No es país para mujeres jóvenes: crímenes de honor e infanticidio en Irlanda

Publicado el 3 de junio de 2014 por Stephanie Lord

https://feministire.com/2014/06/03/no-country-for-young-women-honour-crimes-and-infanticide-in-ireland/

 

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Cuando yo estaba en primer año en la escuela secundaria en 1997, una chica del año superior al mío se quedó embarazada. Tenía 14 años. Las únicas personas a las que oí decir algo negativo sobre ella fueron un grupo de chicas mayores que llevaban con orgullo sus diminutos pines “pro-vida” en sus uniformes. Le llamaron puta a sus espaldas y dijeron que sería una mala madre. Se posicionaron como las moralmente superiores que cuidaban al bebé, pero no a la madre soltera. Son los restos de una Irlanda —un Estado fascista cuasiclerical— que nos gustaría creer que pertenece al pasado, pero que aún perdura.

La semana pasada se dio a conocer la noticia de una fosa séptica llena con los restos de 796 niños y bebés en Galway. Los restos se acumularon desde los años 1925 a 1961 y una causa común de muerte fue la desnutrición y la enfermedad prevenible. El “Hogar del Buen Socorro” había alojado a miles de madres solteras y sus hijos a través de los años. Estas mujeres habían violado el honor de sus comunidades, llevando la vergüenza a sus familias a través del embarazo “ilegítimo” y por lo tanto tuvieron que ser escondidas a toda costa y castigadas por sus transgresiones. Los niños murieron mientras vivían desechados como la basura de la sociedad que la Iglesia los consideraba, a ellos y a las madres que los dieron a luz. La mayoría de los niños que sobrevivieron fueron puestos a trabajar en escuelas industriales bajo la supervisión de pervertidos y sádicos.

Miles de los niños sanos fueron vendidos en el extranjero —en su mayoría a los Estados Unidos— para “adopción”. Para los que se quedaron, el panorama era pobre. Las tasas de mortalidad del 50% o 60% eran comunes en estos “hogares”. En el caso de los que murieron, o bien la Iglesia no sintió que fueran lo suficientemente valiosos como para alimentarles y cuidarles, o trabajó activamente para procurar su muerte. El riesgo que planteaban al orden social en virtud de las circunstancias de su concepción y nacimiento era demasiado grande para dejarlo ir sin control. Estos niños ciertamente no morían por falta de dinero o recursos por parte de la Iglesia (tenían un ingreso de los niños que vendían), y cuantos menos niños de este tipo hubiera, menos amenaza habría para el control de la Iglesia sobre la sociedad.

Si la Iglesia les hubiera permitido crecer como adultos funcionales en la sociedad irlandesa, habría corrido el riesgo de demostrar que la institución del matrimonio no era absolutamente necesaria para el bienestar moral de una persona. A las mujeres no se les permitía mantener a sus hijos porque la vergüenza que su existencia traería a la comunidad sería demasiado grande. Fueron encarceladas dentro de las lavanderías de Magdalena para expiar sus pecados de honor, y sus bebés fueron apartados de ellas como parte de su castigo: las mujeres que deshonraron a la comunidad fueron consideradas incapaces de ser madres.

La Irlanda contemporánea fingió un shock cuando surgieron las historias de las lavanderías y de las instituciones residenciales. Tal vez el choque de aquellos que eran demasiado jóvenes para haber sufrido la amenaza de ser encerrados en una de esas instituciones por “mal comportamiento” era genuino, porque las instituciones comenzaron a cerrar a medida que pasaban los años. Pero la gente de cincuenta y sesenta años recordará cómo los “niños de los hogares” vinieron a veces a las escuelas, y fueron aislados de otros niños (legítimos), y luego a veces nunca volvieron. Si bien esos escolares quizá no hayan comprendido plenamente lo que sucedió, sus padres y maestros y la comunidad de adultos que los rodeaban sí lo sabían.

Irlanda en su conjunto fue cómplice en la muerte de estos niños, y en los crímenes de honor contra las mujeres. Eran los “bebés ilegítimos” nacidos de las “mujeres descarriadas” que literalmente desaparecieron de las aldeas y pueblos de Irlanda en las lavanderías de Magdalena. Todo el mundo lo sabía, pero nadie dijo nada: “El honor debe ser restaurado. Debemos mantener el buen nombre de la familia”.

Las propias mujeres cumplían un doble propósito en las lavanderías. Eran una advertencia a las demás de lo que sucedía cuando se violaba el gobierno de la Iglesia, y eran activos financieros dedicados al trabajo duro en nombre de la Iglesia. No eran trabajadoras asalariadas; no recibieron paga. No podían irse por voluntad propia, y sus familias, en su mayor parte, no venían por ellas; la vergüenza de la familia sería demasiado grande. Irlanda tenía una estructura que usaba para encarcelar a mujeres por ser seres sexuales, por ser víctimas de violación, por no ser la incubadora idolatrada pura para el patriarcado, por no tener suficiente integridad femenina, o por ser simplemente demasiado bonitas para el gusto del sacerdote local. Irlanda tiene una larga tradición de patologizar la diferencia.

