionamiento como un proveedor de auxilio: la industria del rescate. Y si los auxiliadores creen que todos deben querer estar en sus hogares originales, esto conduce a la deportación.

SWARM: Tú señalas en Sex at the Margins que para muchos migrantes que venden sexo, obtener un lugar seguro para vivir y documentos es más importante que unirse a un movimiento de derechos de trabajadoras sexuales. En The Three Headed Dog, el único personaje que es un trabajador activista es ineficaz y tonto. ¿Cuál es tu opinión sobre la forma en que las organizaciones de derechos de las trabajadoras sexuales están actuando?

LA: Ah, estás siendo un poco mala con la mujer activista Ella trabaja en un proyecto de salud, y aunque no es trabajadora sexual, obviamente se siente solidaria con ellas. Pero está muy frustrada, lo cual es comprensible. Intentar ayudar a las inmigrantes indocumentadas y a las trabajadoras sexuales puede ser una tarea ingrata, porque casi no hay forma de evitar las leyes que las hacen deportables. El obstáculo para las organizaciones de derechos de las trabajadoras sexuales es el mismo: exigir derechos para las trabajadoras que son legales es ya lo suficientemente difícil como para intentar además reclamar derechos para las inmigrantes sin permiso para trabajar. Y además de eso, los cruzados morales están llamando víctimas de trata a todas las mujeres migrantes que venden sexo. Es un trabajo cuesta arriba.

 

Los libros de Laura Agustin están disponibles en Amazon: The Three-Headed Dog ; Sex at the Margins: Migration, Labour Markets and the Rescue Industry

“Sex at the margins” está editado en castellano con el título de “Sexo y marginalidad”. Se puede adquirir aquí:
http://www.editorialpopular.com/Libro/Sexo-y-Marginalidad-ISBN-978-84-7884-446-3-CODIGO-ROM,000008

Puedes encontrar el blog de Agustin aquí: http://www.lauraagustin.com/

Y síguela en Twitter: @LauraAgustin

‘El trabajo sexual no es trata sexual’: una idea cuyo tiempo no ha llegado

 

Por Laura Agustin

 

19/09/2014.

 

https://www.lauraagustin.com/sex-work-is-not-sex-trafficking-an-idea-whose-time-has-not-come

 

Los que luchan contra la prostitución tienen la costumbre de usar absurdas simplificaciones para hacer que su cruzada sea clara y fácil de entender. La campaña funciona mejor cuando los argumentos son en blanco y negro y los eslóganes son pegadizos, obviamente, así que comprendo por qué algunas defensoras de los derechos las trabajadoras sexuales ahora usan un eslogan que también reduce la complejidad a dos estados opuestos: el trabajo sexual no es trata sexual (a veces el adjetivo “sexual” de “trata” se omite). El propósito es aclarar la volición de las trabajadoras sexuales que demandan derechos laborales, pero para aquéllos que luchan contra el encuadre de la migración indocumentada y el contrabando de personas como ‘crimen organizado’, con los dos únicos papeles posibles de perpetrador y víctima, el concepto es moralmente un desastre.

Trabajo sexual no es trata sexual surgió (primero) de la negativa común de los abolicionistas a reconocer que alguien pueda vender sexo voluntariamente y (segundo) porque desde el principio comenzaron a alterar cualquier distinción entre prostitución y trata. Afirmaciones como ninguna mujer elegiría prostituirse y los gritos de infelices ex víctimas de que sus experiencias son ciertas para todas condujeron naturalmente a la insistente oposición a admitir que muchas optan por vender sexo, algunas amando sus trabajos y otros simplemente prefiriéndolo a sus otras opciones. Decir Trabajo sexual no es trata sexual es materializar la actual narrativa de la trata, aceptando que se refiere a algo real y malo contra lo que se debe luchar. El eslogan intenta hacer que la identidad de una trabajadora sexual sea clara al distinguirla de una identidad de víctima de trata de personas: la libre contra la que no es libre. Decir que algunas de nosotras estamos dispuestas a vender sexo atrae la atención hacia aquéllas que no están dispuestas: un mecanismo de distanciamiento característico de las políticas de identidad. Afirmar que no necesito tu ayuda o compasión significa que aceptas que otras personas sí lo necesitan: aquellas que realmente son víctimas de trata.

Esto es aceptar las leyes represivas, la infantilización de las mujeres, el colonialismo, la política antiinmigratoria y toda una gama de ofertas de la Industria del Rescate: sólo que todo eso no es para las verdaderas trabajadoras sexuales. Dice vosotros ganáis a los activistas anti trata, incluso sin intención de hacerlo. Arroja a los pies de los caballos a todas las inmigrantes, documentadas o no; a las que no les gusta mucho vender sexo y no se llaman a sí mismas trabajadoras sexuales, pero sin embargo no quieren ser salvadas o deportadas. Convierte en las otras a las muchas que tienen un control limitado sobre sus vidas, sienten la presión de ganar dinero de la forma que sea o quieren huir del infierno y escapar a cualquier otro sitio y hacen lo que haga falta para llegar allí. Esto incluye a los adolescentes que abandonan hogares que odian y terminan en la calle o evitan la calle intercambiando sexo por un lugar donde vivir.

