¿Puede la profesión más antigua del mundo sobrevivir a la era del distanciamiento social?

Por Caitlin Hu

25 de mayo de 2020

¿Puede la profesión más antigua del mundo sobrevivir a la era del distanciamiento social?

 

https://edition.cnn.com/2020/05/24/us/sex-workers-coronavirus-intl/index.html

 

Nota del editor: Varias trabajadoras sexuales entrevistadas para esta historia hablaron bajo condición de anonimato por temor a repercusiones legales y estigma social.

(CNN) — Sin besos. Dile a los clientes que se laven las manos antes de que los toques. Usa una máscara. Evite las posiciones cara a cara. E incluso: póngase un disfraz de enfermera y saque un termómetro; si su temperatura es normal, hágalo parte del juego. Si tiene fiebre, finalice la sesión.

Estos son consejos reales que los grupos de defensa y las autoridades de salud de todo el mundo están compartiendo en la era del coronavirus, con la esperanza de proteger a las trabajadoras en el vasto y a menudo ignorado comercio sexual. El consejo general sería detener por completo el llamado trabajo sexual de “servicio completo”, pero como advirtió ONUSIDA en abril, muchas trabajadoras sexuales se ven obligadas a sopesar lo que es seguro contra lo que pondrá comida en la mesa.

Un viejo axioma económico afirma que las inversiones en “vicio” y “pecado” como el juego, el alcohol, las drogas y los intercambios sexuales provocan un buen clima económico, porque las personas recurren a ellos si están tristes o felices. Incluso se piensa que algunos vicios son contracíclicos, aumentando cuando la economía cae en picado.

Si eso es cierto para los estimados millones de trabajadoras sexuales de servicio completo de Estados Unidos es difícil de refutar definitivamente: pagar por sexo es ilegal en la mayor parte del país, por lo que los datos a gran escala son escasos. Pero las trabajadoras sexuales, las organizaciones de ayuda y los abogados que trabajan con ellas dicen que la pandemia ha sido devastadora.

“Se supone que la prostitución es inelástica y a prueba de recesión”, dice Caty Simon, autodenominada “escolta barata”, escritora y activista en un pequeño pueblo del oeste de Massachusetts. “Pero nunca antes ha habido una recesión en la que el contacto personal con las personas fuera peligroso”.

Menos trabajo, más riesgo

Las órdenes de confinamiento pueden parecer redundantes para un negocio ya prohibido, pero varias trabajadoras sexuales le dijeron a CNN que habían optado por dejar de trabajar por temor al coronavirus.

La demanda de los clientes también se ha enfriado, y a medida que el desempleo en Estados Unidos alcanza los niveles de Gran Depresión, muchos estadounidenses tienen menos para gastar en servicios de todo tipo. Sin embargo, todas las trabajadoras sexuales entrevistadas dijeron que todavía estaban recibiendo solicitudes para reunirse en persona, aunque no con tanta frecuencia como antes.

“Es mi deber ético no trabajar en el cuerpo de nadie debido al virus”, dijo una trabajadora sexual y terapeuta de masaje con sede en San Francisco, quien dijo que había pasado de ver a más de 30 clientes por semana a cero.

“He vivido en mi departamento durante 16 años, nunca he pagado el alquiler tarde. Esta es la primera vez que tengo problemas de dinero mientras estoy en San Francisco”, dijo. En marzo, se puso en contacto con el grupo de defensa Black Sex Workers ‘Collective para obtener ayuda financiera, y recibió una subvención de emergencia de US$ 400 para financiar los gastos básicos de vida.

Sin embargo, esta trabajadora dice que continúan siendo contactadas por posibles clientes, incluso de médicos y enfermeros en el hospital cercano.

“Me ruegan para que trabaje con ellos”, dijo. “Te están arrojando todo este dinero, te dicen: Te doy US$ 300 para que trabajes para mí por una hora. Es un dilema para mí, porque necesito el dinero”.

En términos generales, existen dos tipos de mercados en la industria del sexo, dice Scott Cunningham, un economista de la Universidad de Baylor que estudia el comercio sexual en Estados Unidos.

“Existe el trabajo de bajos ingresos donde los clientes parecen estar principalmente interesados ​​en la experiencia sexual”, dice. “Luego hay una tasa salarial más alta que es una especie de compañía combinada con servicios sexuales y muchas veces esos clientes se convertirán en clientes habituales, serán un trabajo estable”.

Si bien las trabajadoras de alta gama pudieron haber construido un colchón financiero antes de la crisis, muchas trabajadoras de baja gama ya vivían día a día, y ahora es más probable que sus clientes sean despedidos, dice. “A medida que se reduce la distribución salarial para las trabajadoras sexuales, hay mucho, mucho sufrimiento que no se detecta en este momento”, dice.

Una trabajadora sexual que continuó trabajando desde su casa en Arizona le dijo a CNN que varios clientes habituales que perdieron sus propios trabajos como jardineros y conductores dejaron de visitarla. “Puedo decir qué día todos obtuvieron un cheque de subsidio económico, porque fue entonces cuando volví a ver a los clientes. Luego, durante tres días, nadie venía”, dice.

Al comienzo de la propagación de la pandemia en EE. UU., cuando llegaron, tomó la temperatura de los clientes con un termómetro y trató de hacerlo sexy jugando a ser “enfermera”. Si bien ya no lo hace constantemente, dice que todavía usa una máscara y guantes con nuevos clientes.

Algunos están frustrados después de meses de encierro y piden servicios premium en la era del covid-19, dice ella. Otros piden un descuento. “Hay clientes que pueden querer rebajarte porque saben que los tiempos son difíciles”, dice ella. “Otros podrían humillarte porque, oye, tampoco están trabajando”.

Sopesando el riesgo frente a la necesidad

Cuando se trata de enfermedades contagiosas, extraños que comparten fluidos es prácticamente la pesadilla de un epidemiólogo, y los clientes que piden a las trabajadoras sexuales que asuman el riesgo no son nada nuevo.

Akynos, una trabajadora sexual de 42 años con sede en Nueva York y Berlín, dirige el Black Sex Workers Collective. Si bien no está trabajando actualmente, Akynos dice que ha observado un flujo regular de consultas sobre el trabajo sexual de servicio completo, con solicitudes específicas de interacciones con mayor probabilidad de propagar una enfermedad respiratoria, como los besos. “Lo quieren a pesar del mayor riesgo”, dice ella. “Parece que no les importa. Son como: “Sí, sé lo que está sucediendo, pero todavía quiero que me besen””.

“Es el comportamiento típico del cliente”, agrega. “Siempre quieren que las trabajadoras sexuales hagan algo que normalmente no harían con nadie más”.

Lo que preocupa más a los expertos que el virus en sí es un potencial creciente de violencia y abuso: con menos clientes y sin un final a la recesión económica a la vista, las trabajadoras sexuales que todavía están activas ahora podrían ser menos selectivas sobre los clientes y menos firmes sobre sus propios límites.

“La gente está realmente desesperada en este momento. Desafortunadamente, lo que sucede en una recesión como esta es que las personas tienen que tomar riesgos más calculados de lo que suelen hacer. Van en contra de sus instintos y hacen cosas que de otra manera no harían, como ver clientes que saben que son peligrosos”, dice Simon.

“Es como después de FOSTA-SESTA, pero peor”, agrega, refiriéndose a una ley de 2018 que hizo a las plataformas digitales legalmente responsables de alojar anuncios de servicios sexuales. La legislación bipartidista buscaba combatir la trata de personas y fue anunciada por algunos defensores de los derechos humanos. Pero los defensores de la despenalización del comercio sexual dicen que los cierres resultantes de sitios web de publicidad borraron un medio seguro de reunirse, negociar y examinar a los clientes para las trabajadoras sexuales sin tráfico y crearon presión financiera para asumir riesgos adicionales.

Las listas que advierten sobre clientes abusivos o que no pagan, conocidas como “listas de malas citas”, ofrecen ejemplos escalofriantes del peligro. Una lista de 2019 compilada por St. James Infirmary, un centro de salud para profesionales del sexo en San Francisco, abarca desde una stripper que acusa a un vicesheriff local de presionarla para que haga más que bailar, hasta una mujer que describe ser quemada con cigarrillos, agregando “No denuncies esto, por favor, tengo miedo”.

Una mujer que se describe a sí misma como una ‘sugar baby’ y que ofrece relaciones de pago en California le dijo a CNN que sentía que los clientes que seguían apareciendo a pesar de las pautas de distanciamiento social eran más arriesgados, lo que podría ser una señal de alerta.

“El grupo de clientes en persona es mucho más peligroso en este momento y mucho más sombrío porque ya están dispuestos a violar las normas sociales”, dijo la mujer de 34 años.

Incluso para aquellas que dejan de trabajar, señala, la crisis económica podría exponer a las mujeres a más violencia doméstica, una epidemia propia en Estados Unidos en confinamiento. “Las mujeres entablan relaciones para evitar la falta de vivienda. Y cuando las personas saben que tenemos antecedentes de trabajo sexual o de consumo de drogas, se nos considera desesperadas y muy fáciles de aprovechar, se espera que brindemos servicios a cambio”, dice ella.

Ella misma no tiene un hogar propio, y actualmente está en cuarentena en la casa de un cliente, una situación de dependencia con la que no siempre se siente cómoda. “Tener todos los huevos en una canasta es peligroso para una trabajadora sexual. A veces me despierto sintiéndome aterrorizada y atrapada”, dijo.

“Por otra parte, ¿quién no se siente así en este momento?”.

El reto del trabajo remoto

Al igual que en otras industrias en Estados Unidos, algunas trabajadoras sexuales han podido recurrir al trabajo remoto, salvando sus ingresos al ofrecer espectáculos, imágenes y chats en vivo.

Muchas están en el sitio de suscripción Only Fans, donde los creadores de contenido para adultos constituyen una gran parte de las ofertas. La compañía le dice a CNN que desde el comienzo de la pandemia a principios de marzo, los nuevos registros han aumentado un 75%. La plataforma ahora agrega alrededor de 200.000 nuevos usuarios cada 24 horas. (No todo es sexo: la plataforma dice que “personas influyentes y celebridades” de todo tipo han visitado el sitio para ofrecer a los suscriptores fotos y videos desde el confinamiento).

La creación de una marca digital requiere las mismas comunicaciones y conocimientos tecnológicos que hacen grandes influenciadores, es decir, no es fácil. Y los ingredientes básicos para comenzar a construir seguidores no son baratos. Una computadora, internet de alta velocidad para transmisión en vivo, cámara web y micrófono son lo mínimo, dijeron las trabajadoras sexuales a CNN, sin mencionar los sólidos planes de datos de teléfonos celulares para mantenerse en contacto constante con los clientes y la privacidad para hacerlo todo. Todo eso puede elevar la barra hasta hacerla insuperable para las trabajadoras sexuales más pobres.

Maya, una trabajadora sexual de servicio completo con sede en Nueva York que ha realizado una transición exitosa al trabajo en línea, dice que solía ganar entre US$ 8.000 y US$ 10.000 por mes. Desde que el coronavirus se extendió por la ciudad, ella obtiene la mitad de eso, todo a partir de actuaciones digitales. “Está bien, soy un poco más privilegiada que la mayoría de las trabajadoras sexuales”, dice la joven de 26 años.

Nacida en Trujillo, Honduras, dice que cruzó el desierto mexicano hacia Estados Unidos cuando tenía seis años en los brazos de un contrabandista. Ella recuerda vívidamente su primer encuentro con la policía estadounidense: el guardia fronterizo que los interceptó. “Me preguntó, ‘Oh, ese tipo de allá dice que es tu papá. ¿Es eso cierto?” “Y yo dije ‘No’”, recuerda.  “Luego me sonrió y se alejó y me di cuenta de que básicamente arruinaría la vida de este tipo. Eso me persiguió por un tiempo”.

