Las trabajadoras sexuales rosarinas tienen la palabra

La Capital habló con tres mujeres y una trans que ejercen la prostitución. En Rosario hay unas 700 trabajando en la calle y departamentos. Dicen que el 96% de los femicidios que las tienen como víctimas quedan impunes.

 

Por Laura Vilche

21 de febrero de 2020

https://www.lacapital.com.ar/la-ciudad/las-trabajadoras-sexuales-rosarinas-tienen-la-palabra-n2565705.html

 

Gabriela Hemela y Myriam Auyeros, las dirigentes sindicales de AMMAR de Rosario, piden un marco legal para las trabajadoras sexuales y derechos laborales.
Foto: Héctor Río / La Capital

 

“Putas nos gustan que nos llamen”. Así, sin vueltas, se presentan en el mano a mano con La Capital las trabajadoras sexuales rosarinas. Las que aseguran que el trabajo les disminuyó también a ellas durante el macrismo y por más de un 50 por ciento. Las mismas que denuncian que el 96 por ciento de los femicidios que las tiene como víctimas quedan impunes y no terminan los abusos de la policía.

Se habló con ellas porque estuvieron una vez más en boca de todos. Por el femicidio de una de sus compañeras, Caren Peralta, de 39 años, ocurrido esta semana; por el debate, según ellas “virulento” y que “atrasa”, sobre la promoción de la canción “Puta” de la cantante pop Jimena Barón.

Y también por la lista histórica de reivindicaciones contra la “clandestinidad” de su trabajo, que elevan de cara al 8M, Día Internacional de la Mujer.

Son tres mujeres y una trans. La secretaria general de la Asociación de Mujeres Meretrices de la República Argentina (AMMAR, sede Rosario) Myriam Auyeros; la secretaria adjunta de AMMAR, Gabriela Hemela, la integrante del Colectivo de Trabajadoras Sexuales y Aliades “Yire”, Isabela, y la “cuentapropista”, Mariana Eva Maldonado.


“Quiero derechos sociales como cualquier trabajador, no tengo aguinaldo, ni jubilación ni obra social”, dijo Mariana Eva Maldonado


Ellas mismas cuentan cuántas, dónde, cómo, por qué y por cuánto trabajan.

Son las “putas” y tienen la palabra.

Puertas adentro

Se calcula que hay unas 300 mujeres trabajando en las calles rosarinas. Pero, a ese mapa hay que agregar unos 400 departamentos, algunos alquilados por las propias muchachas, que a la vez ofician como sus propias patronas.

Mariana es trans, tiene 41 años y diez operaciones en su cuerpo pero conserva sus genitales masculinos. Está a favor del trabajo sexual y sus reivindicaciones, pero no milita.

“Quiero derechos sociales como cualquier trabajador, no tengo aguinaldo, ni jubilación ni obra social”, reclama.

Ex alumna del colegio Cristo Rey. Dice que en los baños de ese colegio dio sus primeros pasos en sexo oral a compañeros de cursos superiores.

Se convirtió y sintió completamente mujer a los 18 años y cuenta con el documento nacional de identidad, que así lo confirma.

Por problemas familiares vivió en una pensión, cuando según cuenta aún “no sabía ni hacer un café”. Preparó alumnos en historia, inglés y matemática y a los 19 decidió prostituirse. Atiende en su departamento, de un cuarto en la planta alta, sillones coloridos en el living, estampitas religiosas por varios rincones y también imágenes de Evita, de allí su segundo nombre. Además tiene mascota: un Bulldog francés jadeante, de nombre Titán.

Foto: Héctor Río / La Capital

Cuando Mariana relata parte de su vida recuerda que trabajó primero en la calle, en la plaza Libertad, de Pasco y Mitre. Dice que siempre lo hizo con clientes que van de los 25 a los 70 años y pertenecen a toda clase social. “No todos son malos tipos: muchos son buenos padres y buenos maridos que sólo buscan mis servicios”.

Habla de la violencia a la que se expone con su trabajo y en cierto modo la relativiza. “Hay violencia en las calles de Rosario en general”. Pero sí recuerda que alguna vez le robaron la recaudación “unos tipos en moto” y que hace poco sufrió un atraco a punta de navaja.


El proxenetismo sí es delito y puede ser reprimido con prisión de cuatro a seis años, aunque medie consentimiento por parte de la víctima


“Nunca un cliente me violó o robó, de todos modos ya no atiendo a cualquiera. Pongo mis condiciones: también en los servicios, acepto tríos con una mujer y un varón, pero nada de los escatológico: ni lluvia blanca, ni dorada ni marrón, tampoco prácticas sádicas”.

Como parte de esa violencia que vivió, también habla de las veces que la detuvo la policía por prostituirse. “Nunca se animaron a hacerme nada. Mi papá, quien siempre me apoyó, me venía a buscar y como era grandote, los canas le temían”, asegura Mariana.

Femicidios y violencias

Más allá de su experiencia personal, a Mariana el asesinato a golpes a una colega (el 39 de los 40 que van del año en Rosario) la rebela y pone en alerta.

También a Isabela, una muchacha que trabaja puertas adentro desde hace tres años, tiene 24 años, es estudiante de la Universidad Nacional de Rosario, habla siempre con lenguaje inclusivo y pide no ser fotografiada ni filmada.

Ella dice que tampoco vivió momentos violentos, ni por parte de clientes ni por la policía, pero reclama “justicia por los femicidios” de sus pares.

“Aún no se sabe demasiado sobre el caso de Caren, pero no nos olvidemos que asesinan a una mujer cada 36 horas y que el estigma se agrava cuando sos trabajadora sexual”, dice la muchacha.

Isabela no levanta clientes por volantitos porque “se puede caer en cana por facilitamiento del trabajo sexual: tanto quien lo ejerce o quien lo imprime”.

Es que según las últimas modificaciones del Código Penal, la prostitución es una actividad lícita, siempre y cuando no haya trata ni explotación de personas y se ejerza voluntariamente. La única reglamentación a nivel nacional refiere a un decreto presidencial de 2011 (durante el gobierno de Cristina de Kirchner) que prohibió la publicidad de servicios sexuales en avisos clasificados (Rubro 59). Pero hay provincias y municipios donde su ejercicio aún está prohibido.

En Santa Fe, en abril de 2010, la Legislatura aprobó la despenalización de la prostitución callejera y el travestismo. El problema detrás de esta división es cómo distinguir entre trabajadores sexuales que lo consideran un oficio y explotadores. La Justicia sostiene que si se ejerce en un ámbito privado no es ilegal, si se publica como anuncio, sí.

El proxenitismo sí es delito y puede ser reprimido con prisión de cuatro a seis años, aunque medie consentimiento por parte de la víctima.

Para Isabela su prioridad no es militar en lo sindical, pero sí ser parte del “Yire”, un espacio que comparte junto a otras tres mujeres y ‘un marica’, sobre quien aclara: es “un muchacho gay”.

Dice que el eje más orgánico del Yire es hacer trabajo territorial, “salir por las noche a repartirles preservativos a las compañeras y ver en qué se las puede ayudar, y brindarles los contactos profesionales que tenemos para acercarles asesoramiento con profesionales”.

Ella, como sus compañeras, confiesa que durante el macrismo la pasó “mal”.

“El trabajo se redujo más de la mitad y costó pagar el alquiler”, un gasto que tradicionalmente se les cobró siempre más caro a las trabajadoras sexuales porque no suelen contar con garantías o hasta por “cláusula moral”.


“El trabajo se redujo más de la mitad y costó pagar el alquiler”, dijo Isabela


“Sí -sostiene Isabela- cayó la alimentación del deseo, porque no es algo de primera necesidad, nosotres nos vemos obligades a estancar el precio pero los alimentos siguen aumentando”. Asegura que no se enamora de sus clientes y que el trabajo sexual le enseñó a detectar violencias en su vida amorosa. Y si bien es joven, dice que al momento de elegir clientes se queda con los “maduros”.

“Los pibes están en cualquiera, creen que pueden decirte cualquier cosa , los más grandes son más educados”.

Hacer la calle

Miryam y Gabriela son dirigentes de AMMAR. Una trabajó y la otra aún ofrece servicios sexuales en la calle.

El gremio nuclea a más de 6.500 afiliadas en el país (y 600 en Rosario). La sede funciona en el Centro Cultural La Toma (Tucumán 1349), desde donde trabajan para legalizar el trabajo sexual y pedir por derechos laborales.

“Queremos la derogación de códigos contravencionales que siguen en pie en 17 provincias porque criminalizan nuestra labor, aportes jubilatorios, obra social, derecho a vivienda, salud para nuestros hijes y Justicia y esclarecimiento de los femicidios de Sandra Cabrera y Caren, ya que el 96 por ciento de los femicidios a nuestras compañeras quedan impunes. La clandestinidad de nuestro trabajo nos expone a constantes vulneraciones de nuestro derechos”, dice Gabriela, de 37 años.

Gabriela Hemela: “Me encanta mi trabajo, me mantengo con él, me siento libre, y soy ‘puta’, me gusta llamarme así”.
Foto: Héctor Río / La Capital

Cuenta que terminó el secundario, estudió algo de publicidad y márketing y luego se dedicó al trabajo sexual. Es madre de un nene de 8 años al que cría y mantiene sola.

Cada noche lo deja al cuidado de una niñera y le explica que va a acompañar a “señores que se sienten solos”.

“Trabajo en la calle. Me encanta mi trabajo, me mantengo con él, me siento libre, y soy ‘puta’, me gusta llamarme así”, dice modulando sus labios rojísimos y remarcando cada letra.

“Atiendo también a clientes con discapacidad, a ver si se creen que alguien así no necesita sexo, y ojo, no todo es penetración, con algunos basta con darles caricias y roces”, afirma dando pie a un trabajo que está elaborando AMMAR.


“Atiendo también a clientes con discapacidad, a ver si se creen que alguien así no necesita sexo”, Gabriela Hemela


Se trata de la asistencia terapéutico sexual, un proyecto provincial que se sumaría a uno ya elaborado de Reparación Histórica de las Trabajadoras Sexuales, donde se prevé que el Estado les dé resarcimiento a quienes estuvieron presas y sufrieron violencia institucional por ejercer las prostitución o por identidad de género. Tal el caso de Myriam, ex trabajadora “histórica” de calle.

Foto: Héctor Río / La Capital

 Tiene 58 años, es madre de cinco hijos y viuda hace apenas cuatro meses.

Comenzó a trabajar a los 24 años en un boliche de un pueblo santafesino y milita hace 25.

“Hacía copas y un hombre se quedaba con la mitad de mi recaudación, luego hice la calle en la zona de Perón y Cullen, hay todavía un hotel por allí donde solía ir. Nunca trabajé en mi casa”, afirma.

Myriam es una de las que cayó muchas veces detenida en épocas de Moralidad Pública de la policía, un organismo que se disolvió en 2004 durante el gobierno de Jorge Obeid, tras el asesinato de Sandra Cabrera, mártir del colectivo de las trabajadoras sexuales de todo el país.

La mujer a quien a sus 33 años y con una hija callaron con una bala en la nuca hace 16 años, en la Terminal de Omnibus. Un crimen aún impune y donde el único imputado fue un oficial inspector de la Policía Federal.

“Cuando me hablan de violencia en el trabajo sexual yo les digo que viví violencia institucional cada vez que caía presa, siendo madre sola, y los policías me decían: ‘No vas a ver a tus hijos, lo hubieras pensado antes”, dice Myriam.

También recuerda cómo la violentaban los servicios de salud en años de actividad. “Siempre nos atendimos en hospitales, pero en mi época había pocos horarios y se me complicaba con mi trabajo, pero lo peor es que sólo nos revisaban de la cintura para abajo, mi asma que me perjudicó siempre, más por trabajar de noche con frío o por estar presa en lugares húmedos; los dientes, las cuestiones neurológicas o las mamas, parecían no ser parte de mi cuerpo”.


