Las alegaciones de Mónica Oltra que cuestionan la ley abolicionista de Gabriela Bravo

La Conselleria de Igualdad entiende que invade competencias estatales y las suyas en materia de violencia de género, al tiempo que cree que las multas a los puteros lleva a las mujeres a entornos más ocultos y peligrosos
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Por Raquel Andrés Durà

València, 24 de mayo de 2022

https://www.lavanguardia.com/local/valencia/20220524/8288002/oltra-alega-ley-abolicionista-bravo.html

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La Vicepresidencia y Conselleria de Igualdad y Políticas Inclusivas que dirige Mónica Oltra presentó ayer alegaciones contra el borrador de anteproyecto de ley de modificación de la Ley 14/2020 de espectáculos públicos, actividades recreativas y establecimientos públicos elaborado por la Conselleria de Justicia de Gabriela Bravo. En otras palabras, la norma con la que los socialistas pretenden «abolir» la prostitución en la Comunitat Valenciana.

Por un lado, desde la Secretaría Autonómica de Igualdad y Diversidad entienden que invade sus competencias en materia de igualdad de género y prevención de la violencia contra las mujeres. Se basan en que el borrador afirma que «la prostitución es una forma de violencia de género».

En las alegaciones, recuerdan que la Conselleria de Justicia es «competente en materia de asistencia a las víctimas del delito», pero «la prostitución no se recoge en el ordenamiento jurídico español como delito».

Lo que sí se reconoce como delito es «la explotación o el lucro de la prostitución ajena» cuando «quien la realiza ha sufrido coacción en el proceso de deliberación de su comportamiento sexual o es sujeto de la explotación de un tercero». Diferencian, por tanto, entre prostitución y explotación sexual o trata, que en cualquier caso ya es ilícito.

Las alegaciones presentadas por la Conselleria de Oltra también sostienen que la ley de Bravo invade competencias estatales, ya que la «abolición» de la prostitución, una actividad «no regulada», «excede las competencias autonómicas».

Además, señalan que el cambio normativo impulsado por Justicia busca eliminar toda forma de prostitución que se desarrolla dentro de los locales y establecimientos regulados por la Ley 14/2020, es decir, «locales en los que se realizan los espectáculos públicos, las actividades recreativas y las actividades ocioculturales». Recuerdan que usar una licencia para hacer otra cosa «ya está sancionado» y argumentan que quedarían fuera de la norma otros espacios donde también se ejerce la prostitución.

Por otro lado, alegan contra el «principal instrumento» que presenta la Conselleria de Bravo para conseguir la abolición de la prostitución: las sanciones a los demandantes en los establecimientos públicos, por la difusión de publicidad de prostitución, por el uso de establecimientos con licencia incluidos en el catálogo de la Ley 14/2010 para actividades de prostitución y la tercería locativa (sanción penal a quienes ponen un inmueble para ejercer la prostitución).

Desde la Conselleria de Igualdad entienden que estas sanciones son, de facto, «una sanción indirecta a las mujeres que ejercen la prostitución». Y es que creen que el cierre de prostíbulos de carretera y espacios similares no acabarán con la prostitución, sino que la moverán de sitio, presumiblemente a lugares más opacos como pisos, donde la situación de la mujer es más vulnerable y se pueden producir más agresiones y violaciones.

Estas mujeres, por la estigmatización, por su condición de migrantes y/o por las amenazas que sufren, rara vez acuden a una comisaría a denunciar las agresiones.

Por ello, el secretario autonómico de Igualdad y Diversidad, Rubén Sancho, considera que el anteproyecto de ley de Justicia lo que hace es «proteger al cliente», al putero, ocultando la actividad para que no se le sancione, mientras que «aumenta la inseguridad» de la mujer y se la «conduce a la clandestinidad y al ocultamiento», llegando a una situación de «más vulnerabilidad».

En todo caso, Sancho defiende la necesidad de superar el marco abolicionista y analizar una realidad compleja en la que no bastan soluciones sencillas como prohibir y sancionar. Habla desde medidas sociales hasta cambiar a Ley de Extranjería para que las migrantes se atrevan a denunciar su situación sin miedo a la deportación. «Hace falta un debate abierto y amplio, de escucha de todas las realidades», sostiene el secretario autonómico.

En este sentido, recuerdan las actuaciones llevadas a cabo por la Conselleria de Igualdad: el Programa Alba, de atención itinerante y de recursos para la salida de mujeres víctimas de explotación sexual de ámbitos de prostitución y/o trata, con atención integral de las mujeres, a través de salidas periódicas a las zonas donde se tiene conocimiento o indicios de que se practica la prostitución.

Asimismo, LABORA tiene un convenio de colaboración con la Asociación Alanna para el desarrollo del «Programa de formación e inserción para mujeres víctimas de violencia de género o de tráfico y explotación sexual con compromiso de contratación», incluido en el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia financiado por la UE a través de los fondos Next Generation. Ofrece atención personalizada de 57 mujeres, a las que se les ayuda a mejorar su empleabilidad y promover su inserción profesional.

En el caso de mujeres prostituidas en «situaciones de gran vulnerabilidad», la Conselleria de Oltra les proporciona la posibilidad de solicitar la Renta Valenciana de Inclusión, que se suma al Ingreso Mínimo Vital. Gracias a una modificación en 2020, esta prestación se aumentó en 320 euros y hoy se equipara al salario mínimo interprofesional. No obstante, hoy todavía no ha habido mujeres que se hayan acogido a ese incremento.

En cuanto al modelo abolicionista, desde la Conselleria de Igualdad exponen experiencias internacionales de modelos abolicionistas que «ponen en cuestión sus resultados». En Suecia se abolió en 1999 y, desde entonces, no ha disminuido la demanda, sino que la actividad se ha trasladado «a lugares menos visibles» y más «difíciles de rastrear».

El informe de Amnistía Internacional «El coste humano de ‘machacar’ en el mercado: la penalización del trabajo sexual en Noruega» de 2016 expone las consecuencias del modelo abolicionista en ese país, como «una intensificación del estigma social y la discriminación de las mujeres, especialmente en el caso de mujeres migrantes, donde se entrelaza el estigma y el racismo».

Las alegaciones de la Conselleria de Oltra concluyen así: «La propuesta de modificación se enmarca en un discurso punitivista de la prostitución y sitúa en un marco de mayor vulnerabilidad a aquellas mujeres que ejercen la prostitución, especialmente a aquellas que menos recursos tienen o que se encuentran en situación administrativa irregular. Se sanciona, en última instancia, la pobreza y la migración». Es decir, se perseguirá más la prostitución de calle y no la ven útil para acabar con la que se practica en espacios opacos ni con la prostitución de lujo.

«Este marco abolicionista aumenta la estigmatización social de las mujeres que ejercen la prostitución y debilita sus redes de apoyo. Asimismo, las medidas afectarán en gran medida a las personas trans, que sufren un desempleo del 85% y han de recurrir al trabajo sexual como única opción», zanjan.

La delegada de la Comunitat Valenciana del sindicato de Trabajadoras Sexuales – Otras, Martina Salander, sostiene que «la prostitución se puede prohibir, no abolir», ya que «el abolicionismo no ha acabado ni con la prostitución ni con la trata» en los países donde se ha aplicado.

Como señalan en las alegaciones de la Conselleria de Igualdad, Salander teme que las multas a los puteros lleven «a condiciones de trabajo muy precarias» y de más «peligrosidad»: «Se ha visto en Francia. Si antes venía un cliente a tu habitación, ahora te pide que vayas tú a él. La chica se expone más yendo a la habitación de clientes y, además, te rebajan el precio y te obligan a ciertas prácticas».

Por otro lado, advierte que la tercería locativa «elimina los espacios de trabajo», que en muchos casos son también las viviendas de las mujeres: «Al no tener contrato, para nosotras es muy complicado acceder a una vivienda, muchas viven en los clubs y en hoteles. Habría un problema habitacional muy grande que no se ha tenido en cuenta».

Desde la Conselleria que dirige Mónica Oltra (Compromís) se muestran sorprendidos por la polémica que ha iniciado la Conselleria de Justicia, de Gabriela Bravo (PSPV) al final de la segunda legislatura del Botànic.

Primero, porque se les presentó el anteproyecto de Ley sin consultarles previamente como competentes en materia de violencia de género; segundo, porque la abolición de la prostitución no está en el Pacto del Botànic ni lo han decretado los socialistas cuando han gobernado en solitario.

Por ello, se cuestionan la motivación real de la propuesta, que no ven que busque proteger a las mujeres prostituidas, sino marcar un perfil político de cara a las próximas elecciones.