La gente sabía lo que pasaba en esas instituciones. Esa amenaza se apoderó de las mujeres de Irlanda durante décadas. En raras ocasiones, cuando la gente intentaba hablar, eran silenciados, porque la restauración del honor requiere la complicidad de la comunidad. El miedo a lo que la gente piense de la familia está incrustado en la cultura irlandesa.

El concepto de honor significa diferentes cosas en diferentes culturas, pero un hilo común es que si se rompe se puede restaurar a través de castigar a quienes lo rompen. Estamos familiarizados con los conceptos hegemónicos de “homicidio por honor” y “delitos de honor” como una forma de violencia contra las mujeres en otras culturas distintas a la nuestra. Los periódicos nos dicen que no es algo que la gente hace en Occidente. Los asesinatos de honor y los crímenes de honor son perpetuamente traídos siguiendo líneas racializadas y los medios de comunicación irlandeses y británicos los presentan felizmente en el contexto de un mito de superioridad moral.

Los crímenes de honor son actos de violencia doméstica, actos de castigo llevados a cabo por otros individuos —a veces familiares, a veces autoridades— por transgresiones reales o percibidas contra el código de honor de la comunidad. Sin embargo, sólo cuando hay una mujer que lleva un hijaab o una mujer es una persona de color, o étnica, se nombra el “honor” como una motivación para el acto de violencia. Es un término que ha sido exotizado, pero no es el acto en sí mismo o la ubicación en la que ocurre, sino la motivación que hay detrás de él, lo que es importante para definirlo.

Las mujeres de color, y las mujeres musulmanas, se construyen como el “otro”; Se nos dice que estas mujeres son dadas en matrimonio a una edad temprana por padres controladores que pasan la responsabilidad de controlarlas a los maridos. La “protección” de las mujeres se mantiene a través de un rígido sistema de control de su sexualidad en un marco de honor y vergüenza. Cuando estas mujeres transgreden los límites de la feminidad aceptable son abusadas y rechazadas por su comunidad. Los castigos van desde latigazos hasta la muerte, pero incluyen golpes físicos, secuestros y prisión.

La prisión de mujeres en las lavanderías de Magdalena merece ser nombrada como un crimen de honor debido a una obsesión cultural que creía que el buen nombre de la familia descansaba en la actividad sexual (percibida) de una mujer de la que su padre o su esposo o su hermano mayor era el cuidador. Su condena a la lavandería era para restaurar el honor familiar.

Recientemente un amigo mío twiteó cuando salió el veredicto en el juicio por asesinato de Robert Corbet. Corbet fue condenado por el asesinato de Aoife Phelan, una mujer de Laois a la que había estado viendo, quien le dijo que estaba embarazada. La golpeó y la estranguló, y luego, temiendo que no estuviera realmente muerta, le puso una bolsa negra sobre la cabeza, la cerró con dos abrazaderas y la enterró en un barril en la casa familiar. Al día siguiente subió a un avión rumbo a Nueva York para reunirse con su ex novia para intentar reparar su relación. Mi amigo había seguido el caso y en twitter se refería a Robert Corbet como tratando de pasar un “fin de semana caliente” en Nueva York.

Después de esto, mi amigo recibió correo no solicitado a su cuenta de Facebook, de una persona que dice ser el primo de la ex-novia de Robert Corbet diciendo: “… ¿Cómo te atreves a decir un fin de semana caliente en Nueva York y hablar de mi prima, que es su ex novia, de esa manera. No sabes lo que pasó cuando se fue o por qué se fue y además no conoces a mi prima, así que ¿cómo te atreves a decir que fue un fin de semana caliente. ”

La razón de mencionar esto no es, sin duda, hacer nigún tipo de juicio sobre el carácter o las acciones de la ex-novia de Robert Corbet, sino poner de manifiesto las intenciones de éste después de haber matado a una mujer, así como la mentalidad de la persona que envió este correo. Ese mensaje es un síntoma de la obsesión crónica de la Irlanda rural con la vergüenza y el mantenimiento del “buen nombre” de una persona a toda costa; Un desconocido hizo un post en Internet sobre las probables intenciones de un hombre después de asesinar a una mujer, y la reacción inmediata de otra persona no es leer lo que dijo acerca del asesinato de una mujer, sino dar fe de la pureza moral de su prima. Hay algo de malo en esto.

Había algo mal en Listowel cuando un párroco hizo una semblanza de Danny Foley, un hombre condenado por agresión sexual, cuya víctima fue rechazada después en bares y tiendas. Cuando el veredicto se hizo público, cincuenta personas (en su mayoría hombres de mediana edad) formaron una cola en el juzgado para estrechar la mano de Danny Foley. Los periodistas tomaron alegremente citas de los lugareños diciendo que era una lástima, ya que éste no era su carácter; era un buen hombre, de buena familia. La víctima no importaba. El sacerdote dijo de ella: “Bueno, ella tiene un hijo ¿sabes?, y eso no se ve bien.” John B. Keane no habría parpadeado.