Se benefició del programa de la era de Obama conocido como DACA, que permite que los niños indocumentados criados en Estados Unidos se queden y trabajen legalmente. Maya dice que la campaña presidencial de 2016 jugó un papel en su carrera. “Comencé a abrazar más el trabajo sexual cuando me di cuenta de que la promesa de la campaña de Trump era eliminar DACA. Si no tenía derechos de trabajo, entonces necesitaba tener un trabajo subterráneo, para poder sobrevivir”.

Para aquellos que han dejado el trabajo sexual y ahora enfrentan una economía en cráter y una feroz competencia por pocos trabajos, la clandestinidad también puede ser atractiva. Rachel Lloyd, extrabajadora sexual y fundadora de GEMS, una organización con sede en la ciudad de Nueva York que ayuda a las jóvenes explotadas y traficadas a abandonar el comercio sexual, teme que vuelvan a entrar en él.

“He trabajado muy duro para construir un programa que tuviera opciones”, dice ella. “Pudimos decir, mira, puedes dejar esta vida, y aquí están las opciones. Puede que no sean opciones increíbles al principio, pero sabemos que podemos ayudarte a desarrollarlas y podemos apoyarte en la universidad. Luego, había trabajos disponibles. Ahora es como si nada de eso significara nada”.

Pidiendo ayuda

Para los estadounidenses con registros de impuestos y cuentas bancarias, tarjetas de identificación y números de Seguro Social, hay opciones.

El gobierno de EE. UU. ha ampliado los fondos federales para amortiguar el golpe de la pandemia y ha agregado una cantidad generosa de nuevas siglas al léxico nacional: UI para empleados, préstamos SBA o PPP para empresas, PUA para contratistas independientes. Es mucho para navegar para cualquiera. Y para las trabajadoras sexuales que ya ven al gobierno como un antagonista, no siempre está claro si pueden o deben pedir ayuda.

Solo para establecer el tono: en contraste con Japón, donde el gobierno se vio obligado a incluir a las trabajadoras sexuales legales en su paquete de ayuda financiera de emergencia de abril, una cláusula de moralidad en los actos de CARES de EE. UU. significa que incluso las empresas legales estadounidenses adyacentes al sexo, como los clubes de striptease, no puede calificar para los miles de millones de dólares reservados en préstamos federales, junto con casinos y lobistas.

Teóricamente, una trabajadora sexual individual podría recibir un cheque de estímulo o incluso cobrar un seguro de desempleo, pero muchas no tienen el historial del impuesto sobre la renta o incluso las cuentas bancarias necesarias para reclamar esos beneficios. Varios describieron una abrumadora vergüenza y ansiedad en relación con la presentación de impuestos sobre sus ganancias, y les preocupaba que el gobierno de EE. UU. utilizara las solicitudes de desempleo para identificarlas y procesarlas como trabajadoras sexuales.

“Siempre supe que era una buena idea presentar impuestos y siempre supe que me iba a morder el trasero si no lo hacía, pero no lo hice, pero fue tan desalentador. La idea misma de eso, ya sabes. Y siempre había operado totalmente fuera del mercado legítimo de muchas maneras”, dijo una trabajadora sexual. “No sé cómo se entrelazan las burocracias estadounidenses. No sé qué estoy arriesgando si trato de obtener algún beneficio”, dijo.

Pedir ayuda también puede parecer particularmente impensable para los no ciudadanos. Según varios activistas y abogados, las trabajadoras sexuales que son inmigrantes son muy conscientes de la regla de “carga pública” de la administración Trump, lo que hace que sea más difícil para los inmigrantes obtener tarjetas de residencia si son atrapados usando beneficios públicos como cupones de alimentos y cupones de vivienda.

“Tratamos de ayudar a solicitar los subsidios de desempleo para varias personas y dicen, por favor, no hagas eso. Simplemente no hagas clic en enviar”, dijo Elena Shih, profesora asistente de Estudios Estadounidenses en la Universidad Brown y una de las cofundadores de Red Canary Song, un grupo de extensión para trabajadoras de salones de masajes en la ciudad de Nueva York.

Algunas trabajadoras incluso tienen miedo de aceptar alimentos de las despensas de alimentos, dice ella “porque les preocupa que eso cuente de alguna manera en su contra”.

¿Qué pasa después?

Desde que el coronavirus se extendió, EE. UU. ya casi no es reconocible como una tierra de oportunidades: según una encuesta reciente de la Oficina del Censo, el 10% de los adultos dicen que no están obteniendo la cantidad suficiente de alimentos que necesitan. Y a medida que las tasas de desempleo alcanzan niveles récord en todos menos siete estados, la economía golpeada ahora está luchando con una pregunta urgente que las trabajadoras sexuales saben muy bien: ¿Cómo trabajar en condiciones de seguridad?

Es un dilema en el que grupos como el Sex Workers Outreach Project (SWOP), Black Sex Worker’s Collective y Red Canary Song, todo parte de un florecimiento global de autoorganización de trabajadoras sexuales, han estado trabajando durante mucho tiempo, centrándose sobre los cambios de política que empoderarían a las trabajadoras sexuales para buscar ayuda policial y gubernamental, antes de que surgiera la crisis inmediata del coronavirus.

“Cuando tienes que confiar en ti mismo, se te ocurren todo tipo de cosas”, dice Monica Jones, una activista cuya organización, el Proyecto Outlaw, ahora ofrece ayuda financiera a las trabajadoras sexuales que han dejado de trabajar, y máscaras y guantes para aquellos que no han dejado de hacerlo. SWOP Behind Bars, un subgrupo SWOP que apoya a las trabajadoras sexuales encarceladas, se está preparando para enviar 3.000 máscaras faciales por todo el país para su distribución a quienes trabajan en las calles, dice el cofundador Alex Andrews.

Pero en esta industria, cada cliente es un factor X en el delicado equilibrio entre riesgo y necesidad.

Kyli y Jinx, dos miembros del capítulo SWOP de Salt Lake City, estiman que han entregado alrededor de 300 máscaras N95 a las trabajadoras de la calle en la ciudad, quienes dicen que a menudo no tienen hogar, además de asistencia en efectivo, alimentos y otros suministros. La propia Jinx usa una máscara cuando actúa en un club de striptease local, que recientemente volvió a abrir, y dice que espera que las trabajadoras sexuales que reciben donaciones las usen, pero no está segura.

Al igual que con el lavado de manos y otras prácticas de seguridad, a menos que pueda darse el lujo de alejarse del trabajo, realmente depende del cliente. “No es como si pudieras elegir”, dice ella. “TU cliente dirige las cosas porque es el cliente”.

Simon, que en tiempos ordinarios gana unos cientos de dólares por semana y recibe cupones de alimentos, ha intentado establecer sus propias reglas. La mujer de 38 años se ha quedado en casa y ha seguido las pautas de distanciamiento social de Massachusetts durante meses. Pero es difícil, dice ella.

“Los clientes habituales me han enviado mensajes de texto, hay toda esta preocupación paternalista y benevolente por mantenerse a salvo, pero una vez que les ofrezco sexting, o si les ofrezco sexo telefónico, dicen: ‘Oh, ya sabes, no es nada comparado con tu toque y bla, bla, bla, y de repente están tratando de programar una cita”, dice Simon.

“No juzgo a nadie que esté trabajando en este momento”, dice, pero una nota de frustración con sus clientes es audible. “Les dije que estoy tratando de no trabajar y me están presionando para hacerlo”, dice ella.

“Mi cuenta bancaria está en cero día a día. Todavía estoy tratando de no volver al trabajo sexual, pero no sé cuánto tiempo más podré”.

 

Suecia: la otra redada contra la prostitución

El país escandinavo fue pionero en criminalizar al cliente y ahora quiere endurecer los castigos

 

Apretando las tuercas. La policía de Estocolmo detuvo esta semana a 28 personas por haber pagado por servicios sexuales, entre ellos (abajo) el célebre actor Paolo Roberto. Las autoridades suecas quieren agravar las penas a los clientes de prostitución (JOHAN NILSSON / AFP)

 

Núria Vila | Malmö

24 de mayo de 2020

https://www.lavanguardia.com/recontra/20200524/481362204664/otra-redada-prostitucion-suecia.html

 

Una redada de la policía de Estocolmo contra la prostitución hace una semana acabó con 28 detenidos. No eran prostitutas, sino clientes. Como establece la ley sueca, el delito no lo comete quien cobra por tener relaciones sexuales, sino quien paga por ellas. La redada habría pasado desapercibida en otras condiciones, pero resultó que uno de los detenidos era Paolo Roberto. Exboxeador profesional, actor sueco de origen italiano, Roberto es toda una celebridad, es uno de los presentadores estrella del país que tal vez recuerden porque se interpretaba a sí mismo en La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina , segunda entrega de la saga Millenium , de Stieg Larsson. La policía no reveló su nombre, fue él mismo quien lo admitió en una entrevista a TV4, cadena en la que trabajaba como presentador de un reality y de la que ha sido despedido.

La detención y la confesión de un famoso como Roberto –que hasta tiene una línea de pizzas y otros productos italianos con su nombre– ha propiciado un debate social y político alrededor de la prostitución, hasta el punto de que tanto el Gobierno como varios partidos de la oposición han anunciado su intención de modificar la ley para endurecer los castigos. Suecia fue el primer país del mundo en criminalizar a los clientes y no a las prostitutas cuando en 1999 aprobó la ley que prohíbe la compra de servicios sexuales y que considera víctimas a las personas que venden su cuerpo por necesidad. Una ley que luego ha servido de ejemplo para países como Noruega, Irlanda y Francia.


La detención de Paolo Roberto, exboxeador y actor, ha reabierto el debate sobre si hay que endurecer las penas


Actualmente, la legislación sueca prevé multas o una pena de prisión de hasta un año, pero el Gobierno (coalición de socialdemócratas y verdes) está preparando una propuesta para eliminar las sanciones económicas y que el único castigo previsto sea el de cárcel, según han avanzado los ministros Morgan Johansson (Justicia) y Åsa Lindhagen (Igualdad de Género) en un artículo del diario Aftonbladet . “Esto no solo supondrá sanciones más severas, sino que actuará como elemento disuasorio”, afirman, argumentando que la información sobre la persona condenada estará disponible para más autoridades y durante más tiempo que en el caso de una multa. En otoño del 2019, el Parlamento sueco ya debatió esta cuestión, pero todos los partidos, salvo el Partido de Izquierdas, votaron en contra. Ahora, según la cadena SVT, al menos cinco de las ocho formaciones con representación parlamentaria estarían a favor de endurecer las penas.

Además, el Ejecutivo sueco quiere volver a intentar modificar la ley para castigar también a quienes contraten servicios sexuales en el extranjero, algo que ya propuso en la anterior legislatura pero que entonces no prosperó. Según el último sondeo sobre hábitos sexuales, el 9% de los hombres suecos afirmaron haber pagado por sexo y, de éstos, el 80% lo había hecho en el extranjero. “Todo el que compra sexo en el extranjero contribuye al tráfico humano”, sostienen los ministros, que añaden que “el tráfico sexual es una forma de comercio de esclavos que ha de acabar”.

Además de la ley que prohíbe la contratación de servicios sexuales, en el 2018 Suecia implementó la conocida como ley de consentimiento, que tipifica como delito cualquier relación sexual que no cuente con el beneplácito de alguna de las personas implicadas. Según esta legislación, pues, una persona que pague por sexo puede ser condenada también por violación si la persona que vende su cuerpo está obligada a hacerlo. Este aspecto es el que ahora la Fiscalía está analizando en el caso de Paolo Roberto, justamente por sus propias palabras en la entrevista de televisión. El actor admitió que se sentía sucio por haber pagado a una prostituta y añadió: “Estás comprando el cuerpo de otra mujer, probablemente alguien que se ha visto obligado a hacerlo, porque no es que ella esté allí porque sea muy agradable”. Dar por hecho que la prostituta estaba siendo obligada a tener sexo con él le puede comportar una pena mucho mayor que una simple multa. Pero él no será el único. Los 28 hombres detenidos en el centro de la capital es una cifra considerable teniendo en cuenta que, durante el 2019 unos 50 hombres de la región de la capital fueron condenados por contratar servicios sexuales. Además de las detenciones, la policía ofreció apoyo y asistencia a las 40 personas, mujeres y hombres, que ejercían la prostitución. De estos, cinco eran menores. “Está claro que la prostitución es un gran problema cuando hemos detenido a casi 30 hombres en tan poco tiempo”, dijo el jefe de policía de Estocolmo, Anders Olofsson. “Esto es solo la punta del iceberg”.

