Muerte al proxeneta: el futuro del trabajo sexual en América Latina

Las trabajadoras sexuales están organizadas, exigen que se reconozcan sus derechos laborales y acabar con el proxenetismo. En Chile nace una web por y para putas, donde podrán vender sus servicios sin intermediarios y con un sello inclusivo. 

 

Por Greta di Girolamo Harsanyi

18 de marzo de 2021

https://www.vice.com/es/article/akdbnk/muerte-al-proxeneta-el-futuro-del-trabajo-sexual-en-america-latina

 

La revolución puteril está siendo en Sudamérica.

Eso concluyen las cuatro trabajadoras sexuales sentadas a la mesa. Entre ellas está Hirenka, trabajadorx sexual de 20 años, no binarix y mapuche, pueblo indígena del Cono Sur. Es integrante de Fundación Margen, una organización de trabajadoras sexuales de Chile. Lleva el pelo corto decolorado, polera suelta, lentes ópticos, el cuello tatuado con las fases de la luna y tres piercings en la nariz. Hirenka desafía el estereotipo de prostituta que suelen cargar las mentes.

“Cuando dices puta, automáticamente viene a tu cabeza la imagen de una mujer derruida, mal maquillada, cagá de frío en una esquina. Eso es una construcción que se ha hecho. Es muy importante deconstruir este imaginario caricaturesco de trabajadora sexual como una persona miserable y aterrizarlo más bien como personas políticamente informadas que estamos luchando por nuestros derechos y para que nuestro trabajo sea validado como tal. No nos encontramos en papel de víctimas ni delincuentes. El abolicionismo no nos posiciona como sujetos capaces de decidir. Nos patologiza o nos victimiza”, dice Hirenka.

El abolicionismo es su enemigo.

De este son partidarios  los conservadores religiosos, para quienes el trabajo sexual es inmoral y atenta contra las buenas costumbres y un largo etcétera especialmente estricto cuando se trata de la vida sexual de las mujeres.

También  las feministas abolicionistas, que plantean que las mujeres que “venden sus cuerpos” lo hacen porque no han tenido otra oportunidad de subsistencia en la vida y que el porno y la prostitución deben erradicarse porque perpetúan la cosificación de las mujeres.

“El abolicionismo dice que no existe el consentimiento con dinero de por medio porque el consentimiento no se compra. Entonces, que nosotras somos las violadas. Y no. Imagínate eso, que ya ni siquiera yo pueda decir ‘yo consentí’, porque me dicen ‘sos una pobre boluda que no entiende nada y te están violando’. Ni siquiera tenemos autonomía, nos están quitando nuestro derecho a disentir”, dice Pochi, trabajadora sexual  de 30 años y fotógrafa erótica que se ha dedicado a retratar a personas con cuerpos e identidades sexuales no convencionales.

Según la lógica de que si hay dinero de por medio no existe consentimiento real, ¿cuántas personas toman decisiones consentidas, de forma totalmente libre? Lo dice Virgine Despentes en la Teoría King Kong: en un contexto en el cual el patriarcado explota a las mujeres en todos sus quehaceres, la prostitución se abre como un trabajo en el cual pueden ganar más dinero trabajando menos horas. ¿Por qué preferir ser explotada en una fábrica textil o ejercer trabajo doméstico no remunerado en el matrimonio antes que prostituirse? ¿Es más escandaloso solamente porque está implicado lo sexual/genital? ¿Es lo sexual más sagrado que la salud física y mental de las obreras?

“La sociedad ve tan normal comercializar las ideas o prostituir los ideales. Comercializar con el sexo es mi decisión”, dice Olympia Loló, documentalista y trabajadora sexual de 34 años que se ha formado como asistente sexual para atender a personas con diversidad funcional-discapacidad.

Trabajo sexual es trabajo

Además de que es un trabajo más rentable que muchos otros, el trabajo sexual es algo que a varias les apasiona y a través de lo cual encontraron su empoderamiento y autoplacer. Lo que sí es incuestionable es que las trabajadoras sexuales viven en constante precariedad y vulneración.

La Red de Trabajadoras Sexuales de América Latina y El Caribe (RedTrasex) nació en 1997 y agrupa a trabajadoras sexuales y organizaciones de catorce países de la región. Lleva años reuniendo testimonios y haciendo estudios sobre la situación que se vive en la región y todas las conclusiones apuntan a que el gran problema es el estigma social y la clandestinidad en la que están obligadas a trabajar. El objetivo primordial de RedTrasex es conseguir que los estados de la región consideren lo que hacen ellas como cualquier otro trabajo y, por lo tanto, les garanticen ciertos derechos laborales.

“En un futuro no muy lejano el trabajo sexual va a ser reconocido como tal porque no les va a quedar otra. Por la fuerza del movimiento latinoamericano que, te aseguro, no la tiene ningún otro movimiento de ningún otro continente. El compromiso de las trabajadoras sexuales latinoamericanas es admirado por compañeras de varios países del mundo. Con falta de recursos económicos, muy poca cooperación internacional, con fuerza y garras, somos capaces de hacer las cosas que hacemos”, dice Elena Reynaga, trabajadora sexual de 67 años y Secretaria Ejecutiva de la RedTrasex. Y añade: “Esto va a ser como el tema de la ley de aborto: los países van a aflojar de a poco. No pasarán más de tres o cuatro años. Pero no queremos que ningún iluminado nos diga cómo tiene que ser nuestra ley. Lo que queremos es que nos convoquen y nos dejen participar”.


“En un futuro no muy lejano el trabajo sexual va a ser reconocido como tal porque no les va a quedar otra. Por la fuerza del movimiento latinoamericano que, te aseguro, no la tiene ningún otro movimiento de ningún otro continente”.


Para lograr su objetivo, se involucran en  instancias internacionales, como en las asambleas generales de la OEA y la Corte Interamericana de Derechos Humanos, lo que va de la mano con el trabajo territorial en cada país.

En Chile, por ejemplo, la Fundación Margen está impulsando la creación de un gran sindicato nacional de trabajadoras sexuales. “De aquí a dos años más queremos que a nivel nacional y latinoamericano todas lleguemos a formar sindicatos de trabajadoras sexuales”, dice Herminda González, trabajadora sexual de 59 años, directora de Margen y secretaria organizacional de la RedTrasex. Además, están trabajando en un proyecto de ley que propone que trabajadoras sexuales paguen impuestos, tengan derecho a salud y jubilación y sean protegidas frente a proxenetas físicos y virtuales.

Las condiciones legales tienen variaciones según el país, pero en general ocurre lo que pasa en Chile: el trabajo sexual no es del todo ilegal pero tampoco está regularizado. “Hay un vacío legal del que se aprovechan las fuerzas de seguridad para chantajear y el proxenetismo para explotar. Seguimos sin tener derechos laborales, nuestro trabajo está cada día más clandestinizado. Y todas las políticas que hay van dirigidas a la trata, el tráfico y el proxenetismo, eso nos invisibiliza”, dice Elena Reynaga.

En Argentina, por ejemplo, en 2012 se aprobó una modificación a la ley 26.842, que eliminó la posibilidad de que pueda existir consentimiento para dedicarse al trabajo sexual. “Ha mezclado los conceptos de trata de personas con destino a la industria del sexo y trabajo sexual consentido, lo que a su vez ha conducido a allanamientos violentos y coercitivos llevados a cabo por agentes de las fuerzas del orden en domicilios y lugares de trabajo de personas dedicadas al trabajo sexual”, indica un informe de Amnistía Internacional al respecto.

Ammar, organización argentina de trabajadoras sexuales, viene levantando la voz hace años por este tema, alertando que la ley precariza aún más a quienes ejercen el comercio sexual e incluso las lleva a la cárcel. En su página web se lee: “bajo este esquema sólo se escucha a quien se identifica como víctima de explotación sexual mientras que aquellas mujeres que no encajan en ese perfil son consideradas automáticamente como victimarias”.

Otro ejemplo es la ley FOSTA/SESTA. FOSTA es por Fight Online Sex Trafficking Act (Lucha contra el tráfico sexual en línea) y SESTA es por Stop Enabling Sex Traffickers Act (Detener la habilitación a traficantes sexuales). Fue aprobada por Trump en 2018 con el supuesto objetivo de combatir la trata de personas con fines de explotación sexual y su oferta en Internet. Lo que hace es prohibir todo contenido que podría estar relacionado con la prostitución y responsabilizar de su publicación a los dominios estadounidenses. O sea, los .com. O sea, casi todas las páginas que usamos, tipo Facebook o Instagram y también muchas especializadas en contenido erótico.

La ley —que no ha demostrado tener efectividad en el combate contra la trata— ha perjudicado a miles de trabajadoras sexuales. Sin previo aviso ni posibilidad de reclamo, a muchas les cerraron sus cuentas en redes sociales, donde mostraban su trabajo, se comunicaban con clientes, generaban redes de apoyo con otras trabajadoras sexuales y desarrollaban su activismo.

“Lo que genera esta ley es más la marginalización que una lucha real contra la trata de personas”, dice SkinByrd, trabajadora sexual virtual de 31 años, especializada en BDSM.  En 2019 le cerraron sus cuentas de Instagram y Facebook, cercenando muchas de sus redes de contacto, el respaldo de todo su trabajo durante años —que no es otra cosa que su curriculum— y los contratos que tenía como influencer con marcas; sin seguidores, se acaba el acuerdo. “Fue un promedio de 1.500 euros que de un momento a otro se eliminaron en mi cuenta anual”, dice.

Sin la posibilidad de trabajar por su propia cuenta, ya sea accediendo a espacios para atender clientes o promocionando y vendiendo contenido erótico de forma independiente, las trabajadoras sexuales quedan sometidas al yugo del proxenetismo.

Neoproxenetismo 

El proxenetismo se ha reinventado. Están los clubes que, si bien no suelen recortar las ganancias de las trabajadoras sexuales, muchas veces operan con mafias bajo un ambiente de constante amenaza.

“Como el trabajo sexual no está regularizado, pero sí existe y genera mucho dinero, quedamos en manos de mafiosos, gente corrupta, que tiene cero conocimiento de educación sexual y empatía con las trabajadoras sexuales. Hay situaciones nefastas, te arriesgas y a veces trabajas con angustia. No deberíamos estar relacionadas con personas peligrosas o que roban por el solo hecho de querer trabajar en el comercio sexual”, dice Olimpya Loló, que ha trabajado en clubes de Chile, España y Brasil y también en agencias.


“No deberíamos estar relacionadas con personas peligrosas o que roban por el solo hecho de querer trabajar en el comercio sexual”.


Las agencias publican fotos y videos de mujeres. Las que son escogidas por un cliente, van a hoteles o en algunos casos la misma agencia arrienda un espacio donde pueden tener sexo. Ese arriendo también ocurre en otra modalidad que es “trabajo sexual de departamento”. Para que todo salga a cuenta, a veces tienen que atender a más de seis clientes en un día.

Y está el proxenetismo virtual, muy común y muy poco visibilizado. Es el abuso de material erótico, como fotos y videos, ya sea lucrando con él o extorsionando a las mujeres que lo producen, quienes muchas veces lo hacen en secreto. Por alguna de estas situaciones  han pasado muchas trabajadoras sexuales virtuales.

“El proxenetismo virtual es muy rápido, es la sinvergüenzura a la orden del día. Como no podemos ofrecer nuestros servicios en Mercado Libre, por ejemplo, se han creado plataformas específicas para trabajadoras sexuales, que terminan cobrando el 40% de lo que la chica gana. Muchas veces se quedan con videos producidos por compañeras y las chantajean con divulgarlos”, dice Elena.

“Son páginas administradas por hombres hétero-cis. Siempre está el tema de las categorías: culonas, negras, vip… en algunas páginas incluso te pueden poner puntaje y los clientes ponen comentarios como ‘era muy gorda’ o ‘tenía muchos pelos’. Te pueden cerrar la cuenta cuando quieran y se quedan con tus dólares y no hay dónde reclamar. Se lavan las manos”, dice Hirenka.

Para algunas entra en esta etiqueta OnlyFans: plataforma web de venta de contenido exclusivo que ha sido muy utilizada por las trabajadoras sexuales y ha tenido su boom durante la pandemia. Fue fundada por Tim Stokely y es administrada por Fenix International Ltd., cuyo dueño es Leo Radvinsky, un hombre que ha sido demandado por robo y estafa, y acusado de administrar sitios de contenido erótico con etiquetas de búsqueda asociadas a menores de edad. En una entrevista que dio en diciembre de 2020, Stokely aseguró que la plataforma suma 500 mil usuarios por día y deja más de 200 millones de dólares por mes a sus creadores. “Es gente millonaria que se llena los bolsillos gracias a un grupo marginal”, dice Skinbyrd.

Putas autónomas

Muerte al proxeneta.

Muerte al patriarcado.

Muerte al policía.

Muerte al pedófilo.

Todo eso significa, también, MAP: Movimiento Autogestionado de Putas. Una organización que nació el año pasado por la unión de nueve trabajadoras sexuales de Chile y Argentina decididas a terminar de una vez por todas con la precariedad de su trabajo. O al menos disminuirla. Entre ellas están Pochi, Hirenka, Skinbyrd y Olympia Loló.

MAP no es sólo un movimiento, es una empresa inscrita legalmente. Y su proyecto estrella es Erótida, una plataforma web donde las trabajadoras sexuales podrán ofrecer sus diferentes servicios: citas presenciales, fotos, videos, videollamadas e incluso productos de sus emprendimientos, como accesorios eróticos o lencería hecha a mano por ellas. Cada una tendrá su perfil y su calendario para agendar.

“Lo estamos haciendo todo nosotras. No queremos depender de nadie ni que nadie gane plata a costas de nuestro trabajo. Todo lo que no sabemos lo vamos a aprender y lo vamos a hacer nosotras mismas”, dice Pochi, quien lidera la creación de Erótida.


“Lo estamos haciendo todo nosotras. No queremos depender de nadie ni que nadie gane plata a costas de nuestro trabajo”.


Pochi está estudiando diseño de experiencia de usuario, Olympia está aprendiendo after effects y planea tomar un curso animación 3D, Skinbyrd aún no decide si comenzar un curso de marketing digital o uno de project manager.

Las tres están sentadas alrededor de una mesa en una pieza de la casa de Pochi que está habilitada como la primera oficina de Erótida. Están en reunión. En la pared cuelga una hoja con el logo de Erótida: una especie de diablilla rosada con cuernos y botas de taco alto. También una hoja con las posibles paletas de colores y tipografías de la marca. En la mesa también están Hirenka y Cristian. Cristian es algo así como el sugar daddy.

Sugar daddy: Persona (en general hombre) que da regalos, dineros u otros beneficios a cambio de sostener un vínculo sexual y/o afectivo con otra persona (en general mujer). Tipos de sugar daddy y tipos de intercambios hay miles.

Cristian y Pochi se conocieron porque él era su cliente, y han ido profundizando su vínculo. Ahora él es el inversor del proyecto, ha puesto a disposición su plata y su trabajo como ingeniero en informática. Cristian y Pochi son la dupla maestra que está haciendo el diseño y desarrollo web de Erótida, un proyecto que costaría más de 30 mil dólares mandar a hacer.

Hablan en un lenguaje incomprensible, lleno de tecnicismos computines que también están anotados en la pizarra del fondo. Una de las cosas que traducen es esta: por FOSTA/SESTA los servidores gringos son muy restrictivos para el trabajo sexual y por eso buscaron servidores del mundo entero para elegir el más liberal; dieron con uno australiano que les permite publicar y vender contenido erótico sin censura. De hecho, su mayor inspiración es Tryst.link, una página australiana de contenido erótico hecha por trabajadoras sexuales.

Para desarrollar Erótida hicieron un estudio de mercado con una encuesta que contestaron 200 trabajadoras sexuales de distintas edades,  con diferentes ganancias y de distintos países: Chile, Argentina, México Perú, Uruguay y Colombia. La conclusión fue que todas trabajan con inseguridad, no confían en las agencias ni en los sitios web, tienen muchos problemas para retirar su dinero y están cansadas de perder tiempo hablando con tipos que finalmente no les pagan por sus servicios.

La estrategia del equipo Erótida es ofrecer una solución a esos problemas y así, además de ayudar a la comunidad, atraer a las trabajadoras sexuales y que lleven sus clientes a la página. Además de la posibilidad de reunir todos sus servicios y tipo de contenido en un solo sitio, Erótida promete un sistema de seguridad que no permite sacar pantallazos ni descargar contenido sin que haya sido pagado, cero censura, un sistema de dinero virtual con “eroticoins” que les permitirá acceder a sus ganancias de forma fácil y cuando quieran y la confianza de que es dirigido por y para trabajadoras sexuales.

A diferencia de las páginas típicas, el chat no será para que los clientes puedan opinar de culos y pelos, sino un foro interno para generar redes y confianza entre las trabajadoras sexuales. Para que sean ellas las que se pasen los datos de los buenos y malos clientes.

Erótida ya tiene su propia productora audiovisual: Erotida films, a cargo del corto Kill your local rapist, estrenado el año pasado vía streaming y exhibido en el festival de cine Excéntricofest. Planean lanzar un podcast y una revista web, con contenido producido por y para trabajadoras sexuales.

Y ofrecerán asesoría legal, un sistema de ayuda económica y capacitaciones. Todo esto bajo valores de no competencia y tolerancia cero a conductas de odio hacia personas LGBTIQ+.

“Queremos construir comunidad. Reivindicar y visibilizar a las putas, darles voz. Queremos que nuestra red de trabajadoras sexuales crezca y sea más poderosa. Porque solo nos tenemos a nosotras”, dice Pochi.

Erótida se pondrá en marcha en Chile y Argentina durante abril y el plan es expandirla por toda América Latina y el Caribe más adelante.

La visión es esta: en el futuro, el trabajo sexual será normado como trabajo, tendrá un sello inclusivo, quienes lo ejerzan no dependerán del proxenetismo y habrán poderosos sindicatos de trabajadoras sexuales en todos los países de América Latina y el Caribe. Aquí, la palabra puta se cargará con orgullo.

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Objeciones feministas al actual proyecto de Ley de libertades sexuales

“Manifestamos nuestra profunda preocupación por la posibilidad de que, en nombre del consentimiento de las mujeres, se apruebe un texto legal que supone la anulación del valor del consentimiento de las mujeres.”

 

Por Laura Macaya

1 de marzo de 2021

https://www.almendron.com/tribuna/objeciones-feministas-al-actual-proyecto-de-ley-de-libertades-sexuales/

 

Quienes firmamos estas líneas consideramos que dentro de los feminismos existe una rica y poderosa genealogía de luchas por la emancipación que es hoy especialmente importante para hacer frente tanto a la desposesión y precarización generalizada que produce el capitalismo financiero global como a los proyectos reaccionarios que amenazan con recortar nuestros derechos y libertades. Necesitamos hoy un feminismo que apueste por políticas transformadoras fuera del abuso del código penal que caracteriza a la política conservadora, comprometido con ampliar nuestros márgenes de autonomía y libertad y que defienda los derechos de las mujeres más precarias y vulnerables.

Por ello, consideramos urgente y necesario destacar los problemas que en este sentido supone la aprobación del Anteproyecto de Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual tal y como ha sido propuesto por el actual Gobierno de coalición. Encontramos en él una preocupante apuesta por el punitivismo, detectamos una deriva puritana que no hace más que reforzar los argumentos patriarcales de la sacralidad del sexo de las mujeres e identificamos medidas que van a suponer aun mayores obstáculos y dificultades para mujeres que ya sobreviven en condiciones de alta precariedad, como es el caso de las trabajadoras sexuales.

Este proyecto de ley es punitivo al suponer una ampliación de las conductas que pueden ser consideradas delitos, como es el caso del acoso sexual callejero, la tercería locativa y una nueva definición de proxenetismo no coactivo. Nos parece que un feminismo emancipador debe ser crítico con las formas tradicionales de ejercer el poder y con el endurecimiento de un sistema penal que siempre recae con más intensidad sobre las poblaciones más vulnerables. En cuanto a las formas de comportamiento sexista más leves que las mujeres pueden vivir —tanto en la calle como en otros espacios—, creemos que el feminismo está hoy en día capacitado para combatir el machismo a través de la educación, la pedagogía y la disputa cultural de los sentidos comunes, pero nunca colaborando en la construcción de un sentido común punitivo que solo puede acabar siendo funcional al avance de las derechas.

El abordaje penal de las violencias de género no se ha demostrado eficaz como estrategia de prevención del delito y no ha dado resultados significativos respecto a la disminución de los índices de violencia. Creemos que el feminismo tiene que apostar más por la transformación de las conductas que por la sanción y el castigo. Si algo sigue estando pendiente en las políticas públicas feministas es la puesta en marcha de políticas basadas en el fortalecimiento de la capacidad de agencia y de decisión de las mujeres. Esperamos por parte de un gobierno progresista la apuesta tanto por un derecho penal mínimo como por políticas decididas contra la pobreza, la precariedad y la falta de independencia económica de las mujeres. En este sentido nos parece preocupante la propuesta de un reforzamiento penal que no está basada en la eficacia y que parece tener más que ver con el derecho penal simbólico o las rentabilidades políticas del populismo punitivo.

Esta ley, de orden proteccionista y centrada en las “soluciones” penales, desatiende que el principal reto para ampliar la libertad de las mujeres es el de deshacer la tradicional estigmatización del deseo y el placer femeninos. En este sentido, la petición de un sexo explicitado que hace la ley, supuestamente purificado de todas las ambigüedades, dudas, inconsciencias o incluso malentendidos que forman inevitablemente parte de la negociación sexual, nos parece que no va a suponer una ampliación del margen de las mujeres para explorar los deseos con libertad, sino un contraproducente incremento de la regulación sexual en nombre de la seguridad. La definición de consentimiento recogida en el anteproyecto de ley, que establece que todo acto sexual en el que no se manifieste la voluntad expresa de participar en el mismo puede ser considerado delito, nos parece que refuerza la imagen patriarcal tradicional de la vulnerabilidad y la fragilidad femeninas. Esta manera de entender el consentimiento promueve una visión sacralizada e infantilizada de la sexualidad de las mujeres al impedirles elaborar, por sí mismas y al margen del proteccionismo estatal, estrategias para establecer límites sexuales ante conductas intrusivas de baja entidad.

Basándose en esta mirada victimizadora de las mujeres y en un excesivo proteccionismo estatal, se niega la capacidad de decisión de las trabajadoras sexuales al establecer como delito el proxenetismo no coactivo. Queremos manifestar nuestro rechazo a un texto legal que considera a las mujeres no aptas para otorgar consentimiento, dando por hecho que encontrarse en una situación de vulnerabilidad te convierte en alguien que no sabe lo que quiere. De nuevo creemos que la tarea de las instituciones ha de ser garantizar derechos para fortalecer, empoderar y ampliar la capacidad de negociación, pero nunca poner en duda la mayoría de edad de las mujeres. No creemos que las mujeres tengan siempre razón —como no lo creemos de los hombres—, pero, como feministas, combatimos el tradicional descrédito que el patriarcado ha hecho de la voz de las mujeres. En este sentido nos parece indefendible, y menos en nombre de lemas como “Yo sí te creo”, la introducción en nuestro código penal de delitos sexuales que quedan establecidos volviendo inválido e irrelevante el consentimiento de las mujeres. Manifestamos nuestra profunda preocupación por la posibilidad de que, en nombre del consentimiento de las mujeres, se apruebe un texto legal que supone la anulación del valor del consentimiento de las mujeres.