Un dato: la Conselleria de Gabriela Bravo nunca se ha querido entrevistar con el sindicato Otras; sí lo ha hecho la Conselleria de Mónica Oltra.

Cuerpos contaminantes: el lenguaje cotidiano y la exclusión como «otras» de las trabajadoras sexuales en las luchas locales contra la prostitución

Autora: Giorgia Serughetti

Università degli Studi di Milano-Bicocca

Octubre de 2015

https://www.researchgate.net/publication/291333812_Polluting_Bodies_Everyday_Language_and_the_Otherisation_of_Sex_Workers_in_Local_Struggles_Against_Prostitution

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(…)

6. Conclusión

Al analizar las formas en que los discursos contra la prostitución dibujan o refuerzan los límites de la inclusión y la exclusión, las “guerras espaciales” urbanas en torno a la prostitución callejera se revelan útiles para preservar un orden social y moral, basado en roles e identidades sexuales y de género apropiados, en contraposición a los cuerpos y conductas amenazantes, “fuera de lugar”. Los discursos no solo revelan, especialmente a través del uso de metáforas, la existencia de un lenguaje cotidiano en el que los mapas urbanos imaginarios señalan lo que merece pertenecer a un espacio específico y lo que se considera inadecuado y extraño. De hecho, los discursos crean el orden social y espacial en sí mismos, instando a respuestas colectivas de negación, represión y exclusión. En el distrito de Eur, después del fracaso del proyecto de “zonificación”, que finalmente fue detenido por la prefectura, lo único que quedó sobre el terreno para abordar las protestas de los residentes fue la promesa de una ley municipal contra la prostitución, del tipo ampliamente utilizado en Italia en los últimos años, un tipo de ley que, a pesar de que el énfasis está puesto principalmente en disuadir a los clientes por medio de multas, tiene como objetivo prohibir a las trabajadoras sexuales el uso del espacio urbano.

Para apoyar y justificar tales prácticas de exclusión, las trabajadoras sexuales se construyen como “Otras” físicas y simbólicas. En tiempos de migración global, su condición de «Otras» se construye sobre las diferencias étnicas, lingüísticas, culturales y sociales (Massari, 2009; Abbatecola, 2006), y sirve para neutralizar los riesgos de la proximidad, percibida como una amenaza a las identidades locales y nacionales. “La cercanía ineludible de aquellas mujeres parece producir, al menos para algunas personas, un riesgo omnipresente de ‘contaminación’ que en cierto modo debería ser exorcizado, mediante la adopción de disposiciones eficaces encaminadas a distanciar, negar y crear indiferencia, y así establecer estrategias generales de aniquilación de la otra. Esto a menudo significa la construcción de una narración compartida de ‘nosotras’ a través de una imagen inferiorizada y racializada de la ‘otra’. La mujer migrante como prostituta se ha convertido en uno de los estereotipos más persistentes de la ‘extranjera’ en nuestra sociedad” (Massari 2009: 4).

Además, dado que la prostitución concierne a una esfera crucial de la experiencia humana, la de la sexualidad y las relaciones de género, la delimitación de fronteras que determinan la exclusión espacial y social de las trabajadoras sexuales también expresa intentos de construir y regular las identidades sexuales y de género. La noción de «mujer pública» sigue desempeñando «un papel destacado en la regulación de las identidades sexuales y de género y, como argumentan muchas prostitutas, es una noción que a menudo deja al descubierto y amenaza las nociones de feminidad establecidas por el patriarcado al hacer visible la relación entre sexo, dinero y poder. Es este desafío a las construcciones dominadas por los hombres de lo femenino como Otra lo que sirve para marginar aún más a las prostitutas como Otra sexual: la intersección de género e identidad sexual de esta manera construye a las prostitutas como un grupo altamente marginado, lo que a su vez define los parámetros más amplios de la conducta sexual de la mujer” (Hubbard, 1998: 72).

Por último, dado que la existencia de un mercado del sexo implica una demanda de servicios sexuales, una demanda predominantemente masculina (Serughetti, 2013b), los límites que separan a las prostitutas del resto de la sociedad son funcionales para preservar la división tradicional entre dos dimensiones en conflicto de la sexualidad masculina: una respetable, y compatible con una relación amorosa o un proyecto de paternidad; la otra sucia, degradante, que se manifiesta en el sexo pagado (Serughetti, 2013a; Ciccone, 2009). Esta división interna es la característica de un modelo hegemónico de masculinidad heteronormativa de larga tradición (Seidler, 1989; Connell, 1995; Gilmore, 1990; Redman, 2000) que aún afecta la organización contemporánea de la sexualidad. Defender esta construcción es, pues, reafirmar y reproducir jerarquías sociales y espaciales patriarcales en las relaciones sexuales y de género.

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otherisation

(exclusión como «otros»)

Usado por la neurocientífica Kathleen Taylor para describir lo que sucede cuando las personas no están incluidas en su tribu; los otros se clasifican comúnmente como bestias o subhumanos.

Puede ampliarse hacia la separación de personas que pertenecen a diferentes religiones o la separación de creyentes/no creyentes, amigos/no amigos.

Quienes llevaron a cabo la solución final en la Alemania nazi solo pudieron hacerlo mediante la exclusión como «otros» (otherisation) de los judíos.

por aaarwin 26 de octubre de 2012

https://www.urbandictionary.com/define.php?term=otherisation

Oltra arremete contra la iniciativa de Bravo para prohibir la prostitución

 

«La brocha gorda es para pintar paredes; no es útil en política. Confrontar regulación con abolición es una profunda estulticia», señala la vicepresidenta respecto a las medidas abolicionistas que impulsa la consellera

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BURGUERA

Viernes, 20 mayo 2022

https://www.lasprovincias.es/politica/oltra-prostitucion-valencia-20220520131513-nt.html

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Mónica Oltra

Oltra, momentos antes de su comparecencia como portavoz del Consell. / B. F.

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La vicepresidenta de la Generalitat, Mónica Oltra, no va de la mano de la consellera de Justicia, Gabriela Bravo, respecto a lo que hay que hacer frente a la prostitución. Al contrario. Andan caminos muy distintos. Frente a los movimientos de Bravo, que en las últimas semanas ha incrementado su actividad al frente de movimientos abolicionistas frente a la prostitución, Oltra ha dado tomado la palabra para decir cosas muy distintas a las que defiende la Consellera de Justicia.

«La brocha gorda es para pintar paredes monocolores y no es útil en política. Confrontar regulación (de la prostitución) con abolición es una profunda estulticia. Porque si lo mezclamos todo ya sabemos que se acaba con una confrontación muy distinta al asunto que se debate. Es fácil abolir la pena de muerte porque es una decisión de un Estado que deja de aplicar una determinada pena. Pero ante fenómenos complejos que no dependen de ponerlo en un papel, ‘queda abolida la pobreza’, ‘queda abolida el hambre en el mundo’… es mejor hablar del cómo», ha indicado la también consellera de Igualdad. Bravo anunció hace dos meses que había firmado la resolución de inicio para la reforma de la Ley de Espectáculos Públicos, Actividades Recreativas y Establecimientos Públicos de la Generalitat. Sobre esta reforma, Oltra ha puntualizado que «efectivamente, está en fase de estudio». O sea, que puede ser que sí o que no.

El objetivo de la consellera Bravo es sancionar locales que emplean licencias de hostelería pero que permiten o fomentan el ejercicio de la prostitución. De hecho, Bravo ha participado muy activamente en la puesta en marcha del Foro Valenciano para la Abolición de la Prostitución. El Ayuntamiento de Paterna se ha sumado esta semana a la propuesta que lanzó días antes la consellera de Justicia de incorporar en el marco jurídico municipal una ordenanza que aborde la prostitución como una vulneración de los derechos humanos de las mujeres.

La líder de Compromís ha considerado que «el Consell (a través de su departamento, el de Igualdad) ha trabajado en recursos en este sentido, y en esta comunidad autónoma la Renta Valenciana de Inclusión alcanza al Salario Mínimo Interprofesional a diferencia de otras regiones, y eso es una alternativa. Una persona prostituida puede abandonar ese contexto a través de esos medios. Eso es feminismo que se come. Paralelamente tenemos el programa Alba. Por eso el trabajo de ese tipo es útil, y eso no debe dificultarse, porque cuanto más clandestina es una dificultad más complicado es llegar a estas mujeres».

La número dos del Consell ha asegurado que «hay que escucharlas», a las mujeres prostituidas. Oltra ha recordado que «hay un sindicato, con el que yo me he reunido, y en el Gobierno no se deben tomar decisiones despóticas, y lo que se ha de procurar es que una norma no perjudique a la parte más vulnerable».