 

“Las putas también tienen que comer”: el drama de la prostitución durante la pandemia

Por Alba Cabañero

24 de mayo de 2020

https://www.madridiario.es/putas-tambien-tienen-comer-drama-prostitucion-durante-pandemia

Este sábado en la capital, se dieron cita dos manifestaciones: la gran caravana que recorrió el centro de Madrid de la mano de Vox, con banderas de España y gritos de “libertad” y “Gobierno dimisión”, y la sencilla protesta del Partido Comunista, que congregó en la Puerta del Sol a poco más de una veintena de manifestantes que salieron a la calle por ‘Por el trabajo, por nuestros derechos y por un plan de emergencia social’.

Por la Puerta del Sol pasó Andrea, prostituta que, al ver que se mencionaba el tema de la prostitución en la concentración del PCPE, decidió dar su opinión e iniciar su propia protesta.

“Estaba paseando por allí y vi que se manifestaban e incluso hablaron del tema (prostitución), por lo que me uní a la conversación y se armó una trifulca porque no pensaban lo mismo que yo, así que hice un show de desnudo en el momento. Los periodistas se pusieron de mi lado. Lo que les dije fue: las putas también tienen que comer”, confiesa a Madridiario.


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Andrea y muchas de sus compañeras forman parte de la cara B de esta pandemia. Sin derecho a ERTE, paro o ayudas sociales, muchas mujeres que ejercen la prostitución se han visto abocadas a vivir de ahorros –si los tienen– o a dormir en albergues e incluso en la calle.

“Muchas personas trabajan en la prostitución permanente o esporádica y no tienen derechos al no ser un trabajo legalizado. Sin ayudas, la única solución es darse de alta como autónoma en la Seguridad Social como masajista, por ejemplo, pero yo no soy masajista”, señala Andrea.

Según la web Escort Advisor, alrededor de 600.000 trabajadoras sexuales ejercen la prostitución en España, de las que alrededor de 100.000 son independientes y anuncian sus servicios a través de internet, igual que Andrea.

“Nosotras nos publicitamos por anuncios en internet, y seguimos pagando lo mismo por ello a pesar de no poder realizar los mismos servicios”, apunta.

Ante las restricciones de movilidad que ha traído consigo el decreto del estado de alarma, comenta que muchas compañeras se han planteado llevar a cabo sus servicios a través de videocámaras, pero asegura que no es un buen negocio.

“Existe mucha hipocresía porque muchos clientes, padres de familia, están confinados con sus mujeres y sus hijos, y no se van a esconder para hacer una videocámara, al igual que muchos no quieren pagar ni los 20 euros que ofrecemos por algo que puede durar como mucho cuatro minutos. El cibersexo no es viable”, indica.

Expuestas al coronavirus

Además del drama económico al que se han visto expuestas estas mujeres, su profesión hace imposible mantener las medidas de seguridad pertinentes para no contagiarse de COVID-19.

“Somos vulnerables al tener un trabajo que exige contacto físico con los clientes”, subraya Andrea. A ello se suma que los clientes no quieren desplazarse por miedo al contagio.

“Los clientes buenos, los respetuosos y prudentes, los que son padres de familia, no se van a arriesgar a contagiarse ni a dar explicaciones a su mujer de por qué sale de casa. A menos que encuentren una cura, los clientes responsables no vendrán”, lamenta.

Denuncia además la posición en la que se encuentran muchas compañeras, que reciben aproximadamente un cliente cada tres días, pero ninguno cumple las medidas de seguridad. “Son clientes que pasan del tema y de cuidarse de contagiarse de enfermedades de transmisión sexual o del propio coronavirus. Ellas se la juegan para poder pagar las facturas”, critica.

Ayudas básicas

Es por ello que Andrea hace un llamamiento para pedir ayuda para todas estas mujeres que desde la llegada del coronavirus, como otros muchos trabajadores, se han visto desamparadas.

“Exijo que se nos habilite una vivienda para trabajar y una paga para comer”, demanda. Cuenta que las asociaciones a las que pueden acudir para pedir ayuda están limitadas, y para conseguirlo se ha de pasar por un largo proceso al que solo puede acceder un pequeño número de personas.

No hay opción a ayudas por ser un trabajo clandestino, completamente en la economía sumergida”, censura Andrea, partidaria de legalizar la prostitución.

La incertidumbre con la que están viviendo estas trabajadoras la pandemia, sin saber cómo será su ‘nueva normalidad’, tanto en términos económicos como sanitarios, hizo que Andrea, que solo pasaba por Sol este sábado, alzase la voz. “No vemos nada claro, nos están tomando el pelo”, sentencia.

Confía en que su pequeña protesta ante la Puerta del Sol sirva para algo, al menos para visibilizar la situación de las prostitutas en Madrid y en el resto del país, y que puedan contar con el apoyo de las instituciones para salir adelante.

 

Abandonadas en un burdel sin comida ni agua potable por el estado de alarma

Cuatro mujeres malviven en un club de alterne de Guadalajara desde el 15 de marzo. Han pasado hambre y sed y durante días estuvieron sin luz. Aguantan gracias a la caridad

 

Las cuatro mujeres atrapadas en el club Olimpo de Almadrones pasan las horas en la sala de estar. (David Brunat)

 

Por David Brunat

23 de mayo de 2020

https://www.elconfidencial.com/espana/2020-05-23/estado-alarma-club-alterne-mujeres-atrapadas_2607392/

 

Cuatro mujeres llevan más de dos meses malviviendo en el interior del club Olimpo, un local de alterne situado en un margen de la autovía A-2 a la altura de Almadrones (Guadalajara). En este tiempo se han alimentado de unos pocos vegetales, de carne en mal estado y de agua turbia procedente de un pozo agrícola que abastece el local. Han subsistido sin jabón y sin papel higiénico durante semanas. Durante varios días ni siquiera tuvieron electricidad. Se bañan con botellas que calientan en un radiador de aire. Las cuatro se sienten enfermas y exhaustas. Quieren salir de allí cuanto antes y olvidar esta pesadilla. Pero no tienen adónde ir y nadie les quiere dar trabajo.


Vivimos una situación muy triste, penosa, hemos sido abandonadas como si fuéramos basura


“Sabíamos que las prostitutas somos la escoria de la sociedad, pero nunca imaginamos que nos tratarían como animales por todo esto del coronavirus”, relata Jessica, una de las mujeres atrapadas. “Vivimos una situación muy triste, penosa, hemos sido abandonadas como si fuéramos basura. Antes valíamos para trabajar para el dueño del club, porque él sacaba parte de sus ganancias de lo que hacemos, pero se cortó la fuente de dinero y aquí nos dejó tiradas sin agua, sin comida y sin luz”.

El club Olimpo, en una vía paralela a la autovía A-2 a la altura de Almadrones (Guadalajara). (D.B.)

El club Olimpo presenta hoy un aspecto cochambroso. El solar y los campos de alrededor están desiertos. Dentro, en la zona del bar, un par de botellas de cava barato sobre la barra y un montón de llaves de habitación tiradas en una mesa son los últimos vestigios del burdel, junto a unas esculturas griegas decadentes. Las luces de neón y la concurrencia previa al estado de alarma ya son historia.

Este relato de abandono y extorsión comienza el 15 de marzo a medianoche, en el preludio de la crisis del coronavirus. Así la narra Sandra, hecha un ovillo en el sofá del salón en el que las cuatro se dedican a matar las horas. Las ojeras le llegan a los pies. “No duermo nada”, suspira. Sus compañeras escuchan. Tres son latinas y una de Europa del este. Apenas se conocían antes de la crisis, pues dos de ellas llevaban unas pocas semanas en el club. Ahora son como hermanas.

“Eran las doce de la noche cuando llegó una patrulla de la Guardia Civil. Sabíamos que iban a venir, lo habíamos visto por televisión: el miedo de la gente, los negocios cerrados…”, arranca Sandra. Sus compañeras van añadiendo matices hasta que el relato es coral. “Un agente nos dijo ‘díganle al jefe que esto se tiene que cerrar hasta nuevo aviso’. Éramos diez chicas trabajando, pero esa noche ya no vino ningún cliente. Seis chicas se fueron porque tenían un sitio donde dormir. Nosotras cuatro no. Acordamos quedarnos aquí 15 días hasta que levantaran el estado de alarma. Pero los días pasaban y la cosa empezaba a ponerse cada vez peor”.

Extorsión y hambre

La poca comida de la despensa les duró menos de una semana. Desde el principio supieron que iban a pasar hambre porque se les prohibió el acceso a la cocina y se les racionó la comida. “Un encargado y la ‘mami’, que hacía de cocinera, se quedaron a controlar el negocio. Esperaban reabrir en 15 días y querían vigilarnos. Los primeros días estuvo el camarero también, pero luego lo echaron como a un perro. El muchacho es de Antequera. ‘¿Cómo quiere que me vaya a mi casa si no se puede viajar?’, les decía desesperado. Un día lo metieron en el coche y desapareció, pobre chico”.

Por supuesto, las cuatro mujeres tenían que seguir pagando su estancia en el club Olimpo. El encargado, de nombre José Luis, se lo dejó muy claro. La tarifa habitual para disponer de cama en el burdel es de 50 euros al día, que las mujeres abonan en dos pases de 25 euros. “Un día le dábamos 30, otro 25… él nos decía que era para comprar comida, pero apenas traía nada. Metía las bolsas en la cocina y luego nos daban lo que parecían las sobras: un poco de arroz, lechuga, alguna vez pollo que olía a podrido de tenerlo varios días descongelado… Tampoco nos dejaban beber agua embotellada, solo la del pozo que no es potable. Pasábamos mucha necesidad pero callábamos, nos daba miedo enfrentarnos tal como está la situación. No queríamos dormir bajo un puente o que nos hicieran daño”.

La precariedad se convirtió en miseria al llegar abril. De pronto, una noche se fue la luz. “El encargado hizo una llamada y nos dijo que se había quemado un transformador. Pero pasó un día entero y la electricidad no volvía. Cada vez se ponía más nervioso. ‘¡Nos vamos a Toledo!’, nos soltó de golpe. Nos querían llevar al otro club que tienen. Nos negamos. ‘¿Cómo vamos a ir hasta allí si no se puede viajar, y menos en un mismo coche?’. Luego supimos que a las chicas de Toledo las echaron a la calle y cerraron el local. Lo que querían era deshacerse de nosotras también”.


Nos podíamos haber muerto aquí y nadie se habría dado cuenta


Evidentemente, lo del transformador era una excusa. Los propietarios tenían una deuda de 4.000 euros en facturas atrasadas. De eso se enteraron por su cuenta varios días más tarde. La electricidad no volvía y la situación era insostenible. La cocinera se había marchado. Fueron los peores días de esta pesadilla en el burdel. “Nos podíamos haber muerto aquí y nadie se habría dado cuenta”, suelta Sara, quien asegura sentirse “muy enferma” y en un estado de “depresión”.