No estamos tan lejos de las lavanderías de Magdalena. Robert Corbet mintió inicialmente a los guardias sobre dónde había enterrado a Aoife Phelan porque él “quiso proteger el lugar de la casa de la familia.” La necesidad de mantener el apellido intacto está incrustado en Irlanda tanto que hay incluso otras mujeres felices de ser cómplices del patriarcado y beneficiarse del mismo. Están las chicas de mi escuela que llevaban sus pines “pro-vida” (una de ellas es ahora médico,   me dicen). Están las mujeres que estrecharon la mano de Danny Foley. Están las mujeres que condenan a otras mujeres por hacer cosas que las hubieran llevado a una lavandería de Magdalena unas décadas antes. Que nadie cuestione su honor.

La cultura irlandesa se ha centrado tradicionalmente en erradicar a las mujeres problemáticas y a sus hijos. Durante años las mujeres embarazadas solteras fueron castigadas y escondidas en los reformatorios. Las mujeres que necesitan abortos viajan en silencio para tenerlos en secreto en Inglaterra, o tienen aquí abortos secretos en casa. Los ministros del gobierno participan activamente en políticas que hacen más difícil la vida a una madre soltera, y hablar en contra de ello se considera inmoral y carente de valor para la comunidad. Una persona que envía correos electrónicos no solicitados a otra persona con respecto a la pureza moral de un tercero y luego tuitea públicamente en relación a ello demuestra su propio valor para la comunidad al posicionar la importancia del papel de la mujer en la moral pública por encima del asesinato de una mujer individual; una mujer que fue enterrada en un barril para proteger la casa de la familia.

Se nos dice que guardemos silencio y no hablemos de estas cosas. En Irlanda, la diferencia y nombrar la diferencia está patologizados. Incluso aquellos que se supone que son los buenos no están exentos del efecto cultural de esto. A las mujeres, cuando son abusadas en el activismo o en internet, se les dice que no tomen represalias. Nos llaman “tóxicas y hostiles” por tener la audacia de nombrar el abuso misógino en donde lo vemos. Tenemos amenazas de muerte por hablar sobre el aborto. Pero se nos dice que “seamos amables” a toda costa. Cuando hay personas que abusan en internet de las víctimas de violencia doméstica, se nos dice que dejemos a sus abusadores solos. Las mujeres nunca deben parecer enojadas. Debemos ser amables con los que abusan de nosotras. Debemos ser siempre agradables no importa el coste que suponga para nosotras; no debemos traer vergüenza sobre la comunidad.

Esto no está tan lejos de la mentalidad que encerró a las mujeres en los reformatorios y arrojó a los niños en fosas sépticas para ser olvidados. Eso dependió absolutamente de la complicidad de toda la sociedad. No podría haber existido sin la colaboración de toda la comunidad; los maestros; los sacerdotes; las monjas; la gente que dirigía a los enterradores; los concejales locales; las personas que llevaban la ropa a las monjas; tal vez tu abuela que te arropó por la noche al ir a dormir.

Nos dicen que era un momento diferente y que las cosas son diferentes ahora.

La Defensa de la Juventud todavía vende sus pines por internet. Joan Burton continúa su cruzada para pintar a madres solteras como perezosas y sin valor. Los periódicos nacionales imprimirán libremente los artículos de opinión que las denigran. 796 niños muertos recibirán un monumento conmemorativo, pero nadie será responsable de sus muertes. A los que piden responsabilidades se les dirá que sean amables. Las órdenes religiosas que los pusieron en una fosa séptica seguirán incuestionables. Aquellos que encerraron a las mujeres en las lavanderías de Magdalena seguirán trabajando por las “mujeres descarriadas”. A las mujeres se les negará el control sobre sus propios cuerpos. Morirán por falta de atención médica.

Debe ser así. Hacer lo contrario, traería vergüenza sobre la familia. Pero cuando miramos hacia otro lado y permitimos que siga respirando la mentira de que vivimos en una democracia progresista moderna, permitimos que nuestro autoritario pasado católico continúe proyectando su sombra.

Los otros pecados de los que el Vaticano no habla

Publicado el 17/Febrero/2014

http://www.hoy.com.ec/noticias-ecuador/los-otros-pecados-de-los-que-el-vaticano-no-habla-601032.html

 

Las lavanderías de Irlanda y el robo de niños en España 

 

El Comité de los Derechos del Niño de la ONU pone  el dedo en la llaga y destapa otros escándalos que la cúpula católica  ha minimizado, ha mantenido en silencio y no ha sancionado desde hace muchos años.

El reciente informe del Comité de los Derechos del Niño de la ONU, más allá de acusar al Vaticano de un silencio cómplice sobre el abuso sexual de menores,  ha desempolvado otras cosas oscuras de la Iglesia católica.