“Cuando me hablan de violencia en el trabajo sexual yo les digo que viví violencia institucional cada vez que caía presa”, dice Myriam Auyer


La secretaria general de AMMAR aclara que ahora sólo trabaja vendiendo ropa en una feria. “Pero a veces paso por la zona y les digo a las chicas: ‘En cualquier momento vuelvo’ y se ríen. Si tuviera otro cuerpo, regresaría, pero con esta cabeza, no con la de la culpa que me metió mi familia y la policía y la sociedad toda. Hoy tengo orgullo. Ahora aprendo de las chicas más jóvenes, ahora estamos más unidas a las trans y a los trabajadores sexuales varones, eso antes no pasaba”.

Barón, docencia y límites

El mano a mano con las trabajadoras sexuales sigue por temas colectivos y personales. “Lo personal es político y sobre mi cuerpo decido yo”, levanta Gabriela como axioma.

Acuerdan con que no impulsarían a una hija para que trabaje de “puta”, pero sí la dejarían elegir y querrían, en todo caso, que haga la actividad “legalmente”, porque esa es la bandera que las une.

Sostienen que en el ambiente hay drogas, como en todos lados porque “no discrimina clases ni actividad laboral”, y aseguran que hay chicas que quedan entrampadas en la venta por “necesidad” o porque “se las da para vender la misma policía”.

Se resisten a meter “todo en la misma bolsa”. Aclaran que la trata es “esclavitud” y que “la prostitución no”, y que puede haber lugares donde trabajen menores, pero allí interpelan al Estado: “No es función nuestra enfrentar estas problemáticas que nos criminaliza injustamente a todas”.

Pasan por el espectáculo y la polémica que se desató cuando la cantante Jimena Barón usó para publicitar su última producción, la canción “Puta”, un volante callejero como los de oferta de servicios sexuales.

La promoción dividió las aguas entre feministas. Se cruzaron las abolicionistas, que consideran que la prostitución se ejerce siempre desde la coacción, y las reglamentaristas, que la ven como un trabajo y piden legalizarlo.

Entre las primeras se ubicó la guionista y escritora, Carolina Aguirre. Escribió en las redes. “Qué decepción, Jimena, este feminismo es de nena de 16 años. Qué pena que no entiendas que el feminismo es para proteger a las más débiles, no a vos que podés elegir”.

El comentario fue como un chorro de alcohol en una fogata. Terminó en decenas de discusiones, con Barón con parte psiquiátrico y un video donde pide “perdón” y Aguirre retirándose del feminismo como si fuera la rescisión de un contrato de alquiler.


“A veces las abolicionistas son más agresivas que muchos varones, mezclan todo”, dice Isabela


Tanto para Mariana, como para Myriam, Gabriela e Isabela, la polémica fue “virulenta” y “atrasa” en medio de la lucha feminista que todas apoyan tanto como a Barón.

“A veces las abolicionistas son más agresivas que muchos varones, mezclan todo”, dijo Isabela, refiriéndose por elevación a posiciones que no son las que imperan en Rosario, sí en ámbitos académicos.

Sí hay en Santa Fe una voz potente, la de la trabajadora sexual ya retirada Elena Moncada, autora de los libros “Yo elijo contar mi historia” y “Después, la libertad”, con los que da charlas en escuelas y se presenta como “sobreviviente de la explotación sexual”.

Myriam habla también del trabajo docente que hacen desde hace tiempo con sus compañeras . Lo llama “reeducación del trabajo sexual” y lo explica así: “Cuando yo trabajaba -agrega- los tipos decían ‘no quiero usar forro porque no siento nada’ y empezamos a colocarlos con la boca: ellos terminaban agradeciendo”.

Gabriela se suma: “Hay que ejercer este trabajo con mucha responsabilidad, hay muchas enfermedades, no podés aceptar que un cliente te diga te pongo la guita que sea arriba de la mesa con tal que me lo hagas sin preservativo. No, si esa es la condición les abro la puerta y digo: ‘¡Andate! En esto nos empoderamos”.

Foto: Marcelo Bustamante / La Capital

 Isabela vuelve al ruedo cuando explica esta reivindicación colectiva. “Si cedo al oral natural condiciono a otras compañeras, porque el cliente insiste. La idea es que nos cuidemos y digamos ‘no’”.

Y no sólo allí marcan límites. Dicen que también se los marcan a sus cliente. Allí entonces, dramatizan, ponen voz melosa, bebotean y dice una de ellas: “Papi, ¿vos llegás veinte minutos tarde a tu dentista? A mí tampoco me gusta la impuntualidad”.

Así son. Tienen muchas caras, muchas vidas. Se llaman “putas” y tienen la palabra.

 

Jimena Barón – PUTA (Vídeo oficial)

 

 

Letra:

A mi me enseño la calle
Lo que no aprendiste en Harvard
No me sobran los modales
Pero siempre viene a casa

Yo no te cocino
ni el desayuno
No tengo pa Armani
Si pa siempre 21
y no me importa Porque
Todo lo que yo me pongo
Me queda bien
y me lo quito más rápido

Dicen que soy puta
Pero vuelve a mi
Que me visto feo
Pero vuelve a mi
Que soy la más bruta
Pero vuelve a mi
Algo debo tener
Pa que quiera volver

Hey Miss Culta
El vino solito
No tengo la culpa
Con tu idioma un poco se le dificulta
No te sabe entender
Y a mi me consulta

Tranquila que Yo lo comparto
Lo tengo un ratito en el cuarto
Me subo y le doy un infarto
Le dejo mansito el lagarto
Y se fue
Yo no quiero novio
así pa mi está bien
No tengo ni tiempo no no

Papi yo te lo advertí
Conmigo las cosas funcionan así
Probas un poquito y no puedes salir
No te vayas a confundir

Vuelve a mi
Porque sabe lo que es bueno
Vuelve a mi
Yo tampoco sé lo niego
Vuelve a mi
si se complica
te llamo
Y nos vamos pa
atrá
Que a mi me gusta
Por atrás

Y nos vamos pa
atrá
Que a mi me gusta
Por atra tra tra tra tras

Y nos vamos pa atrás
Tras
Que a ti te gusta por atra tra tra tra tra
Como me dicen?

Dicen que soy puta
Pero vuelve a mi
Que me visto feo
Pero vuelve a mi
Que soy la más bruta
Pero vuelve a mi
Algo debo tener
Pa que quiera volver

“Plaza de la Soledad”, una mirada sensible al mundo de la prostitución

 

Este miércoles 19 de febrero en punto de las 16:00 horas, en el Cine Foro CICY, dentro del ciclo ¡El Nuevo Cine Mexicano Existe! se presentará “Plaza de la Soledad”, cuyo eslogan es “Todas buscamos amor”, contando como invitado especial al experto en cultura cinematográfica, Mario Helguera Bolio.

 

Por LaVerdad

17 de febrero 2020

https://laverdadnoticias.com/yucatan/Plaza-de-la-Soledad-una-mirada-sensible-al-mundo-de-la-prostitucion-20200217-0097.html

 

“Plaza de la Soledad”, una mirada sensible al mundo de la prostitución

 

Un total de 20 años fueron invertidos en esta propuesta fílmica, la ópera prima de Maya Goded, titulada ‘Plaza de la Soledad’, que nos muestra la vida de mujeres que trabajan en el oficio más antiguo del mundo. En efecto, después de veinte años de retratar a prostitutas de la Plaza de la Soledad en La Merced, barrio del centro histórico de Ciudad de México conocido como zona de prostitución desde la época azteca, la fotógrafa Maya Goded convierte este proyecto en un documental que descubre las historias que hay detrás de estas mujeres.

La mirada de la fotógrafa Maya Goded contempla y desentraña la vida de sus personajes, mujeres solitarias llenas de aplomo y sabiduría.

La Plaza de la Soledad, ubicada en los límites del barrio La Merced, se ha consagrado por más de cuatro siglos como un espacio donde conviven la arquitectura barroca de las iglesias y la prostitución.El documental homónimo retrata la historia de cinco mujeres de edad mayor que se dedican sexo servicioEsther, Carmen, Ángeles, Raquel y Lety. Las cuales muestran la situación en la Ciudad de México con respecto a la pobreza, la prostitución, el abuso y la búsqueda del amor.

Maya Goded es fotógrafa y realizadora de cine. Ha concentrado sus esfuerzos en temas como la sexualidad femenina, la violencia de género y los grupos sociales desfavorecidos. Estudió Fotografía en el Centro Internacional de Fotografía en Nueva York. Publicó los libros Tierra negra y Plaza de la Soledad. Su obra se ha expuesto en Estados Unidos, Latinoamérica, Europa, China y África. Su mirada contempla y desentraña la vida de sus personajes, mujeres solitarias llenas de aplomo y sabiduría.

El documental “Plaza de la Soledad”, ofrece una mirada sensible sobre la prostitución en La Merced, en la Ciudad de México.

La dirección y fotografía del documental “Plaza de la Soledad” corre a cargo de Maya Goded, quién comenzó a desarrollar este tema como un proyecto fotográfico, el cual abarcó de 1998 al 2001. Por su parte la película comenzó a grabarse en febrero del 2012, y después de tres años de filmación y año y medio de posproducción tuvo un estreno mundial en el Festival de Sundance 2016.

Con delicadeza y sensibilidad, la cinta revela temas tabú como la sexualidad femenina y la prostitución en la vejez; temas que han sido estigmatizados por la moral cristiana que predomina en México. Por otra parte, también se muestra la lucha constante de estas mujeres en contra de la visión de lo que se cree que es una buena mujer ante la sociedad mexicana. El documental presenta una mirada que apela a la comprensión del oficio; sobre todo cuando hijos de las sexoservidoras hablan sobre el profundo respeto y admiración que tienen por sus madres al sacar una familia adelante.

Carmen, Lety, Esther, Ángeles y Raquel son las voces principales del largometraje documental, quienes a través de sus historias cuentan cómo fueron relegadas de la sociedad.

Dentro de las distinciones logradas por este filme dirigido por Maya Goded , están cuatro nominaciones en los Premios Ariel 2017, incluyendo mejor documental y ópera prima; incluido en la sección oficial de documentales internacionales en el Festival de Sundance 2016, así como el Premio Especial del Jurado a Mejor Documental en el Festival de La Habana 2016. 

Película completa:

 

Al finalizar el documental se dará paso al análisis de contenido y crítica artística.  La exhibición será en el auditorio principal del Centro de Investigación Científica de Yucatán ubicado en la calle 43, número 130, entre 32 y 34, de la colonia Chuburna de Hidalgo. 

Ricardo D. Pat

 

AMMAR: proyecto para legalizar el trabajo sexual en el país

ADN  NacionalesÚltimas Noticias

18 de febrero de 2020

AMMAR: proyecto para legalizar el trabajo sexual en el país

 

(ADN).- La Asociación Meretrices de la Argentina en Acción por Nuestros Derechos (AMMAR) anunció que llevará adelante un proyecto de ley para la legalización del trabajo sexual, y pidió al Estado la implementación de “políticas públicas y alternativas laborales para aquellas personas que quieran otra opción”.

“No vamos a retroceder los 25 años que llevamos de organización sindical”, sostuvo la secretaria General Nacional de AMMAR, Georgina Orellano, en una conferencia de prensa. Adelantó también que pedirán la “reforma de la Ley de Trata que criminaliza a muchas compañeras por el solo hecho de organizarse”.

Orellano afirmó que AMMAR “es parte de un movimiento obrero” y acusó a los que estigmatizan y generan una “criminalización hacia la única herramienta que es la sindical, que como trabajadores y trabajadoras supimos construir”.

“La única salida es colectiva, sindical y política” sostuvo, y agregó que “el Estado no debe mirar para otro lado”.