Oltra ha afirmado que «hacen falta politicas coordinadas entre el Estado, comunidades autonómicas y locales. Hay que perseguir las mafias, abordar las políticas migratorias, de igualdad educativa sobre el fomento de la libertad sexual en un ámbito en el que la sexualidad no es una cuestión de tener lo que uno desea, y atender a las mujeres que están en situación de explotación sexual… buscar alternativas. Hay estudios prestigiosos que muestran que las políticas punitivistas perjudican especialmente a las mujeres que son víctimas de la explotación sexual al ejercer la prostitución».

Sobre la abolición de la prostitución «ellas son las que tienen que hablar y decidir»

 

«Boulevard» ha estado con la cogerente de la asociación Askabide Marian Arias.

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EITB Media

19 de mayo de 2022

https://www.eitb.eus/es/radio/radio-euskadi/programas/boulevard/detalle/8846884/sobre-abolicion-de-prostitucion-ellas-son-que-tienen-que-hablar-y-decidir/

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Marian Arias (Askabide). Foto: EITB Media


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La cuestión de la abolición de la prostitución está generando discrepancias y durante la sesión de Gobierno del lunes el PSOE decidía aplazar esta cuestión para aprobar la denominada ley del «solo sí es sí».

La asociación Askabide trabaja por la integración del colectivo de personas que ejercen la prostitución en Euskadi y de mujeres en exclusión social y «Boulevard» ha estado con su cogerente Marian Arias.

No tienen postura clara sobre si hay que abolir o no la prostitución ya que el trabajo diario con las prostitutas les ha hecho ver lagunas en ambas posturas, «lo primero es que Askabide pone el centro (su prioridad) en las mujeres. Ellas son las que tienen que hablar y decidir. Dentro del colectivo estamos hablando de gente muy diferente en cuanto a género etc., nosotras no nos posicionamos».

Arias tiene claro que se les tiene que preguntar a ellas, a las personas que se dedican a la prostitución que no tienen muy claro lo que está ocurriendo, «hay un gran desconocimiento en el mundo de la prostitución. Ellas viven ajenas a estos debates. Cuando necesitan dinero no están en este debate. Ellas lo que quieren es mantener su actividad hasta que tengan una solución».

Hoy en día la prostitución son personas que viven en pisos, que hacen visitas a sus domicilios y se está contactando en Internet, por ello «antes de armar una ley hay que preguntarles a ellas».

Kenia García, trabajadora sexual: «Estar en la clandestinidad nos condena al abuso»

La integrante del Colectivo de Prostitutas de Sevilla y una de las portavoces del Movimiento Regularización Ya aborda los últimos aspectos políticos que afectan a la prostitución, como la tercería locativa

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Por Carmen Marchena

6 de febrero de 2022

https://www.lavozdelsur.es/la-voz-seleccion/entrevistas/kenia-garcia-trabajadora-sexual-clandestinidad-nos-condena-abuso_271739_102.html

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Dos días después de la Jornada sobre Prostitución, Derechos y Crisis Sanitaria en la Universidad de Almería, que sufrió intentos de cancelación y escraches durante sus ponencias por parte de sectores del abolicionismo, Kenia García, trabajadora sexual migrante, integrante del Colectivo de Prostitutas de Sevilla y una de las portavoces del Movimiento Regularización Ya aclara diversos temas relativos a la prostitución dentro del la Ley de Libertad Sexual y la Ley de Trata, aborda la figura recuperada de la época franquista, como es la tercería locativa, además de cuestiones sobre derecho, dignidad y reconocimiento del trabajo sexual.

– ¿Qué es la tercería locativa?

Es una figura que se recupera del año 73, de épocas franquistas, que se había derogado en Democracia, en el año 95. La tercería locativa penaliza a toda aquella persona que alquile a otra persona un espacio o inmueble donde esta ejerza la prostitución. Según la ley, esto sería promocionar la prostitución de otra persona. El peligro que tiene es que considera proxeneta, según el Código Penal, a todo aquel que nos alquile –a las trabajadoras sexuales– un espacio, sea un inmueble, un piso o una habitación.

En primer lugar, esta medida va a dificultar que la gente nos alquile por miedo a ser acusados de este delito. Será más fácil denunciarnos, porque la comunidad de vecinos o ‘policía vecinal’ va a estar pendiente, y va a tener la posibilidad de denunciar que en un piso, supuestamente, hay explotación, cuando en realidad son chicas que están trabajando. Esto va a dar pie a redadas, a que la Policía acceda a estos pisos y atropelle a las compañeras. Habitualmente nosotras no contamos con un contrato de alquiler debido a la situación en la que estamos, que no tenemos nómina porque nuestro oficio no está reconocido. Nuestros contratos de alquiler suelen ser de palabra, por lo tanto, es muy fácil vulnerar nuestro derecho a la vivienda.

Muchísimas mujeres en situación administrativa irregular, al no poder alquilar un apartamento con nómina y con un contrato, porque no tienen documentación en regla, alquilan habitaciones de palabra donde trabajan y viven. Por eso la tercería locativa también tiene un tinte de control migratorio, porque esto el Estado lo sabe. Saben que en lo clubes encuentran un «cobijo» porque viven y trabajan, al igual que pasa en los pisos. A estas mujeres, cuando se las detecta, lejos de recibir protección, reciben la apertura de un expediente de expulsión. Además, muchas compañeras, cuando llegan a una edad y ya no pueden trabajar, alquilan un piso y lo subarrendan, y viven de eso. Así que esta mujer que está intentando ganarse la vida, puede acabar siendo acusada de proxeneta.

Para colmo, en este artículo que recupera la tercería locativa, que es el 187/bis, anulan paradójicamente el consentimiento de las trabajadoras sexuales, porque dicen que aún con nuestro consentimiento, estas personas serán penalizadas y acusadas de proxenetas. Es un retroceso histórico que el Ministerio de Igualdad recupere una figura de la época franquista y promocione una ley que dice poner en el centro el consentimiento de las mujeres, mientras que anula el de las trabajadoras sexuales. Toda una declaración de intenciones para controlar el cuerpo de las mujeres por el Estado.

La tercería locativa es machista, porque una vez más, las que vamos a sufrir las consecuencias somos las mujeres. Es clasista, porque una vez más, las que vamos a sufrir las consecuencias son las más pobres y precarizadas. Y es racista, porque una vez más, son las mujeres en situación administrativa irregular las que más peligros van a correr. Por último, cuando las mujeres sufran agresiones en un piso donde están trabajando varias chicas, no van a querer denunciar por miedo a que se persona la Policía y acusen a la persona que alquila el piso de proxeneta, con el riego de perder el espacio de trabajo.

– El ministro de Presidencia, Félix Bolaños, afirmó recientemente que «la prostitución no es más que la trata de mujeres». ¿Se están confundiendo términos?

Son dos conceptos y realidades distintas que necesitan políticas distintas. En el caso de las víctimas de trata, estas mujeres necesitan la reparación de sus derechos, es decir, protección y garantías. Y las trabajadoras sexuales, las mujeres que ejercemos la prostitución, necesitamos respeto, reconocimiento de nuestro oficio como un trabajo, garantías y un compromiso del Estado para que las que quieran abandonar el ejercicio, cuenten con opciones de salida realmente dignas, y las que quieran seguir ejerciendo puedan hacerlo con todas las garantías y derecho. Unas necesitan reparación y otras necesitamos reconocimiento, esa es la diferencia. Lo único que hacen cuando confunden los términos es perjudicar tanto a las víctimas de trata, como a las mujeres que ejercemos la prostitución. Y por otro lado se está desresponsabilizando a un Estado que tiene la obligación de reconocer a unas y de proteger a otras, pero que sin embargo no lo están haciendo.

– Bolaños también habló en términos de dignidad. ¿Cómo se dignificaría realmente la vida de una trabajadora sexual?

Habría que ver en qué está basada su perspectiva de dignidad. Cuando hablamos de dignidad en el trabajo, en primer lugar, nos referimos a derechos reconocidos, de respeto. Los trabajos, para que sean dignos, nos tienen que dar los ingresos suficientes para que podamos vivir dignamente. Aquí la prostitución no nos hace más dignas ni más indignas, al igual que ser antropólogas no te hace más o menos digna. Cuando hablamos de dignidad nos referimos a las condiciones en el trabajo. Y ahora mismo, las trabajadoras sexuales estamos desempeñando nuestro trabajo en un contexto de fuerte estigmatización por toda la tergiversación de conceptos y por la victimización y criminalización que sufrimos. Estamos terriblemente estigmatizadas, sin derechos y sin reconocimiento. Es por eso que estamos trabajando en la más absoluta clandestinidad y eso nos expone al abuso y la explotación. Trabajar en esas condiciones es realmente indigno. Así que para hablar de dignidad tendríamos que empezar hablando de condiciones y de la responsabilidad que tiene el Estado.