Laura Macaya es especialista en intervención y diseño de políticas públicas en violencia de género. Activista en Proyecto X. Empar Pineda Erdozia es cofundadora de la Comisión proderecho al aborto y del Colectivo de Feministas Lesbianas de Madrid. Clara Serra es filósofa, profesora e investigadora de la Universidad de Barcelona y Cristina Garaizabal es activista feminista y psicóloga. Cofundadora del Colectivo Hetaira. Firman además este texto Virginie Despentes. Escritora. Carolina del Olmo. Filósofa y escritora. Itziar Ziga. Activista feminista, periodista y escritora. Paloma Uría. Doctora y militante feminista y antifranquista de Asturias Raquel Osborne. Socióloga feminista. Miren Ortubay. Profesora de Derecho Penal. Dolores Juliano. Antropóloga feminista. Nuria Sánchez Madrid. Filósofa y profesora de la UCM. Maria Luisa Maqueda Abreu. Catedrática de Derecho Penal de la Universidad de Granada. Ruth Mestre i Mestre. Profesora de Filosofía del Derecho de la U.V. Nuria Alabao. Periodista y activista. Miguel Missé. Sociólogo y activista trans. Rosa Montero. Periodista y escritora. Alba Pez. Socióloga y militante feminista. Fefa Vila Núñez. Activista queer y profesora UCM. Mamen Briz. Periodista y activista feminista. Rommy Arce. Militante de Anticapitalistas. Marta Jiménez Jaen. Profesora de Sociología del género de la Universidad de La laguna. Noemi Parra Abaúnza. Profesora de Trabajo Social de la ULPGC. María Teresa Márquez González. Abogada y militante feminista Sara Rodríguez Pérez. Pedagoga y sexóloga. Belén González. Educadora social. Programa Por los Buenos Tratos- Acción en red Andalucía. Nerea Fillat. Editora y miembro de la Fundación de los Comunes. Isabel Cercenado Calvo. Activista feminista. Máster en Género y Políticas de Igualdad UV. Belén Gutiérrez García. Feminista y educadora infantil. Sejo Carrascosa Lopez. Activista marika. Lumagorri cisheteroaren aurkako taldea. Ester Pérez González. Periodista. Antonio Navarro Escudero. Miembro de la Ejecutiva Regional de CCOO Castilla la Mancha. Maria Victoria Delicado Useros. Profesora Titular de la Universidad de Castilla la Mancha. María Nebot. Profesora de Filosofía, activista feminista y ex Consejera de Igualdad del Cabildo GC. Santiago Alba Rico. Filósofo y escritor. Concha García Altares. Activista feminista, Cofundadora del Colectivo Hetaira. Josetxu Riviere. Especialista en trabajo en masculinidades e igualdad. Zelia Garcia, Periodista, consello redacción Andaina. Nanina Santos, Equipo redacción ANDAINA, revista galega de pensamento feminista. María López Montalbán. Educadora y exvicepresidenta de la Asamblea Regional de Murcia. Norma Vázquez García. Terapeuta feminista. Elo Mayo Cabero. Experta en políticas públicas de género. María Valvidares. Profesora de Derecho Constitucional Universidad de Oviedo. Mª Antonia Caro. Educadora social. Activista feminista. Josefina Jiménez Betancor. Enfermera. Activista feminista. Estefanía Acién González. Profesora de Antropología Social de la Universidad de Almería. Participante en la iniciativa #UniversidadSinCensura. Carmen Heredero. Feminista y sindicalista. Especialista en coeducación. Paky Maldonado López. Psicóloga, orientadora educativa, docente LGTBI

 

Simone de Beauvoir: “Prostitutas y hetairas” (Capítulo IV de “El segundo sexo”)

 

 

CAPÍTULO IV

PROSTITUTAS Y HETAIRAS

Ya hemos visto (1) que el matrimonio tiene como correlativo inmediato la prostitución. «El hetairismo —dice Morgan— sigue a la Humanidad hasta en su civilización como una oscura sombra que se cierne sobre la familia.» Por prudencia, el hombre consagra a su esposa a la castidad, pero él no se satisface con el régimen que le impone.

(1) Volumen I, parte segunda.

Los reyes de Persia —relata Montaigne, quien aprueba su sabiduría— llamaban a sus mujeres para que los acompañasen en sus festines; pero, cuando el vino los caldeaba y necesitaban soltar la brida a la voluptuosidad, las enviaban a sus habitaciones privadas, para no hacerlas partícipes de sus apetitos inmoderados, y ordenaban que acudiesen en su lugar mujeres con las cuales no tenían la obligación de mostrarse respetuosos.

Hacen falta cloacas para garantizar la salubridad de los palacios, decían los Padres de la Iglesia. Y Mandeville, en una obra que hizo mucho ruido, decía: «Es evidente que existe la necesidad de sacrificar a una parte de las mujeres para conservar a la otra y para prevenir una suciedad de carácter más repelente.» Uno de los argumentos esgrimidos por los esclavistas norteamericanos en favor de la esclavitud consistía en que, al estar los blancos del Sur descargados de las faenas serviles, podían mantener entre ellos las relaciones más democráticas {650}, más refinadas; de igual modo, la existencia de una casta de «mujeres perdidas» permite tratar a la «mujer honesta» con el respeto más caballeresco. La prostituta es una cabeza de turco; el hombre descarga su torpeza sobre ella y luego la vilipendia. Que un estatuto legal la someta a vigilancia policíaca o que trabaje en la clandestinidad, en cualquier caso es tratada como paria.

Desde el punto de vista económico, su situación es simétrica a la de la mujer casada. «Entre las que se venden por medio de la prostitución y las que lo hacen a través del matrimonio, la única diferencia consiste en el precio y la duración del contrato», dice Marro (1). Para ambas, el acto sexual es un servicio; la segunda está comprometida para toda la vida a un solo hombre; la primera tiene varios clientes que le pagan por unidades. Aquella está protegida por un varón contra todos los demás; esta se halla defendida por todos contra la exclusiva tiranía de cada uno. En todo caso los beneficios que extraen del don de su cuerpo están limitados por la competencia; el marido sabe que podría haber elegido otra esposa: el cumplimiento de los «deberes conyugales» no es una gracia, es la ejecución de un contrato. En la prostitución, el deseo masculino, al no ser singular sino especifico, puede satisfacerse con no importa qué cuerpo. Esposa o hetaira, ninguna logra explotar al hombre más que en el caso de que adquieran sobre él un singular ascendiente. La gran diferencia entre ellas consiste en que la mujer legítima, oprimida en tanto que mujer casada, es respetada como persona humana; y este respeto empieza a dar jaque seriamente a la opresión. Mientras que la prostituta no tiene los derechos de una persona y en ella se resumen, a la vez, todas las figuras de la esclavitud femenina.

(1) La puberté.

Resulta ingenuo preguntarse qué motivos empujan a la mujer a la prostitución; hoy ya no se cree en la teoría de Lombroso, que asimilaba a las prostitutas con los criminales y que solo veía degenerados en unos y otras; según afirman las estadísticas, es posible que, de una manera general {651}, el nivel mental de las prostitutas esté un poco por debajo del nivel medio y que el de algunas sea francamente débil: las mujeres cuyas facultades mentales están disminuidas eligen de buen grado un oficio que no exige de ellas ninguna especialización; pero la mayor parte de ellas son normales, y algunas, muy inteligentes. Ninguna fatalidad hereditaria, ninguna tara fisiológica, pesa sobre ellas. En verdad, en un mundo en que la miseria y la falta de trabajo causan estragos, tan pronto como una profesión se abre, se encuentran gentes dispuestas a ejercerla; mientras existan la Policía y la prostitución, habrá policías y prostitutas. Tanto más cuanto que estas profesiones, por término medio, reportan más beneficios que otras muchas. Es hipócrita en grado sumo asombrarse de la oferta que suscita la demanda masculina; se trata de un proceso económico rudimentario y universal.

«De todas las causas de la prostitución —escribía en 1857 Parent-Duchâtelet, en el curso de su encuesta—, ninguna más activa que la falta de trabajo y la miseria, que es consecuencia inevitable de los salarios insuficientes.» Los moralistas bien pensados replican sarcásticamente que los lacrimosos relatos de las prostitutas son novelas para uso de clientes ingenuos. En efecto, en muchos casos la prostituta podría haberse ganado la vida de otra manera: pero, si la que ha elegido no le parece la peor, eso no prueba que tenga el vicio en la sangre; más bien eso condena a una sociedad donde ese oficio es todavía uno de los que a muchas mujeres les parece el menos repelente. La pregunta suele ser: ¿por qué lo han elegido? Pero la cuestión es más bien la siguiente: ¿por qué no hablan de elegirlo? Entre otras cosas, se ha advertido que gran parte de las prostitutas se reclutaban entre las sirvientas; eso fue lo que estableció Parent-Duchâtelet para todos los países, lo que observaba Lily Braun en Alemania y lo que hacía notar Ryckère respecto a Bélgica. Alrededor del 50 por 100 de las prostitutas han sido antes criadas. Una ojeada a la «habitación de la criada» basta para explicar el hecho. Explotada, esclavizada, tratada como objeto más que como persona, la criada para todo no espera del porvenir ninguna mejoría de su suerte; a veces tiene que sufrir los caprichos {652} del amo de la casa: de la esclavitud doméstica y los amores ancilares, se va deslizando hacia una esclavitud que no podría ser más degradante, pero que ella sueña más dichosa. Además, las mujeres que prestan sus servicios como criadas son muy a menudo desarraigadas; se calcula que el 80 por 100 de las prostitutas parisienses proceden de las provincias o del campo. La proximidad de su familia, la preocupación por su reputación impedirían a la mujer abrazar una profesión generalmente despreciada; pero, perdida en una gran ciudad y no encontrándose ya integrada en la sociedad, la idea abstracta de la «moral» no representa para ella un obstáculo. Cuanto más rodea la burguesía de temibles tabúes el acto sexual —y, sobre todo, la virginidad—, tanto más se presenta en muchos medios obreros y campesinos como una cosa indiferente. Multitud de encuestas coinciden en este punto: hay un gran número de jóvenes que se dejan desflorar por el primero que llega y que inmediatamente después consideran natural entregarse al primero que pase. En una encuesta realizada con cien prostitutas, el doctor Bizard ha comprobado los hechos siguientes: una había sido desflorada a los once años, dos a los doce, dos a los trece, seis a los catorce, siete a los quince, veintiuna a los dieciséis, diecinueve a los diecisiete, diecisiete a los dieciocho, seis a los diecinueve años; las demás lo habían sido después de los veintiún años. Así, pues, había un 5 por 100 que habían sido violadas antes de su formación. Más de la mitad decían haberse entregado por amor; las otras habían consentido por ignorancia. El primer seductor es frecuentemente joven. Lo más corriente es que se trate de un camarada de taller, un colega de oficina, un amigo de la infancia; después vienen los militares, los contramaestres, los ayudas de cámara, los estudiantes; la lista del doctor Bizard incluía, además, dos abogados, un arquitecto, un médico, un farmacéutico. Es bastante raro, en contra de lo que quiere la leyenda, que sea el propio patrón quien desempeñe el papel de iniciador: pero con frecuencia lo es su hijo, o su sobrino, o uno de sus amigos. Commenge, en su estudio, señala también el caso de cuarenta y cinco muchachas de doce a diecisiete años que {653} habían sido desfloradas por desconocidos a quienes no habían vuelto a ver jamás; habían consentido con indiferencia, sin experimentar placer. Entre otros, el doctor Bizard ha detallado los siguientes casos:

La señorita G., de Burdeos, al salir de] colegio de monjas a los dieciocho años de edad, se deja arrastrar por curiosidad, sin pensar mal, a una roulotte, donde es desflorada por un forastero desconocido.

Una niña de trece años se entrega, sin reflexionar, a un señor a quien encuentra en la calle, al que no conoce y a quien no volverá a ver nunca más.

M. nos cuenta textualmente que ha sido desflorada a la edad de diecisiete años por un joven a quien no conocía… Se dejó hacer por ignorancia.

R., desflorada a los diecisiete años y medio por un joven a quien no habla visto nunca y con quien se encontró por azar en casa de un médico de la vecindad, al cual había ido a buscar para que atendiese a su hermana enferma; el joven la llevó en su automóvil para que regresara más rápidamente; pero, en realidad, después de haber obtenido de ella lo que deseaba, la dejó plantada en plena calle.

B., desflorada a los quince años y medio, «sin pensar en lo que hacía», dice textualmente nuestra cliente, por un joven a quien no ha vuelto a ver; nueve meses después, dio a luz una hermosa criatura.

S., desflorada a los catorce años por un joven que la atrajo a su casa so pretexto de presentarle a una hermana suya. En realidad el joven no tenía hermana; pero sí la sífilis, y contagió a la niña.

R., desflorada a los dieciocho años, en una antigua trinchera del frente, por un primo casado, con quien visitaba el campo de batalla y que la dejó encinta, lo cual la obligó a abandonar a su familia {654}.

C., de diecisiete años de edad, desflorada en la playa una noche de verano por un joven a quien acababa de conocer en el hotel y a cien metros de sus respectivas madres, que charlaban de trivialidades. Contagiada de blenorragia.

L., desflorada a los trece años por su tío, mientras escuchaban la radio, en tanto que su tía, a quien le gustaba acostarse temprano, descansaba tranquilamente en la habitación contigua.

Esas jóvenes que han cedido pasivamente, no por ello han sufrido menos el traumatismo de la desfloración, podemos estar seguros de ello. Uno querría saber qué influencia psicológica ha ejercido en su porvenir tan brutal experiencia; pero no se psicoanaliza a las rameras, que son torpes para describirse a sí mismas y se ocultan detrás de clisés establecidos. En algunas de ellas, la facilidad para entregarse al primero que llegó se explica por la existencia de los fantasmas de la prostitución de que hemos hablado: hay muchachas muy jóvenes que imitan a las prostitutas por rencor familiar, por horror hacia su naciente sexualidad o por el deseo de jugar a ser personas mayores; se maquillan escandalosamente, frecuentan el trato con muchachos, se muestran coquetas y provocativas; ellas, que todavía son infantiles, asexuadas y frías, creen poder jugar impunemente con fuego; un día un hombre les toma la palabra y ellas se deslizan de los sueños a los hechos.

«Una vez hundida una puerta es difícil tenerla cerrada», decía una joven prostituta de catorce años (1). Sin embargo, raramente se decide la muchacha a ponerse en una esquina inmediatamente después de su desfloración. En algunos casos, sigue apegada a su primer amante y continúa viviendo con él; toma un oficio «honrado»; cuando el amante la abandona, otro la consuela; puesto que ya no pertenece a un solo hombre, estima que puede darse a todos; a veces es el amante —el primero, el segundo— quien sugiere ese medio de ganar dinero. Hay también muchas jóvenes a quienes {655} prostituyen sus padres: en algunas familias —como la célebre familia de los Juke—, todas las mujeres están destinadas a ese oficio. Entre las jóvenes vagabundas se cuenta también un elevado número de niñas abandonadas por sus deudos, que empiezan por ejercer la mendicidad y de ahí se deslizan a las esquinas. En 1857, Parent-Duchâtelet comprobó que, de 5.000 prostitutas, 1.441 habían sido influidas por la pobreza, seducidas y abandonadas, y 1.255 habían sido abandonadas y dejadas sin recursos por sus padres. Las encuestas modernas sugieren, poco más o menos, las mismas conclusiones. La enfermedad empuja frecuentemente a la prostitución a la mujer que ha quedado incapacitada para realizar un verdadero trabajo, o que ha perdido su empleo; destruye el precario equilibrio del presupuesto, obliga a la mujer a inventarse apresuradamente nuevos recursos. Lo mismo ocurre con el nacimiento de un hijo. Más de la mitad de las mujeres de Saint-Lazare han tenido, por lo menos, un hijo; muchas han criado de tres a seis; el doctor Bizard se refiere a una que había traído al mundo catorce hijos, ocho de los cuales vivían todavía cuando él la conoció. Hay pocas, asegura, que abandonen a su pequeño; y sucede que sea precisamente para alimentar a su hijo por lo que la madre soltera se convierte en prostituta.

(1) Citada por MARRO: La puberté.

Entre otros, cita el siguiente caso:

Desflorada en provincias, a la edad de diecinueve años, por un patrón de sesenta años, cuando la muchacha vivía con su familia, se vio obligada, una vez encinta, a abandonar a los suyos para dar a luz una hermosa hija, a quien ha educado muy correctamente. Después del parto, se trasladó a París, se colocó como nodriza y empezó a ponerse en las esquinas a la edad de veintinueve años. Así, pues, hace treinta y tres años que se ha estado prostituyendo. En el límite de sus fuerzas y de su valor, solicita que la hospitalicen en Saint-Lazare.

Sabido es que la prostitución se recrudece también durante las guerras y en el curso de las crisis que las siguen {656}.

La autora de Vie d’une prostituée, publicada en parte en Temps modernes (1), relata así sus comienzos:

(1) Ha hecho aparecer este relato, clandestinamente, bajo el seudónimo de Marie-Thérèse, y con este nombre la designaré.

Me casé a los dieciséis años con un hombre que me llevaba trece. Me casé para salir de casa de mis padres. Mi marido solo pensaba en hacerme hijos. «Así te quedarás en casa y no saldrás por ahí», decía. No quería que me maquillase, no quería llevarme al cine.

Tenía que soportar a mi suegra, que venía a casa todos los días y siempre daba la razón al cerdo de su hijo. Mi primer hijo fue varón, Jacques; catorce meses más tarde, di a luz otro, Pierre. Como me aburría empecé a seguir un curso de enfermera, lo cual me gustaba mucho… Entré en un hospital de los alrededores de París, con las mujeres. Una enfermera que era una pilluela me enseñó cosas que no conocía. Me dijo que acostarse con su marido era un suplicio. Estuve luego seis meses entre hombres sin tener un solo capricho. Pero un día, un verdadero patán, un hueso de taba, pero hermoso muchacho, entró en mi habitación privada… Me hizo comprender que podría cambiar de vida, que podía irme con él a París, que dejaría de trabajar… Sabía bien cómo engatusarme… Me decidí a marcharme con él… Durante un mes, fui verdaderamente feliz… Un día llegó acompañado por una mujer bien vestida, elegante, y me dijo: «Mira: esta se defiende muy bien.» Al principio, no accedí. Incluso busqué un empleo de enfermera en una clínica del barrio, para hacerle ver que no quería ponerme en las esquinas; pero no podía resistir mucho tiempo. El me decía: «No me quieres. Cuando una mujer quiere a un hombre, trabaja para él.» Yo lloraba. En la clínica, estaba muy triste. Finalmente, me dejé llevar al peluquero… Y me inicié en el oficio. Julot me seguía inmediatamente detrás, para ver si me defendía bien y para avisarme cuando aparecía la Policía…

En ciertos aspectos, esa historia está de acuerdo con la clásica historia de la joven enviada a las esquinas por un chulo. Sucede a veces que sea el marido quien desempeñe este último papel. Y algunas veces también una mujer {657}.

En 1931, L. Faivre realizó una encuesta entre 510 jóvenes prostitutas (1); halló que 284 vivían solas, 132 con un amigo, 94 con una amiga generalmente unida a ella por lazos homosexuales. Cita (con sus respectivas ortografías) los siguientes extractos de sus cartas:

(1) Les jeunes prostituées vagabondes en prison.

Suzanne, diecisiete años. Me he entregado a la prostitución, sobre todo, con prostitutas. Una que me retuvo mucho tiempo era muy celosa, y por eso me fui de la calle de…

Andrée, quince años y medio. Dejé a mis padres para irme a vivir con una amiga a quien encontré en un baile; me di cuenta en seguida de que quería amarme como un hombre; estuve con ella cuatro meses, y luego…

Jeanne, catorce años. Mi pobre papaíto se llamaba X. Murió a consecuencia de la guerra en el hospital, en 1922. Mi madre volvió a casarse. Yo iba a la escuela para obtener mi diploma de estudios; una vez que lo obtuve, hube de aprender costura… Después, como ganaba muy poco, empezaron las disputas con mi padrastro. Tuve que colocarme como sirvienta en casa de madame X., en la calle de… Estaba sola desde hacía diez días con su joven hija, que podía tener unos veinticinco años, y advertí un gran cambio en ella. Luego, un día, igual que un hombre, me confesó su gran amor. Vacilé, luego tuve miedo de que me despidieran y terminé por ceder; entonces comprendí ciertas cosas. Trabajé, después me encontré sin trabajo y tuve que ir al Bois, donde me prostituí con mujeres. Trabé conocimiento con una dama muy generosa, etc.

Con bastante frecuencia, la mujer no se plantea la prostitución como un medio provisional para aumentar sus recursos. Pero se ha descrito multitud de veces la manera en que se encuentra después encadenada. Si los casos de «trata de blancas» en cuyo engranaje se ve cogida por la violencia, falsas promesas, engaños, etc., son relativamente raros, lo que sí es frecuente es que se vea retenida en la carrera contra su voluntad. El capital necesario para sus comienzos {658} le ha sido proporcionado por un chulo o una «patrona» que ha adquirido derechos sobre ella, que recoge la mayor parte de sus beneficios y del cual o la cual no logra liberarse. Durante varios años, «Marie-Thérèse» ha librado una verdadera lucha antes de conseguirlo.

Por fin comprendí que Julot sólo quería mi parné, y pensé que lejos de él podría ahorrar un poco de dinero… En la casa, al principio, era tímida, no me atrevía a acercarme a los clientes para decirles: «¿Subimos?» La mujer de un compañero de Julot me vigilaba de cerca y hasta contaba mis pasos… Luego, Julot me escribió para decirme que debía entregar mi dinero todas las noches a la patrona: «De ese modo, nadie te lo robará.» Cuando quise comprarme un vestido, la patrona me dijo que Julot habla prohibido que me diese mi parné… Decidí marcharme cuanto antes de aquella cárcel. Cuando la patrona se enteró de que pensaba marcharme, no me puso el tampón (1) antes de la visita, como las otras veces; y entonces me detuvieron y me llevaron al hospital… Tuve que volver a aquella prisión para ganar el dinero suficiente para el viaje… Pero solo estuve en el burdel cuatro semanas… Trabajé algunos días en Barbès como antes, pero guardaba demasiado rencor a Julot para quedarme en París: nos insultábamos, me pegaba: una vez casi me tiró por la ventana… Me arreglé con un rufián para irme a provincias. Cuando me di cuenta de que aquel rufián conocía a Julot, no acudí a la cita convenida. Las dos gachís del rufián me encontraron después en la calle Belhomme Y me dieron una solfa… Al día siguiente, hice mi maleta y me fui completamente sola a la isla de T. Al cabo de tres semanas, estaba hasta la coronilla de aquel prostíbulo y le escribí al médico, cuando vino para la visita, que me diese de alta… Julot me vio en el bulevar Magenta y me pegó… Quedé con la cara señalada después de la zurra que me propinó en el bulevar Magenta. Estaba harta de Julot. De modo que hice un contrato para marcharme a Alemania…

(1) «Un tampón para adormecer los gonococos, que se les colocaba a las mujeres antes de la visita, de tal modo que el médico solo encontraba una mujer enferma cuando la dueña quería desembarazarse de ella.»

La literatura ha popularizado la figura de «Julot». Desempeña en la vida de la ramera un papel de protector. Le {659} adelanta dinero para que se compre ropa y la defiende contra la competencia de otras mujeres, contra la Policía —a veces él mismo es policía— y contra los clientes. Estos se quedarían muy satisfechos si pudiesen consumir sin pagar; otros desearían satisfacer su sadismo a costa de la mujer. En Madrid, hace algunos años, una juventud fascista y dorada se divertía arrojando a las prostitutas al río en las noches frías; en Francia, alegres estudiantes se llevan a veces mujeres al campo para abandonarlas allí de noche y enteramente desnudas; para cobrar su dinero y evitar los malos tratos, la prostituta necesita un hombre. Este le proporciona también un apoyo moral: «Sola, se trabaja menos bien, se pone menos corazón en la tarea, una se deja llevar», dicen algunas. A menudo está enamorada de él; ha sido por amor por lo que se ha dedicado a su oficio, o así lo justifica; en su medio existe una enorme superioridad del hombre sobre la mujer: semejante distancia favorece el amor-religión, lo cual explica la apasionada abnegación de algunas prostitutas. En la violencia de su hombre, ven el signo de su virilidad y se someten a él con tanta mayor docilidad. A su lado conocen los celos, las torturas, pero también los goces de la enamorada.

Sin embargo, a veces no sienten por él más que hostilidad y rencor: solamente por temor, porque las tiene cogidas, permanecen bajo su férula, como acaba de verse en el caso de Marie-Thérèse. Así, pues, a menudo se consuelan con un «capricho» elegido entre los clientes.

Aparte de su Julot, todas las mujeres tenían caprichos —escribe Marie-Thérèse—; yo también tenía el mío. Era un marino muy buen mozo. A pesar de que hacía muy bien el amor, yo no podía arreglarme con él, pero éramos muy amigos. A menudo, subía conmigo sin hacerme el amor, solo para charlar, y me decía que debía marcharme de allí, que aquel no era mi lugar.

También se consuelan con mujeres. Un elevado número de prostitutas son homosexuales. Ya se ha visto que, en el origen de su carrera, había a menudo una aventura homosexual y que muchas seguían viviendo con una amiga. En Alemania {660}, según Anna Rueling, alrededor del 20 por 100 de las prostitutas serían homosexuales. Faivre señala que en la cárcel las jóvenes detenidas intercambian cartas pornográficas de apasionados acentos y que firman «Unidas para toda la vida». Tales cartas son homólogas de las que se escriben las colegialas que alimentan «llamas» en su corazón; estas están menos advertidas y son más tímidas; aquellas, en cambio, van hasta el extremo de sus sentimientos, tanto en sus palabras como en sus actos. En la vida de Marie-Thérèse —que fue iniciada en la voluptuosidad por una mujer—, se ve el privilegiado papel que desempeña la «amiguita» frente al despreciado cliente o el chulo autoritario:

Julot trajo una jovencita, una pobre chacha que ni siquiera tenía zapatos. Se lo compraron todo de ocasión, y luego vino a trabajar conmigo. Era muy amable, y como, además, le gustaban las mujeres, nos entendimos muy bien. Me recordaba todo lo que yo había aprendido con la enfermera. Bromeábamos a menudo, y, en lugar de trabajar, nos íbamos al cine. Yo estaba contenta de tenerla con nosotros.