Se ha negado toda la gama de complejidad y diversidad que en la actualidad se incluye en el término víctima de trata. Años de intentos de llevar la justicia y los matices a un mal marco penal son ignorados. La miríada de formas diferentes de sentirse forzado, obligado o coaccionado a dejar el hogar o tener relaciones sexuales por dinero o dar algo del propio dinero a otra persona han desaparecido. Y sí, entiendo que la victimización de la industria de rescate hace que la gente se sienta ansiosa por ofrecer algo que pueda captar el público en general. Pero el eslogan trabajo sexual no es trata sexual solo contribuye al reduccionismo impulsado por activistas anti prostitución y anti trata.

Es deplorable Evítalo.

–Laura Agustín, the Naked Anthropologist

 

“Sex at the margins”, de LauraAgustin, está editado en castellano con el título de “Sexo y marginalidad”. Se puede adquirir aquí:
http://www.editorialpopular.com/Libro/Sexo-y-Marginalidad-ISBN-978-84-7884-446-3-CODIGO-ROM,000008

“El afecto y la solidaridad que tenemos entre nosotras es más fuerte que cualquier prejuicio”

 

Entrevista a Maria Riot

Por Nadia Beherens

16 de noviembre de 2016

http://revistafurias.com/afecto-la-solidaridad-tenemos-nosotras-mas-fuerte-cualquier-prejuicio/

 

 

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Reconocerse como trabajadora sexual y articularse políticamente desde este lugar trajo aparejada la repercusión de esta historia en los medios. Pocas son las trabajadoras que salen a hablar por culpa de la estigmatización de la profesión, incluso dentro del feminismo, donde varias organizaciones se fortalecen apelando a la figura de la víctima para hablar de las trabajadoras sexuales. A la distancia, nos encontramos con Maria Riot, quien activa desde varios frentes poniendo el cuerpo y la voz, para mostrar un perfil inesperado por la sociedad en una trabajadora sexual: una piba joven, hermosa y con buen gusto, que no es hipócrita, que piensa para opinar, que piensa antes de comer -es activista por los derechos de los animales- y que piensa sobre su sexualidad por fuera de la comodidad de la norma y en comunicación ética con prácticas que realizamos y que nos interpelan como mujeres cis y trans.

*

¿Cuál es la importancia para una persona que pueda presentarse ante la sociedad, ante su familia o amigxs como unx trabajadorx sexual?

Me parece importante porque las y los trabajadores sexuales vivimos invisibilizados, escondidos, marginados de la sociedad por todo el estigma que tiene el hecho de trabajar con la sexualidad pero finalmente el no decirlo crea más estigma y creo que si queremos luchar contra él, tenemos que hacernos visibles y que la sociedad escuche nuestras voces. Durante muchos años otros hablaron por nosotras, académicos escribieron libros sobre el trabajo sexual sin siquiera preguntarnos qué es lo que queremos o por qué lo elegimos o mostrando solo una parte de la prostitución. Las leyes y regulaciones se dictaminaron sin preguntarnos qué derechos exigimos, en los medios solo se nos incluía en noticias relacionadas a drogas o mafias y por eso tenemos que mostrar que la prostitución no es igual a trata sino que hay diversas historias y experiencias que también merecen ser escuchadas. Muchos creen que somos minoría, pero no lo somos. Si somos pocas las que hablamos es porque cada vez que una trabajadora sexual decide contar su experiencia, se le dice que su discurso no es válido o quiere ser callada de alguna manera. También muchas no lo dicen por miedo a lo que piense su familia o amigos por todo el prejuicio que hay, pero por suerte en el último tiempo somos cada vez más quienes decidimos terminar con eso y hablar.

*

¿Qué implica la criminalización que se hace de la profesión?

Criminalizar la prostitución tiene como consecuencia que muchas trabajadoras sexuales tengan que ir presas o sean perseguidas por el solo hecho de hacer de su sexualidad su herramienta de trabajo. En 18 provincias de Argentina hay artículos contravencionales que criminalizan el uso del espacio público por oferta sexual, por los que muchas compañeras pasan horas, días o hasta meses presas. También la policía les cobra coimas a aquellas que deciden trabajar en sus propios departamentos, llevándose sus pertenencias y obligándolas a hacerse pasar por víctimas de trata en los allanamientos, para muchas veces caraturarlos como rescates, logrando así no solo perjudicar a quienes deciden ser trabajadoras sexuales sino que también se ponen trabas para poder realmente trabajar en luchar contra la trata y ayudar a quienes son víctimas o están ejerciendo en malas condiciones laborales. Todo esto facilita la violencia policial, el abuso, la extorsión, la precariedad y el estigma y los estereotipos negativos que hay hacia el trabajo sexual.

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¿Te imaginás si no existiera el estigma hacia el trabajo sexual?