En esos días dejaron de poder ducharse, se aseaban como podían con botellas que llenaban en el tanque de agua, el mismo que usaban para beber y del que manaba un líquido verde. “Al final llamamos nosotras a Iberdrola a ver qué pasaba. Nos dijeron que aquí ya no vivía nadie y habían cortado el suministro por las deudas. ‘¡Pero si somos seis personas aquí viviendo!’, les dijimos. No se lo podían creer. ‘Nos sale que esto es una empresa fantasma’, respondieron. Nos aconsejaron que llamáramos a la Guardia Civil para que acreditara que aquí hay gente y con eso nos devolvían la electricidad, ya que en el estado de alarma está prohibido cortar el suministro. La Guardia Civil vino, tomó unas fotografías y nos dijo que ellos se encargarían de devolvernos la luz. Pero la luz no volvía. Al menos nos dejaron diez garrafas de agua de cinco litros para no morirnos de sed”.

El jueves santo, pasada ya una semana sin electricidad, sin víveres ni enseres de higiene, las cuatro mujeres decidieron llamar al juzgado de guardia de Sigüenza. Solo habían comido caliente en una ocasión en esos días, un puchero que la cocinera preparó al calor de una vela que les provocó una gastroenteritis terrible. “Les contamos al juzgado cómo estábamos y no daban crédito. ‘Veníos ahora mismo a poner una denuncia’. ¡Pero si no tenemos forma de llegar! Por suerte a los cinco minutos de colgar regresó la electricidad. El alivio fue tremendo”.

Las mujeres, ya totalmente abandonadas a su suerte, obtuvieron una ayuda de Cruz Roja consistente en 80 euros en productos básicos para las cuatro. El encargado les cobraba 15 euros por llevar a una de ellas en su coche a por los alimentos de Cruz Roja y luego les racionaba la asignación. “Lo que nos hacía no tiene nombre. Empezamos a protestar, pero no servía para nada. Nos pasábamos el día en el patio o en las habitaciones para no verles. Teníamos una sensación de rabia y tristeza enormes”.

Nadie les da trabajo

Las cuatro han intentado obtener un trabajo que les saque de esta situación miserable y, con suerte, las aparte de la prostitución. “Hemos llamado para dos trabajos en el campo. El primero mediante un contacto que nos dio una asistencia social. Necesitaban cuatro mujeres para recoger espárragos, era perfecto, pero cuando les dimos nuestra dirección para que pudieran hacer el certificado y venir a recogernos nos dieron de lado, no querían contratar a unas putas. Luego nos pasó lo mismo con una empresa en Zaragoza para trabajar el campo, cuando les dijimos dónde estamos no quisieron saber más. Si alguien sabe de un trabajo le pedimos que, por favor, nos ayude”.


No estamos aquí por gusto, tenemos una familia. La gente cree que quien hace esto no sirve para otra cosa y se equivocan


“¿Qué creen, que me voy a ir al campo a prostituirme?”, salta Jessica. “Aquí al lado en el parking de la gasolinera tengo a 200 camioneros cada día [el burdel está junto al Área 103 de la autovía A-2], pero he aguantado encerrada pasando hambre por mi integridad y porque no quiero jugarme la vida cogiendo el virus por 50 euros. No estamos aquí por gusto, tenemos una familia y responsabilidades en nuestros países. La gente cree que las mujeres que hacen esto son unas analfabetas que no sirven para otra cosa y se equivocan. Hay muchas mujeres con formación. Y ante todo somos personas a las que han abandonado aquí como animales”.

Sara le secunda: “No podemos ejercer la prostitución porque los locales están cerrados y serán de los últimos en volver a abrir. Tampoco nos quieren en ninguna empresa porque somos putas. ¿Qué se supone que tenemos que hacer para vivir?”.

Hace justo una semana, el encargado y la cocinera desaparecieron del club. No han vuelto. “Fue poco después de que viniera una asociación cristiana a traernos un montón de bolsas de alimentos y ayuda el sábado pasado”, cuentan. Las mujeres se refieren al Centro de Ayuda Cristiano, primera entidad en alzar la voz sobre esta tragedia desconocida. “No sé si el encargado vio que aquí empezaba a venir gente o lo que fuera, pero nos subimos a echar un rato la siesta y al bajar ya no estaban. Se llevaron varias bolsas de comida que trajo la asociación. Desde entonces estamos solas, al menos tenemos algo de comida y podemos beber agua embotellada”.

Dueños a la fuga

Vivieron los primeros días de esta semana con algo de miedo por si regresaba alguno de los dueños y las acusaba de haber robado alguna botella de licor o cualquier excusa para seguir extorsionándolas. Ahora ya saben, para gran alivio de todas, que probablemente sus explotadores no regresarán. Están literalmente a la fuga. El club Olimpo adeuda varios meses de alquiler al dueño del local, propietario también del taller contiguo. “Hemos hablado con el señor del taller. Nos conoce. Dice que nos podemos quedar el tiempo que necesitemos y que el club no abrirá más, que los dueños estaban esperando un desahucio y que estaban además defraudando a la Seguridad Social. Casi no queda nada dentro, el encargado se llevó lo que pudo”.

Las cuatro mujeres tienen víveres para aguantar una semana más si los racionan bien. “Con los 80 euros de Cruz Roja podemos ir tirando”, dicen para animarse. “Pero lo que queremos es salir de aquí cuanto antes. Y si podemos dejar la prostitución mucho mejor. Esto no es vida para nadie”, dice Jessica, pedagoga de formación que llegó a España debido a la profunda crisis que estalló en su país, incapaz de ganar dinero para mantener a su hijo en su tierra. “En España empecé con trabajos precarios de ETT, hasta que acabé en un club. Cuando me salía un trabajo me iba, pero luego tenía que volver al club. Ojalá ahora no tenga que volver a prostituirme más”.

En las últimas horas, los Servicios Sociales de Castilla-La Mancha se han interesado por su caso. Les han prometido que les encontrarán un piso de protección para mujeres en los próximos días. Incluso ayuda para obtener un trabajo en alguna de las empresas de logística de Guadalajara. Por primera vez en mucho tiempo tienen esperanza. “Yo lo que quiero es trabajar y olvidar todo esto”, prosigue Jessica. “Me encanta leer, me he bajado todos lo libros gratis que he podido estos dos meses. Cuando esto termine quiero escribir un libro contando todo lo que hemos vivido aquí. ¿Sabes quién me podría ayudar?”.

 

Videollamadas y pobreza, así ha afectado el coronavirus a la prostitución

 

Por duquesa2labios

21 de mayo de 2020

Videollamadas y pobreza, así ha afectado el coronavirus a la prostitución

 

Cuando digo que el estado de alarma ha afectado al sexo, no puedo obviar el de pago.

PIXABAY

Si pensaba que las medidas en contra de los desplazamientos, como las amonestaciones, podrían frenar el que es uno de los negocios más populares en España, estaba muy equivocada.

Ha sido algo que me ha confirmado una de las propias mujeres que se dedica a ejercer la prostitución. Es ella quien me cuenta que, por mucho que en los meses de marzo y abril disminuyera el número de clientes, alguno seguía acudiendo infringiendo las normas.

Ante eso, las videollamadas fueron las que suplieron las demandas de quienes buscaban sexo sin tener que salir de casa, esos que no querían jugársela.

¿El precio? Entre 20 y 30 euros que muchas iban juntando para el alquiler. Ya que, como ella misma me confirma: “Nunca dejaron de cobrarnos el alquiler por semana, por habitación…”.

“Iba al supermercado con 10 o 20 euros a comprar comida para un par de días”, me cuenta recordando que, aunque haya quienes consideren esto una profesión, quienes la ejercen (mujeres en su mayoría) no tienen ningún tipo de protección.

Ni bajas por salud en el caso de que se contagiaran, ni un ERTE que les permitiera un ingreso mínimo.

El miedo a las multas estaba ahí, aunque no a todos les preocupaba por igual. Como ella misma me confirma: “Siempre buscan sexo. Para un putero es muy importante, como una necesidad, por eso pagan”.

Ni la pandemia mundial que ha dejado miles de víctimas era un freno a la hora de conseguir satisfacer sus deseos.

“Me llamaban y decían que no tenían miedo, que les parecía una exageración lo este virus, que en todo caso el miedo era al VIH”.

Los cambios de fase han conseguido que vuelva a subir la demanda: “Este mes de mayo ha repuntado. Ya casi no hay videollamadas y vienen en persona“, afirma ella.

Pero, por mucho que pueda continuar ejerciendo bajo el paraguas de la ‘Nueva normalidad’, seguirá formando parte de un sector de la población vulnerable, expuesto a esta pandemia y a cualquier otra circunstancia, sin más alternativa que dedicarse a esto hasta que aguante el cuerpo.

¿En qué fase de la desescalada toca ayudarles con sus problemas y defender sus derechos?

Duquesa Doslabios.

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El trabajo sexual es trabajo (valga la redundancia)

Si la izquierda pretende complejizar su mirada respecto a las problemáticas sociales introduciendo la perspectiva feminista (e interseccional), intentando una correcta adecuación de los dogmatismos a los fenómenos actuales, es necesario desprenderse de tres sesgos importantes que aparecen en los movimientos actuales: el maternalismo, la victimización y el punitivismo. Donde de alguno u otro modo, cada uno de estos sesgos genera una acción política dentro de los límites impuestos por el mismo sistema patriarcal, usando sus códigos y reproduciendo sus representaciones.

 

Por María José Clunes S.

1º de mayo de 2019

El trabajo sexual es trabajo (valga la redundancia)

 

Plantear la reflexión sobre ‘prostitución’ en el marco de una nueva conmemoración del 1 de mayo en un medio de izquierda, da cuenta de la vivacidad de las problemáticas de género y clase, así como de los temas vinculados a raza y sexualidad en la actualidad, que llaman a una revisión de las ideas y valores de formación que hemos recibido, a los métodos empleados desde la izquierda para la caracterización del movimiento popular, al verse la coyuntura atravesada por tantos factores. Lo primero que salta a la vista al hacer esta revisión, son los silencios que hemos mantenido como sociedad de modo impertérrito -en este caso, hablamos principalmente de la sexualidad, pero también aplica para temas de memoria- que han conseguido trabar la reflexión. Nos hemos negado la pregunta. Tabúes y dogmas tan anclados en nuestras instituciones que redundan en una falta de acuerdos y la necesidad de explicar(se), algo tan evidente como el por qué la ‘prostitución’ tiene la connotación de trabajo.

Dicho esto, cabe destacar que denominar como ‘trabajo sexual’ a la ‘prostitución’ implica, indefectiblemente, una toma de posición que precisa con este último concepto, la mención a un objeto histórico, mientras que con el primero se nombra a un sujeto político. Áreas como las ciencias históricas o las ciencias jurídicas, suelen referirse al servicio que prestan las personas que intercambian sexo por dinero como ‘prostitución’ (del latín prostitutio: exhibir para la venta)[1] en tanto, tras una pretensión de objetividad, se toma distancia de la promoción de algún tipo de acción regulatoria de parte del Estado que diera a este servicio el estatus de trabajo, condición que llevaría implícita la denominación de ‘trabajo sexual’. Así el primer concepto que alude a la necesidad de cierta neutralidad valórica para referirse a un fenómeno histórico o jurídico, en un espacio coloquial, puede contener una carga moral y de estigma que cosifica a la persona. Del mismo modo nociones biempensantes como ‘situación de prostitución’, asimilable al concepto de persona en situación de discapacidad, que es costumbre usar en algunos informes de Derechos Humanos, también con cierta pretensión de neutralidad, derechamente contienen la prenoción de la mediación de un otro en tanto proxeneta o explotador, negando la posibilidad de la existencia de un tipo de trabajo sexual autónomo o cooperativo, organizado y autogestionado por las y los trabajadores