Se ve que la «amiguita» representa, poco más o menos, el papel que desempeña el amigo íntimo para la mujer honrada confinada entre mujeres: ella es una camarada de placer, con ella las relaciones son gratuitas, libres, y, por tanto, pueden ser queridas; cansada de los hombres, sintiendo repugnancia por ellos o deseando una diversión, la prostituta buscará a menudo el reposo y el placer entre los brazos de otra mujer. En todo caso, la complicidad de que he hablado y que une inmediatamente a las mujeres existe con más fuerza en este caso que en cualquier otro. Debido a que sus relaciones con la mitad de la Humanidad son de carácter comercial y a que el conjunto de la sociedad las trata como parias, las prostitutas tienen entre sí una estrecha solidaridad; entre ellas existen rivalidades, celos, se insultan y se pegan; pero tienen profundamente necesidad unas de otras para constituir un «contrauniverso» en el que reencuentren su dignidad humana; la «amiguita» es la confidente y la testigo privilegiada; ella es quien aprecia el vestido y el peinado {661}, que son medios destinados a seducir al hombre, pero que se presentan como fines en sí en las miradas envidiosas o admirativas de las otras mujeres.

En cuanto a las relaciones de la prostituta con sus clientes, las opiniones están muy divididas y los casos, sin duda, son muy diversos. Se ha subrayado con frecuencia que reserva para el amado de su corazón el beso en la boca, expresión de una ternura auténtica, y que no establece ninguna comparación entre los abrazos amorosos y los profesionales. El testimonio de los hombres no es de fiar, ya que su vanidad los incita a dejarse engañar por comedias de goce. Es preciso decir que las circunstancias son muy diferentes, según se trate de una acción briosa acompañada a menudo de una fatiga física agotadora, de un acto rápido, de una noche entera o de relaciones continuadas con un cliente familiar. Marie-Thérèse ejercía su oficio, por lo general, con indiferencia, pero evoca con delicia ciertas noches; tuvo sus «caprichos» y dice que todas sus camaradas también los tenían; a veces sucede que la mujer rehusa que le pague un cliente que le ha gustado, y, en ocasiones, si él está en apuros económicos, le ofrece su ayuda. En conjunto, sin embargo, la prostituta trabaja «en frío». Algunas solo tienen para el conjunto de su clientela una indiferencia matizada con cierto desprecio. «¡Oh, qué bobos son los hombres! ¡Cómo pueden las mujeres meterles en la cabeza todo lo que quieren!», escribe Marie-Thérèse. Pero muchas experimentan un rencor asqueado con respecto a los hombres; entre otras cosas, les asquean sus vicios. Ora porque acudan al burdel con objeto de satisfacer los vicios que no se atreven a confesar a su mujer o a su amante, ora porque el hecho de estar en un burdel los incite a inventarse vicios, muchos hombres les exigen «fantasías». Marie-Thérèse se lamentaba en particular de que los franceses tuviesen una imaginación insaciable. Las enfermas atendidas por el doctor Bizard le han confiado que «todos los hombres son más o menos viciosos». Una de mis amigas charló largamente en el hospital Beaujon con una joven prostituta, muy inteligente, que había empezado siendo criada y que a la sazón vivía {662} con un chulo a quien adoraba. «Todos los hombres son viciosos —decía—, excepto el mío. Por eso le amo. Si alguna vez le descubro un vicio, lo abandonaré. La primera vez el cliente no siempre se atreve, tiene aspecto normal; pero, cuando vuelve, empieza a querer cosas… Usted dice que su marido no tiene vicios; ya verá. Todos los tienen.» A causa de esos vicios, ella los detestaba. Otra de mis amigas, en 1943, en Fresnes, se había hecho confidente de una prostituta. Sostenía esta que el 90 por 100 de sus clientes tenían vicios, y que aproximadamente el 50 por 100 eran pederastas vergonzosos. Los que mostraban excesiva imaginación la asustaban. Un oficial alemán le había pedido que se pasease desnuda por la habitación, portando flores en los brazos, mientras él imitaba el vuelo de un pájaro; pese a su cortesía y su generosidad, le rehuía cada vez que le vislumbraba. A Marie-Thérèse le horrorizaban las «fantasías», aunque su tarifa era mucho más elevada que la del simple coito y pese a que frecuentemente exigía menos desgaste de la mujer. Esas tres mujeres eran particularmente inteligentes y sensibles. Sin duda, se percataban de que tan pronto como dejaban de estar protegidas por la rutina del oficio, tan pronto como el hombre dejaba de ser un cliente en general y se individualizaba, ellas eran presa de una conciencia, de una libertad caprichosa: ya no se trataba de un simple negocio. Algunas prostitutas, sin embargo, se especializan en la «fantasía», porque es más productiva. En su hostilidad hacia el cliente, entra a menudo un resentimiento de clase. Hélène Deutsch relata extensamente la historia de Anna, una linda prostituta rubia, infantil, generalmente muy dulce, pero que sufría crisis de furiosa excitación contra ciertos hombres. Pertenecía a una familia obrera; su padre bebía, su madre estaba enferma; tan desdichado matrimonio le produjo tal horror hacia la vida de familia, que jamás consintió en casarse, pese a que, a todo lo largo de su carrera, se lo propusieron con frecuencia. Los jóvenes del barrio la pervirtieron; le gustaba su oficio; pero, cuando la enviaron al hospital, enferma de tuberculosis, se desarrolló en ella un odio feroz hacia los médicos; le eran odiosos los hombres «respetables» {663}; no soportaba la cortesía y la solicitud de su médico. «¿Acaso no sabemos que esos hombres dejan caer fácilmente la máscara de la amabilidad, la dignidad y el dominio de sí mismos, y se conducen como animales?», solía decir. Aparte de eso, era mentalmente equilibrada en grado sumo. Pretendía falazmente tener un hijo al cuidado de una nodriza; pero, fuera de eso, no mentía nunca. Murió de tuberculosis. Otra joven ramera, Julia, que desde los quince años se entregaba a todos los muchachos con quienes se encontraba, solo amaba a los hombres pobres y débiles; con ellos se mostraba dulce y amable; a los demás los consideraba como «animales salvajes que merecían el peor trato». (Tenía un complejo muy pronunciado que manifestaba una vocación maternal insatisfecha: caía en trances furiosos tan pronto como se pronunciaban en su presencia las palabras madre, hijos u otras semejantes.)

La mayoría de las prostitutas están moralmente adaptadas a su condición; eso no quiere decir que sean hereditaria o congénitamente inmorales, sino que se sienten integradas, y con razón, en una sociedad que reclama sus servicios. Saben muy bien que los edificantes discursos del policía que registra su cartilla son pura verborrea, y los elevados sentimientos de que blasonan sus clientes fuera del burdel las intimidan poco. Marie-Thérèse explica a la panadera en cuya casa de Berlín vive:

Yo quiero a todo el mundo. Pero, cuando se trata del parné, señora… Sí, porque, mire usted, si una se acuesta con un hombre por nada, dice de una que es una puta, y si le haces pagar por ello, también dice que eres una puta, pero lista. Porque, mire usted: si a un hombre se le pide dinero, puede estar segura de que después va y le dice: «¡Ah!, no sabia que te dedicabas a esto», o bien: «¿Tienes un hombre?» Ya lo ve. Tanto si pagan como si no, para mi es lo mismo. «Claro que sí —responde ella—. Tiene usted razón.» Porque es lo que yo digo: usted tiene que hacer cola durante media hora para conseguir un cupón y comprarse unos zapatos. Yo, en media hora, echo un polvo. Yo tengo los zapatos; nada de pagar; si sé camelar, encima me pagan. Así que ya ve que tengo razón {664}.

No es su situación moral y psicológica la que hace penosa la existencia de las prostitutas, sino su situación material, que en la mayor parte de los casos es deplorable. Explotadas por el chulo y la dueña, viven en la inseguridad; y las tres cuartas partes de ellas carecen de dinero. Al cabo de cinco años de oficio, el 75 por 100, aproximadamente, han contraído la sífilis, dice el doctor Bizard, que ha curado a legiones de ellas; entre otras, las menores inexpertas son contagiadas con espantosa facilidad; casi un 25 por 100 tienen que ser operadas como consecuencia de complicaciones blenorrágicas. Una de cada veinte padece tuberculosis, el 60 por 100 se vuelven alcohólicas o se intoxican; el 40 por 100 mueren antes de los cuarenta años. Hay que añadir que, a pesar de sus precauciones, de vez en cuando quedan encinta y generalmente se operan en las peores condiciones. La baja prostitución es un penoso oficio en el que la mujer, sexual y económicamente oprimida, sometida al arbitrio de la Policía, a una humillante vigilancia médica, a los caprichos de los clientes y prometida a los microbios, la enfermedad y la miseria, queda verdaderamente rebajada al nivel de una cosa (1).

(1) Evidentemente, no será con medidas negativas e hipócritas como podrá modificarse la situación. Para que la prostitución desapareciese, serían precisas dos condiciones: que se asegurase a todas las mujeres un oficio decente y que las costumbres no opusieran ningún obstáculo a la libertad de amar. Solamente suprimiendo las necesidades a las cuales responde, se suprimirá también la prostitución.

De la baja prostitución a la gran hetaira hay multitud de escalones. La diferencia esencial consiste en que la primera hace comercio con su pura generalidad, de modo tal que la competencia la mantiene a un nivel de vida miserable; en tanto que la segunda se esfuerza por hacerse reconocer en su singularidad: si lo consigue, puede aspirar a altos destinos. La belleza, el encanto o el sex-appeal son aquí necesarios, pero no bastan: es preciso que la mujer sea distinguida por la opinión. A través del deseo de un hombre será como se {665} revele frecuentemente su valía; pero solo será «lanzada» cuando el hombre haya proclamado su precio a los ojos del mundo. En el siglo pasado, lo que atestiguaba la ascendencia de una «cocotte» sobre su protector y lo que la elevaba al rango de «demi-mondaine» eran el hotel, el carruaje, las perlas; su mérito se afirmaba tanto tiempo como los hombres continuasen arruinándose por ella. Los cambios sociales y económicos han abolido el tipo de las Blanche d’Antigny. Ya no hay un «demi-monde» en el seno del cual se pueda afirmar una reputación. Una mujer ambiciosa tratará de conquistar renombre de otra manera. La última encarnación de la hetaira es la estrella de cine. Acompañada de un marido —rigurosamente exigido por Hollywood— o de un amigo serio, no por ello se asemeja menos a Friné, a Imperia, a Casco de Oro. Ella entrega la Mujer a los sueños de los hombres, que le dan a cambio gloria y fortuna.

Siempre ha habido entre la prostitución y el arte una gradación incierta, porque, de manera equívoca, se asocian belleza y voluptuosidad; en verdad, no es la Belleza la que engendra el deseo; pero la teoría platónica del amor propone hipócritas justificaciones a la lubricidad. Al desnudarse el seno, Friné ofrece al areópago la contemplación de una pura idea. La exhibición de un cuerpo sin velos se convierte en un espectáculo de arte; los «burlesques» americanos han convertido en comedia el acto de desvestirse. «El desnudo es casto», afirman los viejos señores que, bajo el nombre de «desnudos artísticos», coleccionan fotografías obscenas. En el burdel, el momento de la «elección» ya es un desfile; cuando se complica, ya se trata de «cuadros vivos», de «poses artísticas», que se proponen a los clientes. La prostituta que desea adquirir un valor singular ya no se limita a mostrar pasivamente su carne, sino que se esfuerza por demostrar talentos particulares. Las «tañedoras de flauta» griegas encantaban a los hombres con su música y sus danzas. Las Ouled-Naïl que ejecutaban la danza del vientre y las españolas que bailan y cantan en el Barrio Chino no hacen más que ofrecerse de una manera refinada a la elección del aficionado. Nana sube al escenario para buscar «protectores» {666}. Desde luego, hay «girls», «taxi-girls», bailarinas desnudas, tanguistas, ganchos, «pin-ups», maniquíes, cantantes y actrices que no permiten que su vida erótica se mezcle con su oficio; cuanta más técnica implique este y más inventiva, más puede tomársele como un fin en sí mismo; pero, frecuentemente, una mujer que «se exhibe» en público para ganarse la vida se siente tentada a hacer de sus encantos un comercio más íntimo. Y, a la inversa, la cortesana desea un oficio que le sirva de coartada. Son raras las que, como la Léa de Colette, a un amigo que las llame «mi querida artista» le respondan: «¿Artista? Verdaderamente, mis amantes son muy indiscretos.» Ya hemos dicho que su reputación es la que le confiere un valor comercial: en la escena o en la pantalla es donde puede hacerse «un nombre» que se convertirá en un negocio.

La Cenicienta no siempre sueña con el Príncipe Azul: marido o amante, ella teme que se transforme en tirano; prefiere soñar con su propia imagen reidora en las puertas de los grandes cinematógrafos. Pero lo más frecuente es que logre sus fines gracias a «protecciones» masculinas; y son los hombres —marido, amante, pretendiente— quienes confirman su triunfo haciéndola partícipe de su fortuna o de su fama. Esa necesidad de agradar a los individuos, a la multitud, es la que asemeja la «vedette» a la hetaira. Ambas representan en la sociedad un papel análogo: me serviré de la palabra hetaira para designar a todas las mujeres que tratan, no solo su cuerpo, sino su persona toda entera como un capital susceptible de explotación. Su actitud es muy diferente de la de un creador que, al trascenderse en una obra, supera el dato y apela en otro a una libertad a la cual abre el porvenir; la hetaira no desvela el mundo, no abre ningún camino a la trascendencia humana (1): al contrario, trata de captarla en provecho propio; al ofrecerse al sufragio de sus admiradores, no reniega de esa feminidad pasiva que la consagra {667} al hombre: la dota de un poder mágico que le permite atrapar a los varones en la trampa de su presencia y nutrirse de ellos; los engulle consigo misma en la inmanencia.

(1) Sucede a veces que sea también una artista y que, al tratar de agradar, invente y cree. Puede entonces acumular ambas funciones o superar el estadio de la galantería para alinearse en la categoría de las actrices, cantantes, bailarinas, etc., de la cual hablaremos más adelante.

Por ese camino, la mujer logra conquistar cierta independencia. Al prestarse a varios hombres, no pertenece definitivamente a ninguno; el dinero que amasa, el nombre que «lanza» como se lanza un producto al mercado, le aseguran una autonomía económica. Las mujeres más libres de la Antigüedad griega no eran ni las matronas, ni las bajas prostitutas, sino las hetairas. Las cortesanas del Renacimiento y las geishas japonesas gozaban de una libertad infinitamente más grande que el resto de sus contemporáneas. En Francia, la mujer que se nos presenta como la más virilmente independiente es quizá Ninon de Lenclos. Paradójicamente, esas mujeres que explotan hasta el extremo su feminidad se crean una situación casi equivalente a la de un hombre; a partir de ese sexo que las entrega a los varones como objeto, se encuentran como sujeto. No solo se ganan la vida como los hombres, sino que viven en una compañía casi exclusivamente masculina; libres de costumbres establecidas y de propósitos concretos, pueden elevarse —como Ninon de Lenclos— hasta la más rara libertad de espíritu. Las más distinguidas están frecuentemente rodeadas de artistas y escritores a quienes las «mujeres honestas» fastidian. En la hetaira es donde los mitos masculinos hallan su más seductora encarnación: más que ninguna otra, es carne y conciencia, ídolo, inspiradora, musa; pintores y escultores la querrían por modelo; alimentará los sueños de los poetas; en ella explorará el intelectual los tesoros de la «intuición» femenina; es más fácilmente inteligente que la matrona, porque está menos enfáticamente encastillada en la hipocresía. Las que se hallan superiormente dotadas no se contentarán con el papel de Egeria; experimentarán la necesidad de manifestar de manera autónoma el valor que les confieren los sufragios de otros; querrán traducir sus virtudes pasivas en activas. Al emerger en el mundo como sujetos soberanos, escriben versos, prosa, pintan, componen música. Así se hizo célebre Imperia entre las cortesanas italianas. También puede {668} suceder que, al utilizar al hombre como instrumento, ejerzan funciones viriles a través de ese intermediario: las «grandes favoritas» participaron en el gobierno del mundo a través de sus poderosos amantes (1).

(1) Así como algunas mujeres utilizan el matrimonio para servir a sus propios fines, otras emplean a sus amantes como medio para alcanzar un fin político, económico, etc. Estas superan su situación de hetairas como aquellas la de matronas.

Esta liberación puede traducirse, entre otros, al plano erótico. Sucede que en el dinero o en los servicios que arranca al hombre encuentra la mujer una compensación al complejo de inferioridad femenino; el dinero tiene un papel purificador; determina la abolición de la lucha de sexos. Si muchas mujeres que no son profesionales tienen el prurito de sacar a su amante cheques y regalos, no lo hacen por codicia: hacer pagar al hombre —pagarle también, como se verá más adelante— es convertirlo en instrumento. De ese modo, la mujer se prohibe serlo ella misma; tal vez él crea «poseerla», pero tal posesión sexual es ilusoria; ella es quien le tiene a él en el terreno mucho más sólido de la economía. Su amor propio está satisfecho. Puede abandonarse a los abrazos del amante; pero no cede a una voluntad extraña; el placer no podría serie «infligido»; más bien aparecerá como un beneficio suplementario; no será «tomada», puesto que le pagan.

Sin embargo, la cortesana tiene la reputación de ser frígida. Le es útil saber gobernar su corazón y su vientre: sentimental o sensual, se expone a sufrir el ascendiente de un hombre que la explotará, la acaparará o la hará padecer. Entre los abrazos que acepta, hay muchos —sobre todo al comienzo de su carrera— que la humillan; su rebelión contra la arrogancia masculina se manifiesta a través de su frigidez. Las hetairas, como las matronas, se confían de buen grado los «trucos» que les permiten trabajar «de camelo». Ese desprecio y esa repugnancia hacia el hombre demuestran claramente que, en el juego explotador-explotada, no están del todo seguras de haber ganado. Y, en efecto, en la inmensa {669} mayoría de los casos, la dependencia sigue siendo todavía su suerte.

Ningún hombre es definitivamente su dueño. Pero ellas tienen del hombre la más urgente necesidad. La cortesana pierde todos sus medios de existencia si él deja de desearla; la debutante sabe que todo su porvenir está en sus manos; incluso la estrella, privada de apoyo masculino, ve palidecer su prestigio: abandonada por Orson Welles, Rita Hayworth erró por toda Europa con aire de huérfana miserable, antes de encontrar a Alí Khan. La más bella nunca está segura del mañana, porque sus armas son mágicas y la magia es caprichosa; está atada a su protector —marido o amante— casi tan estrechamente como una esposa «honrada» a su marido. Le debe no solamente el servicio del lecho, sino que tiene que sufrir su presencia, su conversación, sus amistades y, sobre todo, las exigencias de su vanidad. Cuando el chulo le compra a su hembra unos zapatos de tacón alto y una falda de raso, efectúa una inversión que le reportará unas rentas; el industrial o el productor, al ofrecerle perlas y pieles a su amiga, afirman a través de ella su fortuna y su poderío: que la mujer sea un medio para ganar dinero o un pretexto para gastarlo, la servidumbre es la misma. Los dones con que la abruman son otras tantas cadenas. Y esos vestidos, esas prendas y esas alhajas que lleva, ¿son verdaderamente suyos? El hombre reclama a veces su restitución después de la ruptura, como hizo con elegancia Sacha Guitry.

Para «conservar» a su protector sin renunciar a sus placeres, la mujer utilizará los ardides, las maniobras, las mentiras y la hipocresía que deshonran la vida conyugal; aunque no hiciese más que representar el papel del servilismo, ese mismo juego es servil. Bella y célebre, si el amo del momento se le hace odioso, puede elegir otro. Pero la belleza exige cuidados, es un tesoro muy frágil; la hetaira depende estrechamente de su cuerpo, al que el tiempo degrada implacablemente; por eso, la lucha contra el envejecimiento adopta para ella el más dramático de los aspectos. Si está dotada de un gran prestigio, podrá sobrevivir a la ruina de {670} su rostro y de sus formas. Pero el cuidado de esa fama, que es su bien más seguro, la somete a la más dura de las tiranías: la de la opinión. Sabido es el estado de esclavitud en que caen las estrellas de Hollywood. Su cuerpo ya no les pertenece; el productor decide el color de sus cabellos, su peso, su línea, su tipo; para modificar la curva de una mejilla, le arrancarán los dientes. Regímenes, gimnasia, ensayos, maquillaje, son una penosa servidumbre cotidiana. Bajo la rúbrica de «Personal appearance», se prevén sus salidas, sus coqueteos; la vida privada ya no es más que un aspecto de su vida pública. En Francia, no existe ningún reglamento escrito al respecto, pero una mujer prudente y hábil sabe lo que su «publicidad» exige de ella. La estrella que se niegue a plegarse a tales exigencias conocerá una decadencia lenta o brutal, pero ineluctable. La prostituta que solo entrega su cuerpo tal vez sea menos esclava que la mujer cuyo oficio consiste en agradar. Una mujer que «ha llegado», que tiene entre sus manos una verdadera profesión y cuyo talento está reconocido —actriz, cantante, bailarina—, escapa a la condición de hetaira; puede conocer una genuina independencia; pero la mayor parte de ellas permanece en peligro durante toda la vida; necesitan seducir nuevamente, sin descanso, al público y a los hombres.

Con mucha frecuencia, la mujer entretenida interioriza su dependencia; sometida a la opinión ajena, reconoce los valores de esta; admira a la gente de la «buena sociedad» y adopta sus costumbres; quiere ser considerada a partir de las normas burguesas. Parásita de la burguesía adinerada, se adhiere a sus ideas; «piensa como es debido»; en otros tiempos, metía de buen grado a sus hijas en un colegio y, envejecida, ella misma asistía a misa, convirtiéndose clamorosamente. Está de parte de los conservadores. Está demasiado orgullosa de haber logrado hacerse un sitio en este mundo, para desear que cambie. La lucha que libra para «llegar», no la predispone a sentimientos de fraternidad y solidaridad humanas; ha pagado su éxito con demasiadas complacencias de esclava para desear sinceramente la libertad universal. Zola ha subrayado este rasgo en Nana {671}:

En materia de libros y de comedias, Nana tenía opiniones muy firmes: quería obras tiernas y nobles, cosas que le hiciesen soñar y le ensanchasen el alma… Se indignaba contra los republicanos. ¿Qué quería aquella gentuza que no se lavaba nunca? ¿Acaso no era feliz la gente? ¿Es que el emperador no había hecho cuanto era posible hacer por el pueblo? ¡Una basura, eso era el pueblo! Ella lo conocía, ella podía hablar: «No, no, mire usted: esa república sería una gran desgracia para todo el mundo. ¡Ah, que Dios nos conserve al emperador el mayor tiempo posible!»

Durante las guerras, nadie hace gala de un patriotismo tan agresivo como las grandes cortesanas; mediante la nobleza de sentimientos que afectan, esperan elevarse al nivel de las duquesas. Lugares comunes, clisés, prejuicios, emociones convencionales constituyen el fondo de sus conversaciones públicas, y frecuentemente han perdido toda sinceridad, incluso en lo más secreto de su corazón. Entre la mentira y la hipérbole, el lenguaje se destruye. Toda la vida de la hetaira es una exhibición: sus palabras, su mímica están destinadas, no a expresar sus pensamientos, sino a producir un efecto. Representa con su protector la comedia del amor, y a veces se la representa a sí misma. Ante la opinión pública representa comedias de decencia y de prestigio: termina por creerse un parangón de virtud y un ídolo sagrado. Una mala fe obstinada gobierna su vida interior y permite a sus mentiras concertadas adoptar la naturalidad de la verdad. A veces hay en su vida movimientos espontáneos: no ignora del todo el amor; tiene «caprichos», en ocasiones hasta «se cuela» por alguien. Pero la que conceda demasiado margen al capricho, al sentimiento, al placer, no tardará en perder su «situación». Por lo general, aporta a sus fantasías la prudencia de la esposa adúltera; se oculta a los ojos de su protector y de la opinión; por tanto, no puede dar mucho de sí misma a sus «amantes del alma»; estos no son más que una distracción, un respiro. Por lo demás, está generalmente demasiado obsesionada por la preocupación de su éxito para poder olvidarse de sí misma en un verdadero amor. En cuanto a las otras mujeres, es bastante frecuente {672} que la hetaira las ame sensualmente; enemiga de los hombres, que le imponen su dominación, hallará en los brazos de una amiga un voluptuoso descanso y un desquite al mismo tiempo: tal es el caso de Nana junto a su querida Satin. Lo mismo que desea representar en el mundo un papel activo con objeto de emplear positivamente su libertad, también se complace en poseer a otros seres: personas muy jóvenes a quienes incluso divertirá «ayudar», o muchachas a quienes mantendrá con gusto y junto a las cuales, en todo caso, será un personaje viril. Sea o no homosexual, tendrá con el conjunto de las mujeres esas complejas relaciones de que ya he hablado: las necesita como confidentes y cómplices para crear ese «contrauniverso» que reclama toda mujer oprimida por el hombre. Pero la rivalidad femenina llega aquí a su paroxismo. La prostituta que hace comercio de su generalidad tiene competidoras; pero, si hay bastante trabajo para todas, se sienten solidarias a través de sus mismas disputas. La hetaira que trata de «distinguirse», es hostil a priori a la que, como ella, codicia un puesto privilegiado. En este caso es cuando los temas conocidos sobre las «putadas» femeninas encuentran toda su verdad.