Según la socióloga ecuatoriana Sara Oviedo, vicepresidenta de ese comité  y correlatora del  informe que tanto hizo enfadar al Vaticano, una de esas cosas oscuras  es  el escándalo de  miles de niños españoles arrebatados a sus madres por  congregaciones católicas que luego los enviaban  a orfanatos o los daban  en adopción en otros países.

Otro escándalo sobre el que el Vaticano no ha hecho mucho es el de  las lavanderías irlandesas de las Hermanas de  La Magdalena.  Según el informe del Comité de la ONU, “la Santa Sede no ha abierto una investigación interna sobre estos casos y no tomó ninguna acción contra sus responsables”.

En 2011, el Comité contra la Tortura recomendó que Irlanda procese y castigue a los responsables de los abusos  en esos lugares con penas acordes con la gravedad de los delito.  Además pidió que se  investigara la conducta del personal religioso que trabajaba en esos lugares y en todos los países en los que operaba ese sistema. Y garantizar que las víctimas reciban una reparación.

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Las lavanderías de las Magdalenas de la Sean McDermott Street en Dublín son parte del pasado oscuro de Irlanda.

Encierran una historia cruel e inverosímil: desde 1922 hasta 1996, auspiciadas por la Iglesia católica, obligaron a trabajar a más de 10 mil mujeres en condiciones infrahumanas.

Herederas de centros creados en el siglo XIX para atender a prostitutas,  las lavanderías surgieron en los años veinte del siglo pasado y perduraron hasta mediados de los noventa.

Por  más de 70 años,  las mantuvieron trabajando en estado de semiesclavitud. No hay pruebas de  abusos sexuales aunque exinternas declararon en un documental del Canal 4 de Irlanda haber sufrido ese tipo de agresión. La mayoría  fue recluida  por ejercer la prostitución,  10% con autorización de su familia y  19% por voluntad propia. Fueron castigadas, por ejemplo, por  no pagar el pasaje de  tren, robar o mendigar.  Por eso  eran consideradas socialmente caídas.

La exhumación de una fosa con 155 cadáveres en   terrenos de un exconvento de las Hermanas de la Caridad fue el detonante de la campaña de supervivientes y familiares. En la web Magdalene Survivors Togheter,  Sullivan, una de ellas, dice: “Con 12 años me sacaron de mi escuela y me llevaron a una lavandería. Me dijeron que seguiría  estudiando, pero  no sucedió. Trabajaba limpiando ropa. Como era muy pequeña, me construyeron una caja para que pudiera subirme y alimentar las calderas. Me escondieron en un túnel cuando llegaron los inspectores escolares. Supongo que porque no debería estar allí. Las monjas han destruido mi vida”.   (MEVO,  EFE y El País)

 

El histórico perdón oficial pedido a las víctimas en Irlanda

 

El 19 de febrero de 2013, Irlanda  cerró otro capítulo de su negra historia de abusos en instituciones estatales.

Lo hizo  con una sentida disculpa oficial del Gobierno de Dublín a las miles de mujeres encerradas en las lavanderías de la Magdalena, negocios privados regentados por monjas católicas.

Las supervivientes presenciaron el pedido de perdón   expresado por el primer ministro, Enda Kenny, en nombre del Estado y de la ciudadanía desde el balcón de la Cámara baja. En su intervención, que terminó  con una cerrada ovación de  la sala, el líder conservador reconoció que las víctimas  merecen más que una disculpa formal y anunció compensaciones económicas y apoyo.

Justicia por las Magdalenas, grupo de defensa de las sobrevivientes, anunció el fin de su campaña que se inició en 2009, tras el pedido de disculpas. Su portavoz  Claire McGettrick, dijo: “Muchas mujeres vivieron y murieron tras esos muros, lavando los ropas sucias del país. Estoy contenta de que tanta gente se haya acercado  para recordarlas y honrarlas, porque no fueron tratadas con dignidad en vida y al morir. Estamos haciendo algo para repararlo”. En tanto, una multitud con velas encendidas se acercó a las puertas del Parlamento.

 

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Feministas y conservadores religiosos en extraña alianza contra el sexo transaccional

Opinión: el derecho a decir “no” es importante, y también el derecho a decir “sí”

 

Por Fionola Meredith

29 de diciembre de 2013

http://www.irishtimes.com/news/social-affairs/feminists-and-religious-conservatives-in-strange-alliance-over-transactional-sex-1.1638669

 

Las feministas y los fundamentalistas religiosos no deberían mezclarse. Si encuentran una causa común, es a menudo una señal de que la moral unidimensional o el fanatismo ideológico —rígida adhesión, alimentada por una emoción exacerbada, a mensajes y creencias absolutistas— se han vuelto más importantes de lo que son para la gente real en el mundo real.