Al considerar a las trabajadoras y trabajadores sexuales como un sujeto político se denota que se está en presencia de un colectivo organizado, a que el apelativo de “trabajo sexual” y/o “trabajadoras/es sexuales”, hace eco de una exigencia que, desde 1975, hacen las personas que prestan servicios sexuales para ser llamadas de esta manera, mediante acciones de protesta y denuncias colectivas. Tal como se relata a continuación “en 1975, más de cien prostitutas se tomaron una iglesia en Lyon, Francia, con el fin de protestar contra de la represión policial, declarando públicamente que no se irían de allí hasta que se levantaran las sentencias de prisión contra sus miembros. Puede que el movimiento, por lo que entonces se llamaba los derechos de las prostitutas, haya surgido a partir de las demandas de libertad sexual, pero sus propias demandas eran de libertad ante la violencia policial” (Grant, 43) [2]. Este hito se torna fundamental para la acuñación de los conceptos de ‘trabajo sexual’ y ‘trabajadores sexuales’, que comienzan a ser promovidos en los ’70 por agrupaciones tales como Call Out Your Old Tired Ethics (COYOTE) en Estados Unidos y English Collective of Prostitutes, en Inglaterra. A partir de los ’80, comienza a regarse este concepto en Latinoamérica con el surgimiento de distintas organizaciones como: la Asociación de Trabajadoras Autónomas “22 de Junio” de El ORO (Ecuador, 1982); la Asociación de Meretrices Profesionales del Uruguay – AMEPU (Uruguay, 1986), la Asociación de prostitutas de Río de Janeiro (Brasil, 1987) (Morcillo, 10)[3]

El gesto de llamarse a sí mismas trabajadoras sexuales no se relaciona ni directa, ni necesariamente con una demanda al Estado por un tipo de regulación específica, no, es el término que consagra -reparación moral y expiación de culpas mediante- la reconciliación de la persona que presta servicios sexuales con su oficio y que por medio del uso de este concepto, reclama una mínima reparación para subsanar las “consecuencias de la ausencia de reconocimiento o del reconocimiento fallido” (Honneth, 130)[4].  En palabras de Carol Leigh[5] – “en 1979 o 1980, asistí a una conferencia en San Francisco organizada por Women Against Violence in Pornography and Media[6]. Había intentado presentarme como una suerte de embajadora en este grupo. Yo planeaba identificarme como prostituta, algo que nadie había hecho por aquel entonces en contextos públicos y políticos. Encontré la sala del taller sobre prostitución. Vi un papel impreso con el título del taller que incluía la frase “Industria del consumo sexual”, estas palabras sobresalían y me avergonzaron. ¿Cómo podía sentarme en pie de igualdad frente a otras mujeres mientras yo estaba siendo cosificada de esa manera, descripta solamente como algo para usar, oscureciendo mi rol como agente en esta transacción?”[7].

En este sentido, plantearse desde la perspectiva de las trabajadoras sexuales y su lucha por el reconocimiento, ya que mucho se “habla de ellas pero sin escucharlas” (Juliano, 83)[8], constituye hacer frente al estigma que pesa sobre esta actividad.  Pues se pone sobre la mesa la intersección entre las nociones de género, clase, raza y sexualidad que atraviesan este y otros fenómenos sociales; imbricaciones que se tornan ineludibles para un análisis más acucioso de las correlaciones de poder y la caracterización de los movimientos políticos actuales cuya pluralidad constituye un dato de la causa.

La interseccionalidad como apuesta teórica y política del feminismo decolonial[9] es una perspectiva pujante y punzante actualmente para el feminismo liberal y encuentra –a mi juicio- en el trabajo sexual su encarnación más evidente. Basta pensar en un caso típico de una trabajadora autónoma de nacionalidad dominicana de pie en una esquina de la Plaza de Armas de Santiago de Chile a las 6 de la mañana esperando prestar un servicio sexual al obrero de la construcción que pasa por ahí. Se está frente a una mujer, trabajadora por cuenta propia, afrodescendiente, migrante, sexualmente disidente, que decide desarrollar un oficio que compone una práctica sexual reñida con la moral conservadora dominante. Género, clase, raza y sexualidad, representados y operando, en términos de determinaciones y significaciones, sobre aquel sujeto que trabaja en una esquina.

Sin embargo, constatar este cruce, no da garantías de que el análisis académico, que devela los componentes de la situación de subalternidad que habitan las personas trabajadoras sexuales, devenga en un reconocimiento de su estatus de trabajadoras/es asalariadas/os y esta omisión puede interpretarse a lo menos a partir de dos entradas:

La primera entrada tiene que ver con el hecho de que la aplicación de la matriz interseccional de género/clase/la raza/sexualidad puede encontrarse igualmente sesgada por los estigmas que pesan sobre el trabajo sexual. Por ejemplo, respecto al género, aunque parezca anodino aclarar esto, suele pensarse el ejercicio del trabajo sexual a partir de un paradigma binario que lo asocia a la dominación de las mujeres (cisgénero y heterosexuales) por parte de hombres (cisgénero y heterosexuales); esta falta de matices en la mirada, impide hilar fino y develar las múltiples relaciones posibles e imaginables que se pueden dar en el trabajo sexual considerando únicamente la variable de género (trabajadoras/es sexuales y clientes/as hombres, mujeres, trans, queer, etc.). En relación a esta misma perspectiva de género, se podría hacer una lectura más honda sobre aquellas subalternidades y hegemonías que se dan tanto en el trabajo sexual como fuera de él, donde lo femenino sigue estando supeditado a lo masculino y se reproducen las mismas desigualdades de poder. Porque efectivamente, el trabajo sexual está feminizado. La pregunta aquí es si es en el trabajo sexual solamente donde se debiera librar esta batalla por la igualdad de los géneros.

Siguiendo con el análisis de los componentes de esta matriz, ahora en términos de la clase, hay quienes ven la explotación y la precarización laboral como sinónimos de una vulnerabilidad que sería propia de las personas que se dedican al trabajo sexual, convirtiéndoles en rasgos específicos del trabajo sexual y -si bien es cierto que el manto de clandestinidad y/o criminalización en las que se desarrolla esta actividad propicia una mayor explotación y precarización- éstas no tienen por qué constituir la base para una ausencia de voluntad y consentimiento de parte de quienes se dedican al trabajo sexual que pudiera hacerles especialmente más vulnerables, al contrario, esta situación de explotación y precarización, junto con la toma de conciencia respecto a los derechos vulnerados, pueden ser vistas como una posibilidad cierta para el paso de la clase en sí a la clase para sí. Surgiendo nuevamente la siguiente interrogante ¿vamos a abolir la explotación cuando se acabe el trabajo sexual, acaso no vivimos todas/os en un régimen de explotación laboral –incluso algunas/os en una situación peor- en un contexto neoliberal?

Por último, en relación a la raza y a la sexualidad la lógica que opera es similar, pues la visión también es totalizante y unidireccional; en el primer caso, se asume frente a la/el trabajador/a sexual racializada/o que: i. por su exótica corporalidad es siempre un/a trabajador/a sexual y/o ii. es siempre una víctima de trata[10] –donde la persona afrodescendiente vuelve a ser vista como esclavizada, negando su propia voluntad (y decidida determinación, muchas veces) de ser trabajador/a sexual; al igual en cuanto a la sexualidad, al ser el trabajo sexual disidente con la normativa hegemónica, se asume que en ‘esas’ personas que se dedican al trabajo sexual opera un cuadro psicopatológico que tiene como piezas del engranaje el trauma y la perversión, ya que son personas que quebrantan la sacralidad de lo genital.

La otra entrada tiene que ver con algo que se esboza sutilmente en la trama de prejuicios descritos anteriormente, y tiene que ver con que la temprana alianza entre el movimiento feminista y las luchas contra el racismo, llevó a la comparación de la dominación colonial con la dominación patriarcal, estableciendo analogías entre las mujeres y los esclavos; esta mirada produjo estrechas alianzas entre las luchas abolicionistas y las luchas feministas del siglo XIX en EE.UU. y las trasposiciones de estas reivindicaciones en materias de derecho en campañas comunes por el sufragio de la población negra y de las mujeres pusieron en evidencia las similitudes de funcionamiento entre el racismo y el sexismo en términos de exclusión, que si bien pudieron ser muy potentes (y lo siguen siendo) en un sentido, terminan instalando subrepticiamente un sesgo victimizante que tiñe algunas acciones del feminismo radical actual.

Como consecuencia de estas caricaturas que instala el sentido común dominante respecto al trabajo sexual, el abolicionismo toma fuerza en países donde la organización de trabajadoras sexuales se ha ido fortaleciendo con un discurso político potente, como ocurre en Argentina o España, donde al interior del movimiento feminista se juega una interesante disputa respecto a la legitimidad de la regulación del trabajo sexual o bien si se trata de la reproducción del sistema patriarcal, haciéndole el juego al conservadurismo. Se instalan prácticas que niegan, invisibilizan y victimizan/criminalizan a las personas trabajadoras sexuales, y digo ‘victimizan/criminalizan’ porque es en pos de la ‘liberación de las mujeres oprimidas y explotadas sexualmente’ víctimas del patriarcado, que se avalan allanamientos, clausuras, desalojos, privaciones al derecho a la sindicalización, entre muchas otras prácticas represivas con color de lucha feminista. No por nada en este paso por el fin del mundo de Silvia Federici[11] y Judith Butler[12], fueron interpeladas a tomar posiciones sobre el trabajo sexual, cual si fueran oráculos, para ver qué horizontes debiera seguir “el” feminismo; así mismo Ángela Davis en su visita a España tuvo que precisar que si se refiere a algún tipo de feminismo abolicionista, su objetivo es y serán las cárceles y las fuerzas represivas, jamás el trabajo sexual[13].

Ahora bien, concediendo las claridades que otorga para el análisis la matriz interseccional y concibiendo los límites dados por la oposición al trabajo sexual como fenómeno, cabe indagar en los alcances del regulacionismo como posición. En primer lugar, señalar que la regulación en torno al trabajo sexual puede ser positiva o negativa[14], en el sentido de que perfectamente se puede regular el trabajo sexual en términos restrictivos, lo que constituye el llamado “prohibicionismo”. Por otro lado, existe una corriente pro derechos sociales y laborales, que recibe el nombre de “laboralización” dentro de la cual se considera toda clase de normativas que propenderían a un reconocimiento legal, económico y/o social, del trabajo sexual como trabajo. Por ejemplo, en Chile si bien impera un sistema de regulación del trabajo sexual prohibicionista que tiende al abolicionismo, con la limitación impuesta en el código sanitario a la consumación de los servicios sexuales en espacios cerrados, se oscila hacia un modelo regulacionista laboralista, en la medida en que se reconoce su existencia para dar acceso a un control de salud sexual especial (en respuesta al estereotipo de ser el foco de infección) o en la aplicación de criterios generales en materia laboral, cuando se trata de algún juicio entre una persona trabajadora sexual y su patrón/a.

Con este andamiaje legal, la salida de la regulación es polémica, ya que implica reclamar al Estado cierto cambio en las condiciones y se vuelve complejo imaginar un sistema que satisfaga la diversidad de formas en las que se realiza el trabajo sexual. En Chile, la organización de trabajadoras sexuales, Margen, heredera del extinto sindicato Ángela Lina, como parte del impulso que se han dado a sí mismas todas las organizaciones que componen la Red Latinoamericana de Mujeres Trabajadoras Sexuales, se han impuesto la labor de conseguir que en los países de América Latina se regule positivamente el trabajo sexual, teniendo a la base el consenso en torno a ideas como el trabajo sexual autónomo, sin intermediarios y cooperativo. Así, la sindicalización se entiende como instrumento clave de organización, en tanto detenta el estatus de trabajadoras a quienes lo componen; o el acceso a los derechos sociales que posee cualquier persona perteneciente a la clase trabajadora (que, en nuestro país y continente, son más bien mínimos, pero del todo negados en el caso de las/os trabajadoras/es sexuales). Esta agenda de incidencia para la regulación de derechos, mantiene en tensión la adopción de una estrategia sindicalista clásica y corporativista, presa de la burocracia y proclive a una dependencia estatal.  La otra opción es promoción, bajo el mismo mote de Sindicato, de otros modos de organización más propios de las condiciones de ejercicio del trabajo sexual actuales, donde el dinamismo y la multiplicidad son el sello. Esta capacidad creativa e inventiva organizacional es algo consubstancial a quienes integran estas organizaciones, ya que cargan con la experiencia en la memoria colectiva de haber sido en algún momento las desfachatadas, las que se creyeron trabajadoras sexuales (putas para los otros) se organizaron y exigieron derechos corriendo los cercos de lo posible e imaginable.