La mayor desgracia de la hetaira consiste en que no solamente su independencia es el anverso engañador de mil dependencias, sino que esa misma libertad es negativa. Una actriz como Rachel o una bailarina como Isadora Duncan, aun en el caso de que sean ayudadas por hombres, tienen una profesión que les exige y las justifica; en un trabajo que ellas han elegido y que les gusta, alcanzan una libertad concreta. Mas, para la inmensa mayoría de las mujeres, el arte, la profesión, no son sino un medio; no comprometen en ellos verdaderos proyectos. El cine en particular, que somete a la estrella al director, no le permite la invención y los progresos de una actividad creadora. Se explota lo que ella es,” pero ella no crea ningún objeto nuevo. Además, es muy raro convertirse en estrella. En el dominio de la «galantería» propiamente dicha, ningún camino se abre a la trascendencia. También aquí el tedio acompaña el confinamiento de la mujer en la inmanencia. Zola indicó este rasgo en Nana {673}.

Sin embargo, en medio de su lujo, en el centro de aquella corte, Nana se aburría mortalmente. Tenía hombres para todos los minutos de la noche y dinero hasta en los cajones del tocador; pero ya no le contentaba eso: experimentaba como un vacío en alguna parte, un agujero que la hacía bostezar. Su vida se deslizaba sin ocupaciones, trayendo siempre las mismas horas monótonas… La certidumbre de que la alimentarían la dejaba tendida durante todo el día, sin realizar un solo esfuerzo, adormecida en el fondo de aquel temor y de aquella sumisión de convento, como encerrada en su oficio de ramera. Mataba el tiempo con placeres estúpidos, en la única espera del hombre.

La literatura norteamericana ha descrito cien veces ese tedio opaco que aplasta a Hollywood y que aprieta la garganta del viajero tan pronto como llega: los actores y los figurantes, por lo demás, se aburren tanto como las mujeres, cuya condición comparten. En la misma Francia, las salidas oficiales tienen a menudo el carácter de verdaderas servidumbres. El protector que reina en la vida de la starlet es un hombre de edad, cuyos amigos son hombres de edad: sus preocupaciones le son extrañas a la joven, sus conversaciones la abruman; entre la debutante dé veinte años y el banquero de cuarenta y cinco que pasan sus días y sus noches uno al lado del otro, existe un foso mucho más profundo que en el matrimonio burgués.

El Moloc a quien la hetaira sacrifica placer, amor y libertad, es su carrera. El ideal de la matrona es una dicha estática que envuelve sus relaciones con su marido y sus hijos. La «carrera» se extiende a través del tiempo, mas no por eso deja ella de ser un objeto inmanente que se resume en un nombre. Ese nombre se hincha en las carteleras y en las bocas, a medida que se ascienden peldaños en la escala social. Según su temperamento, la mujer administra su empresa con prudencia o con audacia. Una gusta las satisfacciones del ama de casa que dobla su ropa blanca en el armario; la otra saborea la embriaguez de la aventura. A veces, la mujer se limita a mantener sin cesar en equilibrio una situación sin cesar amenazada, y que en ocasiones se derrumba; a veces {674} edifica sin fin, como una torre de Babel apuntando en vano al cielo, su renombre. Algunas, mezclando la galantería con otras actividades, aparecen como verdaderas aventureras: son espías como Mata-Hari, o agentes secretos; por lo general, no tienen la iniciativa de sus proyectos, son más bien instrumentos en manos masculinas. Pero, en conjunto, la actitud de la hetaira tiene analogías con la del aventurero; al igual que este, aquella se encuentra a menudo a medio camino entre lo serio y la aventura propiamente dicha; apunta hacia valores ya hechos: dinero y gloria; pero concede tanto valor al hecho de conquistarlos como a su posesión; y, finalmente, el valor supremo a sus ojos consiste en su triunfo subjetivo. También ella justifica ese individualismo por un nihilismo más o menos sistemático, pero vivido con tanta mayor convicción cuanto que es hostil a los hombres y ve a las otras mujeres como enemigas. Si es lo bastante inteligente para sentir la necesidad de una justificación moral, invocará un nietzscheísmo más o menos bien asimilado; afirmará el derecho del ser superior sobre el vulgar. Su persona se le aparece como un tesoro cuya mera existencia es un don: de tal modo que, consagrándose a sí misma, pretenderá que sirve a la colectividad. El destino de la mujer consagrada al hombre está acosado por el amor: la que explota al varón descansa en el culto que se rinde a sí misma. Si concede tanto valor a su gloria, no es solo por interés económico: en ello busca la apoteosis de su narcisismo {675}.

 

Simone de Beauvoir: “Yo también he abortado”

 

Simone de Beauvoir, “El segundo sexo” (PDF):

Haz clic para acceder a El_segundo_sexo.pdf

Los hijos olvidados de Itaipú, investigación sobre la prostitución controlada por la dictadura

Una investigación del sitio de noticias The Intercept revela la forma en que las dictaduras brasileña y paraguaya controlaron un sistema de prostitución en la frontera durante la construcción de Itaipú, lo que dejó miles de nacidos vivos y muertos, abortos, abandonos e hijos sin padres.

 

8 de enero de 2021

https://www.ultimahora.com/los-hijos-olvidados-itaipu-investigacion-la-prostitucion-controlada-la-dictadura-n2922056.html

 

La prostitución se consideró una necesidad para el buen funcionamiento de las obras, un sitio de construcción compuesto principalmente por hombres solteros.Foto: theintercept.com

 

The Intercept, en una investigación periodística sin desperdicios, cuenta sobre cómo el barrio rural de Três Lagoas de Foz de Yguazú, Brasil concentró la mayor cantidad de burdeles en la frontera con Paraguay, donde se estima trabajaron al menos 10.000 mujeres, en más de 30 casas de prostitución.

Según la publicación, las obras de Itaipú hicieron explotar la población de Foz de Yguazú, que pasó de 35.000 habitantes en 1975 a 140.000 en 1984, fechas del inicio de las obras y del inicio de las operaciones de la planta.

Los datos señalan que en el mismo periodo también creció el nacimiento de niños sin el nombre del padre en el registro. En esa década, Foz de Yguazú registró el nacimiento de 4.280 niños vivos y 134 niños nacidos muertos sin paternidad definida.

El medio destaca que esta cifra es al menos cinco veces más alta que en la década anterior a la operación de la central hidroeléctrica. Pero al término de la megarrepresa, la ciudad fronteriza registró 7.605 nacidos vivos y 96 mortinatos sin paternidad reconocida entre 1985 y 1994.

 

The Intercept señala que en aquella época miles de mujeres trabajaban en la zona con el consentimiento de la dictadura militar, que con el dinero de la venta de sus cuerpos ayudaron a financiar armas y municiones para el Estado y que sus hijos son uno de los pocos recuerdos de la época en que la dictadura se benefició de la prostitución.

De acuerdo con la investigación, “Itaipú se negó a asumir ninguna responsabilidad o discutir abiertamente la zona de prostitución, a pesar de que el cambio en la ubicación de los clubes nocturnos se produjo para satisfacer sus intereses”, asegura el sitio de noticias.

Sin embargo, para los investigadores, tanto “la empresa y las autoridades de la ciudad entendieron la necesidad de una zona de tolerancia lo suficientemente alejada del centro de la ciudad, fácilmente accesible por la carretera y lo suficientemente amplia para contener la cantidad de casas necesarias para atender a los miles de trabajadores de la represa que llegarían a la frontera”, como también lo afirmó John Howard White en su tesis doctoral sobre género y trabajo en la frontera entre Brasil y Paraguay.

El trabajo periodístico también recoge la opinión de la geógrafa Patricia Claudia Sotuyo, en su maestría, en la que menciona que los guardias de Itaipú controlaban los burdeles para que no hubiera peleas y los trabajadores no se emborracharan hasta el punto de que al regresar al trabajo pudieran sufrir o provocar un accidente.

Asimismo, señala que la zona de prostitución también era monitoreada de cerca por el Estado. Todas las trabajadoras sexuales de Três Lagoas estaban registradas en la Policía Civil de Paraná. En el inicio se contabilizó alrededor de 700, pero, al final del trabajo de la represa, ese número totalizaba 10.000.

La mujer que trabajaba encargada de un burdel muestra la tarjeta de identificación de aquella época.
Foto: theintercept.com

Siempre según la investigación, el Estado ejerció control sobre los cuerpos de esas miles de mujeres mediante la emisión de la “tarjeta de bailarina”, con foto y datos personales en el anverso y sellos de visita médica en el reverso.

Increíblemente, la Policía Civil, a través del Fondo Especial para la Modernización de la Policía, Funrespol, se encargaba de inspeccionar los exámenes médicos de las mujeres y cobrar los derechos de licencia de los clubes nocturnos.

Eso a pesar de que el Código Penal de Brasil de 1940 considera un delito “aprovecharse de la prostitución ajena, participando directamente de sus ganancias o apoyándose, total o parcialmente, en quienes la ejercen”. La pena de prisión es de uno a cuatro años y multa.

La administración del dinero tuvo un cambio cuando los militares tomaron ell poder, en 1964, con la intención de llevar el proyecto de un “Gran Brasil”, según el libro Devir Puta del antropólogo José Miguel Nieto Olivar, y establecer una sociedad de principios morales, cristianos y conservadores.

“Pero en Itaipú, los militares prefirieron aprovechar la prostitución. El personal de la comisaría de Foz de Yguazú envió informes mensuales de recaudación al comando de la Policía Civil en Curitiba. No se tiene constancia de cuánto dinero aportó a la dictadura militar la prostitución vigilada en Três Lagoas”, destaca la publicación.

En cuanto a los números exactos de niños nacidos de las relaciones entre barrageiros y prostitutas, The Intercep prefiere no arriesgarse a precisar, pero sostiene que unos 12.115 nacimientos se encuentran registrados sin el nombre del padre en solo dos décadas de influencia directa de Itaipú en la demografía de Foz de Yguazú.

Esta situación, donde había tantos bebés, hizo que las familias del barrio rojo hicieran un esfuerzo colectivo para cuidar a los recién nacidos. Varios pobladores contaron que incluso adoptaron más de 30 a 40 niños.

En Paraguay

El material periodístico también reúne información de lo que sucedía, en aquel entonces, en Paraguay. De este lado de la frontera también había adolescentes en las casas del barrio María Magdalena, que contaba con 400 mujeres en 37 discotecas.

“Al igual que en Brasil, del lado paraguayo, cada mujer tenía que pagar una cuota al ayuntamiento para registrarse y otra mensual para trabajar. Los dueños de la discoteca pagaban cada mes para operar, además de un adicional al jefe de policía por “protección especial”, que incluía rescatar a mujeres que pudieran haber huido. “Nadie podía irse”, menciona el sitio con base en los detalles dados por el periodista paraguayo Alcibíades González Delvalle.

Al respecto, el comunicador comentó al medio que las autoridades locales le dieron mucha importancia al comercio sexual de Hernandarias. Mientras que el titular del Centro de Salud también cobraba a las mujeres una cantidad cada 15 días, con el pretexto de la atención clínica. La prostitución en la frontera entró en decadencia con el fin de las obras de Itaipú y la propagación del sida.

La publicación concluye con la reflexión de González Delvalle, quien considera que la prostitución fue parte vital de la construcción de la central hidroeléctrica; mientras que el historiador John Howard White coincide en que los hombres no podrían haber trabajado tantos años correctamente sin relaciones regulares, y la planta hidroeléctrica no podría construirse sin trabajadores en la presa. “En resumen, no podría haber represa hidroeléctrica sin trabajadoras sexuales”.

No obstante, lamentan que ni Itaipú ni los subcontratistas reconocieron a las prostitutas como una categoría legítima de trabajadoras, con los mismos beneficios otorgados a las trabajadoras de la represa.

 

Libro sobre trabajo sexual revela la dura condición en que viven muchas mujeres –y niños– en Uruguay

“El ser detrás de una vagina productiva” se titula el libro que publicó en noviembre Karina Núñez, trabajadora sexual, activista contra la explotación sexual de niños, niñas y adolescentes y defensora de los derechos de las mujeres y de la diversidad sexual. La publicación incluye sus vivencias y las de otras 313 mujeres y mujeres trans de 15 departamentos que la autora entrevistó en los últimos años. Acá y allá las historias se repiten: las fragilidades, las dependencias, los abusos y la condena de una sociedad que, también en esto, muestra su hipocresía.

 

Escribe Amanda Muñoz en Nacional

26 de diciembre de 2017 ·

https://ladiaria.com.uy/articulo/2017/12/libro-sobre-trabajo-sexual-revela-la-dura-condicion-en-que-viven-muchas-mujeres-y-ninos-en-uruguay/

 

El dicho “a calzón quitado” es de Núñez y es citado en el prólogo por la trabajadora social Andrea Tuana, de la ONG El Paso. Así como Tuana, los otros tres comentaristas del libro –Nancy Penna, Pablo Nalerio y Susette Kok– destacan la sencillez y la sinceridad de Núñez al hablar, al dar talleres, al hablar con autoridades y denunciar situaciones de abuso. Tuana la conoció con profundas heridas causadas por una paliza que recibió –antes de haber sido dejada tirada en una cuneta– “por defender a gurisas explotadas sexualmente”. “La verdad no siempre quiere ser escuchada, la verdad es un problema muy grande para muchas personas”, expresa. Adentrándose en discusiones necesarias, Tuana escribe: “El consumo del sexo pago, la prostitución, el trabajo sexual, la explotación, el abolicionismo, el reglamentarismo, son asuntos pendientes en el debate, asuntos enormes, profundos y complejos en los que tendremos que posicionarnos. La realidad de muchas personas que están en el trabajo sexual hoy en nuestro país es extrema, inhumana, en algunos casos están en régimen de esclavitud. Hay mujeres que entran el viernes a la whiskería y salen el lunes sin un peso y algunas con deudas”.

La trama

El libro es breve. Tiene cuatro capítulos –Prostitución, Meretricio, Trabajo Sexual, Reduccionismo– y al comienzo de cada uno invita a los lectores a escribir qué significa para ellos cada término. Incluye punteos, tres cuentos y un glosario. Núñez empezó a escribirlo en 2008 y en 2015 se decidió a publicarlo, cuando ONU Mujeres propuso hacer una campaña de prevención contra la explotación sexual infantil. Entregó los materiales a organismos internacionales, pero nadie quiso publicarlo. Le decían que no partía de un marco conceptual, aunque los datos fueron usados luego por organismos nacionales, apunta. “El tabú más grande de ellos era que yo no era licenciada ni técnica ni doctora, era simplemente prostituta, más nada”, explicó en diálogo con la diaria. Finalmente, la ONG El Paso la ayudó para pagar la impresión; el libro fue presentado el 29 de noviembre en la Facultad de Psicología. “La tapa es enteramente blanca y con eso quiero significar lo que somos para el Estado: invisibles. Y lo que implica cuando el que consume sexo nos toma por primera vez: nos toma con inocencia, nos toma con la blancura y, a medida que nos va tocando, nos va ensuciando”, adelanta.

Etapas

El libro detalla las diferencias entre la prostitución, el meretricio y el trabajo sexual. Núñez define la prostitución como la etapa en la que se suele ingresar entre los nueve y los 14 años. Remarca que las niñas y adolescentes no cobran en ese momento, pero aceptan cosas a cambio –“drogas, entradas al baile, cigarrillos, paseos en auto o moto”– y, cuando las cuestionan, responden que están experimentando, que eligen con quién salir o que “es lo mismo que hace mamá”.

Núñez resumió así las diferencias entre las tres etapas: “Cuando arrancan siendo prostitutas, por lo general, niegan que sean prostitutas. En el estado de meretricio dicen: ‘Sí, soy puta, pero esa puta vale tanto’, pero aún no consiguen asociar el cuidado integral del cuerpo con el ejercicio de la prostitución; eso recién llega cuando llegan al tercer estadio”, es decir, cuando son trabajadoras sexuales. Esa tercera categoría es la que pauta la Ley 17.515, de Trabajo Sexual. Aprobada en 2002, la norma creó un registro nacional y estableció el requisito de tener un carné sanitario con los controles al día (“la libreta”).

Se refiere a la etapa de prostitución como el “período en el que seremos mayormente penetradas, desconociendo lo que significa nuestra sexualidad, por lo tanto, mayoritariamente no lograremos orgasmos o creeremos tenerlos”, y la fase “en la que contraemos la mayor cantidad de infecciones de transmisión sexual; nos realizamos la mayor cantidad de abortos clandestinos; tenemos la mayoría de nuestros hijos; hacemos un uso indiscriminado de la vagina, exponiéndonos a adquirir hábitos sexuales que no podremos dejar de lado a lo largo de la carrera, siendo los más peligrosos el no adoptar el uso del preservativo” y no negarse a “penetraciones dolorosas” que les acarrearán dolencias en el futuro.

Adicciones

Para la etapa de prostitución, “desde el advenimiento de la pasta base, he visto que es la primera forma que se usa para obtenerla, ya sea recibiendo el dinero para ir comprándola o relacionándonos con quien la está consumiendo para acceder a un ‘pipazo’ o ‘turbinazo’”. Describe que “el sexo es la llave para acceder al ‘mundo soñado’ (chupe, joda, etcétera) y lo disimulamos tontamente con la creencia de que somos valoradas por nuestra belleza, cosa que alimenta el ego y la estupidez a la hora de la prevención”.

Al referirse a la etapa de trabajo sexual, advierte: “Si tengo adicciones, soy presa fácil para la trata y el tráfico de personas, armas, drogas, y para las dueñas y encargadas de establecimientos o sitios a los que ocasionalmente asista a ofertar mis servicios, dado que se quedarán con el dinero que facture en esta condición”.

En la charla, Núñez remarcó que “el consumo y las adicciones son los dos factores relevantes de perpetuidad de la prostitución en cualquiera de sus formas”, y englobó así al consumismo. Respecto de las adicciones, afirmó que muchas veces los técnicos dicen que “tenemos que tratar el tema de la prostitución”, pero ella discrepa: “Cuando estás ante el consumo de drogas, la prostitución es lo de menos; lo que vos tenés cuando la persona está consumiendo algún tipo de droga es un problema mucho más profundo y existencial que el de alquilar su cuerpo. Esa persona está quebrada, no es porque sea prostituta, ya está quebrada desde antes; utiliza la prostitución para conseguir la mercancía, y tenés que tratarla como una persona con adicciones, no como prostituta”.

Consumir drogas es también una forma de resistir largas jornadas. El círculo se va cerrando para algunas. “El deterioro de las compañeras que consumen es atroz, sobre todo por los acotados tiempos en que mantienen los procesos de trabajo sexual, porque por lo general terminan siendo prostituidas en la calle de manera aberrante. Entre las que sobreviven, algunas quedan con secuelas y no pueden levantarse de una cama. Otras se autoeliminan”, lamentó.

Explotadores

Sobre el rol de los proxenetas, Núñez escribe: “En el caso de que seamos detectadas por proxenetas en esta etapa, no tendremos marcha atrás: seremos reclutadas para el negocio de la trata de personas, para lo cual transitaremos por momentos de maltrato físico, psicológico y emocional, por procesos que generarán un vínculo de amor-odio con mi explotador, lo que me impedirá denunciarlo o declarar en su contra en el caso de ser interrogada en algún proceso”. Enumera las formas que permiten liberarse de ellos. Una es por medio de las madres: dice que mayoritariamente intentarán rescatarlas las madres que no hayan ejercido la prostitución. Pero algunas dejarán que se las lleven porque “se están librando de una boca más que mantener”, y otras madres “serán nuestras proxenetas y nos entrenarán para no dejarnos engatusar por los varones”. El afecto familiar juega como protector: “Si mi familia no me juzga por lo que hago, no voy a necesitar buscar el afecto de otros afuera de mi círculo familiar”, escribe.

Capítulo aparte merecen los dueños de los locales. “Difiere dependiendo de la zona del país”, asegura. Señala que la mayoría de las dueñas de las whiskerías son ex trabajadoras sexuales, pero aclara que “son las caras visibles, porque los que están atrás de ellas por lo general son varones que han estado presos por prostitución y por explotación”. Núñez advierte que la dueña que es ex trabajadora sexual sabe cómo oprimir y sacar más rédito: “Te hace un préstamo de 200 pesos para cobrártelo a 500, o te dice que te paga una niñera y si un día no vas te dice que va a dejar a los gurises en la calle. O te dice que te paga el ómnibus y después te lo descuenta de las copas sin decirte nada. O te hace pagar la limpieza del local con copas de la casa, o te hace pagar orquestas”.

En el glosario define el concepto de “copa”: “Vaso con bebida que es solicitado al cliente por meretrices o trabajadoras sexuales en whiskerías y en bares clandestinos, por el cual debieran de recibir la mitad del dinero de la venta, cosa que no sucede así siempre, siendo el dueño quien se lleva la mayor parte”. Como no las pueden obligar a quedarse, hay veces en que los propietarios de las whiskerías “se quedan con tu libreta de trabajo sexual, y sin tu licencia no podés ir a ningún lado. Se ha denunciado, pero al ministro de Salud Pública no le interesa”, observó.

Tareas pendientes

En el relato, Núñez enfatiza el sufrimiento de los niños por la condena de la sociedad hacia el trabajo de sus madres, más presente en localidades chicas, donde todos se conocen. Pide “proteger a hijos e hijas de trabajadoras sexuales para que no los hagan cargar con las mochilas de las estigmatizaciones de sus madres, porque para los gurises es muchísimo más difícil concentrarse en el estudio, generar grupos de trabajo, mezclarse con la población si todo el mundo lo señala todo el tiempo como el hijo de la puta”. Para las mujeres tampoco es fácil: sienten “el estigma”, “no porque no te consuman, sino porque las reglas morales y el doble discurso pesa muchísimo”. “La falencia que tenemos las trabajadoras sexuales es la falta de respeto de las otras mujeres hacia nosotras; no nos respetan y no nos ven como mujeres iguales a ellas, no nos pueden llegar a percibir como personas, tienen todavía el patriarcado adentro y no les permite sacarnos la etiqueta de prostituta”, reprocha.

La educación está presente en el libro. Además de decir que la mujer que tenga mejores estudios tendrá más facilidad de zafar de la calle y acceder a clientes de estratos socioeconómicos altos, Núñez menciona el rol de la escuela para detectar cuándo un niño es explotado sexualmente. En el diálogo, pidió “sensibilizar a maestros y alumnos en que la prostitución no es una condición degradante, sino que es una condición de la que con ayuda todos pueden salir, y que el trabajo sexual es un trabajo”.

Núñez también pide modificar la Ley 17.515, que da a los ministerios de Salud Pública y del Interior las mayores atribuciones. Sostiene que el referente tiene que ser el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. “¿Vos siendo trabajadora tenés que ir a la comisaría a decir que te vas a mudar de trabajo? Nosotras sí. ¿Y eso por qué, si no estamos haciendo nada malo?”, cuestionó. Además reclama crear policlínicas integrales y no específicas para trabajadoras sexuales, y cambiar la libreta por “un carné de salud extendido, que no tengamos que estar yendo a un lugar específico que todo el mundo sepa que ahí a donde hay que ir es por el trabajo sexual, y que vayamos y tengamos un médico de cabecera, que lo podamos elegir, y que esto se pueda llevar adelante por cualquiera de los prestadores de salud”. La normativa pauta controles mensuales, bimensuales y trimestrales; según Núñez, estos estudios sólo pueden hacerse en las capitales departamentales, porque en el interior profundo “depende de la voluntad de la enfermera”.

