¿Trabajadoras sexuales o prostitutas? Por qué las palabras importan

 

Por Kate Lister

5 de octubre de 2017

https://inews.co.uk/opinion/columnists/sex-workers-prostitutes-words-matter/amp/

 

El debate sobre los derechos de las trabajadoras sexuales se ha estado calentando en los medios de comunicación.

El mes pasado vio la publicación de El proxenetismo de la prostitución: Abolición del mito del trabajo sexual de Julie Bindel y Sexo, mentiras y estadísticas de la Dra. Brooke Magnanti.

La BBC ha estado publicando artículos tanto a favor como en contra de la despenalización.

La trabajadora sexual y activista, Laura Lee, se encuentra ahora en las etapas finales de un recurso legal para revocar una ley en Irlanda del Norte que hace que sea ilegal comprar sexo.

La semana pasada, el Intercambio de Políticas Públicas de Londres celebró una conferencia titulada «Considerando el futuro de la prostitución en el Reino Unido«.

Y, como siempre, las organizaciones de derechos de las trabajadoras sexuales han estado luchando incansablemente por condiciones de trabajo más seguras y protección legal para aquellas que están en la industria.

Palabras elegidas

Antes de entrar en los acalorados debates sobre la despenalización del trabajo sexual, un lugar interesante para comenzar es el lenguaje utilizado cuando se habla de la industria del sexo. Quienes apoyan la abolición del comercio sexual generalmente no usan el término «trabajadora sexual» (el término preferido de uso por las que venden servicios sexuales); sino que se utilizan la palabra «prostituta» o «prostituída».

Fue Carol Leigh quien usó por primera vez el término trabajadora sexual a finales de los años 80, escribiendo que «el uso del término ‘trabajo sexual’ marca el comienzo de un movimiento… Reconoce el trabajo que hacemos en lugar de definirnos por nuestra condición.» Desde entonces, numerosos grupos de derechos de las trabajadoras sexuales han hecho campaña para reemplazar «prostituta» por «trabajadora sexual».

(El Colectivo Inglés de Prostitutas fue fundado en 1975, antes de que «trabajadora sexual» entrara en uso, y aunque han conservado «prostituta» en su nombre para reflejar su historia, usan «trabajadora sexual» en toda su literatura).

Deshonra

El lenguaje es un importante campo de batalla en la lucha por la igualdad social. El lingüista Ferdinand de Saussure argumentaba, «el lenguaje constituye nuestro mundo, no sólo lo registra o lo etiqueta».

El lenguaje es fluido y maleable; impulsa las actitudes sociales, en lugar de simplemente expresarlas.

Entonces, ¿qué es lo que se está reforzando cuando usamos la palabra «prostituta», y por qué es importante? Tal vez el mejor lugar para comenzar sea con los orígenes de la palabra.

El Oxford English Dictionary registra el uso más temprano de la palabra «prostituta» en la década de 1530, y traza su significado desde el latín clásico prōstitūt, que significa ofrecer a la venta: «poner a un uso indigno, exponer a vergüenza pública, deshonor «. «Prostituta»generalmente se refiere a una mujer y a un estado de deshonra sexual femenina. (Por supuesto, los hombres también han estado vendiendo sexo, pero se ha referido a ellos a lo largo de la historia específicamente como «prostitutos masculinos».)

La palabra «prostituta» surge primero en inglés en 1530 como un verbo que significa deshonrar sexualmente a uno mismo; «Yo prostytute, como una mujer en una casa de bordel» (Palsgrave, 1530). Y la verdad es que la palabra ha estado vinculada a un estado de deshonra desde entonces.

Significativamente, el primer uso registrado de ‘prostituta’ como un sustantivo en inglés está en Woman Hater de Francis Beaumont (1607) donde se usa como un insulto; «Mi amor y mi duelo no van a sufrirme / al verte follar cual prostituta».

John Dryden también usa «prostituta» para insultar a las mujeres en sus Damas Rivales (1664): “Es una infame prostituta; la detesto en mi alma.” 