Me lo imagino cada vez que escucho a una compañera que cuenta que le tiene que mentir a toda su familia o a otras más grandes que relatan que sus propios padres le dejaron de hablar al enterarse de lo que hacía para sustentarse económicamente. Lo pienso cuando me llega un mail de alguien que me cuenta que alguna vez trabajó como prostituta y que lo vivía con vergüenza, escondiéndolo y que leer a mis compañeras y a mí la liberó. Cuando me acuerdo la vergüenza que sentí de mí misma por pensar en que quería trabajar de prostituta, en cuando al fin lo hice y pasé dos años escondiéndolo, mintiéndole a mi familia, sintiéndome sucia, sola y desprotegida por tener que decir que estaba en un lugar cuando en realidad estaba en otro. Una vez me preguntaron qué pensaba del estigma y dije que nunca lo había tenido cerca. En ese momento realmente no me daba cuenta de lo que era realmente el estigma y de cómo me había afectado. Es algo que sigo procesando y que cada día me sorprende más, porque es tan silencioso que no te das cuenta de lo poderoso que puede ser. Me imagino a cada uno de los que somos trabajadores sexuales viviendo sin culpas, sin miedos, sin tener políticos que deciden en base a su prejuicio y su visión moral sobre nuestro trabajo, sin mujeres muertas a las cuales no se les revisa sus casos porque fueron putas. Me imagino muchas prostitutas también que sufren o sufrieron al trabajar, eligiendo el trabajo sexual como su trabajo o al menos a no haberlo vivido como un infierno por todo lo que les representa socialmente el vender sexo. Carla Corso al hablar de su experiencia con el trabajo sexual en la película “Muerte de una puta” dice: “El único sufrimiento que he tenido es la discriminación y la marginación que la sociedad me ha impuesto”. Y lamentablemente es algo que nos atraviesa en mayor y menor medida, a todas.

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¿Qué mejoras traería la regulación?

Primero necesitamos que se nos deje de criminalizar por nuestro trabajo. Aunque en Buenos Aires por ejemplo no está penalizado formalmente, hay leyes que en distintos niveles castigan las actividades relacionadas al trabajo sexual. Por ejemplo, la Ley de trata que sigue confundiendo trabajo sexual autónomo con prostitución forzada, con puntos difusos que no dejan muy en claro cuáles son las acciones permitidas y cuáles no, lo que hace que la policía se aproveche y pueda cobrar coimas o labrar actas de manera arbitraria. El marco legal existente solo deriva en abusos y violencia por parte de la policía y de los funcionarios a cargo y en compañeras teniendo que trabajar mayoritariamente en clandestinidad. Exigimos una Ley para tener un marco normativo que nos garantice derechos. Poder acceder a derechos básicos como cualquier otro trabajador: ejercer libremente nuestro trabajo, poder acceder a una obra social, a realizar aportes para poder tener una jubilación, que nos podamos organizar en cooperativas y por último y no por eso menos importante, que se deje de perseguir a las trabajadoras sexuales poniendo el foco en nosotras y creando leyes que nos perjudican, en vez de ayudar y dar apoyo a aquellas personas que realmente son víctimas.

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¿Cómo es tu experiencia hasta el momento, luego de comunicarlo?

Contar que soy puta fue una de las mejores decisiones que tomé en mi vida. Soy una persona afortunada por poder contar con el apoyo de mi familia y de mis amigos. Sin embargo, me llevó mucho tiempo poder decirlo abiertamente y me daba tanto miedo decírselo a mis papás que nunca se los conté en persona, dejé que se enteraran por Facebook, hace un par de meses. Si no hubiera llegado a AMMAR (Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina) y leído a Georgina Orellano, que son quienes putas-feministas-maria-riot-y-georgina-orellano-ph-michelle-gentile-600x400me ayudaron a dejar de avergonzarme de mí misma, de mi trabajo y me dieron a entender que no tenía nada que ocultar, tal vez hoy seguiría sufriendo por mi elección y sin decírselo a nadie más que a pocos amigos. Me acerqué a Ammar a los pocos meses de empezar, en el 2014, pero me daba tanta vergüenza que las tres veces que fui casi no hablé y no volví a ir, pensando que yo no tenía nada interesante para decir o aportar y todavía tenía tanta vergüenza de trabajar como prostituta que no me podía apropiar de las cosas que se hablaban. En noviembre del año pasado recién acepté empezar a pensar en contarlo públicamente después de aceptar una entrevista en donde conté que hacía porno pero no fue hasta febrero de este año, después de varios meses de leer a Georgina, que dije “tengo que dejar de mentirme a mí y a los demás”. Entendí que tenía que afrontar mis miedos y mis inseguridades, que si ella había podido, entonces yo también y que además quería acompañarla y ayudar en la lucha por nuestros derechos y contra el estigma. Empecé a responder en debates en grupos de Facebook sobre el tema hablando en primera persona y al mes decidí contarlo en otra entrevista. A los pocos días me llegó un mensaje de Geor donde me invitaban a coordinar un Taller de Trabajo Sexual y desde ese día no me volví a separar ni de Ammar ni de ninguna puta. El afecto y la solidaridad que tenemos entre nosotras es más fuerte que cualquier prejuicio que pueda haber en la sociedad.