Consideremos la planeada introducción de nuevas leyes que penalicen la compra de sexo en Irlanda, norte y sur. En el norte, la Human Trafficking and Exploitation Bill, propuesta por el miembro del Partido Unionista Democrático y acérrimo Presbiteriano Libre Lord Morrow, está ahora en fase de comisión en Stormont. Esta ley, que hará ilegal comprar sexo, fusiona de hecho a las trabajadoras sexuales con las víctimas de trata de seres humanos, tratándolas no como dos categorías distintas y ocasionalmente superpuestas de personas, sino como un grupo homogéneo  de victimas oprimidas y afligidas. La aparentemente impensable noción de una mujer, o también un hombre, que decida hacer dinero mediante la venta de sexo está enteramente ausente. No obstante, esta ley ha recibido una entusiasta bienvenida por parte de muchas activistas pro derechos de la mujer, especiamente Women’s Aid, que justifica su postura con la afirmación de que “cualquiera que compre servicios sexuales está apoyando la esclavitud sexual y la degradación de los derechos humanos”. (No sabemos lo que las propias trabajadoras sexuales piensan de estas propuestas, ya que nadie, al parecer, se ha molestado en preguntarlas).

 

Libre elección

La situación en el sur es similar. En junio, el comité de Justicia Oireachtas respaldó la introducción de leyes contra los compradores de sexo. Esto fue considerado una victoria por Turn Off the Red Light, una organización antiprostitución dirigida fundamentalmente por Ruhama, un proyecto de dos de las órdenes religiosas asociadas con las lavanderías de las Magdalenas, y por el Immigrant Council, que fue fundado por una monja de una de estas órdenes y está dirigido ahora por una sedicente feminista radical. Aquí también, todo el discurso es acerca de explotación y daño, perjuicio y coacción: la noción de libre elección y autonomía personal es descartada como una imposibilidad. Parece que las prostitutas solo existen si son criaturas rotas y pasivas, destruidas por los horribles apetitos de los hombres, y deseosas de aceptar guía y socorro. Hay un énfasis repetido en “enviar mensajes”, tanto negativos como positivos: Turn Off the Red Light dice que “si una mujer está en venta, esto envía el mensaje de que potencialmente todas las mujeres están en venta”. Penalizar al cliente, por otra parte, “envía un claro mensaje” de que en la sociedad irlandesa “no es aceptable comprar a otra persona como una mercancía para la gratificación personal”.

Las feministas radicales y los conservadores religiosos (o una antinatural combinación de ambos) son capaces de llevar el peso en este tema porque ambos están guiados por su compartida repulsión hacia el sexo transaccional, considerado como un mal social, ya por ser un vicio moral o ya por ser una forma de solapada violencia contra las mujeres. Ambos grupos se centran por entero en el “mensaje” simbólico que desean enviar a la mayoría de la sociedad: que la prostitución es una abominación que debe ser eliminada y erradicada por el bien de todos. Y tanto unas como otros están voluntariamente ciegos a las consecuencias de su postura moralista sobre las mismas personas que dicen que quieren rescatar y proteger: las propias trabajadoras sexuales, algunas de las cuales, de forma bastante molesta, se niegan a permitir ser salvadas.

 

El error de la penalización

Las pruebas procedentes de todo el mundo muestran que penalizar a los clientes no acaba con la prostitución, ni siquiera reduce la demanda de forma sustancial. Pero, en cambio, hace daño a las trabajadoras sexuales, aumentando su riesgo de sufrir violencia, exponiéndolas a tensiones y problemas de salud, haciéndolas sentirse estigmatizadas y cazadas y completamente ninguneadas a la hora de tomar decisiones.

En los lugares donde la compra de sexo está fuera de la ley, son las personas que lo venden las que pagan el precio. En 2012, ONUSIDA, el programa de la ONU para el VIH/SIDA, declaró que “el enfoque de penalizar a los clientes se ha demostrado que repercute en las trabajadoras sexuales”, creando “un entorno de miedo y marginación”. ¿Qué importa esto cuando se ha dicho —y se ha consagrado en la ley— que la prostitución es moral e ideológicamente mala?

Nadie en su sano juicio condonaría los horrores de la trata con fines de explotación sexual, ni la coacción de cualquier clase, allí donde existam. Pero decir que cualquiera que venda sexo es una víctima es una falsedad patente; o peor, es una mentira culpable, al rehusar admitir la complicada realidad de la prostitución y —con toda la retórica de degradación y esclavitud— al negar a las mujeres y hombres que trabajan en la industria del sexo el poder de tomar decisiones sobre sí mismos, aunque sean decisiones desagradables. Cayendo en esta intromisión seudofilantrópica (“nosotros sabemos lo que es mejor para ti, debes ser salvada”) estos ideólogos, tanto seculares como religiosos, privan también a las trabajadoras sexuales de la segunda libertad más importante y ganada con esfuerzo tras el derecho a decir no: el derecho —si así lo deciden— a decir sí.

