Prostitución, feminismos y derecho penal,

de Mª Luisa Maqueda Abreu.

Granada, Comares, 2009

https://www.marcialpons.es/libros/prostitucion-feminismos-y-derecho-penal/9788498365023/

 

Recensión por

Francisco Majuelos

Universidad de Almería

España

Correspondencia: Francisco Majuelos. CEMyRI. Universidad de Almería. Ctra. De Sacramento s/n. 04120­La Cañada de San Urbano (Almería). España.

 

© Revista Internacional de Estudios Migratorios. CEMyRI. UAL (España)

 

“A modo de recapitulaciòn, Maqueda se refiere a ‘un continuum de despropòsitos legislativos en el abordaje jurídico del fenòmeno de la prostituciòn’ a causa de ‘la herencia determinante del abolicionismo. En su contexto, las víctimas no nos dejan ver a los sujetos de derechos que hay detrás, no interesa su autonomía ni el respeto a su propia subjetividad, ni su dignidad, ni su integridad ni, desde luego, su libertad’”

 

El libro que reseñamos aborda diferentes cuestiones relacionadas con la prostitución, las polémicas en relación a ella y los interrogantes que se suscitan en torno a la posible regulación de la prestación voluntaria de servicios sexuales. El texto se articula por medio de tres capítulos que, si bien poseen cierta identidad propia, mantiene una continuidad argumental y un alto nivel de conexión analítica.

En el primer capítulo, titulado „los orígenes de la prostituciòn contemporánea., se traza un bosquejo de la incorporación de la ideología abolicionista en la legislación internacio­nal y en las políticas públicas en relación con la prostitución y algunos de los fenómenos con los que habitualmente se vincula, como el tráfico o la trata. La autora nos sitúa en la segunda mitad del siglo XIX, en el contexto del desarrollo del capitalismo industrial: “la prostitución moderna vendría asociada a su vinculación con una clase social —las prostitutas eran las hijas no cualificadas de las clases no cualificadas— y el interés del estado por controlar la vida de los pobres” (p. 6). El incipiente abolicionismo, surgido como crítica a los aspectos más insoportables del reglamentarismo decimonónico, iría ganando terreno debido a diversos factores: los cambios sobrevenidos en el mercado de la prostitución, el fuerte desarrollo experimentado por ésta a finales del siglo XIX, la entrada en escena del llamado tráfico sexual de mujeres – alentado por su fuerte publicitaciòn y el „pánico moral. asociado a ella, respaldado por el abolicionismo-, etc. (p. 8). Este fenómeno provocaría la movilización en diferentes países organizándose múltiples eventos y suscribiéndose distintos convenios, hasta culminar en lo que Maqueda define como la “obra más representativa “del feminismo abolicionista: la Convenciòn de Naciones Unidas para la represión de la trata de seres humanos y de la explotación de la prostitución ajena, firmada en Nueva York el 21 de marzo de 1950 (p. 9).

En el segundo apartado de este capítulo, la autora traza el camino recorrido durante casi medio siglo hasta la firma del citado convenio, resaltando algunos aspectos de gran transcendencia: la contradicción inicial de muchos estados con políticas reglamentaristas en sus propios territorios, que suscribirían un acuerdo acusadamente abolicionista; el contenido criminalizador del entorno de la prostitución presente en el convenio; o el desconocimiento en él del principio de autonomía de la voluntad de la persona, reconocido en otros textos de carácter internacional. “Este convenio de 1950 condicionaría, de forma determinante, el devenir de las políticas sobre prostituciòn en los distintos países” (p. 13).

En el tercer apartado, Maqueda analiza los aspectos esenciales relacionados con la ideología abolicionista a partir de la finalización de la segunda guerra mundial, época a partir de la cual se iniciarían cambios profundos en los órdenes moral y sexual, particularmente en las ideas y las prácticas relacionadas con el sexo, así como su posterior vinculación a la industria del turismo y del ocio, y las ideas y hábitos sociales favorables a una normalización de la prostitución (p. 15). La evolución ideológica en el seno del propio feminismo, particularmente el feminismo cultural logrará imponer una jerarquía moral entre las mujeres en función de lo sexualmente correcto y considerará a la prostitución como una manifestación del poder de los hombres sobre las mujeres y de la imposición de la sexualidad masculina, vinculando esencialmente el placer masculino a la victimización, el daño y la explotación de la mujer. Asimismo se analizarán las influencias ejercidas por esta ideología en las políticas nacionales, en particular en el caso sueco, modelo de referencia del nuevo discurso feminista sobre la prostitución, que incorpora “otro de los grandes principios del abolicionismo radical: la negaciòn del derecho a prostituirse” (p. 20) y la penalizaciòn del cliente, consolidándose un concepto de prostitución que la conciba como explotación sexual.

También se hará un breve recorrido por el caso español, donde la tardía preocupación del feminismo por la prostitución, no ha impedido que se haya abierto paso en el ámbito institucional el ideario abolicionista: la prostitución como violencia de género, como sometimiento al deseo masculino; el sexo de pago como ausencia de libertad en el ejercicio de la sexualidad; la victimización de la prostituta y la desconsideración de su autonomía; la negación de la distinción entre prostitución libre y forzada, o su vinculación con el tráfico sexual; etc.

Su evaluación y conclusiones quedan reflejadas en los dos puntos finales respectivamente, y las aportaciones que ofrece no pueden ser más demoledoras: el mercado clandestino monopolizado por la delincuencia organizada, consecuencia de los regímenes prohibicionistas (p. 35); el incremento de la victimización, el estigma, la discriminación y la clandestinidad (p.37); concluyendo para el caso sueco que “procede levantar ‘acta de fracaso’ de la iniciativa legal sueca, cuyo principal avance ha sido garantizar la victimización de un colectivo que con ella se ha hecho más vulnerable” (p.38); y para el caso español, a los efectos invisibilizadores del prohibicionismo, habría que añadir el “amplio margen de inseguridad jurídica en la aplicaciòn de la nueva normativa penal” que los ambiguos términos de „explotaciòn sexual. provocan en relación a la difícil prueba del lucro punible (p. 40).

En el capítulo segundo, «los nuevos discursos: de la autodeterminaciòn sexual al reconocimiento de derechos», la autora realiza un análisis de los discursos en torno a la prostitución, un proceso de deconstrucción/construcción del concepto de prostitución que sea apropiado para el objetivo de “reconocimiento de la prostituciòn voluntaria como una práctica social – legal y regulada-” (p. 41).

El primer apartado se dedica a precisar los rasgos definitorios de un concepto adecuado de prostitución, necesariamente liberado de los tópicos y de las construcciones ideológicas que lo contaminan asociándole prácticas distintas a la prostitución y que, sin embargo, acaba por asimilar, insistiendo en los elementos que le son sustanciales: la prostitución como práctica social, la prostitución como sexo libremente pactado y la prostitución como actividad económica diversificada en un mercado internacionalizado.

En el segundo apartado, se aborda la construcciòn de una definiciòn “científica” de la prostituciòn: “la prestaciòn voluntaria y negociada de servicios sexuales remunerados”. A partir de esta definición, Maqueda precisa el contenido de los elementos que la componen, en relación a los discursos abolicionistas: la prostitución forzada no existe, es decir, que la prestación coercitiva de servicios sexuales no puede ser considerada prostitución; la prostitución como servicio sexual que se presta por quien recibe dinero a cambio implica que no se trata de una relación recíproca de sexo, en la medida en que quien ofrece servicios sexuales no mantiene “relaciones sexuales”; la prostituciòn como práctica y como profesiòn, que asimile la prostitución a un contexto público como trabajo sexual, que permita el reconocimiento de derechos sociales y laborales a sus protagonistas.

La voluntariedad inherente al concepto de prostitución propuesto es la clave para la opción al reconocimiento de un espacio de libertad en el ejercicio de la sexualidad, al que la autora asocia con la decisión de trabajar en el mercado del sexo y que vincula al discurso liberal: la prostitución no sería sino la expresión del derecho sexual de cualquier persona a disponer de su propio cuerpo. Es desde esta perspectiva desde la que la que se analizan las posibilidades de fundamentación de su propuesta regulatoria desde el discurso liberal, que reconoce no unívoco y que plantea diferentes problemas cuando se plasma en propuestas de intervención social: el modelo no intervencionista tanto en cuanto sitúa la libertad sexual en el terreno de lo privado; el modelo regulacionista, que intenta transformar los problemas sociales en problemas de orden público, mutando en un nuevo prohibicionismo que se vuelve contra las trabajadoras sexuales, ante la indiferencia del feminismo abolicionista respecto de los problemas humanos de las prostitutas.

El cuarto apartado analiza el discurso social de reconocimiento de derechos para el que parte de dos ideas clave: la prostitución como actividad económica y la prostitución como trabajo. Maqueda presenta diferentes aportaciones de esta perspectiva tanto desde la sociología como del derecho. Y su marco ideològico de partida “de ese reconocimiento de la prostitución como trabajo sexual no puede ser otro, por lo menos formalmente, que el estado social: sustraer de la condición de trabajadoras a las mujeres que ejercen la prostitución es sustraerlas también de los derechos asociados a los modelos de Estado de Bienestar” (p.95). A continuaciòn ejemplifica, y evalúa, esta perspectiva mediante el modelo holandés, al que reconoce su capacidad de mejora de la situación de las trabajadoras sexuales, si bien entre sus insuficiencias reconoce las dificultades de aplicación por falta de recursos, la peor posición laboral de las trabajadoras autónomas o la discriminación que supone para las trabajadoras extranjeras no comunitarias que están fuera del ámbito de protección en este modelo, al no ser fuente de reconocimiento laboral para su regularización administrativa, por razones de „interés nacional.. Otras insuficiencias del modelo laboral quedan recogidas en este apartado final del capítulo II, particularmente las que provienen del cuestionamiento de la ciudadanía laboral como fuente exclusiva del reconocimiento de derechos por parte de los estados, o las que propugnan una vía emancipadora desligada del concepto de ciudadanía. En cualquier caso la posición de la autora es clarísima al respecto: “quedarse fuera de la lògica del derecho sòlo atrae debilidades y conti­nuismo en la desprotecciòn de uno de los colectivos que más desprotegidos están” (p. 102).

En el capítulo tercero, „el discurso jurídico y la legalidad penal, se aborda esa visiòn tradicional del derecho “como portavoz de una reacciòn social contra la prostituciòn, en tanto que forma de desviaciòn” (p. 103), presentándonos el tránsito desde los regímenes reglamentaristas a los prohibicionistas, bajo la influencia del abolicionismo, desde la perspectiva del cambio en el discurso jurídico, que desplazaría el acento en la moralidad y la degradación desde la prostituta a la prostituciòn misma, un proceso cuyo resultado “ha sido el de la creaciòn de un espacio sin derechos, en el que el Derecho cada vez más explícitamente, se ha dejado ver como un instrumento de expulsión del entorno económico, político y social” (p. 107). Se abordan también diversas cuestiones acerca del estatus jurídico de la prostitución en nuestro país caracterizado precisamente por la ausencia de estatus alguno, cuya posibilidad de regulación indaga Maqueda desde distintas fuentes, buscando salvar los diferentes escollos doctrinales que impiden la regulación de la prostitución. En primer lugar, tras exponer los fundamentos jurídicos de la legalización de la actividad del alterne, intenta salvar, desde la tradición de la doctrina de la jurisprudencia, el principal escollo para la legalización de la prostitución con participación de terceros que representa el art. 188.1 del código penal tras su reforma de 2003. Frente al discur­so de la explotación sexual, iniciado en la Convención de las naciones Unidas de 1950, que justifica el reproche penal a la obtención de un aprovechamiento económico de la prostitución ajena, la autora considera que la acción punitiva sólo estaría justificada por los “abusos a esas necesarias reglas de ejercicio –voluntario- de la prostituciòn” (p.118), lo cual apoya en diferentes pronunciamientos penales, de tal manera que la interpretación del concepto de explotación sexual se aproximaría a la idea de explotación laboral derivada de la imposición de condiciones abusivas de trabajo, propuesta que considera compatible con las diferentes definiciones internacionales, apelando para ello, entre otras fuentes, al último informe criminológico de la Guardia Civil (que tal vez por ello fue el último). Respecto a la „prestaciòn coercitiva de servi­cios sexuales, la autora duda de que se pueda en tales casos hablar de prostituciòn: “si no hay consentimiento en la prestación de servicios sexuales, ni mínima reciprocidad en la obtención de beneficios, no hay prostituciòn” (p. 123), prefiriendo caracterizar tales acciones como agresiones o abusos sexuales, o rescatando la figura penal de la „servidumbre.. Paralelo recorrido realiza la autora respecto de las relaciones entre trata, tráfico y prostitución, resultado de la confusión conceptual derivada de la introducción de las variables vulnerabilidad y precariedad administrativa como elementos definitorios de dichas figuras, y la construcción de un discurso fundado en la vulnerabilidad con “una alarmante fuerza de convicción. Su componente emocional ha hecho estragos en el mundo del derecho” (p.133).

A modo de recapitulaciòn, Maqueda se refiere a “un continuum de despropòsitos legislativos en el abordaje jurídico del fenòmeno de la prostituciòn” a causa de “la herencia determinante del abolicionismo. En su contexto, las víctimas no nos dejan ver a los sujetos de derechos que hay detrás, no interesa su autonomía ni el respeto a su propia subjetividad, ni su dignidad, ni su integridad ni, desde luego, su libertad” (p. 138). Apoyándose en ello propone una revisiòn de las leyes “bajo un nuevo discurso ‘liberal’ de reconocimiento de derechos, en el que se representaran a unos actores sociales que se mueven voluntariamente en un contexto – sexual-tan digno de ser reconocido y jurídicamente tutelado como cualquier otro” (p. 139), pretensión del llamado modelo laboral y que descartó el Informe Final de la Ponencia de 2007.

Por último, la autora confía en que sea la práctica judicial, mediante una interpretación ajustada constitucionalmente, la que permita la obtención de derechos sin necesidad de que el legislador introduzca modificaciones. Aún así, quedarían por fijar los límites legales al ejercicio de la prostitución como opción individual y como actividad asalariada. Sería necesario analizar los procesos y los actores presentes en ellos, para evitar una criminalización indiscriminada de todos ellos, situando los límites de intervención penal en los casos graves de abuso en la obtención del lucro y en la imposición de las condiciones laborales abusivas en la prestación voluntaria de los servicios.

A pesar de la confianza expresada, no deja de resultarnos llamativa una de las últimas líneas del texto que comentamos: “el lenguaje ambiguo y equívoco de las leyes se ha convertido en el mejor aliado de una política criminal marcada por el eficientismo político” (p. 148).

Estamos pues, ante un texto de enorme interés, que aborda la problemática de una posible legalización de la prostitución desde una perspectiva muy sugerente y que, al margen del realismo y viabilidad de sus propuestas, informa de los múltiples elementos que dificultan o participan en tal hipotética medida, los deconstruye en lo que de artefacto ideológico sostienen, y trata de armar una definición que pueda permitir su consistente fundamentación jurídica, constitucional, y su regulación legal. Se trata de un libro abundantemente documentado desde fuentes diversas, que nos presenta de forma comprensible las claves que marcan la consideración de la prostitución y los impedimentos para tal normalización jurídica y social. Especialmente relevante es el desenmascaramiento de los condicionantes ideológicos que el abolicionismo ha impuesto no ya en el tratamiento penal de la prostitución y de otros fenómenos habitualmente asociados a ella, sino en la vida misma de las trabajadoras sexuales y de su entorno social.