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¿Qué tenés para decir acerca de lxs clientxs o consumidorxs del trabajo sexual?

Hay una noción equívoca acerca de los clientes. Se cree que de por sí son violentos, que buscan comprarnos, cosificarnos, violentarnos y que tienen derecho a hacer lo que quieren de nosotras. Yo tenía ese miedo al empezar a trabajar y cuando empecé a conocerlos me di cuenta de que no era así. Los que consumen trabajo sexual son cualquier persona que te cruzas por la calle: seguramente conocemos a varios que pagan a prostitutas y ni lo imaginamos. Que hay clientes machistas o que se quieren pasar de vivos con nosotras, claro que sí, porque el machismo está inmerso en la sociedad y en cada uno de los trabajos. Quisiera que se dejara de pensar sobre los clientes como abusadores o basuras, porque no lo son porque además cuando hay un cliente que sí lo es, corremos el peligro de no ser escuchadas o que se nos subestime si se tiene la noción de que todos son así. Abusadores o gente de mierda, lamentablemente hay en todos lados y no es algo que describa en sí a la prostitución y a quienes la consumen. Son personas que simplemente deciden pagar por un servicio sexual, por múltiples razones. Yo tengo clientes hombres, mujeres, trans, parejas, de diversas edades, profesiones, gustos sexuales, del aspecto físico que te puedas imaginar pero lo que necesito de alguien para que sea mi cliente es que la relación sea siempre desde el respeto. Si no hay respeto, deja de ser mi cliente. Muchas sentimos que hay más violencia en el discurso abolicionista que nos trata de inútiles por no poder ser capaces de decidir por nuestro cuerpo o nos dice que nuestro trabajo no es trabajo, subestimándonos a nosotras y nuestra experiencia, que a la hora de trabajar.

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Me encontré con cuestionamientos desde tu aparición en los medios de comunicación, dichos tales como “habla desde un lugar de privilegio”. ¿Qué tenés para decir al respecto?

Creo que privilegio sería no tener que trabajar y yo soy puta porque necesito trabajar, no por diversión. Muchos se olvidan que somos trabajadoras, y que además de eso no tenemos derechos y somos discriminadas por gran parte de la sociedad.

Si entendemos como privilegio el tener una ventaja especial o exclusiva, sí soy privilegiada al compararme con la situación de otras personas que son prostitutas en consecuencia de una situación de vulnerabilidad, porque yo elijo el trabajo sexual teniendo otras opciones laborales. Pero cuando me dicen eso, que por lo general son personas que suelen tener los mismos privilegios que yo, solo se me ocurre pensar que siguen poniendo a la prostitución en el lugar de que es un trabajo totalmente ligado a la pobreza o falta de oportunidades cuando en realidad no es así y encuentro que es una manera de seguir subestimando nuestras elecciones.

Lo importante es poder reconocer cuáles son nuestros privilegios y hacer de ellos una herramienta para cambiar la realidad de quienes no los tienen.

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Asumo que tu modo de conocimiento, de pensar y vivir es feminista ¿Qué pensás del feminismo local?

En todos lados veo que el feminismo se divide entre quienes creemos que la prostitución puede ser una opción laboral y quienes no, y en ese sentido, tanto en España como en Argentina, que son los países en donde más estoy, hay mucha violencia de parte de ciertos colectivos feministas que llevan su lucha contra la trata como una lucha contra toda la prostitución y por lo tanto, contra quienes elegimos el trabajo sexual. Un posicionamiento ideológico nos separa y creo que con muchas jamás nos vamos a poner de acuerdo, pero me gustaría que al menos pudiéramos acordar en que se nos deje de criminalizar y estigmatizar. Creo que cada uno puede pensar qué son las cosas que les gustaría en un mundo ideal pero que también tiene que bajar a la realidad y darse cuenta de que la prostitución existe y que va a seguir existiendo porque que hay gente que necesita y quiere pagar por sexo y otras que estamos dispuestas a hacer ese trabajo. En ese sentido, el feminismo de las putas es a mí el único que me representa.

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¿Cómo vivenciás el feminismo relacionado al trabajo sexual?

Ser trabajadora sexual me dio las herramientas que necesitaba para salir al mundo como yo quiero ser, sin prestar demasiada atención a lo que otro pueda pensar pero sí a lo que yo creo que es correcto y a lo que quiero hacer. El trabajo sexual puede ser una herramienta de empoderamiento muy fuerte y eso lo vivimos miles y miles de mujeres en todo el mundo. Por supuesto que para otras puede que no, porque todas somos distintas y vivimos nuestras experiencias de diferentes maneras, pero a mí el autopercibirme como puta me cambió la vida. Me dio a entender que yo tengo el poder sobre mí misma y mis decisiones y me ayuda a pensar que puedo hacer cualquier cosa que me proponga, más allá de si después eso sea real o no. Hay que entender que muchas queremos ser putas y que si nos entendemos como feministas, tenemos que dejar a las demás que decidan libres sobre sus propias vidas y sus propios cuerpos, más allá de si nosotras lo haríamos o no.