La secretaria de AMMAR informó que “en el próximo mes haremos un plenario para acelerar el proceso de discusión en el Congreso Nacional para la despenalización social del trabajo sexual y en un marco más legislativo para seguir trabajando en mejores condiciones laborales”.

“En una o dos semanas más no se hablará más de nuestra vida, no han mejorado las condiciones laborales ni le han salvado la vida a nadie”, afirmó Orellano en referencia a la repercusión mediática que tuvo la viralización de la campaña de publicidad que realizó la actriz y cantante Jimena Barón para promocionar su nuevo tema denominado “Puta”, en la se la podía ver posando al lado de un afiche con la estética que utilizan las redes de prostitución.

“Nos solidarizamos con Jimena Barón y que nunca más se hostigue a nadie que quiera levantar la bandera de los derechos a decidir sobre nuestros propios cuerpos”, finalizó Orellano.

 

“Yo soy puta; ella, hija de puta”: cómo piensan las mujeres que creen que la prostitución es un trabajo

Sofía tiene 26 años y se define como “trabajadora sexual”. Nicole tiene 24 y su mamá es prostituta. Las dos son feministas, creen que la prostitución es un trabajo y luchan por el reconocimiento de los derechos de quienes lo ejercen. Además, quieren dar una “batalla cultural” para terminar con el estigma

 

Por Paula Bistagnino

15 de febrero de 2020

https://www.infobae.com/sociedad/2020/02/15/yo-soy-puta-ella-hija-de-puta-como-piensan-las-mujeres-que-creen-que-la-prostitucion-es-un-trabajo/

 

Sofía Tramazaygues era una estudiante universitaria del interior viviendo en La Plata y estaba buscando un trabajo que le permitiera mantenerse. Sin embargo, las posibilidades para una chica de 22 años eran todas de muchas horas y poca plata, “salvo la del trabajo sexual”: “¿Por qué no?”, pensó cuando otra chica le contó cómo era. Ahora tiene 26 y dice orgullosa: “Soy puta”.

Nicole Castillo tenía 7 años la primera vez que pensó que su mamá era prostituta. Creció en conflicto con eso, inventando muchas veces empleos comunes que pudieran responder a la inquisición que se repetía en la escuela y el barrio: “¿De qué trabaja tu mamá?”. Ahora tiene 24 y dice orgullosa: “Soy hija de puta”.

Nicole se define como “hija de puta” desde que dejó de pensar que lo que hacía su mamá estaba “mal” y empezó a considerarlo un trabajo. Desd los 22, Sofía (de buzo verde) es trabajadora sexual. (Lihue Althabe)

Nicole y Sofía no son amigas pero se cruzaron en algunas reuniones de AMMAR-Putas feministas, el sindicato que nuclea a más de 6.500 trabajadoras sexuales de todo el país. Ahora se reúnen para ponerle cara un debate histórico del feminismo que, a partir del afiche de Jimena Barón, desbordó a la sociedad. También para posicionarse: “Queremos que el trabajo sexual deje de ser algo clandestino y estigmatizado y que haya derechos para las putas”.

Un abismo

“No se me ocurría que podía trabajar de puta en vez de trabajar de camarera o en un negocio o en una remisería como trabajan mis viejos”, dice Sofía a Infobae. (Lihue Althabe)

Hasta que se mudó a La Plata y conoció a una trabajadora sexual, a Sofía no se le había ocurrido que esa era una posibilidad para ella. Tenía 22 años, había llegado a La Plata desde Rauch, provincia de Buenos Aires, para ir a la universidad y estaba estudiando Literatura.

Necesitaba un trabajo, como la mayoría de sus compañeras y compañeros de la facultad hijos de trabajadores. “Claro, así como en Rauch no se me ocurría que yo podía ser lesbiana, porque el único camino era el de la heterosexualidad, tampoco se me ocurría que podía trabajar de puta en vez de trabajar de camarera o en un negocio o en una remisería como trabajan mis viejos”, cuenta a Infobae.

Y dice que, cuando lo pensó, dijo: “Claro. ¿Por qué no?”. Después empezó a averiguar un poco más, se puso a leer notas de Georgina Orellano, la secretaria general del sindicato AMMAR-Putas feministas, y otras trabajadoras sexuales como María Riot. “Empecé a ver que eso era una posibilidad. Que yo podía ejercer ese trabajo. Y que si no se me había ocurrido antes era porque está rodeado de ese oscurantismo, de esta nube de clandestinidad que te hace pensar que nunca vos podrías ser eso”.

La semana pasada, Jimena Barón lanzó una campaña que simulaba un volante callejero para promocionar su tema “Puta”. El tema puso en el debate público una discusión que atraviesa y divide al feminismo. En la foto, con Georgina Orellano, que se considera “puta feminista” (@jmena)

Entonces, Sofía vivía con amigas y no tuvo problema en plantearlo y debatirlo. Evaluó los riesgos y las contras. Lo pensó. Y se animó. “Había algo del sentido común que me decía: ‘es lo mismo que encontrarte con un pibe en Tinder’. O incluso es hasta más seguro, porque cuando vos trabajás, tenés mucho más explícitos los términos en los que vas a tener el encuentro que en una salida con cualquier pibe”.

La primera vez que fue a encontrarse con un cliente no dijo que era la primera vez. “Eso me hizo sentir más segura. Y ahí arranqué. Por supuesto que cuando ya tenés más experiencia, como en cualquier trabajo, la tenés más clara en un montón de cosas y en las condiciones o los términos”.

A sus padres se los dijo después de un tiempo. Y si bien fue difícil al comienzo, dice que pudieron entenderlo a medida que tuvieron más información: “Al principio mi mamá se preguntaba qué había hecho mal, pero de a poco empezó a leer notas, a saber, y hoy es la primera que viene a Buenos Aires a marchar conmigo y a levantar la bandera”. Al padre le costó un poco más: “Pero hoy también puede ver la cuestión machista que atraviesa la sociedad y dice que no hubiera sido lo mismo si era un hijo varón, que incluso él podría hablarlo, pero que con ella no puede”.

Cuatro años después de haber empezado a ser trabajadora sexual, Sofía dice que sigue eligiéndolo y que se ve haciéndolo por un largo tiempo (Lihue Althabe).

Hoy, cuatro años después de haber empezado a trabajar, dice que sigue eligiéndolo y que se ve haciéndolo por un largo tiempo. También trabaja como actriz en una obra de teatro que se llama Yira Yira, con otras dos trabajadoras sexuales, una de ellas trans. Dice que sabe que es “una privilegiada por ser blanca y cis —cuando la identidad de género se corresponde con la genitalidad biológica—, pero no es mayor que el privilegio para ir a buscar trabajo a una pizzería o a una oficina”.

También tiene claras las “contras” de su trabajo: la precarización, que la hay más que en otros rubros porque al no considerarse un trabajo todo sucede en la clandestinidad, y el estigma que hace que tenga que ocultarlo:

“Preguntas tan simples como ‘¿a qué te dedicás?’, que te las pueden hacer en cualquier lado, se convierten en un tema enorme. Y si bien yo milito esto y lo digo, a veces no tengo ganas de estar todo el tiempo militando la causa, porque sabés que, si lo decís, la conversación, el ambiente, toda la situación va a virar 180 grados”, cuenta. Aunque enseguida dice que eso, en todo caso, es lo de menos: “Después, la inseguridad que da no tener ningún amparo estatal. Y creo que esto es peor cuando sos puta y militante. Porque capaz si sos puta y no se lo decís a nadie, hay una cantidad de agresiones que no te pasan”.

“Por tu culpa se llevan a las pibas”, le dijeron a Sofía y le pegaron en la cara. “Las hijas de las putas terminan siendo putas”, le dijeron a Nicole (Lihue Althabe).

Habla de una agresión que sufrió en el Encuentro Nacional de Mujeres de Chacho, donde le pegaron en la cara al grito de “Por tu culpa se llevan a las pibas”:

“A mí nunca me habían pegado y que eso me pasara ahí fue terrible.Hay mucha violencia desde adentro del feminismo con nosotras y no se entiende. Sí se entiende que haya mujeres que no lo eligieron y a las que les pasaron cosas terribles. Pero es muy difícil defender el trabajo sexual cuando del otro lado hay una mujer que dice que fue violada, torturada y secuestrada. Para algunas, yo no soy lo suficientemente puta como para hablar, porque no me cagué de hambre ni de frío en una esquina, ni fui tan pobre. Y a la vez me falta el doctorado en Harvard para discutir con las feministas teóricas abolicionistas. Ese debate anula mi experiencia, porque no soy víctima, y entonces yo no merezco derechos. Pero a la vez yo sí reconozco que vos deberías tener alternativas y el Estado tendría que hacerse cargo de eso”.

También sabe que no todas las mujeres en prostitución tienen las mismas condiciones de trabajo y por eso milita en AMMAR. “Yo tengo una vida de una chica de 26 años: juego, salgo, voy, vengo, hago videos, agarro el teléfono, arreglo una cita, voy a un telo, trabajo, vuelvo a mi casa. Si necesito más plata, trabajo más. Si estoy una noche sola y tengo ganas de trabajar, trabajo. Si tengo una fiesta, no trabajo”, resume. Y agrega: “En un punto es como cualquier trabajadora autogestiva. Tengo clientes habituales, algunos con los que me llevo mejor, otros no tanto. Tengo parejas con las que me llevo muy bien. Lo único es que no puedo tener una vida monogámica, pero sí parejas que acepten mi trabajo”.

Su militancia, dice, no es por sus necesidades, sino por las del colectivo al que pertenece. “Nosotras no militamos por nuestras urgencias sino por las de las compañeras de calle o las que están más desamparadas por esta falta de derechos laborales. Hay urgencias que no son las mías, lo sé, y en el sindicato militamos por esas urgencias, como en cualquier otro sindicato que se precie de ser piola”.

El feminismo y su mamá

“Armando es el hombre con el que yo estoy por amor, pero después estoy con otros hombres por plata”, le dijo a Nicole su mamá (Lihue Althabe).

No fue fácil para Nicole asumir que su mamá era una trabajadora sexual, como lo ve ahora. Creció sabiendo que era prostituta y, sobre todo, creció en conflicto con eso. “Para mí fue muy difícil, porque yo no tenía cómo entender el trabajo de mi mamá, porque mi mamá no podía hablarlo conmigo. Porque había todo un silencio alrededor de eso y yo lo único que sabía es que mi mamá hacía algo que estaba ‘mal’”, dice y resalta el “mal”.

Hace muy poco se animó a contar su historia por primera vez en Las Raras Podcast y en la Revista Anfibia. Ahí contó ese día crucial en el que, a los 10 años, su mamá le confirmó la sospecha y le explicó: “Armando (la pareja), es el hombre con el que yo estoy por amor, pero después estoy con otros hombres por plata”.

El enojo de Nicole en el momento se extendió con vaivenes durante toda la adolescencia y hasta le llevó un tiempo hablarlo en terapia. A sus amigas no se los pudo contar hasta mucho después. Incluso en 2015 fue sola a un taller de “Mujeres en situación de prostitución” en el Encuentro Nacional de Mujeres y tampoco pudo decirlo ahí.

En 2017, ya con 21 años, militancia feminista y siendo presidenta del Centro de Estudiantes de la Facultad de Psicología de la UBA decidió hacer lo que ella llama “la salida del closet de una hija de puta”: “Lo hice con un posteo en Facebook que decía ‘Mi mamá es trabajadora sexual’. Y lo hice ya con una posición tomada del lado de las putas”.

Al comienzo, “me parecía imposible decir ‘soy feminista y mi mamá es puta’”, recuerda Nicole (Lihue Althabe).