Núñez se refiere al trabajo sexual como una profesión y no cree que sea realista abolirla. Sí está a favor de que se den las condiciones para que quienes quieran zafar de este trabajo puedan hacerlo. “El tema es que cuando están decididas realmente a salir, no tienen un contexto que las ayude a mantenerse, por eso de los estigmas. O si no, salís a una edad en la que no le dan laburo a nadie: venís a salir a los 45, 50 años del círculo de la prostitución, pero a los 50 a cualquier persona que haya estudiado se le hace difícil conseguir un trabajo, y más a alguien que no tuvo una historia laboral excepto la del trabajo sexual”. Reclamó, también, bajar los años de jubilación para las trabajadoras sexuales y permitirles el retiro de aquellas que tengan más de 30 años de actividad.

 


Presentación del Libro “El Ser detrás de una vagina productiva”

3 de junio de 2018

Cómo se regula el trabajo sexual en Uruguay y qué puede aportar al debate argentino

Mientras en nuestro país la puja entre regulacionistas y abolicionistas no se zanja, desde 2002, del otro lado del charco existe una ley que reconoce la actividad y asegura derechos a quienes la ejercen. En esta nota referentes del tema cuentan los avances en la experiencia uruguaya a partir de esta norma y las actualizaciones que urge implementar.

 

Por Ariana Budasoff

25 de noviembre de 2020

Cómo se regula el trabajo sexual en Uruguay y qué puede aportar al debate argentino

 

“A partir de hoy, 29 de Noviembre de 2017, te estoy invitando a reducir tu lectura de los materiales de estudio que definen a la prostitución y cambiarlos por un charla con cualquiera de las personas que la ejercemos, porque cada una de nosotras tiene su propia teoría vivencial y ninguna de nuestras teorías están escritas en los textos que consultas”.

Así inicia un capítulo de su libro, El ser detrás de una vagina productiva, Karina Núñez: trabajadora sexual uruguaya, activista contra la trata de personas, la explotación sexual de niños, niñas y adolescentes y defensora de los derechos de las mujeres y de la diversidad sexual —aunque en una entrevista advierte que esta denominación responde a la mera costumbre de ponerle etiquetas a todo: “Los que ponen ‘activista’ son ustedes. Yo soy Karina”—. La obra, que incluye sus experiencias y las de otras 300 mujeres cis y trans, es una muestra de las realidades que viven las trabajadoras sexuales uruguayas. Un oficio que si bien allí está regulado desde 2002, sigue expuesto a múltiples vulneraciones.

A diferencia de nuestro vecino cruzando el charco, en Argentina las trabajadoras sexuales siguen ejerciendo en un terreno confuso a nivel legal: sin prohibición ni regulación. Y la cinchada entre abolicionistas —quienes piensan que el trabajo sexual no es una elección y que quienes lo ejercen son víctimas de proxenetas y redes de trata por tanto debe prohibirse— y regulacionistas —quienes creen que muchas trabajadoras sí escogen libremente ese oficio, que es uno como cualquier otro, y por tanto debe ser regulado—, parece no tener fin. En ese sentido, quizás el caso uruguayo y su lucha actual, con una postura intermedia que contempla a todas las trabajadoras, pueda ser tomado como ejemplo.

Karina Núñez tiene 46 años, es de Fray Bentos, y dice cosas como: “Yo desde los 12 años que ando en la vuelta” o “yo me he domesticado un poco ahora”. Y dice, por las mujeres gracias a las que empezó su lucha, algo que se parece al título de su libro: “Ellas vieron en mí el ser humano más allá de la profesión, y no me cuestionaron por qué estaba ahí, me guiaron y acompañaron en el proceso de visibilización por fuera de esa estructura de opresión”.

Ella pelea por una actualización de la ley que regula su oficio.

Foto del libro El ser detrás de una vagina productiva, publicado en 2017.

La ley que supieron conseguir

La Ley 17.515 de Trabajo Sexual del Gobierno uruguayo intentó poner un marco normativo al oficio más antiguo —y quizás en el que se cometen más abusos— de la humanidad. Entre otras cosas, esta medida creó un Registro Nacional del Trabajo Sexual en el que aquellas personas que lo ejercen deben anotarse y completar formularios, presentar análisis y estudios que acrediten que están libres de enfermedades de transmisión sexual para recibir, luego, un carné habilitante. Y, desde 2010, todas las trabajadoras sexuales registradas y habilitadas realizan aportes para su jubilación.

Sin embargo, la ley tiene varios agujeros que, a casi dos décadas de haber sido sancionada, las trabajadoras reclaman enmendar con urgencia. Es por eso que Núñez, el 1° de mayo de 2018, hizo una convocatoria en sus redes sociales invitando a sus compañeras a sumarse a luchar para modificar la ley. Así nació la Organización de Trabajadoras Sexuales (O.TRA.S), desde donde están reclamando reformas en la normativa.

“Cuando las compañeras de la Asociación de Meretrices Profesionales del Uruguay (AMEPU) empezaron a escribir la ley, estábamos saliendo de la dictadura cívico militar que duró de 1972 a 1985. En ese entonces las compañeras eran encarceladas por el simple hecho de ser trabajadoras sexuales. De ahí a que consiguieron llevarla al parlamento pasaron algunos años”, cuenta Núñez.

Y explica que un logro que obtuvieron con la aplicación de la norma en aquel contexto histórico fue, justamente, que dejaran de detenerlas por ejercer el trabajo sexual. “Y, en el auge de la pandemia del VIH, a las compañeras se les dio la herramienta que sigue siendo la única real para la prevención del virus, que son los preservativos. Hasta entonces los tenían solo las personas que podían comprárselos”, dice.

La trabajadora social uruguaya, investigadora y docente feminista, Andrea Tuana, quien también dirige la Asociación Civil El Paso, que lucha contra el abuso y la explotación sexual de niños, niñas, adolescentes y mujeres y contra la violencia de género, señala que la ley marcó un punto de inflexión cuando fue sancionada: “Fue importante para reconocer la realidad de las trabajadoras sexuales en cuanto a la existencia de un oficio que socialmente era considerado como una práctica abyecta, necesaria pero indeseable. Y quienes ofertaban servicios para esa práctica eran personas totalmente estigmatizadas, excluidas, invisibilizadas, no dignas de que la sociedad se ocupe de ellas”.

“Partíamos de un piso —continúa— en el que a las mujeres en ejercicio o en condición de prostitución se les podía hacer cualquier cosa. Entonces, la ley, lo que pretendió fue lograr un reconocimiento de esa práctica e intentar colocar un mínimo de marco regulatorio. Mínimo: ‘Señor, usted no puede hacer cualquier cosa, no puede violar a una trabajadora sexual’, más allá de que eso siempre estuvo penalizado, pero obviamente nadie lo tomaba en cuenta. Así llegamos a esa ley que tenemos hoy”.

El periodista y escritor uruguayo César Bianchi (que en 2008 publicó Mujeres bonitas, una investigación con 14 historias de vida de prostitutas uruguayas) coincide en que la ley tuvo bondades como “poner el tema en el tapete y darles visibilidad [a las trabajadoras]; que haya un registro de trabajadoras sexuales y que el Ministerio de Salud Pública esté encima de su salud y les den las herramientas de trabajo. Que deje de ser un tema tabú y que por fin puedan empezar a aportar para su jubilación”. Aunque señala, “que eso llega tardísimo”. Y que la norma tiene “puntos negros bastante claros”.

¿Puntos fuertes? de la ley

El hecho de que aquellas trabajadoras registradas tengan un carnet o libreta habilitante y para obtenerlo deban hacerse controles médicos que les garanticen un buen estado de salud, aunque se lee como una medida progresista, es un punto ambiguo según explican las referentes y el periodista.

“La ley tiene una regulación epidemiológica, jurídica y punitivista, porque si no cumplen determinados requisitos son castigadas o multadas —dice Bianchi—. Por ejemplo: hasta 2015, si vivían en alguna localidad del país y querían ir a trabajar a otra pero no avisaban que se iban a mudar, podían ser detenidas. Eso muestra las falencias de la norma porque si una trabajadora tenía la necesidad de ir a otro lado porque le dijeron que había más trabajo y no avisaba a la comisaría o daba cuenta de que se había mudado podía ir presa”.

Karina Núñez

“También está el aspecto sanitario —agrega—: cada 6 meses en Montevideo y una vez por mes en el interior, tienen que ir al médico y sacarse sangre y regularizar el carnet de salud para descartar que no tengas sífilis, VIH, ni ninguna enfermedad que se transmita por el ejercicio de su trabajo. No les queda claro ni les convence la distinción de la capital con el interior”.

Además de esto, explica que la ley actual indica que las trabajadoras sexuales solo pueden ejercer en espacios habilitados por el Ministerio del Interior o las intendencias, esto las limita a ofrecer servicios o emplearse en whiskerías y casas de masajes, que son, explicarán Núñez y Tuana, negocios cooptados por proxenetas que terminan explotándolas. La norma no les permite trabajar en las calles, rutas o plazas. Lo que les quita autonomía y, en muchos casos, las devuelve a la clandestinidad.

“Creo que demasiados requisitos hacen que terminen trabajando en negro —opina Bianchi— . Si bien no les conviene porque no aportan para su jubilación, al no registrarse no son revisadas constantemente ni están bajo la lupa del Ministerio del Interior, del Ministerio de Salud Pública, o de las intendencias”.

Por estos motivos, en algunos casos, y por desconocimiento de la existencia de la ley y sus herramientas, en otros, muchas de las trabajadoras sexuales no se registran ni obtienen el carnet habilitante.

Aún con sus falencias, para Andrea Tuana registrarse implica cierto respaldo estatal: “Tener la libreta las coloca en un carril que indica que existe una legislación. Quienes no la tienen siguen quedando en ese otro lugar que es el no lugar en definitiva, es el lugar del desprecio, del estigma. Que no digo que las que tienen libreta no lo sufran, pero me parece que ahí hay una sensación de que existe un Estado que está respaldando esta actividad”, dice.

Y sigue: “Lo que sucede es que el tipo de exigencias que genera son totalmente desproporcionadas. Son exigencias para las trabajadoras sexuales y no para los clientes. El fuerte de esta ley es lo sanitario y la seguridad, porque es el Ministerio del Interior, es la Policía, la que regula la actividad, y no el Ministerio de Trabajo. Y lo sanitarista porque obligan a las trabajadoras a hacerse determinados exámenes en los que no interesa su salud integral y sus derechos a la salud sexual, si no que no estén esparciendo enfermedades. Esta es de las críticas más fuertes que le hacemos a la ley”.

Karina Nuñez, respecto a esto, añade: “Para ellos [los médicos] nosotras no somos sujetas que merecemos ser cuidadas”.

Otro punto ambiguo, explican, es el de la seguridad social, porque si bien desde 2010 las trabajadoras pueden aportar para su jubilación, la ley no es retroactiva, con lo cual una trabajadora sexual de 60 o 70 años solo lleva aportando una década, mientras tiene quizás otros 40 años de trabajo que no le son reconocidos.

Las demandas de actualización solicitadas

“Básicamente queremos que la ley empiece a tener en cuenta las necesidades de las mujeres en esta época. Las reivindicaciones que tienen el común de las mujeres de cualquier tipo de profesión están mucho más avanzadas que las nuestras, entonces pedimos que se nos equipare. Por ejemplo: no puede ser que nosotras quedemos con un prontuario prostitutivo de por vida como si fuéramos delincuentes”.

Núñez se refiere al Registro de Trabajo Sexual. Explica que al ser incluida allí, como está bajo la órbita del Ministerio del Interior, cada vez que debe hacer algún trámite cotidiano lo primero que salta a un lado de su cédula es que es trabajadora sexual. Y que ese registro, no caduca nunca, aunque ya no se esté en ejercicio sigue apareciendo como si fuese un antecedente penal condenatorio. Por este motivo, una de las cosas que piden es que la regulación de la actividad pase al Ministerio de Trabajo, como cualquier otro tipo de profesión.

También piden autonomía para trabajar, que no sea necesario notificar a la policía cada vez que se van a otra localidad. Según Nuñez, en un principio, esta exigencia estaba dada para que el Estado, al saber constantemente dónde estaba cada trabajadora, pudiera combatir la trata de personas. Pero dice que no funciona.

Otra de las demandas es que se elimine la cláusula que las liga únicamente a whiskerías, bares y prostíbulos.

Andrea Tuana completa, respecto a este punto, que estos espacios “funcionan como si fuesen empresas autónomas que no tienen nada que ver con las trabajadoras sexuales pero en realidad sus dueños son empresarios que las explotan y se manejan como los dueños de sus vidas”. “Entonces queremos que esta ley promueva posibilidades de autogestión — dice— , de arreglos colectivos entre ellas, que genere alternativas para aquellas mujeres que deseen salir del ejercicio prostitucional. Pero alternativas de verdad. Que realmente sea una posibilidad la salida”, enfatiza.

También piden que el Estado les brinde capacitaciones laborales para que aquellas que deseen dejar el trabajo sexual puedan hacerlo —según el Diagnóstico sobre Trabajo Sexual en Montevideo, el 92% de las mujeres que lo ejerce afirmó que quería dedicarse a otra cosa—; que se generen derechos como licencia por maternidad, por enfermedad; y distintas prestaciones sociales para ellas, sus hijos e hijas. “Para prevenir lo que sucedió con la pandemia, en la que quedaron totalmente colgadas de un hilo, cuando ni siquiera fueron reconocidas por la seguridad social del país. Ni las que no tenían libreta ni las que tenían”, dice Tuana.

Demandan también una amnistía tributaria para aquellas trabajadoras que aún con 65 años están todavía ejerciendo la profesión. “Porque si no, las compañeras tienen que pagar millones de pesos al Banco de Previsión Social (BPS) —es el instituto de seguridad social estatal de Uruguay— para que comience a pagarles una pensión. O sino quedarse con más de 70 años viviendo en las whiskerías porque no tienen con qué pagarse un alquiler”, dice Núñez.

Ni abolicionismo ni regulacionismo: reduccionismo

“Si reducimos el tiempo en que las compañeras se encuentran en éstas prácticas reduciremos las posibilidades de que lo naturalicen a sus generaciones siguientes y les sacamos la carne del cañón a los solicitantes de servicios sexuales que no son clientes y a los dueños de los locales de oferta de servicios que el Estado ampara actualmente con la Ley 17.515”, sigue Karina en el capítulo de su libro en el que explica el reduccionismo.

“No nos concentramos en por qué llega esa mujer al trabajo sexual si no en que no esté mucho tiempo ahí. Porque eso va a ayudar a que no lo naturalice y a que no generen cadenas prostitutivas”, explica ahora al otro lado del teléfono. Reducir tiempo. Reducir daños. En eso se basa su postura.

“Y es así porque a eso yo lo viví”, dice. Su bisabuela, su abuela y su madre fueron prostitutas. Sus hijas son las primeras en cortar la cadena. Una de ellas, de hecho, es la primera de su familia en ingresar a la universidad.

Núñez dice que está trabajando para no llegar a la vejez, como su madre y su abuela, en el ejercicio del trabajo sexual y concluye con una reflexión luminosa: “Si pudieras llegar en la mejor de las condiciones a hacer el trabajo en el que te sientas cómoda, bien, hacelo y rehacelo. Pero si llegás en las peores condiciones en un trabajo en el que no tenés otra alternativa más que hacerlo porque de eso depende tu día a día, no está bueno. Pero no está bueno si sos trabajadora sexual, si sos empleada metalúrgica, o escribana. Porque si bien el estigma nos pesa a nosotras, a las trabajadoras sexuales nos vulneran las mismas vulneraciones que al resto de las mujeres de bien”.

Por eso busca una ley que dignifique, proteja y brinde mejores condiciones a quienes estén en el ejercicio del trabajo sexual y, a la vez, ofrezca herramientas para que, las que deseen dedicarse a otra cosa, puedan hacerlo lo más rápido posible. Una ley que las contemple a todas.

Es optimista respecto a que sus reclamos lleguen al parlamento y las modificaciones de la ley se debatan. Hace dos meses las recibió Beatriz Argimón, vicepresidenta uruguaya, en el Palacio Legislativo. Esto, asegura, sienta un precedente. Tienen fe que sus pedidos y reivindicaciones serán tratadas pronto. Hasta tanto, seguirá adelante: “Pa’ atrás ni pa’ tomar impulso”, dice.

 

Irene Montero (Unidas Podemos) quiere desahuciar por ley a decenas de miles de trabajadoras sexuales

 

A través de la “Ley de Garantía Integral de la Libertad Sexual”, pretende cambiar el Código Penal para castigar el proxenetismo no coactivo y la tercería locativa, esto es, alquilar locales donde se ejerce la prostitución.

De esta forma, vuelve a la forma original del abolicionismo implantado por Franco en España en 1961 tras su adhesión al Convenio de Lake Success.

Esta ley supondrá la expulsión de sus domicilios de decenas de miles de prostitutas que ahora viven en clubes y pisos. Sólo aquellas trabajadoras sexuales que tengan piso en propiedad podrán conservar trabajo y vivienda; las demás, perderán ambas cosas.

Es una ley contra las mujeres: todas seremos sometidas a escrutinio por los eventuales arrendadores que intentarán descubrir si somos o no putas, ya que un error les puede llevar a la cárcel. No podrán recurrir a un registro oficial de prostitutas, ya que ese registro está expresamente prohibido por el mismo convenio citado.

El abolicionismo (históricamente fracasado) no tiene cabida en nuestra democracia constitucional. Atenta contra los derechos humanos (fundamentales, constitucionales) de las mujeres. Es violencia contra las mujeres.

El mismo cuerpo: trabajo sexual y derechos postergados en Uruguay

Las historias personales detrás de la lucha de las trabajadoras sexuales por sus derechos y la regulación de su actividad con un enfoque de derechos humanos.

 

Escribe Verónica Pellejero en Reportaje

7 de noviembre de 2020

https://ladiaria.com.uy/lento/articulo/2020/11/el-mismo-cuerpo-trabajo-sexual-y-derechos-postergados/

 

Foto: Alessandro Maradei

 

En Uruguay la prostitución es legal desde 2002. Si bien la Ley 17.515 significó una conquista y un avance para las trabajadoras sexuales organizadas, hoy ellas quieren ir más allá y que se aborde su ocupación de forma integral en clave de derechos humanos. Muchas son madres, jefas de hogar con niños y otras personas a cargo, tienen problemas con la Policía, y reclaman que se considere su salud y que no sólo se las observe como un cuerpo potencialmente portador y transmisor de enfermedades venéreas.

Su ocupación es precaria y mayoritariamente no gozan de derechos laborales ni seguridad social. En Uruguay no hay datos certeros de cuántas mujeres ejercen la prostitución. Es un trabajo que todavía se desarrolla de forma irregular. Sólo una ínfima minoría cuenta con el Carné de Trabajo Sexual que expide la Policía Científica, en tanto que el verdadero documento que las habilita para trabajar en locales es la Libreta de Profilaxis Venérea que expide el Ministerio de Salud Pública (MSP).

En estas mujeres conviven historias de abuso y de maternidades duras y en soledad, pero también de lucha, sublevación y superación. Sus hijos son su motor. Coexisten en la sociedad de forma ambigua como madres de día y prostitutas de noche, así se autoperciben. La mayoría se prostituye por necesidad, pero también por tener una familia que mantener, para complementar otros ingresos, porque “nadie nos da nada”, porque “nadie pregunta” si sus hijos comen.

El trabajo sexual es uno de los rubros que presentan mayor inestabilidad laboral. Las mujeres son jornaleras, y dependen de la época del año y del mes para obtener ingresos. “Acá hay momentos del año en que hacés diez palos en una noche —en diciembre, por ejemplo—, y otros en los que estás todo el día y te vas con las manos vacías”, señalaba C, quien se desempeña como trabajadora sexual en una whiskería.

Antes de la Ley 17.515, promulgada en 2002, el trabajo sexual no estaba regulado. El proxenetismo era considerado un delito y las prostitutas, perseguidas por la Policía. Recién en 2010, mediante el Decreto 21-29/2010, tuvieron la posibilidad de aportar al Banco de Previsión Social (BPS) como unipersonales o monotributistas, aunque existen normativas al respecto desde 1995.

A pesar de que la ley significó un avance importante en su momento, porque dejaba de criminalizar y regulaba la actividad, hoy presenta grandes dificultades. Incluso motivó hace tres años una campaña de recolección de firmas para modificar su contenido en varios aspectos. Una de las modificaciones que impulsan las mujeres nucleadas en la Organización de Trabajadoras Sexuales (Otras) es pasar a ser reguladas por el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social (MTSS), en vez de por el Ministerio del Interior (MI) y el MSP. La Ley 17.515 creó un Registro Nacional de Trabajo Sexual, que depende de la Dirección Nacional de Policía Científica en Montevideo y de las jefaturas departamentales de la Policía en el interior del país. Allí se expide el Carné de Trabajador Sexual. Para tramitarlo es necesario llevar la cédula, una foto carné y la Libreta de Profilaxis Venérea. Un dato no menor es que tiene un costo de 1.200 pesos.

En 2018 en Uruguay existían 12.358 trabajadores sexuales, de los cuales 11.559 eran mujeres, según el Registro Nacional de Trabajo Sexual. Sin embargo el registro está desactualizado, aseguró Pablo Díaz, que trabaja en esa tarea y participó en el “Seminario de trabajo sexual” que organizó Otras en la sede del PIT-CNT. Allí señaló que en 2019 sólo se expidieron cinco carnés en Montevideo. Mientras daba esta información, las trabajadoras sexuales que se encontraban sentadas de forma dispersa en el salón de actos de la central sindical empezaron a cuestionarse cuál era el “bendito carné”, si ellas tenían la libreta, si sería otro o no. En ese momento se levantó una trabajadora con el carné en la mano: “¡Yo lo tengo, miren, miren!”. Y de esta forma el carné comenzó a circular entre las mujeres, que lo observaban entre risas y curiosidad. Sólo ella lo tenía. Las demás sólo contaban con la Libreta de Profilaxis Venérea que expide el MSP. Los datos respaldan en cierta medida esta situación: mientras que sólo se expidieron cinco carnés del Registro Nacional de Trabajo Sexual el año pasado, en el mismo período el MSP expidió 720 libretas, dijo Díaz.

Las razones que explican esta situación son varias. En primer lugar, señaló Díaz, el carné tiene un costo que muchas mujeres no pueden pagar, debido a que se encuentran en una situación de vulnerabilidad económica. En segundo lugar, ir a la Policía a registrarse como trabajadora es una situación “humillante y estigmatizadora”. Todas las trabajadoras que participaron en el seminario coincidieron en que se sienten discriminadas y maltratadas por la Policía. También comentaron que tuvieron la experiencia común, en sus diferentes departamentos, de que policías les pidieran la Libreta de Profilaxis Venérea para firmarla, aunque no deben hacerlo. Por último, para trabajar en las whiskerías exigen esa libreta, no el carné.

A su vez, su relación con los servicios de salud no es particularmente buena. Respecto del protocolo “Pautas para la atención integral para personas que ejercen el trabajo sexual”, elaborado por el MSP, representantes de Otras y especialistas reconocieron en el seminario la existencia de “obstáculos” para que las trabajadoras sexuales reciban una adecuada atención sanitaria y afirmaron que son discriminadas. Señalaron como problemas “la resistencia cultural” y la existencia de una serie de “desigualdades de género, etnia, edad, nivel socioeconómico, entre otras”, así como la mercantilización de la sexualidad, que se sostiene sobre la base de relaciones de poder. Insistieron en la necesidad de ofrecer una atención integral en los servicios de salud en clave de derechos humanos.

En este sentido, el Registro Nacional de Trabajo Sexual es impreciso y está desactualizado, y las trabajadoras que aportan como monotributistas o unipersonales no son la mayoría. Quizás el registro más fiel sea el del MSP, que expide la Libreta de Profilaxis Venérea, una especie de documento de identidad en los locales donde se ejerce el trabajo sexual. De todas formas, quedan excluidas las mujeres que trabajan informalmente en la calle, que pueden no figurar en ninguno de los tres registros institucionales.

En la primera visita a La Clínica, un burdel de la zona de Parque Rodó, la dueña me mostró entusiasmada un bibliorato mediano en el que están todas las fotocopias de las libretas profilácticas de cada una de las trabajadoras. “Me gusta tener todo al día, todo en regla. Ellas saben que acá hacen sólo lo que quieren y que si un día se les enferma un hijo, avisando con tiempo nos revolvemos”, decía. Pasaba las páginas y me mostraba, aunque no se lo hubiera pedido.

La flexibilidad de La Clínica no se encuentra en la mayoría de los recintos de prostitución, de acuerdo con varias trabajadoras sexuales del lugar que han pasado por otros locales. En algunos lugares no se pueden negar a “ocuparse” de un cliente que las solicite y se les cobra el uso de la pieza y de las toallas, así como el papel higiénico e incluso el agua caliente para lavarse.