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¿Qué significa realizar un porno ético?

El porno ético pretende un porno en donde el trato hacia quienes forman parte de las películas tanto actuando como en el detrás de escena sea ético, con pagas justas, contratos claros, donde prime el respeto y que haya un ambiente de trabajo seguro y consensuado. De todas maneras,  interior-maria-riot-ph-smashing-filmsno estoy segura de si sirva o no de algo actualmente etiquetar al porno como ético o feminista. Es un debate que creo que hay que dar y que fue fundamental que se de décadas atrás, pero no estoy convencida de si es lo correcto o no de seguir etiquetándolo ahora, ya que he trabajado con alguna directora que considera lo que hace como porno feminista y a la hora de grabar no se consideró a quienes trabajamos con ella y ni el pago ni el trato en general fueron éticos pero sin embargo su trabajo es catalogado como tal. También me pasó a la viceversa: trabajar con personas que no se catalogan ni como porno feminista ni ético y sin embargo trabajar con ellos fue genial, con un trato increíble, respeto en todo momento y mejor pago que quienes se consideran con estas etiquetas. Por lo que pienso, ¿quienes no se cataloguen como porno ético es porque no lo son o simplemente porque no quieren cargar con una etiqueta? Yo quiero hacer porno y listo. Por supuesto que quiero que me traten bien y que su contenido no sea sexista o racista pero aún no sé si es necesario etiquetar a la pornografía.

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¿Qué expectativas tenés de que este tipo de realizaciones se hagan en este país? ¿Qué implicancias de tipo políticas o micropolíticas creés que traerían aparejadas?

En Argentina no hay industria del porno y no sé si algún día lo habrá. Tengo expectativas porque hay personas que me preguntan cómo pueden hacer para empezar sus propias producciones o me mandan sus fotos y curriculums diciendome que quieren actuar para mí, cuando ni siquiera tengo pensando empezar a grabar ya, aunque es algo que sí quiero hacer a futuro. Sé que hay algo que moviliza a muchos, y eso de querer expresarse a través de la sexualidad y del cuerpo desnudo está cada vez más presente en los deseos de muchos. Hubo demasiada censura en cuanto al contenido erótico o pornográfico en la Argentina y pagamos las consecuencias teniendo solo dos o tres directores que hacen algo que ya todos conocemos, y que hacen una película o dos por año. Creo que es necesario porque el porno no solo es gente teniendo sexo, hacer porno significa mucho más. Y que una mujer se haga cargo de que es una persona sexual, con lo que eso significa, que quiera disfrutarlo y además mostrarlo o hablar de eso, escandaliza a muchos y creo que es más que necesario el debate y el exponer la hipocresía y doble moral que hay en la sociedad.

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¿Qué material o realizadorxs nos recomendás, en modo abc?

Sobre trabajo sexual recomiendo leer Teoría King Kong de Virginie Despentes, Porno feminista de Tristan Taormino y otros autores, los libros de Melinda Chateauvert, los textos de Laura María Agustín, a Carol Leigh, a Marta Lamas, Carol Queen. De Argentina recomiendo a Leonor Silvestri y pronto sale el libro de Georgina Orellano que creo que es un libro más que necesario y esperado que va a seguir rompiendo esa narrativa que hay sobre el trabajo sexual. Hay mucho material sobre el tema aunque lamentablemente la mayoría está en inglés o libros que no se venden en el país pero en Internet también hay muchos blogs, artículos, videos y más que nada testimonios de las mismas putas que están muy buenos. En cuanto a pornografía encuentro varios proyectos y realizadores muy buenos en la actualidad: Four Chambers, CrashPad Series, Trouble Films, Goodyn Green, Bruce LaBruce, PinkLabel.tv y todo lo que se proyecte en el Porn Film Festival Berlin. Recomiendo también la película “Mutantes: Punk porn feminism” de Virginie Despentes, donde se muestran a pioneras como Annie Sprinkle, Lydia Lunch, Candida Royalle y Linda Williams hablando de porno y de trabajo sexual. Creo que no está online pero la voy a piratear y subir a algún lado en cualquier momento.

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¿Qué actividades estás realizando para formarte?