El Estado es el primer responsable de que miles de mujeres trabajen y vivan en condiciones indignas porque esta subordinado y prioriza a la clase capitalista mientras abandona e ignora a la clase trabajadora. Para comprender esto nada más hay que ver, seguir, conocer y apoyar la lucha, no sólo de las trabajadoras sexuales, sino la de las kellys y las trabajadoras del SAD que no paran de denunciar la corrupción en las subcontratas y la manera en la que las empobrece, la brutal explotación que sufren las jornaleras y las trabajadoras del hogar, las deplorables condiciones laborales en las que trabajan las aparadoras sin contratos ni medidas de seguridad y sin poder cobrar ningún tipo de jubilación. Ningún representante del Estado puede hablar de dignidad cuando mantienen a miles de mujeres en situación administrativa irregular, cuando genera estructuras de desigualdad, falta de oportunidades y pobreza. No son los trabajos, son las condiciones.

– Resulta paradójico que el propio Estado, que de alguna manera está excluyendo de la sociedad a las trabajadoras sexuales, se jacte de su voluntad de reinsertarlas

Dicen que su objetivo es reinsertarnos, pero es una forma de mantenernos como un sujeto marginado. De esta manera crea en el imaginario social que somos personas inadaptadas y que necesitamos reinserción. Eso nos estigmatiza todavía más. ¿Quiere decir que somos una especie de delincuentes o de mujeres desviadas? Nosotras no necesitamos reinserción porque formamos parte de la sociedad.

Tu vecina puede ser una trabajadora sexual, tu compañera de trabajo puede ser una trabajadora sexual, porque muchas desempeñan a la mañana un empleo y a la tarde son trabajadoras sexuales; tu maestra puede serlo, mucha gente de cualquier entorno formamos parte de esta sociedad. Lo que veo de manera constante en las políticas que el Estado diseña en torno a la prostitución es control. La prostitución es como una vara de medir, como una línea roja para el resto de mujeres. Puedes vivir tu sexualidad como quieras, tu consentimiento es válido hasta que cobras. Una vez que ejerces la prostitución, tu consentimiento ya no es válido. Eso es lo que han hecho con la Ley de Libertad Sexual. Y para colmo venden que nos están salvando, cuando en realidad nos están controlando. No es un Estado salvador, es un Estado controlador.

– Háblame sobre la iniciativa Derecho a la Escucha

Esta iniciativa nace del contexto político en el que estamos, pero también va dirigida a la sociedad y especialmente al movimiento feminista, en el que el debate sobre la prostitución está tan polarizado. O tenemos que estar a favor o en contra, no hay matices, no hay consensos ni puntos posibles de encuentro. Nace también porque con esta Ley de Libertad Sexual, cuando se introduce el articulado sobre la prostitución, no nos consultaron. El artículo 133 de la ley 39/2015 sobre Consultas Públicas no lo han cumplido con nosotras. No nos han escuchado y han introducido ese artículo después de que la consulta popular se cerrara en marzo de 2020.

A raíz de eso, empezamos a reclamar el escuchar para legislar, porque está diseñando una y otra vez políticas, que lo único que hacen es perjudicar nuestras vidas. La Ley Mordaza, que multa a las trabajadoras sexuales por exhibicionismo o desobediencia, y también multa al cliente. Las ordenanzas municipales… Para diseñar las políticas, en un Estado democrático, han de ser escuchadas las voces de aquellas personas a las que van a afectar estas políticas. Sin embargo, las trabajadoras sexuales hemos sido excluidas en todo momento y de todas las políticas que se van diseñando. Así nace el escuchar para legislar y el derecho a la escucha. Es una manera de interpelar, no solo a la clase política, sino también a la sociedad y al movimiento feminista.

– De hecho, no ha sido tarea fácil mantener una reunión con el Ministerio de Igualdad.

En junio de 2020, desde el Colectivo de Prostitutas de Sevilla, conjuntamente con la APDHA, nos pusimos en contacto con el Ministerio de Igualdad para intentar socializar la situación de nuestras compañeras durante la pandemia. Nos dieron una reunión que finalmente se canceló con el compromiso de que nos volverían a contactar porque tenían que rehacer su agenda. Ese volver a contactar nunca volvió a suceder hasta que Amnistía Internacional nos hizo la propuesta, en noviembre de 2021, de intermediar para tener una reunión con la Secretaría de Estado del Ministerio de Igualdad. Y a través de ellas accedimos a esa reunión con el Ministerio de Igualdad, el día 13 de enero. Supuestamente la reunión era privada, pero la señora Irene Montero ya lo comentó en una entrevista de TV3.

Pudimos hablar con la Secretaría, les pusimos nuestras quejas respecto a esta ley que han diseñado sin contar con nosotras. Ellas se abrieron a continuar un diálogo y es lo que van a seguir intentando las compañeras. Que luego la escucha sea o no sea activa, ya veremos. Una cosa es recibir a los grupos sociales y otra es realizar una escucha activa de lo que se está denunciando y reivindicando. Esperemos que sea activa, como los grupos políticos (ERC, Junts y la CUP, que fueron en bloque, y luego En Común Podem por otro lado) que han presentado las enmiendas al articulado sobre prostitución en la Ley de Libertad Sexual. Ellos nos recibieron y tuvieron una escucha activa y es lo que esperamos del Ministerio de Igualdad. PNV y Eh-Bildu también también expresaron en el Congreso su intención de retirar estos articulados.

– Respecto a la Ley de Trata, que actualmente están negociando UP y PSOE. ¿Qué debe ser revisado?

Respecto a la ley de trata, cualquier ley que instrumentalice a la trata para realmente criminalizar la prostitución y equiparar ambas lo único que hará será diluir responsabilidades y no protegerá a las verdaderas víctimas. Mientras que a las mujeres que ejercen la prostitución, las clandestinizará aún más exponiéndolas a mayores peligros, abusos y explotación. Por otro lado, una ley de trata sin derogar o modificar la ley de extranjería en colaboración con las colectivas migrantes, será siempre insuficiente porque es su principal causa y no lo decimos las trabajadoras sexuales sino las expertas en este delito. Esta ley obliga a miles de mujeres a mantenerse en la economía sumergida y en la clandestinidad de la irregularidad, un resquicio que ofrece oportunidad a todo tipo de delincuentes y explotadores, entre ellos los que se benefician de la trata de personas, la ley de extranjería y el Estado que la sostiene es cómplice, partícipe y responsable de este delito.

Las prisiones especiales para «mujeres caídas» en el franquismo, por Laura Bolaños Giner.

https://ucm.academia.edu/LauraBola%C3%B1osGiner

PID Historia de las Mujeres en España

Las prisiones especiales para «mujeres caídas» son las grandes desconocidas de entre las cárceles femeninas que hubo en el franquismo. La peculiaridad de estas prisiones fue que estaban destinadas exclusivamente para las mujeres que eran reincidentes en infracciones relacionadas con la prostitución. Durante la posguerra, la prostitución clandestina, principalmente la callejera, aumentó enormemente y el régimen franquista se percató de que los medios empleados hasta ese momento (multas e ingresos cortos en prisiones convencionales) para controlar y reprimir esta clase de prostitución eran insuficientes. De ahí que el 6 de noviembre de 1941 se crease, por decreto, un sistema de prisiones especiales con el objetivo de retirar a las prostitutas de las calles y otros espacios públicos y someterlas a un proceso de regeneración y reforma moral y física. Entre 1941 y mediados de los años 60 se habilitaron un total de 8 prisiones especiales, también denominados reformatorios, en Calzada de Oropesa (Toledo), Gerona, Tarragona, Santander, Alcalá de Henares, Aranjuez, Santa María del Puig (Valencia) y Segovia. Las mujeres que fueron internadas en este tipo de establecimientos no pasaron por ningún proceso judicial e ingresaban sin saber cuándo serían liberadas pudiendo permanecer encerradas entre 6 meses y 2 años.