Mucho nos tememos que el camino por recorrer sea más complicado de lo que la clarividencia que la autora nos muestra en este libro permitiría suponer, pero no nos cabe duda de que se trata de un instrumente valiosísimo para entender el fenómeno que analiza y las problemas que deja pendientes de resolver.

 

 

 

 

 

 

¿Es el feminismo antisexo un paso atrás para los derechos de las mujeres?

 

Por Jerry Barnett

12 de junio de 2013

Is Anti-Sex Feminism a Step Backwards for Women’s Rights?

 

A mis cuarenta y tantos años, pertenezco a una generación cuyas madres abrazaron el feminismo de la segunda ola —o Movimiento de Liberación de la Mujer, como era más conocido en ese momento— a fines de los sesenta y principios de los setenta. Llegué a la mayoría de edad leyendo Spare Rib y otras revistas feministas que mi mamá dejaba por ahí, y recuerdo la importancia de la liberación sexual para las feministas de aquellos días. De hecho, esas revistas constituyeron el primer «porno» que encontré; mi recuerdo perdurable son los artículos sobre los derechos de las mujeres a disfrutar de los orgasmos. Aprendí lo que era un clítoris leyendo artículos feministas humorísticos sobre la incapacidad de los hombres para encontrarlo. Aprendí que las mujeres, como los hombres, tenían impulsos sexuales y no debían ser juzgadas como «putas» si decidían ejercitarlos, ni ser «protegidas» de sus propias necesidades sexuales.

Pero cuando me volví políticamente activo a principios de los 80, gran parte del movimiento feminista parecía haber pasado por una transformación drástica: de alegre a sin humor, de sexual a asexuado, de una celebración de todo lo femenino a un abrazo de la androginia. La década de 1980 fue una época profundamente conservadora en la que gran parte de los logros del Movimiento de Liberación de la Mujer y la revolución sexual fueron atacados, y el movimiento feminista no fue inmune a esa marea conservadora.

La división en el movimiento feminista había sido liderada por dos poderosas activistas antisexo estadounidenses, Catharine MacKinnon y Andrea Dworkin. Si bien Dworkin tenía raíces en la política progresista, MacKinnon no: su padre había sido un político y abogado republicano extremadamente conservador, que había estado involucrado en la caza de brujas del «miedo lavanda» contra los homosexuales durante la era McCarthy. MacKinnon, abogada como su padre, usó tácticas similares para atacar la expresión sexual.

MacKinnon y Dworkin consternaron a muchas feministas al compartir plataformas contra la pornografía con la derecha religiosa, que en ese momento —con el apoyo de la administración Reagan— estaba tratando de desmantelar los logros del movimiento feminista, incluido el acceso a la anticoncepción y el aborto. Las “MacDworkinistas” atacaron aún más algunos de los fundamentos del feminismo; declararon que la pornografía era una violación y que, por lo tanto, ninguna mujer podía consentir en aparecer en la pornografía, reduciendo así a las mujeres artistas porno a meros objetos y víctimas, que necesitaban ser rescatadas pero cuyas propias opiniones se consideraban sin valor.

Peor aún, atacaron la idea de que la violación es culpa de los violadores. Al vincular la pornografía con la violación (sin, debe enfatizarse, ninguna evidencia de investigación que respalde esta creencia), trasladaron la culpa del violador a la pornografía. En otras palabras, estaban de acuerdo con la idea patriarcal tradicional de que no se podía culpar a los hombres de una violación si las mujeres alardeaban de sus cuerpos. En su libro Only Words, MacKinnon llegó a argumentar que un brutal asesino / violador, Thomas Schiro, no tenía la culpa de su crimen, porque había visto pornografía de antemano. Este argumento, aunque expresado en lenguaje feminista, no es diferente al que sugiere que las mujeres no deben usar ropa “provocativa” si desean permanecer seguras; de hecho, es la línea de pensamiento que lleva a las religiones conservadoras a insistir en que la carne femenina debe cubrirse: los hombres (argumentan) son simplemente incapaces de controlar su propia lujuria, y las mujeres desnudas incitan a la bestia.

Dworkin y MacKinnon no solo apuntaron a la pornografía, sino que también atacaron a las feministas sexualmente positivas, negándose a compartir plataformas de debate con feministas que no estaban de acuerdo con ellas e incluso tratando de suprimir las obras de autoras feministas con las que no estaban de acuerdo. Durante estas “Guerras Sexuales Feministas” de la década de 1980, las MacDworkinistas lideraron una división en el movimiento feminista que existe hasta el día de hoy. Su objetivo era censurar la pornografía; esto finalmente fracasó, porque la Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos prohíbe la censura. Pero las ideas que crearon fluyeron por todo el mundo y han permanecido como parte del discurso feminista durante las últimas tres décadas.

La fuerza más potente a favor de la censura en Gran Bretaña durante las décadas de 1970 a 1990 fue el movimiento liderado por la temible activista cristiana, Mary Whitehouse. Pero Gran Bretaña se estaba convirtiendo en una sociedad cada vez más liberal y laica, y cuando murió en 2001, su mensaje de «antipermisividad» era un blanco de burlas más que de apoyo generalizado. Esto, sin embargo, no significaba que la moralidad antisexo hubiera muerto, sino que ya no podía presentarse en un envoltorio religioso.

En cambio, el movimiento moral se reagrupó, utilizando el lenguaje y las ideas feministas MacDworkinistas, y se presentó como un movimiento por los derechos de las mujeres, en lugar de como un movimiento moralista. Los principales grupos feministas antisexo en Gran Bretaña hoy, Object y UK Feminista, son pequeños y parecen no ser representativos de la corriente feminista dominante, pero reciben una generosa cobertura de los medios. Están contra todas las expresiones sexuales y eróticas, desde el striptease hasta la pornografía. Al igual que Dworkin y MacKinnon, se niegan a aceptar que las mujeres que se desnudan o tienen sexo frente a la cámara tienen derecho a dar su consentimiento; en cambio, estas mujeres son etiquetadas como víctimas, y cuando las propias mujeres se presentan para defenderse (como sucedió en Tower Hamlets, East London, donde las strippers se sindicalizaron para proteger su derecho al trabajo), son despedidas como herramientas de «sus proxenetas», y sus voces reprimidas. “Shelley”, una stripper y activista sindical, me dijo, en referencia a las activistas feministas antisexo:

Parece muy incorrecto que estén tratando de dictar qué podemos hacer para ganarnos la vida, qué podemos hacer con nuestros cuerpos, cómo podemos expresarnos y hacer juicios tan extremos sobre lo que podemos hacer. Básicamente, decirnos que no tenemos derecho a elegir lo que estamos haciendo. Y creo que el mayor insulto que hemos escuchado contra nosotras es la idea de que cualquier bailarina que diga que disfruta de lo que hace es el mejor ejemplo de lo abusadas ​​que somos sin siquiera darnos cuenta, de que estamos sufriendo síndrome de Estocolmo, de que estamos enamoradas de nuestros abusadores… ¡es un insulto masivo!

Así como Dworkin y MacKinnon compartieron plataformas con la derecha cristiana de Estados Unidos, estas nuevas feministas antisexo comparten plataformas con moralistas religiosos: en Tower Hamlets, los mítines de la campaña antistriptease presentaron oradores de moralidad religiosa junto con feministas antisexo. Las strippers que asistieron a los mítines y trataron de hablar por sí mismas se encontraron con la oposición tanto de feministas como de mujeres con burka: algunas podrían ver ironía en esto. Oradoras de Object y UK Feminista a veces se encuentran en paneles de televisión sentados junto a representantes de Mediawatch-UK, la organización de Mary Whitehouse. Las activistas del Movimiento de Liberación de la Mujer, para quienes Whitehouse era una enemiga de los derechos de las mujeres, estarían consternadas por este giro de los acontecimientos.

Uno podría encontrarse apoyando u oponiéndose a la postura adoptada por Object y UK Feminista; pero más importante que los sentimientos personales sobre la pornografía, o la ideología de uno, es la evidencia. En pocas palabras, ¿existen pruebas que demuestren que la exhibición pública de la forma femenina conduce a la violencia contra las mujeres, como afirman los activistas a favor de la censura? La respuesta corta es no. La simple idea de que los hombres que miran imágenes femeninas es más probable que lastimen a las mujeres es insultante y (lo que es más importante) carece de evidencia de apoyo. De hecho, en las últimas cuatro décadas, que han visto un gran relajamiento de las restricciones a la pornografía y otras expresiones sexuales, también se han producido caídas significativas en los delitos violentos, incluida la violencia sexual, en todo el mundo occidental. En los Estados Unidos, que mantiene estadísticas federales exhaustivas sobre la delincuencia, se informa que la incidencia de violaciones se redujo en un 85% entre 1981 y 2006, en un momento en que el uso de la pornografía aumentaba rápidamente. Si bien no está claro qué es lo que es responsable de esta tendencia, una cosa es segura: esto es lo contrario de la correlación que afirman las activistas contra la pornografía.

La ferocidad del debate sobre la expresión sexual podría llevar a un observador casual a creer que la evidencia sobre el daño es convincente, o al menos ambigua. Pero no lo es. A pesar de décadas (bueno, siglos: la primera ley de obscenidad de Gran Bretaña fue aprobada en 1857) de intentos moralistas de prohibir la expresión sexual, el hecho verdaderamente sorprendente es que no se ha producido una prueba irrefutable. No hay evidencia de que la expresión sexual y erótica que involucre a adultos que consientan sea dañina para las mujeres. La evidencia, de hecho, dice lo contrario: lo más peligroso que puede hacer una sociedad es tratar de reprimir los impulsos sexuales naturales. La violencia sexual se correlaciona, no con la disponibilidad de pornografía, sino con la prevalencia de actitudes religiosas conservadoras. El cuerpo desnudo de la mujer está más «sexualizado» cuando está cubierto y convertido en tabú. Los intentos de culpar de la violación y la violencia doméstica a las imágenes eróticas y sexuales son, en el mejor de los casos, equivocados y, en el peor, desvían a la sociedad de abordar las verdaderas causas de estos flagelos.

El feminismo antisexo está, por supuesto, lejos de la corriente principal. El feminismo positivo al sexo es quizás tan fuerte como siempre. Un número creciente de directoras porno feministas, en lugar de atacar al medio, se ha propuesto mejorarlo. La convención anual de los Feminist Porn Awards en Toronto crece año tras año. El fenómeno SlutWalk de 2011 vio a miles de mujeres (y simpatizantes masculinos) en todo el mundo manifestarse contra el avergonzamiento de ser putas y defender su derecho a usar sus propios cuerpos como elijan, sin estigma.

Como hombre, no veo al feminismo antisexo como «odio a los hombres», como algunos lo describen; su odio parece estar dirigido principalmente a las mujeres liberadas sexualmente. De hecho, muchas actrices porno y strippers con las que he hablado, incluidas buenas amigas mías, dan fe del hecho de que los ataques de odio más fuertes que experimentan no provienen de hombres, sino de mujeres que se autodenominan feministas. «Shelley» me dijo:

Nunca me he sentido como un objeto en un sentido despectivo; mi público ciertamente nunca me hizo sentir así. Las únicas personas que me han etiquetado de esa manera, y me han hecho sentir así, son Object y grupos feministas similares.

Para mí, lo más triste del feminismo antisexo es que presenta a las mujeres como criaturas delicadas que necesitan protección. Las mujeres, en su cosmovisión, no pueden consentir en ser strippers, estrellas porno o modelos glamorosas. Esta representación de las mujeres como criaturas que (a diferencia de los hombres) necesitan ser protegidas de esta manera es lo opuesto al feminismo que creó la generación de mi madre. Es notablemente parecido a la representación del «sexo débil» popular en la cultura victoriana.

Y lo más sorprendente para mí es que ninguna de las mujeres que conozco o he conocido en mi vida se ajusta a este estereotipo. La mayoría de las mujeres de mi edad y más jóvenes disfrutan de la pornografía tanto como los hombres: de hecho, las investigaciones sugieren que, lejos de tener gustos más delicados que los hombres, las mujeres se excitan con una gama mucho más amplia de imágenes sexuales que los hombres. La posición de la mujer en la sociedad ha avanzado mucho durante las cuatro o cinco décadas transcurridas desde la revolución sexual y el movimiento feminista de la segunda ola. Es decepcionante ver que algunas personas todavía intentan retroceder en el tiempo.

 

Jerry Barnett es un activista por la libertad sexual y fundador de la campaña Sex & Censorship. Su libro, Porn Panic! Sex and Censorship in the 21st Century se publicará a principios de 2014. Se le puede contactar en sexandcensorship.org

El Patronato de Protección a la Mujer: Prostitución, moralidad e intervención estatal durante el franquismo

  • Multa de 25 pesetas por no llevar medias
  • Un bando municipal de 1940 prohibió a las toledanas de la época salir a la calle pintadas y sin medias. El alcalde emitió entonces varias normas para evitar «una ola de inmoralidad»
  • En un sentido más amplio se podría decir que su función general (del Patronato de la Mujer) estuvo ligada a la difusión de una normativa de conducta donde prevalecían la decencia, el recato o la castidad, mientras que su función más específica se centró en la redención de las prostitutas.

 

M.G

23 de septiembre de 2020

https://www.latribunadetoledo.es/noticia/Z23BE63EF-D7CC-1B4E-743AA9872BC47AE1/202009/multa-de-25-pesetas-por-no-llevar-medias

 

Toledo estaba sumido en «una ola de inmoralidad» en el año 1940. Así lo vendía el Ayuntamiento en aquellos momentos y tan indisciplinados eran los toledanos a ojos de la dictadura que había echado a andar hacía unos meses, y de los argumentos religiosos y morales extremos que el alcalde José Rivera Lema emitió un bando municipal el 21 de septiembre de 1940 para poner orden y ‘decoro’ en las calles.

El documento, conservado en el Archivo Municipal de Toledo, ordena una serie de medidas para evitar «excesos en las reglas de convivencia social», y avisa de que se castigará con «multas de 25 a 50 pesetas» a las mujeres «que yendo con la cara pintada no lleven medias».

Esta medida formaba parte «de una represión menos visible pero igualmente coercitiva que, si bien padeció el conjunto de la población, se reveló como un acoso específico y constante sobre el colectivo femenino. Se trata de la represión sexual llevada a cabo en aras de implantar un modelo de comportamiento moral determinado, que desencadenó la aplicación de una estricta normativa en hábitos sociales, que iban desde la manera de vestir hasta las formas de relación entre géneros», explica la historiadora Carmen Guillén en su completa tesis doctoral titulada ‘El Patronato de Protección a la Mujer: Prostitución, moralidad e intervención estatal durante el franquismo’ (1).

Esta institución, creada en 1941, ha dado mucho de sí a historiadores, investigadores y curiosos que se han adentrado en ese complejo entramado «de fuerza, propaganda y adoctrinamiento» que emanó del nuevo régimen. La tesis de Guillén aporta una completa radiografía de aquellos años y disecciona esta rancia institución que trató «de redimir a la mujer caída y a la que estaba en peligro de caer».

Rivera comparte estos principios en un bando que lucha «contra la inmoralidad social» y da un paso más para completar «el trabajo de las autoridades de la capital». Si bien, el alcalde creyó necesario informar y ordenar nuevas medidas para preservar «la perfecta moral católica».

El documento subraya «que la juventud ha de tener sus esparcimientos, pero deben asentarse en reglas de urbanidad y de ejemplo». Por tanto, desde el Ayuntamiento no estaban dispuestos a permitir que las mujeres salieran a la calle sin medias, pero tampoco que las parejas fueran «cogidas del brazo» por amistad o noviazgo, con lo que también se establecieron castigos llamativos con sanciones de 25 a 50 pesetas según la gravedad de los hechos.

Esta directriz quedó recogida en el artículo 64 de las ‘Normas de decencia cristiana’, editado  por la Comisión Episcopal de Ortodoxia y Moralidad del Secretariado del Episcopado Español en 1958. Este pequeño libro de 85 páginas, con un coste de 5 pesetas, regulaba la vida religiosa, la vestimenta, el noviazgo, la castidad, el deporte, la vida social, los espectáculos y el papel de la mujer «en la vida pública y profesional», entre otros aspectos.

Por tanto, las normas que se implantaron en 1940 ya definían el carácter que marcaría el nuevo régimen y su aparato represor, que también tenía en el punto de mira a las parejas no casadas.

El Ayuntamiento incluyó en ese bando un castigo ejemplar para «los dueños de bares, cafeterías —entre otros negocios— que consientan en sus establecimientos parejas que no estén con el respeto debido a los demás consumidores del establecimiento» En este caso, la multa oscilaba «de 250 a 500 pesetas».

 


1.- El estudio de la represión franquista en todos sus ámbitos ha sido un tema recurrente en la historiografía de las últimas décadas. Ejecuciones, encarcelamientos, violencia física, exilio o depuración del funcionariado representan las formas más tangibles que practicó el nuevo Estado para perpetuarse en el poder y, quizá, por ese motivo son también las temáticas más abordadas en publicaciones recientes.

Sin embargo, existió otro tipo de represión menos visible pero igualmente coercitiva que, si bien padeció el conjunto de la población, se reveló como un acoso específico y constante sobre el colectivo femenino. Nos referimos a la represión sexual llevada a cabo en aras de implantar un modelo de comportamiento moral determinado, que desencadenó la aplicación de una estricta normativa en hábitos sociales, que iban desde la manera de vestir hasta las formas de relación entre géneros.

Una vez finalizada la contienda civil, la sinergia del nuevo régimen fue imponiendo su ideología mediante el uso de la fuerza, la propaganda o el adoctrinamiento; pero en el plano moral, el aparato represivo más efectivo y duradero sería el Patronato de Protección a la Mujer. Esta institución fue creada en 1941 con el objetivo prioritario de redimir a la mujer caída y ayudar a la que estaba en peligro de caer. En un sentido más amplio se podría decir que su función general estuvo ligada a la difusión de una normativa de conducta donde prevalecían la decencia, el recato o la castidad, mientras que su función más específica se centró en la redención de las prostitutas. Para implementar esa labor, el patronato desarrolló un estudiado sistema de vigilancia que aplicaba terapia de reclusión con la finalidad de liberar a la mujer de todas aquellas prácticas sociales que entraban en conflicto con las austeras reglas del régimen.

Además de las mencionadas funciones preventivo-redentoras, el patronato se encargaría también de realizar periódicamente un conjunto de estadísticas e informes que evaluaban la moralidad pública y que serán, a la postre, la base archivística de la presente tesis. En ellos se muestran todas las aristas de la cuestión moral que, en términos franquistas, comprenden elementos muy heterogéneos como el ambiente en bailes, cines y playas, la homosexualidad, el uso de estupefacientes, la prostitución o los abortos y la nupcialidad; temas de los que se ocupó la institución hasta su final definitivo, en plena década de los ochenta.

De todos ellos, la prostitución constituirá la problemática central y el eje sobre el que versa la mayor parte de los informes; por ello, el estudio de la prostitución en el franquismo es inseparable del análisis del patronato y debe realizarse siempre de manera conjunta. Por todo lo expuesto, la hipótesis de trabajo de la que se parte, así como el propósito de esta tesis, tienen una doble vertiente: de un lado, destacar la importancia del Patronato de Protección a la Mujer en la sociedad franquista como elemento clave en la construcción del comportamiento moral femenino y, de otro, elaborar un estudio de la prostitución durante el franquismo, resaltando la represión sexual sufrida por las mujeres en esa etapa e incidiendo en las considerables diferencias con la sexualidad masculina.

Ciertamente, el Patronato de Protección a la Mujer representa la piedra angular de nuestro análisis, en tanto que la cuestión prostitucional se aborda siempre a través de la mirada opresiva de esta institución y, de hecho, su protagonismo como objeto analítico en la tesis viene definido por la propia relevancia que tiene dentro de los informes del patronato.

https://digitum.um.es/digitum/handle/10201/64539

La campaña contra el trabajo sexual en los Estados Unidos: una exitosa cruzada moral

Ronald Weitzer

Publicado en línea el 10 de septiembre de 2019

# Springer Science + Business Media, LLC, parte de Springer Nature 2019

https://www.researchgate.net/publication/335749312_The_Campaign_Against_Sex_Work_in_the_United_States_A_Successful_Moral_Crusade_2019

 

Resumen

El trabajo sexual no era un tema público prominente en los Estados Unidos hace una generación. La ley y su aplicación estaban bastante establecidas. Sin embargo, en las últimas dos décadas, una robusta campaña ha tratado de intensificar la estigmatización y penalización de los participantes involucrados en todo tipo de trabajo sexual, que ahora se fusiona con la trata de personas. Estos esfuerzos han sido notablemente exitosos en la remodelación de la política gubernamental y las normas legales y en el incremento de las sanciones por los delitos existentes. El artículo analiza estos desarrollos en el marco de una versión modernizada de la teoría de la cruzada moral que incluye argumentos tanto instrumentales como expresivos contra el trabajo sexual.

(…)

Conclusión

La evidencia presentada aquí muestra que las fuerzas de la cruzada y sus aliados en el gobierno de los Estados Unidos han estado involucrados en una campaña sin precedentes contra el comercio sexual en las últimas dos décadas. Aunque algunos de los distintos componentes de la ideología de la cruzada han sido descritos por otros investigadores, el artículo ofrece un retrato más completo de los reclamos y el discurso centrales, así como su institucionalización en normativas y leyes recientes.

Lo que comenzó como una preocupación sobre la trata de personas a fines de la década de 1990 se ha ampliado para abarcar el trabajo sexual en todas sus formas. Se puede encontrar evidencia de esta expansión de dominio en pronunciamientos de la cruzada y oficiales, en la legislación y en las prácticas de aplicación de la ley. La tendencia general es un espléndido ejemplo de incorporación rápida de las demandas de un movimiento social a la política y la práctica del Estado (cf. Weitzer 2007).

La campaña tiene todas las características de una cruzada moral:

  • Su discurso hace afirmaciones audaces sobre la magnitud, la gravedad y la naturaleza del problema: afirmaciones sobre la trata sexual que son desproporcionadas con respecto a la evidencia disponible y afirmaciones sobre el trabajo sexual que se basan en los axiomas esencialistas del paradigma de la opresión;
  • Los líderes de la cruzada y sus aliados estatales operan con una convicción categórica de que los males que los perturban son precisamente como los representan;
  • Los relatos de atrocidades privilegian los casos más impactantes y los presentan como representativos y generalizables;
  • Una variedad de actores son etiquetados como demonios: tratantes, clientes, propietarios de sitios web, propietarios de burdeles legales y productores y distribuidores de pornografía; y
  • El trabajo sexual se describe como sintomático de amenazas más amplias a las costumbres sexuales tradicionales, a la familia, a las relaciones de género, a la salud pública y más.

La creciente sexualización de la cultura occidental es un importante factor a nivel macro que es visto con alarma tanto por la derecha religiosa como por las feministas abolicionistas. El trabajo sexual es visto como una parte integral de esta tendencia, junto con el sexting, el atuendo escaso, las clases de pole dance, la adicción al sexo, la publicidad erótica y lo que algunos llaman la «pornificación» de la sociedad.

Hay otros patrones importantes en los datos analizados aquí:

Primero, los cinco pilares centrales anteriores aparecen de manera uniforme y consistente a lo largo del discurso de la cruzada, independientemente del tipo particular de trabajo sexual bajo escrutinio. El contenido específico de este discurso puede cambiar algo con el tiempo, pero estas innovaciones son variaciones sobre el mismo tema y formas novedosas en las que el peligro puede ser secularizado o medicalizado. La modernización puede ayudar a vender los reclamos de la cruzada a miembros del público que no se dejan influenciar por argumentos limitados a la inmoralidad. Al mismo tiempo, el discurso moralizante claramente no ha sido abandonado; que el trabajo sexual representa un peligro para la moral tradicional sigue siendo un pilar vital en esta cruzada. No ha sido reemplazado por reclamos utilitarios, sino que está vinculado a ellos (Hunt 1999), como se ilustra en las resoluciones antiporno: fusión de la salud pública con la insatisfacción matrimonial, la infidelidad, la sexualización, el sexo grupal, etc.

Segundo, esta cruzada moral ha sido facilitada: se beneficia del estigma extremo asociado al trabajo sexual, de una presunción de explotación y victimización endémicas (el paradigma de la opresión) y de la falta de una narrativa contraria sólida (Weitzer 2018). Cuando los grupos de derechos de las trabajadoras sexuales y las organizaciones de apoyo (por ejemplo, Amnistía Internacional) han desafiado las posiciones de la cruzada y del gobierno, han sido menospreciados o condenados (Grant 2014; Porth 2018). Además, los principales medios de comunicación han presentado tanto el trabajo sexual como la trata de personas de manera monolítica, esencialmente haciéndose eco de las opiniones de los líderes de la cruzada y de las autoridades. Las representaciones alternativas son raras en los medios de comunicación.

Tercero, la campaña ha hecho consistentemente generalizaciones sensacionalistas y radicales sobre el trabajo sexual: afirmaciones que entran en conflicto con una larga tradición de investigación que respalda el paradigma polimorfo y documentan variaciones sustanciales a través del tiempo, el lugar, el sector y el género (Harcourt y Donovan 2005; Vanwesenbeeck 2001; Weitzer 2012). Las acusaciones generales sobre los efectos de la pornografía en la salud pública o las características de los burdeles legales de Nevada ilustran bien este patrón hiperbólico.

Logros y retos del movimiento global por los derechos de las trabajadoras sexuales

Por Annalee Lepp y Borislav Gerasimov

Septiembre de 2019

https://www.antitraffickingreview.org/index.php/atrjournal/issue/view/20

Cita sugerida: A Lepp y B Gerasimov, ‘Editorial: Gains and Challenges in the Global Movement for Sex Workers ‘Rights’ ‘, Anti-Trafficking Review, número 12, 2019, pp. 1-13, http://www.antitraffickingreview.org

 

En las últimas dos décadas, ha habido un creciente cuerpo de excelente literatura académica y comunitaria sobre las vidas, el trabajo y los esfuerzos de organización de las trabajadoras sexuales, y sobre los efectos nocivos de los discursos, las leyes y las normativas contra la trata de personas en diversas comunidades de trabajadoras sexuales. Es importante destacar que una parte importante de este trabajo ha sido producida por trabajadoras sexuales y organizaciones de trabajadoras sexuales.1 Cuando decidimos dedicar este Número Especial de Anti-Trafficking Review al tema del trabajo sexual, reconocimos esta realidad. Sin embargo, también pensamos que, dado que los discursos, las leyes y las normativas que afectan directamente a las trabajadoras sexuales a nivel mundial están cambiando continuamente, la producción de nuevas investigaciones basadas en evidencia y perspectivas críticas es constantemente necesaria.

Las trabajadoras sexuales se organizan para el cambio

Si bien la historia del activismo de las trabajadoras sexuales se remonta al menos al siglo XIX y principios del XX, la mayor parte de la literatura se centra en el surgimiento y crecimiento del movimiento global de derechos de las trabajadoras sexuales a partir de los años setenta y ochenta.2 Desde entonces, las trabajadoras sexuales (mujeres, hombres, personas trans y no binarias) se han organizado para exigir el reconocimiento del trabajo sexual como trabajo; desafiar el estigma, la discriminación y todas las formas de violencia, incluída la que proviene de la policía; mejorar las condiciones de trabajo; presionar por los derechos humanos, sociales y laborales plenos; hacer activismo por la despenalización del trabajo sexual; y proporcionar soporte y servicios gestionados entre compañeras. Muchas organizaciones de trabajadoras sexuales también organizan y apoyan a las trabajadoras sexuales migrantes en un esfuerzo por abordar los desafíos específicos que enfrentan, tales como el racismo y la xenofobia, la precariedad debido a su estado migratorio, la falta de acceso a la salud y otros servicios, la vulnerabilidad a la explotación y la violencia, y el riesgo de detención y deportación.

Desde la década de 1990, las trabajadoras sexuales y las organizaciones de trabajadoras sexuales también han tenido que lidiar con el surgimiento, la expansión y el fortalecimiento de la “industria antitrata” global con sus fuertes agendas de lucha contra el trabajo sexual, justicia penal y control de fronteras.3 Las organizaciones de trabajadoras sexuales en España, Tailandia e India, por ejemplo, señalaron en un reciente informe de la Alianza Global contra la Trata de Mujeres que la trata era “un asunto que se introdujo [o de hecho se impuso] desde fuera de la propia industria del sexo, impulsado por una agenda moralista, que las organizaciones se han sentido obligadas a comprender para contrarrestar los efectos nocivos de la fusión conceptual de trata y trabajo sexual ». 4 En muchos países, las leyes, las normativas y las intervenciones contra la trata han apuntado a las trabajadoras sexuales con impactos altamente perjudiciales. Esto ha tomado la forma de una mayor vigilancia policial de la industria del sexo, redadas en establecimientos de trabajo sexual, confinación forzada en centros de rehabilitación, detenciones y enjuiciamientos de trabajadoras sexuales como tratantes y deportaciones de trabajadoras sexuales migrantes, todo lo cual socava e ignora la autonomía de las trabajadoras sexuales así como sus demandas legítimas de mejores condiciones de trabajo y derechos humanos, sociales y laborales.5 Además, el papel crucial de las organizaciones de trabajadoras sexuales en la promoción de los derechos, la seguridad y la protección de las trabajadoras sexuales y en el abordaje de las condiciones de trabajo en la industria del sexo en gran medida no ha sido reconocido por los legisladores nacionales e internacionales, los donantes y algunas organizaciones no gubernamentales. Las ideologías, suposiciones y agendas que alimentan la industria antitrata también han resultado en la exclusión y el silenciamiento de las trabajadoras sexuales y las organizaciones de trabajadoras sexuales cuando se trata del desarrollo de legislación y normativas que afectan directamente sus vidas y su trabajo. En los últimos diez años, esta tendencia ciertamente ha sido evidente en países donde los gobiernos han promulgado leyes que penalizan la compra de servicios sexuales en nombre de la igualdad de género, la protección de las mujeres vulnerables y la prevención de la trata con fines de explotación sexual.

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Hace veinte años, en 1999, Suecia se convirtió en el primer país del mundo en penalizar la compra —pero no la venta— de servicios sexuales, combinando esto con medidas para apoyar a las trabajadoras sexuales que quisieran salir de la industria del sexo.7 Basada en una conceptualización ideológica de la prostitución como violencia contra las mujeres y un obstáculo para la igualdad de género, esta penalización se introdujo inicialmente con el objetivo de reducir la prostitución al enfocarse en la demanda por parte de los hombres de servicios sexuales comerciales. Sin embargo, con la adopción del Protocolo de la ONU contra la trata de personas en 2000,8 y la inserción en el último momento del art. 9 (5) que exhorta a los Estados a «desalentar la demanda que fomenta todas las formas de explotación de personas, especialmente mujeres y niñas, que conduce a la trata», 9 el modelo sueco ha sido promovido desde entonces como una forma de prevenir la trata en la industria del sexo. A pesar de la falta de evidencia concluyente de que el modelo haya logrado reducir el trabajo sexual o prevenir la trata en Suecia, 10 ha sido empaquetado como un mecanismo para promover la igualdad de género, proteger a las mujeres vulnerables y prevenir la trata en la industria del sexo. Como resultado, se han adoptado prohibiciones de compra de sexo en Noruega e Islandia (2009), Canadá (2014), Irlanda del Norte (2015), Francia (2016), la República de Irlanda (2017) e Israel (2018).

Al mismo tiempo y durante el mismo período, ha habido una creciente evidencia de que el modelo sueco exacerba el estigma contra las trabajadoras sexuales, las obliga a implicarse en actividades más peligrosas, y aumenta el riesgo de VIH e ITS y la violencia de los clientes y la policía. Esta evidencia a menudo ha sido acompañada por el apoyo a la despenalización del trabajo sexual y proviene de académicos, 11 agencias de la ONU, 12 organizaciones de derechos humanos, 13 profesionales médicos, 14 organizaciones LGBTI +, 15 organizaciones contra la trata, 16 y, por supuesto, las propias trabajadoras sexuales.17 Esto hace plantear una pregunta: entonces, ¿por qué es que con un apoyo tan fuerte e incluso abrumador a la despenalización del trabajo sexual, respaldado por una extensa investigación basada en evidencia, cada vez más gobiernos están adoptando el modelo sueco? Si bien esta pregunta requiere un examen mucho más profundo de lo que permite el espacio de este Editorial, proponemos que es parte de una tendencia global más amplia hacia el conservadurismo social, la dependencia excesiva de respuestas punitivas para abordar los «problemas» sociales y morales que sirven para reforzar las agendas conservadoras de quienes detentan el poder político, 18 y lo que se ha denominado posverdad y su intensificación, donde «los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y las creencias personales» .19

Los números anteriores de la Anti-Trafficking Review han documentado las imágenes y narrativas simplistas utilizadas para describir a las mujeres migrantes y tratadas en la industria del sexo, y la falta de evidencia que está detrás de muchas leyes e intervenciones contra la trata. En 2016, Andrijasevic y Mai señalaron que “la imagen estereotípica de la víctima es la de una mujer joven, inocente y extranjera engañada para ejercer la prostitución en el extranjero. Es maltratada y mantenida bajo vigilancia continua para que su única esperanza sea el rescate policial.”20 En 2017, Harkins observó que “la evidencia no ha sido priorizada dentro del sector antitrata”.21 El uso de imágenes e historias de víctimas altamente emotivas y la falta (o desprecio) de evidencia que se alinea con la definición misma de posverdad caracterizan los procesos que condujeron a la introducción del modelo sueco en varios países en los últimos años.

(…)

Lo que la investigación ha demostrado es que la introducción de la prohibición de la compra de sexo en todos estos países (así como la legislación contra la trata de personas en general) fue posible en gran medida mediante la forja de alianzas poderosas entre los partidos conservadores gobernantes, los grupos religiosos y las feministas prohibicionistas de la prostitución y carcelarias que se basan en concepciones del trabajo sexual y la trata con un elevado sesgo de género y racializadas.31 A pesar de este ataque coordinado contra los derechos de las trabajadoras sexuales, del rechazo de una extensa investigación académica y comunitaria sobre las vidas y el trabajo de las trabajadoras sexuales, y de la exclusión del punto de vista de las trabajadoras sexuales en el ámbito del desarrollo de leyes en un entorno de posverdad, el movimiento global por los derechos de las trabajadoras sexuales continúa creciendo y se está haciendo oír.

Este Número Especial

Los artículos incluidos en este número especial examinan una variedad de temas relacionados con el trabajo sexual. Estos incluyen exploraciones de la organización de trabajadoras sexuales y formas de resistencia creativa en varios países de Asia, África, Europa y América. Si bien varios autores destacan los logros del movimiento por los derechos de las trabajadoras sexuales histórica y / o contemporáneamente, también identifican algunos de los desafíos actuales, muchos de los cuales emanan de la implementación de leyes de prostitución y lucha contra la trata equivocadas y punitivas, así como de la reacción generalizada contra leyes basadas en los derechos humanos y en la evidencia. Varios de los autores son trabajadoras sexuales en activo o retiradas, mientras que otros son académicos afiliados a instituciones académicas. Todos apoyan y defienden los derechos de las trabajadoras sexuales y la despenalización del trabajo sexual.

El primer conjunto de artículos se centra en la organización de las trabajadoras sexuales. Ya sea en Toronto, Bogotá, Manila o Ciudad del Cabo, las trabajadoras sexuales de todo el mundo se están organizando para contar sus propias historias, reclamar sus derechos humanos, sociales y laborales, resistir el estigma y las leyes y normativas punitivas, y proporcionar apoyo mutuo entre compañeras.

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Conclusión

En conjunto, los artículos de este Número Especial contribuyen al cuerpo cada vez mayor de literatura académica y comunitaria sobre trabajo sexual, organización de trabajadoras sexuales y el impacto de las leyes y normativas represivas de la prostitución y antitrata en las comunidades de trabajadoras sexuales. Ante la evidencia creciente e incontrovertible, todos los artículos apuntan a la conclusión de que, al igual que los donantes a los que Nadia van der Linde desafía, ya nadie puede reclamar «neutralidad» en el tema de los derechos de las trabajadoras sexuales. En particular, dada la diversidad interseccional de las trabajadoras sexuales —en términos de antecedentes de género, sexualidad, raciales, étnicos y de clase, estatus migratorio, etc.— y las diferentes condiciones laborales en las que trabajan las trabajadoras sexuales, es imperativo que se cultiven y forjen más alianzas cruzadas entre diversos movimientos. En otras palabras, a la luz de las múltiples y complejas dimensiones sociales y laborales que deben abordarse, es necesario que las organizaciones que luchan por los derechos de las mujeres, de las personas LGBTI +, de los trabajadores formales e informales, de los migrantes y de las personas víctimas de trata, así como los movimientos que trabajan por la justicia social, económica y racial, se unan a la lucha por los derechos de las trabajadoras sexuales y la despenalización del trabajo sexual.

 


Annalee Lepp es profesora asociada en el Departamento de Estudios de Género de la Universidad de Victoria, Canadá. Es miembro fundador de la Alianza Global contra la Trata de Mujeres (GAATW) —Canadá, que se estableció en 1996, y es miembro de la Junta Directiva de GAATW. Desde 1997, ha participado en varios proyectos de investigación en colaboración que examinan las leyes y prácticas estatales canadienses en relación con la trata de personas y los movimientos transfronterizos irregulares, así como el impacto de las leyes contra la trata en los derechos de las trabajadoras sexuales en Canadá. Correo electrónico: alepp@uvic.ca.

Borislav Gerasimov es Oficial de Comunicaciones y Activismo de la Alianza Global contra la Trata de Mujeres y editor de la Anti-Trafficking Review. Es licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Sofía St Kliment Ohridski, Bulgaria, y anteriormente trabajó en Animus Association, Bulgaria y La Strada International, Países Bajos. También ha participado en el trabajo de ONG que apoyan a jóvenes romaníes, personas LGBTI, personas que viven con VIH / SIDA y trabajadoras sexuales en Bulgaria y los Países Bajos. Correo electrónico: borislav@gaatw.org.

El pánico moral

 

Por Marta Dillon

9 de febrero de 2020

https://www.pagina12.com.ar/246492-el-panico-moral

 

 

Cuando era adolescente y mi padre suponía que estaba a punto de iniciar —o en riesgo de— mi vida sexual con otras personas —varones, por supuesto—, él tomó coraje y tuvo conmigo “la charla”. No fue una conversación de profilaxis, no existía aun el sida y ni siquiera se animó a hablar de anticoncepción. Lo que él quería transmitirme era una postura ética. Me dijo que no estaba mal tener relaciones pre matrimoniales, siempre que después hubiera matrimonio. Yo estaba acostada, él sentado en el borde de la cama, cuando terminó su frase célebre lo miré azorada. No sabía si reír o abrazarlo, me estaba autorizando a coger aunque a los 16 ya estaba en eso con una buena dosis de culpa. Lo del matrimonio me había parecido una ingenuidad propia de vacas y asnos dando calor a un bebé que cayó del cielo a un pesebre y se parió sin dolor, no como los de las mortales, como en el cuento de Navidad. Le dí un beso y tomé el atajo, que él creyera que cada vez elegía al hombre de mi vida, con el que iba a tener hijos —así era todo entonces, universal masculino— y al que iba a amar hasta que la muerte nos separe. Ya se iba a olvidar.

A la vez, en la escuela que mi padre había elegido para mí, me hablaban de mi cuerpo como un templo, expropiado desde el vamos, el templo es la casa de dios, sea quién fuere, yo era apenas una portera, la guardiana del ocupa a cargo de la vigilancia de las entradas al recinto, violadas una y otra vez en mis exploraciones a solas o con novies mientras espantaba la culpa como a moscas o las entregaba en confesión antes de volver a acumularlas. Nada más feo que quedarse callada en el confesionario; algo siempre hay que entregar.

De estos relatos entrelazados, mi medio hermana —y lo digo así porque el vínculo no se sostuvo en la edad adulta— había sacado una conclusión: si te tocaban las tetas y no gozabas, no era pecado. Lo mismo valía para otras partes. Si no sentías, estabas incolumne, el problema en todo caso no eran los manoseos en la entrada del templo sino mantener impoluto el interior.

Estos relatos ahora delirantes volvieron en cascada en estos días en que el pánico moral a la sexualidad llenó de imágenes de terror las pantallas y los teclados. El sexo es sagrado y si no lo sacralizas te van a pasar cosas horribles, vas a tener traumas peores que los de los veteranos de guerra, de ese afiche, Jimena Barón, te vas a arrepentir toda tu vida —leánse los tuits enfurecidos de @aguirrecaro, guionista de Polka—. El cuerpo, parece, o sus orificios privilegiados para el goce, siguen siendo sagrados y hay gente que se queda desvelada pensando en una figura por lo menos extraña como la de la “violación consentida” —¿eh?— y escucha una y otra vez testimonios crudos como los de Sonia Sánchez, sobreviviente de la prostitución, según su propia manera de definirse, para abrir sus ojos celestes y mojados a los videos de Instagram para insistir en que la prostitución es la “peor de las violencias” contra las mujeres, es donde “se funda el patriarcado” —veáse la cuenta de Instagram de María Florencia Freijo @florfreijo— dejando caer por el túnel de su pánico moral a nuestros cuerpos como fábricas de bebés para nosotras o para otras o para las fábricas, los trabajos precarizados y los ejércitos, olvidando cuanta caca lavamos, cuantos siglos pasamos ofreciendo sexo gratis porque es la prerrogativa del marido —qué alegría haber tomado siempre la carrera del desvío—, qué poco se nos paga si limpiamos la caca ajena. “¿A ver, a ustedes les gustaría que en la orientación vocacional les dijeran a sus hijas si prefieren ser carpinteras, abogadas o putas?”, dice Freijo. ¿Y si en vez de putas les ofrecemos, carpinteras, abogadas o limpiadoras por casi nada de la caca ajena? Ni una cosa es peor que la otra, ambas son expresiones de la división sexual del trabajo; estaría bien gestionar eso y dejarnos de horrorizar porque hay transacciones comerciales por sexo. También hay transacciones comerciales por masajes, que a veces pueden calentarte incluso, porque es lindo y no está mal, y te dejás tocar desnuda, pero claro, no se meten por la puerta del templo y todo bien. Aunque a veces sobre la puerta del templo te pongan la cera caliente y salgas chocha con la depilación completa, pero bueno, ahí sufriste y eso lava todas las culpas ¿O no?

Porque sufrir es la que vale, ahí, como dice una amiga, sí te creo hermana. Si la pasaste mal, te creo hermana. Si te gusta vivir del trabajo sexual, no te creo, no sabes lo que te pasa, sos una boluda con síndrome de Estocolmo por esa serie de secuestradores dominadores que te alquilan para mearte en la cara. Ah, ¿no les permitís eso? ¿y cómo vas a impedirlo débil mujercita? Y si no sos débil, si sos tan brava ¿no será que sos el enemigo? ¡Proxeneta! Como le dijeron a Georgina Orellano, presidenta de AMMAR Nacional, en la escena de máxima crueldad posible, con amenazas de muerte incluidas y pedidos de que muestre su prontuario públicamente, cosa que hizo; qué papelón para todos los feminismos haber generado esa escena.

Ni Una Menos y el proceso de los últimos años que viene sembrándose de manera sostenida desde la vuelta de la democracia, colectivo, diverso, contestatario, rebelde, plurinacional, interseccional, definitivamente alejado del biologicismo nos permitió a todas, a todes, salir del lugar de la pura víctima, hacer de los feminismos un lugar de goce, ese al que nos empuja el deseo. No estamos indefensas, somos un montón. Aprendimos a nombrarnos y a nombrar en voz alta todas las violencias que ya no están naturalizadas; también aprendimos a cuestionar las maneras de nombrar, de denunciar y de hacer una Justicia Feminista porque los estrados ahora se están cayendo tanto como le damos mazazos al patriarcado (y sí, están leyendo otra vez esa palabra) y sólo en muy pocos casos podemos tener la confianza de que una causa Será Justicia.

Pero este rezumar de violencia como líquidos de pozo ciego, esa pasión por definir quién, cómo y cuánto es feminista en coro enardecido y con sed de sangre, destilando babas de insultos sobre los teclados que lograrán acumular tuits hasta que un nombre llegue al lugar del sacrificio o a la lista de los trending topics (de lo que todos hablan en el ágora de los nosecuántos caracteres) que rápidamente pasará de allí a la picota de las radios y los portales de noticias. Ese mecanismo y su belicosidad dan cuenta de un deseo de exterminio que no cesa, que es pánico moral porque se vuela el techo de lo que creíamos casa y no sabemos cómo nos cobijaremos. Y es, aquí y ahora, pánico moral frente al poder erótico del que hablaba Audrey Lorde, de ese vendaval que te convierte en guerrillerx y constructorx de mundos otros, sin tanto pensar en orificios y mecánicas, fricción y encastre sino en la potencia del deseo que empuja y busca aquello que todavía no sabe de sí, esa jugosa fruta de la sabiduría.

 

Loola Pérez: «No hay correlación entre ver porno y violar o ser machista, eso es populista»

Presenta ‘Maldita feminista. Hacia un nuevo paradigma sobre la igualdad de sexos’, un ensayo comprometido pero crítico con el «victimismo» y la «demagogia» del movimiento.

 

Por Lorena G. Maldonado 

8 de febrero de 2020

https://www.elespanol.com/cultura/20200208/loola-perez-no-correlacion-violar-machista-populista/465704422_0.html

 

Loola Pérez

 

Loola Pérez (Molina de Segura, 1991) es graduada en Filosofía y trabaja como integradora social y sexóloga educativa -además, estudia Psicología, dirige y coordina proyectos sobre mujeres jóvenes de su región y forma parte del equipo de AngelBlau España, una asociación para la prevención del abuso sexual infantil-. Ahora presenta Maldita feminista. Hacia un nuevo paradigma sobre la igualdad de sexos (Seix Barral), un ensayo minucioso que apoya el movimiento feminista sin dejar de cuestionarlo cuando estima necesario, fundamentalmente en los tentáculos de lo que Pérez considera «victimismo» y «demagogia».

Arranca disparando desde la primera línea: «Dios está muerto y el feminismo de la corrección política ha ocupado su sitio. Inspira a la obediencia y a seguir al rebaño. No hay ni rastro de maestros. La élite intelectual ha vuelto a su cueva». Directa al pecho. «Tengo veintiocho años, mi palabra es dura y me estorba cualquier paternalismo», continúa. «Para algunos puedo resultar conservadora porque entre mis objetivos no está abolir el matrimonio, acabar con las conexiones familiares y cerrar los peep shows. Contrariamente, para otros debo encarnar una visión progresista porque creo en la despenalización del aborto, aborrezco el trumpismo y no me genera ningún conflicto moral la adopción homoparental. Habrá quien me sitúe entre grises. Ahí me siento más cómoda, impura, maldita».

Ella misma reconoce que habla de la violación que sufrió «como si contara lo que tomé anoche para cenar» y eso hará que «a ojos del feminismo» pueda ser vista como una «mala superviviente». Se declara «comprometida políticamente» con el feminismo y ya avisa, nadie la envía, pero se maneja como un pez en el agua representando a las malditas feministas. Charlamos con Loola sobre ciencia, sororidad, lesbianismo político, violencia de género, cosificación femenina, porno y prostitución -estos últimos, algunos de los debates más espinosos y candentes del feminismo actual-. Conózcanla.

¿Qué tiene que recordar el feminismo moderno de los dictados de la ciencia?

Una de las principales cosas es volver a las ciencias de la naturaleza. Creo que todo lo que está fomentando el feminismo es la teoría del constructivismo social y las historias posmodernas, pero eso deja fuera nuestra herencia biológica. No significa que volvamos a un determinismo biológico ni que lo veamos todo desde el prisma de la biología, sino que reconozcamos las cosas aceptadas por la ciencia y lidiemos entre la corriente biológica y la cultural. Quizá hay que integrar. Necesitamos una mirada más integradora de lo que significa ser hombre y ser mujer.

En el libro dices que no crees en la sororidad, que te parece un mito romántico. Es interesante. 

Sí: buá, esto es muy polémico, no creer en la sororidad, no creer en la hermandad entre mujeres.

“Pacto de género”, lo llamas.

Sí. No puede ser una hermandad porque sí, basándose en la característica exclusiva de ser mujer. Tú cuando estás de acuerdo con una persona, estás de acuerdo también con unos principios, con unos valores, con una forma de hacer las cosas. Esa sororidad es como… un elemento donde se llega a excusar todo lo que hace una mujer. No tiene sentido estar a favor de todo lo que hace alguien por el hecho de ser mujer. La mayor muestra de sororidad es no tratarnos entre mujeres como seres perfectos.

En esta lucha de corrientes biológica-cultural, el concepto “sororidad” choca con un concepto biológico que es la “intrasexual competition”, es decir, la rivalidad entre personas del mismo sexo por seducir al otro. ¿Qué opinión te merece esto, cómo lo conjugamos?

En ciencia da para mucha chicha. Yo voy a muchos centros educativos y veo mucho la competencia femenina. También la encuentro en la moda, en los certámenes de belleza, es algo que está ahí. El otro día leí un estudio que decía que las mujeres que se percibían menos atractivas eran las más críticas con las que consideran más guapas. Ahí se veía bien esa competencia. Pensar que las mujeres tenemos que ser sóricas, completamente buenas entre nosotras… nos quita esa capacidad que tenemos como seres humanos de tener malicia. Al final este concepto de sororidad es muy monjil y nos lleva al estereotipo de virgen maría: mujer buena, mujer entregada… pero desde un punto de vista feminista. Nos llevamos los ídolos religiosos a un dogma feminista. Es como ponerte una venda en los ojos.

Bueno, el extremo opuesto a esa competencia salvaje es el lesbianismo político.

El lesbianismo político podríamos decir que es una de las propuestas que viene de una conjunción entre el feminismo radical y el feminismo cultural: cada vez cuesta más diferenciarlos, la verdad. Ese lesbianismo es una propuesta totalmente idealista porque conlleva que tú tengas que vivir tu sexualidad, para estar protegida, y para tener reconocimiento dentro de una militancia. Para tener ese reconocimiento y acceder a un sistema de protección feminista, tienes que abandonar tu personalidad, abandonar tu identidad y renunciar a tus verdaderos deseos. Es asfixiante y es una forma de control de nuestra sexualidad. Hemos pasado de la norma de los años 40-50 de esa heterosexualidad obligatoria (si eras homosexual te enfrentabas a tratamientos invasivos de electroshock) a una sexualidad que para que sea políticamente correcta dentro de la militancia feminista.

¿Por qué hay hombres que matan a su pareja o expareja? ¿Cuál es la razón profunda?

Podemos hablar de una pluralidad de causas en cuanto a las motivaciones. Esta quizá es una de las cuestiones que no estamos sabiendo gestionar dentro de las políticas públicas, porque tenemos una ley de Violencia de Género que es una ley sumamente pionera y yo creo que es muy importante que esté pero también creo importante la evaluación de la ley, algo que no se está haciendo. Tenemos una cifra de víctimas donde no hay un cambio significativo, no hay un progreso. Es una ley que se está aplicando en algo puramente ideológico, que es ir a una única causa cuando quizá encontramos muchos factores motivacionales.

Yo sí creo que hay hombres que matan a sus parejas por el hecho de ser mujeres y porque sienten desprecio hacia lo que significa ser mujer, pero también pienso que hay otros factores que tienen que ver con los rasgos de personalidad de ese agresor, que tienen que ver con el entorno social de ese agresor y que son muy importantes a tener en cuenta tanto en la prevención como en la posterior reinserción y reeducación de ese delincuente.

Dices que sí crees que hay hombres que matan a sus mujeres porque son mujeres, pero, ¿qué hay de la otra parte? ¿Las matan también por el hecho de que ellos son hombres? Porque estos factores de los que hablas (rasgos de personalidad, entorno social, etc) también pueden darse en mujeres, pero, sin embargo, ellas no matan a sus parejas o exparejas, o lo hacen en una gran minoría.

Sí, creo que es un factor importante. A lo mejor estamos muy focalizados en que el factor de riesgo es ser mujer y no estamos mirando que el factor de prevención es trabajar la emocionalidad o la no exclusión de esos hombres. En la estrategia de salud mental se ha introducido la educación emocional, es muy importante y hablo de eso en el libro. Pero, ¿cómo la hacemos? Si la hacemos como estamos haciendo la prevención de la violencia de género en las aulas, lo llevamos jodido. Las charlas de violencia de género: una charla son 50 minutos en un horario lectivo. ¿A eso lo puedes llamar prevención? ¿Estás trabajando cambios actitudinales? ¿Estás trabajando el contexto de esas personas; estás trabajando en la resolución de conflictos y en cómo poner límites? No es lo mismo una charla de sensibilización a hablar de prevención, que conlleva otra profundidad donde es fundamental la profesionalidad. Estamos en la enseñanza del eslógan.

Crees que hay intrusismo.

Muchísimo intrusismo. La violencia de género es un delito y para trabajar contra él no puedes tener una titulación cualquiera.

Sabes que Vox quiere derogar la ley de Violencia de Género porque piensa que es discriminatoria para los hombres. ¿Qué piensas de esto?

Creo que antes de proponer una derogación, habrá que hacer una evaluación. Eso es puro populismo que viene a alimentar las posiciones más radicales y más insensibles.

¿Qué concepto tienes de “cosificación”? ¿Estás de acuerdo con que se ceba con las mujeres?

Bueno, es un concepto muy marxista.

En el libro dices que el feminismo no puede estar al servicio del marxismo.

Eso es. Esa cosificación de “el cuerpo de las mujeres como mercancía”. Bueno: ahora mismo, tal y como las mujeres hemos alcanzado mayor poder en las sociedades, también hemos desarrollado una mayor conciencia sobre nuestro poder sexual, y creo que llegamos en cierto sentido a dinamitar un interés social por mercantilizar nuestro cuerpo. La exposición o la exhibición de nuestro poder sexual también es una forma de decirle a ese otro lado que nos quiere cosificar “no, no, aquí mando yo, esto lo gestiono yo”.

¿Pero no crees que ese tipo de exposiciones sirven a la clásica demanda masculina? ¿Qué tipo de subversión hay ahí si al final estamos de acuerdo en que tú quieres verme los pechos y yo te los enseño? Simplificando muchísimo. ¿Qué desafío hay ahí: si la mujer acaba entregando lo que el hombre quería de ella?

Sí y no. No es lo mismo que tú exhibas algo cuando no tienes el poder que cuando eres tú quien gestiona ese poder, porque creo que pasas de la posición sumamente de objeto (estética) a una posición donde tú tienes el poder y tú tienes la ética. Yo me exhibo pero yo te digo cuándo, por qué, de qué forma, y si me puedes ver o si me puedes tocar. Quizá no podemos cambiar de forma radical la cultura pero expresiones de ese tipo nos ayudan a dinamitarla. Lo hemos visto en la Super Bowl con Jennifer López y Shakira. Dos mujeres latinas sumamente sensuales, sumamente sexuales, pero que a la vez son radicalmente talentosas. Puedes pensar: ¿habrán llegado ahí por su físico o por su talento? Yo pienso que han llegado ahí sobre todo por su talento, pero que han sabido explotar su físico. No desde la visión de “con mi físico vendo”, sino “no soy solamente un físico”.

Loola Pérez

¿Qué opinión te merece entonces la tesis de Ana de Miguel en su libro Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección? El debate que resucita cada año en Nochevieja, con el vestido de Pedroche, por ejemplo. ¿Hasta qué punto somos libres para elegir lo que supuestamente elegimos porque queremos; sin ceder a un condicionamiento económico que dirige nuestra vida mientras lo vendemos como “empoderamiento”?

Las tesis de Ana de Miguel no son tesis que me gusten ni que discursivamente pueda valorar porque no considero que tengan un rigor académico; están basadas, en cierto sentido, en la opinología y en una especie de moral personal. Partiendo de ahí: esa libre elección es muy difícil en un mundo donde tenemos diferentes intereses, motivaciones, estructuras sociales, económicas… pero, claro, ¿qué pasa? ¿Ella sí que elige porque lleva cierta moral y los demás, que no practicamos la suya, significa que no elegimos? A lo mejor elegimos aquello que no le gusta. Pero tenemos la libertad de elegir aquello que no le gusta a otras personas, en eso consiste uno de los pilares básicos del feminismo: que las mujeres no somos clones, que somos plurales en intereses, necesidades e historias personales y vitales.

Pensar que por no practicar una moral no eres feminista o estás alienada o estás cosificada creo que es sumamente peligroso, además, teniendo en cuenta que el liberalismo clásico fue una de las filosofías fundamentales para el desarrollo del feminismo en la Ilustración. Desde Mary Wollstonecraft a Stuart Mill. El feminismo viene de un concepto de libertad que defiende la libertad de expresión, defiende el progreso de las democracias, defiende la pluralidad, el derecho de las mujeres a la educación pero también el derecho a disentir y a que respeten mi espacio privado, y a lo mejor en mi espacio privado está lo que yo hago con mi cuerpo. Creo que todo esto acaba en cierto dogmatismo y en un uso del feminismo como ideología culpabilizadora.

Lo que siempre me resulta sospechoso en este tipo de cosas es la demanda. Es decir, puramente masculina. ¿Por qué siempre el capital sexual que se vende es el de la mujer? ¿Por qué es nuestro cuerpo el que cotiza y el de ellos no, o no tanto?

Creo que ahora en una sociedad cada vez más globalizada y en la que el capitalismo ha venido a influenciar los medios de comunicación, los planes directivos de las empresas, etc, los cuerpos de hombres y mujeres están usados en publicidad, explotados en ese sentido. Quizá en las mujeres es mucho más evidente en el caso de la prostitución pero no en el caso de la pornografía, porque mira el porno gay, es sumamente abrumador, pero nadie pone el foco ahí. No sé hasta qué punto esas demandas vienen por la inhibición sexual que han tenido las mujeres históricamente, porque las mujeres, a lo largo de la historia, no hemos podido expresar nuestro deseo sexual y no hemos tenido en nuestras manos el capital para tener servicio sexual o para tener el conocimiento sobre nuestra sexualidad. No sé hasta qué punto relacionar esas dos variables.

¿Qué buenas razones hay para defender el porno?

¡Tengo un montón! (Ríe). Permite la exploración en la sexualidad de las mujeres de una forma segura, nos permite diferenciar lo que es la fantasía del deseo (la fantasía está en tu cabeza pero el deseo va hacia lo que ya seguro quieres hacer; hay fantasías que uno no quiere llevar al plano real). También defiendo el porno porque sacia la curiosidad, sobre todo de las mujeres más inexpertas, y aumenta la creatividad dentro de las parejas (cuando se ha llegado a cierta rutina sexual), y, además, representa a las mujeres desde algo que les ha sido negado desde siempre, que es su poder sexual explícito. Las mujeres a día de hoy aún se sienten culpables por desear, por ser promiscuas, por tener sexo sin compromiso. La pornografía abre un abanico que es mucho más positivo que negativo para las personas adultas. Otra cosa es: cómo crear mejores contenidos.

A simple vista: te metes a buscar porno y simplemente los títulos de los vídeos ya son degradantes y humillantes para la mujer. ¡Incluso antes de acceder al contenido! “Puta, guarra, zorra, tragaleche, madurita no sé qué”. ¿Qué tipo de invitación hace a una mujer feminista ese título? ¿Cómo vamos a ser complacientes con ese tipo de trato?

Yo creo que la sinopsis del porno, aparte de que mucha son denigrantes, son poco creativas. Es todo como un dos tres, un dos tres, y llega a empobrecer. Está esa parte de crear una industria… no más moral ni más fina, pero sí quizá más consciente de los deseos de las mujeres, porque a lo mejor a ti te puede apetecer un día donde te llamen puta, pero mañana quieres que te llamen princesa. En ese sentido creo que tiene que haber un porno mucho más consciente de las fantasías femeninas… Sí es interesante la pluralidad de cuerpos que se ve en la pornografía. Hemos pasado de este porno de los años noventa muy neumático a un porno cada vez más amateur, de chicas menos operadas, más naturales: cuerpos más mayores, más jóvenes, más delgados, más gruesos, etc. Ha habido una democratización de los cuerpos, pero claro, luego están esas sinopsis y esos contenidos… entiendo lo que dices.

Hay algo preocupante de cierto sector del feminismo moderno y es que ha juzgado nuestros deseos sucios. Lo que decías de “hoy quiero que me llamen puta, mañana princesa, mañana nada”. Lo que sea. Bien: pero parece que si te gusta que te llamen “puta”, es que tu deseo responde a una oscura maquinaria y estás sometida y tienes que deconstruirte y tienes que intentar que no te guste que te llamen “puta”.

Bua… esto… ese feminismo hegemónico del que hablo en el libro se ha centrado exclusivamente en los pánicos y se ha centrado en la visión culpabilizadora de los deseos de las mujeres, y no ha sabido entender que las mujeres tienen una variedad de deseos y que son libres de disfrutar su sexualidad incluso desde un punto de vista políticamente incorrecto. Parece que las mujeres tenemos que ser santas y puras incluso en la cama, incluso cuando tenemos fantasías sexuales. Al feminismo, en ese sentido, le falta mucha sexología, y le falta mucho saber de cuestiones que vayan más allá de lo panfletario: le falta conocimiento sobre los deseos reales de las mujeres. Una mujer que desea que la llamen puta o disfruta de ciertas situaciones donde ella representa en esa fantasía un deseo irrefrenable para un hombre puede ser absolutamente empoderador.

Y ella puede sentirse totalmente satisfecha con su vida sexual, y quizá lo que le hace sentir insatisfecha o culpable es esa presión social de que sus fantasías son “poco feministas”. Porque, ¿qué es una fantasía sexual feminista? Es como ese calificativo que se pone y te suena “buá, fantasía feminista”. Vale, qué, pero está vacío de contenido. Porque al final lo que esconde es la prescripción de un código moral sobre tu sexualidad, y eso es sumamente peligroso, porque la sexualidad es el ámbito de la creatividad y algo no es malo para ti a menos que dificulte tu respuesta sexual, ponga tu vida en peligro o a menos que sea una amenaza de un otro hacia ti.

¿Crees que “el porno crea Manadas” o “el porno crea violadores”?

No hay una correlación entre ver porno o cometer una violación o un abuso.

En este caso estamos hablando de delitos, pero, ¿hay correlación entre ver porno y ser machista o ser misógino o tratar de forma degradante a la mujer?

Tampoco lo creo. No. No existe esta correlación. La mayoría de las personas saben diferenciar lo que es la fantasía de lo que es la realidad. Lo que sí necesitan es construir una vida sexual mucho más creativa más allá de los estereotipos de la pornografía. Habrá personas que necesiten el porno para estimularse con su pareja, como te decía antes, y otras personas necesitarán apagar el porno y reencontrarse con su cuerpo. Las dos direcciones. Este eslógan de “porno crea Manadas” es un eslogan populista, alarmante y que bebe de la psicosis. En cierto sentido, ojo, porque guarda cierta relación con las demandas que provienen de grupos ultraconservadores, y tú dices: ¿hasta qué punto los extremos se tocan? ¿Cómo te pueden vender esto como transgresor si es conservador y busca un sentido de pureza sexual? Al final no puedes ver porno ni fantasear con nadie más, tienes que conformarte con una pareja, y, además, una pareja estable, seria, que sea el padre o la madre de tus hijos.

Razones para defender la prostitución.

Yo no hablaría tanto de razones para defender la prostitución como de “razones para atender las demandas de las trabajadoras sexuales”. Personalmente (y esto lo comparto creo con muchas compañeras feministas) lo que más nos preocupa es la censura del sujeto político, tanto por parte partidos conservadores como progresistas. Porque esa censura actúa como una cortina de humo y se dejan entonces de abordar las necesidades de las personas que se dedican a la prostitución: desde aquellas necesidades dirigidas a mejorar las condiciones de trabajo a aquellas que se focalizan en alternativas laborales para quienes no desean seguir ejerciendo. Se pone el foco en el pánico y lo moral en lugar de en los derechos y demandas de esas personas.

Es cierto que se celebran muchas charlas o conferencias sobre la prostitución donde no hay siquiera una prostituta para contar su visión.

Sí. Tampoco es necesario que sí o sí tenga que haber una prostituta en esos debates, o una abolicionista, pero justamente lo que llama la atención es que hay una tendencia muy grande a censurar las voces de las trabajadoras sexuales y a censurar sus demandas. Incluso, cuando alzan su voz, la estrategia que se sigue por parte del abolicionismo, es la difamación. “Están dirigidas por el lobby proxeneta”, “en realidad son unas privilegiadas”… es una negación continua hasta el punto de que se usa la mentira. No obstante, sí de verdad interesase proteger a las trabajadoras sexuales de los abusos, habría un mejor clima para entenderlas. Evitar que se expresen no solo las condena a la exclusión sino que asimismo tampoco repercute de forma positiva en las víctimas de trata de personas con fines de explotación sexual. Conviene diferenciar entre dos categorías: víctimas de trata y trabajadoras sexuales. Si prescindimos de la distinción de esta realidad, mal vamos.

Loola Pérez

¿Una prostituta puede ser feminista?

Por supuesto.

¿Cómo se puede ser prostituta sin servir a la dominación masculina? ¿Crees que hay cosas que no se deberían comprar ni vender sin que pierdan su sentido (por ejemplo, la amistad; cuando entra el dinero pierde su sentido originario; o el sexo)? ¿Tiene sentido el sexo sin deseo, sólo con consentimiento?

Creo que el feminismo está muy obsesionado con el sexo. En ese sentido está más obsesionado que la Iglesia, en este punto. Y está muy bien que exista ese interés, ¿eh? Pero hay que profundizar en argumentos, en los deseos de las personas y en qué piensan los hombres de todo esto. Muchas de nosotras no sólo nos relacionamos con mujeres en la cama, sino que nos relacionamos con otros hombres. A veces con hombres y mujeres, todos a la vez. Sería interesante amplificar esos debates y trascender la visión de los peligros y los pánicos sexuales. Tenemos una visión muy pura del sexo pero no la tenemos de los cuidados: en los cuidados sí puede intervenir el dinero, pero en el sexo, si no hay una justificación romántica o un deseo recíproco parece que no vale. ¡Y ojo una cosa es el deseo y otra el consentimiento! Consentimiento debe existir siempre, pero más interesante es el matiz del consenso. Las prostitutas no solo consienten sino que consensuan qué practicas van a hacer o cuáles no, el uso obligatorio del preservativo, el lugar… Vamos, que tienen capacidad de agencia.

Entonces, según tu tesis, en una sociedad donde estuviéramos realmente emancipadas, ¿nosotras seríamos puteras? Si, como dices, nuestro problema ha sido la inhibición o la falta de capital… Me cuesta imaginarlo.

No lo creo (risas). Aquí hay dos cosas muy importantes: hombres y mujeres, generalmente (luego hay mucha diferencia entre grupos), no somos psicológicamente iguales (y esto no tiene por qué estar reñido con el hecho de que merecemos los mismos derechos y oportunidades). Tampoco tenemos las mismas motivaciones e intereses. Podemos encontrar a mujeres que tengan mayor interés para el romanticismo y hombres con mayor interés para la sexualidad, pero eso no significa que en el grupo de hombres y en el grupo de las mujeres queramos todos lo mismo. Tan artificial es comprar sexo como comprar amor a través de los cuidados, la compasión o la pena… ¿cómo decirte?… Es ciertamente artificial, falso, pero la mentira en el amor y en el sexo puede ser reconfortante para muchas personas y también tedioso para quien lo lleva a cabo.

¿En qué oficio se canjearía eso?

Pues por ejemplo: ¿cuánta gente ejerce cuidados, no le gusta lo que está haciendo y tiene que poner una sonrisa? Cuidando niños, por ejemplo. Y a día de hoy ya hay mujeres que compran servicios sexuales, pero para ellas seguramente sea más importante la compañía… Quizá son más discretas que muchos otros hombres, que presumen de consumir prostitución como si fuera una especie de competición entre su grupo de pares.

Ir al teatro. Parece una coña, pero no: las citas.

Sí. Prefieren eso que a lo mejor acostarse con una persona, pero muchos hombres cuando están en prostitución, muchas compañeras trabajadoras sexuales me cuentan que acaban funcionando como psicólogas. Que cuando consumen prostitución es una forma que tienen de salvar su matrimonio.

¿No crees que si la prostitución se regula vamos a legitimar una estructura donde el hombre siempre va a ser más poderoso que nosotras porque puede pagar por nuestro cuerpo, y no al revés?

No lo creo. Yo creo que los hombres están cambiando mucho en ese sentido y que para que cambien las cosas es muy importante darles derechos y reconocimientos a las trabajadoras sexuales. Cuando éstas no tienen derechos, sí que se motiva la desprotección ante los abusos… ¿A quién acudes a pedir ayuda cuando si eres puta o bien te ven como una delincuente o como una eterna víctima?

Supongo que estás en contra de perseguir al putero, como decía el PSOE, a fin de que eso sea un mecanismo para minimizar el drama de la trata.

Más que en contra de perseguir al putero, estoy en contra de que se hagan políticas contra el trabajo sexual sin contar con sus verdaderas protagonistas. Ellas reivindican que perseguir al cliente les acaba perjudicando a ellas, porque tienen que hacer el servicio a escondidas, más rápido, con mayor presión, sin poder a lo mejor negociar el uso del preservativo… y eso sí me parece interesante, cuidar sus condiciones y que sean lo menos peligrosas posible.

¿Es compatible el feminismo con la teoría queer? ¿Qué hacemos con las TERF?

La teoría queer al fin y al cabo es una teoría que ya empieza a tener peso de corriente en el feminismo. Viene a ampliar, a transgredir, a subvertir… creo que el feminismo queer vive de experiencias puramente individuales, sobre todo para las personas trans que están reivindicando su identidad como personas trans desde un sustrato puramente biológico, porque cada vez hay más evidencias científicas a este respecto.

¿En qué sentido?

Hay una área del cerebro concreta, la denominada BSTc, que parece elemental en el comportamiento sexual y que es similar entre mujeres cis y mujeres trans, y entre hombres cis y hombres trans. Ya tenemos ahí algo para empezar a entender el fenómeno de la transexualidad. También el sexólogo Milton Diamond tiene trabajos muy interesantes sobre la influencia genética de la transexualidad. Ser trans no es que tú te disfraces, no es que no te apetezca ser hombre o mujer. Ser trans es una identidad y debe ser reconocida, respetada y tener garantías legales cuando se sufre discriminación. Es decir, como cualquier otra persona que sea cisgénero… A menos que estemos tratando con personas sumamente intolerantes, no creo que sea difícil de entender. Y creo que el feminismo no debería usar la bandera de la ignorancia y la intolerancia con respecto a esto como ya hace hoy la ultraderecha. Hay comparaciones que son odiosas, pero es más terrible negar la intolerancia que se puede llegar a respirar dentro del movimiento contra las personas trans. Es una verdadera lástima.

 

¿Trabajo sexual o explotación? El debate sobre la prostitución estalla en Argentina

 

Por Francisco Lucotti 

8 de febrero de 2020

https://mundo.sputniknews.com/america-latina/202002081090407190-trabajo-sexual-o-explotacion-el-debate-sobre-la-prostitucion-estalla-en-argentina/

 

La discusión se da en todo el mundo. De un lado, las abolicionistas, que condenan la mercantilización de los cuerpos y abogan por erradicar la prostitución. Del otro, las regulacionistas reivindican el trabajo sexual como una elección propia, una profesión que difiere de la indebida explotación del cuerpo femenino y la trata de mujeres.

 

El afiche muestra a una mujer en cuclillas, vestida únicamente con medias de red, con un pancho (hot dog) en la mano, además de un número de teléfono. Lo que a simple vista pareciera un volante de oferta sexual —prohibidos por ley desde 2012 en Argentina— es la polémica campaña de marketing por el nuevo sencillo de la cantante Jimena Barón.

Barón es una actriz argentina de TV que lanzó recientemente su carrera musical con un claro mensaje en contra del machismo. Así se transformó en una mediática referente a favor del derecho de las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos y del lado de aquellas que también rechazan el estigma del trabajo sexual.

La canción en cuestión se llama Puta y la artista explicó que buscó resignificar el insulto: «Es una palabra que está en todos lados. Totalmente naturalizada y pronunciada en boca de los cantantes hombres más famosos y exitosos. Si como mujer sintieras orgullo de ser puta sos una vergüenza, no sos mujer. ‘Puta’ es la lucha de varias, que no joden a nadie pero son humilladas y vapuleadas por pretender ser libres y a la vez mujeres».

Mercantilización de la sexualidad, criminalización de la pobreza

Las primeras en apoyar a la cantante fueron las referentes de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (Ammar), una agrupación que nuclea a más de 6.500 trabajadoras sexuales en todo el país y adherida a la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA), quienes desde hace 25 años militan por la regularización laboral de quienes ejercen la prostitución para evitar así las persecuciones y conquistar derechos.

«Nuestra postura no es liberal sino sindical, con conciencia de clase. Consideramos que la prostitución es nuestro trabajo, por decisión propia, de manera autónoma y voluntaria. Tomamos esta decisión por falta de oportunidades y por la precarización de la oferta laboral para las mujeres, que en gran medida somos madres y jefas de hogares», dijo a Sputnik Georgina Orellano, secretaria general de Ammar.

Orellano, quien publicó una foto junto a Barón en medio de la polémica, criticó que solo se le cuestione la libertad a las trabajadoras sexuales y no al conjunto de la sociedad inmersa en el sistema capitalista, cuando la clase obrera por lo general no elige su situación.

«Que traten de imponer que solo nuestro trabajo implica una explotación del cuerpo es tener una mirada moral de lo que sucede verdaderamente en el sistema laboral. Queremos plantearle al Estado políticas públicas desde la realidad, no desde la teoría ni las utopías», insistió.

La referente de Ammar criticó que una parte de la sociedad acepte la mercantilización de ciertas partes del cuerpo pero ponga el límite en la comercialización de la sexualidad, y puso como ejemplo a modelos, promotoras, bailarines y otras profesiones «que explotan el capital erótico y la hegemonía de la belleza».

Visiones dispares dentro del feminismo

La estrategia de promoción de Barón provocó inmediatas reacciones negativas por parte de sectores del feminismo que juzgaron el mensaje como una banalización de la problemática de la prostitución, que relacionan como ejemplo máximo de la institución de la violencia patriarcal, con su inevitable vinculación con el siniestro mundo clandestino de la trata de personas.

Una de las voces más efusivas fue la de Carolina Aguirre, guionista de la telenovela Argentina, tierra de amor y venganza, que narra la historia detrás de Zwi Migdal, una red de trata conformada por delincuentes de origen judío y operó en Argentina entre 1906 y 1930.

«Qué decepción que pienses que la esclavitud sexual es un trabajo o que venimos a este mundo a ser vertederos de semen y de [enfermedades] venéreas y víctimas de violencia por unos pesos. Qué pena que no entiendas que el feminismo es para proteger a las más débiles y no a vos que podés elegir. El feminismo es abolicionista porque no tolera la explotación de la mujer en ninguna de sus formas», le escribió Aguirre a Barón en las redes sociales.

Sin embargo, fueron varias las voces mediáticas dentro del feminismo (figuras dispares como la popular vedette y conductora Moria Casán o la comediante Malena Pichot), quienes defendieron la osadía de Barón y la visión no punitivista, como acompañamiento desde la sororidad o por empatía política.

En Argentina, la prostitución no está penada por la ley siempre y cuando se ejerza en el ámbito privado, pero sí está prohibida la promoción en la vía pública, el proxenetismo (lucrar con la actividad de terceros) y la trata de personas. Sin embargo, no es un considerada un trabajo formal.

«Las trabajadoras sexuales no tenemos obra social, ni nuestros hijos, no podemos hacer aportes jubilatorios, trabajamos en un marco de ilegalidad porque nuestros espacios están criminalizados», explicó Orellano.

Ammar busca que sus integrantes sean sujetos de derechos laborales para poder salir de la clandestinidad además de una regulación estatal para distinguir entre la explotación violenta de quienes son forzadas a prostituirse y la libertad de quienes desean ejercer bajo un modelo no punitivo.

Modelo holandés vs. modelo sueco, una discusión mundial

Conocido como modelo de «reducción de daños» o holandés, en referencia a la política de regulación estatal de la actividad en burdeles y vitrinas impuesta en los Países Bajos desde 1999, se inscribe dentro de las corrientes legalistas. También son conocidos los casos de Alemania, Dinamarca y Nueva Zelanda.

Parte de las premisas de que la prostitución existe y seguirá existiendo y de que la trata de personas no es su sinónimo, y que puede transformarse en una salida laboral y en un trabajo digno para quienes lo elijan voluntariamente si las condiciones están garantizadas.

Para esto se debe profundizar con los esfuerzos para eliminar la explotación forzada (que corre en paralelo y no necesariamente va a disminuir con la legalización, como ocurre en Holanda) y ofrecer un marco regulatorio que asegure derechos, salud y seguridad para todos.

La postura contraria es la abolicionista que mencionaba Aguirre, conocida como modelo de «eliminación del daño» o sueco, en referencia a la ley implementada en Suecia desde 1998. Otros países han avanzado en esta dirección desde entonces: Bélgica, Canadá, Corea del Sur, Escocia, Finlandia, Francia, Irlanda, Islandia, Noruega, Singapur, Sudáfrica, con diferentes aplicaciones.

Esta parte de la idea de base de que la prostitución es, en esencia, una forma de opresión, un abuso de poder, un mecanismo de violencia machista que somete a alguien a vender su cuerpo, siempre por necesidad y carencia, más allá de que el intercambio comercial sea voluntario, en cuyo caso será una minoría, por lo que dedica su esfuerzo en criminalizar la demanda: legaliza el acto de prostituirse pero persigue la compra de servicios sexuales.

 

Colombia: silencioso liderazgo mundial en prostitución

Por Mauricio Rubio

6 de febrero de 2020

https://www.elespectador.com/opinion/silencioso-liderazgo-mundial-en-prostitucion-columna-903034

 

Los sesgos y manipulación de la realidad son tan comunes en Colombia que inventariarlos sería imposible. Un silencio protuberante es la magnitud y naturaleza del sexo pago.

A pesar de la evidencia periodística y testimonial en contra, el feminismo internacional impuso la fábula de que toda la prostitución es forzada. Para sostener esa visión, no hay reparo en impedir que se observe, discuta y diagnostique el fenómeno. El mito se manufacturó en despachos de académicas y burócratas internacionales que, probablemente sin haber hablado nunca con una prostituta, se empeñan en dizque rescatarlas del yugo patriarcal. En realidad las desprecian e ignoran. Bajo presión feminista, la Universidad de la Coruña vetó una jornada sobre trabajo sexual por “ser del lobby proxeneta para captar jóvenes y educar a nuevos puteros”. Acusaciones del mismo calibre son comunes contra funcionarias de la Alcaldía de Bogotá que diseñan y ejecutan programas a favor de las prostitutas. Por presión abolicionista, la Complutense de Madrid eliminó el curso «Introducción a la teoría del porno».

Silenciar un fenómeno complejo por desafiar ideologías, imaginando que así cambiará o encajará en dogmas y doctrinas, es característico de los idealismos que progresivamente cooptaron el debate y la política pública. Pensar con el deseo es la norma en las áreas manipuladas por activismos tan candorosos como autoritarios. Paradójicamente, cuentan con el respaldo de célebres intelectuales y artistas que dejaron de ser libertarios y críticos para convertirse en cajas de resonancia de visiones utópicas, siempre reaccionarias.

En su novela Plateforme, publicada en 2001, el novelista Michel Houellebecq señala el turismo sexual como motor de la prostitución mundial. De vacaciones en Asia, un funcionario francés conoce a una compatriota dueña de una agencia de viajes. Al regresar a París organizan un nuevo paquete turístico para las aventuras sexuales de los viejos verdes europeos. Deciden que Tailandia será el mejor destino, por su exótica naturaleza y la accesibilidad de sus mujeres.

La fórmula Houellebecq es llamativa: occidentales ricos y maduros, con vidas de pareja desdichadas, buscan jóvenes donde el amor y la sexualidad permanecen intactos. Dinero con miseria sexual en sociedades desarrolladas contra pobreza material pero riqueza amorosa en lugares exóticos. La solución es obvia. “Cientos de millones de occidentales tienen todo lo que quieren, pero no encuentran satisfacción sexual. Del otro lado hay varios miles de millones de mujeres que mueren de hambre, que se mueren jóvenes, que viven en condiciones insalubres, y que no tienen nada más que vender sino sus cuerpos y su sexualidad intacta”. Las posibilidades del novelesco mercado son infinitas: “más que la informática, más que la biotecnología, más que la industria y los medios; no existe un sector económico que se le pueda comparar”. Las transferencias económicas del centro a la periferia son monumentales.

Años antes de la publicación de Plateforme, el premio Nobel de Economía Amartya Sen llamaba la atención sobre enormes desequilibrios demográficos en el Asia. Calculaba un faltante de cerca de 100 millones de mujeres, particularmente crítico en la China y la India, por los sesgos contra las niñas en nutrición y cuidados médicos. Una década después, el mismo Sen anotaba que mientras en la India la situación había mejorado, en la China se había agravado por la política del hijo único y la posibilidad de abortar al saber el sexo del bebé.

Como históricamente los booms de prostitución han ocurrido bajo agudos superávits masculinos —guerras, cercanía de cuarteles o colonización de frontera— busqué contrastar la hipótesis implícita en las observaciones de Sen. La información disponible sobre incidencia de la prostitución en varios países el mundo, una encuesta en línea realizada por Durex, fabricante de preservativos, confirmó las sospechas. El grueso de la demanda mundial por servicios sexuales es local y se encuentra allá donde Houellebeck daba por descontado lo contrario, un exceso de oferta. Vietnam lidera la lista con un 34% de hombres que reportan haber pagado alguna vez por tener sexo. En Europa, plagada de viejos verdes, la cifra apenas alcanza el 7%.

En la Encuesta Nacional de Demografía y Salud del 2015 se le hizo a los colombianos la misma pregunta de Durex. Los resultados muestran que en nuestro país hay aún más clientes de la prostitución que en Vietnam, casi el doble que en Asia y cinco veces los de Europa. ¿Como se satisface la demanda del país líder global del sexo pago? Lamentablemente, feministas abusivas, sexistas y poco curiosas se apropiaron del mejor instrumento de medición de la situación de las mujeres colombianas para solo preguntarles si alguna vez habían sido forzadas a vender sexo: la prostitución voluntaria no les interesa, no permiten conocer su magnitud, ni su perfil por edades o regiones, ni los factores que distinguen a quienes la ejercen, ni los riesgos que enfrentan. Sólo el oscurantismo satisface su soberbia.

 

REFERENCIAS

Houellebecq, Michel (2001). Plateforme. Paris : Flammarion

Pérez, Loola (2019) “El veto a las putas, una historia de dogmatismo y cobardía”. El ConfidencialSep13

Rubio, Mauricio (2009).  Viejos Verdes y Ramas Peladas. Una Mirada Global a la Prostitución. Bogotá: Universidad Externado de Colombia

______________ (2018). «Los clientes de la prostitución en Colombia Análisis con la Encuesta Nacional de Demografía y Salud 2015». Academia.edu

______________ (2018) “Separados, viudos y solterones”. El EspectadorMarzo 21

Sen, Amartya (1990). “More Than 100 Million Women Are Missing ”. The New York Review of Books. Vol 37, Nº 20

Sen Amartya (2003). “Missing women   revisited”. BMJ. Vol 327 pp 1927 1928

 

Sexo, esclavas y ciudadanas: la política de la lucha contra la trata

 

Bridget Anderson y Rutvica Andrijasevic

Diciembre de 2008

https://www.researchgate.net/publication/42796528_Sex_Slaves_and_Citizens_The_Politics_of_Anti-Trafficking

 

 

Centrarse en los males de la trata es una forma de despolitizar el debate sobre la migración.

 

La trata de personas está en las noticias. Está en la agenda política, tanto a nivel nacional como internacional. Miles de personas, cientos de grupos, docenas de periódicos están decididos a eliminarla. Este enfoque en la trata consistentemente refleja y refuerza la profunda preocupación pública sobre la prostitución / trabajo sexual, y también sobre la inmigración, y el abuso y la explotación que tan frecuentemente implica. Así que, oponerse a esta expresión, o a algunas de las acciones tomadas como respuesta a esta preocupación, es similar a decir que uno respalda la esclavitud o está en contra de lo que todo el mundo considera correcto. La trata de personas es un tema que se supone que nos unirá a todos. Pero creemos que es necesario atravesar la línea de oponerse a lo que todo el mundo considera correcto sin que eso suponga respaldar la esclavitud, porque el pánico moral acerca de la trata está desviando la atención de las causas estructurales del abuso que sufren las trabajadoras migrantes. La preocupación se centra en los malvados malhechores más que en factores más sistémicos. En particular, ignora el enfoque del Estado respecto a la migración y el empleo, enfoque que construye efectivamente grupos de no ciudadanos que pueden ser tratados como desiguales con impunidad.

¿Qué es la trata? Definiciones y la Convención de la ONU

En noviembre de 2000, la Asamblea General de la ONU adoptó la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional. El propósito de esta convención era promover la cooperación interestatal en la lucha contra el crimen organizado transnacional y eliminar los «refugios seguros» para sus perpetradores. Se complementa con tres protocolos adicionales, que tratan sobre el tráfico ilícito de migrantes, la trata de personas —especialmente mujeres y niños— y el tráfico de armas de fuego. La definición de trata de personas en el Protocolo contiene tres elementos: se define como una acción, que consiste en «el reclutamiento, transporte, transferencia, albergue o recepción de personas»; como una acción que ocurre mediante ‘la amenaza o el uso de la fuerza u otras formas de coerción, de secuestro, de fraude, de engaño, de abuso de poder o de una posición de vulnerabilidad o de dar o recibir pagos o beneficios para lograr el consentimiento de una persona que tiene control sobre otra persona»; y como una acción que se lleva a cabo ‘con el propósito de explotación … (que) … incluirá, como mínimo, la explotación de la prostitución de otros u otras formas de explotación sexual, trabajo o servicios forzados, esclavitud o prácticas similares a la esclavitud, servidumbre o extracción de órganos «.

Es importante recordar que el Protocolo de Palermo, como se le conoce, no es un instrumento de derechos humanos. Es un instrumento diseñado para facilitar la cooperación entre Estados para combatir el crimen organizado, más que para proteger o dar una compensación a las víctimas del crimen. Los Estados deben fortalecer los controles fronterizos para evitar la trata y el tráfico. Los controles fronterizos y la cooperación policial, no la protección de los derechos humanos, se encuentran en el centro de ambos protocolos de tráfico y trata. El énfasis está en interceptar a los tratantes y traficantes y en castigarlos y enjuiciarlos. Si bien se alienta a los Estados a ofrecer protección a las personas tratadas, en particular a considerar brindar a las víctimas de trata la posibilidad de permanecer, temporal o permanentemente, en su territorio, las obligaciones reales son mínimas y las disposiciones de protección son débiles. Aunque existen otros instrumentos legales más progresivos que rigen la trata, incluso en estos la protección de las personas tratadas depende de su cooperación con las autoridades.

Las preocupaciones del Protocolo de Palermo con el crimen y las fronteras surgieron en parte de una preocupación más particular sobre la prostitución de mujeres y menores, y hay una referencia especial hecha en el protocolo a la explotación sexual y la explotación de la prostitución de otros. Los medios, las políticas y la investigación sobre la trata se han centrado en su mayor parte exclusivamente en el trabajo sexual, y la trata se asocia comúnmente con la «esclavitud sexual» y el crimen organizado. Periodistas, políticos y académicos representan rápidamente a las mujeres migrantes en la industria del sexo como víctimas de abuso y violencia, y a los tratantes como personas y/u organizaciones mafiosas similares a las que esclavizan a las mujeres en la prostitución. Esto ayuda a instalar la imagen de la trata dentro de un binario simplista y estereotipado de víctima engañada / inocente (mujeres extranjeras) y tratantes malvados (generalmente hombres extranjeros). La trata aparece como una actividad que tiene lugar fuera de cualquier marco social: son los individuos criminales los responsables.

Los gobiernos, particularmente en Europa, también culpan a los tratantes por la proliferación de la migración irregular y el abuso de los trabajadores migrantes. Por ejemplo, en su prólogo al documento del Ministerio del Interior “Reforzando las reglas” (2007), el entonces Ministro del Interior del Reino Unido, John Reid, dijo:

Si no se hace frente a los tratantes de personas que están detrás de las tres cuartas partes de la migración ilegal a este país, las personas vulnerables y a menudo desesperadas quedan a merced de los delincuentes organizados.

La imagen de la Víctima de Trata se utiliza para invocar una reacción emocional y una imagen de grandes cifras, haciéndose eco de los temores de «oleadas» y «hordas» de migrantes («ilegales»). (Ha habido un cambio reciente en el discurso, por el que la emoción dominante se ha convertido en lástima en lugar de miedo, pero los efectos son muy similares). La representación de la trata como el principal impulsor de la migración ilegal es un desarrollo relativamente nuevo: – contrástense las declaraciones de John Reid con las declaraciones del Ministerio del Interior de 2002, cuando el número de víctimas de trata era «pequeño» y la mayoría de los inmigrantes ilegales se encontraban en el Reino Unido «con su consentimiento» .2 Hay poca evidencia que respalde las cifras que se esgrimen. Por ejemplo, el Departamento de Estado de los EE. UU. estima que entre 600.000 y 800.000 personas son tratadas anualmente a través de las fronteras internacionales, pero la Oficina de Responsabilidad del Gobierno de los EE. UU. ha criticado severamente éstas y otras estimaciones, describiéndolas como ‘cuestionables’ y basadas en metodologías débiles.3 Señala que, desde 1999, menos de 8.000 migrantes en 26 países han recibido asistencia a través de la Organización Internacional para las Migraciones (que es una de las principales organizaciones intergubernamentales que se ocupan del tema). Hay una brecha significativa entre números estimados y víctimas identificadas, y las estimaciones resuenan con el temor de ser sobrepasados por «ilegales». Así, en el Reino Unido hay unos 35 lugares para mujeres identificadas como víctimas de trata sexual, y en 2007 solo hubo 17 condenas por delitos de trata, todos por trata sexual. 4

Esta equiparación de migración ilegal y trata no está respaldada por el Protocolo de Palermo. De hecho, los protocolos de la ONU establecen que la entrada a un Estado puede ser legal o ilegal en el caso de la trata (mientras que el tráfico solo puede referirse a la entrada ilegal). También afirman que la trata puede tener lugar dentro de las fronteras nacionales. No es necesario ser «ilegal» para ser tratada, así como tampoco es necesario ser «prostituta». Por lo tanto, en la práctica, hay problemas de definición cruciales sobre lo que realmente constituye trata que no se han resuelto. Esta falta de claridad no ha impedido el éxito del Protocolo de Palermo; quizás incluso lo haya facilitado. Mientras que la Convención de las Naciones Unidas sobre la Protección de los Derechos de Todos los Trabajadores Migrantes y sus Familias, aprobada por la ONU en 1990, tenía solo 15 signatarios en julio de 2008, el Protocolo de Palermo tenía en ese momento 117 signatarios.

La trata como «antipolítica»

Esta falta de claridad definitoria permite un deslizamiento constante entre «inmigración ilegal», «prostitución forzada» y «trata”. Todos están de acuerdo en que la trata y la explotación (sexual) están mal, a pesar del problema sobre lo que realmente significan estas palabras. Esto ayuda a crear un consenso humano fuera del debate político; nadie puede dudar de que la «trata» debe ser eliminada. El deslizamiento sirve para despolitizar las intervenciones contra la trata y evitar que se fije la atención sobre el papel del Estado en la creación de las condiciones en las que ocurre la explotación. Nuestro argumento es que esta despolitización es en realidad una forma de «antipolítica»: 5 introduce de contrabando la política bajo una «agenda humanitaria» aparentemente orientada a la asistencia y protección de las víctimas. La víctima de la trata no es una figura apolítica, como hemos visto: es una que ha sido adoptada por el Estado. La pregunta entonces es: ¿cuáles son las políticas que se están introduciendo de contrabando? Al abordar esto, consideraremos tres áreas clave: la política del sexo, la política del trabajo y la política de la ciudadanía. (El hecho de que éstas puedan ser imaginadas como terrenos separados de compromiso político es quizás en sí mismo el punto más digno de mención).

Politica del sexo

Las negociaciones sobre el Protocolo de Palermo reunieron a Estados y feministas que estaban particularmente preocupados por la prostitución, y hasta hace poco las discusiones políticas y la investigación sobre el trata se han centrado mucho en las actitudes hacia el trabajo sexual en lugar de hacia la migración. Las discusiones sobre el Protocolo en sí mismas se vieron afectadas por el debate polarizado entre quienes podrían denominarse «abolicionistas feministas» y quienes argumentaron desde la perspectiva de los «derechos de las trabajadoras sexuales». Las abolicionistas argumentan que la prostitución reduce a las mujeres a objetos comprados, y siempre y necesariamente es degradante y perjudicial para las mujeres. Por lo tanto, no reconocen ninguna distinción entre la prostitución «forzada» y la «libre elección», y sostienen que al tolerar, regular o legalizar la prostitución, los Estados permiten la violación reiterada de los derechos humanos a la dignidad y la autonomía sexual. La prostitución es un «crimen de género», parte del dominio patriarcal sobre la sexualidad femenina, y su existencia afecta negativamente a todas las mujeres al consolidar los derechos de acceso de los hombres a los cuerpos de las mujeres. Toda prostitución es una forma de esclavitud sexual, y la trata está intrínsecamente relacionada con la prostitución. Desde este punto de vista, las medidas para erradicar el mercado del sexo comercial son simultáneamente medidas contra la trata y viceversa.

Las feministas que adoptan lo que podría denominarse una perspectiva de «derechos de las trabajadoras sexuales» rechazan la idea de que toda prostitución es forzada e intrínsecamente degradante. Ven el trabajo sexual como un trabajo en el sector de servicios y ven las acciones estatales que penalizan o castigan de alguna otra forma a quienes toman la decisión individual de ingresar en la prostitución como una negación de los derechos humanos a la autodeterminación. También desafían fuertemente la simple equiparación de las abolicionistas feministas de la demanda de trata y la demanda de prostitución. Desde este punto de vista, es la falta de protección para las trabajadoras de la industria del sexo, ya sea migrante o no, en lugar de la existencia de un mercado para el sexo comercial en sí mismo, lo que deja espacio para la explotación extrema, incluida la trata. Por lo tanto, la solución al problema radica en sacar de la clandestinidad el sector sexual y regularlo de la misma manera que otros sectores de empleo están regulados.

La mayoría de los Estados de la UE adoptan un enfoque prohibicionista: prohibir la prostitución y penalizar a las trabajadoras sexuales. Sin embargo, el gobierno sueco tiene un modelo «neoabolicionista», que el gobierno británico ha estado considerando adoptar. Este penaliza a los compradores de servicios sexuales y prohíbe la compra y el intento de compra de servicios sexuales. Dentro de esta lógica, la prostitución y la trata sexual se consideran una cuestión de oferta y demanda: la oferta es creada por la demanda de los hombres por los servicios sexuales de las mujeres. La solución entonces es restringir la demanda.

La propuesta de penalizar la prostitución para combatir la trata sexual y la explotación de las trabajadoras migrantes en el sector sexual a menudo se basa en una visión simplista de la industria del sexo y la forma en que opera el sector. Centrar los esfuerzos y políticas antitrata en los compradores como aquellos que causan la demanda, y / o en los «tratantes» como explotadores del trabajo de los migrantes, desvía la atención del contexto económico, social y político mucho más amplio dentro del cual se encuentra la industria del sexo; y en particular, para los propósitos de nuestro argumento aquí, desvía la atención del papel que juegan las regulaciones de residencia y empleo en los Estados de destino. Este enfoque también reduce la migración y la participación de las mujeres en la industria del sexo a la idea de la esclavitud (sexual), y simplifica las relaciones sociales al verlas exclusivamente en términos de opresión patriarcal o actividad criminal, sin dejar espacio para la autonomía de las trabajadoras sexuales. Además, agrega fuerza a la idea de que la trata es igual a la migración forzada e ilegal, y fomenta una separación total imaginaria entre las formas de migración «legales» e «ilegales».

Finalmente, un enfoque en el trabajo sexual como la característica principal de la trata de personas hace poco para disipar el pánico moral que alimenta los temores a la migración ilegal. Por el contrario, refuerza fuertemente la idea de que se requiere una restricción creciente. Quienes defienden la penalización de los clientes no consideran que es precisamente el endurecimiento de los controles de inmigración y las leyes laborales restrictivas lo que crea las condiciones para la proliferación de la ilegalidad y la explotación laboral.

Politica de trabajo

La preocupación del Estado por la trata parece ofrecer un espacio para quienes están preocupados por los derechos humanos y / o laborales de los migrantes; existe una creciente presión para ampliar el debate desde su enfoque en la trata sexual hasta una preocupación más amplia con el trabajo forzado. Aquí, académicos, organizaciones de migrantes y algunos sindicatos, así como la Organización Internacional del Trabajo, han tratado de explotar el terreno común que aparentemente comparten con los gobiernos en su deseo de erradicar la trata y el trabajo forzado.

Un enfoque en los derechos de los trabajadores resalta una serie de contradicciones en el pensamiento del gobierno. Aquí surge un problema clave de lo que en realidad se entiende por «fuerza» y «explotación». ¿Cómo distinguir la trata de los contratos de trabajo legalmente tolerados (también de las formas legalmente toleradas de explotación de mujeres y niños dentro de las familias)? Las preguntas sobre qué constituye una práctica laboral explotadora son muy controvertidas; de hecho, históricamente han sido y siguen siendo un foco central de la lucha del movimiento laboral organizado para proteger a los trabajadores. En ausencia de un consenso político global sobre los derechos mínimos de empleo, o de las normas transnacionales e intersectoriales con respecto a las relaciones laborales, es extremadamente difícil llegar a un criterio para medir la «explotación». La mano de obra migrante con bajos salarios está permitida y buscada por los empleadores, precisamente porque puede ser explotada. ¿Cómo trazar una línea en la arena entre los migrantes «tratados» y los migrantes «no tratados sino sometidos al tipo corriente de explotación»? De hecho, dado que el movimiento a través de las fronteras internacionales no es un requisito para que tenga lugar la trata, ¿cómo puede hacerse esta distinción entre los migrantes con trata y los trabajadores explotados en general, y por qué hacerlo? Los abusos pueden variar en severidad, lo que significa que generan un continuo de experiencia en lugar de ser definibles mediante una simple dicotomía. Las ideas sobre el punto preciso en este continuo en el que terminan las formas tolerables de migración laboral y comienza la trata variarán de acuerdo con nuestros valores políticos y morales. Independientemente de si son migrantes o no, los trabajadores no pueden dividirse en dos grupos completamente separados y distintos: aquellos tratados que son sometidos involuntariamente a la miseria de las condiciones de esclavitud en un sector económico ilegal o no regulado, y aquellos que trabajan voluntaria y legalmente en la felicidad y la protección del mundo de la economía formal. Violencia, confinamiento, coerción, engaño y explotación pueden ocurrir y ocurren tanto dentro de los sistemas de trabajo regulados legalmente como en los irregulares, y tanto dentro de los sistemas de migración legales como de los ilegales.

Entonces surge la pregunta de por qué el desplazamiento importa en absoluto en estos debates. ¿Por qué ser forzada a prostituirse o a trabajar en su ciudad natal es menos atroz que ser forzada a prostituirse o trabajar en otro lugar? Es el resultado—la explotación y el abuso— lo que constituye el problema, no dónde tiene lugar. Es aquí donde entra en juego la fusión entre la inmigración ilegal y la trata. Porque permite eludir la cuestión que es clave para los activistas pero que los Estados quieren evitar: ¿cuál es el papel que juegan los controles de inmigración para aumentar la vulnerabilidad a la explotación y el abuso? Ciertos estatus de inmigración crean grupos marginados sin acceso al mercado laboral formal, ni a ninguna de las protecciones generalmente ofrecidas por los Estados a ciudadanos y trabajadores. De este modo, el propio Estado equipa a los empleadores con mecanismos de control y retención laboral que de otro modo no estarían disponibles para ellos y que tienen el potencial de ser fuente de abusos. Pero la atención casi siempre se desvía de esta pregunta hacia los «empleadores malvados».

La figura del malvado empleador y tratante arroja una sombra sobre el papel del Estado en la construcción de la vulnerabilidad. Para la víctima individual de trata o la víctima de explotación, es el empleador, proxeneta o tratante quien niega el acceso a los derechos sociales básicos, como el tratamiento hospitalario. Pero si estos individuos no negaran el acceso, el Estado lo haría. De hecho, una de las principales fuentes de vulnerabilidad es la restricción del acceso a los derechos sociales legitimada por el Estado. Una realidad altamente política sobre el papel del Estado en la construcción de la vulnerabilidad para los no ciudadanos —una realidad con posibles soluciones políticas— se oscurece al pedir a los Estados que protejan los derechos humanos de las víctimas de la trata. Es notable que no haya una petición similar al Estado para que proteja los «derechos humanos» de los «inmigrantes ilegales».

Politica de ciudadania

El discurso de la trata debe verse como parte de un intento más general de despolitizar la cuestión de la migración. Los discursos gerenciales también son una parte importante de este proceso: la cuestión pasa a ser la de administrar lo que tiene sentido económico, de nombrar expertos para determinar las sutilezas de la oferta y la demanda de mano de obra. Por lo tanto, la política de migración se convierte en una cuestión de operacionalizar los juicios técnicos en lugar de un proceso político, y la «tranquilidad» consiste en asegurar al público que se tomarán las decisiones técnicas correctas. De hecho, la migración es una de las cuestiones políticas más fundamentales de todas: ¿quién constituye la política?

Esta no es simplemente una pregunta formal: aborda preguntas sobre cómo se crea una política, qué implicaciones tiene.6 La ciudadanía no es simplemente un estatus legal otorgado por el Estado. Es un proceso dinámico y se construye activamente. La ciudadanía es representada por una variedad de actores, y sus actos están habilitados o restringidos por las estructuras sociales y las condiciones materiales de sus vidas. Como argumenta Balibar, podemos ver las demandas de derechos de los trabajadores migrantes como «expresiones parciales pero directas del proceso de creación de derechos, una dinámica que permite que la constitución política sea reconocida como ‘soberanía popular’ o democracia».

La ciudadanía no es una manifestación abstracta del poder del Estado; está encarnada y representada por individuos que disfrutan, negocian o no negocian los privilegios y / o barreras de la pertenencia a la misma. Es un tema de discusión y se constituye a través de una interacción continua entre las prácticas de ciudadanía y su codificación institucional. La cuestión de los derechos de los trabajadores migrantes es parte de esta interacción política. La negación de que éste es un campo de disputa política, ya sea tratando la migración como una cuestión económica, o considerando los abusos de derechos como originados por individuos independientes, cierra el debate.

Si bien la inmigración ilegal y la trata son frecuentemente presentadas como si fueran la misma cosa por los medios de comunicación y por los sucesivos Ministros del Interior, solo las más victimizadas —aquellas que no pueden actuar por sí mismas— pueden ser calificadas como víctimas de trata y tener derecho a la asistencia y protección del Estado. Para pasar la «prueba» de trata, una debe ser una víctima «verdadera»: herida, sufriente y esclavizada. Dado que las víctimas se definen como aquellas que necesitan ayuda (por parte del Estado, las ONG, la policía o los clientes), no son vistas como sujetos políticos sino como objetos de intervención. Las víctimas no pueden participar en el ámbito de lo político. Otros deben actuar en su nombre, y de hecho ha habido una gran cantidad de organizaciones e iniciativas contra la trata. El lenguaje de la trata borra cualquier idea de lucha y trabaja para estabilizar las transformaciones políticas y sociales provocadas por la migración, ya que confina a los migrantes en la victimización. Esto refuerza la noción de que uno no puede comprometerse con la ciudadanía como un proceso, sino solo con la ciudadanía como un estatus legal formal administrado por un Estado omnisciente.

Sin embargo, incluso la ciudadanía como un estatus legal formal está muy lejos para las víctimas de trata. En primer lugar, es extremadamente difícil obtener el estatus de víctima de trata. En contraste con las grandes cifras que se invocan, el Estado reconoce a muy pocas personas como víctimas de trata. Además, ese estatus conlleva solo derechos temporales. El período de reflexión de treinta días —una oportunidad para que la víctima de trata considere si va o no a tomar acciones legales contra los tratantes y, por lo tanto, evitar la expulsión o la deportación— solo se implementó después de una considerable presión de las ONG. El estatus de víctima de trata no garantiza un derecho automático a permanecer en el Reino Unido; simplemente indica un derecho temporal a la asistencia y a permanecer en el país, que se elimina después de que la víctima ha colaborado con las autoridades para ayudar al procesamiento de los tratantes. Lo que sigue, en el idioma del Ministerio del Interior, es la reintegración y reasentamiento de las víctimas, eufemismo por deportación. La categoría legal de víctima de trata no tiene como objetivo la protección de las víctimas, sino más bien el enjuiciamiento de los tratantes. En su asignación de derechos temporales y condicionales, el estatus de víctima de trata normaliza la exclusión producida a través de políticas laborales y de inmigración restrictivas, y sirve para mantener la organización jerárquica de acceso a los derechos y la ciudadanía.

La referencia a los abusos cometidos por actores individuales —tratantes brutales y empleadores explotadores— oscurece la importancia de la ciudadanía formal / estatus legal, y el papel del Estado en la construcción de la vulnerabilidad a través de la negación del estatus legal. Las medidas y la retórica contra la trata convierten el conflicto político en un parcheo de contradicciones o ajustes negociados de intereses, y la negociación y el parcheo generalmente no son hechos por los migrantes.

Conclusión

Muchas personas sienten una profunda preocupación por la injusticia generalizada que padecen tantas personas, especialmente cuando ocurre cerca de casa y es una clara manifestación de las desigualdades mundiales. Y el entusiasmo con el que se apoyan las campañas y políticas «contra la trata» es una manifestación de tal preocupación. Pero si se quiere terminar con la explotación y el abuso, se deben buscar soluciones que vayan más allá de identificar a las víctimas y encarcelar a los tratantes. Al apuntarse a políticas y campañas contra la trata, existe el peligro de ser engañados por un juego de manos que fusiona ilegalidad y trata, y presenta controles de inmigración cada vez más duros como siendo a favor de los intereses de los migrantes. Los controles de inmigración producen grupos de personas que son «deportables» y, por lo tanto, particularmente vulnerables al abuso. El Estado es responsable del mantenimiento de un marco legal dentro del cual ciertas ocupaciones y sectores están desregulados, y existen fuera de las reglas de protección laboral; y es cómplice al permitir que terceros obtengan ganancias del trabajo de los migrantes, ya sea en el sexo comercial u otros sectores. Por lo tanto, es importante volver a poner al Estado en el análisis y abordar el papel desempeñado por las regulaciones laborales y de inmigración del Estado en la creación de las condiciones en las que la trata y la explotación de la mano de obra migrante pueden florecer.

 

Notas

  1. Por ejemplo, el Convenio del Consejo de Europa sobre la acción contra la trata de seres humanos y la Directiva del Consejo sobre el corto plazo

Sexo, esclavos y ciudadanos

El permiso de residencia hace hincapié en los planes de protección de las víctimas, pero también están condicionados a la cooperación con las fuerzas del orden.

 

  1. Ministerio del Interior, fronteras seguras, refugio seguro. Integración con la diversidad en la Gran Bretaña moderna, HMSO 2002.

 

  1. Oficina de Responsabilidad del Gobierno de los Estados Unidos, Trata de seres humanos: se necesitan mejores datos, estrategias e informes para mejorar los esfuerzos de Estados Unidos contra la trata en el extranjero, US GAO 2006.

 

  1. Hansard, Col. 1263W, respuesta escrita de Vernon Coaker, Subsecretario Parlamentario del Ministerio del Interior, a la Sra. Dari Taylor, MP, 19.3.08.

 

  1. E. Balibar, ¿Nosotros, los pueblos de Europa? Reflexiones sobre ciudadanía transnacional, Princeton University Press 2004.

 

  1. Ibid.