Como crítica al regulacionismo, se debiera tener en cuenta algunos aspectos. En primer lugar, se deben explorar los fundamentos tras el respaldo a la lucha de las trabajadoras sexuales, cautelando “que sea pues la razón de sus argumentos y el desenlace de la libre voluntad de las y los trabajadores del sexo” (Illescas, 5) [15], puesto que pudiera estar operando el mito de que el trabajo sexual en sí es violencia, y la normativa vendría a proteger de este contexto inherentemente violento para las personas que están en él. Desde el punto de vista del discurso de las trabajadoras sexuales, habría que cuidar a qué se está refiriendo con la autonomía y la libertad de decisión ya que, si bien son condición para el ejercicio libre y consentido del trabajo sexual, también pueden estar encubriendo una concepción altamente individualizada respecto al uso del propio cuerpo que más bien responden a la lógica de la propiedad privada, altamente neoliberal y mercantil.

Para ir cerrando, sólo señalar que frente a este tema las aguas están divididas y hay mucho lobby de lado y lado, pues se entiende que es a nivel de las grandes esferas del poder es donde se zanja el estatuto de crimen o trabajo, del trabajo sexual. Personalmente recomiendo –debido a mi formación profesional, probablemente- una mirada crítica y contextualizada respecto al fenómeno del trabajo sexual, de modo de hacer el análisis de los poderes en juego en cada caso, la correlación de fuerzas de este momento histórico; pero particularmente que nuestras principales fuentes de información deben ser las propias trabajadoras sexuales como colectivo –cosa que debo a mi formación militante-; esto, porque con certeza que en el caso a caso, podremos encontrarnos con una que otra situación de violencia de género[16].

En este sentido, si la izquierda pretende complejizar su mirada respecto a las problemáticas sociales introduciendo la perspectiva feminista (e interseccional), intentando una correcta adecuación de los dogmatismos a los fenómenos actuales, es necesario desprenderse de tres sesgos importantes que aparecen en los movimientos actuales: el maternalismo, la victimización y el punitivismo. Donde de alguno u otro modo, cada uno de estos sesgos genera una acción política dentro de los límites impuestos por el mismo sistema patriarcal, usando sus códigos y reproduciendo sus representaciones.

Brevemente, el maternalismo, en las palabras de  Marta Lamas[17], es el “paternalismo de las feministas abolicionistas, que pretenden ‘rescatar’ y ‘salvar’ a las mujeres, aun en contra de sus deseos y su voluntad” (Lamas, 2014, 8)[18]. Lo que habla de una actitud asistencialista –de base comunitaria- que ve objetos de protección y tutelaje, allí donde hay sujetos con plena capacidad de decisión y consentimiento. Por su parte la victimización, abordada también por Marta Lamas, quien al respecto señala que “precisamente entre los efectos de poder que Foucault busca en las creencias y prácticas sexuales hoy destacan el victimismo y el mujerismo que articulan el discurso sobre el acoso” (Lamas, 2018, 5)[19] donde lo más preocupante sería el avance de un puritanismo propio de la cultura norteamericana y un nuevo tipo de control social del cuerpo y las prácticas sexuales de las mujeres, que encierra un arma de doble filo, en la medida en que –principalmente la mujer- es quien ‘padece’, a quien ‘le suceden’ determinadas situaciones de violencia, donde se prioriza la agencia del victimario, con el peligroso resultado de convertir a la mujer en un agente pasivo, nulo, en estas dinámicas relacionales. Por último, el punitivismo que como enfoque “proviene de bases culturales que, desde la americanización  y  la  tradición  judeo-cristiana, reproduce los mandatos tradicionales de la sexualidad femenina sobre la pureza del cuerpo y la dignidad de la mujer” (Fernández de la Reguera 2019)[20] hace correr el grave riesgo de reinstalar medidas represivas propias de un conservadurismo acérrimo, frente al cual se han conseguido mínimas garantías de respeto a derechos (principalmente para las personas blancas y ‘de bien’) como para imponer nuevas formas de vigilancia y castigo. Nuevamente aquí y en las dos situaciones mencionadas, se intenta resolver el problema que nos hemos planteado al abrir los ojos a la obscenidad de la violencia machista y la burda desigualdad, con herramientas que nos entrega el mismo sistema que queremos combatir. El desafío está en la apuesta en nuestros espacios por afinar la reflexividad crítica y apostar a la creatividad militante por delante.

 

Notas.

[1] Para profundizar en este concepto, recomiendo revisar el “Apéndice: Acerca de prostituta, meretriz, puta y ramera” que Soledad Chávez realiza a modo de epílogo en la traducción del libro “Haciendo de Puta. La labor del Trabajo Sexual” de Melissa Gira Grant.

[2] Melissa Gira Grant (2016) “Haciendo de puta. La labor del trabajo sexual”, Pólvora Editorial.

[3] Morcillo, Santiago, & Varela, Cecilia. (2016). Trabajo sexual y feminismo, una filiación borrada: traducción de “inventing sex work” de Carol Leigh (alias Scarlot Harlot). La ventana. Revista de estudios de género, 5(44), 7-23. Recuperado en 24 de abril de 2019, de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1405-94362016000200007&lng=es&tlng=es.

Al listado anterior, podríamos añadir la Asociación Pro derechos de la Mujer Ángela Lina, fundada en Chile, en 1993 y la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina que nace en Argentina en 1994, entre otras.

[4] Axel Honneth. (2006). El reconocimiento como ideología. Isegoría. 35, 129-150

[5] Artista y militante estadounidense a quien se señala como la responsable de la divulgación del concepto de ‘trabajo sexual’.

[6] Una curiosidad respecto al grupo Women Against Violence in Pornography and Media (que surge en San Francisco en 1977) es que, a raíz del debate respecto a la industria pornográfica, un grupo de feministas radicales conformó Women Against Pornography (Nueva York, 1978) que se declara abiertamente contra la pornografía y finalmente en contra de la prostitución.

[7] Morcillo, Santiago, & Varela, Cecilia. (2016). Trabajo sexual y feminismo, una filiación borrada: traducción de “inventing sex work” de Carol Leigh (alias Scarlot Harlot). La ventana. Revista de estudios de género, 5(44), 7-23. Recuperado en 24 de abril de 2019, de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1405-94362016000200007&lng=es&tlng=es.

[8] Juliano, Dolores. (2005). El trabajo sexual en la mira: polémicas y estereotipos. Cadernos Pagu, (25), 79-106. https://dx.doi.org/10.1590/S0104-83332005000200004

[9] Desde una perspectiva latinoamericana y caribeña, a partir de una epistemología feminista del sur, nombres como Ochy Curiel, Yuderkys Espinosa permiten echar luz sobre las vicisitudes de la aplicación de esta matriz, y si bien muestran distancias respecto del trabajo sexual, su aporte en innegable en materia del pensamiento feminista latinoamericano.

[10] Notable vuelco de la comprensión de este concepto que en sus inicios sólo contemplaba como trata la de personas ‘blancas’,

[11] Frente a una mayor polarización del debate, quizás el posicionamiento de Federici fue más enfático en Argentina, aquí unas notas de algo de lo dicho en su paso por Chile: https://radiojgm.uchile.cl/silvia-federici-el-fascismo-es-el-capitalismo-que-deja-caer-la-mascara/ y https://www.eldesconcierto.cl/2018/11/09/federici-saca-chispas-asi-fue-la-historica-visita-de-la-feminista-italiana-por-la-universidad-de-santiago/

[12] Con un tono más maternalista, pero pro derechos también, Judith Butler se refirió aquí y en un conversatorio con el CUDS sobre la legitimidad del trabajo sexual y su consecuente valoración como trabajo https://www.eldesconcierto.cl/2019/04/11/judith-butler-solo-a-traves-de-la-huelga-el-gobierno-y-la-prensa-pueden-ver-claramente-cuanto-trabajo-hacen-las-mujeres/

[13] “El feminismo será antirracista o no será”, jueves 25 de octubre 2018, Casa Encendida de Madrid https://www.youtube.com/watch?time_continue=1&v=1zBDpGI9RTw

[14] Para un magnífico recorrido por la normativa chilena respecto al trabajo sexual, recomiendo el texto “Lupanares, burdeles y casas de tolerancia: tensiones entre las prácticas sociales y la reglamentación de la prostitución en Santiago de Chile: 1896-1940” de Ana Gálvez Comandini. Disponible en: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5159860

[15] Illescas, Jon E. (2007) La Prostitución y el Socialismo: por un debate sincero y abierto Disponible en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=50600

[16] Incluso con situaciones de trata para fines de explotación sexual, o con hechos de explotación sexual de Niños, Niñas y Adolescentes, ya que el silencio “permite de este modo que miles de hombres y mujeres permanezcan en una verdadera situación de neoesclavismo y trata de blancas al no estar regularizada esta profesión, y por tanto, al margen de todo control legal. Así, un trabajo que jamás desaparecerá y menos en la sociedad capitalista, se perpetua bajo el control de las mafias más salvajes, cruentas, inhumanas y paracapitalistas que ejercen un control “de facto” sobre estos seres humanos” (Illescas, 3) siendo este un importante motivo para regular, apuntar qué es trabajo sexual y qué es un delito propiamente tal.

[17] Antropóloga y directora de la revista Debate Feminista y profesora-investigadora del Programa Universitario de Estudios de Género de la UNAM, y que ha investigado largamente en trabajo sexual en México y América Latina.

[18] Lamas, Marta (2014). ¿Prostitución, trata o trabajo? Revista Nexos. México. Disponible en: https://www.nexos.com.mx/?p=22354

[19] Lamas, Marta (2018). Acoso: Denuncia o victimización. Revista Nexos. México. Disponible en: https://www.nexos.com.mx/?p=38311

[20] Fernández de la Reguera Ahedo, A. (2019). Lamas, M. (2018). Acoso. ¿Denuncia legítima o victimización?. Revista Interdisciplinaria de Estudios de Género de El Colegio de México, 5, 1-8. doi: http://dx.doi.org/10.24201/eg.v5i0.383

 

 

María José Clunes Squella es licenciada en Sociología, Universidad de Chile; y Magíster en Afectividad y Sexualidad, Universidad de Santiago de Chile. Desde 2012 integra la organización de trabajadoras sexuales en Chile, Fundación Margen de Apoyo y Promoción de la Mujer.

 

El coronavirus golpea fuerte a las trabajadoras sexuales de Santiago

La actual coyuntura y la imposibilidad de las personas de lograr el sustento de la forma habitual, movilizaron a las instituciones referentes del sector para procurar asistencia alimentaria y contención psicológica a estas personas. Testimonios exclusivos para EL LIBERAL de trabajadoras sexuales de Santiago y La Banda.

 

16 de mayo de 2020

https://www.elliberal.com.ar/noticia/529228/coronavirus-golpea-fuerte-trabajadoras-sexuales-santiago?utm_campaign=ScrollInfinitoDesktop&utm_medium=scroll&utm_source=nota

 

Las trabajadoras sexuales de Santiago del Estero atraviesan por momentos críticos y de incertidumbre por las restricciones impuestas para frenar la pandemia del coronavirus. Esta situación generó la inactividad total de todas aquellas personas en situación de prostitución aquí y en todo el mundo.

Así lo revelaron a EL LIBERAL tanto las propias afectadas como también referentes locales de la Asociación de Travestis, Transexuales y Transgéneros de la República Argentina, a cargo de Luisa Paz; de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina, cuya cara visible en Santiago del Estero es Mariana Contreras, y de Diversidad Valientes Santiagueñas (Divas), organismo que encabeza Julieta Paz.