La derrota de la Segunda República en su guerra contra la prostitución y las enfermedades venéreas

Por César Cervera

5 de mayo de 2022

https://www.abc.es/historia/abci-derrota-segunda-republica-guerra-contra-prostitucion-y-enfermedades-venereas-202205050146_noticia.html

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Desde hace siglos, la percepción social y legal de la prostitución ha oscilado en España y en otros países cristianos entre el abolicionismo y el regulacionismo en un ciclo sin fin. En tiempos de los Austrias, las cortesanas eran consideradas mujeres marginales, pero se toleraba su actividad siempre y cuando lo hicieran en los espacios habilitados para ello, las mancebías, en continuidad con aquella máxima de San Agustín de considerar los prostíbulos como «un mal menor» en la lucha eterna contra la corrupción de las costumbres y los desórdenes sexuales.

Esta tendencia medieval de aglutinar la actividad en un mismo punto de las ciudades terminó abruptamente en España cuando Felipe IV, atormentado por su propia mala conciencia y por la nueva moral salida del Concilio de Trento, cerró de golpe estos burdeles y viró las leyes hacia la prohibición.

Las grandes damnificadas fueron otra vez ellas, forzadas a la clandestinidad y a ser recluidas en las llamadas Galeras de Mujeres, «para expiar su culpa y apartarlas del mal». «Las infelices que se hacen prostitutas son llevadas a las cárceles, cuando se les antoja a los alguaciles», anotó Goya en uno de sus Caprichos.

No obstante, el cierre de los burdeles públicos no acabó con el problema social, únicamente lo dispersó y escondió. La presencia de mujeres públicas en las calles de las grandes capitales y en locales clandestinos no dejó de aumentar a lo largo del siglo XVIII. Un documento de mediados de siglo se refiere a las «mujeres ruinmente prostitutas, de que abunda en tanta multitud la Corte que no se pueden transitar sus calles sin peligro, horror y lástima, escándalo de todos y rubor del cristianismo». Viajeros y eruditos de los países vecinos llamaban la atención sobre la gran cantidad de trabajadoras sexuales que había en las calles de España.

De la persecución a la abolición

Solo en Madrid se calculaban más de cien burdeles y 1.500 trabajadoras durante el reinado de Carlos III. El Rey que todo lo quería controlar se aplicó para que, a falta de un reglamento específico, las redadas, los encierros en las llamadas casas de corrección para mujeres y la expulsión de estas féminas a sus pueblos natales pararan la propagación de enfermedades venéreas. Pero el abolicionismo siguió sin aportar una solución al problema que se enfrentaban estas mujeres, en su mayoría jóvenes solteras ‘deshonradas’, esto es, abandonadas, separadas de sus maridos o incluso obligadas por estos.

Durante el reinado de Isabel II se contempló el retorno de medidas regulacionistas por razones policiales e higiénicas, pero, ante la indecisión gubernamental, la regulación en la práctica quedó en manos de lo que decidieran las autoridades municipales. «Alcaldes y gobernadores civiles contribuyeron pues, a la organización de los servicios específicos que recibieron el calificativo de ‘higiene especial’, elaborando y publicando reglamentos ad hoc, pero sin que ningún texto precisara realmente de sus competencias en la materia hasta las medidas de 1889 y 1892», señala el historiador Jean-Louis Guereña en su obra ‘Detrás de la cortina. El sexo en España (1790-1950)’ (Cátedra, 2018), un recorrido histórico por la sexualidad del país.

La ‘higiene especial’ era el eufemismo administrativo empleado para referirse a una estrategia no basada en la mera represión, sino en una vigilancia activa, con empadronamiento policial de las mujeres y revisiones médicas periódicas. La prostitución «es una necesidad social, porque representa una válvula de seguridad que protege las instituciones más santas, evitando el desbordamiento de las pasiones brutales, conservando la tranquilidad en el seno del matrimonio y haciendo el adulterio mucho más raro de lo que sería en caso contrario», explicaba el inspector de Salubridad Pública Isidoro Miguel y Viguri hacia 1877, buen ejemplo de las nuevas ideas para reglar la actividad.

A principios del siglo XX, el gobierno aceptó al fin elaborar un reglamento general sobre la prostitución y sentó las bases legales para lo que Jean-Louis Guereña califica en su libro como ‘la edad de plata’ de la prostitución reglada en España, aceptando que «esta plaga» había que combatirla desde postulados realistas. Los burdeles volvieron a formar parte del paisaje natural de las ciudades a tiempo de que llegara una nueva oleada abolicionista pocedente del mundo anglosajón y muy vinculado al feminismo.

El fracaso de la guerra contra las venéreas

En España esta corriente, abanderada por Josephine Butler, tuvo graves dificultades para asentarse y llamar la atención de grandes intelectuales. Concepción Arenal, una católica de ideas liberales que no discutía el papel del hombre en la sociedad que le tocó vivir pero sí reivindicaba un papel más igualitario y respetuoso con las mujeres, se alineó durante un tiempo con estas ideas y las impulsó en el país. En su opinión, la prostitución debía ser combatida «mientras la mujer no tenga verdadera personalidad en todas las esferas, mientras sea limitada ante la razón, ignorante ante la ciencia, inhábil ante el trabajo, menor ante la ley».

Como explica Jean-Louis Guereña en ‘Detrás de la cortina. El sexo en España (1790-1950)’, «el conjunto de las grandes figuras republicanas españolas de la Restauración se adhirió oficicialmente a la Federación Abolicionistaa de Josephine Butler», pero lo hizo «sin gran entusiasmo ni verdaderas convicciones, a decir verdad, un poco como por obligación». Entre los más tempranos apoyos estuvo el de Emilio Castelar y Ripoll, uno de los presidentes de la efímera Primera República, aunque nada se tradujo en medidas concretas hasta décadas después.

Los círculos republicanos, la minoría protestante en el país y aquellas personas, indiferentemente de su ideología, desencantados con las medidas regulacionistas habrían de nutrir este movimiento.

Frente al problema sanitario que suponían las enfermedades venéreas, la Segunda República asumió en sus leyes muchas de las tesis abolicionistas, entre ellas la derogación de los reglamentos sobre la prostitución y la negativa a aceptarla como un medio de vida posible para ningún ser humano. Un decreto de abril de 1932 inició el camino hacia la prohibición con la supresión de cualquier impuesto a la prostitución, y meses después el nuevo código penal puso énfasis en las multas de 5 a 100 pesetas a quienes cometieran la prostitución.

Bajo las bases de «la igualdad del hombre y la mujer ante las leyes, la profilaxis por la terapéutica y la política sanitaria del pueblo», los republicanos suprimieron por completo en un decreto de junio de 1935 toda forma de reglamentación oficial de la prostitución y dieron luz verde a una persecución policial que, como los intentos anteriores y los posteriores, logró pocos avances. Durante el primer franquismo, en 1941, la reglamentación de la prostitución fue reimplatada, pero hacia 1956 fue oficialmente abolida debida a las presiones internacionales y las propias del país.

Ni las medidas abolicionistas del siglo XVII, ni las de 1935, ni las de 1956 impidieron otra vez más el desarrollo de la prostitución. «Las medidas abolicionistas no acabaron con la prostitución. La clandestinidad era relativa y se pasó con el final del franquismo y la democracia a una semitolerancia, marcada por la publicidad en la prensa diaria (en vías de desaparición) o en tarjetas colocadas en los parabrisas», recuerda Jean-Louis Guereña.

«Gracias al estigma, ganamos dinero»

Las prostitutas no desaparecerán nunca. Son las beneficiarias de la estructura patriarcal de la sociedad. Al ejercer su poder sexual sobre los hombres, sólo la desaparición de la testosterona o de la pobreza femenina amenazaría su persistencia.

«Gracias al estigma, ganamos dinero», leí decir una vez a una trabajadora sexual activista. Me hizo pensar y llegué a la conclusión de que en esas pocas palabras se encerraba la esencia de la prostitución. Sólo la escasez de oferta sexual femenina hace que ésta tenga un valor de cambio competitivo en términos monetarios: el estigma que refrena desde dentro a las mujeres y las leyes prohibicionistas/abolicionistas que las refrenan desde fuera hacen que las prostitutas (una minoría entre las mujeres) puedan ganar dinero. La represión de la libertad sexual de las mujeres pone en situación ventajosa a las que se atreven a desafiar esa represión y siempre habrá mujeres dispuestas a ello cuando ello suponga su supervivencia económica.

Las leyes abolicionistas/prohibicionistas no son capaces de terminar con la prostitución. Quienes las propugnan sólo tienen dos objetivos realistas: lucrarse con la explotación de la lucha contra las prostitutas y aumentar el sufrimiento de éstas. Lucrarse con las subvenciones del Estado y con la explotación laboral de las prostitutas «redimidas» y hacer sufrir a las que mantengan la cabeza alta y ejerzan su dignidad. Codicia y odio: eso mueve a las feministas radicales prohibicionistas y sus aliadas monjiles.