 

Irlanda: salvar en nombre de la pureza

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25 de agosto de 2013

http://rabble.ie/

La necesidad de “limpiar” Irlanda de trabajadoras sexuales y de la industria del sexo no es nueva. En los primeros años veinte del siglo pasado, la Legión de María, dirigida por Frank Duff, decidió cerrar el abominable Monto de Dublín. Con la reputación de ser el mayor barrio rojo de Europa, se ha estimado que hasta 1.600 mujeres y chicas trabajaban allí en cualquier momento dado. El Monto proveía para todos los gustos y grupos sociales; incluso se decía que el Rey Eduardo VII había perdido allí su virginidad. La zona tenía que desaparecer. Los guardianes morales de la sociedad irlandesa habían tomado la decisión de que no podía haber todas aquellas mujeres callejeras teniendo relaciones sexuales a cambio de dinero y, lo que era quizás peor, relaciones sexuales fuera del matrimonio. Al diablo con el hecho de que muchas de las mujeres que habían trabajado las calles terminarían en las Lavanderías de las Magdalenas o en la indigencia sin medios de subsistencia.El Monto no era de ninguna manera un paraíso utópico para las trabajadoras sexuales, pero dio a muchas mujeres el control sobre la forma de conseguir ingresos. Y no es que el control de las mujeres sobre sus propias vidas estuviera muy en boga en la época.

El otro eslabón de la cadena, las Lavanderías de las Magdalenas, fueron negocios gestionados por órdenes religiosas tales como las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad. Las Lavanderías podrían haber tenido la finalidad de asegurar que las mujeres que entraban en ellas hicieran penitencia y expiaran sus pecados, pero fueron también boyantes empresas financieras. Lograron lucrativos contratos de lavandería de las instituciones del Estado y de las empresas locales. Para las órdenes religiosas que controlaban las Lavanderías, las prisioneras que residían en ellas fueron no sólo “mujeres descarriadas”, sino también activos financieros. Aquellas zorras lascivas pudieron trabajar por su perdón y las buenas monjas pudieron limpiar Irlanda y hacer de paso algo más que unas pocas libras.

Noventa años más tarde, parecería que estas mujeres están todavía necesitadas de salvación y que Irlanda todavía necesita ser limpiada del trabajo sexual y, lo más importante, de las trabajadoras sexuales. Si bien algunas personas pueden considerar como algo desordenado la noción de pagar, o ser pagadx, por un polvo, eso no es en verdad una razón legítima para tratar de prohibirlo. Podemos estar todos de acuerdo en que la trata y el proxenetismo son cosas horribles, pero estos no están presentes en todos los aspectos del trabajo sexual irlandés. Sin embargo, ese es el argumento que usan constantemente los que hacen campaña por su abolición. Sí que hay personas víctimas de trata introducidas en Irlanda para hacer trabajo sexual, pero muchas de las que trabajan en el sector toman libremente la decisión de ofrecer sus servicios a cambio de dinero. Retratar a toda trabajadora sexual como oprimida víctima de trata no ayuda a nadie. Es un fácil cliché, del mismo modo que la mayor parte de los artículos acerca del tema publicados por los medios impresos serán inevitablemente acompañados  por la foto de archivo de una mujer con medias de malla, minifalda y tacones inclinándose sobre la ventanilla de un coche. Pero esto sirve a una finalidad que es caracterizar a este grupo ya estigmatizado como algo que no es. Como un grupo homogéneo. No todas las trabajadoras sexuales de Irlanda están explotadas por chulos o son yonkis desesperadas. ¿Qué mejor manera de erradicar la voz de un grupo marginado que deshumanizarlo por completo?

Esto puede chocar a algunos, podría incluso disgustar a otros, pero hay en Irlanda trabajadoras sexuales que son adultas y han decidido libremente hacer lo que están haciendo y tener relaciones sexuales por dinero y, sencillamente, vivir sus vidas.

Esto ciertamente disgusta a Ruhama, una organización con el dudoso origen de haber sido fundada como una “iniciativa conjunta de las Hermanas del Buen Pastor y las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad”, que, según su página web, tiene una “larga historia de implicación con mujeres marginadas, incluyendo aquellas implicadas en prostitución”. Esta “larga historia” serían las Lavanderías de las Magdalenas mencionadas más arriba. Ruhama, como parte de la coalición Turn Off the Red Light (Apaga la Luz Roja), ha sido una de las fuerzas dirigentes de la campaña de presión para introducir en Irlanda una ley antiprostitución al estilo sueco. El modelo sueco básicamente penaliza a los puteros, que son mayoritariamente clientes masculinos de trabajadoras sexuales mayoritariamente femeninas. Si eres de la opinión de que el trabajo sexual es… lo peor, y debe ser erradicado cueste lo que cueste, pues bien, pero el coste corre de cuenta de aquellas mujeres que trabajan en esa industria, no de cuenta de aquellos que pontifican sobre su moralidad.

Para Laura Lee, una escort nacida en Dublín, “el modelo sueco tiene varios graves efectos adversos. Empuja aún más el comercio a la clandestinidad —mayor penalización significa que necesitan apartarse más de las autoridades. Esto supone riesgos”. Para Laura, estos riesgos son exacerbados por la amenaza añadida de quedarse sin vivienda, ya que los caseros pueden ser perseguidos si sus pisos se usan para vender sexo. Para una mujer independiente que trabaje en su casa esto podría significar que un casero nervioso la eche de su casa y acabe con sus ingresos. La consecuencia de aprobar esta ley es que, para las mujeres implicadas, será más peligroso ganarse la vida, no menos.