Luisa, Mariana y Julieta, en entrevistas con EL LIBERAL, coincidieron en sostener que la pandemia de coronavirus y la necesidad de aislamiento para impedir la propagación del Covid-19 profundizaron la problemática de las personas en situación de prostitución, una de las poblaciones de riesgo, por lo que sumaron esfuerzos para realizar acciones conseguir recursos, que a su vez son condicionadas por la cuarentena.

Es así como, a manera de atenuante de la “crítica y preocupante situación”, entregan alimentos a domicilio y buscan la inclusión de personas trans en los planes sociales vigentes.

Desde la Asociación de Travestis, Transexuales y Transgéneros de la República Argentina asisten a sus afiliadas con bolsones de mercadería y elementos de higiene, además de incluirlas en programas nacionales, entre ellos Potenciar Trabajo.

En tanto, la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (Ammar), organizó una colecta de dinero que luego repartirá entre sus delegaciones de todo el país para afrontar gastos de primera necesidad, entre ellos, el pago de los alquileres del lugar donde residen, ya que la mayoría de sus afiliadas no son propietarias de viviendas.

Asimismo, desde Diversidad Valientes Santiagueñas (Divas) remarcaron de las tareas que llevan adelante para ayudar a las mujeres trans, como también la forma en que abogan por sus derechos.

Según la Federación de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans, un informe realizado por esa institución en 2015 reveló que el 90 % de las personas travestis y trans no tiene trabajo formal y que el 95 % está en situación de prostitución, porcentajes que se mantendrían hasta hoy.

“Estamos de acuerdo con el aislamiento, pero cuesta mantener la economía”

“Estoy desesperada. No sé qué hacer. Lo único que hice en mi vida fue ejercer la prostitución. Estoy de acuerdo totalmente con las medidas tomadas por el gobierno nacional por el coronavirus, pero mi vida ha cambiado en gran manera desde hace prácticamente dos meses. Estoy desesperada porque tengo dos hijos chicos, de 9 y de 11, y al verme sin la posibilidad de traer el sustento a casa me exaspera. Tenemos la ayuda de LGTB, ATTA y Di.Va.S que nos permite enfrentar la situación, pero ¿qué pasará después? Me preocupa el hoy y también el mañana”.

Son palabras de una mujer trans que ante la situación provocada por el coronavirus, ha visto limitado su trabajo en una esquina tradicional de Santiago. Prefiere dar un nombre ficticio (Azucena). “La verdad, no sé cómo seguirá todo esto. Quiero que todo se termine pronto y que nosotras podamos volver a trabajar”, remarcó en su conversación con EL LIBERAL.

Por su parte, Malena (nombre de fantasía) enfatizó: “No salgo de casa desde que entró en vigencia la cuarentena. Como todas mis compañeras. Fue un golpe duro, directo a nuestra economía diaria. Comparto las medidas tomadas, pero me preocupa que los pocos ahorros que tenía ya se están terminando. Si de por sí es difícil conseguir un mango, mucho menos ahora por la epidemia del Covid-19. Cada día que pasa es un tormento, porque aún no sé qué hacer. Soy madre y también tengo a cargo a mi mamá. Se me complica todo”.

En tanto, Virginia (nombre simulado) dijo: “La cuarentena nos aisló por completo, nos dejó sin defensas para traer el sustento diario a casa. De tener un buen pasar (Virginia afirma que hubo tiempos de bonanzas en que tenía una importante cartera de clientes que superaba las 20 personas) hoy me encuentro abatida por esta situación que te genera inseguridad. Si a todo esto le sumamos el prejuicio y la discriminación hacia el trabajo que tengo, estoy terminada. Soy soltera, pero vivo al día y debo ayudar a mi familia”.

A su vez, Liliana (nombre irreal), mujer trans, puntualizó: “Los clientes prácticamente desaparecieron. El coronavirus los espantó. Ya no nos llaman para que vayamos a sus casas. Esto es comprensible. No quieren correr riesgos como tampoco nosotras queremos ser blanco del coronavirus. La crisis que ocasionó esta pandemia nos intranquiliza porque no sabemos cómo actuar ante una situación como ésta. La actividad disminuyó y nos golpea muy fuerte. Todo está parado. El no trabajar, por momentos, me pone nerviosa, me da miedo y no sé cómo reaccionar ante lo desconocido”.

Josefina (nombre imaginario) remarcó a EL LIBERAL: “Escucho llorar a mis hijos (4, 6 y 8 años) y me vuelvo loca. Con la ayuda que recibimos de bolsines alimenticios “vivimos” un día más, pero al ser consciente que cada vez se vuelve más difícil nuestra situación es cuando me angustio. Por suerte, entre nosotras, somos solidarias y con lo poco que tenemos nos damos una mano. No sé hasta cuándo seguiremos así. Esta crisis nos está matando de a poco. Me preocupa lo que suceda de aquí en más”.

Azucena, Virginia, Liliana y Josefina no son partidarias del sexo virtual. “Tenemos miedo y creemos que es riesgoso por todo lo que significan las redes sociales y el riesgo de viralización de las imágenes. Preferimos las formas tradicionales porque son más seguras”, indicaron en sendas conversaciones con EL LIBERAL.

“Mis clientes, por ahora no quieren saber nada”

Bety (nombre de fantasía) es categórica en su testimonio: “Estoy sin trabajar desde hace casi dos meses. Como muchas de mis compañeras, estoy intranquila porque no sé qué hacer. Mi trabajo es el único ingreso que tenía para sostener a mi familia. Recibimos bolsines de alimentos y elementos de higiene de las asociaciones LGTB, ATTA y Di.Va.S. Con esto salgo del paso en el día, pero no sé qué pasará cuando se levante definitivamente la cuarentena. Mis clientes, y es comprensible, por ahora, no quieren saber nada. Soy madre de un hijo de 13 años, estudiante. Pienso y pienso buscándole alguna alternativa y no la encuentro. Soy trabajadora sexual tradicional y el sexo virtual no es mi fuerte. Antes de la cuarentena ganaba un dinero importante. Ahora, con todas las restricciones, estoy sin ingresos y eso es lo que me desespera. Las trabajadoras y trabajadores sexuales nos quedamos a la deriva. No tengo ingreso de dinero de ninguna parte. Ahora, vivir el día a día, se nos hizo difícil. Tengo miedo que la cuarentena se alargue y eso prolongue mi angustia. La verdad, no sé qué hacer y eso me pone impotente”, concluyó.

 

Donaciones para prostitutas en Tailandia entre debate sobre legalización

Noel Caballero

15 de mayo de 2020

https://www.lavanguardia.com/vida/20200515/481150431183/donaciones-para-prostitutas-en-tailandia-entre-debate-sobre-legalizacion.html

 

Bangkok, 15 may (EFE).- Con el cierre a cal y canto de los barrios rojos de Tailandia por la COVID-19, cientos de miles de trabajadores del sexo se han quedado sin ingresos y desamparados. Las donaciones han sustituido a las ayudas oficiales, en un país que a pesar de su lucrativa industria de turismo sexual, mantiene la prostitución como una actividad ilegal.

En una estrecha calle del casco histórico de Bangkok, donde trabajan prostitutas de edad madura, un amplio grupo de mujeres y transexuales espera la llegada del reparto de ayuda por parte de una oenegé local.

Una de ellas, que pide no revelar su identidad, comenta a Efe que hace unos días ha retomado el trabajo a pesar de los temores a contraer el nuevo coronavirus.

“Siempre llevo espray y geles de alcohol (desinfectantes)”, afirma ocultando su rostro.

La mujer, quien asegura que necesita el dinero para pagar la educación de sus 4 hijos y a quienes oculta su labor, pide que su profesión sea legalizada para así lograr acceso a las ayudas estatales.

Al menos tres días a la semana, los miembros de la organización local por los derechos de las trabajadoras del sexo SWING reparten comida, medicinas y productos de higiene personal en varios puntos de Bangkok y Pattaya.

“Al principio estábamos preocupados por la reacción debido al estigma social de las trabajadoras del sexo. Pero el mensaje de ayuda fue muy compartido por usuarios de Twitter y recibimos un gran apoyo”, comenta a Efe Surang Janyam, directora y fundadora de la organización.

A pesar de que la ley tailandesa establece la prostitución como una práctica ilegal, los enormes lupanares o calles repletas de burdeles son evidentes en la masificada Bangkok y suponen una gran porción de la economía sumergida del país.

Calles como el conocido Soi Cowboy o recintos como Nana Plaza, ambos en el corazón comercial de la metrópoli, albergan decenas de locales donde trabajan centenares de jóvenes, procedentes en su mayoría de las regiones empobrecidas del interior del país.

A mediados de marzo, el ayuntamiento de Bangkok anunció el cierre de establecimientos de entretenimiento, lo que incluye a los prostíbulos disimulados entre bares con bailarinas o centros de masaje, y todavía se desconoce cualquier tentativa de fecha de reapertura.

Al perder su única fuente de ingresos muchas de las decenas de miles de prostitutas que ejercen en Bangkok y la ciudad costera de Pattaya, se han visto abocadas a pernoctar en parques o en la playa al no poder hacer frente al alquiler de sus habitaciones.

“Es uno de los sectores más afectados (económicamente por la pandemia), pero también uno de los más desamparados”, declara Surang.

La asociación inició en marzo en las redes sociales una exitosa campaña para recibir donaciones que acumula cerca de 1 millón de bat (31.200 dólares o 28.800 euros) y cuyos fondos son destinados a ayudar a las trabajadoras del sexo.

Además reivindican la legalización del sector y que las trabajadoras queden protegidas por ley y reclaman que la pandemia de COVID-19 sirva de lección para las autoridades a la hora de reconocer la profesión y recaudar impuestos a través de legalización de este negocio.

“El dinero que ganan no es solo para ellas, sino también para sus familias. Si ellas no pueden trabajar, ellas se ven afectadas, pero también los que las rodean”, apunta Surang, que asegura más del 50% de los trabajadores del sexo ayudan económicamente a sus familiares.

Aunque no existen datos oficiales de las autoridades tailandesas, un estudio de la Organización Mundial de la Salud sitúan entre 150.000 y 200.000 las personas que ejercen la prostitución en Tailandia, mientras oenegés elevan la cifra hasta las 300.000 y un estudio universitario considera que hay hasta 2,8 millones de ciudadanos involucrados en el sector.

Una enorme industria que, según la agencia de inteligencia Havocscope especializada en el mercado negro, movió en 2015 más de 6.400 millones de dólares (cerca de 5.900 millones de euros) o cerca del 1,5 % del PIB del país.

Anna, una transexual que ejerce la profesión desde hace 11 años y afincada en Pattaya, señala a Efe que puede llegar a ingresar a la semana entre 10.000 y 20.000 bat (entre 310 y 620 dólares o 285 o 570 euros) en temporada alta de turismo—entre octubre y abril—.

Cerca del 25 por ciento de sus ganancias se las envía a sus padres en la oriental provincia de Loei, donde trabajan como agricultores.

Sin embargo, ante la situación actual, Anna asegura que lleva semanas sin “ningún ingreso, solo con gastos” y que le han denegado el acceso al fondo extraordinario mensual de 5.000 bat (154 dólares o 142 euros) que reparte el gobierno a los más necesitados.

Apesadumbrada, la meretriz reconoce que el camino a la recuperación de la industria del sexo será muy largo.

“Puede ser que el año que viene las cosas vuelvan a la normalidad. Primero se tendrá que recuperar el turismo y la confianza de los viajeros, eso también será complicado y tardará”, asegura Anna al incidir en la dificultad de encontrar otro trabajo fuera del sector debido al parón de la economía por la pandemia y los estigmas de ser trabajadora del sexo y transexual.

“Esta será la última industria en reabrir (cuando termine la pandemia). E incluso cuando retomen el negocio, no creo que tengan muchos clientes (…) Es el momento de que el gobierno de Tailandia hable abierta y seriamente sobre este problema”, sentencia la directora de SWING. EFE

 

 

“Si volviéramos a nacer, seríamos trans y prostitutas”

Victoria y Alma son dos cordobesas que llegaron a Río Gallegos para ejercer la prostitución, tres días antes de la cuarentena. Confinadas en un departamento, contaron sus historias, levantando la bandera de su propia independencia. Unas trans con movimiento de cadera y lenguas filosas.