En España, tanto el regulacionismo como el prohibicionismo tienen el camino cerrado. Solo la persistencia del actual modelo de despenalización casi total tiene viabilidad. Y es este modelo el que ofrece las mejores alternativas a las mujeres, al respetar su libertad amparada por la Constitución. En este marco democrático constitucional es en el que las prostitutas podrán ganar dinero individualmente y, si son capaces de unirse entre ellas, mejorar sus condiciones de vida también colectivamente.

El cielo y la tierra pasarán, pero la prostitución no pasará.

Colombia: Proyecto de ley anti-prostitución crea censura sobre temas sexuales

«Las discusiones sobre libertades sexuales, dentro de las que se incluye la prostitución, están fuertemente conectadas con la identidad y la dignidad de las personas.»

28 de abril de 2022

Comunicado: Proyecto de ley anti-prostitución crea censura sobre temas sexuales

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Las organizaciones firmantes hacemos un llamado para que se archive el proyecto de ley 318 de 2021 de la Cámara de Representantes. Este busca establecer medidas de “protección a las personas en el flagelo de la prostitución”; sin embargo, atenta de manera grave y directa contra el derecho a la libertad de expresión y a la libertad sexual.

Existen varias razones por las que este proyecto de ley es inconstitucional y contrario a los estándares internacionales sobre libertad de expresión:

El proyecto de ley establece definiciones y prohibiciones demasiado amplias que pueden llevar a restricciones indiscriminadas sobre cualquier contenido en línea y en medios de comunicación que se refieran a cualquier asunto sexual. Por ejemplo, indica que la prostitución será entendida como la realización de “actividades de naturaleza sexual a cambio de remuneración en dinero o especie”. Esto puede llevar a restricciones sobre actividades como el modelaje webcam o expresiones artísticas.

Además, el proyecto dice que “ninguna persona, entidad pública o privada, medio de comunicación, tipo o figura contractual” puede promover la prostitución. Esto puede llevar a que se dé censura previa, una hipermoralización del debate público y a restringir el pluralismo, ya que se impediría la expresión de posturas en favor del trabajo sexual o la difusión formatos que tengan algún carácter sexual. A manera de ejemplo, esto podría llevar a la prohibición de la realización y difusión de contenidos artísticos como la exposición “Mujeres Ocultas”, protegida por la Corte Constitucional en 2015, que muestra iconografía de la Iglesia Católica mezclada con genitales femeninos.

Se establecen responsabilidades excesivas sobre los intermediarios de Internet, por ejemplo, plataformas de redes sociales o empresas que facilitan el funcionamiento de la red a través de la provisión de servicios como la conexión y el alojamiento, entre otros. De ser aprobado el proyecto de ley, estas compañías podrían ser sancionadas por supuestamente promover indirectamente la prostitución. La jurisprudencia de la Corte Constitucional y los estándares dispuestos por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos han establecido que estas empresas no pueden ser responsables por los contenidos que publican sus usuarios porque, de lo contrario, estas tendrían un incentivo para monitorear y bloquear contenidos de manera desmedida con el fin de evitar responsabilidades.

En el mismo sentido, el proyecto de ley establece la posibilidad, en cabeza del MinTIC, de suspender totalmente a cualquier plataforma de Internet que “esté sirviendo de intermediario o que directamente ofrece o adquiere actividades sexuales”. El proyecto de ley, además, establece que la Superintendencia de Industria y Comercio tendrá la facultad de control, inspección y vigilancia de las redes sociales, para que estas se abstengan de promover todo tipo de contenido relacionado con una actividad sexual.

Esto es problemático porque, por un lado, establece una medida que puede desencadenar en censura colateral y restringir la circulación de todo tipo de mensajes, incluso aquellos no cubiertos por la ley porque no se refieren a temas relacionados con la prostitución. Por otro lado, la jurisprudencia de la Corte Constitucional y los estándares del Sistema Interamericano de Derechos Humanos establecen que este tipo de restricciones solo pueden ser determinadas por jueces en el marco de un proceso con todas las garantías de debido proceso. Brindarle esta facultad a una entidad del ejecutivo no es acorde con esta garantía básica.

El proyecto establece que los medios de comunicación deberán “promover en sus campañas, contenidos y programas las consecuencias y riesgos físicos y mentales de la vulneración de las personas que realizan esta práctica y se abstendrán de permitir o promover programas que promociones directa o indirectamente el ejercicio de la prostitución” . Esto es una interferencia con la línea editorial de los medios e implica su uso para imponer una postura única sobre la prostitución. Esto podría llevar a la prohibición de debates que, por ejemplo, critiquen el contenido de este proyecto de ley.

Las discusiones sobre libertades sexuales, dentro de las que se incluye la prostitución, están fuertemente conectadas con la identidad y la dignidad de las personas. El debate público sobre estos temas tiene que contar con la mayor participación de todas las expresiones artísticas, investigaciones periodísticas y opiniones, entre otras manifestaciones de la libertad de expresión. La forma en que cada quien se aproxima a la sexualidad varía de una persona a otra. Lo que es considerado como indecente, vulgar o inapropiado por alguien puede ser visto como esencial para la identidad de otros.

Además, en razón de la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer, los Estados están en la obligación de alentar a los medios de comunicación a difundir contenidos que contribuyan a la erradicación de la violencia sexual. Esto implica que los medios de comunicación tengan las más amplias garantías para difundir contenidos relacionados con la violencia contra la mujer, que incluye aspectos sexuales.

Por estas razones, las organizaciones firmantes llamamos a la Cámara de Representantes que el proyecto de ley sea archivado.

ORGANIZACIONES FIRMANTES
Fundación Karisma.
Fundación para la Libertad de Prensa.
El Veinte.
Centro de Internet y Sociedad de la Universidad del Rosario (ISUR).

Puta feminista: un trabajo como el tuyo

En su primer libro, la trabajadora sexual y secretaria general de AMMAR, Georgina Orellano, describe los códigos de la calle, los vínculos con los hombres y la violencia derivada de la clandestinidad. Pero también detalla cómo la solidaridad y la ternura ayudan a superarla. Compartimos el primer capítulo de “Puta feminista. Historias de una trabajadora sexual”, editado por Sudamericana (Penguin Random House).

Por Cosecha Roja*

22 de abril de 2022

Puta feminista: un trabajo como el tuyo

putafeminista-NOTA

CAPÍTULO 1

Un trabajo como el tuyo

Putas nos decían a las cinco integrantes del grupo rebelde y provocador de mi curso en la escuela secundaria. Así que cuando en el último año tuvimos que elegir una problemática social para hacer un trabajo práctico optamos por la de la prostitución. El profesor iba preguntando el tema equipo por equipo. Unos habían decidido investigar sobre los cartoneros, otras sobre el aborto y cuando nos tocó a nosotras gritamos nuestra elección bien alto y claro.

—No esperaba otra cosa de ustedes —respondió, mientras las risas retumbaban fuerte en el aula.

Después no supimos por dónde arrancar. Una de mis compañeras propuso poner un peso cada una para pagarle a una chica y que hiciera la tarea. Yo desistí. Decidí que si llegaba a tener el dinero, lo iba a usar para ir a bailar a José C. Paz. Otra propuso ir al ciber y buscar en internet. Empezamos por precisar qué significaba ser prostituta: copiamos y pegamos lo que arrojó el buscador de Google. No estaba “trabajadora sexual” entre las definiciones. Era el año 2004 y por entonces la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR) ya llevaba nueve años de organización.

Se nos ocurrió agarrar el diario y llamar al teléfono que salía en uno de esos avisos clasificados de antes, en los que las prostitutas podían hacer públicos sus servicios. Y sucedió lo esperado: del otro lado del teléfono nos dijeron de todo y nos cortaron. Esto así no va, pensamos; y tratamos de buscar otras herramientas.

Ninguna de nosotras se animaba a consultarle a su entorno familiar, nos daba vergüenza. Una de mis compañeras nos contó que, en una cena frente al televisor, al ver la noticia de una violación, su madre preguntó al aire: “¿Por qué no violan a las prostitutas, que andan buscando eso, en vez de arruinarle la vida a esta pobre mujer?”. ¿Se merecían eso las prostitutas?, nos preguntábamos. Teníamos muy pocas herramientas para complejizar el problema social que habíamos elegido.