En última instancia, organizaciones como Ruhama están reforzando el estigma que deben afrontar a diario las trabajadoras sexuales en Irlanda. Este estigma aisla y margina a las mujeres que trabajan aquí en la industria del sexo. Para Laura, trabajar en Irlanda significó que: “Tan pronto como se supo lo que estaba haciendo hubo gente insultándome a gritos por la calle. Fui un día a Dunnes y un chico se puso a seguirme diciendo ‘no sabía yo que vendían putas aquí. Me pregunto si dan dos por una’. Enseguida me dí cuenta de que en los clubs nocturnos la gente me evitaba. Es como si dijeran ‘la toleraremos, pero sólo en apariencia’”.

Según TORL, el trabajo sexual es malo. Pero ni siquiera se dignan llamarlo trabajo sexual. Por lo que a ellos respecta, son “mujeres prostituídas” y nunca “trabajo”. Y están muy preocupados por la trata. No tanto cuando las víctimas son jóvenes asiáticos que son introducidos bajo trata en Irlanda para sentarse en invernaderos como botánicos prisioneros; pero no están teniendo sexo así que eso no importa ¿verdad? Creen que todas las trabajadoras sexuales son víctimas de abuso y que Ruhama, y sólo Ruhama, puede ser considerada la legítima voz de las trabajadoras sexuales. Eso está muy alejado de lo que muchas trabajadoras sexuales de base os dirán. Están casi ausentes de cualquier debate público. No merece la pena escucharlas porque al fin y al cabo no son más que prostitutas y ¿qué van a saber ellas?

Para la mayor parte de los grupos que integran la coalición TORL, sus motivaciones son probablemente buenas. Si tienes delante de ti a una organización como Ruhama que te está vendiendo que la prostitución es una forma de violencia contra las mujeres y que la ley sueca ha sido muy eficaz para reducir la prostitución y la trata,  probablemente comprarás. Aparte del hecho de que el gobierno sueco admitió en su informe a ONUSIDA el año pasado que, de hecho, no tenía ni idea de cuánta prostitución había en Suecia, debido a que estaba muy oculta. Oh, y la policía sueca ha informado de que la trata ha crecido significativamente desde que se implantó esta ley particular ley .

El propósito de las Lavanderías de las Magdalenas fue controlar las vidas de las mujeres y ganar dinero, pero rescatar a las mujeres descarriadas de la Irlanda moderna viene a ser un poco lo mismo. Puede que nunca puedas estar seguro de cuáles son sus motivaciones, pero sí puedes especular sobre por qué algunas organizaciones están metidas en esto. Laura Lee dice a propósito de las motivaciones: “Su agenda parece no ser otra cosa que conseguir continuamente financiación. Financiación del Gobierno y sueldos. Les conviene presentar a la industria del sexo bajo un aspecto muy malo. La industria del rescate vale mucho dinero. Todos ellos dicen que somos víctimas de trata explotadas por chulos —incluso si estamos dando saltos diciendo que no”. Cuando las propias trabajadoras sexuales están contando las cosas de forma diferente que TORL, se puede plantear la molesta pregunta, “¿Quién puede saber mejor qué ellas qué es ser trabajadora sexual?”.

Y cuando se trata de cómo Ruhama lleva a cabo sus campañas, para ser honestos, muchas de las cosas que dice a los mediso son sencillamente inventadas. Como cuando dice que “tenemos una coalición de un millón de personas que nos apoyan”. Es una afirmación de dudosa veracidad considerando que la cifra de “un millón” se basa en el número de afiliados de los sindicatos que han apoyado públicamente a TORL. Sindicatos que no tienen precisamente la costumbre de hacer encuestas entre sus afiliados para ver cuántos de éstos apoyan realmente la iniciativa. Y se nos podría perdonar que nos preguntemos cúantos de este millón de personas han pagado por sexo en Irlanda.

TORL menciona continuamente la cifra de ochocientas mujeres que anuncian venta de sexo en internet en Irlanda en un momento dado. Cifra que es básicamente caída del cielo, o como ellas lo llaman, “a partir de búsquedas en sitios web de internet”. En algunos informes han mencionado que había hasta 468 mujeres anunciándose en Escort Ireland, pero nunca han mencionado de dónde viene la cifra de 800.¿Son las mismas mujeres que se anuncian en múltiples sitios o las mismas mujeres que tienen múltiples anuncios en Escort Ireland?  Por otra parte, han mantenido que el entramado legal sueco hace que haya menos prostitución en Suecia que en los países vecinos, cuando no hay una investigación creíble basada en pruebas que respalde esta afirmación.