Ahora estoy en Estados Unidos hasta fines de noviembre, realizando un curso por una beca a la cual me postulé por mi activismo de derechos animales, en un programa que se llama Alliance for Science de la Universidad de Cornell, donde estoy aprendiendo sobre medios, campañas, activismo y comunicación de la ciencia que puede ser aplicado a cualquier otra instancia. Me costó un poco aceptar la beca porque significaba no ir al Encuentro Nacional de Mujeres, pero sé que todo lo que aprenda después lo puedo trasladar a la militancia y mis amigos me prohibieron perderme esta oportunidad, así que la acepté y vine. Cuando termine, me gustaría hacerme un tiempo y estudiar algo de cine y actuación y volver a tocar música. Una editorial me propuso sacar un libro pero no creo que sea el momento por lo que dije que no, pero eso me hizo pensar también en que me gustaría mejorar mi escritura por lo que seguramente tome clases cuando vaya a Buenos Aires. Mientras tanto, leo mucho, más que nada sobre activismo, derechos animales y trabajo sexual. Me gusta aprender y repensar las cosas, ampliar mis pensamientos, cambiar. Me pasa que con muchas de las cosas que dije o pensé alguna vez, ya no pienso igual porque cambié mi forma de pensar o reflexioné y me permití escuchar otras opiniones o visiones. Si no nos damos cuenta de que nos equivocamos, para mí no hay posibilidad de mejorar.

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PH:

Maria Riot y Georgina Orellano: Michelle Gentile

Portada e interior: Smashing Films

 

La prohibición de la prostitución en Francia y otras señales de fascismo

 

Por Jerry Barnett

7 de abril de 2016

http://sexandcensorship.org/2016/04/france-bans-prostitution/

 

La prohibición de la prostitución en Francia es un signo de un profundo cambio histórico en la política francesa

 

Ayer, Francia adoptó el “modelo nórdico” para combatir el comercio sexual, haciendo ilegal comprar sexo. Como siempre, los valedores de este ataque negaron que la prostitución estuviera siendo puesta fuera de la ley; por ejemplo, en respuesta a mi tweet sobre la noticia, recibí esto:

Sex and Censorship: "Prohibición de los velos y ahora prohibición de la prostitución. Francia se está convirtiendo en un país profundamente conservador." Stephanie Lamy: "Francia no está prohibiendo la prostitución, sino todo lo contrario. Estamos prohibiendo la compra de sexo y despenalizando a las prostitutas"

Sex and Censorship:
“Prohibición de los velos y ahora prohibición de la prostitución. Francia se está convirtiendo en un país profundamente conservador.”
Stephanie Lamy:
“Francia no está prohibiendo la prostitución, sino todo lo contrario. Estamos prohibiendo la compra de sexo y despenalizando a las prostitutas”

Pero hace falta una auténtica mentalidad orwelliana para creer que uno puede poner fuera de la ley la compra de un servicio sin perjudicar a los que lo venden. Esto está, desde luego, diseñado para perjudicar a las trabajadoras sexuales. El fanatismo del movimiento antiprostitución está a la vista de todos. Las trabajadoras sexuales no están divididas al respecto: dicen claramente para cualquiera que quiera escucharlas que el trabajo sexual debe ser totalmente despenalizado. Los observadores imparciales —tales como Amnistía Internacional, que recientemente adoptó una política de despenalización— no han apreciado que este sea un argumento complicado, de dos caras. Es bien sabido que penalizar cualquier aspecto del comercio sexual daña claramente a las trabajadoras sexuales.

Así que no tratemos a los prohibicionistas como personas equivocadas con buena intención, de la misma forma que no gastaríamos saliva discutiendo sobre si es bueno o malo linchar a los negros o gasear a los judíos. Los activistas antiprostitución son fanáticos, así de sencillo. Pretenden atacar lo que odian y temen. Y este fanatismo nacido del miedo y la aversión que está en auge en Francia, es parte de un cambio histórico mucho mayor. Francia se está hundiendo otra vez en el fascismo.

Lo que es desconcertante es que, al contrario que la vez pasada, la fuerza dirigente del fascismo francés es la izquierda política. Hace unos pocos años, por ejemplo, la ministra del gobierno socialista francés Laurence Rossignol dijo que las mujeres que llevaban velo eran como “negros que apoyaran la esclavitud”. La ley antivelo fue presentada con un ligero barniz progresista, usando el “laicismo” como excusa. Pero el laicismo de Francia no es la libertad religiosa de la Ilustración. Es una oportunidad para abusar perversamente de las minorías.

Y como escribió ayer la comentadora del trabajo sexual Laura Agustín en Facebook, esta ley antiprostitución tiene también sus raíces en el profundo racismo de Francia. “En Francia, donde más de la mitad de quienes venden sexo son inmigrantes, la ley es abiertamente antiinmigración. El mensaje es: si quieres hacer esto, vete”. Francia ha sido siempre uno de los peores lugares de Europa para ser un inmigrante. Ahora la guerra francesa contra los inmigrantes se está volviendo cruel, y la izquierda está en la vanguardia de esa guerra. La tarea de la dirigente de extrema derecha Marine Le Pen ha concluído: ¿quién necesita a la extrema derecha cuando el fascismo se halla tan cómodo como en su casa en la izquierda?