 

Por Sara Delgado 

13 de mayo de 2020

https://laopinionaustral.com.ar/edicion-impresa/si-volvieramos-a-nacer-seriamos-trans-y-prostitutas-186216.html

 

 

El complejo de departamentos está sobre calle Maipú y su puerta, “derecho al fondo”. Afuera, una vecina limpia el auto con una nena y nos da una mirada punzante y socarrona, “¿creerá que venimos a hacer un trío?”, pienso.

Vicky abre la puerta. Está de entrecasa, bastante diferente a la foto de su perfil de WhatsApp, donde las tetas le desbordan el escote. Eso sí, la boca sigue con un rojo granadina.

El lugar es diminuto. Cocina, la mesa con tres sillas, un sillón de dos cuerpos con un preservativo y un gato, una escalera hacia la habitación.

La llegada de las chicas a Río Gallegos se produjo en un mal momento.

Son trabajadoras sexuales para quienes la gira por fuera de sus provincias significa mucha plata, o al menos una diferencia importante. Antes estuvieron por Comodoro Rivadavia y con lo que consiguieron comieron todo este tiempo, aunque también se sumaron bolsones de alimentos gestionados por el área de Diversidad que conduce Roxana Rodríguez.

En el lugar donde está junto con una amiga, Patricia, una encargada del dueño les retuvo los documentos porque sabía que si no podían trabajar, tampoco iban a poder pagar los $ 1.300 diarios del departamento.

VICKY HIZO LA TRANSICIÓN A LOS 15 Y A LOS 16 YA SE PROSTITUÍA.

Esto derivó en una nota de La Opinión Austral, allá por fines de marzo, y en una denuncia ante el INADI que evitó que las quisieran desalojar cuando tal cosa estaba prohibida por un decreto presidencial.

El aislamiento les impide tener sexo con hombres, pero las habilita a otros servicios en plataformas virtuales. Sin embargo, cuando empezó el aislamiento social, preventivo y obligatorio, dieron de baja sus anuncios en Locanto y tiraron la toalla con el sexo por videollamada, donde les da fiaca repetir las frases una y otra vez entre cliente y cliente.

En el último tiempo, con la excusa de violaciones a la cuarentena, se registraron varios hechos de violencia institucional con ataques a mujeres trans por parte de las fuerzas de seguridad.


El aislamiento les impide tener sexo con hombres, pero las habilita a otros servicios en plataformas virtuales


Esto es un drama para el cual el Estado todavía no tiene respuestas, porque quienes ejercen la prostitución a la intemperie y deben cumplir el aislamiento, no tienen modo de subsistir. Para la mayoría, las condiciones de vida, vivienda, servicios y demás son precarias, como consecuencia de la marginalidad.

Vicky nació en Misiones, pero de muy chiquita se fue a vivir a Córdoba, y cuando tenía ocho años, su mamá dejó la casa y a ella con sus tres hermanos a cargo de su papá.

A los quince hizo la transición y a los dieciséis ya se prostituía en una whiskería.

“Me crié con mi papá, divina”, cuenta, sabiéndose afortunada porque él la hubiera entendido y apoyado en su elección.


Estoy brindando un servicio como cualquier otro y se me paga


“Se lo conté a los quince, pero él ya sabía porque desde chiquita siempre fui muy amanerada. Cuando le dije, me acuerdo que me abrazó y me dijo que siempre me iba a querer”, se acuerda.

ALMA VIVIÓ SIETE AÑOS EN PARÍS.

Vicky habla con orgullo del trabajo sexual, ese que algunos feminismos ponen en tensión y como punta de lanza de la trata, pero ademas lo hace desde una mirada trans, esa que también algunos feminismos intentan borrar en una pulsión que las quiere mujeres.

“Yo estoy brindando un servicio como cualquier otro y por eso se me paga. Nunca lo sufrí, hay chicas que sí, pero no es mi caso”, aclara Vicky, que a los veinte años dejó de prostituirse en la calle y migró para trabajar en departamentos VIP, sin intermediarios, ni fiolos, ni madamas.

Ella, su cuerpo, su dinero, su elección.

—¿Si te dieran a elegir otra forma de vida, cuál elegirías?—, le pregunto.

—Esto me gusta, estudié peluquería, ejercí, me fue bien, pero no. Yo siempre vuelvo al ruedo, me encanta. Me gusta lo que se gana trabajando. En peluquería puchereaba y asimismo, si me pongo ahora a comparar, no tengo mucho, vivo el día a día, a pesar de que se gana muy bien. Tengo mi casa, me operé toda y si hubiese tenido que trabajar de peluquera, hubiese tenido que ahorrar para montar un negocio, naah—, dice y resopla. La plata que hace Vicky en un mes normal es alrededor de $ 40 mil pesos y si está de gira, en un lugar donde es nueva, a esa plata la hace en una semana.

Llevamos ya varios minutos de charla cuando cruje la escalera con los pasos de Alma, la otra piba trans, que baja hecha una diva con un enterito corto de tiritas. Tuerce la cadera hacia un lado, coloca un brazo en forma de jarra y con el que le queda libre, se tira el pelo recién lavado hacia un costado. “No aguanto más, ¡me quiero ir!”, dice y nos mira a mí y al fotógrafo.

—¿Quieren tomar algo, chicos?, ¿un té?, ¿café?—, pregunta Vicky, casi anunciando que ahora hay que ponerse cómodos.

Alma, que habla tres idiomas, invade la escena con sus historias de prostitución en París, donde vive desde hace siete años, y de caminatas en el Bosque de Bulogne, donde consigue a sus clientes.

EL GATO DUERME SOBRE UN PRESERVATIVO EN EL SILLÓN.

“Nosotras no hacemos plata fácil. Vicky tiene un poco más de buche, pero si a mí no me gustó el tipo, le cierro la puerta en la cara, porque yo a mi cuerpo le pongo precio y me acuesto con quien quiera, porque hay personas que vienen con olor”, larga y su explicación es como un cachetazo porque, siendo honestos, quién alguna vez no se hizo esta pregunta: ¿cómo hacen si lo que ven les parece feo o fea?

“Ademas, hay mucho loco dando vuelta, que te quieren romper el condón, personas resentidas. A muchas compañeras las han asesinado, les sacaron prótesis, las golpean. Viví miles de veces situaciones violentas. Yo vivo en Francia, vine a ver a mi mamá y me agarró esta mierda, pero allá también te discriminan, ¿creés que no?”, dice Alma, que sigue parada y se sigue acomodando el pelo.

Claro, una imagina que la prostitución en Europa es un camino allanado por una cultura open mind, siempre y cuando la trabajadora no sea transexual y latina.

“Un gay, una lesbiana en Europa la pasan piola, pero a una chica como yo, nueve de diez la van a juzgar, los policías te llevan presa, te pegan, te violan”, aclara.

—¿Y por qué te quedás?

—Me quedo por la plata, son euros, nena. Aparte me acostumbré al ritmo de vida de Europa, me salta el hombrecito de adentro y si tengo que cagarte a trompadas, lo hago. La calle me enseñó a ser fría. No dudaría si tengo un cuchillo en la mano. Antes que llore mi madre, lo hago—, asegura.

—¿Y si te dieran a elegir?

—La prostitución te lleva a ser ambiciosa. Yo también soy peluquera como Vicky, también tuve mi novio, Diego, que me daba todo. En Córdoba hay un cantante, la Mona Giménez, que nos dio mucha libertad, la travesti se respeta, somos locas de la calle, entonces el cordobés es mente abierta. Mi novio trabajaba y ganaba muy bien, pero me gusta que mi billetera esté llena, me gusta irme de shopping, me gusta mi libertad—, responde Alma, que nunca se sienta, sino hasta que, cuando ya nos vamos, Pato les saca fotos en el sillón.

Por si no quedó claro: “Elegiría seguir siendo prostituta, elegiría mi dinero”.

Porque “además, me gusta jugar con los hombres”, dice y bebotea con la mano sobre la boca y el pelo que le cae, ya seco, sobre la mitad de la cara sin maquillaje.

Las dos tienen discurso político, político pero no partidario, y aunque vienen de una provincia que durante la era macrista estuvo mayoritariamente alineada con Cambiemos, dicen que hoy la realidad es bien diferente.

—Nosotras levantamos nuestra bandera, porque nadie nos viene a traer un plato de comida. Lo que conseguimos, lo conseguimos en la lucha, en las marchas. En Córdoba la gente estaba con Macri, pero hoy en día se está dando cuenta—, dicen.

Alma incluso cuenta que “digan lo que digan de los kirchneristas, que a mí ni me van ni me vienen, cuando me fui a París, en Argentina se podía comer, cuando volví había gente en la calle y en el supermercado contaban las monedas para pagar un paquete de fideos”.

Decí que te gusta

Con Vicky comparten esa idea de varones con masculinidades que se ponen en duda por la orientación sexual, de aquellos que aparecen para sacarlas de la oscuridad de la noche y confesiones de cama que dicen mentiras.

“El hombre nos ve como algo bonito pero con pene, y a la vez quiere y se hace el que no. Pero el que pasó por una travesti, va a volver siempre. El que dice es la primera vez miente, ese ya viene corridísimo de locas”, dice una y se matan de risa.

“Tenemos miles de oportunidades de tener novio y siempre que salimos viene el que te dice que te va a ayudar, pero ¿quien sos? ¿Robin Hood? ¡raja!”, y de nuevo se descostillan.

—¿Son feministas?

Vicky pone una cara fruncida y los labios superiores se le tensan hacia arriba, dejando ver la encía.

—No—, dice Alma, segurísima, mientras relojea el pañuelo verde atado a mi bolso. Lo señala y dice que no comparte muchas cosas, como que se mezcle a las putas con el trabajo sexual.

“Nosotras ganamos nuestro dinero. Es un trabajo. Más vale que no vamos a ser toda la vida prostitutas, porque no vamos a ser toda la vida jóvenes y bonitas. En mi caso, voy a ser activista. Me gusta luchar. Pero a veces no se entiende que nosotras no somos mujeres, somos trans. Respetamos toda decisión, pero la mujer tiene útero, vagina y menstrúa, nosotras quizás representamos la feminidad de la mujer. Por eso Flor de la V no nos representa. Vive en su propio mundo. Nosotras, si pudiéramos volver a nacer, seríamos trans y prostitutas de nuevo”, insiste.

Ailyn y Ailen

Victoria y Alma se conocieron años atrás en el departamento de una amiga, que también trabajaba alquilando el cuerpo.

Hoy fantasean con la idea de irse a Europa juntas. Comparten, además de su provincia mediterránea, el bautizo de nombres que no eligieron, pero que hasta suenan igual.


No se entiende que nosotras no somos mujeres, somos trans


A Vicky le elijó el nombre una amiga, que ademas le puso de segundo Ailen, mientras que a Alma, que en verdad quería llamarse Carolina, se los eligió su abuela, que de segundo nombre le puso Ailyn.

“Acá son mente cerrada, ¿no?”, me pregunta Alma, que dice que en Río Gallegos la gente pareciera no estar muy acostumbrada a ver chicas trans de día circulando por el espacio público.

“Cuando fuimos a hacer la denuncia porque nos retuvieron los documentos, entramos a la comisaría y en al puerta había un oficial. Cuando nos fuimos, había como veinte y todos se daban codazos. Igual nos gustó que salieran a vernos”, reconoció.

Después contó que “el otro día tenía que ir a la farmacia y no sabía dónde quedaba. Vi a un pibe y fui toda Victoria Secret para preguntarle dónde y se quedó duro, ni que vieran a Mister ET”.

“Claro —dice Vicky—, en Córdoba agarramos la avenida San Martín, donde están todos los puestos de feria, y la Coca Sarli es un poroto”