Rachel, una escort rumana que trabaja en Dublín desde hace unos años cuestiona estas cifras y la ausencia de la propia voz de las trabajadoras sexuales en el debate. “Cuando tienes un dolor de cabeza vas al médico, pero el médico no dirá que la mayoría de las personas en Irlanda sufren de dolor de cabeza, pero lo que Ruhama dice de que la mayoría de las escorts de Irlanda están trabajando contra su voluntad se basa en aquellas con las que están trabajando… Todas las escorts se anuncian en Escort Ireland, así que no sé… Dicen que quieren luchar contra la trata de seres humanos, pero todas las escorts que yo conozco trabajan por su propia libre voluntad. Recuerdo la redada del año pasado, 200 pisos fueron registrados por la policía y no encontraron ni una sola escort que fuera víctima de trata o trabajara contra su voluntad”.

Pero a pesar de las buenas intenciones de aquellos que están realmente tras TORL, ello no quita para que el hecho de penalizar a los compradores haga las cosas más peligrosas para las trabajadoras sexuales. El miedo a las potenciales consecuencias de la penalización está muy claro para Rachel, “si los condones van a ser usados como prueba de que ha habido relaciones sexuales con el cliente (en el caso de que éste sea penalizado) las trabajadoras sexuales podrían dejar de usarlos. Las repercusiones de este tipo de miedo para la salud de las mujeres y sus clientes es obvia”.

La penalización hace que la industria se vuelva más clandestina y crea más chulos. Da también a la policía más control sobre las vidas de estas mujeres. Y eso significa que dos mujeres que, siendo ambas trabajadoras sexuales, compartan un apartamento por seguridad, podrían ser acusadas de posesión de burdel. Para ser una ley que supuestamente pretende proteger a las mujeres y hacer su vida más fácil, tiene más bien el tufo de las políticas contra la desviación de aquellos que vaciarón Monto hace noventa años. Está claro que hay que traer de vuelta a las Hermanas del Buen Pastor, Irlanda necesita ser salvada. No podéis tener inmundo, sucio, pecaminoso sexo por dinero. No, deberíais estar limpiando servicios por el salario mínimo. ¿Y si no podéis pagar la factura de la luz o dar de comer a vuestros hijos? Pues os aguantáis. Mejor que ser una puta y todo eso.

                    
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Irlanda: Las órdenes religiosas de las “lavanderías” encabezan la coalición contra el trabajo sexual

 PATSY McGARRY, Religious Affairs Correspondent
25 de junio de 2011

 

Dos de las congregaciones religiosas que dirigieron las lavanderías Magdalene han fundado y dirigen la agencia Ruhama, con base en Dublín, que está financiada por el Estado y trabaja “con mujeres afectadas por prostitución y otras formas de explotación sexual comercial”.

Según su página web, la agencia recibe fondos del Ministerio de Salud y del Ministerio de Justicia.

Ruhama, que significa “vida renovada” en hebreo, es descrita como una “iniciativa conjunta de las Hermanas del Buen Pastor y de las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad, ambas con una larga historia de implicación con mujeres marginadas, incluidas aquellas implicadas en prostitución”.

Ambas congregaciones se negaron a declarar ante “Justicia para las Magdalenas”, un grupo de apoyo para mujeres que habían estado en las lavanderías, incluídas aquellas dirigidas por las Hermanas del Buen Pastor en Limerick, Cork, Waterford y New Ross, y aquellas dirigidas por las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad en High Park en Drumcondra y Sen MacDermott Street en Dublín.

En una carta en respuesta al portavoz de “Justicia para las Magdalenas”, Prof. James Smith, el 23 de junio del año pasado, Sor Sheila Murphy, de las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad dijo que “no deseaba tener, ni ahora ni en el futuro, ninguna reunión con usted.”

En un e-mail de 17 de junio del año pasado, Sor Bernie McNally de las Hermanas del Buen Pastor, dijo al Prof. Smith que no se reuniría con él y que “no le respondería en adelante”.

Encabezando la lista del consejo director de Ruhama están Sor Sheila Murphy y Sor Bernadette McNally.

Según informó el The Irish Times, datos proporcionados por el Ministro de Salud revelaban que la Hermanas del Buen Pastor habían recibido más de 14,4 millones de euros del Servicio Ejecutivo de Salud desde 2006.

No se han revelado datos de las sumas que las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad recibieron durante este período ni cuánto recibió cada orden del Departamento de Justicia.

A pesar de haber vendido extensas propiedades en Waterford, Cork y Limerick, las Hermanas del Buen Pastor dijeron, a raíz de la publicación del informe Ryan en 2009, que no tenían recursos para contribuir a los costes de la rehabilitación de las personas que habían sufrido abusos de niños en instituciones también dirigidas por ellas.

Asilos de las Magdalenas: 

http://es.wikipedia.org/wiki/Asilo_de_las_Magdalenas

http://www.magdalenesurvivorstogether.com/

http://videosift.com/video/Sex-In-A-Cold-Climate-Documentary-The-Magdalene-Asylums (con subtítulos en italiano)

http://www.whatpossessedme.com/wpm/2008/11/the-magdalene-laundries.html#tp