La disyuntiva entre trabajar en la calle o en una whiskería siempre está presente. Algunas creen que en la calle tienen mayor autonomía: son sus propias jefas, porque eligen los horarios, los días que trabajan y, lo más importante, ponen el precio y reciben la totalidad del pago. Sin embargo, otras destacan que la calle, si bien tiene esas ventajas, es un espacio hostil, peligroso y de una gran exposición social. La whiskería ofrece la contención de un recinto cerrado, más cuidado y protegido. En la calle, en cambio, padecen violencia física, amenazas con armas de fuego y la negativa a pagar de algunos clientes luego de terminado el servicio. También hablan del frío del invierno, los resfriados y el hostigamiento de la Policía.

Díaz dijo que las trabajadoras sexuales “han sido perseguidas durante muchos años y sufrido extorsión y violencia”. Reivindicó la Ley 17.515, porque “antes de 2002 era delito ejercer la prostitución, y hoy es un trabajo”. Sin embargo, valoró que actualmente el registro es “una sección dentro de otra sección que está olvidada; es todo un mamarracho”, y dijo que “el MSP, el MTSS y el MI deberían estar en contacto entre sí, pero no sucede”. Existen dos maneras de recibir el alta en el registro: voluntaria o de oficio, “cuando llega el contralor social”. “Si esto fuera serio, debería haber un departamento mínimo con diez personas, pero hoy somos dos y no estamos exclusivamente dedicados a esto”.

La luna brillante y el pavimento frío

Andrea vive en La Paz, Canelones. Tiene 41 años y una beba de siete meses. Durante los primeros meses de gestación no supo de su embarazo, por lo que continuó con su labor de trabajadora sexual. Cuando era joven tomaba mucho alcohol y se drogaba, y por eso había resuelto no gestar. Cuando se enteró de que iba a ser mamá decidió trabajar unos meses más; sin embargo, se empezó a sentir mal: “Siempre tenía miedo de que me pegaran en la panza. Los hombres a veces son muy brutos y no entienden que les digamos que estamos embarazadas, que nos traten despacio; algunos se enojan y nos dicen cualquier cosa. Yo una vez, después de parir, le tuve que decir a uno que parara que me dolía y me recontra puteó”.

Sus familiares la “bancaron” cuando les planteó que no quería trabajar mientras estuviera embarazada. “Tengo una hermana trans que me ayudó mucho, me hacía surtidos. No me sobró, pero estaba tan feliz de poder llevar mi embarazo tranquila que no me importó. Podía ir a los controles, descansar. En mi familia no nos juzgamos, mi hermana es trans, tiene una pareja y la queremos así como es. Yo fui prostituta toda la vida. Siempre nos apoyamos los unos a los otros”.

Después de su embarazo, le dolía mantener relaciones sexuales con los clientes debido a que no se lubricaba bien, pero fundamentalmente por la episiotomía. Sin embargo, cree que fue una “privilegiada”: “Yo tuve una familia que me apoyó como pudo, pero la mayoría de mis compañeras trabajadoras sexuales están completamente solas”. Ocurre que, a raíz de su ocupación, muchas trabajadoras sexuales rompen el vínculo familiar, lo que se agrega a la notoria carencia de derechos laborales. Eso implica que “cuando quedan embarazadas no tienen los mismos derechos que cualquier trabajadora, no cuentan con licencia maternal, medio horario por lactancia. Algunas apenas paren ya tienen que salir a trabajar para mantener al bebé porque no cuentan con ningún apoyo”.

Prostíbulo La Clínica. Karina Núñez con una factura.
Foto: Alessandro Maradei

Andrea sostiene que no es lo mismo trabajar en la calle que en una whiskería. Cuando se reintegró a su actividad, luego de ser mamá y “de que pasara la cuarentena, se secaran y cayeran los puntos”, lo hizo en una whiskería. Luego retornó a la calle, porque así lo prefiere. Sin embargo, reconoció que “en invierno la intemperie es bravísima. Es mucho el frío en la ruta, las gripes que te agarrás”.

Tramitó la tarjeta del Ministerio de Desarrollo Social (Mides), pero no se la dieron. Del Estado sólo recibió la prenatal y el kit para bebés “Uruguay crece contigo”.

Actualmente Andrea sale a trabajar un rato, nada más. Su hermana cuida a su hija mientras ella sale a la ruta más o menos dos horas y regresa. Arriba brilla la luna de julio y debajo el frío del pavimento congela: “Con este frío trato de no salir mucho”, dijo. Agregó que luego del parto pasó nueve meses sin menstruar, y estos días volvió su período y no puede trabajar. Mientras espera, se arregla como puede.

Dos propuestas de regulación

Se han propuesto varias modificaciones a la Ley 17.515, pero sólo se concretó una: el Decreto 21-29/2010, relativo al monotributo. Dos intentos de introducir modificaciones a la ley promulgada en 2002 se desarrollaron paralelamente sin pasar de ser borradores. Por un lado, la Comisión Honoraria de Protección al Trabajo Sexual, que está compuesta por integrantes del MSP, del MI, del Congreso de Intendentes y del PIT-CNT, elaboró un inicio de proyecto de ley, y por otro, la organización civil de trabajadoras sexuales Otras intentó plasmar en un documento sus impresiones, pero sin lenguaje jurídico.

Carlos Cordero, enviado del PIT-CNT a la comisión en el período de gobierno anterior, explicó que en ese ámbito se propusieron darle legalmente al trabajo sexual “carácter de trabajo, para brindarle toda la protección social que debería tener cualquier trabajador, cualquiera sea su profesión”. Entre los aspectos positivos del borrador, destacó que “engloba a las trabajadoras sexuales independientes, a aquellas que trabajan en casas de masajes, whiskerías”, y que “también buscaba impedir la explotación y el tráfico sexual”. “La ley era muy buena por la amplitud de voces que incluía”, opinó, pero llegar a una definición “se hacía difícil, por la cantidad de organizaciones que había y la multiplicidad de opiniones sobre el tema”. El PIT-CNT, según dijo, les pidió a las trabajadoras sexuales trans que se unieran. Cordero lamentó que se haya disuelto la Asociación de Meretrices Profesionales del Uruguay (Amepu), que llegó a integrar la mesa representativa del PIT-CNT. La central sindical uruguaya, según él, es la única que tuvo trabajadoras sexuales en su órgano de dirección. Pero hoy, agregó, “no hay sindicato”.

El borrador, al que accedimos, modifica en primer lugar la forma de retribución, dejando en claro que esta debe ser “exclusivamente en dinero”, en tanto que la ley vigente dice que también puede ser en “especies”. Pero el cambio más importante es que “el cumplimiento de las normas laborales y el control de las condiciones de trabajo en los lugares donde se ejerce el trabajo sexual” pasarían a estar a cargo del MTSS. La ley actual no incluye a ese ministerio, sino que comprende al MSP y al MI, con un gran protagonismo de este último.

Con este proyecto, la Comisión Honoraria de Protección al Trabajo Sexual sería presidida por el MTSS y no por el MSP, y sumaría representantes del Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay y del Mides. Además, el proyecto identifica al Poder Ejecutivo como responsable de brindar los servicios administrativos para que la comisión pueda cumplir sus objetivos. También se propone la descentralización a través de la creación de una Comisión Honoraria de Protección al Trabajo Sexual en cada departamento. A su vez, la iniciativa introduce modificaciones en el Carné de Salud de Trabajo Sexual, quitando los incisos E y F, que exigen número de registro y carné de salud habilitante; quita de la órbita del MI la expedición del carné; borra el Registro Nacional de Trabajo Sexual y todo pasa a la órbita del MSP. Asimismo, determina que el documento no es válido por tres años, sino por dos.

Los artículos 9 y 10 de la Ley 17.515, que plantean competencias institucionales y acciones punitivas para las trabajadoras sexuales en determinadas circunstancias, son modificados totalmente. Se destaca el artículo 10, que frente a todas las disposiciones punitivas que fija actualmente la ley, en las modificaciones indica: “Bajo ninguna circunstancia el Carné de Salud del Trabajo Sexual podrá ser retirado por la autoridad pública ni por terceras personas”. El borrador desarrollado por la Comisión Honoraria de Protección al Trabajo Sexual reafirma en el artículo 14 que será el MSP el encargado de expedir de forma gratuita el carné.

Por otra parte, fija la competencia de la habilitación de las whiskerías en el MSP y el MTSS, y desplaza así a las jefaturas de Policía. Luego, en un capítulo llamado “Del trabajo sexual dependiente en establecimientos”, abre la posibilidad de que las trabajadoras sexuales realicen su trabajo percibiendo un salario y con “todos los derechos inherentes a un trabajador”, como “salarios mínimos, licencia, salario vacacional, aguinaldo, horas extras, seguro de accidentes de trabajo, por enfermedad, y licencia maternal”.

Karina Núñez.
Foto: Alessandro Maradei

Se presume que las trabajadoras sexuales ejercen un trabajo “subordinado” cuando perciben un salario de un tercero o este es el dueño del establecimiento. Este es uno de los articulados que generan mayor controversia, porque para Otras este borrador “regula y legaliza el proxenetismo”. El proyecto de ley señala como proxenetismo el “cobro de sumas excesivas por parte del dueño del establecimiento”. Por otra parte, en el capítulo VI se habilita el trabajo independiente, para el que se establece la inscripción obligatoria en el BPS.

De acuerdo con Andrea Tuana, de la organización civil El Paso, que ayudó a traducir al lenguaje jurídico algunas de las reivindicaciones de las trabajadoras sexuales, este otro proyecto, el de Otras, “quedó trunco” pero existe la intención de retomarlo. Las modificaciones, según explicó Tuana, apuntan a que la norma tenga como centro los derechos humanos de las trabajadoras. Esta ley “contrasta” con la que desarrolló la Comisión Honoraria de Protección al Trabajo Sexual, que realizó un proyecto “paralelo” al de Otras, dijo.

Señaló que en el proyecto de la comisión, en un “afán de fortalecer los derechos”, se incluyó licencias, salario vacacional, licencia maternal. Establecía que los dueños de las whiskerías “fueran los patrones, y existe una oposición a esto de parte de las trabajadoras sexuales, porque si los patrones las contratan sería legalizar el proxenetismo”, dijo Tuana. El proyecto de ley de Otras, en cambio, “busca regularizar la situación, pero que sean ellas mismas las que realizan los aportes”, señaló. Agregó que la ley actual es extremadamente “sanitarista”, y que la reivindicación de Otras es que no “se mida únicamente en la salud sexual y reproductiva de las trabajadoras el punto de las enfermedades de salud sexual”.

El borrador de Otras, al que también accedimos, define el concepto de trabajo sexual y sus implicancias, y plantea la creación del Registro Nacional de Emprendimientos Ligados al Trabajo Sexual de Uruguay. Dicha institución estaría compuesta por los mismos integrantes que plantea el proyecto de la Comisión Honoraria de Protección al Trabajo Sexual, más el Instituto Nacional de Derechos Humanos, el Ministerio de Educación y Cultura, la Unidad Reguladora de Servicios de Comunicaciones, el PIT-CNT, InMujeres y la Defensoría de Vecinos y Vecinas. El organismo llevaría adelante el registro de las personas o los emprendimientos que brinden servicios sexuales o se relacionen con estos. Además, realizaría una entrevista con cada persona que se registre, con el objetivo de informarla sobre sus derechos.

Propone que el trabajo sexual no esté sometido a ningún control sanitario especial distinto de los que se aplican a todos los trabajadores. También estipula la cobertura de “salud mental de calidad” para todas las trabajadoras sexuales, y el asesoramiento y el apoyo “para asegurar la posibilidad de desarrollo de trayectorias vitales fuera del trabajo sexual, mediante un soporte integral en el desarrollo de un nuevo proyecto de vida”.

Piel curtida, corazones rotos

A Cintia le hubiera gustado estar más presente para sus hijos, ya que al primero tuvo que dejarlo en varias oportunidades con una cuidadora, durante largos períodos, mientras vivía en Minas de Corrales, en el departamento de Rivera. Años antes, cuando tenía 16, había empezado a prostituirse en la Plaza Internacional que comparten Santana do Livramento y la ciudad de Rivera.

Nos sentamos en un rincón en el bullicioso “Seminario de trabajo sexual” que se desarrollaba en la sede del PIT-CNT. Cintia es una mujer delgada, con acento brasileño y el cabello teñido de rubio y ondulado. Trabajó durante muchos años con Karina Núñez en una whiskería de San Gregorio de Polanco. Tuvo una hija con el dueño del lugar, pero lo dejó porque era violento. La golpeaba tan fuerte que pensó varias veces que no sobreviviría, que iba a matarla. “O me quedo y me mata o me voy y sobrevivo”, pensó, y ese impulso la llevó a abandonar a ese hombre, con el cual de todas formas mantiene una relación por el hijo que tienen en común y quien “a veces ayuda con algo”. Esto para una trabajadora sexual ya es bastante; como muchas mujeres que comparten su oficio, Cintia se ha acostumbrado a no esperar nada de nadie. “Terminamos cantidad de veces en la comisaría, me golpeaba hasta dejarme como un bicho; a veces pienso que no sé cómo sobreviví”, dijo.

Al padre de su tercer hijo lo conoció en la whiskería donde trabajaba en Rivera, pero también resultó ser un hombre violento. “No he tenido suerte con los hombres”, concluyó y suspiró resignada. “No quiero saber nada más con ellos, prefiero estar sola que mal acompañada; ahora me dedico a cuidar a mis hijos”, afirmó. Le quedan dos: al mayor lo asesinaron en 2014 en San Pablo. “Yo creo que tenía deudas de droga o que lo mataron los milicos”, conjetura. “Me dejó una nieta bebita: Julia, apodada Xuxú. No la conozco todavía, pero la veo en fotos”, contó. Al preguntarle si iría a conocerla respondió con contundencia: “Por supuesto, es lo único que me quedó de él”.

Marisol habla rápido, como si hubiera contado muchas veces lo mismo. Es bajita, morocha y corpulenta. Desde niña tiene una vida difícil, su padre golpeaba a su madre y su hermana mató a un hombre dentro de su casa. Esos dos acontecimientos marcaron su vida, pero más aún el haber sido violada a los 11 años, y que su madre no le creyera y la echara de su casa “por puta”. Se la “entregó” a su padre para que se hiciera cargo.

Marisol dice que siempre le pedía a su mamá que la acompañara a la escuela, pero ella no quería. Un día, cuando regresaba de estudiar la agarraron por atrás y se la llevaron tres hombres; eso es lo único que recuerda. Volvió a su hogar un día y medio después y se encontró con la furia y las acusaciones de su madre. Su padre la llevó a la fiscalía, donde el examen forense determinó que había sido violada.

Luego empezó a trabajar en la vía pública como prostituta siendo una niña de 12 o 13 años, “por necesidad”. Ya a los 14 había parido a su primer hijo. “Estaba de menos, pero seguí para adelante, seguí trabajando en la noche. Me maltrataron, me agredieron y me violentaron mucho”. A los 16 tuvo a su segundo hijo, su padre fue asesinado y ella quedó sola. Se acostumbró a tres cosas que asumió con absoluta claridad: la abrumadora soledad, la adolescencia perdida y la realidad de “la noche” como su único sustento económico. Al alcanzar la mayoría de edad ya era madre de tres hijos.

Un ruido similar a una alarma de celular sonó de repente. Era la tobillera, que debía recargar rápidamente porque se estaba por apagar, así que la enchufó con un transformador. Tiene medidas restrictivas contra su ex pareja. Él la golpeaba y la maltrataba, hasta que un día se cansó y lo agredió, contó. “Le desfiguré la cara y le partí la cabeza a golpes”, dijo. “Igual estoy orgullosa de mi fortaleza, porque me defendí de él, enfrenté lo que tenía que enfrentar”, concluyó. Él ya la había tratado de matar dos veces. “Hay muchos hombres que han matado a las parejas en la casa con sus hijos adelante y no les importa, las asesinan con los hijos mirando; yo miro por mis hijos, por eso me defendí, saqué la fuerza de donde no la tenía para hacerlo”.

Sus hijos viven, desde hace años, en el INAU. El Estado se los quitó porque ya no podía mantenerlos, y hasta que no “salgan las viviendas” de la cooperativa en la que está no podrá volver a estar con ellos. Ella los visita y aseguró que están bien y que entienden la situación. “La más grande ya me pidió que no vuelva más con mi pareja”, contó. Marisol hoy forma parte de Otras y lucha junto a sus compañeras para sacar a otras mujeres de la prostitución y para regular las condiciones de las que trabajan actualmente.

Atención en salud

El protocolo del MSP es el trabajo más completo, reciente e inclusivo —tanto por quienes participaron en su redacción como por abordar el problema desde una perspectiva de género— que se elaboró desde la aprobación de la ley en 2002. Si bien pretende ser un protocolo, delimita y define el trabajo sexual. Desde una perspectiva interseccional, plantea que en los cuerpos de las trabajadoras sexuales conviven diferentes características identitarias, como “la edad, características sexuales, identidad de género, etnia, orientación sexual, situación socioeconómica, lugar de residencia, condición de migrante, estado serológico de VIH, entre otras”.

También afirma que con frecuencia las trabajadoras sexuales son personas que provienen de “segmentos sociales de gran exclusión”, y que han tenido sus primeras experiencias sexuales a temprana edad y en muchas oportunidades de forma traumática. El trabajo apunta a que estas características de vulnerabilidad aumentan la exposición a situaciones de violencia y el consumo de sustancias adictivas. Es común, por ejemplo, que en las whiskerías los dueños hagan que las trabajadoras sexuales pidan a los clientes que las inviten a tomar “una copa” para mayor gasto en el local, lo que les genera a ellas problemas de alcoholismo. Eso mismo ya fue señalado por Yvette Trochón en su trabajo sobre la prostitución, cuando se refería a que las trabajadoras sexuales “coperas” tienen un “hígado de hierro”. Otros problemas que enfrentan son la falta de documentación, el riesgo de la trata y la explotación sexual en las fronteras, que en última instancia ponen en peligro sus propias vidas.

El gobierno anterior se propuso abordar el reclamo de Otras acerca de la necesidad de evitar que se asocie a las trabajadoras sexuales exclusivamente con infecciones de transmisión sexual. El protocolo recomienda que el seguimiento de las trabajadoras sea realizado por un médico de referencia, preferentemente de medicina familiar y comunitaria, en coordinación con un equipo interdisciplinario que deberá estar integrado por un trabajador social y por personal de enfermería. Fija además la entrega de 144 preservativos por mes, aunque las trabajadoras sexuales pueden solicitar más y el servicio de salud debe entregarlos. Varias trabajadoras sexuales presentes en el seminario organizado por Otras señalaron que las policlínicas de la Administración de los Servicios de Salud del Estado no cumplen con ese requisito. Generalmente “dicen que no tienen”, aseguró una de las participantes en acuerdo con las demás, que han tenido la misma experiencia en el interior del país.

Myriam Olivera, obstetra-partera de Trinidad, Flores, asistió al seminario con las trabajadoras sexuales en la sede del PIT-CNT. Allí contó, en nombre del equipo de trabajo de la policlínica de medicina familiar y comunitaria en que se desempeña, los avances que han tenido en la promoción de una salud integral desde hace un lustro. Olivera mostró en su laptop la fotografía de una mujer acostada en una camilla de la policlínica amamantando. “Muchas veces las trabajadoras sexuales vienen con sus hijos pequeños y dan teta en la consulta, porque es el único espacio en que tienen tranquilidad para estar con sus bebés”, dijo.

Olivera contó que personas afines al “cambio de modelo de salud” se juntaron y comenzaron a brindar una atención integral, y así resolvieron integrar a las trabajadoras sexuales y al colectivo de diversidad sexual, grupos que “han sido vulneradísimos”. Se integraron en la capilla de una iglesia y después se expandieron, porque tuvieron un aumento exponencial de usuarios.

Hoy atienden a una población de 121 trabajadoras sexuales, 36 más que el año anterior. De ellas, 87 usuarias han tenido más de tres controles en la policlínica, por lo que se las considera parte de la población “estable”. El año anterior habían sido 36, mientras que la “población flotante”, que ha tenido uno o dos controles, es de 34. Las usuarias viajan desde localidades distantes para atenderse en ese servicio; las hay de Paysandú, Salto y Tacuarembó. “En el contexto de la instalación de la planta de celulosa, nos estamos preparando para recibir a una mayor población, porque va a suceder, no hay otra”, señaló Olivera. Es común que en las grandes obras de la construcción haya un aumento de la prostitución.

La población que atienden tiene entre 18 y 55 años. De esas mujeres, 20 son del departamento y 67, de zonas de influencia. Una de las innovaciones que llevaron adelante es el PAP anal para las mujeres trans, que según Olivera “tiene el mismo nivel de prevención con respecto a las patologías que se pueden presentar que el PAP de cuello de útero”. La partera destacó que el ano es también un órgano sexual. Dijo que la razón de que haya tenido tanto éxito la forma de atención que brindan es que las usuarias vieron en su equipo “una apertura que no es común, aun en los sistemas de salud”, y señaló: “Tenemos que aceptar que tenemos graves falencias con respecto al tratamiento de los derechos de las personas”.

Ella y su equipo se acercaron a los barrios, con la concepción de que la salud debe llegar a las personas y no al revés. “Dicen que somos modelo. En realidad, somos un servicio de salud prestado como se debe”, afirmó Olivera, y contó orgullosa que en la policlínica tienen una bandera de la diversidad colgada en la ventana. “Fuimos tan osados que la colgamos en la capillita, pero fue retirada”.

Ahora, Otras

La organización de las trabajadoras sexuales en espacios de contención donde puedan reclamar y luchar por sus derechos ha sido dificultosa y muchas veces inconstante. La Amepu fue una organización sindical de trabajadoras sexuales que se formó a la salida de la dictadura, en 1986. Fue la fuerza principal que empujó la concreción de la Ley 17.515, que dejó de criminalizar la prostitución con el propósito de legalizar y regular el trabajo sexual. Pero en 2015 la asociación se desintegró, en medio de denuncias de corrupción a la presidenta y la vicepresidenta por la venta de terrenos para personas con VIH y de cajas de condones.

Hace poco más de dos años fue fundada Otras, que canaliza las demandas de las trabajadoras sexuales. Su presidenta, Karina Núñez, es quien lleva la batuta y se mueve por las demás, para organizar y para conectar con el mundo académico, que siempre “habla de ellas sin ellas”, sostiene.

Además de buscar las modificaciones que creen necesarias en la ley, a menudo desarrollan estrategias de solidaridad frente a problemas comunes. En medio de la crisis sanitaria por la pandemia de covid-19, les fue asignada una sala en el PIT-CNT donde despliegan la ayuda para los cientos de trabajadoras sexuales que se quedaron sin ningún tipo de ingreso de un día para el otro, la mayoría de ellas con hijos que mantener.

Tamara García, militante feminista y parte de la mesa representativa del PIT-CNT por la Comisión de Jóvenes, señala que Otras es una organización civil, no un sindicato, y que tiene un vínculo cercano con la central para reformar la ley. Conformar una organización sindical “es la idea para el futuro”, pero es “muy difícil” porque “las redes de trata y de prostitución son muy poderosas, y cuando se ha avanzado en la organización sindical se han recibido amenazas de muerte”. La presidenta de Otras señala que la organización sindical es compleja porque muchas veces “se busca el beneficio personal y cuando hay que estar para las otras nadie puede”.

La Clínica

Por fuera La Clínica parece una casa corriente, pero adentro, el tintineo de las campanillas encima de la puerta y una luz cansina sugieren casi inmediatamente que allí se ejerce la prostitución. Hay música a un volumen moderado, una barra y tres habitaciones con camas. La encargada es la primera en aparecer, apenas las campanas anuncian a un cliente. Mónica es una mujer servicial y amable, físicamente corpulenta y muy maquillada. Sus pequeños ojos están enmarcados por una fina línea de delineador a la altura de las cejas. Antes de ser encargada, también fue trabajadora sexual.

Fui conducida a la cocina. En la pared junto a la mesa había pintadas imágenes de Winnie the Pooh, Tiger, Mickey Mouse y otros personajes animados infantiles. El rincón de descanso se asemejaba a un puente que conectaba con la infancia y que contrastaba con la entrada y el lugar en general. Sentada en un banco largo de madera, mirando tele sin mirar, estaba medio desnuda Marilyn, una mujer con cara bonachona.