El colapso de la izquierda progresista no es solo un asunto francés. No es coincidencia que, en el Reino Unido, una comisión parlamentaria dirigida por los laboristas esté tambíen intentando prohibir la prostitución. Actitudes abiertamente antisexo y actitudes veladamente racistas son ahora algo corriente en la política de la izquierda en todas partes: el reciente ataque a un estudiante que llevaba rastas —tan solo porque el estudiante era blanco— muestra que la podredumbre también está en la izquierda americana.

Para alguien como yo que una vez se encontró como en su casa en la izquierda, este cambio en el panorama político es desconcertante. El cambio de la izquierda hacia actitudes fascistas constituye el meollo de mi nuevo libro, Porn Panic!  Los valores liberales de igualdad, libertad y razón están colapsando en todo el espectro político. La prohibición de la prostitución en Francia, y la del velo, representan nubes oscuras levantándose sobre el mundo occidental.

 

“Trata de personas” se ha vuelto un término carente de significado

 

Políticos y activistas a menudo abusan de él para impulsar leyes punitivas o incitar al pánico moral

Por Noah Berlatsky @hoodedu

http://www.newrepublic.com/article/123302/human-trafficking-has-become-meaningless-term

 

trata

 

Como todo el mundo conoce, el presidente Barack Obama ha declarado que la “trata de seres humanos“ es la esclavitud de nuestros días. Dijo también que “es un crimen que puede adoptar muchas formas”.

La segunda definición es mucho más precisa. La “trata”, en la práctica, es menos un delito claramente definido que una llamada al pánico moral. La vaguedad de la definición permite o incluso anima a los gobiernos, organizaciones e investigadores a afirmar que hay decenas de millones de víctimas de trata en todo el mundo sobre la base de poco más que conjeturas hiperbólicas. Los políticos usan la retórica de la trata para retratarse a sí mismos como defensores de los oprimidos, y generar cobertura de prensa laudatoria, como ha hecho el sherif del condado de Cook Tom Dart con su cruzada contra Backpage.com y otros sitios que anuncian servicios para adultos. Y algunas figuras de alto perfil han recurrido a cuentos acerca de la trata para ganar fama. Somali Mam, la celebrada defensora antitrata camboyana, fue desenmascarada por hacer afirmaciones fraudulentas acerca de si misma y de otras mujeres a las que ayudó.

El origen exacto del término “trata sexual” no está claro, pero según Alison Bass, autor de “Salir perdiendo: las trabajadoras sexuales y la ley”, parece haber sido creado por las feministas antiprostitución en los noventas. Bass me dijo que el término “trata” fue usado especialmente para describir la inmigración de las mujeres de la colapasada Unión Soviética a los Estados Unidos. El artículo seminal de 2.000 de Donna Hughes “El mercadeo de Natasha” definió específicamente la trata como “cualquier práctica que implique desplazar a personas hacia dentro y a través de fronteras locales o nacionales con fines de explotación sexual”.

Pero los activistas antiprostitución como Hughes a menudo usan el término “explotación sexual” para incluir cualquier clase de prostitución o trabajo sexual; de hecho, Hughes insiste en su artículo en que “la trata se produce incluso si la mujer consiente”. En otras palabras, la trata puede incluir a trabajadoras sexuales que deciden emigrar ilegal o semiilegalmente desde la Europa del Este a los Estados Unidos. Esto describe a la mayoría de mujeres de las que se dijo que habían sido “víctimas de trata”, según los investigadores Robert M. Fuffington y Donna J. Guy. “Lo más frecuente”, escriben en “Una historia global de la sexualidad”, “es que estas mujeres estuvieran implicadas en alguna forma de trabajo sexual en sus países de origen y vieran la posibilidad de trabajar en el extranjero como una oportunidad de mejorar sus circunstancias”.

Mientras Hughes define la trata como “explotación sexual”, Obama usa también el término para referirse a los niños obligados a hacer servicio militar y a los obreros agrícolas forzados a trabajar en malas condiciones o sin paga alguna. Esta definición ha sido a veces respaldada por las organizaciones pro derechos de las trabajadoras sexuales, que “esperaban redirigir lo que históricamente había sido un enfoque represivo antiprostitución hacia un enfoque que mirara el sector del sexo como uno más de muchos sectores laborales”, me dijo Carol Leigh, una activista por los derechos de las trabajadoras sexuales y cineasta.

La definición más amplia de trata como explotación laboral no ha hecho mucho para cambiar la percepción pública, sin embargo. Cuando dices “trata” la gente todavía piensa en esclavitud sexual. La entrada de Wikipedia para trata de personas, por ejemplo, comienza afirmando, “La trata de personas es el comercio de seres humanos, casi siempre con fines de explotación sexual, trabajo forzado o explotación sexual comercial”: una definición que comienza y termina con sexo. En realidad, el trabajo forzado de otras clases —como el trabajo doméstico, la construcción y la agricultura— es mucho más común, según la OIT, que estima que 4,5 millones de los 21 millones de personas víctimas de trata en todo el mundo lo son de trata sexual (aunque hay que volver a decir que todas las cifras de trata son muy poco fiables y escasamente probadas).