Entrevistar a una prostituta era imposible. ¿Dónde la conseguíamos? ¿Cómo podíamos saber si en el barrio donde vivíamos había alguna mujer que se dedicaba a eso? De algunas se decía que eran putas y no precisamente porque cobraban, sino porque cogían con todxs. De hecho, eso mismo se decía de nosotras.

De vuelta en el ciber, con el buscador de Google encontramos charlas, debates e informes televisivos. Todxs hablaban de las prostitutas, todxs menos ellas. Hasta que dimos con una entrevista a Margarita Carreras, prostituta y activista incansable de Barcelona. En el programa no estaba sola: había otra mujer a la que los periodistas escuchaban con mucha más atención que a Margarita. A ella le preguntaron:

—¿Por qué se ocultan?

—Por vergüenza —fue la respuesta.

En esa palabra encontramos la explicación a nuestros problemas para concretar el trabajo práctico.

Vergüenza. Por eso en los anuncios no mostraban la cara, solo eran cuerpos sin cabezas.

Vergüenza. Por eso en los avisos del rubro 59 usaban apodos o nombres cortos, como Sofía y Gaby, identidades de fantasía para ocultar la verdadera.

Vergüenza. Por eso las caras de espanto de nuestros familiares cuando se enteraron del tema del trabajo práctico que estábamos realizando.

Vergüenza. Por eso jamás daríamos con una prostituta para hacerle una entrevista. Si se les deseaba lo peor, hasta la violación, por lo que hacían, y eso que hacían no se llamaba por su nombre, no se podía poner en palabras. Era eso.

Hicimos el trabajo práctico centrándonos en el estigma y aprobamos.

Mención aparte merecen las preguntas que nos hicieron nuestrxs compañerxs, todas rozando el morbo y las burlas. Presentamos el trabajo en una especie de prueba oral y nos mataron a preguntas.

—¿Cuánto cobra una prostituta? —lanzó el más canchero de la clase, entre risas.

—Depende, pero seguro más que tu vieja.

No bien terminé el secundario, hice lo mismo que todxs en el barrio: armar un currículum para buscar trabajo en el parque industrial de Pilar. Ir a vendernos y mentir sobre una experiencia inexistente. Trabajar para ayudar a la familia y con suerte poder independizarte.

Mi primera entrevista laboral fue para una fábrica de plásticos; me interrogó un tipo de una agencia de empleos que me explicó sin mirarme a los ojos que me iban a contratar por seis meses y que del salario debía dejarle un 40% a esa intermediaria. Frente a mi cara de pocos amigos, me dijo que no me preocupara, que si en esos seis meses yo mostraba mi productividad, me podían efectivizar y así pasarme a planta permanente. Sin comprender aún la lógica del capitalismo, le dije que lo iba a pensar, pero no volví más.

Yo vivía en un barrio de calles de tierra, Monterrey, en la localidad de Presidente Derqui. En una casilla, mi mamá y mis cinco hermanxs. Mi padre había fallecido cuando yo tenía 7 años. Sufrió un ataque al corazón a bordo de un tren del ferrocarril San Martín. Tenía muy pocas opciones laborales a mi alcance, por ser mujer, de piel marrón y pertenecer a los sectores populares. No podía elegir: optaba. Y frente a esas pocas opciones que tenía, al menos me daba la posibilidad de ir descartando algunas. Comencé por ayudar a mi madre con la limpieza en sus lugares de trabajo, casas y departamentos en la capital.

También me anoté en el Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires, en la carrera de Psicología, en la sede del barrio Agronomía, pero luego de un año tuve que abandonar.

Estaba condenada a la precariedad.

Para ese entonces, la mayoría de mis amigas ya habían sido mamás y yo no quería ese destino. Tampoco quería seguir viviendo con mi familia: no es un buen plan quedarte en tu casa, ya que sobre las mujeres recae la limpieza y el cuidado, pero también el control. Yo quería ser libre, y para lograr esa libertad necesitaba plata.

Para eso les daba clases particulares a chicxs de primaria y fue justamente la madre de uno de ellxs la que me recomendó a una vecina que estaba buscando una niñera para que cuidara a sus cuatro hijxs y que pagaba relativamente bien. Podía contarle que estudiaba en la universidad, así coordinábamos los horarios. Yo no la conocía.

De hecho, jamás la había visto por el barrio.

Empecé al día siguiente de hablar con ella. Me pagaba todos los viernes; fue parte del acuerdo. Siempre me llamó la atención que no tenía horarios fijos. A veces, yo iba al mediodía; otras, solo a buscar a sus hijxs a la salida del colegio. Me decía que era administrativa en un hotel. Trabajé con ella un año, suficiente como para tener cierta confianza y empezar a hablar de otros temas no relacionados con lxs chicxs.

En octubre de 2005 me preguntó qué estaba estudiando en la facultad y qué quería ser cuando fuera más grande. Viéndola a ella, su casa, las cosas que la rodeaban, le respondí:

—Quiero trabajar de lo que trabajás vos.

Lanzó una carcajada que me desconcertó. Después se quedó en silencio. Espió por la ventana para ver a sus hijxs que jugaban en la calle y la cerró. Me miró muy seria.

—Yo no soy lo que te dije que era, no trabajo en un hotel. Pero, por favor, esto que te estoy contando no se lo digas a nadie; ni mi madre ni mis hijxs lo saben.

Por un momento tuve miedo de lo que iba a decirme, al verla llorar y escuchar su voz entrecortada, me quedé boquiabierta.

—Soy prostituta.

Le cebé un mate y le prometí que no se lo iba a contar a nadie. Ella, por su parte, me lo agradeció.

Salí de su casa agobiada por semejante declaración. Tenía frente a mí a la prostituta que con mis compañeras de secundaria tanto habíamos buscado para hacerle una entrevista. Me fui a un ciber y puse en el buscador de Google nuevamente las palabras “prostituta” y “prostitución”. Leí todo, pero nada de lo que decían los artículos reflejaba lo que yo tenía frente a mí de lunes a viernes. Ella era mamá soltera, amorosa con sus hijxs, preocupada todo el tiempo por ellxs, sus horarios de trabajo coincidían con el tiempo que ellxs pasaban en el colegio. Nunca la vi triste. De hecho, siempre demostraba fortaleza.

Al día siguiente de aquella conversación, volví a su casa y empecé a atar cabos. Claro, todos los sobres de shampoo y de crema de enjuague que ella traía no eran del hotel donde supuestamente trabajaba, sino del que iba con sus clientes. Qué boluda, nunca me había dado cuenta. Cuando llegó de trabajar, preparé el mate y nos sentamos. Tenía miles de preguntas para hacerle, pero me mordí los labios, no podía abusar de su confianza.

Solo cuando me dio el pie para hablar le pregunté si no tenía miedo de subir a un auto, de estar con gente desconocida. Mi pregunta la hizo reír tanto que me desconcertó otra vez. ¿Qué dije de malo? ¿Tan boluda fue mi pregunta?, pensé. Ella, sonriente, me respondió con otra pregunta.

—A los que te cogés después del boliche, todos los sábados, ¿los conocés?

—Es distinto —le dije y ella subió la apuesta.—Y sí, boluda, vos te los cogés gratis y yo al menos les cobro.

Me dejó boquiabierta otra vez. En el fondo, algo de razón tenía.

Quise saber cómo había empezado. Fue breve. Atravesaba una situación de violencia de género y necesitaba el dinero para irse de la casa con las dos hijas que tenía hasta ese entonces. Una vecina le había comentado que en la plaza de Villa del Parque las mujeres iban temprano, sacaban un número y esperaban a que las fuesen a buscar para limpiar o cuidar niñxs, y hasta allá fue, solo con el dinero para el boleto del tren. Al cabo de una semana ya conocía cómo se manejaba todo el circuito; llegar temprano y hacerse muy amiga de la que repartía los números era lo que tenía que hacer para trabajar mejor. Pero lo que le llamaba la atención era lo que sucedía en la vereda de enfrente, donde también había mujeres que subían y bajaban de autos sin sacar número. Solo esperaban a que las señalaran o les tocaran bocina. Ellas no amanecían haciendo fila. Inocente, preguntó a las demás por qué en esa otra vereda el circuito era diferente.

—Porque son putas, ¿no te das cuenta? Acá estamos las decentes —le contestaron.

Una madrugada, cansada de no poder ahorrar lo suficiente para alquilar una vivienda con lo que ganaba planchando camisas por horas, decidió cruzar. Y por querer subirse al auto que le hizo luces, recibió una paliza. Así aprendió los códigos de la calle. Supo que de aquel lado de la vereda la lógica era otra, había un respeto por la esquina y no cualquiera podía ir y pararse, así, como si nada. Quiso regresar a la otra vereda, pero la que repartía números la echó de la fila de las dignas y se tuvo que ir. Caminó por la calle Marcos Sastre hasta que se sentó en el cordón de una fábrica abandonada y, al cabo de unos minutos, el mismo auto que le había hecho luces antes frenó delante de ella. Desde adentro, el conductor le preguntó si estaba trabajando y cuánto cobraba.