“Tanto las putas como quienes estamos en el círculo cercano, la familia y en especial las hijas, les hijes, vivimos todo en la clandestinidad: el estigma cultural que pesa sobre la prostitución, con todas las contradicciones de que por un lado se lo naturaliza como ‘el oficio más viejo del mundo’ pero, a la vez, se lo considera indigno, se lo criminaliza y se censura como un tabú. Yo viví inventando trabajos cada vez que me preguntaban de qué trabajaba mi mamá. Y creo que hay un desconocimiento y un desprecio de cómo esta clandestinidad destruye las vidas y los vínculos de muchas personas, de las familias, y por supuesto la subjetividad de les hijes”, dice Nicole, que sigue estudiando Psicología y ahora es secretaria general de la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA).

Y recuerda lo claro que fue para ella, incluso antes de asumirse “hija de puta”, saber que el abolicionismo —que sostiene que la prostitución no es un trabajo y debe abolirse— no era una opción. “Nunca fui abolicionista, pero me parecía imposible en ese momento decir ‘soy feminista y mi mamá es puta’. Buscando afrontar eso llegué a ese taller abolicionista en el Encuentro de Mujeres porque aún no existían los talleres de las trabajadoras sexuales. Y fue lo peor que podría haber hecho: el abolicionismo es todo lo que no quiero ser como feminista”.

Lo recuerda como traumático, tanto que ni siquiera se animó a decir que era hija de una puta. “Lo que más recuerdo es que decían que las hijas de trabajadoras sexuales indefectiblemente iban a ser trabajadoras sexuales”.

Le llevó dos años más decirlo abiertamente. Y ahí se acercó a AMMAR y a las trabajadoras sexuales. “Pude entender el trabajo sexual desde una perspectiva feminista. Y hoy entiendo que este es un debate que es urgente que nos demos dentro del feminismo. Desde mi lugar de ser hija de, no de ejercerlo sino de mirarlo desde afuera, es la vida de cualquier otra trabajadora. Y en todo caso va a depender de cómo lo ejerza: o sea, una madre en cualquier trabajo puede estar, no sé, por decir algo, muchas más horas fuera de su casa que una trabajadora sexual. Ponele. Mi mamá maneja sus horarios… Puedo decir un montón de cosas, pero no es esa la discusión. Primero porque enseguida me van a decir que romantizo el trabajo sexual y después porque no se trata de decir si es mejor o peor que otro. Mi mamá lo eligió. Quiere derechos y yo la apoyo”.

Dice Nicole que nunca pensó en ejercer el trabajo sexual como su mamá. Y que su mamá le dijo que ella tampoco quisiera que fuera puta. “Yo lo sufrí y tuve que crecer para entenderlo. No se me ocurre para mí, pero entiendo a las que lo eligen”.

Una batalla legal y cultural

Nicole escucha con atención a Sofía y confirma lo que dice. Sofía agrega definiciones a lo que dice Nicole. Tienen historias diferentes pero coinciden en ponerse de uno de los lados del debate: creen que el abolicionismo no ayuda a nadie salvo a la clandestinidad y la clandestinidad es lo que condena a las putas y a las hijas —e hijos— de putas a vivir también bajo ese estigma.

Hablan de “la moralidad” con la que se analiza el tema: “Se apela mucho a la idea del ‘trabajo digno’ y parece que el único trabajo indigno es el trabajo sexual”, dice Nicole (Lihue Althabe).

“Las trayectorias de vida, edades, formas de trabajo de las putas que están en AMMAR son totalmente diversas pero todas tenemos algo en común: el estigma”, dice Sofía, y explica que son dos los frentes de lucha de AMMAR: los derechos laborales y la batalla cultural para desarmar esta idea de “lo terrible que es ser puta y, en nombre de eso, el silenciamiento de las vidas de las putas”.

Nicole coincide. Y dice que apoya la lucha por los derechos, pero dice que ella está poniendo su historia y su cuerpo desde su lugar de hija porque cree que hay una batalla cultural que es todavía más dura que la legal: “Lo peor es el estigma, es el imaginario social sobre las putas, y sobre las hijas y las familias de las putas también”. Y desarma el que considera un pilar de esa construcción: “Se apela mucho a la idea del ‘trabajo digno’ y parece que el único trabajo indigno es el trabajo sexual. Ponen los problemas del capitalismo en el trabajo sexual y no ven el resto. Eso es absurdo y está cargado de moralidad”.

Para ellas el llamado “abolicionismo” (quienes creen que la prostitución es explotación y luchan por su abolición) sólo envía mujeres a la clandestinidad (Lihue Althabe)

“También se construye una imagen ridícula de los clientes: como si fuera un homúnculo que vive en la isla de ‘clientelandia’ y que llega con un látigo, y no tu hermano, tu papá, tu amigo, tu vecino -agrega Sofía-. Otra imagen es que siempre son varones heterosexuales y viejos que van a violar pibas. La pregunta que nos tenemos que hacer es ‘¿por qué una persona contrataría servicios sexuales?’. Y ahí tenés desde varones heterosexuales que tienen un mandato de rol en la sexualidad pero que tienen otro deseo, sea que le laman el pie o cambio de roles. Y tenés de todo. No es un tipo que te viene a coger”.

Nicole agrega: “Hay mucho de ese falso progresismo de apoyar a las putas pero creer que tu hermana o tu mamá, tu compañera de facultad o la mamá de tu compañera de facultad no puede serlo, porque no lo necesita, porque cómo lo va a elegir. Esa es la batalla cultural que hay que dar junto con la legal. Los derechos son necesarios pero no son suficientes”.

 

Loola Pérez: “Como mujer joven, me cuesta mucho identificarme con Irene Montero”

La sexóloga y filósofa acaba de publicar el ensayo ‘Maldita feminista’ (Seix Barral)

 

ALBERTO OLMOS

15 de febrero de 2020

https://www.elconfidencial.com/cultura/2020-02-15/entrevista-loola-perez-libro-maldita-feminista_2453916/

 

Loola Pérez (Doctora Glass)

 

La sexóloga y filósofa Loola Pérez llevaba algunos años aportando desde Twitter, y también desde sus artículos en diversas revistas digitales, una visión propia del feminismo que muchas veces a quien más molestaba era al propio feminismo, entendido como esas cuatro tertulianas que dicen que ellas son el feminismo. Ahora saca libro,‘Maldita feminista’ (2020, Seix Barral), donde se declara maldita para seguir opinando desde el sentido común y con un ánimo venturosamente conciliador.

PREGUNTA: Entiendo que por feminista maldita te estás refiriendo a ti misma y a la posición que ocupas dentro del discurso por la igualdad entre hombres y mujeres. En qué consiste esta disidencia frente al ‘feminismo hegemónico’.

Portada del libro ‘Maldita feminista’, de Loola Pérez, en Seix Barral.

RESPUESTA: Bueno, es importante entender primero el uso que yo hago de feminismo como movimiento y filosofía que defiende la igualdad entre los sexos y el feminismo hegemónico, que viene a ser una defensa de esa lucha por la igualdad, pero basado en una serie de corrientes teóricas que tienden a la simplificación, la exclusión y al populismo. Sabiendo esto es fácil deducir que la disidencia es con respecto a proclamas que forman parte de ese feminismo hegemónico como que toda puta es una víctima, que el varón es un eterno privilegiado o la tendencia al populismo punitivo ante los casos de violación o violencia contra las mujeres en el ámbito de la pareja o ex pareja. Para mí esa disidencia también significa la reivindicación de la autonomía y responsabilidad individual, el respeto a la diversidad o la defensa de que el sexo/género no es una categoría puramente social. Esto hace que me distancie mucho del feminismo hegemónico u ortodoxo, pero no me impide reivindicar que soy feminista y que como mujer tengo derecho a pensar de forma independiente. Si eso me hace una maldita a ojos del feminismo hegemónico, lo seré con dignidad y orgullo.

De hecho, he visto en tu cuenta de Twitter que, nada más salir el libro, andas ya recibiendo todo tipo de insultos, insultos que abarcan además el arco ideológico completo…

Es altamente significativo que las descalificaciones vengan de un arco ideológico tan amplio, acarrea una radiografía poco simpática y es que unos y otros se mueven por posicionamientos dogmáticos. Para nadie es agradable recibir insultos, pero creo que es el peaje que pago por atreverme a pensar y a ser libre. No debería catalogarse como algo heroico, pero parece que se ha convertido en un acto valiente en estos tiempos de corrección política, puritanismo obediente y pureza ideológica. Es un poco cansado, pero trato de no renunciar a la serenidad. También he recibido muchos comentarios positivos, halagadores y entusiastas. Tengo la impresión de que muchas personas no se atreven a expresar su disidencia con respecto algunos postulados del feminismo hegemónico y han encontrado en mí, no tanto a una líder, sino una inspiración para no tener miedo a expresar ‘no estoy de acuerdo’, ‘eso es una estupidez’ o ‘el feminismo no puede ir por esos derroteros…’. A mí me gusta que la gente sea crítica y que también lo sea con aquello que escribo porque me permite aprender y fundamentar mejor mi propuesta teórica o incluso matizarla o rechazarla, pero una crítica constructiva no empieza o termina despreciando tus conocimientos o llamándote “puta”, “feminazi”, “traidora” o “explotadora”.

Con todo, el libro aparece en el grupo Planeta, en Seix Barral. ¿Esperabas encontrar un lugar tan preeminente para tus ideas, pues a fin de cuentas quizá no son las que tratan de vender las editoriales más conocidas?

Tengo la impresión de que el mundo editorial está a punto de colapsar con la temática ‘feminista’. La gran mayoría de obras que se excusan en el tema feminista hablan prácticamente de lo mismo. Algunas parecen una oda al victimismo o un intento de relanzar la carrera de alguien a propósito de la lucha de las mujeres. Ahora parece que todas las famosas necesitan firmar un libro sobre feminismo. Es una moda, pero los refritos tienen fecha de caducidad. Se necesita novedad y ampliar perspectivas. Quizá es eso lo que ‘Maldita feminista’ propone, una búsqueda de nuevos puntos de vista, una llamada al debate frente al dogmatismo y sobre todo, profundidad para abordar cuestiones como la prostitución, las políticas de igualdad o la diferencia entre los sexos.

Arrancas diciendo que la corrección política feminista es la nueva religión, o sea, un fanatismo.

 Vivimos en una sociedad que tiende a la infantilización y en este contexto creo que el feminismo se está definiendo a caballo entre una ideología culpable y una ideología culpabilizadora. Así, de un lado el feminismo es señalado por los grupos ultraconservadores como el culpable de una pérdida de valores, de la promiscuidad, del adoctrinamiento en las aulas… y, por otro, el feminismo hegemónico es utilizado por muchos grupos de izquierdas para imponer códigos de conductas ‘adecuadas’ a hombres y mujeres. Si eres mujer ya no puedes solidarizarte con la lucha de las trabajadoras sexuales sin que te llaman explotadora o proxeneta. Y si eres varón parece que no tienes derecho ni a hablar porque eres un supuesto ‘privilegiado’.

Me llama la atención en esta tesitura el mecanismo de extinción de debates que opera así: si alguien pone peros, es machista y nos cuestiona porque tiene miedo de perder sus privilegios. Punto. Es curioso lo lejos que se puede llegar con ese argumento, que vale para todo, y la pobreza mental a la que aboca, pues te exime de considerar siquiera qué está diciendo el otro.

 Es como una especie de fundamentalismo, ¿no? En el feminismo hay miedo a la crítica razonada y al argumento razonable. De ahí que la desacreditación, el insulto y la presunción de ‘machista’ sean las herramientas más populares para evitar el debate o desestimar la disidencia. A mí me recuerda al patrón marcado por las religiones, las cuales te calificaban como pecador o hereje cuando te desviabas de los credos y la ortodoxia. Es una coincidencia curiosa porque la religión es uno de los inventos sociales que más ha contribuido a la discriminación de las mujeres. Tenemos que asumir que mientras que la igualdad de sexos es un valor y derecho que debe ser protegido por las democracias, las propuestas del feminismo no son incuestionables.


Tenemos que asumir que mientras que la igualdad de sexos es un valor y derecho que debe ser protegido por las democracias, las propuestas del feminismo no son incuestionables


Dices: “A veces parezco de derechas y a veces de izquierdas”. ¿No sería lo lógico en una persona que piensa?

 En mi caso no tengo ningún problema con ser ideológicamente impura. La disidencia es lo que me permite abrir otros debates, profundizar en la discusión con creatividad y defender ideas por encima de la corrección política. La gente que se agarrota mentalmente en lo doctrinario acaba buscando la seguridad de un credo, pero no la verdad y la justicia. Y a mí me mueve esto último porque es lo que me permite afrontar y buscar soluciones a los problemas, no el catecismo que solo me ofrece retórica y ritos normativos.

Das un repaso detallado a la historia del feminismo. No sé si tienes a veces la sensación de que las feministas mediáticas, las lideresas de lo que tú llamas el feminismo hegemónico, saben de feminismo, filosofía o literatura únicamente cuatro eslóganes, y que con eso van tirando divinamente.

 Sí, tengo también esa sensación. Las vacas sagradas del feminismo han sabido cómo adaptarse al sistema, han protegido su figura y reputación anclándose a los sillones o peloteando a algún partido político. Aunque algunas de ellas trabajan en el ámbito universitario, ninguna ha conseguido triunfar como intelectual. Buscan consuelo siendo ‘la señora profesora’ en el gueto en que se han convertido los estudios o máster de género; o peleando por algún cargo político con el que puedan disimular su mediocridad. Desde esos lugares de privilegio juegan un papel muy propagandístico, pero incapaz de asemejarse a la calidad teórica de Camille Paglia, Helen Fisher o Elisabeth Badinter. Y en cuanto a sus eslóganes… Creo que unas y otras tampoco terminan de conectar con la gente de a pie. Las feministas más mediáticas transmiten un mensaje sumamente elitista y condescendiente. Por ejemplo, esa manida frase de Kate Mitllet sobre que ‘lo personal es político’ llega a toda una generación de jóvenes universitarias, pero a la mujer que está cosiendo zapatos en un taller o a la ama de casa de 70 años le es sumamente indiferente. Me resulta ciertamente curioso también como las nuevas generaciones de feministas radicales traten de revitalizar el marxismo desde la pedantería y una especie de filosofía low cost. Hay prensa que hasta las llama ‘intelectuales’. No habría que premiar con semejante calificativo ni la prepotencia ni el uso de la desinformación para alcanzar fines políticos.

Me resulta fascinante el debate último que se está produciendo en el feminismo, a raíz del desplazamiento de la teoría queer hacia el eje de todo este asunto, y que llevaría incluso a la invisibilización de las mujeres o la disolución del propio concepto de mujer, como ha denunciado Lidia Falcón y otras. Es bastante irónico que podamos acabar hablando de “mujeres que temen perder sus privilegios”.

 Es una reacción propia del pánico moral. Hay gente que debería tomarse un Valium y controlar esa tendencia a la psicosis. La teoría queer es eso, una teoría. Algunas olvidan que la corriente cultural y radical del feminismo, esa que practica Lidia Falcón, también tiene una fundamentación teórica y ni es una verdad absoluta ni tiene por qué ser el destino del feminismo. Lo que observamos es una lucha por la hegemonía discursiva dentro del feminismo. Sin embargo, yo no creo que reconducir los desvaríos del feminismo hegemónico signifique sustituir la corriente de corte radical y cultural por la teoría queer. Al fin y al cabo la teoría queer se inscribe estrictamente en la construcción social del género y puede ser muy limitante para personas transexuales e intersexuales que buscan el reconocimiento de su identidad como mujeres o hombres. En mi opinión, para no convertir el feminismo en un callejón sin salida y en el estandarte del populismo, hay que incluir las ciencias de la naturaleza humana en su cuerpo teórico.

Afirmas que la teoría del patriarcado no tiene sentido en el siglo XXI.

Es una teoría obsoleta en Occidente. Encapsula la responsabilidad individual de las mujeres y simplifica causas y fenómenos que requieren un análisis más profundo. Por ejemplo, ¿si todo es culpa del patriarcado para qué realizar estudios sobre la violencia sexual o sobre las motivaciones que llevan a una mujer a desempeñar la prostitución? Esto tiene un impacto comunitario ya que conduce a propuestas en políticas públicas ineficientes, a la creación de contenidos en el ámbito universitario sumamente insulsos y a la creencia inmadura de que ‘con perspectiva de género’ ya todo basta.


Hay que entender que existen algunas mujeres que prefieren dedicar más tiempo a su familia que a su oficio


Citas bastante a Pinker. ¿En qué medida es una inspiración o un maestro o un guía para tu discurso feminista?

Me parece interesante porque pone de relieve muchas limitaciones y contradicciones teóricas sobre el feminismo hegemónico como el techo de cristal o la brecha de género en los distintos ámbitos de trabajo. Secundar las reflexiones de Pinker puede llevar a la opinión equivocada de que se defienda el statu quo, pero nada más lejos de la realidad: un análisis no puede servir para que la sociedad se conforme y niegue los estereotipos de género en las profesiones. Lo que sí puede poner de manifiesto ese análisis es que las elecciones de las mujeres no son objeto constante de la ‘explotación’ u ‘opresión’. Hay que respetar las decisiones individuales de las mujeres en el ámbito profesional, empezando por entender que hay algunas que prefieren dedicar más tiempo a su familia que a su oficio.

Dices: “Quizá ha llegado el momento de admitir que el patriarcado es ya un mero espectro sobre nuestro pasado cultural y que las desigualdades y discriminaciones que sufren en la sociedad algunas mujeres no corresponden a una conspiración de machirulos opresores.”

Es una cita que, en el fondo, lo que trata es de poner diques a esa tendencia anti-masculina que encontramos actualmente en el feminismo hegemónico. Han pasado siglos y España ha sido uno de esos países que ha hecho grandes esfuerzos por la igualdad, instaurando el divorcio o una ley contra la violencia de género. Son cuestiones que han apoyado muchos hombres. ¿De verdad un grupo de histriónicas quiere convencernos de que no hemos avanzado nada y de que los hombres tienen que lidiar con la presunción de enemigo? Si las mujeres no son un colectivo homogéneo, ¿por qué lo deberían ser los hombres? Es injusto para ellos.

Del mismo modo que Pinker aparece mucho en tu libro para bien, manifiestas un auténtico desprecio por Judith Butler, que consideras que ha engañado a todo el mundo, y que el tiempo juzgará a la baja.

Lo que siento por Judith Butler no es desprecio, lo que ocurre es que soy crítica con su obra ‘El género en disputa’. No deberíamos confundir el desacuerdo con el desprecio. Coincido en la importancia de que la representación de las mujeres sea diversa, pero para mí su texto es un absoluto retroceso ya que rechaza la evidencia científica sobre la diferencia entre los sexos y ningunea, en cierto sentido, el trabajo que han realizado al respecto mujeres como Diana McGuinnes o Martha McClintock. Justo es eso lo que trato de cuestionar en ‘Maldita Feminista’: la resaca de las teorías postmodernas lleva incluso a ciertos grupos feministas a negar la evidencia científica. Se presenta como progresista y transgresor algo que es sumamente acientífico y medieval. ¿Acaso negar los hallazgos objetivos sobre la diferencia sexual humana no es algo tan absurdo como afirmar que la tierra es plana?


Hay que poner diques a esa tendencia anti-masculina que encontramos actualmente en el feminismo hegemónico


Sobre la ingente bibliografía feminista que llevamos cuatro años recibiendo en las librerías españolas, así como sobre las entrevistas como esta, los artículos por miles sobre el asunto, me llama la atención —incluso, me hace gracia— el hecho de que, entre los hombres, sus destinatarios y consumidores sean justamente aquellos que menos necesitan corrección o iluminación igualitaria, porque justamente si leen libros de mujeres sobre mujeres e igualdad será porque, dentro de su sexo, no son de los peores. Son de los mejores. Y la mayoría de hombres, incluidos ese porcentaje más o menos grande de brutos o de directamente machistas, o incluso de agresores, simplemente no saben ni que existen estos libros o conceptos, lo cual hace un poco inútil, fuera del sano debatir y pensar las cosas, la publicación misma de estas reconvenciones.

 Sin duda es una limitación teórica y que ha demostrado ser ineficaz como bien expresas en la práctica. Por eso creo que es importante ir más allá del eslogan del ‘sujeto del feminismo son las mujeres’. El feminismo como movimiento social debe llegar a la sociedad civil y por tanto, no dirigirse en exclusividad a una élite o a un grupo que ya está concienciado. En Twitter o en la Universidad dirigirse a un público concreto puede funcionar, pero el mundo es más que una red social o un espacio académico. De ahí que para mí sea tan importante la educación y la formación en igualdad, así como la investigación científica sobre los sexos y la reeducación de los delincuentes sexuales. Educar puede ser útil para tener perspectiva sobre la desigualdad de género y cómo han cambiado las sociedades, pero también puede ser una herramienta para liberar los mandatos de géneros y construir nuestra identidad de una forma más libre y consciente. Investigar, por su parte, supone fundamentar y resolver los conflictos que atraviesan ambos sexos. Es una manera para que florezca el saber, pero también el punto de partida para plantear propuestas socio-comunitarias que transformen nuestro entorno. Pienso que todo ello puede contribuir a que no retrocedamos.

Veo mucho sentido común en tu libro, por ejemplo: “No hay ninguna relación de causa-efecto entre feminizar la política y tener un mejor gobierno.” Yo lo leo y hasta pienso: obviedad. Sin embargo, sé que esa frase te condena a tu “maldistimo”. No se puede decir.

 La izquierda cree que puede salvar su falta de legitimidad a través del populismo. Ahora el feminismo es su fetiche favorito, como en otro tiempo lo fue la lucha de clases. El problema es que el feminismo versa sobre cuestiones más difíciles de abordar y pontificar ya que no solo enfatiza unos objetivos políticos sino que, asimismo, no puede aislarse del estudio y comprensión del comportamiento humano. Generalizar sobre las mujeres es pedirle a la gente que ignore las diferencias entre grupos, sus diferentes motivaciones o aupar sin una evaluación sistemática sus habilidades y destrezas. Es, en definitiva, despreciar el conocimiento de las condiciones necesarias para alcanzar una igualdad real y tratar a la ciudadanía como idiota. El malditismo nos salva de la necedad y habrá que practicarlo para mantener la mente abierta y no caer en la promoción del dogma.

También muy alejado del sentido común fue todo lo que se montó en torno a Juana Rivas. Dices en tu libro: “Quienes clamaban Juana está en mi casa siguen cómodos en sus vidas. Mariano Rajoy parece feliz en el Registro Mercantil número 5 de Madrid.” ¿No es escalofriante la manera en la que hoy, no sólo las masas, sino gentes con grandes responsabilidades y hasta un supuesto bagaje cultural son capaces de seguir la corriente de moda sin el más leve pensamiento crítico o neutralidad?

 Aquello fue esperpéntico. Los medios de comunicación son un lobby muy poderoso en nuestro país, incluso los que se catalogan como ‘independientes’ son conocedores de su influencia sobre la gente. Son expertos en explotar las actitudes coléricas y animar a una actitud “justiciera”. Creo que uno de los errores de muchos políticos ante hechos como ese es prestarse al circo mediático con el objetivo de parecer más cercanos a la ciudadanía corriente, esa que percibe lo que pasa en el mundo desde el espectáculo y los contenidos basura de los medios. Los medios explotan la cultura de la sospecha y se convencen de mostrar siempre y en todo momento la verdad. En este clima, someten a la clase política a cierto chantaje moral: si no te posicionas eres presuntamente insensible. Cuando los primeros se equivocan, los segundos culpan al mensajero. En ese sentido, observo una falta de responsabilidad por parte de la clase política en cuanto a su participación a la hora de amplificar o esconder la noticia. A veces les da por santificar a ciertos personajes y otras por fabricar falsos culpables cuando no tienen ni la menor idea ni evidencia de lo que está pasando.


La izquierda cree que puede salvar su falta de legitimidad a través del populismo


¿Cómo interpretas la increíble porosidad de la culpa que puede localizarse en esos hombres que tuitean frases como esta: “Los hombres ya HEMOS matado este año a 34 mujeres”? Para mí supone una torsión de conciencia y anulación de dignidad verdaderamente tenebrosas.

La verdad que cuando yo leo esas cosas lo que siento es bastante vergüenza. No creo que sea tanto una torsión de conciencia y anulación de dignidad como una especie de autoengaño. Es una forma de expresar que los hombres no han encontrado todavía su sitio en el feminismo y creen que disputarse un lugar en él es a través de una culpa impostada y una obediencia ciega.

¿Cómo ves el ministerio de Igualdad de Irene Montero? ¿Cómo ves el hecho de que sea machista señalar que Irene Montero es la novia de Pablo Iglesias en lugar de decir que lo machista está en que los maridos vayan colocando por ahí a sus esposas, dando a entender que una mujer nunca llegará muy arriba si no se empareja con quien tiene el poder?

El Ministerio de Igualdad está condenado a las injerencias arbitrarias y partidistas del uso populista de la igualdad entre los sexos. Temo que el victimismo se convierta en la bandera de ese Ministerio, representado por una mujer que, ciertamente, tiene muy poco de oprimida y mucho de privilegiada. A mí, como mujer joven, me cuesta mucho identificarme con ella. Podría preocuparse no solo de la brecha de género, sino también de esa brecha que separa a las mujeres jóvenes como yo de las mujeres sumamente privilegiadas como ella. Las mujeres de nuestra generación no cobran lo que ella gana y generalmente, no pueden permitirse ni tener una hipoteca ni ser madre.

Coincido contigo en que lo machista es que los maridos vayan colocando en puestos de poder y responsabilidad a sus parejas, que la relación personal pese más que el talento y saber hacer de cualquier otra persona en el partido. Habría que señalar entonces al líder de su partido y pareja. Sin embargo, parece que sigue siendo más fácil señalar a una mujer. La verdad es que esto lo hemos visto habitualmente en la derecha, pero parece que el partido que vino a ‘reventar’ el bipartidismo no ha conseguido desligarse de errores similares. Y ya puestos, lo que asimismo me parece ciertamente irrisorio es que los acólitos tengan que insistir tanto en que una representante pública renunció a una beca en Harvard y que por eso hay que aceptar que va a ser una buena ministra, como si acaso sacrificar una beca para participar en un partido político fuera la clave del éxito. Hacer carrera en la universidad y hacer buena política ni son equivalentes ni correlativos.

 

 

 

“La reglamentación nos quita autonomía”

Entrevista a Karina Núñez, referente del trabajo sexual en Uruguay

 

En Uruguay la prostitución está regulada como trabajo sexual desde 2002. Karina Núñez, referente de O.TRA.S, sostiene que la ley “favorece a los grandes traficantes que manejan el negocio”

 

Por Mariana Carbajal

12 de febrero de 2020

https://www.pagina12.com.ar/247021-la-reglamentacion-nos-quita-autonomia

 

 

En Uruguay la prostitución está regulada como “trabajo sexual” desde 2002. Sin embargo, la ley no trajo grandes mejoras en las condiciones laborales para las prostitutas registradas. En cambio, benefició a dueños de whisquerías, advierte Karina Núñez, activista y fundadora de la Organización de Trabajadoras Sexuales (O.TRA.S), desde donde están reclamando reformas en la normativa. “La ley 17.515 solo permite trabajar en whisquerías, bares de camareras o en áreas delimitadas por cada intendencia, las famosas zonas rojas. Nos quitan la autonomía, y esos ‘kilombos’ siempre son de otros. ¿Cómo hacemos nosotras para juntar la cantidad de plata para abrir un negocio? Esto ha generado que uno de los cuatro grandes traficantes que maneja el negocio del comercio sexual en el país tenga 240 locales, de los 7000 que se calcula que hay en todo el país”, dice Karina Núñez. Por eso, milita para modificar la ley y exige que sus voces, las de las trabajadoras sexuales, sean escuchadas y tenidas realmente en cuenta por el Estado. “Que se dejen de hablar de nosotras y hablen con nosotras”, pide en diálogo con Página/12.

La experiencia uruguaya puede ser interesante para analizar, en el marco del debate que se abrió en el país en los últimos días a partir de la difusión del afiche que eligió Jimena Barón para promocionar su nueva canción titulada “puta”, con una estética similar a la de volantes que promocionan el comercio sexual, pegados en postes, marquesinas de publicidad, y tachos de basura en microcentro, y que investigaciones de la Procuraduría de Trata y Explotación de Personas (PROTEX), han vinculado, en algunos casos, a redes de proxenetas.

Karina Núñez trabaja en la ruta, en lo que ella describe como “el interior profundo” de Uruguay, en una localidad pequeña. Anda de a dos o tres, cuenta. Su bisabuela, su abuela y su madre fueron también prostitutas. A ella, dice, le hubiera gustado ser maestra. Pero siguió la tradición familiar como “trabajadora sexual”. Es autora del libro “El ser detrás de la vagina productiva”, para el cual, cuenta, entrevistó a unas 300 trabajadoras sexuales para poder visibilizar sus vidas en primera persona. En Uruguay es referente de las trabajadoras sexuales.

Se la escucha orgullosa porque la menor de sus seis hijes, de 18 años, se acaba de inscribir para estudiar en la Facultad de Derecho. “Va a ser la primera universitaria de nuestra casa”, cuenta, a través del teléfono. Su otra hija mujer, que tiene 27 años, es empleada en una librería. “Son las primeras mujeres de la familia que no fueron explotadas sexualmente ni entraron al círculo del trabajo sexual”, destaca.

–¿Usted hubiera querido que sus hijas sean trabajadoras sexuales?

–Que sean lo que quieran ellas pero que no sean oprimidas. Si me decís trabajadoras sexuales sí, prostitutas no.

–¿Cuál es la diferencia?

–Siendo trabajadora sexual, la ley en Uruguay te ampara. Podés tener visibilización como sujeto obrero. Te da la categoría de trabajadora, no es simplemente el hecho de comercializar tu cuerpo por especias.

–¿Qué cambió con la ley 17.515 sancionada en 2002?

–Se nos empezó a meter menos presas, a dar preservativos, y se nos incluyó en el banco de previsión social para poder empezar a aportar para la jubilación.

La ley establece que “son trabajadores sexuales todas las personas mayores de 18 años de edad que habitualmente ejerzan la prostitución, recibiendo a cambio una remuneración en dinero o en especie. Se autorizará el ejercicio del trabajo sexual a aquellas personas que estén inscritas en el Registro Nacional del Trabajo Sexual y posean el carné sanitario con los controles al día”.

–Si un cliente no me paga, voy con mi libreta sanitaria a la jefatura de policía, y también puede intervenir un juzgado para demandarlo.

–¿Le pasó alguna vez?

–Dos veces. Y las dos veces pagaron. La primera vez, en la jefatura de policía porque el cliente aludió estar borracho y no haberse dado cuenta. Y la segunda en una instancia prejudicial. Esto fue en año 2007, 2008.

Según datos, de 2018, de la Dirección Nacional de Policía Científica, de Uruguay, en el Registro Nacional de Trabajo Sexual se inscribieron 12.358 personas, 11.559 mujeres y 799 varones (así figuran). De ese total, solo 80 están aportando a la seguridad social. Esto se debe, dice la activista, a que las trabajadoras no se afilian por falta de conocimiento para llevar a cabo los trámites necesarios para hacer los aportes jubilatorios y la lejanía entre el Estado, sus instituciones y las propias trabajadoras. “No hubo ninguna campaña informativa. Si no enseñás para qué sirven las herramientas es difícil que las usen. Muchas de las compañeras ni siquiera saben que tienen derecho a denunciar alguna forma de violencia aunque sean trabajadoras sexuales. Algunas compañeras no van a la policía porque consideran que no tienen derecho a ser cuidadas”, dice. Las trabajadoras sexuales organizadas estiman que por cada prostituta registrada “hay tres que no lo están” porque, en realidad, inscribirse “no les aporta ningún beneficio”.

La libreta sanitaria se tramita en cualquiera de las 58 policlínicas de profilaxis, que tiene el prestador del Ministerio de Salud, y las habilita a trabajar en locales.

–Te tiene que ver un médico. Con esa libreta, vas a la jefatura de policía en localidades del interior, o al Ministerio del Interior, si estás en la capital, y te hacen un prontuario de prostitución. Te sacan foto, de frente y perfil, con un número de ficha de prostitución. Volvés a la semana y te entregan el carnet. Dura dos años y cuesta casi 2000 pesos uruguayos, unos 53 dólares. Si sos extranjera, tenemos un gran caudal de mujeres dominicanas y de otros países de Centroamérica trabajando, necesitás documento uruguayo para iniciar el trámite. Cuando vas a otra localidad, tenés que pasar por la comisaría y avisás adónde vas. Eso, nosotras, estamos pidiendo que lo deroguen porque coarta la libertad de circulación: lo pusieron porque decían que ayudaba a rastrear a las víctimas de trata. Los tratantes se matan de risa porque nunca las llevan a la comisaría.

–¿Son monotributistas?

–Si, unipersonales, autónomas. Tenés obras social y jubilación. Yo estoy pagando 1751 pesos por mes (46 dólares): arranqué pagando 233 pesos uruguayos (6,17 dólares) en el 2003. Si una compañera quisiera arrancar hoy tiene que pagar 534 pesos uruguayos (14,14 dólares). Tenemos boletas que descuentan IVA. Doy una factura. Te genera un costo el postnet para el uso de la tarjeta de débito.

–¿Cuánto gana aproximadamente?

–El año pasado, estuve enferma, con un cáncer de cuello de útero. No me habilitaron la libreta y no pude trabajar. En 2018, cerré con 218 mil pesos uruguayos anuales (5772 dólares). Nunca trabajé una jornada de 12 horas, siempre por mi cuenta, en la ruta.

–¿La ley benefició a las mujeres en prostitución?

–No, benefició a los dueños de los locales. La ley quedó vieja. Solo permite trabajar en whisquerías, bares de camareras o en zonas delimitadas por cada intendencia, las famosas zonas rojas. Nos quitan la autonomía, y esos “kilombos” siempre son de otros. ¿Cómo hacemos nosotras para juntar la cantidad de plata para abrir un negocio? Esto ha generado que uno de los cuatro grandes traficantes que maneja el negocio del comercio sexual en el país, tenga 240 locales, de los 7000 que se calcula que hay en todo el país.

Tiene 46 años pero a sus clientes les dice que tiene 56 porque “cuanto más vieja sos, tenés más experiencia, te pagan por ser psicosexóloga”, dice y se ríe. “El órgano más caro que tengo es mi oreja, no mi vagina”, agrega. También dice que 7 de cada diez hombres que van a pagar servicios sexuales no llegan a una penetración “porque la sexualidad y la erotización van más allá del coito”.

–Nosotras llegamos a tener en la noche hombres que nos pagan por copa, disfunciones eréctiles, consejos sobre relaciones de pareja, vínculos fracasados y hasta les damos recomendaciones de cómo cuidar el tomate. En los pueblos, para los hombres es mucho más redituable que lo vean entrar dos o tres veces a un kilombo que al consultorio de un psicólogo o psiquiatra”, dice.

En diciembre le dieron el alta del tratamiento oncológico y ya puede trabajar, aunque no tiene ganas, dice. Pero no le quedan opciones: “¿Quién paga mis cuentas?”.

En 2017, cuenta, se presentó para un llamado de auxiliar de limpieza en su pueblo, Young, en el departamento de Río Negro. Del total que se presentaron para el puesto, quedaron cinco postulantes. Una fue ella:

–Cuando me hicieron la entrevista, me dicen que no poseo actividad laboral formal. A lo que respondo, que no he trabajado en otra cosa que esto desde los 12 años, cuando fui explotada sexualmente por primera vez por un vecino del barrio que me pagó a cambio de mi cuerpo.

–¿Y a partir de ahí siguió …?

–Si, seguí.

–¿Le hubiera gustado dedicarse a otra cosa?

–Me hubiera gustado ser maestra. Al final terminé siéndolo, pero no formalmente.

–¿A qué se refiere?

–Una enseña a tener sexo saludable, sin riesgo, respetuoso. Yo atiendo a personas muy mayores, con discapacidades notorias, o con estereotipos no marketineros.

–¿Por qué defiende la prostitución como trabajo?

–La defiendo porque es el mecanismo que encontré para visibilizarme persona a falta de otros, inexistentes en mi camino de ser pobre.

–¿Ha sufrido violencia machista en prostitución?

–Que mujer no ha sufrido violencia. Por ser mujer, no por ser prostituta o trabajadora sexual. Es cierto que en prostitución, se acentúa en algunos aspectos. ¿Qué pasa en la violencia en todos los ámbitos? ¿Sabés cuantas trabajadoras sexuales murieron por femicidio el año pasado en Uruguay? Una. ¿Sabés cuántas mujeres murieron por femicidio que no ejercían el trabajo sexual? 37. ¿Quién sufre más violencia? ¿Nosotras trabajando o ellas casándose? –responde, contundente.

En relación a las redes de trata para explotación sexual, Karina Núñez, cuenta que ha colaborado con la justicia para desbaratarlas, en 671 procedimientos desde el año 2009, “generando mapeos, teniendo el primer contacto”.

–¿Sabes cuantas gurisas se rescataron de redes de trata por mi colaboración? 27, el año pasado. Solamente las trabajadoras sexuales llegamos a donde ni siquiera puede llegar la justicia. Desde el Estado debería haber un diálogo real con nosotras y escucharnos porque somos las que estamos en territorio. El mercado del trabajo sexual en Uruguay lo dirigen las redes de trata porque viene un tratante del negocio y te dice “mirá, traigo 15 mujeres pero ellas cobran 1500 pesos cada una la media hora. Y llega a ese local que hay 4 trabajadoras sexuales con 40 o 45 años, que cobran mucho más. Y desplazan a esas compañeras viejas. El que maneja ese mercado es el que maneja esa mercancía. Y como no tenemos cómo unificarnos, quién nos escuche, quedamos en pelotas, a merced de ellos, y con el aval del Estado.

–¿Y entonces no cree que la experiencia de legalización en Uruguay favoreció a los explotadores?

–Si, lo creo y por eso lo combato.

–¿Qué modificaciones proponen a la ley?

–Primero nos tienen que escuchar, permitirnos estar en los lugares de decisión y monitoreo. Que se dejen de hablar de nosotras y hablen con nosotras. Hace algunos años, nos daban un curso para sacarnos de la ruta y ¿sabés de qué nos capacitaron? De motosierristas. Tengo certificado para cortar cualquier palo —dice y se ríe, entre divertida e indignada por la propuesta estatal—. Hoy nos encontramos con 600 compañeras que superan los 65 años de edad en el ejercicio del trabajo sexual. Debería ser considerado un trabajo insalubre para acceder a la jubilación anticipada a los 45 años. Nuestra vida útil es como la de los jugadores de fútbol. Pero que la jubilación venga de la mano de la reorientación laboral, porque también hay una cosa: no todas las prostitutas llegan a trabajadora sexual. Ser trabajadora sexual es reconocer que tu cuerpo es tu herramienta de trabajo. Muchas prefieren quedarse en el anonimato, por el estigma. Tenemos que ir a una policlínica en la que todo el mundo sabe que somos las locas del pueblo. Para ser puta tenés que tener ovarios, si no, no hay caso. Nos tienen que sacar del Ministerio del Interior y de Salud y tenemos que tener un registro que nos dé el Ministerio de Trabajo y nos deberían garantizar el acceso universal a salud sin aportes. Si de verdad se quiere generar un cambio, empoderar a las trabajadoras sexuales es el camino más justo.

 

El pánico moral

 

Por Marta Dillon

9 de febrero de 2020

https://www.pagina12.com.ar/246492-el-panico-moral

 

 

Cuando era adolescente y mi padre suponía que estaba a punto de iniciar —o en riesgo de— mi vida sexual con otras personas —varones, por supuesto—, él tomó coraje y tuvo conmigo “la charla”. No fue una conversación de profilaxis, no existía aun el sida y ni siquiera se animó a hablar de anticoncepción. Lo que él quería transmitirme era una postura ética. Me dijo que no estaba mal tener relaciones pre matrimoniales, siempre que después hubiera matrimonio. Yo estaba acostada, él sentado en el borde de la cama, cuando terminó su frase célebre lo miré azorada. No sabía si reír o abrazarlo, me estaba autorizando a coger aunque a los 16 ya estaba en eso con una buena dosis de culpa. Lo del matrimonio me había parecido una ingenuidad propia de vacas y asnos dando calor a un bebé que cayó del cielo a un pesebre y se parió sin dolor, no como los de las mortales, como en el cuento de Navidad. Le dí un beso y tomé el atajo, que él creyera que cada vez elegía al hombre de mi vida, con el que iba a tener hijos —así era todo entonces, universal masculino— y al que iba a amar hasta que la muerte nos separe. Ya se iba a olvidar.

A la vez, en la escuela que mi padre había elegido para mí, me hablaban de mi cuerpo como un templo, expropiado desde el vamos, el templo es la casa de dios, sea quién fuere, yo era apenas una portera, la guardiana del ocupa a cargo de la vigilancia de las entradas al recinto, violadas una y otra vez en mis exploraciones a solas o con novies mientras espantaba la culpa como a moscas o las entregaba en confesión antes de volver a acumularlas. Nada más feo que quedarse callada en el confesionario; algo siempre hay que entregar.

De estos relatos entrelazados, mi medio hermana —y lo digo así porque el vínculo no se sostuvo en la edad adulta— había sacado una conclusión: si te tocaban las tetas y no gozabas, no era pecado. Lo mismo valía para otras partes. Si no sentías, estabas incolumne, el problema en todo caso no eran los manoseos en la entrada del templo sino mantener impoluto el interior.

Estos relatos ahora delirantes volvieron en cascada en estos días en que el pánico moral a la sexualidad llenó de imágenes de terror las pantallas y los teclados. El sexo es sagrado y si no lo sacralizas te van a pasar cosas horribles, vas a tener traumas peores que los de los veteranos de guerra, de ese afiche, Jimena Barón, te vas a arrepentir toda tu vida —leánse los tuits enfurecidos de @aguirrecaro, guionista de Polka—. El cuerpo, parece, o sus orificios privilegiados para el goce, siguen siendo sagrados y hay gente que se queda desvelada pensando en una figura por lo menos extraña como la de la “violación consentida” —¿eh?— y escucha una y otra vez testimonios crudos como los de Sonia Sánchez, sobreviviente de la prostitución, según su propia manera de definirse, para abrir sus ojos celestes y mojados a los videos de Instagram para insistir en que la prostitución es la “peor de las violencias” contra las mujeres, es donde “se funda el patriarcado” —veáse la cuenta de Instagram de María Florencia Freijo @florfreijo— dejando caer por el túnel de su pánico moral a nuestros cuerpos como fábricas de bebés para nosotras o para otras o para las fábricas, los trabajos precarizados y los ejércitos, olvidando cuanta caca lavamos, cuantos siglos pasamos ofreciendo sexo gratis porque es la prerrogativa del marido —qué alegría haber tomado siempre la carrera del desvío—, qué poco se nos paga si limpiamos la caca ajena. “¿A ver, a ustedes les gustaría que en la orientación vocacional les dijeran a sus hijas si prefieren ser carpinteras, abogadas o putas?”, dice Freijo. ¿Y si en vez de putas les ofrecemos, carpinteras, abogadas o limpiadoras por casi nada de la caca ajena? Ni una cosa es peor que la otra, ambas son expresiones de la división sexual del trabajo; estaría bien gestionar eso y dejarnos de horrorizar porque hay transacciones comerciales por sexo. También hay transacciones comerciales por masajes, que a veces pueden calentarte incluso, porque es lindo y no está mal, y te dejás tocar desnuda, pero claro, no se meten por la puerta del templo y todo bien. Aunque a veces sobre la puerta del templo te pongan la cera caliente y salgas chocha con la depilación completa, pero bueno, ahí sufriste y eso lava todas las culpas ¿O no?

Porque sufrir es la que vale, ahí, como dice una amiga, sí te creo hermana. Si la pasaste mal, te creo hermana. Si te gusta vivir del trabajo sexual, no te creo, no sabes lo que te pasa, sos una boluda con síndrome de Estocolmo por esa serie de secuestradores dominadores que te alquilan para mearte en la cara. Ah, ¿no les permitís eso? ¿y cómo vas a impedirlo débil mujercita? Y si no sos débil, si sos tan brava ¿no será que sos el enemigo? ¡Proxeneta! Como le dijeron a Georgina Orellano, presidenta de AMMAR Nacional, en la escena de máxima crueldad posible, con amenazas de muerte incluidas y pedidos de que muestre su prontuario públicamente, cosa que hizo; qué papelón para todos los feminismos haber generado esa escena.

Ni Una Menos y el proceso de los últimos años que viene sembrándose de manera sostenida desde la vuelta de la democracia, colectivo, diverso, contestatario, rebelde, plurinacional, interseccional, definitivamente alejado del biologicismo nos permitió a todas, a todes, salir del lugar de la pura víctima, hacer de los feminismos un lugar de goce, ese al que nos empuja el deseo. No estamos indefensas, somos un montón. Aprendimos a nombrarnos y a nombrar en voz alta todas las violencias que ya no están naturalizadas; también aprendimos a cuestionar las maneras de nombrar, de denunciar y de hacer una Justicia Feminista porque los estrados ahora se están cayendo tanto como le damos mazazos al patriarcado (y sí, están leyendo otra vez esa palabra) y sólo en muy pocos casos podemos tener la confianza de que una causa Será Justicia.

Pero este rezumar de violencia como líquidos de pozo ciego, esa pasión por definir quién, cómo y cuánto es feminista en coro enardecido y con sed de sangre, destilando babas de insultos sobre los teclados que lograrán acumular tuits hasta que un nombre llegue al lugar del sacrificio o a la lista de los trending topics (de lo que todos hablan en el ágora de los nosecuántos caracteres) que rápidamente pasará de allí a la picota de las radios y los portales de noticias. Ese mecanismo y su belicosidad dan cuenta de un deseo de exterminio que no cesa, que es pánico moral porque se vuela el techo de lo que creíamos casa y no sabemos cómo nos cobijaremos. Y es, aquí y ahora, pánico moral frente al poder erótico del que hablaba Audrey Lorde, de ese vendaval que te convierte en guerrillerx y constructorx de mundos otros, sin tanto pensar en orificios y mecánicas, fricción y encastre sino en la potencia del deseo que empuja y busca aquello que todavía no sabe de sí, esa jugosa fruta de la sabiduría.

 

Conocen la prostitución en carne propia y tienen posturas opuestas: por qué algunas creen que es trabajo y otras que es explotación

Algunas se llaman a sí mismas “trabajadoras sexuales” y dicen estar orgullosas de ser prostitutas. Su postura es que “ser puta es un trabajo” y deben tener derechos, como cualquier otra trabajadora. Otras se consideran “sobrevivientes de prostitución y redes de trata” y, por tanto, luchan por la abolición. Todas se consideran feministas y, en diálogo con Infobae, explican los argumentos de las posturas en debate.

 

Por Paula Bistagnino

11 de febrero de 2020

https://www.infobae.com/sociedad/2020/02/11/conocen-la-prostitucion-en-carne-propia-y-tienen-posturas-opuestas-por-que-algunas-creen-que-es-trabajo-y-otras-que-es-explotacion/

 

La semana pasada, Jimena Barón lanzó una campaña que simulaba un volante callejero de una prostituta para promocionar su tema “Puta”. El tema puso en el debate público una discusión que atraviesa y divide al feminismo (@jmena)

 

El afiche de Jimena Barón que simulaba un volante callejero de una prostituta para promocionar su tema “Puta” puso en el debate público una discusión que atraviesa y divide al feminismo (o los feminismos, como se nombra hoy a este movimiento) hasta volverse una grieta que parece infranqueable: ¿la prostitución puede ser considerada un trabajo que se elige y desarrolla libremente? ¿O es siempre una situación en la que hay una mujer vulnerada y víctima de un sistema que la violenta?

A esa pregunta hay básicamente dos respuestas: 1) La prostitución no es ni puede ser un trabajo y por lo tanto debe ser abolida; 2) La prostitución es un trabajo cuando se elige como tal y, como el resto, debe serregulado por el Estado y contemplar derechos para quienes la ejercen. Quienes defienden la primera postura se llaman “abolicionistas” y quienes defienden la segunda postura son llamadas por el abolicionismo “regulacionistas” o “reglamentaristas”.

Entre unas y otras hay algunas miradas conciliatorias y otras más radicales, pero la discusión está dominada por estas dos posturas y tiene décadas de historia. Ahora, con la estrategia de marketing de Barón –muy exitosa en términos de mercado pero muy costosa en términos personales– explotó en los medios y, aunque todo el feminismo se da el debate público,las protagonistas son las trabajadoras sexuales y quienes fueron víctimas de explotación sexual o trata.

“Todas vendemos el cuerpo en este sistema”

“El trabajo sexual es la actividad voluntaria y autónoma de ofrecer y/o prestar servicios de índole sexual a cambio de un pago para beneficio propio”, dice el proyecto de ley que en 2013 presentó la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR), creada a mediados de los 90 para pelear por los derechos de las prostitutas.

Georgina Orellano, secretaria general de AMMAR-Putas Feministas, junto a Jimena Barón: “Hay un vacío legal que se usa para penalizarnos”, dijo a Infobae.

 

Y su secretaria general actual, Georgina Orellano, agrega: “Somos mayores de 18 años que ejercemos el trabajo sexual por voluntad propia. Por ese servicio nosotras cobramos y es un intercambio comercial como el de muchos otros servicios. Buscamos entonces ser reconocidas como trabajadoras por ley, poder facturar a través del Monotributo, tener obra social, derechos y obligaciones como todos los trabajadores y trabajadoras”.

Aquel proyecto de ley perdió estado parlamentario en 2015 y no volvió a presentarse. Hoy, explica Orellano a Infobae, la pelea prioritaria es por ladespenalización del trabajo sexual y desde allí llegarán los derechos. Es que si bien el trabajo sexual en la Argentina hoy no está prohibido, tampoco está permitido: el Estado argentino se declaró abolicionista en 1957, cuando adhirió al Convenio contra la Trata de la ONU y no penaliza la prostitución, sino a quienes explotan a otras personas con este fin.

Georgina Orellano ejerce la prostitución desde hace casi 20 años

 

“En términos concretos esto es un vacío legal que se usa para penalizarnos”, sigue Orellano. En ese ese vacío legal no tenemos derechos y se confunde nuestro trabajo con delitos como la trata de personas y el proxenetismo. Por eso todavía hoy hay mucho prejuicio en torno a nuestro trabajo, seguimos siendo criminalizadas y estigmatizadas, y queremos que la sociedad no nos vea como víctimas sino como ciudadanas con derechos”.

Melisa D’Oro es jubilada docente y fue la primera maestra trans de la Ciudad de Buenos Aires. Hace 15 años, cuando se separó de la madre de sus hijas y necesitó otro ingreso, eligió el trabajo sexual: “En la práctica está recontra penalizado: es imposible pararse en una esquina a trabajar y ni te cuento si quisiera alquilar un departamento con dos compañeras para compartir los gastos: de base te cuesta el doble o el triple, porque no podés demostrar ingresos. Pero además corremos el riesgo de ir presas, porque pueden considerar que una explota a otras. Dos psicólogas o dos peluqueras lo pueden hacer, pero dos prostitutas no”, dice a Infobae.

Melisa D’Oro es jubilada docente y hace 15 años, cuando necesitó otro ingreso, eligió el trabajo sexual: “No me interesa romantizarlo. No es el paraíso. ¿Pero acaso es el paraíso limpiar baños o trabajar 12 horas en la caja de un supermercado?”.

 

D’Oro rechaza que la llamen “regulacionista”: “No hay puta en el mundo que sea reglamentarista o regulacionista. Eso un invento del abolicionismo: nosotras no queremos regular nada, porque en realidad la prostitución ya está legislada en Argentina: a través del código penal y distintas resoluciones que no nos permiten ejercer nuestro trabajo libremente, que nos persiguen y criminalizan. Lo que somos nosotras es pro-derechos: queremos ser libres de trabajar y queremos tener los derechos que nos corresponden”.

D’Oro, que es secretaria de Diversidad de AMMAR (hoy rebautizada AMMAR-Putas Feministas), la organización que nuclea a unas 6500 trabajadoras sexuales de todo el país, agrega: “No me interesa romantizarlo. De hecho, no lo hago y cuando vienen chicas al sindicato les digo que lo piensen muy bien, que no es el paraíso. ¿Pero acaso es el paraíso limpiar baños o trabajar 12 horas en la caja de un supermercado? Yo lo elegí y lo elijo. Pero no quiero tener que manejarme en la clandestinidad y privada de los derechos que tienen las que eligen otros trabajos”.

Melisa D’Oro es jubilada docente y fue la primera maestra trans de la Ciudad de Buenos Aires. Cuando se separó y necesitó más ingresos, eligió el trabajo sexual: “En mi cuerpo yo decido”, sostiene.

 

“No estamos contra las trabajadoras, sino contra el sistema prostituyente”

El “abolicionismo” considera a la prostitución como una forma de violencia contra las mujeres y plantea que podría desterrarse con -entre otras acciones y políticas públicas- campañas educativas contra el consumo de prostitución, la penalización de los clientes (a quienes llama “varones prostituyentes”) o la prohibición legal de su ejercicio. Muchas de sus defensoras se consideran sobrevivientes de lo que llaman un “sistema prostituyente” que es parte y reproduce una sociedad desigual e injusta.

Graciela Collantes, quien fue víctima de trata, dice: “No somos moralistas, somos realistas: la prostitución hizo y hace estragos con nuestras vidas”.

 

Es el caso de Graciela Collantes, quien fue víctima de trata y una de las fundadoras de AMMAR en los 90. Pero en 2003 empezó a militar el abolicionismo y creó la Asociación de Mujeres Argentinas por los Derechos Humanos (AMADH): “Empezamos a darnos cuenta de que habíamos sido víctimas de un sistema que se sirve de mujeres, travestis y trans, sobre todo pobres, que no pueden elegir. Este sistema naturaliza costumbres, reproduce roles de género, somete a nuestros cuerpos a la cultura del consumo capitalista: somos objetos que el dinero puede comprar para usar”, dice a Infobae.

Collantes dice que el abolicionismo es una herramienta de lucha: “Nos permitió conocer nuestros derechos y pelear por ellos; es un marco de Derechos Humanos que nos protege. Hay que saber que este es un problema social y que no se resuelve con la legalidad. Y además, si la prostitución fuera reconocida como un trabajo, se ocultaría todo aquello que trae consigo: sometimiento, explotación, vulneración de derechos, violencia. Las sobrevivientes y militantes abolicionistas acompañamos todos los días a mujeres, travestis y trans que sufren las consecuencias del paso por el sistema prostituyente, o que resisten la violencia porque todavía están adentro”.

Alma Fernández, activista travesti y por los derechos humanos, dice que la prostitución no puede ser considerada un trabajo cuando para las personas travestis y trans en Argentina es la única opción de supervivencia.

 

Fernández, activista travesti y por los derechos humanos, dice que la prostitución no puede ser considerada un trabajo cuando para las personas travestis y trans en Argentina es la única opción de supervivencia: “¿Quién puede elegir? Yo soy abolicionista porque a los 13 años fui empujada a la prostitución y yo no lo elegí. ¿Pueden las adolescentes estar eligiendo eso?”, se pregunta.

Y agrega: “La prostitución es la principal causante de que no podamos tener un proyecto de vida, pensarnos por ejemplo como personas con la posibilidad de estudiar para trabajar de otra cosa. Yo milito el abolicionismo porque creo que se tienen que acabar todas las opresiones de este mundo: sin igualdad de oportunidades, esto que quieren llamar trabajo sexual lo vamos a hacer siempre las pobres, las negras, las travas, las trans, las migrantes, las de los barrios, las de las villas. Somos nosotras las que ponemos el cuerpo, como asignadas a este destino de prostituirnos”.

Entre los reclamos del abolicionismo al Estado, están no sólo las políticas educativas, sino también las de acceso a la vivienda, salud, inclusión laboral. Y también la reparación a las sobrevivientes y víctimas. “Regular hoy la prostitución sería volver atrás y volver a tapar todo esto que estamos denunciando, y encima con la complicidad del Estado. Esto no significa que estemos en contra de las mujeres en prostitución. El abolicionismo no prohíbe”, dice Collantes.

¿Una cuestión moral?

Las trabajadoras sexuales que pelean por derechos dicen que el abolicionismo lo que hace es moralizar el debate: “El problema es que hay sexo en el medio. No se cuestionan otros trabajos en los que también puede haber trata o explotación. ¿Por qué dicen que ninguna mujer elige ser puta pero no dicen que ninguna mujer elige limpiar culos?”, dice D’Oro, que ve como una manto de hipocresía el posar la mirada en la prostitución.

¿Por qué dicen que ninguna mujer elige ser puta pero no dicen que ninguna mujer elige limpiar culos?”, dice D’Oro.

 

“¿Por qué nos piden a las trabajadoras sexuales que seamos las que terminemos con el patriarcado y el machismo? Nuestros clientes no son más machistas que los jefes de la fábrica, los compañeros del banco o los jueces. Y ahí también hay que desmitificar: nuestros clientes son sus hermanos, sus novios, sus tíos y sus padres e hijos… Es el patriarcado judeo-cristiano el que penaliza que se pague el sexo, porque todo lo demás que se dice no se sostiene: al condenarnos a la ilegalidad, a nosotras nos atan las manos para combatir la trata y el proxenetismo”.

Y compara el debate con el de la legalización del aborto y la marihuana: “El discurso abolicionista puede ser ideal, pero no es realista y no resuelve nada: en un futuro podemos ver si socialmente cambiamos algo, pero no se va a terminar la prostitución”.

La activista travesti Alma Fernández dice: “Yo soy abolicionista porque a los 13 años fui empujada a la prostitución y yo no lo elegí”.

 

Collantes, por su parte, asegura que es la única manera de terminar con la trata y que solo cuando todas las mujeres tengan otras oportunidades de inserción laboral se va a poder decir que alguna elige la prostitución: “No somos moralistas, somos realistas: la prostitución hizo y hace estragos con nuestras vidas y las de miles de mujeres. Yo sufrí la explotación sexual y la trata, y no quiero eso para nadie más. Contar esta realidad y combatirla es lo único que nos llevará a terminar con esto”.