Más aún, el término “trata” a menudo se usa para referirse a casos en los que no hay migración en absoluto. Por ejemplo, los tribunales de intervención en trata de personas de Nueva York se dedican básicamente a procesar a cualquier persona detenida por prostitución o cargos relacionados, hayan sido o no sometidos a coacción y provengan o no del extranjero. La mayor parte de las personas que pasan por los tribunales de trata de personas han sido detenidas por vagabundeo y prostitución, según un estudio realizado por Truthout.

Según Bass, “la trata se ha convertido en un nuevo nombre para un viejo problema, que es principalmente la huída de casa de adolescentes”. Los jóvenes que escapan de situaciones de abuso en sus domicilios, y que venden sexo para sobrevivir, son considerados por defecto víctimas de trata bajo muchas leyes federales y estatales. Esto, a pesar del hecho de que casi ningún adolescente fugitivo tiene proxenetas o tratantes, según un estudio del Colegio John Jay de Justicia Criminal. La mayor parte de ellos ven el trabajo sexual como la mejor forma de subsistir en la calle, dadas las limitadas opciones legales y de servicios sociales disponibles para los niños que escapan de casa. Y la mayor parte de ellos, me dijo Bass, no viajan fuera de su propio pueblo o ciudad, y mucho menos fuera del país.

Así, en la práctica, el término “trata” no significa “la esclavitud de nuestros días”. Ni significa ser transportado a través de fronteras con fines de explotación sexual. En cambio, habitualmente se refiere a una o más de las siguientes cosas:

  • ser menor de edad y vender sexo
  • inmigrar ilegalmente
  • ser sometido a cualquier clase de trabajo forzado o prácticas laborales abusivas
  • practicar trabajo sexual consensuado.

“El público parece creer que la trata sexual significa prostitución forzada”, me dijo la investigadora Tara Burns, “pero cuando te sientas y lees los documentos acusatorios por cargos de trata sexual, muy muy raramente es ese el caso”. Las trabajadoras sexuales a menudo son procesadas por haberse sometido a trata a sí mismas, dice Burns. “Bajo diferentes leyes estatales, trata sexual puede significar también los anuncios que ponen las trabajadoras sexuales de sus propios servicios o el alquiler de sus propias habitaciones de hotel, o el abuso de niños por parte de adultos sin relación alguna con la industria de sexo comercial”.

La palabra “trata”, pues, se convierte en una manera de aprovechar la imagen de mujeres jóvenes raptadas y vendidas como esclavas sexuales. Después del 11S, dice Bass, el Departamente de Estado se mostró ansioso por adoptar el lenguaje de la trata como otra manera de justificar las restricciones y la vigilancia de la inmigración inspiradas en primer lugar por el antiterrorismo, lo que es la razón por la que iniciativas como el “Centro de tráfico de personas y terroristas” del Departamento de Estado mezcla “Tráfico de seres humanos, trata de personas y viajes terroristas clandestinos” como “asuntos transnacionales que amenazan la seguridad nacional”. “Trata” puede ser usada también para hacer que las leyes antiprostitución parezcan compasivas, más que punitivas, como ocurre en los tribunales de trata de Nueva York, que enmarca a las personas detenidas como víctimas de trata necesitadas de ayuda, aunque en la práctica lo que al final siga ocurriendo es que la policía detiene a personas (especialmente mujeres de la minorías) por cargos de prostitución. En cualquier caso, la palabra es una forma de poner en el punto de mira a grupos marginados como inmigrantes y trabajadoras sexuales en nombre de un (confundido o cínico) humanitarismo.

¿Entonces, cual sería la mejor denominación? Laura Agustín, autora de “Sexo en los márgenes: migración, mercados laborales y la industria del rescate”, dice que no hay solo una. “El tema no es ‘mejorar el lenguaje’ porque el marco de presentación de los problemas sirve al control policial, no a las personas”, me dijo. “No existe término sustitutorio para trata porque usar un único término sencillamente hace desaparecer todas esas situaciones diferentes, estimula el reduccionismo y se alimenta directamente de una agenda moralista de ‘bueno contra malo’. Esta categoría fue una invención y no describe realidades”.

Si vamos a hablar de trabajadoras sexuales menores de edad con pocas opciones distintas de supervivencia, deberíamos decir que vamos a hablar de trabajadoras sexuales menores de edad con pocas opciones distintas de supervivencia, una discusión que debería centrarse en recursos y ayuda de servicios sociales, no en aplicación de la ley. De la misma forma, si el tema son las condiciones de trabajo forzado, entonces habría que prestar más atención a las principales industrias en las que ocurre. Si el tema es el trabajo consensuado entre adultos, entonces los legisladores deberían ser honestos en cuanto a usar la policía para acosar a las personas que practican trabajo sexual consensuado. No deberían pretender que están llevando a cabo una noble cruzada contra “la trata”.

 

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Noah Berlatsky es un escritor colaborador de The Atlantic, editor del sitio de comics y cultura Hooded Utilitarian, y autor de Mujer maravillosa: bondage y feminismo en los comics de Marston/Peter.