Marilyn es una joven migrante oriunda de República Dominicana. Además de trabajadora sexual, es empleada en una empresa de limpieza. También es madre de tres hijos. Llegó sola a Uruguay en 2013, dos meses después de parir al tercero. Los primeros meses fueron duros y angustiantes. “Fue espantoso para mí. Imagínate que me chorreaba la leche de los pechos, me dolían mucho, lloraba. Yo a veces digo que la leche se me mezclaba con las lágrimas. Lloré desde que me subí al avión hasta llegar, y los primeros días lloraba todo el día; extrañaba mucho a mis hijos y me sentía sola”, recordó. Llegó a Uruguay porque tenía muchas conocidas jóvenes que le aseguraron que aquí habían hallado trabajo, salud y educación gratuita y de calidad. Marilyn quería asegurarles a sus hijos y su mamá un futuro “sin necesidades”. Con estos objetivos en mente juntó coraje, dejó a sus hijos con su madre y se tomó un avión.

Cuando llegó a Uruguay creyó que iba a poder viajar, traer a toda su familia de allá y vivir cómodamente. Pero no fue así. Consiguió un trabajo en una empresa tercerizada de limpieza y con el dinero que ganaba apenas le daba para vivir. “Después de dos años no aguanté más y me fui a ver a mis hijos, al final gasté toda la plata que había ahorrado en volver a visitar a mi familia; no podía trabajar aquí, sola, para luego gastarme todo el dinero en una sola visita”, explicó.

Cuando regresó de República Dominicana lo hizo con una idea en mente: traer a sus hijos y a su madre a vivir con ella aquí costara lo que costara. Ya conocía a otras compatriotas que habían tenido que recurrir al trabajo sexual para complementar otros ingresos. “Conversé con una amiga y me trajo aquí [a La Clínica]. Me tratan súper bien y no hago nada que no quiera. Con los dos trabajos logré traer a mi familia, y la semana pasada me mudé a una casa con tres habitaciones. Mis hijos van a la escuela y van a tener un futuro mejor que el mío”, dijo Marilyn con una sonrisa de labios apretados bajando un poco la cabeza para disimular su felicidad. “Mis hijos son mi vida, lo que me impulsa a seguir adelante”, confesó.

Sin embargo, su familia no sabe de su segundo trabajo, que es un secreto. “Yo creo que en el fondo mi madre lo sospecha y calla, tan tonta no es. Mis hijos no lo saben, pero una vez mi hija casi abre el bolso donde tenía mi ropa de trabajo. Creí que me daba un infarto”, recordó.

Suena la campanilla, hay un cliente en la puerta, las chicas se presentan y una es elegida. Como dirá después Mónica, “hay de todo en la prostitución”. Hay clientes frecuentes con servicios frecuentes, como un hombre que sólo va los domingos por “un oral” porque, presumen, a su esposa no le gusta hacérselo. Van muchachos del interior “que estudian y trabajan y no tienen tiempo para tener novia”, y otros “que vienen de a muchos a festejar acontecimientos importantes”. Todas estas cosas me las explicó Mónica mientras me servía un whisky y Marilyn “se ocupaba” de un cliente.

Llegó al local Claudia, una mujer joven y enérgica. Abrió su locker y se quejó de que no tenía condones para trabajar. Mónica le prestó. La ropa de trabajo de la trabajadora sexual es como un disfraz, o “como cualquier uniforme de trabajo”, dijo Claudia mientras se planchaba el pelo y se maquillaba en el baño. Marilyn volvió 15 minutos después. “¿Ya volviste?”, le pregunté; en mi imaginación un cliente pagaría por una hora de servicio, quizás media hora, pero ¿15 minutos? “Es el tiempo normal, ¡algunos demoran menos todavía, nena!”, señaló Mónica mientras las demás asentían.

Claudia tiene un hijo chico. Eligió el trabajo sexual para mantener “el nivel de vida que tenía”, ya que salió durante un tiempo con un jugador de fútbol, que es el padre de su hijo. Sin embargo, “él no me pasa un peso”, dijo. “Tengo que mantener a mi hijo y bancarme, y en esto se gana bien”, argumentó. Claudia contó que una vez, luego de un partido de fútbol del cuadro de su ex, todos los jugadores fueron a la whiskería donde ella trabajaba a festejar. Muchos ya la conocían y se sorprendieron al encontrarla allí. “Estoy acá porque el padre de mi hijo no me pasa la mensualidad y me gano la vida como puedo”, dijo que les contó. Aseguró que no tiene nada que esconder. Sus familiares saben de su trabajo y no le importa lo que piensen al respecto.

Ese día me fui de La Clínica con la promesa de volver en unos días. Regresé dos años después. No todos están preparados para ese choque con lo que no quiere ser visto ni espera ser contado, pero que secretamente se fomenta.


Oculto y a la vista

Entre leyes, proyectos, sindicatos desarmados y organizaciones que surgen y se pierden, el trabajo sexual se ubica entre lo indecible para una parte de la sociedad y sus trabajadoras, que buscan la reivindicación de sus derechos, vulnerados tanto como personas como desde el punto de vista laboral.

Es la discusión no saldada de los feminismos, de los gobiernos y de la sociedad. Y aun así, también, el permanente silencio, el estigma, la cotidianidad y el cliente que abre la puerta, suena la campanita y, en fila, se colocan las muchachas para que elija a quién quiere coger y cómo.

Entre “la naturaleza” que hace machos a los machos y putas a las putas. Entre quienes las ven como un cuerpo que si no es controlado sanitariamente puede esparcir su peste venérea por todas partes. Entre problemas de clase, género, trata, narcotráfico, pornografía, abuso y explotación de menores.

Unos creen que la prostitución debería prohibirse, abolirse o regularse. Para algunas es la peor miseria y para otras, el comercio del servicio sexual es empoderador y es también una decisión personal. Entre esas visiones se mueven un negocio que explota sexualmente a las mujeres y un Estado que debe regular una actividad compleja que muchas veces bordea lo criminal.

Silenciado, por omisión o intencionalmente, el tema parece incomodar o no merecer atención. Cada tanto una trabajadora sexual es noticia. Un femicidio, una trasgresión, un hijo muerto; casi nunca se habla de ellas en la prensa como grupo. Sólo como situaciones individuales que emergen cada tanto. La información que existe sobre las trabajadoras sexuales como grupo social es escasa e imprecisa.


De regreso

Cuando volví a La Clínica habían borrado las imágenes infantiles. Ahora había una musa sexual con los pechos libres parados y un cartel que decía “La Clínica”. Allí debía estar Katia, una mujer dominicana y analfabeta que tiene un hijo con discapacidad intelectual y problemas neurológicos, pero no fue a trabajar ese día porque estaba internada con su niño grave en el hospital Pereira Rossell.

En su lugar de trabajo estaban Caty y Valeria, sentadas en la cocina fumando. Caty es una veterana flaca con la voz ronca y el pelo teñido de amarillo. Ingresó al trabajo sexual la última vez que estuvo desempleada, hace ya cuatro años. “No se consigue trabajo después de los 40 sin estudios”, dijo. Decidió decirles a sus cuatro hijos más grandes de qué trabaja porque prefiere que se enteren por ella y no por personas que hayan visitado el local. Dijo que por el lugar pasa gente conocida de su barrio, que es el mismo que el de la encargada. De todas formas, no le importa que la juzguen: “Nadie me golpea la puerta para ofrecerme ayuda o un plato de comida. Los únicos que pueden juzgarme son mis hijos, y ellos no lo hacen porque saben que lo hago por la familia”, señaló.

Caty tiene seis hijos y una madre con Alzheimer a la que debe cuidar. Tuvo sus cuatro primeros hijos dentro del matrimonio, pero cuando decidió separarse, hace ya 20 años, él la dejó y no se hizo cargo de ellos. Lo mismo sucedió con los papás de los dos que nacieron después. “Imaginate si me puede llegar a importar que me juzguen. Tengo que llevar plata a mi casa sí o sí, no hay otra”, dijo Caty zarandeando un pucho.

Su hija de 20 años la ayuda con los hermanos pequeños, si no tendría que contratar a una cuidadora y no le daría el dinero. Además, si bien el trabajo es fijo, el sueldo no lo es. Hay días buenos, malos y peores, en los que debe irse a su casa con las manos vacías. Dice que no le gusta su trabajo, tener que, “de vieja, acostarme con cualquier tipo, negociar un precio”, pero sus hijos son su “todo”, su “motor”.

Valeria es una mujer alegre y simple, con el pelo negro largo y lacio recogido en una cola de caballo y un escote victoriano. Tiene cuatro hijos. Todos en su familia saben de qué trabaja y tampoco le importa lo que piensen. Su máxima (que repite como un mantra): “Nadie me da nada y yo no pido nada a nadie”. Si bien trabaja como prostituta desde los 19 años, ha tenido otros trabajos. Cuando queda desempleada, vuelve. “No me puedo quedar en mi casa tomando mate sabiendo que puedo hacer dinero. Antes de andar por ahí cogiendo con uno y cogiendo con otro gratuitamente, prefiero cobrarles, que los niños coman”.

“Este trabajo no es fácil, como piensa la gente; la plata es rápida, pero de fácil no tiene nada”, expresó Valeria. “Acá de repente viene un tipo y no te toca, pero te paga una hora para que lo escuches, para hacer de psicóloga. Prefiero que me toque y sacarlo rápido que estar una hora ahí adentro con el tipo comiéndote el cerebro”, dice. “Además, después hay otros que te dicen cosas que no te podés imaginar; te dan ganas de romperles la cabeza”, reconoció Caty. Valeria aseguró que a veces llegan “hombres fantaseando hasta con sus propias hijas”, que les dicen “hacete la nena”, y les cuentan por qué tienen esas fantasías.

Las trabajadoras sexuales insisten en separar su trabajo de su vida personal, como si se tratara de dos mujeres diferentes y antagónicas. “Si nos ves antes de llegar acá te querés morir, no nos reconocés”, dice Valeria. Para ella, llegar a la whiskería es como ir a una fábrica. “Vas al vestuario a cambiarte y te ponés el uniforme. En las fábricas de comida te ponés la cofia y un delantal, acá me produzco y me maquillo”, continúa. Aclara que en la calle no anda “maquillada ni ahí”, pero al llegar dijo: “Me voy a tratar de disfrazar lo más posible de mujer”. Se ríe. Sin saberlo, refuerza el estereotipo de que las mujeres que se maquillan y se “producen” son putas, mientras que las sobrias y sencillas son las madres, las mujeres buenas de hogar. No pueden ser esas dos mujeres a la vez: “Acá adentro somos prostitutas, afuera somos mujeres normales”, remató Caty.

Sin embargo las fronteras se desdibujan, no en relación con las expectativas personales, sino en lo que tiene que ver con los hombres. Caty asegura que la mujer de antes ya no es el ideal social. “Hoy ya no está la madre en la casa con los nenes y el papá laburando, la sociedad no la ve así a la mujer, es común encontrar muchas madres solas, Uruguay está lleno de madres solteras”, dijo. “Nosotras podemos hacer todo solas igual, aunque estemos hasta las cinco de la madrugada acá, no los necesitamos”, agregó.


Trabajo sexual y maternidad

Las trabajadoras sexuales revelan con sus palabras la importancia sustantiva que tienen los hijos y sus procesos de gestación y aborto en su experiencia vital. En algunos casos los hijos son la premisa que motiva la elección de la prostitución como un trabajo redituable para ejercer sus maternidades en soledad. Muchas veces mantienen, en soledad, a un núcleo familiar numeroso.

Algunas fueron violadas cuando eran niñas y tuvieron que enfrentar maternidades adolescentes prostituidas y solitarias. Otras fueron madres como consecuencia de su trabajo. El signo común es la marginalidad, el abandono y la vulnerabilidad de ejercer la maternidad en un oficio violento y expuesto, despreciado pero requerido, sin derechos laborales y bajo el estigma social.

Ocho trabajadoras sexuales consultadas señalaron el factor económico como elemento definitorio de la elección del trabajo sexual, y todas dijeron que mantener a sus hijos fue una de las razones. También, que si pudieran trabajar en otra cosa lo harían. Comenzaron en el trabajo sexual por “necesidad”, porque no conseguían trabajo y tenían que darles de comer a sus hijos, por “el dinero y el bienestar de la familia”.

¿Qué piensan sus hijos de su trabajo? “No están de acuerdo, no quieren que se sepa en mi localidad que soy trabajadora sexual”, contó una de ellas. “Piensan que soy una batalladora y que lo hago para que tengan un futuro mejor”, “que soy una luchadora”, dijeron otras.

Además, expresan una tensión en el vínculo entre ser madres y trabajadoras sexuales: “Siempre la luché por mis hijos para que salieran adelante; de día mamá y de noche tacones, minifalda y pintura”. “A pesar de ser trabajadora sexual podemos cumplir al pie de la letra con el rol de ser mamá, porque simplemente somos mamás, como la cocinera, la doctora, la maestra”. “Fue difícil, porque pasé muchas cosas y me privé muchas veces de estar con ellos para dejarlos con otras personas para darles sustento”. “A mí ser mamá y trabajadora no me afecta en mi relación con mis hijos, el amor es el mismo en la familia”. “Fue muy difícil porque los tenía que dejar con cuidadora cuando iba a trabajar a Buenos Aires. A mi hijo lo crio la abuela. Mi madre me cuestionaba, pero me apoyó siempre”.


Vivir sublevada

Karina Núñez atravesaba un tratamiento oncológico por cáncer de cuello de útero. Como es trabajadora sexual, estaba desempleada a causa de la enfermedad. Incluso así, insistió en pagar el desayuno que compartimos y no aceptó dinero por su libro El ser detrás de una vagina productiva. Karina es una mujer robusta y cálida, luce el cabello rubio oxigenado y dice muchas malas palabras sin ningún tipo de reparo. Nos acomodamos en una mesa de un McDonald’s y allí comenzó a contar su historia. Ella es conocida en Uruguay por luchar para sacar a las mujeres de la prostitución (en especial de las garras del proxenetismo) y por conquistar mayores niveles de organización y mejores condiciones laborales entre las trabajadoras sexuales cis y trans.

Nació en Young, Río Negro. A los 12 años obtuvo un regalo a cambio de su cuerpo, y recibió una paliza de su madre, quien no le creyó. A los 17 tuvo su primera penetración y recién a los 26 obtuvo la libreta de trabajadora sexual. Desde los 17 hasta los 26 no usó anticonceptivos, por lo que tuvo que practicarse múltiples abortos. “Yo tenía la ventaja de que le hacía los abortos a mi mamá, ya sabía cómo era”, explica. Dentro de su árbol genealógico hubo mujeres esclavas africanas, a las que adjudica el conocimiento “sobre cómo hacer para no tener hijos de los amos”, que pasó de generación en generación, dice.

Su padre sacó a su madre de las manos de un proxeneta, se casó con ella y la adoptó como hija. Karina siente una gran admiración por él y cree que no existen otros hombres así. Como era comunista, durante la dictadura cívico-militar fue preso político en el Penal de Libertad, y debido a que su madre había sido prostituta la familia de él “no la quiso”. De forma que la mamá de Karina comenzó a hacer “lo mismo que había hecho desde los nueve años hasta casarse con él”, quien, dentro de la cárcel, no lo sabía.

“Mi padre es un grande. Me dio los preceptos de lucha de clases que tengo, si no fuera por él yo sería una simple prostituta”, dijo. “Después de tomar conciencia ya no fui una puta normal, ya no serví para sumisa. Cuando vos te apropiás de tu dignidad y decidís dibujártela es el mayor acto político que podés hacer. Pero llegar a visibilizarte como persona… ese es el proceso difícil, porque por lo general las mujeres pobres estamos hechas para servir, no para sublevarnos”, afirma.

Karina tiene siete hijos. El más grande tiene 25 años y los más chicos, 15. Aunque reconoce que “criar gurises en el interior es más fácil”, compatibilizar su trabajo con la maternidad ha sido arduo. Todos sus embarazos los cursó como trabajadora sexual. “Embarazada fue cuando mejor trabajé, porque la temperatura corporal de la mujer aumenta, porque el morbo del varón se enerva más cuando estás embarazada. Además, tienen esa conducta paternalista de darte plata para los pañales, te dejan propina”. Estando embarazada de una de sus hijas, trabajó en la calle. Un día, cuando terminó de atender a un cliente en un camión se bajó del vehículo y rompió bolsa. “Arranqué para casa, apronté la mochila y me fui para el hospital que queda a una cuadra de mi casa”.

En otra oportunidad, se encontraba trabajando en un “quilombo” de San Gregorio de Polanco con sus dos hijos mellizos de tres meses. El lugar tenía una pieza adelante donde dormía con los bebés; había dos camas, una para ella y otra para sus hijos. “Un día estaba en la pieza de al lado atendiendo a un cliente y se largaron a llorar los dos niños. Entonces lo hago levantarse y le digo: ‘Están llorando los gurises’. Hice que se vistiera, fui con ellos, luego pasé y le dije: ‘Tomá, sujetalos que voy a prepararles la mema’. Dejé la puerta abierta y las compañeras pasaban y se mataban de la risa: él estaba así, con un bebé en cada brazo. Le tocó hacer de niñero-cliente. Traje la mema y yo le daba a uno y él a otro”.

Una de sus hijas durmió, hasta que cumplió un año, “en un cajón de bananas adaptado a una caja de galletas Famosa”. “La poníamos arriba de la mesa del comedor del quilombo y todas andábamos en la vuelta con ella”, recuerda. Sin embargo, no trabajó con sus hijos dentro de las whiskerías durante mucho tiempo, para no exponerlos. Entre las mujeres jóvenes le pagaban a la más vieja para que cuidara a los niños en la noche. “Era la forma que tenía de hacerme cargo y no cagarles la vida como me la cagaron a mí. No quería tenerlos a mi lado para que no normalizaran lo que yo normalicé y no se criaran en los espacios donde yo me crie”. Está orgullosa de que ninguna de sus hijas sea trabajadora sexual y de que una de ellas haya ganado las olimpíadas de física y química en el liceo. Será la primera mujer de su familia en estudiar en la universidad.

“Para la sociedad esta de mierda vos tenés que parir, criar de acuerdo a sus normas, y no podés salirte de ese molde. Yo asumí la maternidad y me hice cargo en la medida de mis posibilidades, con muchísima ayuda de parte de otras mujeres, para construir una nueva forma de ser mamá que no implicara tener que andar de tiro en la whiskería con los hijos”, sentencia Karina. Sus hijos nunca la vieron durmiendo con un hombre en su casa ni con un cliente, afirma; nunca los llevó a conocer a compañeras suyas de trabajo, y no permite que nadie hable de trabajo sexual en su casa.

Karina toma el celular y busca fotos de sus hijos. De a poco surgen historias dolorosas de su maternidad, como cuando tuvo que cambiar a su hija de escuela porque los compañeros la molestaban diciendo que su mamá era puta. También recordó que en uno de sus embarazos se cortó las venas. Buscaba suicidarse porque no quería volver a ser madre. Hoy ese hijo que esperaba padece consumo problemático de sustancias. Para Karina, está pagando las consecuencias de lo que ella sintió cuando estaba embarazada de él.

Su madre la echó de la casa por quedar embarazada de su tercer hijo, aunque Karina con su trabajo la mantenía a ella, a sus hijos y a sus hermanas, en total, un núcleo familiar de diez personas.

Una vez, se fue a trabajar todo un fin de semana con un objetivo en mente: comprarle una bicicleta a su hijo. Cuando se marchaba tuvo una pelea con su hermana y ella le gritó cosas horribles relativas a su oficio frente a su hijo. Cuando volvió, días después, con la bicicleta, su hijo de nueve años le contestó: “No me saludes porque a las putas no las quiere nadie, yo tampoco”. “Mi mundo se vino abajo, me dolía todo el cuerpo de la cantidad de servicios sexuales que había tenido que hacer para comprar esa maldita bicicleta, pensando que iba a poder ver la cara de felicidad de mi hijo… Yo nunca había podido tener una bicicleta, la única que tuve me la regaló mi papá a los 15 años y a los tres días me la vendió mamá para comprar vino”, recuerda.

“Yo creo que cada cual gestiona su dignidad como quiere, a mí me parece mucho más digno andar chupando pija que limpiándole la mugre a un rico”, sentencia. A los costados de la mesa del McDonald’s los comensales la escuchan callados, y se quedan más rato de la cuenta oyendo sus anécdotas de trabajadora sexual sin que ella lo note en absoluto. Saca una agenda del bolso y me muestra un poema que escribió:

Amo con la misma intensidad que lucho
Odio con la misma intensidad que estornudo
Recuerdo con la misma intensidad
que mis cicatrices se desvanecen.

 

Por salud pública se cierran los prostíbulos, ¿y Tinder?

Si los prostíbulos no tienen licencia de club como tal, sino que tienen licencia como hoteles, pubs, salas de fiesta, salas de masaje, discotecas, etcétera, ¿por qué se cierran los prostíbulos y los hoteles no?

 

Ariadna Riley, Laura Martínez y Lucía Barbudo

28 de agosto de 2020

https://www.eldiario.es/murcia/murcia-y-aparte/salud-publica-cierran-prostibulos-tinder_132_6185810.html

 

‘Antes puta que sumisa’ reza el cartel

 

Hace unos días saltaban a los medios las declaraciones de Irene Montero, ministra de Igualdad, respecto a su decisión de cerrar los prostíbulos. El argumento es bien sencillo y fácil de digerir, como corresponde en tiempos de pandemia, para una población cada vez más infantilizada y poco proclive a pensar: el rastreo en clubes es complicado precisamente porque los clientes de la prostitución necesitan guardar anonimato. Y es que la señora ministra, con sus declaraciones y sin darse cuenta, lo que ha hecho es precisamente dar la razón a las putas politizadas y activistas que llevan ya tiempo en sus charlas exponiendo la cuestión mollar del estigma: no es fácil salir del armario como trabajadora sexual pero, consecuentemente, tampoco lo es como cliente. ¿Pensaría la ministra que las políticas abolicionistas que promueve su partido machista-leninista en el gobierno de coalición más hipócrita de la historia (el PSOE ha sido el partido que más licencias a clubes ha dado) que el oponerse frontalmente a considerar el trabajo sexual como trabajo no iba de la mano con lo que está pasando ahora mismo? ¿Cómo va a ser fácil rastrear el cliente de un prostíbulo desde ese limbo en el que se encuentra el trabajo sexual?

Nos llama poderosamente la atención, desde esa misma óptica relativa a cuidar la salud pública, que las saunas y los locales gays (que no maricas) no hayan sido cerrados también por decreto ley. Esto nos demuestra, una vez más, la prevalencia del privilegio macho: la sexualidad de las trabajadoras sexuales es motivo de preocupación gubernamental mientras que las actividades sexuales en los locales frecuentados por hombres-sin-mujeres no son motivo de declaraciones a los medios. Y ya que hablamos de locales que preocupan, ¿qué pasa con los pubs liberales o espacios swinger? ¿Y las salas de masaje? Hacemos estas preguntas porque tal y como se ha planteado el tema COVID en los prostíbulos y no en otros espacios, al final vamos a pensar que lo del Gobierno central es una caza de putas, y no una preocupación real por la salud de nadie.

No entendemos que los pubs liberales abran sus puertas de 17 a 1 de la madrugada para acoger a clientes que van con parejas o grupos de amigxs a mantener relaciones sexuales. ‘’Uso obligatorio de mascarillas, gel desinfectante y con respecto a las distancias de seguridad allá cada uno’’, nos comentaba ayer vía telefónica el dueño de un pub liberal de Madrid. Otro dueño de este tipo de local en Sevilla nos confirmó también que en su negocio seguían en funcionamiento ‘’la piscina, el jacuzzi, las habitaciones y los reservados’’. Tampoco nos consta que se hayan tomado medidas de prevención con respecto a las salas de masaje, espacios en los que, más allá de que haya o no penetración, indudablemente no se puede mantener distancia de seguridad alguna y donde el contacto corporal es imprescindible. Otro ejemplo son las saunas (entretenimiento para adultos) en las que siguen operativas todas las instalaciones.

Pero volvamos a la realidad de los clubes. ¿Cuándo fue la última vez que la ministra visitó un prostíbulo? ¿Con cuántas trabajadoras sexuales ha hablado? Porque entendemos que desde el Gobierno se hablará con conocimiento de causa y no desde donde habla mi vecina cuando me la cruzo en la escalera. Y otra cuestión, si los prostíbulos no tienen licencia de club como tal, sino que tienen licencia como hoteles, pubs, salas de fiesta, salas de masaje, discotecas, etcétera, ¿por qué se cierran los prostíbulos y los hoteles no? Porque si una trabajadora sexual se va a encontrar el club cerrado, cabe pensar que se irá con el cliente a un hotel. ¿Cómo se va a diferenciar a la puta de la esposa?

Ahora mismo el acoso a las trabajadoras del sexo se está haciendo desde distintos frentes: por un lado las Ordenanzas Municipales y la Ley Mordaza están expulsando a las mujeres de las zonas seguras de trabajo en los barrios, y ahora con los cierres de los clubes de alterne, éstas también quedan fuera de esos espacios, ¿qué alternativas reales les va a dar el Gobierno a estas mujeres? Teniendo en cuenta que hay un amplio porcentaje de trabajadoras sexuales que por su condición de migrantes se encuentran en situación administrativa irregular (es decir, no tienen papeles) preguntamos: ¿por qué el Gobierno no se está ocupando de escuchar las demandas del movimiento estatal Regularización Ya? ¿Por qué el Gobierno no ha derogado la Ley de Extranjería? ¿Cómo se va a ayudar desde la legalidad de las instituciones a las personas que por las leyes racistas y xenófobas se encuentran en una situación ilegal? Sin documentación no tienes derecho a nada, y no estamos hablando exclusivamente del trabajo sexual, estamos hablando de temporeros, limpiadoras del hogar, cuidadoras de personas mayores y tantos otros trabajos que forman parte de la economía sumergida de este país y de cuya salud tampoco se está ocupando nadie. Todos estos trabajos terriblemente precarizados llenan las neveras de muchas familias aquí y en su país de origen, ¿va a mantener el Gobierno de coalición a esas familias?

Pero volvamos a los argumentos higienistas en torno al trabajo sexual, esos que relacionan la salud pública con el trabajo sexual (“los prostíbulos deben ser cerrados por motivos de salud pública” dice Irene Montero), esos que relacionan la falta de control sanitario, la suciedad y los focos de infección con el trabajo sexual. ¿Cuánto tiempo va a pasar antes de que este Gobierno de “izquierdas” también regule las relaciones sexuales gratuitas? Según palabras de Alberto Garzón ‘’ha llegado la hora de frenar el virus del machismo’’. Como si regalar sexo no fuera machista. Como si las personas que lo han votado no contrataran servicios sexuales. Quizás no le agradaría saber la enorme cantidad de hombres ‘’feministas’’ de su espectro ideológico que creen tener el derecho de pedir nudes a mujeres esperando recibirlas y gratis.

Sólo hay que ver aplicaciones de contactos como Tinder para calcular cuántas pueden ser las personas que quedan a diario para mantener relaciones sexuales.

Nos gustaría saber qué opciones de prevención da la ministra a la cantidad de mujeres que diariamente suben por primera vez sus anuncios a webs de contactos como pasión.com para hacer exactamente lo mismo que está haciendo la vecina del segundo que ha quedado hoy en su piso para tener encuentros sexuales con dos chicos. ¿Qué hacemos? ¿Abolir Tinder? ¿Estamos a las puertas de que cristalice una legislación que refuerce todavía más el matrimonio monógamo (otra forma de prostitución) y el régimen cisheterosexual al tiempo que criminaliza todo lo que se salga del marco del lobby romántico? ¿Qué aspectos son legítimamente susceptibles de someterse a legislación y cuáles no? ¿Dónde empiezan y dónde terminan las libertades individuales en el terreno de las relaciones sexuales?

Queda clara la visión tan sesgada de este Gobierno de ‘’izquierdas’’ al limitarse a pensar que las prostitutas somos personas ajenas a esta sociedad. La lógica es: si cerramos los clubes y las Ordenanzas Municipales multan a las trabajadoras, acabaremos con la prostitución y, por ende, con gran parte de los contagios, pero el ideario es absolutamente reduccionista al pensar en las putas como vectores de enfermedades y mujeres vulnerables en tacones y vestidos cortos.

Nos parece chapucero hacer políticas feministas cuando se ignora el gran número de mujeres que nos rodea que trabaja manteniendo relaciones sexuales. Las trabajadoras sexuales han existido siempre y seguirán existiendo.

En un escenario de pandemia y salud pública, bajo el pretexto de controlar los rebrotes, no nos parece fortuito que se aborde el tema de la prostitución desde, ni más ni menos, el Ministerio de Igualdad y el Ministerio de Consumo, declaradxs abolicionistas. Qué narrativas tan perversas las que ponen a las putas como peligro público al tiempo que son consideradas objeto de consumo (ideario harto misógino y patriarcal) y todo verbalizado a través de una ministra de Igualdad.

Desde el estreno de la democracia los partidos que se han ido alternando en el poder han estado concediendo licencias y maquillándolas para beneficiar a los empresarios desentendiéndose de las trabajadoras. A la luz de esta verdad, no podemos sino concluir que el mayor proxeneta es el Estado.

 

“Así era mi mujer, Yamiled”

A Yamiled Giraldo la asesinaron en Cordovilla unos sicarios como venganza a la denuncia que interpuso contra el dueño de un club de alterne. El lunes se cumplirán dos años. Su marido, Carlos Echeveste, vecino de Ituren, decide romper su silencio.

 

IVÁN BENÍTEZ / GABRIEL GONZÁLEZ . ITUREN

24 de abril de 2011

https://www.diariodenavarra.es/noticias/hoyentuquiosco/asi_era_mujer_yamiled.html

 

ES lunes, 11 de abril, y las campanas de Ituren avisan de que son las tres y media de la tarde. José Carlos Echeveste, de 45 años, camionero autónomo, acaba de llegar de trabajar. “¿Queréis un café de puchero con leche de vaca? No sé si os gusta la nata. Está recién hervida”. La sirve. Se sienta. “Tengo 45 años pero aparento más”, sonríe en un ambiente cargado por la emoción. Fuera ha parado de llover. Bajo las faldas del Amaiur, Ituren, una localidad de unos 500 habitantes situada en lo alto del Bidasoa, se despereza del letargo de la siesta. Las nubes amenazan lluvia.

Carlos no se deja fotografiar. “La protagonista es Yami, no yo”. Yami, Yamiled Giraldo Montero era su mujer. Fue tiroteada hace ahora dos años en Cordovilla por un sicario contratado por José Lareo, el dueño de un club de alterne encarcelado por abusar sexualmente y obligar a prostituirse a mujeres. Yamiled le denunció. Declaró en el juicio contra él. Y como venganza, fue asesinada, como quedó probado en el juicio celebrado el pasado mes de febrero. Tenía 33 años y cuatro hijos: los dos mayores nacieron de una pareja anterior en Colombia.

Las cinco personas que participaron en su asesinato fueron condenadas a penas de entre 20 y 22 años de cárcel. Con la sentencia en la mano, que anhela porque sea firme en el Tribunal Supremo, Carlos decide romper su silencio. Nunca ha hablado de Yamiled con los medios, pese a la insistencia de algunas televisiones. “Estoy cansado, muy cansado. Hay veces -confiesa- que me siento culpable de haber animado a Yami a declarar en aquel juicio contra la persona que luego la mató. Esto no es Colombia, le decía, aquí hay policía, hay justicia. No temas”. Cuando Carlos habla, mira directamente a los ojos. “Por otro lado -expresa optimista-, me tranquiliza saber que ese hombre, su asesino, no está haciendo lo mismo con otras mujeres. Mis hijos lo sobrellevan… -se hace el silencio-. Cuando mi hija de ocho años me ve rascarme los ojos, intento disimular, pero me abraza con fuerza. Es su manera de expresarse”.

Yamiled llegó a España el 25 de junio de 2001. En noviembre de ese año se conocieron “en una despedida de soltero que acabó en un club de Sunbilla” y para Navidad ya estaban viviendo juntos. Aquí arranca su relato.

-“Entramos, pedimos unas copas, y cachondeo. De repente, observé que había una chica llorando sentada en una esquina. Me acerqué, aprovechando que iba al baño, y le pregunté si se encontraba bien y ella me respondió contundente: “¡Déjame en paz!”. Seguí al baño. Al volver, ella se acercó: “Perdone, señor -me dijo-, estoy pasando un mal momento. Estoy muy triste y no quiero que me molesten”. Ella trabajaba en ese momento de camarera. Me contó que se encontraba muy sola, no conocía nada ni a nadie en España. No sabía qué hacer sin papeles. Se había quedado sin dinero, porque la obligaban a pagar una deuda total de un millón de pesetas. Una deuda que estaba a punto de saldar esa misma semana. Su intención era largarse en cuanto liquidase la deuda. Me ofrecí para ayudarle. Le invité a una copa y nos quedamos media hora hablando. Me dio lástima. Soy inmigrante. He vivido en California diez años, sé lo que uno siente. Y sólo ver lo que le ocurría me produjo mucho asco. Pobres mujeres que caen en sus manos. Le dije: “Si quieres te pago el billete de vuelta a Colombia”. Su respuesta fue un no contundente. “Después de todo lo que me han hecho, sólo falta que me maten, tengo que cumplir mi promesa”. ¿Y cuál es tu promesa?, le pregunté… “Me prometí comprarme una casita y llevar algún dinero para poder rehacer mi vida dignamente, conseguir un futuro para mis hijos”. Le dejé mi teléfono. Si algún día te ves mal, llámame. Y nos despedimos”.

Promesas cumplidas

Aparte de Carlos no hay nadie en casa en este momento. Un par de horas más tarde aparecerán Sonia, su cuñada (hermana de Yamiled que reside en la misma borda de Ituren), con dos de los hijos de la fallecida, que escucharán sin parpadear las palabras de su padre adoptivo. En la balconada de la borda que da al pueblo, donde transcurre la conversación, rezuma el gusto de Yamiled en cada rincón. En un banco con una rueda de carro antiguo como respaldo que ella compró. “Aquí saldremos a tomar café usted y yo “, me decía. También en el jardín en el que tantas horas invirtió para convertir una borda asilvestrada en una coqueta casa de campo. Y Carlos sigue enviando dinero para los más necesitados a su región natal de Colombia, como hacían cuando ella estaba viva. Aquella promesa de Yamiled sigue cumplida diez años después de aquel primer encuentro, del que surgió un segundo.

-“A la semana regresé al club, se me había quedado algo de ella dentro del corazón. No lo puedo explicar. No era amor ni nada de eso, no sé, quizá lástima. Ella ya no estaba. Una compañera suya me dijo que se había ido a Madrid con otras tres amigas. Bueno, por lo menos ya ha salido de esta cárcel, pensé aliviado. Y me quedé más tranquilo. Pero a las dos semanas, me suena el teléfono. Al contestar, la escucho a ella. Me cuenta lo que le está pasando, que se encuentra en el sur de España, y que la han vuelto a engañar. Querían que se volviera a prostituir. Parecía asustada: “No tengo papeles, estoy aburrida, no sé qué hacer. Me acordé de usted y le he llamado. ¿Le molesta? Estamos buscando un apartamento, somos cuatro chicas”. A los dos días volvió a llamarme. Estaba en Pamplona. Y quedamos. Nada más vernos nos dimos un abrazo. Desde el primer día me transmitió confianza. Era muy sincera. Le dije que si quería le pagaba el billete de vuelta a Colombia, pero que no intentara sacarme dinero. “Yo no quiero robar a nadie, si piensas eso, te vuelves por donde has venido”, se defendió. Entonces se me ocurrió proponerle que viniera a mi casa a trabajar cuidando a mi abuelita y a mis padres. A ellos no les hacía falta, en realidad era una excusa para convencerla, porque ella no quería una limosna. Aceptó. Y así empezamos nuestra relación, primero como amigos, y poco a poco surgió todo”.

Las primeras fotos

Carlos saca un par de álbumes y comienza a mostrar fotos. Son las primeras que se ven de esta mujer. Nunca hasta ahora se habían publicado fotografías suyas. Y en muchas se ve a Yami con los caballos, con los perros, con el mono de trabajo para construir el jardín. Casi siempre alegre, a veces con burlas a la cámara. “Qué jodida era…”, dice Carlos con cariño y una sonrisa que ilumina su rostro. En una de las fotos, tomada en el jardín de su casa (ver página siguiente), se ve a Yamiled con su hija más pequeña en brazos. Detrás aparece una fuente en la que ahora reposan parte de sus cenizas. Otras fueron esparcidas en su Colombia natal, y otra porción en el cementerio de Ituren. Sin dejar de mirar las fotografías, Carlos continúa el relato.

-“Se ganó la confianza de mis padres enseguida. Incluso a mi padre, un hombre del norte, tradicional, algo cascarra, que encima estaba en silla de ruedas, le acabó haciendo tratamientos de estética. “Antonio, a ver las uñas, luego le daré una crema y un champú para la caspa”, le solía decir. A mi padre le terminó gustando. La quería mucho. Mi madre también, se llevaba muy bien con ella. Yamiled se ganó a todo el mundo en el pueblo durante estos años, a cualquiera que le preguntes te dirá lo mismo. Era otro mundo, muy cariñosa. Una psicóloga. Había gente de 80 años que iba al centro de estética que había montado en casa a hacerse las uñas sólo porque querían hablar con ella. Yami se quedó embarazada en marzo de 2008 y nos casamos en septiembre. En noviembre nació nuestra hija pequeña”.

Sonia entra en casa con su sobrina pequeña en brazos. Le prepara un vaso de leche con unas galletas, la sienta sobre sus rodillas y le da de merendar. Ella mete las galletas en el vaso, de dos en dos, despacio, ajena a la conversación que permanece sobre la mesa, y las saborea. Luce el mismo parecido que su madre. Cristofer, el hijo mayor, de 15 años, entra y sale de la sala. Inquieto. Él estaba junto a su madre cuando la tirotearon en Cordovilla. Termina por sentarse en la mesa. La preside. Entrecruza los dedos. Apoya la barbilla. Abre los ojos. Escucha atento a su tía. Su entereza es inusual. Habla Sonia: “Nos llevábamos muy bien, nos apoyábamos mucho. Mi hijo mayor, su sobrino, ha sufrido mucho su muerte. Era su reina, su todo. No supera la falta de su tía. Yami era la columna vertebral, la que sostenía la vida de todos, tanto la de aquí como la de allí. Ella se fue porque después del terremoto quedamos muy mal. Todo quedó en el suelo y ella siguió trabajando: de esteticién, recolectando tabaco y café… Me confesó que se venía a España dos días antes de tomar el vuelo. Como estaba separada de su pareja, me quedé a cargo de sus dos hijos.

La vida de Yamiled dio un giro radical cuando llegó a Ituren. Ahora habla Carlos: “Yami era feliz aquí. Al principio le costó, no le gustaba, decía que parecía a un pueblo de difuntos. Pero disfrutaba de lo que nunca había tenido. Enseguida sacó su carné de conducir, le encantaba la velocidad, se compró su coche… Estaba en lo mejor de su vida”. En casa de los padres de Carlos montó un negocio de esteticién, en el que trabajaba Sonia. Pronto se dio a conocer y la reclamaban en Urdax, Santesteban y Pamplona. Era una vecina más. Incluso todos los domingos acudía a misa en euskera, aunque al principio no lo entendía. “Pero no me importa, ahí estoy yo con mi Diosito”, le decía a Carlos.

Emprendedora

– “Ella era una mujer muy echada para adelante. Si Yami estuviese viva, hubiera creado un montón de negocios. Se hubiera encargado de cursillos, de dar clases. Tenía ilusión de ir de congresos. Somos muy diferentes. Yo soy de campo y ella de ciudad. Pero me decía: “¡Ay papito, le quiero tanto! ¡¡No sé cómo me he podido enamorar de usted!!”. Ella me cambió la forma de vestir. Era muy alegre. Transmitía carisma. Era cariñosa, educada, al mismo tiempo tenía su genio. Daba la cara. Sabía tratar a la gente. Las clientas iban a hablar con ella, le contaban su vida. Yami se convertía en su psicóloga particular. Como Yami no hay, solían decir. Pero su mayor ilusiónera ayudar a los más necesitados de su pueblo en Colombia -subraya Carlos-. Los últimos años, después de nuestro último viaje a Armenia (departamento donde está su pueblo natal), y comprobar la situación de pobreza de su barrio, nos quedamos impactados. Al regresar a Ituren, nos vimos en la obligación de ayudar a esos niños. A Yami le encantó la idea. En el centro de estética se lo comentó a sus clientas y todas reaccionaron. Calculamos que aportando diez euros sería suficiente. Fue maravillosa la respuesta. Ver las fotos de todos esos niños riendo, agradecidos con sus regalos de Navidad , lo que para nosotros es una miseria para ellos lo es todo. Esto animaba a Yami. Hemos mantenido su iniciativa. A ella le hubiese gustado”.

La vida de Yamiled transcurría por unos caminos muy alejados del club de alterne en el que desembarcó a la fuerza en 2001. Pero el tema seguía allí. Ella había denunciado a José Lareo por abusos sexuales y obligación a la prostitución de mujeres, y por ello el dueño del club fue condenado en 2004 a 18 años de cárcel. Yamiled no lo olvidaba, por mucho que hubieran pasado cuatro años y ahora viviera feliz en Ituren. José Lareo tampoco lo había olvidado. Y en la prisión de Pamplona, contactó con otros dos presos, que a su vez lo hicieron con un sicario y una cooperadora: 8.000 euros por matar a Yamiled.

-“Ella intuía algo -recuerda Carlos-. Creía mucho en las señales y los sueños. Presintió que le iba a suceder algo. Un año antes de su muerte, me dijo que había visto a Lareo con un descapotable en la rotonda de Santesteban. “No jodas, no puede ser, si tiene que estar en la cárcel”, le contesté. Un amigo me confirmó que le había visto comiendo con cuatro chicas. Desde entonces, estaba inquieta. Todas las noches rezaba por nosotros”.

La llamada que la mató

Dos días antes de su asesinato, Yamiled recibió una llamada a su móvil. Era una clienta. O eso pensaron. “Fue a Cordovilla porque le dio pena esa chica. Normalmente no iba a casas de particulares, pero ese día no la quiso dejar tirada. Pensó que era la novia, por eso fue”. Era jueves 23 de abril de 2008. “Aquel día, Yami empezaba a trabajar a las cuatro de la tarde en una peluquería de Burlada. Tenía tres clientes para hacerles las uñas. Antes, comimos en un restaurante chino. Nos encantaba. A las tres y cuarto, terminamos, la dejé en Burlada, y yo fui a comprar algo de ropa mientras la esperaba. Dos horas después la recogí y pasamos por El Corte Ingles a comprar una plancha. A las ocho y media volvimos a casa. Todavía me tocaba hacer los animales”. A la altura de Ostiz, Carlos recordó a su mujer el trabajo que debía concretar para el sábado. En un principio, Yami quería delegar este trabajo en una compañera, pero ésta no le cogía el teléfono, y Yami no sabía qué hacer. “Como Cristofer, nuestro hijo, jugaba a pelota en Uharte Arakil a las diez y media, le comenté que podía aprovechar y llevarle. Yami no recordaba dónde quedaba Cordovilla. Le expliqué que cerca de un bar donde solíamos comer”. Algo más convencida, Yami telefoneó a la cliente que le había llamado esa misma mañana. “Hablaron con el manos libres”.

-Soy la esteticién. ¿Qué es lo que quieres hacerte? Tengo que llevar a mi hijo a las diez y media a la pelota y podría ir yo misma.

-Sólo quiero maquillarme y hacerme las manos -dijo la clienta-. Me llamo Alicia.

Quedaron en concretar la hora el mismo viernes. Ese día, se quedó trabajando en casa. “Yo estaba de baja, a las ocho preparé la cena. Ella esperó a que viniese su última cliente. Yo me encontraba algo delicado, así que di de cenar a los niños y me acosté. “Ok papi. A las seis de la mañana levánteme”. Ella era muy perezosa. A las seis de la mañana la desperté. Preparamos el biberón a la niña. Me quedé otra vez dormido. Ella levantó al niño. A las siete y media arrancaron. A las ocho y cinco me despertó el teléfono, era una vecina de Cordovilla: “¡Han disparado a su mujer! ¡Estoy con su hijo, aquí esta el niño! ¡Por favor venga! ¡Han disparado a su mujer! A las ocho y media arranqué”.

Sonia, Cristofer y la hija pequeña de Yamiled han escuchado atentos todo el relato. Con entereza. La pequeña ya ha terminado el vaso de leche con galletas. Cristofer se derrumba pero se recompone en segundos. Es un joven con una gran fortaleza. “Me gusta mucho el fútbol”, se anima a hablar, “me gustaría jugar de lateral”. Los estudios los lleva peor. Se le escapa una sonrisa.

Y aquí termina la conversación con Carlos. Días después, envía unas líneas escritas a mano. Se ha despertado a las cinco de la mañana y se ha puesto a escribir. Como terapia.

-“Yamiled era una persona muy alegre que transmitía mucho cariño. Le gustaba estar y sentirse guapa, coqueta, y al mismo tiempo era muy sencilla. No le gustaba mucho maquillarse, pero tenía que ir siempre conjuntada, de pies a cabeza. Era muy extrovertida, simpática, pero al mismo tiempo muy directa: si no le gustaba alguien se lo hacía saber. Adoraba a sus animales, le gustaba sentirse viva y le encantaba su trabajo. Nosotros como familia la echamos mucho de menos, pero pienso que muchísimas personas que la conocían también. El vacío que nos ha dejado es algo que nos cuesta. Pero como ella decía, la vida continúa. Van pasando los días, los meses y ya dos años, y a veces me levanto pensando que todo esto es una pesadilla. La realidad es otra, y cuando abro los ojos digo: ¿por qué ella? Alguien que sólo quería vivir, disfrutar de sus hijos y cumplir sus sueños, trabajando en lo que le gustaba, y se lo arrebataron a tiros. La vida es muy injusta”.

Supervivientes de un terremoto

NO saben por qué, pero en Colombia la llamaban Mafalda o la Flaca. Le encantaba jugar al fútbol. Era una de sus muchas aficiones. En 1999, el pueblo donde vivía con su familia quedó arrasado por un terremoto. Cristofer, el mayor de sus cuatro hijos, entonces con 3 años, quedó atrapado entre los escombros, casi muere. Esta situación obligó a Yamiled a tomar una decisión. Y lo hizo…. “Nuestra economía quedó muy mal. Quería un futuro mejor para su familia. Fue nuestra columna vertebral”, Sonia recuerda su partida como si fuese ayer. Yamiled vivía con su madre, su hermana y sus sobrinos en una cabaña hecha a base de excrementos de vaca y caña, en el departamento de Armenia. Ves ese establo -Carlos señala fuera de la borda- eso era un lujo”. Sonia y Yamiled alternaban el trabajo de esteticién con el de recolectoras. “Con el terremoto lo perdieron todo”, relata Carlos, “tuvieron que empezar de nuevo, con coraje. Residían en un barrio tan pobre. Debió de ser durísimo. Las ayudas, según me contó, no se distribuían bien y la gente se mataba por una libra de arroz”. Yami dio a luz. Carlos confiesa que si a él se le está haciendo cuesta arriba , sus cuatro hijos y sus sobrinos lo están pasando peor. “Cristofer es un chaval muy fuerte”, apunta. “Ver cómo matan a su madre… cada vez que lo pienso…. Yo, con mis 45 años, después de haber vivido muchas experiencias en esta puta vida, se me ponen los pelos de punta. Cristofer sobrevivió a aquel terremoto que arrasó todo su pueblo porque quedó bajo un armario. Yamiled estaba embarazada del segundo. A los días siguientes del seísmo, sufrió todo tipo de enfermedades: dengue, paludismo, etc. Yamiled tenía claro que se quería marchar. Consiguió un contrato y viajó a España. Dos días antes de partir, el 23 de junio de 2001, se lo anunció a Sonia, su hermana, le dejó sus dos hijos, que entonces tenían 3 y dos años.

Yamiled aterrizó el 25 de junio en el aeropuerto de Fuenterrabía. Feliz porque pensaba que le habían contratado en una fábrica de seda y podría sacar a su familia de la miseria. Nada más bajarse del avión comprobó que la habían engañado. “Si llega a saber lo que le esperaba hubiera regresado a Colombia”, sostiene Carlos. A Yami le acompañaba una amiga. Eran las seis de la tarde. Le quitaron el pasaporte y la violaron. Acto seguido, le advirtieron:”A partir de ahora nos debes un millón de pesetas. Esto es lo que hay. Ese misma noche, la obligaron a prostituirse”. Yamiled quedó encadenada al miedo. “O permaneces calladita o ya sabemos donde están tus hijos”, las amenazas de muerte eran frecuentes. “¡Qué más cárcel que esa!”, expresó una vez durante el primer juicio que testificó, “¡una cárcel sin barrotes pero llena de amenazas de muerte! Yami siempre decía que daría su vida por sus hijos… y la dio, no se asustaba por nada”.

CLAVES

1 El asesinato. Yamiled Giraldo Quintero, natural de Colombia y vecina de Ituren, de 33 años, fue asesinada en Cordovilla el 25 de abril de 2009. Lo hizo un sicario contratado por José Lareo López, el dueño del club de alterne al que ella denunció en 2002 y que fue condenado a 18 años en 2004. El crimen se fraguó en la cárcel.

2 El juicio. Se celebró en febrero. Los cinco acusados de participar en el crimen fueron condenados a penas de entre 20 y 22 años de cárcel. Según el juez, el asesinato fue “un deseo” de Lareo.