Putas y rameras

La palabra «prostituta» empezó a asentarse en su sentido actual de una persona que vende sexo hacia fines del siglo XVII, pero nunca se deshizo totalmente de las asociaciones con el deshonor y es tan probable que se utilice como insulto como que se use para describir una profesión.

Antes de que «prostituta» se estableciera como la palabra oficial para alguien que vendía servicios sexuales, los términos comunes eran «puta», “ramera”, “mala mujer”, etc.

Aunque ninguno de estos términos están directamente vinculados a una profesión como «prostituta», todos ellos son peyorativamente utilizados para atacar y degradar la sexualidad de las mujeres.

Es precisamente la dualidad de la palabra como una profesión y un insulto lo que ha llevado a algunas organizaciones de derechos de las trabajadoras del sexo a atacar el uso continuado de «prostituta».

«Prostituta» no es un término neutral y nunca lo ha sido. Es una palabra cargada de considerable bagaje histórico y cultural. Lizzie Smith argumentó que «el término ‘prostituta’ no significa simplemente una persona que vende su trabajo sexual, sino que trae consigo capas de ‘información’ sobre valor, relación con drogas, infancia, integridad, higiene personal y salud sexual » (Smith, 2013).

«Prostituta» es también un término lamentablemente inadecuado para describir las complejidades de la industria del sexo moderna, que incluye chicas cam, operadoras de telefonía sexual, modelos de glamour y estrellas porno. Mientras que, ‘trabajadora sexual’ reúne todas estas profesiones y les da a todas un sentido de elección y profesionalismo.

Personas prostituidas

Los que se oponen a la venta y compra de servicios sexuales entre adultos usan el término «prostituta» y «persona prostituida» precisamente por las asociaciones negativas, y no usan «trabajadora sexual» porque refleja un nivel de empoderamiento y autonomía que niegan.

Pero la palabra «prostituta» sigue siendo ampliamente utilizada en los estudios académicos; especialmente los estudios históricos donde se utiliza con un sentido de indiferencia clínica.

Siempre que he atacado el uso de la palabra «prostituta» en la investigación, la reacción ha sido generalmente de sorpresa y la persona que la usaba era genuinamente inconsciente de su uso disputado.

Ocasionalmente he tenido que oír que el término ‘trabajadora sexual’ es anacrónico y “prostituta” se siente más históricamente auténtico.

Pero hemos logrado ir más allá del uso de términos históricos para las personas de color, la comunidad LGBTQ y las personas con discapacidades y sugiero que hagamos lo mismo en este caso.

En este sentido, cuando se trata de la historia de una comunidad socialmente marginada y vulnerable (en este caso, las trabajadoras sexuales), la historia se hace aún más importante, ya que ejerce una influencia palpable sobre temas y debates actuales.

Narrativas estigmatizadas 

La forma como escriben los académicos sobre la historia de las trabajadoras sexuales importa porque mientras que las personas cuyas vidas están siendo examinadas pueden haber muerto hace mucho tiempo, las actitudes, los prejuicios y las narrativas que dieron forma a la vida de esas personas son resucitados cada vez que se cuenta esa historia.

Si contamos historias desde dentro de las mismas narraciones estigmatizadas que siguen dañando a las trabajadoras sexuales que están vivas hoy en día, somos cómplices del daño que se les causa.

Pero más que esto, si las mismas personas cuya historia y vidas están en discusión están pidiendo un cambio en el lenguaje utilizado para describirlas, ¿no es profundamente irrespetuoso negarse a escuchar?

El lenguaje que refleja la humanidad de la persona o personas que se describen es un proceso que requiere una revisión continua. Uno de los mayores problemas que enfrentan las trabajadoras sexuales hoy en día, y de hecho a lo largo de la historia, es el estigma social.

Aunque la corrección política frecuentemente es objeto de burla, no podemos ni queremos lograr la igualdad social para nadie si el lenguaje que usamos para describir a los grupos marginados realmente refuerza el estigma que tienen que soportar.

«El lenguaje constituye nuestro mundo, no sólo lo registra o lo etiqueta».

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