Me confesó que lo más difícil fue ponerse un precio.No conocía la zona y no sabía a qué hoteles ir, pero la fábrica abandonada empezó a ser su esquina. Los días fueron pasando y comenzó a recibir a otras mujeres que también habían sido expulsadas por las de la plaza y pedían lugar para trabajar.

Me contó que los clientes la ayudaron a terminar de juntar el dinero para alquilar una pequeña casa y mudarse. Lo que ganaba en un día trabajando de prostituta no se comparaba con lo que podía obtener planchando camisas y lavando inodoros. Hasta el trato del cliente y el de la patrona eran distintos: a los clientes, ella podía manejarlos; en cambio, las patronas la manejaban a ella.

A partir de ese día fui su confidente. Apenas llegaba me contaba todo, desde con cuántos clientes había salido hasta qué habían hecho. Me hacía leerle las cartas que le mandaba uno de ellos al que apodaba el Loco y mientras me escuchaba, se retocaba el maquillaje que resaltaba sus ojos verdes. A veces, me pedía que no le leyera más y que rompiera las cartas, o que se las guardara. En la forma en que escribía se reflejaba que estaba enamorado. Ella lo sabía; de hecho, decía que cuando los clientes se enamoran están en su punto más alto de vulnerabilidad. “Ahí les sacás de todo, todo por amor”, contaba entre risas.

En esas conversaciones aprendí un montón. Ella fue la primera que me dio consejos sexuales, me regaló preservativos, me enseñó cómo colocarlos y me dijo que no tuviera hijxs, que me cuidara, que si quedaba embarazada ella conocía una enfermera que con una sonda te interrumpía el embarazo y que mucho no cobraba.

Fue a fines de enero cuando llegó del trabajo y, mientras se sacaba el maquillaje con algodón y una crema, me contó que un tipo se había acercado a su esquina para preguntarle si conocía a una chica joven que quisiera compartir salidas con él, una especie de novia que no fuera del barrio, porque él vivía por la zona. En un hueco en la conversación, un momento de silencio, me miró desde el espejo y me dijo que había pensado en mí. Y yo, espantada, le respondí que estaba loca.

Nos reímos de la situación, pero camino a casa la idea rebotaba en mi cabeza. Pasé por la plaza que está al lado de la escuela donde terminé la primaria. Iba mucho ahí con mis amigas. Una placita sin juegos, solamente unos bancos de cemento y un busto de Eva Perón. Me senté en el mismo banco en el que desde adolescentes boludeábamos y escribíamos, dentro de un corazón, los nombres de los pibes que nos gustaban. Por qué no, me dije. Por qué no probar y ver si esa opción que se me presentaba no podía, quizás, ayudar a emanciparme económicamente y a vivir sola sin tener que rendirle cuentas a nadie. Al día siguiente, cuando la vi, le pedí que me mostrara una foto del cliente. Ella no tenía ninguna, pero le podía pedir.

Me maquiné toda esa tarde. Me preguntaba por qué los tipos pagan por sexo, por qué las mujeres trabajan de eso. Me imaginé que los clientes eran todos iguales: viejos, pelados, de mal aliento y con panza. Cuando ella llegó, se sacó los zapatos y mientras se desmaquillaba abrió el celular y me mostró la foto del cliente. Pensé que me estaba haciendo una broma, que estaba abusando de mi torpeza y mi desconocimiento.

—¿Qué esperabas? —me preguntó.

Con el celular todavía en la mano, yo no podía creer que ese tipo que veía en la pantalla pagara por sexo y por una compañía. No era como yo me lo imaginaba. Era normal, hasta me pareció lindo, dentro de mis gustos. No llegaba a los cuarenta años.

Nuestros clientes no son marcianos, son normales, de carne y hueso, son humanos.

—¿Qué pensás? —me preguntó ella, aguardando alguna reacción.

—Nada —fue mi respuesta.

De regreso volví a sentarme en mi banco de la plaza. ¿Qué hacer? ¿Tomaba la oportunidad o la dejaba pasar y me olvidaba? No tenía muchas opciones: seguir siendo niñera o empleada de casas particulares, o ser prostituta.

Silvana —ya es momento de nombrarla— arregló todo: día, horario, lugar de encuentro —el bar del shopping de Villa del Parque— y una tarifa que nunca pregunté cuánto era porque ella me dijo que él ya sabía lo que tenía que pagar.

Cuando llegó el día, ¡sentí tanta presión! No era por el trabajo en sí, no era por el cliente ni por Silvana; era la presión social. Saber que estaba haciendo algo mal visto, algo sucio y prohibido.

Salí de mi casa en camiseta de fútbol y short de jean. Cuando llegué a lo de Silvana, me cambié con ropa que me prestó; hasta ese momento yo no sabía cómo se vestía una prostituta. Minifalda, sandalias y remera no escotada.

—Si mostrás arriba, no muestres abajo y viceversa —me aconsejó.

Camino a la estación de tren de Presidente Derqui, pensaba que toda persona con la que me cruzaba sabía lo que iba a hacer. ¡Me sentí tan chiquita en un mundo tan grande y prejuicioso! Silvana me calmó. Me pidió que, si alguien me veía con ella, dijera que la estaba acompañando al médico. Mientras caminábamos, me señalaba la ropa de las demás mujeres.

—Esa parece más puta que nosotras y no va precisamente a laburar.

Una hora en el tren y llegamos a Villa del Parque. En el bar, estaba el cliente esperándome. Silvana me había aconsejado que, ante cualquier inconveniente con él, dijera que iba al baño y la llamara, pero no fue necesario. Conversamos dos horas. Hablamos de la vida, de nuestros proyectos, de nuestros amoríos, de nuestras familias. No voy a negar que al principio estaba nerviosa y no sabía qué hacer. Pero él me la hizo muy fácil, hasta me trató mejor que algunos de los que oficiaron de novios en mi adolescencia, durante lo que, en los códigos del amor romántico, nos hacen llamar la primera cita. Era tímido.Cuando se cumplió el horario pactado, me acompañó hasta la estación, donde Silvana me estaba esperando. Me abrazó y me dijo que la había pasado muy bien. Me apretó las manos y dentro de ellas dejó los billetes, me susurró al oído que por favor lo llamara y que guardase el dinero en la cartera. Silvana estaba ansiosa, me pidió que le contara todo. Ahí aprendí que primero deben pagar. Que jamás tenía que dejar para el final lo que se hace al principio. Yo solo pensaba que había pasado la prueba de fuego y que estaba íntegra. Ni sucia, ni indigna: me sentía poderosa. Y hasta un poco valorada.

Me habían pagado por hablar y escuchar. Yo, como muchxs, pensaba que a las prostitutas les pedían y les hacían de todo. Ese día me habían pagado por compartir mi tiempo.

Silvana contó el dinero.

—Le gustaste, te dio más de lo que yo le dije que cobrabas.

Cuando lo conté yo, me di cuenta de que en dos horas había ganado lo que ella me pagaba como niñera en una semana.

Es una opción tentadora, aunque ser puta no es para todas. Como ser niñera, docente, empleada de casas particulares o cajera de supermercado tampoco lo es. Eran mis opciones, tenía claro que no estaba eligiendo libremente pero también que esa no es una situación que atraviesan solo las prostitutas, sino que es el problema de ser pobre. De la falta de oportunidades, de la desigualdad, de nacer mujer o en un cuerpo femenino. De esta sociedad tan machista en la que ser mujer y pobre te condena a trabajos feminizados, mal pagos, de cuidados y precarios.

Decidí frente a las opciones que tenía y tengo por ser mujer de clase obrera. Me decidí por el trabajo sexual por la autonomía y la remuneración que podía darme. Esas fueron las razones principales.

Por esos días volví a mi banco de la plaza. Con una lapicera taché los corazones y los nombres de los pibes que desde pendejas nos gustaban. Dejé mi adolescencia, supe que era una etapa cerrada.Había empezado a llover y caminé hasta mi casa bajo el agua. Un exnoviecito se me cruzó en el camino y me pidió que volviéramos. Le dije que no, que ya estaba en otra, que ahora decidía yo con quién, cuándo y dónde. Y también me dije a mí misma: “Basta, Georgina, de coger gratis con pelotudos”.

*Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales