La mitología de la prostitución: investigación partidista y política pública

 

 

x Res Soc Policy (2010) 7:15–29

DOI 10.1007/s13178-010-0002-5

Ronald Weitzer

Publicado online: 21 Febrero 2010

http://www.policeprostitutionandpolitics.com/pdfs_all/Duplicate%20PDFS/Mythology_of_prostit.pdf

 

Resumen. Durante la década pasada, la política pública hacia la prostitución y otros tipos de trabajo sexual ha sido debatida cada vez más, tanto en medios académicos como en debates populares. Un punto de vista, el paradigma de la opresión, se ha visto reflejado cada vez más en los informes de los medios sobre la industria sexual y está siendo articulado de forma constante por los gobiernos de EE.UU., Europa y otros países. La proliferación de mitos basados en el paradigma de la opresión es responsable de la aparición de una resurgente mitología de la prostitución. Este artículo examina las afirmaciones hechas por organizaciones, activistas y estudiosos que respaldan el paradigma de la opresión; evalúa el razonamiento y la evidencia usados en apoyo de sus afirmaciones; y pone de manifiesto algunas de las vías por las que ese punto de vista ha influído en la legislación y en la política pública en algunas naciones. El autor presenta un punto de vista alternativo, el paradigma polimorfo, y sugiere que la política pública hacia la prostitución debería estar mejor informada por este enfoque basado en la evidencia.

Palabras clave: Sex industry . Sex work . Sexuality policy .

Prostitution myths . Legalization

  1. Weitzer (*)

Department of Sociology, George Washington University,

801 22nd Street NW, Suite 409,

Washington, DC 20052, USA

e-mail: weitzer@gwu.edu

 

El conocimiento del trabajo sexual está siendo distorsionado cada vez más por un grupo de influyentes activistas, organizaciones y algunos académicos, que miran la industria del sexo como una institución universalmente dañina.  El objetivo último de estos individuos (a los que me referiré en adelante como prohibicionistas (1)) es abolir toda la industria del sexo: es decir, la prostitución, la pornografía, los clubs de strip, y otros tipos de sexo comercial. Su campaña ha tenido dos efectos principales: en primer lugar, ha ocasionado una posición dominante de lo que llamo el paradigma de la opresión, que, a su vez, está contribuyendo a un nuevo resurgimiento de la mitología de la prostitución. En segundo lugar, esta mitología tiene importantes consecuencias en el mundo real: Las políticas públicas están cada vez más basadas en las afirmaciones de los activistas y académicos prohibicionistas. Este artículo evalúa críticamente las principales afirmaciones de este conjunto de trabajos y, a continuación, documenta su creciente incorporación a las políticas gubernamentales.

 

Razonamiento precientífico

El renombrado filósofo de la ciencia Karl Popper (1959) ha descrito el razonamiento precientífico como las conclusiones establecidas en ausencia de evidencia o carentes del ingrediente crítico de la refutabilidad. Las afirmaciones precientíficas son especialmente prevalentes entre ideólogos y políticos, cuyo apasionado compromiso con una causa puede minar su objetividad, pero el razonamiento precientífico ha sido también documentado en algunas investigaciones empíricas en varias áreas de la producción de conocimiento (Best 1999; Buchanan et al. 2003; di Mauro and Joffe 2007; Epstein 2006). Un así llamado “conocimiento” puede tener profundas implicaciones políticas.

La posición prohibicionista hacia el trabajo sexual está basada en una perspectiva que mira los servicios y espectáculos sexuales como inherentemente opresores y explotadores.

La investigación que deriva de este pilar ontológico central, típicamente contiene una o más dimensiones precientíficas. El efecto neto de esta literatura es doble: una seria distorsión de la realidad de la prostitución, por una parte,  y, por otra,  políticas públicas resultantes que no están basadas en la evidencia. Este artículo se centra en la prostitución, pero mi crítica puede ser también aplicada a los escritos prohibicionistas referidos a otros sectores de la industria del sexo (por ejemplo, stripping, pornografía) ya que están construídos de manera idéntica.

 

Afirmaciones sin pruebas

Los escritores prohibicionistas adoptan lo que llamo el paradigma de la opresión, que pinta la prostitución como el compendio de la dominación masculina y la explotación de las mujeres, independientemente del período histórico, el contexto social o el tipo de prostitución (Weitzer 2009b). Las afirmaciones más atrevidas son artículos de fe. Una buena teoría científica es aquella cuyas proposiciones pueden ser verificadas o refutadas mediante la experimentación empírica; sin embargo, sólo algunos principios del paradigma de la opresión pueden ser sometidos a verificación (lo veremos más adelante). Los teóricos de la opresión presentan sus afirmaciones centrales de forma arbitraria: como evidentes por sí mismas, principios absolutos. Farley (una de las principales defensoras del paradigma de la opresión) y coautores (1998) han descrito el paradigma de la opresión como “un punto de vista político” (p. 406), un enfoque que contrasta con el enfoque científico.

El paradigma de la opresión define la prostitución de una manera unidimensional: como inherentemente explotadora y nociva para las trabajadoras. La prostitución es “una institución particularmente depravada de desigualdad entre los sexos” (Farley 2004, p.1117) y “una institución que reparte muerte y enfermedad” (Raymond 2004, p. 1182) entre las mujeres. Los teóricos de la opresión insisten en que la prostitución es por definición una forma de violencia contra las mujeres, independientemente de que haya violencia física manifiesta: “La prostitución debe ser mostrada como realmente es: una forma particularmente letal de violencia masculina contra las mujeres” (Farley and Kelly 2000, p. 54). La distinción entre prostitución voluntaria y forzada es mirada como una falacia: según los prohibicionistas, siempre existe algún tipo de coacción y dominación:

“Los chulos nos acosan con el mito de que existe una gran distancia entre lo que llaman prostitución ‘libremente escogida’ y prostitución ‘forzada físicamente’” (Farley 2007, p. 97). En contraste con la noción de prostitución = violencia, un punto de vista alternativo, basado en la evidencia, caracterizaría a la victimización de forma diferenciada: esto es, como un factor que varía según momento, lugar y grado. La violencia de ninguna manera es endémica en la totalidad del comercio sexual (ver Shaver 2005; Vanwesenbeeck 2001; Weitzer 2009b).

El paradigma de la opresión es articulado cada vez más en debates públicos sobre el tratamiento político de la prostitución  y ha sido encabezado por algunos académicos influyentes que son también activistas antiprostitución (p.e., Donna Hughes, Sheila Jeffreys, Catherine MacKinnon, Jody Raphael, Janice Raymond). Muchos grupos activistas prominentes en todo el mundo abrazan también este paradigma. Las siguientes afirmaciones de algunas de estas organizaciones ilustran las maneras en que la prostitución es construida en el paradigma de la opresión.

  • El informe de Poppy Project (2008) sobre la prostitución en pisos en Londres afirma: “En un nivel fundamental, la prostitución es una expresión absoluta del poder de los hombres frente a la subordinación y falta de opciones de las mujeres. Pagar por servicios de prostitución permite a los hombres ejercer poder y control sobre las mujeres de un modo que parecería inaceptable en cualquier otra esfera” (p. 8).
  • El Women’s Support Project de Escocia (2003) ha proclamado, “Creemos que la prostitución y otras formas de explotación sexual comercial son parte del espectro de la violencia de los hombres contra las mujeres y las niñas (¶ 1). No es, pues, sorpresa que el reciente informe del proyecto sobre los clientes de las prostitutas (Macleod et al. 2008) afirme: “Una vez vista como una forma de violencia contra las mujeres enraizada en la desigualdad entre los sexos, la prostitución es mejor entendida como una transacción en la que hay dos roles: explotador / predador y víctima / presa (p. 30).
  • Una de las más prominentes organizaciones prohibicionistas es Prostitution Research and Education (PRE), cuyo objetivo central es “abolir la institución de la prostitución” (Prostitution Research & Education 1998–2008, ¶ 1). Melissa Farley, directora de PRE, ha asegurado: “La prostitución no sólo daña a las mujeres por sí, también promueve actitudes sexistas y conducta machista sexualmente agresiva hacia todas las mujeres de la comunidad… Asumir el derecho a tratar a las mujeres como prostitutas significa que son tratadas como si no fueran humanas, dañando así tanto a las prostitutas como a las mujeres que no lo son” (Farley 2007, p. 181). Esta organización ha tenido un éxito extremo en propagar el paradigma de la opresión en los medios de comunicación de masas y en ganar la aceptación de ese punto de vista por parte de los círculos gubernamentales de los USA y de otros países.
  • La Coalition Against Trafficking in Women (CATW 2009) declara en su sitio web: “Toda prostitución explota a las mujeres, con independencia del consentimiento de éstas. La prostitución afecta a todas las mujeres, justifica la venta de cualquier mujer y reduce a todas las mujeres a sexo” (Philosophy, ¶ 3). CATW tiene ramas por todo el mundo y afirma que “ha cambiado los términos del debate sobre la prostitución y la trata en muchas regiones del globo y en las Naciones Unidas” (History, ¶ 1). CATW fue fundada por Janice Raymond.
  • La Chicago Alliance Against Sexual Exploitation (2009) afirma en su sitio web (http://www.caase.org) que la organización “está comprometida con la construcción de una comunidad global libre de explotación sexual. Sabemos que el comercio sexual actúa en detrimento de una sociedad sana y socava la dignidad de todas las personas.” En asociación con Melissa Farley, la organización patrocinó un reciente estudio de clientes en Chicago (Durchslag and Goswami 2008).

La forma como algo es definido puede influir mucho en cómo es percibido. En el paradigma de la opresión, la prostitución es asimilada a otras prácticas que son ampliamente condenadas: violencia doméstica, violación, esclavitud sexual y explotación sexual comercial. Según su punto de vista, los clientes compran mujeres (2) más bien que usan servicios sexuales y son etiquetados como usuarios de prostitutas y predadores sexuales. Los prohibicionistas imponen tales etiquetas “porque sí”.

  • “Cuando los hombres usan a las mujeres en prostitución, están expresando puro odio hacia el cuerpo femenino” (Dworkin 1997, p. 145).
  • “La prostitución es mejor entendida como violencia doméstica que como trabajo” (Farley 2008, p. 16).
  • “La prostitución es violación pagada” (Raymond 1995).
  • “Esos hombres deben ser vistos como maltratadores más que como clientes” (Raphael and Shapiro 2004, p. 137).
  • “Los hombres que compran actos sexuales no respetan a las mujeres, ni quieren respetarlas” (Hughes 2005, p. 7).
  • “Esos clientes no son sólo chicos traviesos que necesitan un tirón de orejas. Deberían ser descritos más exactamente como predadores” (Melissa Farley, según cita en Brown 2008). Farley (2004) ha dicho en otra parte que “los puteros asesinan a las mujeres de forma regular”  (p. 1102). (3)
  • “La diferencia entre los chulos que aterrorizan a las mujeres en la calle y los chulos trajeados que aterrorizan a las mujeres en los clubs de alterne es sólo una diferencia de clase, no una diferencia en su odio hacia la mujer” (Farley 2004, p. 1101).
  • Según Macleod et al. (2008), los clientes deberían ser fichados como agresores sexuales y apuntados en un registro de agresores sexuales: “Este nombre es importante, ya que coloca a los hombres que compran sexo en la misma categoría que los violadores, los pedófilos y otros indeseables sociales” (p. 27).

Igual que hacen con los clientes de las trabajadoras sexuales, los prohibicionistas también aplican dramáticas etiquetas a las trabajadoras mismas. Agencias, activistas y académicos antiprostitución han argüido que las prostitutas deberían ser llamadas mujeres prostituidas, víctimas o supervivientes. Estas etiquetas indican claramente que “la prostitución es algo que se hace a las mujeres”.(Raymond 2004, p. 1183), no una práctica voluntaria. Jeffreys (1997) ha escrito: “Los activistas antiprostitución usan el término mujeres prostituidas en lugar de prostitutas. Esto es una decisión política deliberada y pretende simbolizar la falta de elección que tienen las mujeres sobre ser utilizadas en prostitución”(p. 330).

En el paradigma de la opresión, la autonomía individual es considerada imposible. La lógica que respalda este argumento es a veces expresada de manera ambigua: “En la medida en que se supone que una mujer ha escogido libremente la prostitución, en esa medida se deduce que en su naturaleza está el disfrutar con ser dominada y violada” (Farley and Kelly 2000, p. 54).

El sensacionalismo es abundante en este cuerpo de literatura. Las historias anecdóticas de horror son materia prima de estos escritos y están diseñadas claramente para despertar la indignación de los lectores. Informes, sitios web y artículos de prensa de tipo prohibicionista destacan citas de mujeres que han tenido horribles experiencias, que son presentadas como típicas. Más aún, los mismos autores escriben frecuentemente de una forma alarmante. Por ejemplo, Farley (2006) ha escrito: “Cuando las mujeres son convertidas en objetos dentro de los cuales se masturban los hombres, se produce un profundo daño psicológico en la persona que está actuando de receptáculo” (p.107). Con esta clase de lenguaje, la misma Farley parece cosificar a las mujeres (4). Igualmente cosificante es la afirmación general de Farley (2006): “Ella misma y aquella cualidades que la definen como un individuo son  anuladas en la prostitución y ella representa la parte de la cosa que él quiere que sea” (p.122). Otro ejemplo de tal sensacionalismo es la declaración de Farley de que “prostitución, pornografía y trata se adaptan, o las sobrepasan, a las definiciones legales de tortura” (p.114). El tono de tales escritos se aparta radicalmente del de los escritos académicos convencionales.

Etiquetar la prostitución como violación pagada, a las trabajadoras como mujeres prostituídas o supervivientes, y a los clientes como predadores, tiene la finalidad de impresionar. El paradigma de la opresión sobrepone a los actores estos constructos sobrecargados emocionalmene de una forma generalizada. Tal terminología categórica oscurece las relaciones empíricamente documentadas entre trabajadoras y clientes, relaciones que son complejas y variadas. Más aún, muchos clientes y trabajadoras rechazan estas etiquetas descalificadoras. En un estudio de 294 prostitutas callejeras en Miami, por ejemplo, casi todas ellas “prefirieron los términos trabajadora sexual y mujer trabajadora y denominarse a sí mismas así”  (Kurtz et al. 2004, p. 359). Otras se llaman a sí mismas escorts. En contraste con la demonización de los clientes prevalente en la literatura de la opresión, un único estudio comparativo (Monto and McRee 2005) encontró pocas diferencias entre clientes de prostitutas y una muestra representativa nacional de hombres norteamericanos.

Además de hacer grandilocuentes caracterizaciones ontológicas, la mitología de la prostitución también muestra un conjunto de afirmaciones específicas respecto al comercio sexual: que la gran mayoría de las prostitutas comienzan a ejercer cuando tienen 13 ó 14 años, que fueron víctimas de abusos físicos o sexuales cuando eran niñas, que fueron engañadas o forzadas a prostituirse por chulos o tratantes, que usan o son adictas a drogas y que quieren desesperadamente salir del comercio sexual. Cuando se aplican de forma general a todas las trabajadoras sexuales, estas afirmaciones son falacias; se aplican mejor a un sector de la prostitución callejera (las que lo hacen por supervivencia), menos a otras trabajadoras de calle y menos aún a las trabajadoras sexuales de interior (Weitzer 2009b) (5).

La temprana edad de comienzo, por ejemplo, fue identificada como un mito por Winick y Kinsie (1971) en su clásico libro sobre la prostitución. Los estudios contemporáneos han comunicado distintos porcentajes de individuos que comenzaron a vender sexo cuando eran menores de edad. Estos estudios (p.e., Hester y Westmarland 2004) han documentado que sólo una minoría comenzó a prostituirse antes de tener 18 años y un porcentaje aún menor antes de los 14 años. El deseo de las trabajadoras de dejar el comercio sexual no es de ninguna manera tan general como han dicho los prohibicionistas. Un estudio de trabajadoras sexuales thais, por ejemplo (Steinfatt 2002), encontró que sólo el 15% quería dejar de vender sexo, mientras que el resto quería seguir trabajando en el comercio sexual, y el 69% dijeron que pensaban que el trabajo sexual era un buen trabajo. Otra evidencia que contradice los mitos antes mencionados puede ser encontrada en las principales revisiones de la literatura (Shaver 2005; Vanwesenbeeck 2001; Weitzer 2009b).

 

Afirmaciones basadas en investigaciones defectuosas

Algunos escritores partidarios del paradigma de la opresión han llevado a cabo investigaciones partidistas para promover sus objetivos políticos. Sus estudios a menudo toman la forma de informes no revisados ​​por pares realizados para organizaciones patrocinadoras, muchas de los cuales adoptan el paradigma de la opresión (6), pero otros han publicado artículos en revistas académicas, especialmente Violence Against Women y en algunas revistas legales (estas últimas generalmente carecen de revisión por pares). (7) Por ejemplo, Raymond editó un número especial de Violence Against Womenen en octubre de 2004, titulando la colección “El contencioso contra la legalización de la prostitución”. Estos escritos pueden ser criticados por varios motivos, que discuto más adelante.

Generalizaciones indiscriminadas

Los escritos de quienes adoptan el paradigma de la opresión son sorprendentes no solo por sus grandes suposiciones a priori y artículos de fe (descritos anteriormente) sino también por las generalizaciones que extraen de sus estudios empíricos. En un libro sobre prostitución en Noruega (Hoigard y Finstad 1992), por ejemplo, los autores escribieron que la prostitución es una “abominación” (p. 76) y una “opresión brutal” (p. 183), a pesar de que los hallazgos empíricos de los autores no respaldaban tan grandes acusaciones.

Los escritores que adoptan el paradigma de la opresión tienden a seleccionar o acentuar los casos de abuso más inquietantes y los presentan como representativos e indicativos de problemas intrínsecos. Gayle Rubin (1984) criticó una generación anterior de escritos prohibicionistas por seleccionar los “peores ejemplos disponibles” (p. 301) en el comercio sexual y considerarlos como la norma. Las generalizaciones son a menudo demostrablemente falsas, empíricamente dudosas o sin fundamento (es decir, la evidencia no es concluyente). Los términos y frases generalizantes, tales como la prostitución está vinculada a, causas de la prostitución, nos dijeron las mujeres, dicen los puteros, o los daños de la prostitución son una práctica estándar. Tales construcciones deterministas deberían hacer una pausa para los científicos sociales, que usan un lenguaje probabilístico para describir los hallazgos de la investigación, por ejemplo, frases como incrementan la probabilidad de, aumentan la probabilidad o son más probables que.

Los escritores prohibicionistas generalizan constantemente sobre la prostitución, alegando que no hay diferencia entre los diferentes sectores del trabajo sexual (8). Otros analistas (Vanwesenbeeck 2001) han criticado la “incapacidad de estos escritores para diferenciar adecuadamente entre las trabajadoras sexuales” (p. 279). En lugar de agrupar a todas las trabajadoras en una categoría de prostitución indiferenciada, la evidencia apunta a diferencias significativas entre quienes venden sexo. Plumridge y Abel (2001) han llamado a la prostitución un “mercado segmentado”, y Harcourt y Donovan (2005) han descrito lo que llaman “las muchas caras del trabajo sexual”. De hecho, “los análisis empíricos demuestran una notable diversidad de actividades que caen” bajo el término prostitución y una notable diversidad de experiencias entre las participantes ”(Monto 2004, p. 164).

La victimización es un área en la que se hacen generalizaciones injustificadas con frecuencia. Los escritores de la opresión a menudo afirman que porcentajes extremadamente altos (80–100%) de prostitutas son agredidas, robadas, violadas y victimizadas (Farley et al. 2003; Raphael y Shapiro 2004). Estas cifras de victimización son típicamente mucho más altas que las reportadas por los investigadores principales (por ejemplo, Church et al. 2001; Kurtz et al. 2004; Lowman y Fraser 1995; Perkins y Lovejoy 2007; Comité de Revisión de la Ley de Prostitución 2008; Seib et al. 2009; Whittaker y Hart 1996).

De hecho, es imposible documentar definitivamente la frecuencia o la gravedad de la victimización en esas poblaciones ocultas. El muestreo aleatorio de las trabajadoras sexuales es imposible porque no hay una lista completa de trabajadoras (en cualquier jurisdicción), y no hay forma de conocer los parámetros de la población de prostitutas o de clientes. Junto con esta dificultad está el problema de obtener acceso y cooperación de quienes participan en el comercio sexual. Todas las tasas de victimización reportadas son vulnerables al sesgo de selección: el segmento más desesperado de la población de prostitutas o las víctimas más frecuentes o más serias pueden ser especialmente propensas a contactar con proveedores de servicios o a aceptar entrevistas. La generalización de las prostitutas bajo custodia a la población de prostitutas en general es inherentemente defectuosa, al igual que sacar conclusiones generales de otros tipos de delincuentes encarcelados.

En ausencia de una muestra aleatoria, lo mejor que se puede esperar es una estrategia de entrevistar a personas en varios lugares geográficos y en diferentes tipos de prostitución, de manera rigurosa e imparcial. Los investigadores deben esforzarse por crear muestras que extraigan de múltiples ubicaciones y tipos de trabajadoras y que no estén sesgadas hacia ningún subgrupo en particular. Este procedimiento se conoce como muestreo intencional. Los estudios comparativos bien construidos (por ejemplo, Lever y Dolnick 2010; Lowman y Fraser 1995; PLRC 2008; Seib et al.2009; Shaver 2005; Vanwesenbeeck 2001; Weitzer 2009b) han tendido a encontrar diferencias significativas, y a veces enormes, entre las prostitutas de calle y las de interior en prácticas ocupacionales, satisfacción laboral, autoestima, salud física y psicológica, y varios tipos de victimización. Como Cusick (2006) ha concluido: “Cuando se comparan directamente los mercados sexuales, los daños introducidos por el trabajo sexual se concentran abrumadoramente en los mercados sexuales callejeros” (p. 4). Muchas trabajadoras sexuales en interiores reportan poca o ninguna victimización (Lucas 2005; Perkins y Lovejoy 2007; Sanders y Campbell 2007; Whittaker y Hart 1996).

Dada la imposibilidad del muestreo aleatorio, es imperativo que los investigadores califiquen sus conclusiones correctamente y eviten hacer generalizaciones sobre la prostitución: las trabajadoras varían enormemente y la prostitución toma formas bastante diferentes. Las conclusiones deben limitarse a la muestra discreta estudiada, que puede o no reflejar la población más grande de la que se extrae la muestra. Sin embargo, los escritores prohibicionistas a menudo no mencionan las limitaciones de muestreo de sus estudios y con frecuencia generalizan a partir de pequeñas muestras de conveniencia. Sus conclusiones suelen ir mucho más allá de sus datos.

Los escritores que adoptan el paradigma de la opresión también tienden a distorsionar o presentar selectivamente sus propios hallazgos. El siguiente ejemplo es ilustrativo de un problema que impregna la literatura de la opresión: el informe The Poppy Project (2008) sobre la prostitución en interiores en Londres, Big Brothel, contiene una página de titulares chocantes, como los siguientes:

  • “Sexo completo disponible por quince libras”.
  • “Besos, sexo oral o anal sin condón por un extra de 10 libras”.

En otra parte, el informe del Proyecto Poppy se refiere a “la ubicuidad de los servicios peligrosos y con descuento” (p. 29). Sin embargo, solo uno de los 921 burdeles ofreció sexo completo por 15 libras, y solo 19 burdeles ofrecieron “sexo completo o sexo anal” sin condón (Poppy Project, págs. 33, 34), y aunque los autores afirmaron haber identificado 921 burdeles en el área del Gran Londres, el número promedio de trabajadoras por burdel fue dos, lo que indica que muchos de estos supuestos burdeles eran en realidad proveedoras individuales que trabajaban en locales privados en lugar de burdeles (Poppy Project, p. 5). La distorsión también se ilustra en la afirmación de que los burdeles han invadido áreas tranquilas: “El 85 por ciento de los burdeles de Londres operan en áreas residenciales” (Proyecto Poppy, p. 4), y un comunicado de prensa del 4 de septiembre de 2008 del Proyecto Poppy declaró: ” Se ha dicho que nunca estamos a más de seis pies de distancia de una rata en Londres. Aparentemente, algo similar se aplica a los burdeles… Esta investigación muestra la perturbadora prevalencia de la industria del sexo en todos los rincones de Londres ”. De esta y otras formas, los resultados están sesgados para ocasionar un efecto dramático. Los llamados burdeles ubicuos en áreas residenciales pueden ser más inquietantes para el público que las operadoras independientes.

El informe recibió una publicidad sensacionalista en los medios de comunicación británicos, con titulares como “La industria del burdel se está ‘extendiendo’” (BBC World News 2008) y “El sexo se puede comprar por solo £ 15, revela una nueva encuesta” (Daily Mail 2008). El informe fue criticado por 27 investigadores universitarios, incluido el presente autor, cuya crítica fue reportada en la prensa (Lipsett 2008).

Recopilación de datos opaca y sesgada

Algunos estudios son notablemente francos sobre sus prejuicios. Un estudio de Chicago (Raphael y Shapiro 2004) comenzó con la premisa de que la prostitución es dañina: “Este proyecto de investigación fue diseñado dentro de un marco que considera la prostitución como una forma de violencia contra las mujeres y no la prostitución como una industria legítima” (p. 132). Las 12 entrevistadoras eran exprostitutas que compartían ese punto de vista: eran “sobrevivientes de la prostitución que no veían sus propias experiencias [de prostitución previa] como ‘trabajo’ o una elección” (Raphael y Shapiro 2002, p. 9; 2004, p. 129), y los autores reconocieron el “sesgo de las entrevistadoras” (Raphael y Shapiro 2002, p. 33). Si las entrevistadoras fueron parciales, parece que los encuestados estaban lejos de ser representativos. Los autores dieron poca indicación de cómo fueron localizados las encuestadas, excepto para decir que las entrevistadoras ya las conocían: eran “mujeres con las que trabajaron anteriormente en la prostitución, y mujeres referidas por las entrevistadas” (Raphael y Shapiro 2004, p. 132).

Los autores reconocieron que, debido a estos procedimientos, “es probable que esta muestra sea más representativa de las mujeres que quieren abandonar la prostitución” (Raphael y Shapiro 2004, p. 132). Además, “las preguntas de la encuesta y su administración probablemente fueron sesgadas en algún grado al trabajar dentro de este marco [de opresión] y al emplear a entrevistadoras que habían dejado la prostitución” (Raphael y Shapiro, p. 132) y que entrevistaron a asociadas anteriores que podrían haber sido de mentalidad similar. Este estudio es un buen ejemplo de un diseño de investigación precientífico. Como Vanwesenbeeck (2001) ha señalado:

Cuando los investigadores tienen dificultades para comprender argumentos racionales, por no decir positivos, para elegir el trabajo sexual y les resulta más fácil pensar en las prostitutas como víctimas, es comprensible que las trabajadoras sexuales [entrevistadas] enfaticen su condición de víctima y sus motivaciones negativas para trabajar. (pág. 259)

Los procedimientos sesgados arrojan conclusiones distorsionadas.

Los procedimientos de recopilación de datos en estudios basados ​​en el paradigma de la opresión a menudo son invisibles o problemáticos. Los problemas comunes incluyen la incapacidad de proporcionar suficientes detalles sobre los métodos de muestreo o de revelar las preguntas formuladas a las encuestadas. Como cualquier persona involucrada en la investigación mediante encuestas sabe, la redacción de preguntas puede hacer una gran diferencia en las respuestas obtenidas, y la práctica estándar es proporcionar al lector los elementos más importantes textualmente, especialmente sobre temas delicados. Este procedimiento rara vez se usa en investigaciones prohibicionistas. Por ejemplo, Farley (2008), quien es autora de varios estudios basados ​​en sus encuestas, ha declarado que “solo a individuos calificados” (pág. 48) se les permitiría ver las preguntas, y tendrían que contactarla directamente. Esta declaración desconcertante podría interpretarse como un intento de resistirse a la divulgación total de los procedimientos de investigación, violando el canon científico de la transparencia.

Algunos de estos estudios se basan en el engaño de los sujetos y, por lo tanto, plantean cuestiones éticas. En el examen de prostíbulos en Londres realizado por el Proyecto Poppy (2008), los investigadores hombres hicieron llamadas en frío a los números de teléfono que figuran en los anuncios de los periódicos y formularon una serie de preguntas a la persona que respondió al teléfono, generalmente una recepcionista. Los hombres se hicieron pasar por posibles clientes que preguntaban sobre la edad, el origen étnico y la cantidad de trabajadoras empleadas, los servicios y honorarios sexuales, la política de condones, etc.

Este procedimiento está lleno de problemas, por dos razones: en primer lugar, debido a que las personas que llamaron no hicieron un esfuerzo para establecer una buena relación con las recepcionistas (algo que lleva tiempo y podría depender de una conversación cara a cara), es probable que al menos algunas de las recepcionistas sospecharan de la persona que llamaba. En segundo lugar, debido a que las recepcionistas tenían interés en atraer a la persona que llamaba para que visitara el establecimiento, es posible que les hayan dicho a los hombres lo que querían escuchar, incluso citar servicios que no estaban disponibles, para que vinieran a llamar a la puerta. El informe del Proyecto Poppy (2008) reveló: “En algunos casos, los participantes potenciales no estaban dispuestos a revelar información, por falta de inclinación, falta de tiempo o sospecha” (p. 15). Sin embargo, el informe no revela con qué frecuencia se produjo este escenario, y trata la información recopilada como objetiva.

Los procedimientos de muestreo a veces son completamente invisibles. Por ejemplo, Farley et al. (1998) entrevistaron a trabajadoras en algunas situaciones inusuales: en Turquía, entrevistaron a mujeres que la policía llevó a un hospital con el fin de realizar controles de enfermedades venéreas; en Tailandia, las encuestadas fueron entrevistadas en la calle, en un salón de belleza y en una organización que ofrece servicios de apoyo; en Zambia, los investigadores entrevistaron a mujeres en una organización que ofrece servicios de apoyo a prostitutas; en Sudáfrica, se entrevistó a personas en la calle, en burdeles y en un centro de acogida. Los autores no proporcionaron información sobre cómo se seleccionaron estas ubicaciones, ni comentaron sobre la distorsión que puede resultar de tal muestreo de conveniencia. Es probable que las personas contactadas en las agencias proveedoras de servicios, así como aquellas que han sido detenidas por la policía, no sean representativas de la mayor población de trabajadoras sexuales.

Una deficiencia importante en la mayoría de los estudios de prostitución, incluidos los de los teóricos de la opresión, es la ausencia de un grupo de control. Las muestras de prostitutas no se comparan con muestras cuidadosamente seleccionadas de no prostitutas, y las muestras de clientes no se comparan con hombres que no han pagado por sexo. Por lo tanto, es imposible saber si las opiniones y experiencias de los encuestados difieren significativamente de las de las personas que no participan en el comercio sexual. Los escritores suelen atribuir sus resultados a los efectos de la prostitución, sin tener en cuenta si las tasas de victimización (por ejemplo, de asalto, robo, violación) difieren significativamente de las de la población en general. Como Shaver (2005) ha señalado, dicha investigación comparativa es necesaria para identificar los problemas que son “exclusivos del trabajo sexual y [aquellos] que son característicos de condiciones más generales, como género, origen étnico, oportunidades educativas, estado de salud y pobreza… Las comparaciones de trabajadoras sexuales con grupos de comparación apropiados a menudo sirven para demostrar que son falsas las percepciones populares” (págs. 306, 307) en la medida en que documentan similitudes entre las poblaciones prostituidas y no prostituidas situadas de manera similar (por ejemplo, Nadon et al. 1998). La misma conclusión parece ser cierta para los clientes, que se ha encontrado que difieren poco de las muestras representativas de otros hombres, al menos en los Estados Unidos (Monto y McRee 2005).

Dos estudios recientes y ampliamente publicitados de clientes —informes de la Alianza de Chicago contra la Explotación Sexual (Durchslag y Goswami 2008) y del Proyecto de Apoyo a las Mujeres de Escocia (Macleod et al. 2008)— ilustran muchos de los problemas metodológicos en este cuerpo de literatura. (Farley estuvo involucrada en ambos proyectos). A pesar de su orientación parcial hacia la industria del sexo (documentada previamente), los grupos presentan sus investigaciones y hallazgos como sólidos. Ambos informes están estructurados en torno a una línea argumental particular que describe las innumerables formas en que los clientes se desvían, con citas alarmantes seleccionadas para ajustarse a la línea argumental. Todos los informes terminan con recomendaciones de medidas para suprimir la demanda —escuelas de puteros y un mayor castigo para los clientes— y todos los informes recibieron publicidad en los medios locales.

Los dos estudios son ejemplos de libro de texto de procedimientos de recopilación de datos opacos y defectuosos. En primer lugar, no hay indicios de si los clientes entrevistados fueron informados sobre los objetivos del estudio o la orientación de los investigadores y su agencia patrocinadora, si los participantes recibieron formularios de consentimiento informado para firmar, o si los investigadores siguieron otros protocolos éticos. (10) En segundo lugar, debido a que los informes no proporcionan las preguntas de la entrevista, es difícil saber a qué respondían los hombres y si alguna de las preguntas estaba cargada. Es de destacar que los autores proporcionaron solo una cita (invariablemente una inquietante) para ilustrar cada supuesto hallazgo. En tercer lugar, ambos informes mencionaron que las entrevistadoras a menudo sentían desprecio por los hombres entrevistados. Por ejemplo, el informe de Chicago declaró:

Muchas de los entrevistadoras sentimos la crueldad del sexismo de los hombres no solo contra las mujeres compradas por los hombres, sino también contra nosotras mismas… Las entrevistadoras informaron sentirse escépticas sobre la ignorancia profesada por los hombres sobre las mujeres prostituidas, temerosas de la posibilidad de ser acosados ​​por los entrevistados, físicamente revueltas, con flashbacks a sus propios experiencias previas de violencia sexual, cuestionaron algunos aspectos de sus propias relaciones con los hombres en sus vidas, y en ocasiones sintieron la inclinación a disociarse o beber alcohol para adormecer las reacciones emocionales dolorosas a las entrevistas (Durchslag y Goswami 2008, p. 7 )

Dadas estas reacciones durante las entrevistas, uno se pregunta cómo las entrevistadoras pudieron mantener una “relación amigable y sin prejuicios” (Durchslag y Goswami, p. 7) con los hombres, como afirmaba el informe.

Hallazgos incómodos

En tales estudios, el sesgo también es evidente en un descuido del canon científico de la falsabilidad. Si llegan a hacer algún comentario de los resultados que no esperaban, los escritores prohibicionistas hacen todo lo posible para desacreditar tales hallazgos. Esta desacreditación incluye minimizar o cuestionar las voces de las propias trabajadoras sexuales cuando no están de acuerdo con las opiniones del autor. Por ejemplo, Raymond (2003) ha escrito: “No hay duda de que un pequeño número de mujeres dicen que optan por prostituirse, especialmente en contextos públicos orquestados por la industria del sexo” (p. 325). Al afirmar que el número es pequeño y al usar las palabras decir y orquestados, Raymond claramente trató de poner en duda la veracidad del testimonio de las mujeres.

En las entrevistas de Farley (2007) con algunas trabajadoras en ocho de los 30 burdeles legales de Nevada, dijo: “Sabía que minimizarían lo malo que era” (p. 22). Las encuestadas que no reconocieron que trabajar en un burdel era malo se consideraron en negación, y Farley intentó penetrar esta barrera: “Les pedíamos a las mujeres que se quitaran brevemente una máscara que era crucial para su supervivencia psicológica” (p. 22 ) Farley también ha afirmado que la mayoría de las mujeres que trabajan en los burdeles legales tenían proxenetas, a pesar de que las mujeres eran “reacias a admitir que sus novios y maridos las proxenetizaban” (pág. 31). Farley descubrió que “un porcentaje sorprendentemente bajo — 33% — de nuestras entrevistadas en los burdeles legales reportaron abuso sexual en la infancia” (p. 33), un porcentaje que “es menor que la probable incidencia real de abuso sexual debido a los síntomas de adormecimiento , evitación y disociación entre estas mujeres ”(p. 33), o molestias al hablar de tales experiencias.

En su estudio de seis países, Farley et al. (2003) encontraron un apoyo sustancial a la legalización entre las trabajadoras sexuales: una mayoría (54%) de las prostitutas entrevistadas en todos los países (y 56% en Colombia, 74% en Canadá, 85% en México) dijo que legalizar la prostitución la haría más segura. Los autores presentaron estas cifras inconvenientes en una tabla pero no las mencionaron en el texto (donde simplemente declararon que el 46% del total no creía que la legalización haría más segura la prostitución). En un artículo posterior, Farley (2005) descartó a aquellas trabajadoras que estaban a favor de la legalización: : “Como todas las demás, nuestras entrevistadas redujeron al mínimo los daños de la prostitución y, a veces, creían las afirmaciones de la industria de que la legalización o la despenalización de alguna manera las hará más seguras. Lamentablemente, no hay evidencia que respalde su creencia ”(p. 954). Farley sostiene que si las trabajadoras estaban a favor de la legalización, no formaron esta opinión por sí mismas, sino que debieron haber sido engañadas por activistas. (De hecho, como se indica posteriormente, existe evidencia de que algunos sistemas de legalización proporcionan un ambiente de trabajo relativamente seguro para las trabajadoras sexuales.) Caso tras caso, los hallazgos que son inconsistentes con el paradigma de la opresión se descartan y se reinterpretan para adaptarse a las presunciones del escritor: un claro ejemplo de razonamiento precientífico.

Además de la presentación de nuevos hallazgos, el avance científico también depende de la diligencia debida de los investigadores al citar y lidiar con otros estudios cuyos hallazgos difieren de los suyos propios. La práctica estándar es situar un estudio dentro de la literatura académica relacionada. Sin embargo, aquellos que operan dentro del paradigma de la opresión a menudo restringen sus citas a escritos de autores de ideas afines e ignoran los estudios que llegan a conclusiones inconsistentes con los suyos, de los cuales hay muchos, como se refleja en varias revisiones exhaustivas de la literatura (Shaver 2005; Vanwesenbeeck 2001; Weitzer 2009b). En algunos escritos, los teóricos de la opresión no citan ningún tipo de investigación académica. Este patrón se encuentra, por ejemplo, en el intento de Sullivan y Jeffreys (2002) de construir un contencioso contra la prostitución legal, el informe de Raymond (2004) sobre clientes y el artículo de Farley (2006) que afirma que la violencia en la prostitución es “normativa” (pp 104, 105).

Cuando los prohibicionistas citan los hallazgos de otros investigadores, a veces distorsionan los resultados y afirman exactamente lo contrario de lo que encontraron los investigadores citados. Por ejemplo, Farley (2008) afirmó que los clientes habituales “respaldaban firmemente los mitos sobre la violación” (p. 43), y citó un estudio de Monto y Hotaling (2001) para respaldar esta afirmación. Monto y Hotaling informaron solo que los clientes habituales eran más propensos que otros clientes a aceptar los mitos de la violación, no que los respaldaran firmemente, y Farley no mencionó el hallazgo más importante de este estudio: que los clientes en general no estaban dispuestos a respaldar los mitos de la violación: Monto y Hotaling encontraron “bajos niveles de aceptación de mitos de violación” (p. 275) entre la gran muestra de clientes estudiados.

Al tratar de argumentar que la prostitución en interiores victimiza a las mujeres en la misma medida que la prostitución callejera, Farley (2006) informó que un estudio británico de Church et al. (2001) encontró que las trabajadoras en lugares cerrados (residencias privadas, saunas) reportaron más intentos de violación que las trabajadoras de la calle. De hecho, el estudio de Church informó lo contrario: que el 28% de las trabajadoras de la calle dijeron que alguna vez habían experimentado un intento de violación, en comparación con el 17% de las trabajadoras de interiores. Además, Farley no mencionó que las prostitutas de la calle tenían 11 veces más probabilidades de haber sido violadas: según Church et al., el 22% de la muestra de la calle en comparación con solo el 2% de la muestra del interior había sido violada mientras estaba en el trabajo. Este ejemplo es un caso claro de invertir e ignorar hallazgos que contradicen los argumentos propios.

Los prohibicionistas también tienden a minimizar los resultados de otros investigadores. Cuando se le preguntó acerca de los estudios de clientes de prostitutas, Raymond (2008b) comentó que “lo que hemos visto en algunos de los estudios, los estudios de Monto, por ejemplo, donde ha entrevistado a compradores, es que muchos hombres falsifican la verdad” (págs. 60-61). Monto no ha hecho tal sugerencia en sus publicaciones (ver Monto 2004, 2010). Además, la afirmación de Raymond supone no solo que ella sabe cuál es la verdad, sino también que tiene evidencia de que los hombres están haciendo declaraciones falsas. Farley (2007) citó los hallazgos de Brents y Hausbeck (2005) de que las mujeres que trabajan en los burdeles legales de Nevada se sienten seguras en el trabajo, pero arroja dudas sobre este hallazgo al argumentar que “la seguridad es relativa, dado que toda la prostitución está asociada con una alta probabilidad de violencia ”(Farley, p. 20). Este movimiento, de nuevo, refleja una tendencia a lo largo de la literatura de opresión a descartar la evidencia que contradice sus principios centrales.

Ahora paso a un tema final que ha recibido mucha atención de quienes trabajan dentro del paradigma de la opresión: los efectos de la legalización.

 

La cuestión de la legalización

Comprometidos con una estricta política prohibicionista, los teóricos de la opresión han sido muy críticos con las naciones que han despenalizado el trabajo sexual (eliminándolo del derecho penal) o han adoptado algún tipo de legalización (por ejemplo, investigación y registro por parte del gobierno de propietarios de negocios, licencias de trabajadoras, requisitos de salud como el uso obligatorio del condón, visitas periódicas al burdel por parte de funcionarios, restricciones de zonificación). El argumento es que la despenalización y la legalización solo harán la situación peor que en un régimen de penalización. Como Raymond (2003) ha declarado, “en lugar de abandonar a las mujeres en la industria del sexo a la prostitución patrocinada por el estado, las leyes deberían combatir la depredación de los hombres que compran mujeres” (p. 326). Para los prohibicionistas, la legalización simbólicamente otorga un sello oficial de aprobación a una institución vil y crea lo que ellos llaman una cultura de prostitución, en la cual las transacciones sexuales comerciales se hacen aceptables:

Cuando desaparecen las barreras legales, también lo hacen las barreras sociales y éticas para tratar a las mujeres como mercancía sexual. La legalización de la prostitución envía el mensaje a las nuevas generaciones de hombres y muchachos de que las mujeres son productos sexuales y que la prostitución es una diversión inofensiva. (Raymond, pág. 322)

Estas objeciones morales a la prostitución podrían aplicarse fácilmente a los anuncios comerciales y a la industria del entretenimiento en general, donde la cosificación sexual de las mujeres es generalizada.

Además del crecimiento de una cultura de prostitución que devalúa a las mujeres, los autores prohibicionistas identifican una letanía de problemas específicos que asocian con la prostitución legal. Revisaré cada una de estas afirmaciones a continuación.

Afirmación 1 Los niveles de violencia y explotación inevitablemente aumentan en las jurisdicciones donde la prostitución ha sido legalizada y regulada:

Legitimar la prostitución como trabajo simplemente ha funcionado para normalizar la violencia y el abuso sexual que [las trabajadoras] experimentan a diario … La prostitución legalizada es abuso de mujeres respaldado por el gobierno (Sullivan 2005, p. 23).

Sullivan ha ido tan lejos como para afirmar que “la prostitución nunca puede ser segura” (p. 18).

Tal inevitabilidad es un artículo de fe, no una conclusión de evidencia empírica. De hecho, hay evidencia que desafía esta afirmación. Una década de investigación sobre burdeles legales en Nevada (Brents y Hausbeck 2005) ha concluido que los burdeles “ofrecen el ambiente más seguro disponible para que las mujeres vendan actos sexuales consensuados por dinero” (p. 289). Una investigación realizada por el Ministerio de Justicia en los Países Bajos (Daalder 2004) encontró que la “gran mayoría” (p. 30) de las trabajadoras en burdeles y ventanas holandeses informaron que “a menudo o siempre se sienten seguras” (p. 30). Del mismo modo, en Queensland, Australia, “No hay duda de que los burdeles con licencia proporcionan el ambiente de trabajo más seguro para las trabajadoras sexuales … Los burdeles legales que ahora operan en Queensland proporcionan un paradigma sostenible para una industria legal de burdeles con licencia saludable, libre de delitos y segura”(Comisión de Delitos y Mala Conducta 2004, p. 75; ver también Sullivan 2008). De las 101 trabajadoras de burdeles de Queensland entrevistadas, el 97% sintió que una ventaja de trabajar en un burdel legal era su seguridad (Woodward et al. 2004). En cada uno de estos contextos, los burdeles emplean precauciones de seguridad (p. ej., detección, vigilancia, sistemas de alarma, dispositivos de escucha) que reducen la probabilidad de abuso por parte de los clientes, y el estatus legal pretende cambiar el papel de la policía al de una intervención de protección en caso de problemas.

Ninguna de estas pruebas está destinada a romantizar los sistemas legales de prostitución. Trabajar en un sistema de este tipo no afecta a las participantes monolíticamente: las personas difieren en sus sentimientos sobre el trabajo, en la proporción entre experiencias negativas y positivas con los clientes y las relaciones con los gerentes, y en la satisfacción con las reglas y regulaciones. Además, los sistemas legales varían según el contexto nacional, con burdeles en los países desarrollados que difieren de los del Tercer Mundo. En este último, los establecimientos legales pueden tener menos comodidades y precauciones de seguridad que las de los países más desarrollados. Incluso en el Tercer Mundo, las trabajadoras legales pueden experimentar una mayor autoestima debido a mayores ganancias, falta de hostigamiento policial u otras mejoras en relación con sus experiencias de vida anteriores. Este efecto ha sido documentado en investigaciones en México y el Caribe (Kelly 2008; Martis 1999).

Afirmación 2 La legalización conduce a la proliferación de la prostitución. Según Raymond (2003), la legalización “alienta a los hombres a comprar mujeres para tener sexo” (p. 322) porque hace que el sexo remunerado sea más aceptable socialmente. Tal afirmación es difícil de justificar, dada la ausencia de datos sólidos sobre el consumo de prostitución antes y después de la legalización. Sin embargo, una evaluación de la cantidad de prostitución antes y después de la legalización en Nueva Zelanda en 2003 encontró que “el número de trabajadoras sexuales en Nueva Zelanda no ha aumentado como resultado de la aprobación de la PRA [Ley de Reforma de la Prostitución, 2003]” (PLRC 2008, p. 29; ver también Abel et al.2009). Sin embargo, reconociendo la dificultad de contar a las personas involucradas en este comercio, este estudio oficial informó que el número de trabajadoras parece haber disminuido desde la legalización, de aproximadamente 5.932 en 2003 a 2.232 en 2007 (PLRC 2008). La conclusión central fue que la legalización no conduce inevitablemente a la proliferación, como afirman los teóricos de la opresión.

Sin embargo, Raymond (2008b) ha ido más allá al afirmar que la prostitución legal aumenta la demanda de prostitución ilegal y de experiencias sexuales perversas:

Un sistema despenalizado les da a los hombres más derecho a salir del país porque no quieren el sexo legal de variedad de jardín que se les ofrece; quieren las actividades sexuales más transgresoras, sexo con niños, sexo con otras personas que no pudieron obtener en los burdeles legales … Promueve el derecho al sexo no legal. (págs. 74–75)

No hay evidencia que respalde esta afirmación.

Raymond (2003) ha argumentado que la legalización necesariamente aumenta la prostitución de menores, pero los sistemas bien monitoreados ofrecen evidencia en contra. En Nueva Zelanda, por ejemplo, una evaluación del gobierno (PLRC 2008) concluyó que “no considera que la PRA [Ley de Reforma de la Prostitución] haya aumentado la participación de menores en la prostitución” (p. 102). Otros sistemas legales (por ejemplo, Holanda, Australia) tienen un requisito de edad mínima y una prohibición de tener menores presentes en un lugar donde se realiza trabajo sexual. Un reciente informe del gobierno sobre los Países Bajos (Daalder 2007) concluyó que “parece que casi no hay prostitución de menores en el sector con licencia” y “los inspectores se encuentran con prostitutas menores de edad de manera muy incidental” (p. 86). Además, pocas de las trabajadoras actuales comenzaron a vender sexo como menores: solo el 5% (de una muestra de 354 prostitutas) lo había hecho cuando tenían menos de 18 años.

Afirmación 3 La legalización facilita y aumenta la trata sexual en la jurisdicción donde la prostitución es legal. La prostitución legalizada es “una de las causas fundamentales de la trata sexual” (Raymond 2003, p. 317), y “donde la prostitución es legal, la trata sexual procedente de otros países aumenta significativamente en negocios sexuales tanto legales como ilegales en la región” (Farley 2007, p. 118). El informe de Farley (2007) sobre prostitución legal en Nevada se basa en rumores para respaldar esta afirmación:

Las mujeres son tratadas desde otros países a los burdeles legales de Nevada… En Nevada, el 27 por ciento de nuestras 45 entrevistadas en los burdeles legales de Nevada creían que había inmigrantes indocumentadas en los burdeles legales. Otro 11 por ciento dijeron que no estaban seguras, por lo tanto, hasta el 38 por ciento de las mujeres que entrevistamos pueden haber sabido de mujeres tratadas internacionalmente en prostitución legal de burdeles de Nevada. (págs. 118, 119, énfasis añadido)

Otra forma de informar este supuesto hallazgo es que hasta el 62% creía que las mujeres no eran tratadas a los burdeles, mientras que el resto no tenía una opinión o creía que los burdeles tenían inmigrantes indocumentadas, mujeres que no necesariamente eran tratadas. En otra parte del informe, Farley (2007) declaró que algunas mujeres en un burdel le dijeron que las mujeres en otro burdel habían sido tratadas desde China. En lugar de tratar esta información como un rumor, Farley la presentó como objetiva y llamó a las mujeres que le contaron esta historia “testigos”, prestando a sus declaraciones un aura de credibilidad.

La prostitución ha sido legal en Victoria, Australia, desde 1984. En su crítica de la situación victoriana, Sullivan y Jeffreys (2002) han afirmado que la trata “parece haberse disparado” (p. 1145), pero luego declararon que esto es puramente anecdótico. No hay evidencia que respalde la afirmación de que la legalización aumenta la trata en Victoria o en otros lugares de Australia. Además, las evaluaciones recientes del gobierno australiano (Comité Parlamentario Conjunto 2004) y de organizaciones independientes han concluido que la trata no era un problema significativo en Australia. Como informó una evaluación,

Las cifras de trata son bajas principalmente debido al aislamiento geográfico del país, combinado con un control muy estricto de inmigración y fronteras. Existen canales legales para la migración hacia la industria del sexo, lo que reduce la necesidad de que las migrantes dependan de los sindicatos del crimen organizado o los tratantes (Alianza Global contra el Tráfico de Mujeres 2007, p. 29).

Para aquellas que migran a Australia en busca de trabajo,

la mayoría de las mujeres saben que trabajarán en la industria del sexo y, a menudo, deciden venir a Australia con la creencia de que podrán ganar una cantidad sustancial de dinero … Pocas de las mujeres se considerarían a sí mismas esclavas sexuales (Meaker 2002, pp. 61, 63).

De manera similar, la reciente investigación del gobierno de Nueva Zelanda (PLRC 2008) ha informado que “el servicio de inmigración no ha identificado situaciones que involucren trata en la industria del sexo” (p. 167), y que “no hay un vínculo entre la industria del sexo y trata de personas ”(p. 167) en el país. La prostitución es legal en Nueva Zelanda.

De hecho, una mayor regulación gubernamental puede disminuir la trata debido a una mayor supervisión y transparencia de la industria del sexo legal. En los Países Bajos, un informe del Ministerio de Justicia (Daalder 2007) concluyó que, desde la legalización en 2000, “es probable que la trata de seres humanos se haya vuelto más difícil, porque la aplicación de las regulaciones ha aumentado” (p. 84). Cuando la prostitución es ilegal, lo contrario parece ser cierto:

Los tratantes se aprovechan de la ilegalidad del trabajo sexual comercial y la migración, y pueden ejercer una cantidad indebida de poder y control sobre [las migrantes] … En tales casos, son las leyes que impiden tanto el trabajo sexual comercial como la inmigración legales las que constituyen los principales obstáculos (Kempadoo 1998, p. 17).

Relacionado con la afirmación de la trata está el argumento de que la legalización aumenta la participación del crimen organizado: “El crimen organizado es inherente en toda la industria” (Sullivan 2005, p. 4). Aunque la delincuencia organizada puede ser un problema en cualquier industria, las posibilidades de que la delincuencia organizada se elimine aumentan como resultado de una supervisión gubernamental mejorada, como la verificación de antecedentes penales de los propietarios, la certificación periódica de las empresas y las visitas periódicas de los funcionarios. En Queensland, Australia, una evaluación del gobierno (CMC 2004) concluyó que el crimen organizado había sido eliminado en gran medida en los burdeles legales; en Nueva Zelanda, un estudio del gobierno (PLRC 2008) no encontró evidencia de participación criminal en la prostitución. Como Murray (1998) ha señalado, “es la prohibición de la prostitución y las restricciones a los viajes lo que atrae al crimen organizado y crea las posibilidades de obtener grandes ganancias, además de crear la necesidad de protección y asistencia de las prostitutas” (pág. 60). El crimen organizado prospera (y otros daños se amplifican) en condiciones donde el vicio es ilegal y no está regulado, como la prohibición de las drogas y el alcohol, los juegos de azar, etc.

Afirmación 4 Las mujeres que venden sexo no quieren que la prostitución sea despenalizada o legalizada. Raymond (2003) ha afirmado que las trabajadoras no quieren que la prostitución sea “considerada un trabajo legítimo” (p. 325) y cree que “la legalización crearía más riesgos y daños para las mujeres por parte de clientes y proxenetas ya violentos” (p. 325). Estas afirmaciones son contradictorias; ¿Por qué las trabajadoras no preferirían que su trabajo fuera legitimado y por qué creerían que la legalización aumentaría el riesgo de daños? Además, los pocos estudios que han preguntado a las trabajadoras sexuales sobre la despenalización o la legalización (por ejemplo, Farley et al. 2003) han encontrado porcentajes significativos que respaldan los cambios legales. Como se indicó anteriormente en este artículo, muchas de las trabajadoras sexuales en el estudio de Farley et al. estaban a favor de la legalización: resultados que contradicen directamente la afirmación mencionada anteriormente de Raymond.

Algunas trabajadoras sexuales se oponen a ciertos tipos de controles legales, especialmente si perciben que esos controles interfieren con su libertad (Weitzer 1999). Sin embargo, otras ven claramente que al menos algunos tipos de regulación sirven a sus intereses, incluidos los derechos laborales y el empoderamiento para denunciar delitos o violaciones de códigos a las autoridades. En Nueva Zelanda, la ley de despenalización de 2003 otorgó a las trabajadoras numerosos derechos, aumentó su disposición a denunciar problemas a la policía y “aumentó la confianza, el bienestar y un sentido de validación” (PLRC 2008, p. 50) porque el trabajo sexual ya no era ilegal. Un estudio del gobierno concluyó que “despenalizar la prostitución hizo que las trabajadoras sexuales se sintieran mejor consigo mismas y con lo que hacían” (PLRC, p. 49). La investigación en otros contextos con prostitución legal, citada en la Afirmación 1, proporciona evidencia de las opiniones positivas de las trabajadoras sexuales sobre al menos ciertos aspectos de estos regímenes legales.

Además de afirmar que hay daños específicos inherentes a la prostitución legal, los prohibicionistas también rechazan la legalización debido a presuntas fallos fundamentales. Los problemas no pueden mejorarse, según estos escritores, porque son inherentes a la prostitución. Se han presentado acusaciones radicales: “La experiencia de Victoria disipa la afirmación de que la legalización empodera a las mujeres” (Sullivan y Jeffreys 2002, pag.1144). Raymond (2008a) ha argumentado que “la despenalización del sector de la prostitución es una política fallida” (p. 20), y busca desafiar lo que ella describió como una “ficción popular de que todo irá bien en el mundo de la prostitución una vez que la industria del sexo sea legalizada “(Raymond 2003, pag. 326). Ningún estudioso serio ha afirmado que todo estará bien con la despenalización, pero los estudios citados anteriormente han demostrado que la despenalización puede fomentar la reducción de daños.

 

Implicaciones políticas

En su conjunto, los problemas identificados en este artículo ponen de manifiesto muchas debilidades en el paradigma de la opresión. Sin embargo, a pesar de estos innumerables problemas, este paradigma ha sido sorprendentemente influyente durante la última década en la configuración de las políticas públicas en los EE. UU. y en otros lugares: un ejemplo de libro de texto de un marco empírico sin respaldo que afecta con éxito la política estatal. En las siguientes secciones, proporcionaré algunos ejemplos de cómo el paradigma de la opresión ha permeado el discurso popular y moldeado los recientes debates y resultados de políticas públicas (ver también Agustin 2007; Stolz 2005; Weitzer 2007).

Los medios de comunicación a menudo informan de los resultados de estudios de prohibicionistas, por lo general sin crítica y a veces con titulares sensacionales. El informe de Farley (2007) sobre los burdeles legales de Nevada, por ejemplo, recibió una atención generalizada después de que el columnista del New York Times Bob Herbert (2007a, b) escribiera artículos de opinión alabando su trabajo. Uno de sus artículos (2007b) se refería a la prostitución como un “espectáculo de terror”, declaró que “la prostitución legalizada se trata de la degradación”, y abrazó muchos otros mitos sobre el comercio sexual. El estudio escocés descrito anteriormente (Macleod et al. 2008) obtuvo un titular en el Daily Record (Brown 2008) que decía “Industria del sexo en Escocia: dentro de las mentes ofuscadas de los puteros”, así como un artículo alarmista que decía: ” El Record reveló ayer una encuesta impactante que mostró que los hombres no estaban al tanto del daño que causaron al comprar sexo… La portavoz de justicia del Partido Laborista Pauline McNeill instó al gobierno a no descartar propuestas para tratar a los hombres atrapados usando prostitutas como delincuentes sexuales “. (Gardham 2008). Estos son solo dos ejemplos de la cobertura favorable y sensacionalista dada a los estudios que destacan los daños de la prostitución.

Debido a los informes de los medios de comunicación y a la intensa presión de lobby de los grupos de activistas, las denuncias prohibicionistas a menudo obtienen una audiencia favorable en los círculos gubernamentales. El gobierno británico, por ejemplo, adoptó el informe Big Brothel del Proyecto Poppy (2008). La Ministra de Mujeres e Igualdad, Harriet Harman, declaró: “La prostitución es el abuso y la explotación de las mujeres por parte de los hombres, y esta importante investigación resalta las tristes realidades del llamado comercio de calle en la capital” (4 de septiembre , 2008, comunicado de prensa del Proyecto Poppy, en posesión del autor). Los prohibicionistas han presionado con éxito a legisladores y otros funcionarios gubernamentales en todo el mundo. Por ejemplo, estuvieron involucrados en la aprobación de la ley sueca de 1999 que criminalizaba unilateralmente a los clientes de prostitutas, y han presionado a otros gobiernos para que adopten la legislación sueca (Scoular 2004), que se está considerando seriamente en el Reino Unido y en otros lugares (Dodillet 2004 ; Kantola y Squires 2004; Outshoorn 2001).

Las propuestas para despenalizar la prostitución se han encontrado con una fuerte oposición. Un ejemplo reciente es Bulgaria, donde el plan del gobierno para legalizar la prostitución en 2007 fue revertido después de una intensa presión de lobby por parte de las fuerzas antiprostitución (Kulish 2007). La propuesta electoral de 2008 de San Francisco (Proposición K), que habría despenalizado la prostitución, encontró resistencia similar y no pudo obtener el apoyo. Tal oposición no siempre es exitosa, como se evidencia en Nueva Zelanda y Australia Occidental. En los debates parlamentarios sobre estos proyectos de ley de legalización, la oposición articuló los principios clave del paradigma de la opresión, con algunos miembros del parlamento citando los escritos de las principales prohibicionistas por su nombre, incluidas Janice Raymond, Mary Sullivan y Sheila Jeffreys (ver Weitzer 2009a).

La legalización ha sido un tema polarizador no solo en los estados nacionales individuales sino también para los cuerpos políticos internacionales. Un ejemplo es un informe reciente presentado al Parlamento Europeo por la Comisión parlamentaria de Derechos de la Mujer e Igualdad de Género, producto de la presión de lobby de grupos prohibicionistas. El informe dice:

Para aquellos que desean ver la prostitución como cualquier otra profesión, ¿cómo enfrentarán estas devastadoras consecuencias para la salud? Para aquellos que desean ver la legalización como una forma de proteger a las mujeres que venden sexo, ¿cómo podemos controlar la afluencia de víctimas de la trata, que es una consecuencia inmediata de la legalización de la demanda? Pero lo más importante es cómo debemos enfrentar el mayor problema: que independientemente de la situación legal de la industria del sexo, las devastadoras consecuencias para la salud de las mujeres que venden sexo son inherentes al negocio como tal… La industria del sexo, legalizada o regulada, es en sí misma una forma sistemática de violencia hacia las mujeres: la violencia es una parte integral de las cosas que se espera que hagan las mujeres prostituidas en su práctica diaria… Legalizar la prostitución es legalizar esta violencia sistemática, y esos países que han legalizado la prostitución han estimulado la demanda y aumentado el mercado de la trata (Carlshamre 2008).

Durante la administración Bush (2001–2008), el gobierno de los Estados Unidos adoptó plenamente el paradigma de la opresión (Soderlund 2005; Stolz 2005; Weitzer 2007). Durante esos años, las publicaciones y sitios web oficiales (del Departamento de Estado de EE. UU., del Departamento de Salud y Servicios Humanos de EE. UU., etc.) citaron y proporcionaron enlaces a los escritos de activistas prohibicionistas. Incluso la terminología fue examinada por las agencias gubernamentales: los Institutos Nacionales de Salud instruyeron a los funcionarios y solicitantes de subvenciones para que no usaran el término trabajo sexual (Epstein 2006), al igual que el Departamento de Estado de los EE. UU., que aconsejó al personal usar en su lugar la frase “mujeres utilizadas en prostitución” (Parameswaran 2006).

La administración Bush también dispensó generosas donaciones a organizaciones e individuos prohibicionistas para escribir informes y realizar investigaciones, incluidos CATW, Janice Raymond, Donna Hughes y Melissa Farley (Fiscal General 2004, 2005). Un informe de la Oficina de Responsabilidad del Gobierno de los Estados Unidos (2006) planteó preguntas sobre esta financiación, citando la preocupación del Inspector General del Departamento de Estado con “las credenciales de las organizaciones y los resultados de la investigación que financió la Oficina de Trata” (p. 25). Al mismo tiempo, el gobierno negó la financiación a organizaciones que se negaron a firmar una promesa de antiprostitución (Fisher 2005). Una reciente Solicitud de Propuestas del Departamento de Justicia de los Estados Unidos estipuló que todos los solicitantes de fondos para investigar la trata deben certificar que “no promueven, apoyan o defienden la legalización o la práctica de la prostitución” (National Institute of Justice 2007, p. 4 )

Los ejemplos antes mencionados son solo algunas de las formas en que los defensores del paradigma de la opresión han moldeado con éxito las políticas públicas en los últimos años. El resultado es que las políticas de prostitución se están divorciando cada vez más de una investigación sólida basada en los cánones estándar de la investigación científica. La política de prostitución no es única en este sentido; La moral y el dogma también han superado a la ciencia en las políticas recientes sobre células madre, prevención del VIH y programas de intercambio de agujas (Buchanan et al. 2003; di Mauro y Joffe 2007; Epstein 2006). Sin embargo, en el caso de la prostitución, la política ha cambiado drásticamente y en poco tiempo, como resultado directo de la presión de lobby de activistas y académicos que han adoptado el paradigma de la opresión (Weitzer 2007).

 

Conclusión

El paradigma de la opresión es unidimensional y esencialista. Aunque la explotación y otros daños están ciertamente presentes en el trabajo sexual, existe una variación suficiente en el tiempo, el lugar y el sector para demostrar los defectos fatales de este paradigma. Una perspectiva alternativa, lo que yo llamo el paradigma polimorfo, sostiene que existe una constelación de configuraciones ocupacionales, relaciones de poder y experiencias de las trabajadoras dentro del ámbito de los servicios y actuaciones sexuales remunerados. Este paradigma es sensible a las complejidades y a las condiciones estructurales que resultan en la distribución desigual de la autonomía y la subordinación (Cusick 2006; O’Connell Davidson 1998; Shaver 2005; Weitzer 2009b).

Dentro de la academia, un número creciente de académicos está investigando varias dimensiones del trabajo sexual, en diferentes contextos, y sus estudios han documentado una variación sustancial en cómo las trabajadoras, los clientes y los gerentes organizan y experimentan el trabajo sexual (ver Weitzer 2009b, para una revisión ) Tales diferencias también son evidentes en los escritos de las propias trabajadoras sexuales, que contribuyen a los foros de discusión en línea. Juntos, estos estudios y escritos complementarios ayudan a socavar los mitos populares sobre la prostitución y desafían a aquellos escritores que adoptan el paradigma de la opresión monolítica. La victimización, la explotación, la elección, la satisfacción laboral, la autoestima y otras dimensiones deben tratarse como variables (no constantes) que difieren según el tipo de trabajo sexual, la ubicación geográfica y otras condiciones estructurales y organizativas.

 

NOTAS

1.- Los prohibicionistas también son llamados a veces abolicionistas o feministas radicales.

2.- Se podría argumentar que el término comprar mujeres cosifica a las mujeres que trabajan en la prostitución tratándolas como mercancías en lugar de como personas que prestan un servicio sexual.

3.- Además de la falta de documentación que respalde esta declaración, la misma es problemática porque los términos regularmente y asesinos (que suenan como una tendencia innata) son opacos.

4.- Igualmente cosificante es la afirmación general de Farley (2006), “Ella misma y las cualidades que la definen como individuo se eliminan en la prostitución y ella representa la parte de la cosa que él quiere que sea ”(p. 122).

5.- Las trabajadoras sexuales de interior son aquellas que realizan cualquier tipo de trabajo sexual detrás de puertas cerradas, en lugar de en la calle.

6.- Estas incluyen las dos organizaciones más prominentes: la Coalition Against Trafficking in Women (encabezada por Janice Raymond) y Prostitution Research and Education (dirigida por Melissa Farley) así como grupos menos conocidos como la Chicago Alliance Against Sexual Exploitation y Standing Against Global Exploitation. Para un estudio de la ideología de una organización prohibicionista (Council on Prostitution Alternatives in Portland), ver Davis (2000).

7.- Un ejemplo es el artículo de revisión de la ley de Yen (2008) sobre los clientes de prostitutas, que está llena de afirmaciones sin fundamento y se basa casi exclusivamente en la literatura prohibicionista. Yen ha combinado prostitución y trata sexual, se ha referido a la “verdad fea de la industria del sexo comercial “(p. 676), ha escrito que la prostitución es la “opresión de la mujer” (p. 678), y ha descrito naciones donde la prostitución es legal por haber “legitimado la opresión de las mujeres” (p. 680).

8.- Por ejemplo, según Farley (2004), la violencia es “la norma para mujeres en todo tipo de prostitución ”(p. 1.094). Un estudio de Chicago (Raphael y Shapiro, 2004) ha afirmado que “la violencia prevalecía tanto en lugares de prostitución de interior como de exterior “(pág. 133), sin embargo, los autores fusionaron las cifras sobre victimización en el trabajo y fuera del trabajo (por sus parejas domésticas y otros), inflando así artificialmente las tasas de victimización en el trabajo y permitiendo a los autores afirmar falsamente que la violencia prevaleció en lugares de prostitución bajo techo. Un alto porcentaje de la violencia fue ejercido por las parejas domésticas.

9.- Copia impresa en posesión del autor.

10.- En el estudio escocés (Macleod et al. 2008), los entrevistados fueron reclutados con un anuncio en el periódico preguntando: “¿Alguna vez ha sido cliente de una prostituta? Al equipo internacional de investigación le gustaría escuchar sus opiniones “. En el estudio de Chicago (Durchslag y Goswami 2008), el anuncio decía:”La organización de investigación con sede en Chicago está buscando entrevistar a hombres que han pagado por sexo comercial”. El anuncio no reveló que la organización de investigación en cuestión era la Alianza de Chicago contra la Explotación Sexual, información que podría haber reducido la tasa de respuesta.

 

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Desmontando el Abolicionismo: La Demanda de Pandora

 

Por Raj Redlich

 

Parte I: La Falacia de MacKinnon (sin puteros no hay prostitución)

 

Parte II: Precarizando a las Precarias (economía del modelo nórdico)

 

Parte III: Puticonsumismo (no hay putero para tanta puta)

 

Parte IV: El Putero Samaritano (cuando el cliente ayuda a la prostituta)

Desmontando el Abolicionismo: El Mito del 80%

 

Por Raj Redlich

Publicado el 16 de agosto de 2018


Parte I: La Falacia de MacKinnon (sin puteros no hay prostitución)

 

Parte II: Precarizando a las Precarias (economía del modelo nórdico)

 

Parte III: Puticonsumismo (no hay putero para tanta puta)

 

Parte IV: El Putero Samaritano (cuando el cliente ayuda a la prostituta)

 

 

 

 

 

La guía responsable para hablar del trabajo sexual en los medios

AMARNA MILLER

 

Copyright Junio del 2018©

Madrid, España

Twitter: @amarnamiller

Instagram: @amarnamiller

Youtube: /amarnamiller

amarna@amarnamiller.com

 

Siéntete libre de reproducir, distribuir y transmitir total o parcialmente esta publicación.

Puedes fotocopiarla y almacenarla en cualquier medio que se te ocurra.

Si, también puedes usarla para hacer collages y envolver los regalos de reyes de última hora.

Eso sí, no estaría mal que citases a las personas que han participado.

 

Guía realizada gracias los usuarios del Patreon de Amarna Miller:

www.patreon.com/AmarnaMiller

 

Para DESCARGAR LA GUÍA, visita este enlace:

https://drive.google.com/drive/u/3/folders/1G9Vng9ZGi7Ah8fvxmUj04kfhJmtBkNhU?ogsrc=32

 

 

LA GUÍA RESPONSABLE PARA HABLAR DEL TRABAJO SEXUAL EN LOS MEDIOS

 

INTRODUCCIÓN

Durante cada segundo de nuestra vida recibimos un bombardeo constante de información.

Anuncios en la televisión, banners parpadeantes que han aprendido a saltarse el AdBlock de turno.

Product placement en la red social de nuestro influencer favorito.

La comunicación a gran escala cumple un rol primordial para el desarrollo de la sociedad y nuestra percepción del entorno está inevitablemente condicionada por la información que recibimos.

Lamentablemente, los prejuicios campan a sus anchas en terrenos donde cabrían esperar datos sin sesgos. En demasiadas ocasiones son los propios mediosde comunicación quienes reproducen e intensifican ideas estereotipadas, favoreciendo la discriminación de colectivos oprimidos.

Las minorías quedan relegadas a tener voz únicamente en los discursos periféricos y sus experiencias se pierden en la niebla sin posibilidad de encontrar un espacio propio en los canales normativos. O dicho de otra manera: aquellas personas disidentes de la mirada hegemónica quedan relegadas al olvido.

El trabajo sexual es una de esas áreas donde el peso de los prejuicios excluye la narración de historias objetivas.

Mezclemos un par de cucharadas de sensacionalismo con una pizca de clickbait y tendremos el plato perfecto para que los entrevistadores de turno se conviertan en marionetas al servicio de una línea editorial que busca visitas a cualquier precio.

Esta guía pretende establecer un manual de buenas prácticas para hablar del trabajo sexual en los medios, eliminando los discursos discriminatorios y propiciando aquellas visiones que tengan en cuenta la realidad de las protagonistas de la historia desde una perspectiva justa, igualitaria e inclusiva; demostrando que es posible realizar artículos interesantes, veraces y responsables que además generen visitas.

Empecemos por el principio…

 

¿A QUÉ PREJUICIOS SE ENFRENTAN LAS TRABAJADORAS SEXUALES?

Para ser rigurosos a la hora de presentar información objetiva, primero tenemos que entender qué preconceptos pueblan el imaginario popular.

Aquí analizamos los cinco prejuicios más comunes a los que se enfrentan las trabajadoras sexuales.

 

1 

O VÍCTIMA O BURGUESA

El eterno binomio. A los ojos de los medios, las trabajadoras sexuales se dividen únicamente en dos grupos bien diferenciados.

O bien son las víctimas engañadas, abusadas y que acabaron en este negocio en contra de su voluntad; o bien encarnan a la perfecta niña rica que se dedica al trabajo sexual como un acto de rebeldía burguesa. La puta de calle o la escort de lujo. La actriz porno maltratada, o la que se hace rica a costa del sufrimiento de las otras. Hot Girls Wanted versus The Secret Diary of a Call Girl.

 

“Lo habitual es que se retratea las trabajadoras sexuales como víctimas absolutas de las circunstancias.”

 

Shirley McLaren es una mujer trans mexicana en sus treinta, migrante en España, licenciada en comunicación y trabajadora sexual desde hace once años. “Este binarismo es peligroso porque invisibiliza a todas las demás que no caemos en esas dos orillas y que somos la inmensa mayoría, por cierto”, me comenta.

“Lo que provocan estos estereotipos es, por un lado, crear un pánico moral sobre las mujeres pobres que son raptadas de sus países de origen, argumento desempoderador y que quita toda la libertad de agencia a las mujeres que decidimos migrar (de los hombres nadie dice que los raptan de sus casas, sino que se aventuran). Y, por el otro, crear una falsa imagen de ‘privilegiada’ para acallar a quienes somos visibles y luchamos por nuestros derechos”.

Desde el colectivo Hetaira, fundado hace 22 años por un grupo de mujeres cis y trans del movimiento feminista, apuntan: “Lo habitual es que se retrate a las trabajadoras sexuales como víctimas absolutas de las circunstancias, paradójicamente en los mismos artículos que hablan de las políticas que las criminalizan sin hacer ningún tipo de mención crítica al respecto. En menor grado y más propio del cine, tenemos el otro extremo, la imagen de la prostituta glamurosa que nada en billetes. Ambas deshumanizan y no hablan de las realidades concretas: la discriminación legal, no poder alquilar un piso, lo que acarrea ser migrante, el estigma, la maternidad en muchos casos, los altibajos del trabajo, las estrategias de resistencia o la vida cotidiana, por ejemplo”.

 

2 

LA MAYORÍA DE TRABAJADORAS SEXUALES SON VÍCTIMAS DE TRATA

“Los datos están ahí, solo hay que querer verlos”, me comenta Natalia Ferrari, mujer de 25 años que se dedica a la prostitución independiente desde hace cinco.

Se refiere al informe redactado por el grupo GRETA (Grupo de Expertos Contra el Tráfico de Seres Humanos) enfocado a la lucha contra la trata de personas.

El 27 de septiembre de 2013, GRETA presentó un texto sobre la aplicación del Convenio del Consejo de Europa contra la trata en España2. Los resultados son extremadamente críticos y deconstruyen muchas de las ideas preconcebidas que existen alrededor del trabajo sexual.

Entre otras tantas cosas, hacen hincapié en la importancia de no confundir la trata de seres humanos con el trabajo sexual y la necesidad de proteger los derechos humanos de las víctimas. Otro tema recurrente mencionado en el informe es la necesidad de separar el concepto de trata de personas del de prostitución forzada.

 

“El mito de la pobrecita puta que trabaja en la calle con un chulo que le cuenta cada céntimo que gana y el de las mujeres encerradas obligadas a tener sexo sin su consentimiento, es el más dañino.”

 

“El mito de la pobrecita puta que trabaja en la calle con un chulo que le cuenta cada céntimo que gana y el de las mujeres encerradas obligadas a tener sexo sin su consentimiento, es el más dañino. Si nos ceñimos a datos de la ONU3 una de cada siete mujeres está en situación de trata. El resto vivimos de trabajar en lo que hemos escogido, así de simple”, me comenta Paula Vip, directora de la asociación española Aprosex, dedicada a defender los dere­chos de los y las profesionales del sexo.

“Este mito de que todas tenemos un chulo detrás, de que todas estamos siendo violadas a diario, de que estamos alienadas y no sabemos qué decimos, que somos drogadictas, alcohólicas, que no tenemos capacidad para criar a nuestres hijes; le ha venido muy bien al circulito abolicionista para seguir infantilizando a las putas y hablar en su nombre”.

 

3 

FOCO DE DELINCUENCIA

A los ojos de la sociedad, crimen y trabajo sexual son conceptos inherentemente unidos. Estos prejuicios alimentan una percepción sesgada de la realidad.

 

“Estamos rodeadas de condiciones desfavorables que nos hacen constantemente enfrentar situaciones peligrosas.”

 

“Cuando un político dice ‘voy a trabajar para reforzar la seguridad en el país’ siempre hablan de droga y prostitución. Como si el trabajo sexual estuviese relacionado con el delito. En el fondo refuerzan un mito creado por el desconocimiento”, me comenta Elena Reynaga, miembra fundadora y actual secretaria ejecutiva de la Red de Trabajadoras Sexuales de América Latina y el Caribe, que lucha desde 1997 por la defensa y promoción de los derechos humanos y laborales en este sector.

Esta misma organización publicó hace ya siete años una guía para el abordaje periodístico del trabajo sexual y las trabajadoras sexuales que se ha convertido en un referente absoluto3.

Tal y como se menciona en la guía, “siempre es necesario remarcar que el trabajo sexual no es ilegal ni indigno sino que son indignas las condiciones de su realización por la situación de falta de regulación y normas que lo reconozcan un trabajo. Nosotras no somos criminales, el ambiente de desprotección, carencia de legislaciones y no garantía de nuestros derechos, nos ‘encierra’ en algunos sectores en los que muchas veces nosotras mismas somos víctimas de situaciones ilícitas. Lo que sucede en algunos casos es que por la clandestinidad y la marginalidad a la que se nos empuja, estamos rodeadas de condiciones desfavorables que nos hacen constantemente enfrentar situaciones peligrosas o ilícitas”.

 

4 

LA NINFÓMANA

Como en el imaginario social es incomprensible que existan mujeres que se dediquen al trabajo sexual por voluntad propia, se tiende a patologizar su decisión.

 

“El trabajo sexual no es ilegal ni indigno. Son indignas las condiciones de su realización por la situación de falta de regulación y normas que lo reconozcan como un trabajo.”

 

De esta manera, se da por hecho que son adictas al sexo, personas de libido insaciable que han acabado en este negocio para satisfacer sus fantasías.

“La gente se imagina a la trabajadora sexual como si fuese una ‘comehombres’, sin darse cuenta que tal vez en su vida personal ¡puede ser lesbiana! Su intimidad no tiene por qué tener nada que ver con su trabajo. A veces se olvidan de que antes de ser trabajadora sexual es una persona que sueña, que siente y que se ilusiona como cualquier otro”, apunta Elena.

 

5 

LA VENTA DEL CUERPO

Uno de los argumentos recurrentes a la hora de criticar el trabajo sexual es la idea de la mercantilización del cuerpo.

Sin embargo, este paradigma ignora que el bien comercializado es la fuerza de trabajo, no el propio cuerpo de las protagonistas. De la misma manera que una dependienta no vende sus manos por doblar la ropa, la trabajadora sexual no está vendiendo sus genitales.

Así, podemos a.rmar que el bien comercializado son las horas en las cuales la trabajadora ofrece un servicio, en este caso de carácter sexual.

 

 

RECOMENDACIONES A LA HORA DE HABLAR DEL TRABAJO SEXUAL

Ahora que hemos entendido los principales estigmas, estereotipos y prejuicios que atraviesan el trabajo sexual, vamos a presentar ocho sugerencias a tener en cuenta para tratar noticias relacionadas con el sector desde una perspectiva ética y responsable.

 

1 

DECONSTRUCCIÓN PERSONAL DEL PERIODISTA

Como agente transmisor de información, es responsabilidad del periodista estar en un proceso constante de deconstrucción.

De ese modo, evitará impregnar su trabajo de valores personales, centrándose en ofrecer datos objetivos.

 

“Hay muchísima desinformación, dogmas y un manejo irresponsable de datos que son falsos.”

 

La representación del trabajo sexual en la cultura popular (series, películas, literatura…) ha creado una imagen que en muchas ocasiones no es veraz.

Para que estos estereotipos que tenemos interiorizados no se transmitan a nuestro trabajo, es interesante invitar al periodista a cuestionarse si la labor que está realizando está sesgada por sus ideales y creencias como individuo o es una representación fidedigna de la realidad.

 

2 

BUSCAR INFORMACIÓN FIABLE Y CONTRASTAR FUENTES

Más medios de los que cabría esperar reproducen datos publicados en otros artículos sin comprobar las fuentes que los sustentan.

El resultado son textos repletos de terminología incorrecta y cifras falsas sin una fuente comprobable.

Errores recurrentes se transforman en realidades a los ojos de la población por el mero hecho de ser repetidos una y otra vez en artículos, noticias y entrevistas. En su defecto, hay que promover la información objetiva, sin caer en el sensacionalismo o los datos superfluos.

“Hay muchísima desinformación, dogmas y un manejo irresponsable de datos que son falsos”, me comenta Natalia. “Una de las cosas que más me motivó a dar la cara y dar entrevistas fue darme cuenta que el retrato popular en los medios no tenía nada que ver con mi experiencia y que la representación que estaban haciendo de mi profesión ni siquiera contaba con voces de putas. ¿Cómo es posible que se trate un tema sin contar con las protagonistas? Algunos erroresclásicos son usar la expresión trata de blancas para hablar de las víctimas de explotación sexual forzada, sugerir que la prostitución es alegal en España, hacer diferenciaciones entre putas

libres (las que disfrutan) y putas víctimas (las que lo hacen por dinero) cuando todas somos currantes que lo hacemos por dinero y si disfrutamos o no es irrelevante. También llamarnos regulacionistas cuando somos pro derechos”.

 

“El discurso de que las putas somos cuerpos en venta al uso y abuso del hombre que paga, no solo nos invisibiliza, nos pone en peligro dando a entender que ese es el trabajo de las prostitutas.”

 

3 

DAR VOZ A LAS EXPERIENCIAS DE LAS PROTAGONISTAS

Estamos acostumbrados a que los medios se hagan eco casi exclusivamente de las circunstancias y situaciones negativas relacionadas con el sector (muertes de trabajadoras sexuales, abusos, problemáticas…), pero apenas se mencionan experiencias en primera persona que no tengan una carga estigmatizante.

Cuando se habla de trabajadoras sexuales que defienden su trabajo o tienen una perspectiva positiva del mismo, se las trata de “excepciones”, usando en muchas ocasiones argumentos peyorativos con el resto de sus compañeras (“La prostituta que escribe bien”, “la actriz porno que cita a Nietzsche”).

 

“Es necesario empoderar a las protagonistas para que sus voces sean escuchadas, las putas no necesitamos tutelajes.”

 

A la hora de abordar temas relaciona-dos con el trabajo sexual es necesario visibilizar con perspectiva de género los testimonios de las implicadas, haciendo especial hincapié en mostrar el punto de vista de las mujeres trans, migrantes, racializadas y pertenecientes a grupos históricamente excluidos de los discursos hegemónicos.

 

“Los argumentos que damos las trabajadoras sexuales quedan reducidos a la nada porque pesa más la imagen creada a lo largo de década que el mensaje que nosotras damos.”

 

“Los argumentos que damos las trabajadoras sexuales quedan reducidos a la nada porque es más fuerte la imagen creada a lo largo de décadas que no el mensaje que nosotras damos. La sociedad aún no acepta que las trabajadoras sexuales seamos personas inteligentes, con estudios, independientes, sexualmente liberadas y feministas”, apunta Valérie May, mujer de 29 años que se dedica a la prostitución independiente desde hace poco más de uno.

“Me gustaría que los medios dejaran de dar espacios a abolicionistas académicas o personas que ni tienen ni han tenido relación directa con la prostitución”, señala Natalia Ferrari. “Es necesario empoderar a las protagonistas para que sus voces sean escuchadas; las putas no necesitamos tutelajes. Lo mismo se aplica para cualquier tipo de periodista que se dedique a opinar sobre cómo son las relaciones con nuestros clientes. Nosotras somos capaces de hacer análisis sobre la sexualidad y la masculinidad dentro de nuestro trabajo desde perspectivas feministas. ¿Os imagináis a académicas cis hablando sobre las problemáticas que enfrenta la comunidad trans como si las mujeres trans estuvieran incapacitadas para hablar sobre lo que se enfrentan y pedir lo que necesitan? Acostumbran a usar sus privilegios para opinar sobre nuestro trabajo sin contar con nosotras. Lo que deberían hacer en tendernos una mano”.

“Cuando se habla de trabajo sexual trans se da por hecho que es una persona sin preparación académica y que, si es poco normativa, no podría dedicarse ni a ser cajera de un súper”, me comenta Blanca, que lleva 5 años dedicándose a la prostitución.“Muchos señalan mi cultura e inteligencia de manera sorpresiva. Dan por hecho que soy una mujer poco preparada y que provengo de un entorno desestructurado”.

“En realidad pocas veces los medios se refieren a las mujeres trans cuando hablan de trabajo sexual”, comenta Shirley. “Las entrevistas a mujeres trans van encaminadas a lo que se gana en una noche, a los servicios que se realizan y cualquier otra situación que pueda ser morbosa sin profundizar más en la situación estructural que las mujeres trans, sobre todo si son migrantes, pueden encontrarse al momento de acceder al mercado de trabajo no sexual. Siempre me dio la impresión que la intencionalidad de ese tipo de reportajes no es cambiar una narrativa sino reafirmar más la creencia que tiene mucha gente de que las trans somos algo que en realidad no se desea conocer ni tener cerca”.

 

4 

EVITAR LAS JERARQUIZACIONES

Una gran parte de las palabras usadas para denominar a las trabajadoras sexuales incluyen una terrible carga a nivel social.

“Puta” o “sexo servidora” son ejemplos de denominaciones que acarrean un claro estigma, mientras que cuando hablamos de “actriz porno”, “escort” o “prostituta de lujo” parece existir casi un cierto aire de glamour en la percepción social de sus definiciones.

“Hay que tener cuidado a la hora de utilizar el término ‘escort’”, me dice Valérie. “No debería usarse para diferenciar posiciones sociales ni para crear una jerarquización dentro del propio trabajo sexual”.

 

“Estamos acostumbrados a que los medios se hagan eco casi exclusivamente de las circunstancias y situaciones negativas relacionadas con el sector.”

 

Aunque existe una corriente dentro del feminismo pro sex que plantea la utilización de algunas de estas palabras históricamente peyorativas con el fin de asignarles un nuevo significado (de la misma manera que el colectivo LGTBI rede.nió el uso de “maricón” o “bollera”), siempre es necesario preguntar a la trabajadora sexual sobre quien se está hablando, de qué manera prefiere ser nombrada.

 

“Sobra ilustrar los artículos con fotos robadas de compañeras en la calle o imágenes de archivo de mujeres con tacones y minifalda, siempre sin cara, incluso cuando la entrevista es a putas que reivindican ser visibles.”

 

“En general, a no ser que lo diga yo, lo más acertado para la periodista sería decir trabajadora sexual”, apunta Natalia. “El objetivo de esta terminología es dejar claro que somos mujeres trabajadoras y no hacer diferenciaciones entre otros sectores. Existe una jerarquía social donde parece que ser actriz porno es mejor que ser prostituta, y esto solo sirve para fomentar prejuicios. Estamos en sectores distintos pero somos todas mujeres trabajando y nos atraviesa el mismo estigma”.

 

5 

NO UTILIZAR MATERIAL GRÁFICO QUE ALIMENTE PREJUICIOS Y RESPETAR EL DERECHO A LA INTIMIDAD

 

Es común que los medios se presten a publicar imágenes de trabajadoras sexuales sin que estas hayan dado su consentimiento.

Como regla sin excepciones, siempre hay que preguntar por su voluntad de ser filmadas o fotografiadas. En caso de tratarse de entrevistas, los medios han de comprometerse a usar las fotografías que ellas mismas han mandado y evitar conseguir material gráfico a través de internet. Por ejemplo, sacando fotogramas de escenas porno o fotografías de otras entrevistas.

 

“Existe una jerarquía social en donde parece que ser actriz porno es mejor que ser prostituta, y esto solo sirve para fomentar prejuicios. Estamos en sectores distintos pero somos  todas mujeres trabajando y nos atraviesa el mismo estigma.”

 

“Sobra ilustrar los artículos con fotos robadas de compañeras en la calle o imágenes de archivo de mujeres con tacones y minifalda, siempre sin cara; incluso cuando la entrevista es a putas que reivindican ser visibles”, dice Natalia.

De la misma manera, no se deben publicar bajo ningún concepto los datos personales de las trabajadoras sin que medie consentimiento por su parte (por ejemplo, su nombre real), incluso aunque otros medios hayan .ltrado esta información en el pasado. Este es un trabajo sobre el que todavía pesan muchos prejuicios y por motivos de seguridad el derecho a la privacidad de las protagonistas ha de ser respetado.

“Puede suceder que, a causa del estigma, la discriminación y los prejuicios algunas de nosotras no contemos a nuestras familias o en nuestros barrios que somos trabajadoras sexuales y ejerzamos nuestro trabajo lejos de nuestros espacios de pertenencia para que no haya represalias de ningún tipo hacia nosotras o nuestras familias”, podemos leer en la guía de RedTraSex4

 

6 

ELIMINAR LOS DISCURSOS PATERNALISTAS

La percepción de las trabajadoras sexuales como víctimas que necesitan ayuda fomenta la utilización de expre­siones que oprimen su identidad como individuos, como por ejemplo “mujer en situación de prostitución”.

 

 “Hablan de nosotras como si fuéramos cosas mientras se denuncia que la prostitución nos cosifica.”

 

“Hablan de nosotras como si fuéramos cosas mientras se denuncia que la prostitución nos cosi.ca. El discurso de que las putas somos cuerpos en venta al uso y abuso del hombre que paga, no solo nos invisibiliza sino que nos pone en peligro dando a entender que ese es el trabajo de las prostitutas”, me comenta Natalia.

“Aunque les diga por activa y por pasiva que estoy bien, siento que me quieren rescatar”, dice Valérie. “Además, me enfrento constantemente a la idea de que esto realmente no es algo serio para hacer en la vida”.

 

7 

NO CONFUNDIR TRATA, EXPLOTACIÓN Y TRABAJO SEXUAL

“Mezclar la prostitución con trata es un gravísimo error”, me comenta Natalia. “No solo para las putas, también para las propias víctimas de trata, como deja constancia GRETA”.

El informe de GRETA2 no es el único que sustenta estas afirmaciones. La Organización Mundial del Trabajo3 también ha insistido en señalar que la mayoría de víctimas de trata en realidad están explotadas en la economía privada.

En concreto, “del total de 20,9 millones de trabajadores forzosos, 18,7 millones (90%) son explotados en la economía privada por individuos o empresas. De estos últimos, 4,5 millones (22 %) son víctimas de explotación sexual forzada, y 14,2 millones (68%) son víctimas de explotación laboral forzada en actividades económicas como la agricultura, la construcción, el trabajo doméstico o la manufactura”.

La ONU también tiene un informe redactado al respecto titulado ‘Trata de personas hacia Europa con fines de explotación sexual’. Según sus cifras “alrededor de una de cada siete [prostitutas] sería víctima de la trata”. Esto conforma un 14 por ciento de la prostitución ejercida en Europa, una cifra muy alejada de aquellas que normalmente se manejan en los medios.

 

“Mezclar la prostitución con trata es un gravísimo error.” 

 

Amnistía Internacional publicó en mayo del 2016 nada más y nada menos que cuatro informes de investigación sobre las violaciones de derechos humanos que sufrenlas trabajadoras sexuales6. Se centraron en Noruega, Argentina, Hong Kong y Papúa Nueva Guinea. Sus resultados son esclarecedores: hay que eliminar las regulaciones punitivas del trabajo sexual “con consentimiento entre personas adultas, ya que refuerzan la marginación, el estigma y la discriminación y pueden negar a las personas que se dedican al trabajo sexual el acceso a la justicia bajo el amparo de la ley”7.

Por cierto, cabe mencionar que Amnistía Internacional forma parte de un gran grupo de organizaciones que apoyan o piden la despenalización del trabajo sexual con consentimiento.

Entre ellas la Alianza Global contra la Trata de Mujeres, la Comisión Global sobre VIH y Derecho, Human Rights Watch, ONUSIDA, el relator especial de la ONU sobre el derecho a la salud y la Organización Mundial de la Salud7.

 

 

8

 ANTE LA DUDA, CONSULTAR CON LAS ORGANIZACIONES DE TRABAJADORAS SEXUALES

Existe una amplia variedad de organizaciones que defienden los derechos de las trabajadoras sexuales.

Contactar a estas asociaciones es la manera más sencilla de obtener datos actualizados e información objetiva.

Entre otras:

  • Colectivo Hetaira8
  • Aprosex9 (Asociación de profesionales del sexo)
  • RedTraSex10 (Red de trabajadoras sexuales de Lationamérica y el Caribe)
  • Ammar11 (Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina)
  • APAC12 (Adult Performer Advocacy Committee)
  • SWOP- USA13 (Sex Workers Outreach Project US)

 

CONCLUSIÓN

Forma parte de la ética periodística el ofrecer información objetiva y cercana a la realidad para que el receptor del mensaje pueda labrarse sus propias conclusiones.

Pero si además el tema a tratar incluye a un colec­tivo estigmatizado, esta máxima puede ayudarles a recuperar una posiciónde autoridad que les ayude a salir de la marginalidad.

Sí, el conocimiento empodera.

La falta de información sobre el trabajo sexual ha plagado de estereotipos la percepción de este negocio durante muchísimos años.

Por fin ha llegado el momento de posicionarnos como aliadxs de aquellas personas que no han tenido voz en su propia batalla para que podamos comprender este trabajo desde la perspectiva de sus protagonistas.

El cuarto poder es un arma poderosa al servicio del pueblo. Moldea nuestro saber y ayuda a dar forma a nuestro discernimiento.

Por un periodismo interseccional y comprometi­do, aprendamos a hablar responsablemente del trabajo sexual en los medios.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

1: Se ha redactado este texto utilizado de forma generalista los pronombres femeninos ya que los estigmas y prejuicios que rodean al trabajo sexual se acentúan cuando las protagonistas son mujeres. No obstante, esta ha sido una decisión tomada por la autora y los consejos y sugerencias aquí mencionados pueden y deben ser aplicados a todos los géneros que existen.

2: GRETA (Group of experts on action against tra.cking in human beings) Report concerning the implementation of the council of Europe Convention on action against Tra.cking in Human Beings by Spain, Strasbourg, 2013, www.colectivohetaira.org/informe-greta

3: UNODC, Extracto de The Globalization of Crime — A Transnational Organized Crime Threat Assessment, Viena, 2010 www.unodc.org/documents/publications/TiP_Europe_ES_LORES.pdf?fref=gc

4: RedTraSex (Red de trabajadoras sexuales de Lationamérica y el Caribe), Guía para el abordaje periodístico del trabajo sexual y las trabajadoras sexuales, 2014, www.redtrasex.org/IMG/pdf/guia_periodistas_redtrasex.pdf

5: ILO, Special Action Programme to combat Forced Labour (SAP-FL), Ginebra, 2013 www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/@ed_norm/@declaration/documents/publication/wcms_182010.pdf

6: Amnistía internacional, Papua New Guinea: outlawed and abused: Criminalizing sex work in Papua New Guinea, Papua New Guinea, 2016 Amnistía internacional, China: Harmfully isolated: Criminalizing sex work in Hong Kong, China, 2016

Amnistía internacional, “Lo que hago no es un delito” El coste humano de penalizar el trabajo sexual en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, 2016 Amnistía internacional, Norway: The human cost of crushing the market. Criminalization of sex work in Norway, Noruega, 2016

7: Amnistía internacional, Política de Amnistía Internacional sobre la obligación del estado de respetar, proteger y realizar los derechos humanos de las personas dedicadas al trabajo sexual, 2016, http://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/noticias/noticia/articu­lo/graves-violaciones-de-derechos-humanos-sufridas-por-trabajadoras-y-trabajadores-sexuales-en-el-mundo

8: Colectivo Hetaira www.colectivohetaira.org

9: Aprosex www.aprosex.org

10: RedTraSex www.redtrasex.org

11: Ammar www.ammar.org.ar

12: APAC www.apac-usa.com

13: SWOP- USA www.new.swopusa.org

 

 

 

Tiempos de lucha para las prostitutas: Fernando Grande-Marlaska nombrado ministro de Interior

 

Al nombramiento de Carmen Calvo como vicepresidenta del Gobierno y ministra de Igualdad, se suma ahora el de Fernando Grande-Marlaska como ministro de Interior.

Fernando Grande-Marlaska, advierte que el 99% de la prostitución procede de la trata.

 

https://www.elboletin.com/nacional/140930/grande-marlaska-prostitucion-procede-trata.html

 

El juez y presidente de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, Fernando Grande-Marlaska, advierte a quienes defienden el derecho a ejercer la prostitución de manera voluntaria que el 99% de esta práctica procede de la trata de seres humanos. Lo hace en las páginas de la revista Glamour España, en una entrevista exclusiva que se publicará en su totalidad el próximo mes de noviembre.

“No voy a amparar que en base a este tipo de prostitución, o por un feminismo mal entendido, se intente minimizar el problema de la trata de seres humanos con fines de explotación sexual, que es lo que ocupa el 99 por ciento de la prostitución”, aclara el juez. “No entiendo que con ello nadie pueda realizarse, ni incluso quedar indemne. Y no se puede difuminar la entidad de un problema tan grave que es, sin duda alguna, esclavitud en pleno siglo XXI”, sentencia.

 

La construcción mediática del estigma de prostituta en España

 

https://bit.ly/2LMmMsb

 

Ana Belén Puñal Rama* e Ana Tamarit**

 

Resumen

Los medios construyen un discurso que simplifica la realidad de la prostitución y estigmatiza a quien la ejerce. Este artículo parte de un análisis del discurso de la representación de la prostitución en los periódicos El País y ABC, desde la Transición española al 2012. A pesar de ser ideológicamente opuestos (conservador y católico el ABC, e identificado con la ideología de centroizquierda próxima al PSOE El País), en ambos está presente el estigma. Es un estigma construido de forma diferente, ya que la imagen de la prostituta está articulada en torno a la moral en ABC y alrededor del ideario progresista en El País, pero que cuenta con un mismo punto de partida y una confluencia final. En ambos, la mujer que se prostituye es prostituta antes que mujer y persona y ambos acabarán coincidiendo en reducir la representación de la prostituta a la «hipervíctima» desde una perspectiva abolicionista.

 

* Universidad Estatal de Milagro, Ecuador/Universidad de Santiago de Compostela, España.

Dirección postal: Universidad Estatal de Milagro. Cdla. Universitaria Km. 1.5 vía Milagro Km.

  1. Edificio de Postgrado. Milagro. Ecuador.

Correo electrónico: belenpunhal@gmail.com

** Universidad Estatal de Milagro, Ecuador

Dirección postal: Universidad Estatal de Milagro. Cdla. Universitaria Km. 1.5 vía Milagro Km.

  1. Edificio de Postgrado. Milagro. Ecuador.

Correo electrónico: tamarit03@gmail.com

 

 

Introducción. Las prostitutas como las Otras

El estigma es la marca con la que identificamos y excluimos al Otro, a quien es o está en el mundo de forma diferente a Nosotros/as, a quien no forma partedel colectivo en el que nos integramos. Las mujeres han sido y son marginadas en una sociedad marcada por el patriarcado y el sexismo. Esta discriminación se incrementa en el caso de las mujeres prostitutas que, en las últimas décadas, han sido mayoritariamente inmigrantes en España. Sufren la interseccionalidad de discriminaciones marcadas no sólo por el género, sino también por su clase social, su condición de inmigrante, su origen étnico o nacional y el estigma que, históricamente, ha marcado a las mujeres que trabajan en la prostitución. Los medios de comunicación, como veremos en este artículo, han jugado un papel clave en la construcción de este estigma. De ahí que, en la investigación que ha servido de base para el mismo, se haya decidido analizar la representación de las mujeres en dos de los principales periódicos españoles.

El de las mujeres que ejercen la prostitución es uno de los colectivos sobre los que recae mayor censura moral (Oselin 2009), una censura que sirve como grillete para el ejercicio del control de la sexualidad femenina. El estigma de «puta», de hecho, se aplica no sólo a las mujeres que trabajan en la prostitución sino a todas aquellas que no se ciñen a los patrones convencionales patriarcales en las relaciones sexuales y de pareja. En las sociedades patriarcales, una «puta» representa no sólo a la mujer que vende sus servicios sexuales, sino también a todas aquellas

que evidencian su deseo erótico y ejercen activamente su sexualidad, a todas las que incumplen el contrato sexual previo al contrato social del que nos hablan los pensadores ilustrados. Tal y como explica Caruncho, siguiendo a Pateman, «el contrato sexual, el que firman los hombres entre sí para excluir a las mujeres, es previo al contrato social y garantiza la exclusión de las mujeres de la convención de lo social […], de la esfera de lo público» (Caruncho 2010, 21).1 Los hombres no hubiesen podido dominar y dedicarse en exclusiva al espacio público (contrato social) si no hubiese quien cumpliese con las funciones de sustento y cuidado en el hogar (contrato sexual).

El estigma es estratégico para la construcción identitaria del «Nosotros», en oposición al «Otro». Las mujeres, tal y como señalan autoras como Juana Gallego (2010), son representadas en los medios de comunicación como «las Otras» frente al «Nosotros», como protagonista mayoritario masculino en los medios. Si las mujeres son las Otras, las prostitutas son las «Otras de las Otras». En el imaginario social y mediático sobre la prostitución, la construcción de la prostituta como la Otra no sólo se basa en la oposición entre la mujer que sigue el ideario patriarcal en

el comportamiento sexual y la que no, sino también en oposiciones de clase social (Rosembergv y Andrade 1999; Andrade 2004),2 étnicas o de procedencia nacional (Pitman 2002; Janzen et al. 2013; Fong, Holroyd y Wong 2013; Stenvoll 2002; van San y Bovenkerk 2013; Ribeiro et al. 2007).3

Esto nos lleva a una reflexión sobre el propio concepto de estigma y su naturaleza interseccional. El estigma es, para Goffman (2006), un atributo profundamente desacreditado que relega a la persona al ostracismo social. Esta concepción, que se nutre del interaccionismo simbólico, se basa en la interacción entre los individuos y la interpretación de estos procesos de comunicación y ha sido criticada por no tener en cuenta las estructuras sociales que son causa de que las interacciones se desenvuelvan de determinado modo (Rizo 2011). Scambler (2007), en consecuencia, insiste en las relaciones de clase, estatus, orden, género y étnicas tras la configuración del estigma. En esta interseccionalidad de las estructuras presentes tras el estigma pone el foco Juliano (2005), quien señala que en la gran estigmatización que padecen las trabajadoras sexuales confluyen prejuicios de base religiosa, étnicos y condicionamientos de clase.

El estigma va, así mismo, de la mano del concepto de «pánico moral», entendido este como el miedo a una persona o grupo considerado como amenaza (Treviño 2009). Este miedo, como apunta Treviño (2009), tiene un carácter irracional, es decir, responde a ansiedades generalizadas que son desplazadas a un grupo social determinado, dejando así a un lado sus causas reales (Soderlund 2002). En el caso de la prostitución, este pánico nace del sentimiento de amenaza al «Nosotros/as», tanto a los preceptos morales que fundamentan ese «Nosotros/as» como a la construcción subjectiva de nuestro «yo» en oposición a lo que se considera abyecto. Janzen y compañeras (2013) indican, al respecto, que el rechazo al Otro nace, en realidad, del desprecio a lo que consideramos abyecto en nosotros/as mismos, aquello que, desde pequeños/as, nos enseñan a rechazar de nosotros/as, paraconstruir nuestra identidad normalizada.

El pánico moral es, por lo tanto, construido y se alimenta de la gran distancia entre la realidad y las exageraciones mediáticas que se produce en la representación de la prostitución.4 De este alejamiento entre la realidad y la construcción mediática surge la aplicación, a este contexto, del concepto de mito, que entendemos aquí según lo comprende Barthes (1957), como un habla, un sistema de comunicación y un mensaje despolitizado, que no surge de la naturaleza de las cosas sino de su reconstrucción histórica. O´Neill et al. (2008) indican la existencia de tres mitos dominantes en los que se basan las respuestas jurídicas contemporáneas a la prostitución. Mitos que están estrechamente relacionados con la estigmatización de la prostitución como desviación social (Benoit y Hallgrinsdottir 2011) surgida del choque entre actores inscritos en distintas perspectivas morales (Sacramento y Ribeiro 2014).

1) La expansión de enfermedades de transmisión sexual (ETS). Que las personas que ejercen la prostitución estén bien informadas sobre las ETS no disipa ese temor. Es más, el mito construye a la prostituta como amenaza para la salud, pero no al cliente, que es quien demanda dichas prácticas sexuales de riesgo.5

2) La identificación del trabajo sexual como un comportamiento antisocial que rompe con las normas más básicas del civismo en el espacio público (ruidos, basura, relaciones sexuales en público, profilácticos en la calle…). En este caso, la sanción social recae de nuevo en la prostituta pero no en quien compra sus servicios y alimenta el comercio sexual.

3) La prostitución como violencia de género, en el que intervienen agentes (proxenetas, traficantes, compradores de sexo…) que infringen a las prostitutas daños físicos y psicológicos. Sin embargo, este discurso se contradice con la existencia de otras prácticas de control que las criminalizan (en algunos municipios españoles, multas que castigan el ejercicio de la prostitución en la calle).

Los medios de comunicación son, pues, poderosos agentes en la construcción de los mitos que refuerzan algunos de los principales estigmas que pesan sobre quien ejerce la prostitución. La investigación de la que nace este artículo se elabora desde el ámbito disciplinario de las Ciencias de la Comunicación y surge precisamente de la consideración de los medios como importantes agentes de socialización y de la confluencia de las teorías feministas y de género y las teorías de la comunicación. Más en concreto, de aquellas teorías de la comunicación que nacen de la consideración de los medios como activos constructores de la realidad social y sustento de las relaciones de poder en las que se basa dicha construcción, además de transmisores de ideología, también de ideología sexista.

Los medios, siguiendo la metáfora con la que Gaye Tuchman (1983)6 introduce en las Ciencias de la Comunicación las teorías del framing surgidas del interaccionismo simbólico de Goffman, son hoy en día las ventanas a través de las cuales construimos nuestra visión del mundo. Una construcción que no es ajena al poder en una sociedad en la que, según Teun A. van Dijk (2009), éste es fundamentalmente persuasivo y está en buena parte basado en el acceso preferencial al control del discurso público por parte de las élites7. Élites representadas por lo que Amparo Moreno denomina como «el arquetipo viril masculino», «varones adultos de los grupos dominantes que representan papeles sociales vinculados al ejercicio del poder» (Moreno 1998, 32). Las prostitutas quedan, en los medios, relegadas a los márgenes despoderados, márgenes en los que se encasilla en general a las mujeres como las Otras, y de forma especialmente incisiva, a las prostitutas como «las Otras de las Otras».

 

El contexto español

En las últimas cuatro décadas, la prostitución ha cambiado varias veces de cara en España. De ser ejercida por mujeres mayoritariamente autóctonas, en la década de los 1970, se asienta en la década de los 1980 el perfil de la mujer drogodependiente y, ya en la de los 1990, se introducen de modo mayoritario las mujeres inmigrantes. En los últimos años, sin embargo, a raíz de la crisis económica, se ha incrementado el número de mujeres españolas que buscan una salida en la prostitución (Puñal 2015).

La prostitución, por lo tanto, aparece siempre cruzada en España por la interseccionalidad de márgenes varios como el género, la pobreza, las drogodependencias, la orientación sexual o la inmigración. Encontrar datos fiables es complejo, porque el ejercicio de la prostitución no está legalizado como trabajo y, además, la condición de inmigrantes en situación irregular ha hecho que una parte importante de las mujeres que trabajan en el sector lo hagan en la clandestinidad y huyendo de los controles policiales.

En el II Plan Integral de Lucha contra la Trata de Mujeres y Niñas con Fines de Explotación Sexual (2015-2018) se recogen datos aproximativos procedentes de varias fuentes (Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad 2015). La prostitución supone en España el 0,35% del PIB, lo que equivale a unos 3700 millones de euros, según cifras publicadas por la prensa española (El País 2014), apoyándose en datos del Instituto Nacional de Estadística. El número de mujeres que trabajan en la prostitución varía, así mismo, de modo notable según la fuente: desde las 45 000 que estima el Centro de Inteligencia contra el Crimen Organizado hasta las 400 000 que se calculan en el Informe sobre la situación de la prostitución en España, del 2007, o las 600 000 de las que ha informado, en sus emisiones radiofónicas,la cadena SER (Brufao 2011). De prostitución masculina y prostitución transgénero, se sabe aún menos (Puñal 2015).

Dispares, hasta niveles extremos, son también los datos sobre el porcentaje de mujeres víctimas de trata. Para la exdirectora del Instituto de la Mujer de España, Laura Seara, lo son el 90% de las mujeres que se prostituyen (Puñal 2010). Estudios realizados desde posturas pro legalización reducen notablemente este porcentaje. En una investigación elaborada por la socióloga Laura Oso (2004), de las 45 mujeres que se habían entrevistado, sólo dos habían llegado a España engañadas.

Los cambios en el rostro de la prostitución española están estrechamente unidos a los flujos económicos y poblacionales neoliberales. La prostitución se convierte en el destino de una parte de las mujeres que emigran a España huyendo de la situación de empobrecimiento de sus países de origen. El Informe de la Ponencia sobre prostitución en España expone que «la oferta es de mujeres extranjeras muchas de ellas en situación de inmigración ilegal» (Cortes Generales de Estado 2007, 41). En el II Plan Integral de Lucha contra la Trata de Mujeres y Niñas con fines de Explotación Sexual (2015-2018), se reconoce que la feminización de la pobreza y la explotación del deseo de migrar convierten a las mujeres en víctimas más vulnerables (Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad 2015). Clara Pérez (2003) habla, así mismo, de la feminización de los flujos migratorios y contrasta la invisibilización de las mujeres inmigrantes en España, a la que vincula fundamentalmente al sector de los servicios domésticos y del cuidado, con la hipervisibilización mediática de aquellas inmigrantes que se dedican al trabajosexual. Y es que, en este flujo norte-sur, a las mujeres se les han adjudicado, en el territorio español, los trabajos más precarios (como el servicio doméstico o la agricultura) y más estigmatizados, como es el caso de la prostitución.8

 

Estado de la cuestión

Los estudios sobre Comunicación y Género han experimentado un importante auge en España desde el inicio del nuevo milenio. Sin embargo, un análisis del estado de la cuestión de lo realizado en este campo muestra que falta ahondar en la interseccionalidad de la discriminación de género con otros rostros de la discriminación. De ese vacío, dada la escasez de estudios en esta línea, nace la investigación de la que parte este artículo (Puñal 2015).

Las reflexiones sobre el tratamiento mediático de la prostitución que localizamos en la fase exploratoria de esta investigación se caracterizaban por ser secundarias en estudios con otros objetivos prioritarios de análisis, como por ejemplo, la inmigración.

Así mismo, la reflexión sobre los medios apareció de manera tangencial en trabajos de carácter abolicionista y pro-legalización. Desde una perspectiva abolicionista, los medios de comunicación son criticados por transmitir la cultura de la prostitución como realidad inevitable por hacer uso de conceptos como autodeterminación y libertad sexual y promocionar a través de ellos la industria del sexo (Alba 2006) y por actitudes como la publicación, en la prensa española, de anuncios de sexo de pago, mientras en sus contenidos informativos se critica la explotación sexual y la trata y el tráfico de mujeres.9 Desde las posiciones a favor de la legalización, se considera que los medios presentan a la prostitución como mayoritariamente forzada y, desde preceptos abolicionistas (Solana Ruiz y Riopedre 2012), se denuncia de ellos el sensacionalismo con el que se insiste en construcción de la prostituta como víctima tratada y sin agencia (Oso 2000) y se les critica por invisibilizar la prostitución que se ejerce de manera voluntaria, así como la magnificación del engaño de las mafias y redes a las mujeres que llegan a España a prostituirse. Desde esta posición, se valoran de modo negativo los intentos que, desde el Gobierno español, se realizaron para la desaparición de los anuncios de sexo de pago de la prensa, pues se considera que la prostitución de piso (aquella que se anuncia en la prensa) es precisamente la que se ejerce en condiciones menos precarias y más autónomas.

 

Metodología

La investigación que da origen a este artículo está basada en la combinación de las técnicas de análisis de contenido – en concreto, el análisis hemerográfico diacrónico diseñado por Amparo Moreno (1998)10 y de análisis del discurso, con base en las teorías de van Dijk (1990). Optamos, por lo tanto, por una estrategia metodológica que se asienta en los métodos mixtos de investigación. De esta forma, con su uso conjunto, quisimos sumar las fortalezas del análisis del contenido y del análisis del discurso y contrarrestar sus debilidades.11 Del análisis de contenido obtuvimos datos cuantitativamente representativos que del análisis del discurso en sí no podríamos conseguir. Por su parte, el análisis del discurso hizo posible llegar a una profundización en el contenido, y en el discurso e ideología ocultos tras ese contenido, que no nos permitía el análisis de contenido. Fue, precisamente, el análisis del discurso el que nos abrió el camino para el estudio enprofundidad de la construcción mediática del estigma.

Los datos y reflexiones que, a continuación, se aportan, son resultado de un trabajo de campo en el que se analizaron todos los contenidos periodísticos – informativos, interpretativos y de opinión –, con la prostitución como tema central, publicados por El País y ABC en los años 1977, 1987, 1997, 2007 y 2012. Nos interesaba analizar la evolución del tratamiento de la prostitución desde el final de la dictadura franquista. Es por ello que escogimos el año 1977, en los inicios de la Transición democrática española y, a partir de ahí, decidimos analizar un año por década hasta el momento en que finalizamos esta investigación, el 2012. Fueron en total, casi un millar las unidades redaccionales estudiadas. En concreto, 957, de las cuales 544 fueron publicadas por ABC y 413 en El País. A todas ellas se les aplicó, conjuntamente, el análisis de contenido y el análisis del discurso.

 

La construcción del estigma en la prensa española: El País y ABC

El País y el ABC siguen caminos distintos para la construcción del estigma, pero coinciden: a) en un punto de partida (el considerar a la mujer que se prostituyeantes prostituta que mujer o persona, en tanto que esa es la condición de ella quese destaca en primer lugar), y b) una confluencia final, evidenciada en los últimosaños analizados: la construcción mediática del estigma de la «víctima perfecta».

El estigma se pega a la piel, como lo hacían, en la antigua Grecia, las marcas con las que se grababan a los esclavos y esclavas, y de las que procede la palabra. Y eso se observa en los medios, y en concreto, en los dos periódicos analizados, cuando se refieren a la persona que se prostituye destacando en primer lugar su condición laboral. Si una mujer es detenida o asesinada, el análisis del discurso realizado nos muestra que es muy probable que sea identificada en los titulares antes como prostituta que como mujer o persona con nombre y apellidos. Así lo muestran ejemplos como los siguientes.

«Detenido el presunto asesino de una prostituta» (El País, 15 de octubre de 1977);

«Una prostituta, detenida en relación con la muerte de un joven sacerdote jesuita» (El País, 23 de septiembre de 1987);

«Identifican a una prostituta heroinómana como la decapitada de San Fernando de Henares» (ABC, 28 de agosto de 1987);

«Intenta matar a una prostituta a causa de su impotencia» (ABC, 1987);

«Detenido el presunto asesino de una prostituta que se anunciaba en Internet» (El País, 7 de febrero de 1997);

«Arranca el juicio por el asesinato de una prostituta en El Cerro» (ABC, 20 de febrero de 2012);

Más allá de ese punto de partida común, la construcción del estigma en ABC y El País, como se ha dicho en un inicio, está determinada por la línea ideológicadel medio. Para el conservador ABC, la prostitución y las prostitutas serán un mal y una amenaza para un Nosotros identificado con los principios conservadores y católicos. El estigma, desde la perspectiva presente en ABC y de la que El País marca distancias, se construye pues como amenaza a: a) los preceptos morales que consideran a las mujeres y el sexo como tentación y pecado; b) a las y los ciudadanos pertenecientes a clases sociales no desfavorecidas, por la delincuencia que se asocia en el periódico a la prostitución y la disrupción en las normas de convivencia cívica en el espacio público; c) a la salud de las y los ciudadanos que forman parte de ese «Nosotros» con el que el periódico se identifica (la insistencia en la vinculación de la prostitución con enfermedades de transmisión sexual, y más concreto con el SIDA); y d) a la población española por parte de «males» asociados a la población inmigrante.

 

La prostitución como vicio y comportamiento inmoral

La estigmatización de la prostituta como vicio y mal moral está presente fundamentalmente en el discurso del periódico conservador (no en el de El País) delas décadas de los 1970 y 1980. Su identificación como tal llega a ser explícita en el propio discurso de la persona que elabora la información:

El tema que hoy trata el magistrado juez de Peligrosidad Social, don Manuel Rico Lara, es el de la prostitución, así como el de la actuación, condenada por todos, de los que explotan este vicio («La prostitución está ante nosotros», en ABC del 21 de mayo de 1977).

La prostitución es identificada con anormalidad. Así ocurre en una de las cartas al director publicada en 1987. «Lo anormal seguirá siendo siempre anormal», dice la lectora, quien considera que las prostitutas están siendo un modelo para la juventud, lo que de fondo encierra la estigmatización también de la idea de libertad sexual y la identificación como «putas» de las mujeres que viven libremente su sexualidad.

Me ha llamado mucho la atención el programa de TV «En familia». En él se trató esta vez el tema de la prostitución. Me hizo reflexionar sobre esta realidad tan vieja como la vida misma. Estas señoras hablaron desde su frustración ellas que son lo que hoy se presenta a la juventud como prototipo de libertad, no expresaban realmente alegría, ni descaro y no lo hacían porque lo anormal seguirá siendo siempre anormal, porque no se puede decir que comerciar con el cuerpo es la felicidad («En familia», ABC, 1 de junio de 1987).

El considerar que la prostitución está fuera de la normalidad lleva a defender la «reinserción social» como solución para recuperar dicha normalidad:

Askabide, camino de libertad, es el nombre que un grupo de religiosas ha dado al centro de acogida creado por ellas para acoger a las prostitutas bilbaínas que quieran intentar reinsertarse normalmente en la sociedad («Religiosas abren un centro de acogida para prostitutas», publicada en ABC el 3 de agosto de 1987).

El País, que nace en 1976, recién finalizada la dictadura franquista, se aleja de este estigma. No lo encontramos en sus páginas. Al contrario, introduce, tanto en sus contenidos informativos como en los de opinión, un discurso que condena la doble moral de la sociedad española respecto a la prostitución y da entrada a la voz de las prostitutas y a la defensa de sus derechos. En sus contenidos de opinión, condena la hipocresía de una sociedad que estigmatiza a la prostituta y censura la libertad sexual aun siendo la prostitución una práctica de consumo masculino generalizada. Porque, tal y como expresa en el periódico una de sus más prestigiosas firmas, Paco Umbral, «un sistema cerradamente puritano necesita la cloaca de la prostitución como la belleza de Venecia necesita la podredumbre de sus canales» («Las respetuosas», El País, 12 de marzo de 1977). En su discurso informativo, les dará voz a las prostitutas cuando se manifiestan frente a la Ley de Peligrosidad Social, aprobada en las postrimerías del franquismo, que hace que sobre ellas penda permanentemente la amenaza de la cárcel. Un ejemplo claro es esta información sobre una manifestación de prostitutas bilbaínas, en noviembre de 1977, que no será cubierta por el ABC.

Más de cincuenta prostitutas se encerraron ayer por la tarde en un pabellón del Hospital Civil de la capital vizcaína para pedir la abolición de la ley de Peligrosidad Social y exigir que se aclaren las circunstancias que rodearon la muerte de su compañera María Isabel Gutiérrez, que se prendió fuego a lo bonzo, la noche del pasado martes, en su celda de la cárcel de Basauri (Vizcaya) («Manifestación de prostitutas bilbaínas contra la ley de Peligrosidad Social», El País, 12 de noviembre de 1977).

Las divergencias con ABC en lo que respecta a moral sexual son notorias y se ponen de manifiesto cuando, en 1997, el gobierno del PP incorpora de nuevo el delito de corrupción de menores en el Código Penal, que había sido eliminado en su reforma del año 1995, en los últimos meses de la etapa del PSOE en el poder, con Felipe González al frente. Mientras en ABC se defiende la medida, El País la critica, argumentando que ya existen instrumentos normativos para castigar los abusos sexuales a menores y que la recuperación de tal tipo penal podría servir de excusa jurídica para censurar la libertad sexual. Así se pronuncia en uno de sus editoriales:

La corrupción de menores, un delito indefinido que se ha utilizado en ocasiones para sancionar prácticas sexuales que no atentaban contra la libertad sexual, no es el mejor mecanismo para sancionar las conductas de unos adultos que, si se confirman los indicios, han abusado sexualmente de niños de 12 años o menos, y los han prostituido y utilizado para producir pornografía (editorial «Corrupción de mayores», El País, 1 de agosto de 1997).

Las diferencias entre ambos se seguirán manifestando, también en años posteriores, en la cobertura de los conflictos vecinales con la prostitución de barrio. ABC, posicionado del lado de las voces vecinales, recogerá los argumentos de los vecinos relativos a la moral y el incivismo de las prácticas sexuales en la calle. El País no insistirá en dichos argumentos y contrarrestará las voces de las vecinas y vecinos de los barrios afectados con el testimonio de las personas que allí se prostituyen.

En los últimos años, como ya hemos adelantado, estas aristas se liman para construir la confluencia de ambos periódicos alrededor del discurso abolicionista y de la victimización de las mujeres que ejercen la prostitución. Esta confluencia tiene su correlato con la que se produce, en el ámbito político, entre el discurso de derechas y de izquierdas. El discurso de derechas alrededor de la prostitución y su condena desde una perspectiva moral acabará encontrándose en parte con el discurso de izquierdas que promueve la abolición de la prostitución por considerarla una manifestación más del sexismo y de la violencia contra las mujeres.

 

La prostitución como delincuencia y disrupción de la convivencia cívica

Este perfil estigmatizador está muy en relación con una de las constantes de la representación de la prostitución en la prensa española, su tratamiento como suceso. El abordaje como suceso está presente, en ABC, en el 34% de los contenidos analizados, y en el 34% en El País. La representación de la prostituta como delincuente se asocia no sólo a su criminalización como tal prostituta sino también a la criminalización que se hace en general de la población que subsiste en los márgenes de la sociedad, tal es el caso de la inmigración y de las personas afectadas por drogodependencias o enfermedades como el SIDA.

Al centro le puede el cáncer de la desesperanza. Prostitutas, travestidos, carteristas, tironeros, «cogoteros», asaltadores, traficantes, chulos gamberros, vándalos,«inmigrantes-ilegales-profesionales-del-delito». Y miedo […] Con la Ley en la mano, la Policía no puede hacer nada para evitar la prostitución y las fulanas ni se inmutan ante su presencia. Todos señalan al submundo que se mueve en torno a este tráfico como el gran mal. Chulos, como el que aparece en esta imagen con «su» prostituta, sobre estas líneas reparten heroína y cocaína entre las protegidas («La delincuencia mata la esperanza en el centro», en ABC del 19 de diciembre de 1997).

La presencia de las personas que ejercen la prostitución como fuente de conflicto con las y los otros vecinos del barrio será una constante en el ABC a lo largo del período analizado. En dicho conflicto, el ABC se sitúa sistemáticamente del lado del vecindario, a quienes con frecuencia da voz, frente a las prostitutas, de las que desconocemos su experiencia, su testimonio y su mirada. Lo dicho se comprueba en esta investigación no solo mediante el análisis cualitativo del discurso sino también a través de los datos cuantitativos obtenidos del análisis de contenido. El marco interpretativo asociado a la prostitución como fuente de conflicto en la convivencia ciudadana está presente en el 23,4% de los contenidos en el ABC y se reduce a más de la mitad en El País, que presenta dicho marco interpretativo en el 10,4% de las unidades redaccionales analizadas, y se diferencia del ABC en que nos permite saber cuál es el punto de vista de las personas que se prostituyen.

En cuanto al discurso, mientras en ABC el vecindario aparece asociado a verbos que muestran su acción en positivo y a actos de habla, todo lo contrario ocurre con quienes ejercen la prostitución: «Los vecinos de Marconi logran que las prostitutas dejen la zona de viviendas» (ABC, 6 de septiembre de 2007), «Los vecinos de Marconi se mostraron satisfechos por el resultado de la reunión» (ABC, 7 de septiembre de 2007), «La barriada Paz y Amistad, cercada por grupos de gamberros y por prostitutas» (ABC, 16 de junio de 2007). Observamos, en el discurso mediático, una contradicción no menor, sobre todo en los últimos años de la muestra, en los que se extiende el discurso de la trata de mujeres. Y esta contradicción se reflejará tanto en los contenidos informativos de El País como en el ABC. Por una parte, se las trata como víctimas de las mafias. Por otra, se las criminaliza al presentarlas como elemento disruptor de la convivencia cívica en la calle y fuente de tensión con el vecindario de los barrios en los que ejercen.

Esta contradicción entre la victimización y, al mismo tiempo, la criminalización de la prostituta llega a manifestarse incluso en discursos divergentes entre lo que el texto de la noticia dice sobre la prostituta y el modo en el que la fotografía la representa, lo que podemos ver en este ejemplo extraído del ABC. El texto representa a las jóvenes como víctimas. La imagen las muestra según parámetros icónicos propios de la representación del criminal que huye de su identificación. Sus rostros aparecen ocultos, como si fuesen criminales protegiendo su identidad.

Imagen 1

Ejemplo de criminalización en la imagen

Fuente: «Seis mafias se repartían los 14 millones del negocio de la prostitución china», ABC, 23 de febrero de 2007

Este discurso, del que la prensa se hace eco, tiene su origen en el discurso político español vigente en ese momento y que se extiende hasta la actualidad. Existe una contraposición entre la legislación y las políticas estatales y las normativas autonómicas y locales. El Código Penal español castiga a quien se beneficia de la prostitución ajena, aunque ésta sea consentida, pero no a quien se prostituye. Así mismo, las políticas estatales, con marco en el Plan Integral de Lucha contra la Trata de Mujeres y Niñas con Fines de Explotación Sexual, inciden en la prostitución como mayoritariamente forzada y en la prostituta como víctima de las redes de trata y tráfico, y contemplan medidas para que puedan denunciar a las mafias que las explotan. Sin embargo, las políticas locales que se pusieron en marcha en varios ayuntamientos y comunidades autónomas, como Cataluña, van en sentido contrario y, en ciertos casos, llegan a multar a quien se prostituye y/o a quien compra servicios sexuales en la calle.

 

La prostitución como amenaza a la salud

Ya habíamos visto en O´Neill et al. (2008) como, a la construcción del estigma, contribuye la vinculación de la prostitución a las enfermedades de transmisión sexual. Esta relación fue muy fuerte en el discurso mediático de la década de los 1980, en plena crisis del SIDA. Los datos cuantitativos así nos lo muestran. Tanto en ABC como en El País, 1987 es el año en que publican más contenidos en los que se relaciona prostitución con problemas de salud. Llegan a suponer hasta el 10,2% de los analizados ese año en ABC, y el 14% en El País. Nunca, ni en los años anteriormente estudiados, ni en los posteriores, este vínculo fue tan fuerte.

No obstante, una cosa es la información sobre prostitución y enfermedades de transmisión sexual, básicamente el VIH, y otra es la construcción del estigma. Este estigma está muy presente en ABC, en el año 1987, en plena crisis del SIDA, pero no en El País, que adopta una línea editorial por completo contraria. Mientras el ABC insiste en informaciones en las que la persona que se prostituye es condenada como amenaza social por ser considerada agente transmisor de SIDA, El País intenta desmontar este estigma e incluye contenidos en los que se pone de manifiesto que no solo la persona que se prostituye, sino también, el cliente, es responsable.

En ABC, la prostituta, sobre todo si es mujer transgénero, es considerada una amenaza para la sociedad por su potencial de contagio (por ejemplo, en informaciones como «La prostitución de travestidos, un peligro sanitario, según los vecinos de Vitruvio. En la zona existen un instituto y varias guarderías», ABC, 27 de febrero de 1987). No se alude en ningún momento a base científica alguna para que el VIH se ligue sobre todo a las, en aquel momento, etiquetadas como «travestis», de lo que se deduce una estigmatización implícita de toda sexualidad no heteronormativa basada en la construcción del mito. Es decir, en el alejamiento entre la realidad y el discurso mediático que se construye. Nada se dice, en todo caso, de la responsabilidad de los compradores de sexo en la transmisión de enfermedades venéreas.

El discurso político parece ir, en ese momento, por detrás del discurso mediático. Ante la alarma social a la que contribuyen los medios, se anuncian medidas políticas desde partidos e instituciones gubernamentales con propuestas como el confinar a las personas que ejercen la prostitución en zonas específicas.

La persona que se prostituye y ha sido contagiada por VIH es, incluso, animalizada en los contenidos: «Una prostituta con SIDA podría estar suelta en la ciudad, ya que se marchó del hospital después de haberse realizado el diagnóstico» («Veinte extranjeros, expulsados de la República Federal de Alemania por tener el virus del SIDA, ABC, 29 de marzo de 1987). Puede, además, ser presentada como un ser macabro y alintencionado: «Cadena perpetua a un enfermo de SIDA que estranguló a tres compañeros de orgía. Se vengaba del mal dando muerte a sus clientes homosexuales» (ABC, 12 de julio de 1987).

El periódico traslada y amplía la alarma social por la transmisión del VIH no sólo a su discurso informativo, sino también a contenidos de opinión de carácter editorializante, tal es el caso de ZigZag, que incluye pequeños textos de opinión sin firma (sueltos) que muestran la línea editorial del periódico:

A mediados de febrero, representantes de la Asociación Popular de Vecinos Altos del Hipódromo de Madrid fueron recibidos por el doctor Nájera. Estos padres de familia le expusieron la preocupación por el contagio de SIDA y hepatitis B que corre la población infantil en la zona de la calle Vitruvio, debido al posible contagio infantil con jeringuillas, preservativos y otros detritus que habitualmente deja la prostitución de travestidos en aquella zona y en el interior de determinados colegios allí ubicados. Después de escucharlos atentamente, el doctor Nájera fue breve y lacónico en su respuesta: «Los niños – argumentó – no corren ningún peligro, ya que no son tan tontos como para coger y jugar con jeringuillas del suelo.» Recientemente – y esto convendría que lo supiese el doctor Nájera –, en el colegio público Maestro José Regidor, de Huelva, varios niños se contagiaron de hepatitis B por jugar, precisamente, con jeringuillas usadas que se habían encontrado en la calle (ABC, «Rafael Nájera», 17 de abril de 1987).

El País muestra, en el mismo año, un discurso por completo opuesto. Se alude a las responsabilidades de los compradores de sexo en la transmisión del SIDA, se defiende a las prostitutas transgénero frente a su estigmatización y se adopta el discurso de la defensa de los derechos de las mujeres que realizan trabajo sexual, lo que se muestra, por ejemplo, en la entrevista que realizan a Pía Covre como representante de las prostitutas italianas (había fundado, en 1982, el Comitato per i diritti civili delle prostitute). El periódico da, así mismo, amplia cobertura a las jornadas sobre prostitución que promueve ese año el ayuntamiento de Madrid, gobernado por el PSOE, y que en el ABC llegan a ser ridiculizadas. Los ejemplos siguientes evidencian la distancia entre los discursos opuestos de ABC y de El País en la cobertura de dichas jornadas y, más en concreto, en la postura que en ellas se adopta acerca de la importancia del compromiso del cliente en el uso del preservativo para evitar la extensión del VIH.

«Las prostitutas», dijo, «deberían exigir el uso de preservativos a los clientes, puesto que ellas, al menos las que no se drogan, no tienen la enfermedad» (palabras de Pilar Estébanez, directora del Centro de Promoción de la Salud del distrito de Centro (CPS) a propósito de las jornadas sobre prostitución. «Mejorar la situación de las prostitutas, objetivo del debate que se inicia hoy», El País, 7 de abril de 1987).12

Sobre este asunto de la prostitución, en este caso femenina, parece que se había dicho casi todo; pero no es así. Ahora de lo que se trata es de realizar una campaña de solidaridad, según la doctora Pilar Estébanez […]. «Que no se quede una prostituta sin usuario porque no lleve preservativo», dijo («Piden solidaridad para que los clientes de las prostitutas usen preservativos. Juez Navarro: «Piden que dar la mano a estas hermanas»», ABC, 4 de agosto de 1987).

El País mantiene una postura activa en la desestigmatización de quien ejerce la prostitución como transmisor del VIH, hasta el punto de afirmar en un editorial, en el que se manifiesta en contra de las propuestas de recluir a las prostitutas en guetos, que «la presencia de portadores de anticuerpos del SIDA – si lo son – en las calles no representa ningún riesgo» («Las prostitutas condenadas», El País, 14 de agosto de 1987). La afirmación será puesta en cuestión en la carta al director escrita días después por un médico adjunto de medicina interna.

En ambos casos, pues, tanto el afán estigmatizador como desestigmatizador, en relación con la persona que se prostituye como agente de transmisión de VIH, lleva a informaciones alejadas de la realidad.

 

La inmigración como amenaza a la población nacional

La prostitución ejercida por personas inmigrantes se estigmatiza como amenaza para el «Nosotros» como colectivo nacional español, y se hace siguiendo un esquema triangular en las representaciones mediáticas: 1) el hombre inmigrante vinculado a la delincuencia; 2) la mujer inmigrante que ejerce la prostitución y víctima del hombre inmigrante como proxeneta o parte de redes de trata, y 3) la policía, que actúa de salvadora de la mujer inmigrante explotada y tratada. En los últimos años analizados se incorpora, en los dos medios, el uso del verbo «liberar» para referirse a la acción de la Policía.

Liberada en Almería una joven secuestrada en Rumanía y obligada a ejercer la prostitución (El País, 15 de julio de 2007).

Liberación de mujeres. El objetivo, según Amato, es «combatir los grupos criminales que organizan el tráfico y devolver la libertad a estas muchachas» («Más de 700 detenidos en Italia por tráfico de personas y prostitución», ABC, 25 de enero de 2007).

La representación mediática ofrece así una imagen en blancos y negros que no tiene en cuenta los matices. Las operaciones policiales pueden no ser una «liberación» para aquellas mujeres que se encuentran en el país en situación administrativa irregular y/o que han normalizado la explotación en la que viven y, en cierto modo, han construido en ella su círculo de seguridad en un país que desconocen.

Este triángulo se consolida a lo largo del período analizado tanto en ABC como en El País y cristaliza, en los últimos años objeto de estudio, en la creación de un nuevo estigma: el de la «víctima perfecta», del que hablaremos de manera más pormenorizada en el siguiente apartado.

No sólo a través de la victimización se produce la objetualización de la prostituta inmigrante (como objeto de la acción de otros, que no tiene agencia, es decir que no tiene capacidad de actuación) sino también por medio de otra estrategia, en este caso gramatical: la substantivación del gentilicio, lo que, de manera subyacente, lleva a considerarlas antes inmigrantes que personas, y produce en el lector o lectora una sensación de alejamiento que obstaculiza la empatía. Tal ocurre en los siguientes ejemplos, que son sólo una pequeña muestra de las varias expresiones de construcción similar localizadas a lo largo del período analizado:

El motivo ha radicado en la competencia desleal que, a juicio de las españolas, practican las portuguesas («Prostitutas madrileñas protestan por competencia desleal de las portuguesas», El País, 1977)

Las búlgaras, que se alojaban en un piso de la calle de Camarena, entregaban todo el dinero que recaudaban («Detenida una red que forzaba a mujeres búlgaras a prostituirse », El País, 1 de junio de 1997).

 

La prostituta como la víctima perfecta

Sin embargo, las divergencias alrededor de la construcción del estigma menguarán en los últimos años analizados. Ambos medios acabarán por coincidir en representar a la prostitución fundamentalmente como forzada, dejando a un margen la de carácter voluntario. En ABC, los estigmas que identifican a la mujer que se prostituye como amenaza se suavizan: la prostituta deja de ser representada fundamentalmente como amenaza para ser presentada como víctima. No hay términos medios. La única forma de no ser una «mala mujer» trabajando en la prostituciónes que te fuercen a ejercerla.

Alrededor de las narrativas de la trata de personas con fines de explotación sexual, se extiende el estigma de la «víctima perfecta». Pérez Freire y Casado Neira identifican la «víctima perfecta» con «la hipervíctima tratada, mujer vulnerable y vulnerada en sus derechos humanos de forma extrema (violentada) y rescatada por parte de la sociedad personificada preferentemente por las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado (Guardia Civil y/o policía)» (Pérez Freire y Casado Neira 2015, 35). El discurso de la «víctima perfecta» se extiende con el asentamiento en la prensa española del discurso abolicionista hegemónico en el discurso político vigente en ese momento y aún ahora, en el momento de elaboración de este artículo, y en el que coinciden los dos partidos políticos mayoritarios. Este discurso se basa, precisamente, en la narrativa de la trata de mujeres y en la explotación forzada.

Tanto el análisis cualitativo como el cuantitativo muestran la confluencia de ambos medios en el estigma de la «víctima perfecta» en los últimos años analizados. En el caso de ABC, esta construcción, localizada en el 11% de las unidades redaccionales analizadas en 1977, se incrementa hasta el 32% en el último año observado, el 2012. En El País, el estigma de la víctima perfecta pasa de estarpresente en un 5,2% en el 1977 a un 42% en el 2012. El dato es coherente con la elevada presencia de informaciones sobre trata de seres humanos con fines de explotación sexual en los últimos años de la muestra. En ambos periódicos, la trata apenas es abordada en las décadas de los 1970 y 1980. Sin embargo, su presencia se incrementa notablemente a partir de la década de los 1990 y sobre todo con la entrada del nuevo milenio, coincidiendo con la globalización de los flujos de la prostitución (del sur empobrecido al norte rico) y la conversión de España en país de recepción de prostitución. En el caso de ABC, los contenidos sobre trata llegan al 9% en 2007 y al 18% en 2012. En cuanto a El País, supone un 19% en 2007 y un 12% en 2012.

La construcción del estigma de la «víctima perfecta» se refuerza cuando va acompañado del estereotipo de «madre sufriente», como ocurre con la cobertura de la lucha de la considerada «madre coraje», la argentina Susana Trimarco, tanto por localizar a su hija, Marita Verón, secuestrada y prostituida, como por hacer justicia con sus captores. O cuando, en el abordaje del juicio a Ioan Camplaru, conocido como «Cabeza de Cerdo» y reconocido mediáticamente como uno de los mayores capos en la trata de seres humanos con fines de explotación sexual, alguna de sus víctimas narra cómo fue obligada a abortar («Yo no quería abortar pero Ioan me obligó a hacerlo» (El País, 1 de febrero de 2012).

Argentina, una vez más, está conmocionada. María de los Ángeles Verón, más conocida como Marita, fue secuestrada, esclavizada y obligada a prostituirse hace diez años. Desde entonces, su madre, Susana Trimarco, la busca y demanda justicia pero no logra ninguna de las dos cosas («Sin justicia para la madre coraje argentina», ABC, 14 de diciembre de 2012)

Susana Trimarco reunió a sus 47 años el arrojo suficiente y buscar a su hija María de los Ángeles, Marita, Verón en los prostíbulos de Argentina. Cruzando testimonios por aquí y por allá fue informándose de que la chica había sido golpeada con la culata de una pistola en las calles de San Miguel de Tucumán, introducida en un coche rojo, vendida a una red de trata de blancas, drogada, violada, apuñalada y forzada a tener un hijo en cautiverio con su proxeneta, José Fernando Gómez, alias el Chenga. («Susana Trimarco, .madre coraje argentina’: «Así como yo no tengo paz, tampoco ellos la van a tener» (El País, 18 de marzo de 2012)13

Es decir, la prostituta se representa como víctima sin ambages, sin tener en cuenta que la realidad de la prostitución está llena de grises, que no toda la prostitución es forzada, que no todas las prostitutas se consideran a sí mismas víctimas y que, aún en casos de trata, puede haber un grado de agencia y capacidad de decisión de las mujeres, como ocurre cuando son engañadas sólo en parte: saben que su destino en España es la prostitución pero ignoran las condiciones de precariedad, violencia o incluso vulneración de los derechos humanos y laborales en las que van a trabajar. O cuando, a pesar de las condiciones de explotación, encuentran en esas rejas un cierto espacio de seguridad, en el que tejen sus relaciones personales y afectivas y en el que encuentran un sustento económico, en un país que desconocen y que no les ofrece mayores alternativas.

En esta evolución hacia el estigma de la víctima perfecta, el ABC llega a cambiarde modo radical su discurso acerca de la prostitución de calle y las protestas queésta genera en el vecindario de las zonas en las que se ejerce. A lo largo de todo elperíodo analizado, excepto en el 2012, el periódico se pone sistemáticamente del ladodel vecindario y del argumentario por él utilizado (inseguridad, inmoralidad, malaimagen…), ofreciendo así una representación culpabilizadora y criminalizadora dela prostituta, a la que acostumbra no darle voz. Sin embargo, en el último año analizado, aunque ABC sigue defendiendo la eliminación de la prostitución en la calle, los argumentos que recoge son totalmente distintos: es preciso acabar con la prostitución en la calle para luchar contra la explotación sexual de las mujeres. De estemodo, el estigma de la «víctima perfecta» se usa para reforzar los argumentos a favor de la desaparición de las prostitutas del espacio público, en una actitud paternalista, según la cual se decide por ellas lo que es mejor para ellas pero sin consultarlas.

 

Conclusiones

El estigma se refuerza en el desconocimiento del «Otro», en este caso, de la «Otra». En una sociedad en la que el acceso a la realidad está ampliamente mediatizado, el estigma que rodea a la prostitución, y que se expande en la intersección de las discriminaciones de género, étnicas, nacionales, de orientación sexual y de clase social, encuentra aliado y refuerzo en los contenidos difundidos por la prensa y por los medios de comunicación en general, tal y como nos permiten concluir los datos de esta investigación.

En ABC y en El País, la construcción del estigma es divergente, porque el «Nosotros» del que parten es distinto y está definido por líneas ideológicas diferentes y, sólo hasta cierto punto, opuestas. El ABC traslada a la prostitución los miedos y preconceptos que nacen del ideario conservador y católico del que bebe. En ABC, la mujer que se prostituye es una amenaza para los principios morales del catolicismo, y se concibe así mismo como amenaza para la propia integridad (identitaria, nacional, sanitaria, física y de la propiedad). El País, sin embargo, se aleja conscientemente de esta postura conservadora y moralista en lo sexual.

No obstante, aunque ese «Nosotros» del que parten ambos periódicos es divergente tiene una característica común: la mirada heteropatriarcal. Para ambos, la mujer que se prostituye es la «Otra», sea ésta más o menos estereotipada, y es, por lo tanto, antes prostituta que mujer o persona. En ambos está presente una mirada simplificadora que impide ver todas las aristas que rodean a la realidad de la prostitución. Esa simplificación, unida al predominio del discurso abolicionista en la política española de la última década (presente en los dos partidos mayoritarios en el período analizado, el PP y el PSOE), hace que ambos medios confluyan en el estigma de la víctima perfecta.

 


Notas 

1 Carole Pateman se incluye ideológicamente en el feminismo radical, que considera la prostitución como una manifestación de la violencia de género. Frente a esta concepción, surgen desde el feminismo posiciones contrarias al ideario abolicionista y que defienden la legalización de la prostitución (Ribeiro et al. 2007).

2 De su análisis de la cobertura mediática realizada por la Folha de São Paulo sobre la prostitución infanto-juvenil en la década de los 1990, Andrade (2004) y Rosemberg y Andrade (1999) concluyen que se esconde un discurso estigmatizador que marca a las niñas y adolescentes de la calle con la prostitución, al igual que graba a los niños y adolescentes de la calle con la criminalización.

3 Pitman (2002) y Janzen et al. (2013) hacen referencia a la estigmatización de la prostituta en la prensa canadiense, no sólo por el ejercicio del trabajo sexual sino por su origen étnico, en el casode las mujeres indígenas que ejercen la prostitución. Fong, Holroyd y Wong (2013) detectan también estigmatización en Hong Kong con las mujeres que se prostituyen procedentes de la China continental. Stenvoll (2002) observa el refuerzo de la estigmatización, en función del origen étnico,en la cobertura mediática de la prostitución de mujeres rusas en el norte de Noruega desde 1990 a 2001. Por su parte, van San y Bovenkerk (2013) aluden a la percepción del proxeneta hijo de familias migradas como un peligro para la sociedad holandesa. Sacramento y Ribeiro (2014), enreferencia a la investigación en la que participan sobre la estigmatización de las mujeres que se prostituyen en las regiones transfronterizas entre Portugal y España, mayoritariamente de América del Sur y más en concreto de Brasil (Ribeiro et al. 2007), señalan que en la construcción deatributos estigmatizantes es evidente la interseccionalidad de las categorías de género, «raza» y nacionalidad

4 De la ruptura de la distancia con la que se mira surge un importante instrumento para la quiebra de los estereotipos. Alexandra Oliveira (2011) intenta romper con los estereotipos que minan la prostitución de calle mediante una investigación en la que ella misma convivirá, desde octubre de 2002 hasta noviembre de 2007, con las personas que ejercen la prostitución en este espacio. Y de la investigación extraerá conclusiones que se alejan de algunos de los mitos mediáticos con los que se estigmatiza la prostitución, como la victimización o el presentarlas en exclusiva como personas sin capacidad de agencia, de actuación.

5 Se indica en el artículo de O’Neill et al. (2008), contextualizado en el ejercicio de la prostitución de calle en las ciudades británicas, que el hecho de que las trabajadoras sexuales acostumbren a estar bien informadas sobre su salud, incluso con tasas relativamente bajas de ETS, no amortigua las representaciones de los medios que las relacionan a ellas, y no a los clientes, con la realización de prácticas sexuales de riesgo

6 Gaye Tuchman (1983) compara los contenidos que los medios elaboran con aquella imagen que vislumbramos a través de una ventana. Lo que vemos por la ventana estará determinado por el cristal, el propio marco que limita y delimita lo que conseguimos observar del exterior, e incluso la posición de quien esté mirando.

7 Teun A. van Dijk (1990), no obstante, se aleja de una concepción omnímoda del poder y de la ideología. Considera que su efecto en las personas, el efecto, por ejemplo, del discurso transmitido por los grandes medios de comunicación, se ve matizado por los esquemas cognitivos previos presentes en el receptor o receptora.

8 En el Estudio sobre la situación laboral de la mujer inmigrante en España (Iglesias et al. 2015), se afirma la existencia de un amplio bloque social de precariedad, formado por el 88% de lapoblación femenina inmigrante, y caracterizado por el ejercicio de trabajos de cuidados y de ocupaciones manuales de cualificación básica, con salarios inferiores a los mil euros mensuales.No se hace referencia, en este estudio, a las mujeres que se dedican a la prostitución, pues ésta no está reconocida como trabajo en España.

9 . Es preciso diferenciar la prostitución de la trata y el tráfico de mujeres con fines de explotación sexual. Según la definición de la ONU, adoptada en el Plan Integral de Lucha contra la trata de seres humanos con fines de explotación sexual, aprobado en 2008 en España, trata (en inglés, trafficking in human beings) es el «reclutamiento, transporte, embarque o recepción de personas, por medio de amenaza, uso de la fuerza, coacción, fraude, engaño, abuso de poder o de situaciones de vulnerabilidad, o mediando pago o beneficio económico en la obtención del consentimiento de una persona para que ceda el control sobre otra con el propósito de su explotación. La explotación incluye, como mínimo, la derivada de la prostitución y de otras formas de explotación sexual, trabajos o servicios forzados, esclavitud o prácticas similares, servidumbre y extracción de órganos». El tráfico (en inglés, smuggling of migrants) se entiende, también según la ONU, como «el procedimiento para obtener, directa o indirectamente un beneficio económico de entrada ilegal de una persona en un país del que no es nacional ni residente permanente».

10 Nos inspiramos en la variante de análisis de contenido propuesta por Moreno por dos motivos clave. Por un lado, la propuesta metodológica pone el foco en las personas que protagonizan la información, a través de la respuesta a cinco preguntas claves: ¿Quién enfoca? ¿A qué protagonistas? ¿Haciendo qué? ¿En qué escenarios? ¿Con qué fuentes? Esto le permite constatar la presencia mayoritaria en la prensa de lo que denomina como «arquetipo viril masculino» (Moreno 1998, 32). Por otro lado, el hecho de que los datos sean recogidos en su literalidad (es decir, se transcriben tal y como son mencionados en la unidad redaccional analizada) facilita, además, una lectura cualitativa. Pongamos un ejemplo: no sólo contabilizamos el número de mujeres prostitutas que protagonizan la información sino que, además, recogemos cómo el medio las nombra y las describe, así como los actos y las palabras que se les atribuyen.

11 Vicente Mariño (2009) defiende, para las Ciencias de la Comunicación, la integración de estas dos técnicas profusamente empleadas por las y los investigadores de este ámbito disciplinar, aunque casi siempre por separado. Las razones argumentadas por Mariño coinciden en gran medida con los motivos que basaron nuestra propuesta metodológica: la incapacidad del análisis del contenido para abordar el sustrato ideológico que esconde el texto. Sin embargo, mientras que para Mariño el análisis del discurso es un complemento a las debilidades del análisis del contenido, este trabajo parte de la consideración de las dos técnicas al mismo nivel.

12 Disponible en http://elpais.com/diario/1987/04/07/madrid/544793063_850215.html

13 Disponible en http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/02/16/actualidad/1329419719_ 938148. html

 

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Ana Belén Puñal Rama. Profesora titular en Comunicación Social en la Universidad Estatal de Milagro (UNEMI) en Ecuador y doctora por la Universidad de Santiago de Compostela. Investigadora en Comunicación y Género, forma parte del grupo de investigación «Comunicación, Ciudadanía y Cambio Social» de la UNEMI y dirige el Observatorio de Comunicación Ciudadana de dicha universidad. Es integrante, así mismo, de la Red Europa-América Latina de Comunicación y Desarrollo.

Ana Tamarit. Profesora titular de la Universidad Estatal de Milagro (Ecuador) y doctora por la Universidad de Salamanca. Investigadora en medios comunitarios,dirige el grupo de investigación «Comunicación, Ciudadanía y Cambio Social» y el Máster en Comunicación, con mención en Medios Comunitarios, de la UNEMI. Codirige, así mismo, el Observatorio de Comunicación Ciudadana de dicha universidad. Forma parte de la Red Europa-América Latina de Comunicación y Desarrollo.

 

Artículo recibido el 16 de enero de 2017 y aceptado para publicación el 22 de febrero de 2017.

 

 

¿Quieres descubrir las reglas del consentimiento sexual? Pregunta a las trabajadoras sexuales.

 

Por Jessie Patella-Rey

21 de mayo de 2018

Jessie Patella-Rey es educadora, escritora, activista de trabajo sexual y organizadora comunitaria, y coanimadora de The Peepshow Podcast.

 

https://www.washingtonpost.com/news/posteverything/wp/2018/05/21/want-to-figure-out-the-rules-of-sexual-consent-ask-sex-workers/?noredirect=on&utm_term = .5a3f3765654c

 

El movimiento #MeToo ha llevado los problemas de consentimiento al primer plano de nuestro espíritu cultural. Sin embargo, desconcertantemente, algunos de los campeones más locuaces del movimiento parecen ser los peores a la hora de respetar las convenciones que están propugnando. Poco después de que el ex fiscal general de Nueva York Eric Schneiderman presentara una demanda contra el productor de Hollywood Harvey Weinstein, por ejemplo, Schneiderman dimitió ante cuatro acusaciones de abuso sexual. En una declaración pública, afirmó que simplemente había participado en “juegos de rol y otras actividades sexuales consensuadas”.

Si Schneiderman realmente cree que eso es cierto, su comprensión de qué implica realmente el consentimiento parece ser fundamentalmente confusa. El consentimiento exige una comunicación razonada, una reflexión cuidadosa y, en ocasiones, requiere práctica. Pocos saben esto mejor que las personas que tratan con el consentimiento todos los días como parte de su trabajo: las trabajadoras sexuales, para quienes negociar el consentimiento y establecer límites es fundamental para el trabajo del trabajo sexual. Es nuestra habilidad para abordar estos problemas lo que nos hace ser buenas en lo que hacemos. A medida que avanza el debate sobre el consentimiento, es hora de que otros comiencen a aprender de nuestra propia experiencia tan duramente ganada.

Si recurrir a las trabajadoras sexuales para obtener claridad conceptual y orientación moral suena extraño para ti, puede ser porque nosotras, las trabajadoras sexuales, hemos sido sistemáticamente excluidas de estas discusiones. Muchos se niegan a reconocer que las trabajadoras sexuales somos ni tan siquiera capaces de ejercer consentimiento. Esta es la retórica de lo que la antropóloga Laura Agustín llama la “industria del rescate”, un término utilizado para describir a personas e instituciones que conceptualizan a todas las trabajadoras sexuales como víctimas que necesitan ser salvadas. Catherine MacKinnon ha argumentado, por ejemplo, que “en la prostitución, las mujeres tienen relaciones sexuales con hombres con los que de otra forma nunca tendrían relaciones sexuales. El dinero actúa así como una forma de fuerza, no como una medida de consentimiento. Actúa como lo hace la fuerza física en la violación“. Más recientemente, Julie Bindel ha propuesto:”En casi todos los casos es, en realidad, esclavitud. Las mujeres que trabajan como prostitutas están en dificultades y con problemas. Están en necesidad de rescate tanto como cualquiera de las víctimas más a la moda de la esclavitud moderna“.

Este pensamiento retrata a las trabajadoras sexuales como víctimas sin ninguna autonomía, mientras que, irónicamente, habla con autoridad sobre nosotras sin pedir nuestra opinión. Es una postura que se asemeja a la hipocresía de Schneiderman pretendiendo promover el consentimiento de las mujeres mientras presuntamente lo ignora en la práctica.

Esto es un error. Como Lola Davina, ex trabajadora sexual y autora de varios libros, incluido “Thriving in Sex Work: Heartfelt Advice for Staying Sane in the Sex Industry,” (1), me escribió por correo electrónico, su opinión es que “las trabajadoras sexuales son soldados en primera línea de las guerras del consentimiento.” Eso cuadra con mi propia experiencia, lo que sugiere que las lecciones que enseñamos pueden ser ampliamente aplicables. En mi propio trabajo como operadora de sexo telefónico —también escribo y hago podcasts bajo el nombre de Jessie Sage— he tenido numerosos clientes que me han llamado para ensayar futuras conversaciones o negociaciones con sus esposas o parejas. Y mis experiencias simplemente arañan la superficie de lo que es posible.

Con esta premisa en mente, hace poco contacté con la organizadora comunitaria y escritora Chanelle Gallant para preguntarle qué cree que pueden ofrecer las trabajadoras sexuales. “Algo único sobre el trabajo sexual es que el consentimiento se considera una responsabilidad colectiva”, dijo. “Las trabajadoras sexuales se organizan para desarrollar su poder y la capacidad de prevenir el abuso”. En algunos casos, eso puede implicar el intercambio de información sobre clientes malos, lugares de trabajo o gerentes. En otros, podría tratarse de colaborar para mejorar las condiciones del lugar de trabajo.

Esta organización colectiva también se traduce en las interacciones de las trabajadoras sexuales individuales con sus clientes. La stripper y periodista Reese Piper me dijo que tuvo que aprender cómo evitar situaciones con personas que podrían llegar a violarla. “Las trabajadoras sexuales sabemos cómo alejarnos de personas o situaciones que son peligrosas o que no valen nuestro tiempo”, dijo. “Es parte de nuestro trabajo detectar clientes peligrosos. Y también es nuestro trabajo invertir en clientes que valoren nuestro trabajo “.

Alex Bishop, trabajadora sexual y activista, habla acerca de cómo obtener estos conocimientos y habilidades como un regalo que el trabajo sexual le ha dado. Me dijo: “Antes de hacer trabajo sexual, no pensaba tan profundamente sobre la sexualidad y el consentimiento. Todavía era joven e ingenua y me acostaba con hombres porque me invitaban a cenar o porque eran amables.” Fue su trabajo lo que la ayudó a cambiar su forma de pensar, tanto que sugirió que le gustaría que todas probaran el trabajo sexual “durante unas pocas semanas”, siquiera para ayudarles a abrir los ojos. Según su manera de pensar, “el trabajo sexual infunde mucha confianza en aquellas que lo hacen. Se vuelve fácil decir que no porque te encuentras diciéndolo todo el día a los clientes “.

Piper está de acuerdo y me dice: “Hacer strip me enseñó a valorar mi tiempo, mi energía emocional y mi cuerpo. Me enseñó a defenderme. Antes nunca decía a los hombres que me abordaban en la calle que se fueran. Ahora es fácil. No me siento mal por valorar mi espacio y mi alma “.

Mistress Eva, que se especializa en el trabajo de dómina, describe sus interacciones con los clientes como más seguras y definidas que aquellas interacciones ajenas al trabajo sexual. En el aeropuerto camino a casa desde DomCon, tardó unos pocos minutos en escribirme: “Nunca tengo que dudar en entrar en una interacción como trabajadora sexual, porque nuestra interacción siempre va precedida de negociación y comprensión de nuestros deseos. y límites combinados”.

Volviendo a Davina, le pedí ejemplos específicos de cómo el trabajo sexual le enseñó a negociar el consentimiento. Ella explica: “Esto es lo que el trabajo sexual me enseñó: puedo decir ‘sí’ a una lap dance y después decir ‘no’ a los besos. Puedo decir ‘sí’ a los besos y luego decir ‘no’ a una mamada. Puedo decir ‘sí’ a una mamada y luego decir ‘no’ a una penetración … Decir ‘sí’ a un acto sexual es decir ‘sí’ a ese acto sexual en particular, y nada más. Las trabajadoras sexuales navegan en estas aguas todo el día, todos los días “.

Reconociendo que pueden aportar mucho a nuestros debates sobre el consentimiento, muchas trabajadoras sexuales se han dado a la tarea de enseñar consentimiento en sus prácticas de trabajo sexual. Jengibre Banks, que ha sido trabajadora sexual durante ocho años, me dijo: “Después de aprender más” sobre el consentimiento [como trabajadora sexual] veo tantas formas diferentes como lo violamos posiblemente [involuntariamente]. Creo que es importante discutir este tema del consentimiento con nuestras bases de admiradores “. Reflexionando sobre su experiencia como actriz pornográfica, explicó:”Esta es la razón por la que trato de integrar el consentimiento dentro de mis películas, en comparación con simplemente hacerlo solo fuera de cámara. De esta manera puedo enseñarles a la gente sobre el consentimiento mientras miran mis películas “.

Debería quedar claro, entonces, que a pesar de lo que asume la industria del rescate, nosotras, las trabajadoras sexuales, pasamos gran parte de nuestro tiempo ejerciendo y practicando el consentimiento. Significativamente, lo hacemos en el contexto de nuestras relaciones con los clientes. Este tipo de interacciones transaccionales de baja inversión son un terreno fértil para el trabajo de consentimiento productivo. Las trabajadoras sexuales pueden, y a menudo lo hacen, alejarse de las interacciones con clientes que no valoran el consentimiento. En consecuencia, los clientes deben practicar la negociación del consentimiento para que una transacción continúe. Y, como sugieren mis propias experiencias, esas son habilidades que pueden transferir a sus otras relaciones.

Teniendo en cuenta todo esto, diría que es necesario empoderar a las trabajadoras sexuales para que sigamos haciendo el tipo de trabajo valioso y centrado en el consentimiento que ya estamos haciendo. En relación con el consentimiento, debemos dejar de pensar en el trabajo sexual como el problema y comenzar a pensar en las trabajadoras sexuales como parte de la solución.

 


1.- “Prosperar en el trabajo sexual: consejos sinceros para mantener la sensatez en la industria del sexo”. 

Hay algunos capítulos traducidos al español en este blog: 

https://elestantedelaciti.wordpress.com/?s=lola+davina&submit=Buscar

Tres de cada cuatro canarios no quieren prohibir la prostitución

 

El Día, S/C de Tenerife 

 

22 de mayo de 2018 

http://eldia.es/canarias/2018-05-22/24-Tres-cada-cuatro-canarios-quieren-prohibir-prostitucion.htm

 

Tres de cada cuatro personas en Canarias creen que la prostitución no debería prohibirse, según un estudio del Instituto Canario de Igualdad elaborado por un equipo de investigadores de la Universidad de La Laguna (ULL). El informe, que se ha nutrido de las opiniones de 1.500 canarios —hombres y mujeres— mayores de edad, advierte del proceso de “normalización de la violencia sexual (1) contra las mujeres”.

Uno de los datos más llamativos del informe que ha coordinado la socióloga Esther Torrado es que se confirma que hay una relación directa entre el consumo temprano de pornografía y la demanda prostitucional. “El consumo de pornografía es anterior al prostitucional y constituye la antesala del sexo de pago”, señala el documento.

Así, el medio más habitual de acceso a la pornografía son los vídeos gratuitos a través de la red y solo una minoría accede a través de televisiones locales y fotos en revistas.

El proceso de normalización de la prostitución no ocurre solo en Canarias, sino que se repite en el resto del país. El ICI ha creído conveniente acometer esta investigación para conocer la percepción de los ciudadanos ante los crecientes reclutamientos de mujeres y el aumento de la demanda de prostitución, que supone “una amenaza respecto a los principios de igualdad (1)”.

El estudio, además de la encuesta, incluye entrevistas en profundidad a una treintena de clientes. Estos varones son, en su mayoría, consumidores de prostitución y pornografía de forma habitual y simultánea. Son, por lo general, favorables a la regulación de la actividad.

Entre los usuarios hay casados y solteros. Se dividen en dos grupos. El primero es el de los “mercantilistas misóginos” y engloba a aquellos que consideran que “la prostitución es una actividad fácil donde las mujeres se mueven por el vicio y el dinero”. El segundo es el de los “mercantilistas dominantes”, aquellos que ven la prostitución como “un servicio necesario o una actividad de ocio”. Por último, hay un grupo minoritario de hombres que ha abandonado el consumo de prostitución y es favorable a su prohibición u abolición, ya que ve esta práctica como “una actividad violenta contra las mujeres”.

Iniciación sexual y forma de “ocio masculino”

El informe advierte de que para un sector de los hombres la prostitución constituye un ritual iniciático a la sexualidad iniciado con el grupo de iguales y que continúa como práctica habitual colectiva. También forma parte de las actividades de ocio masculino -como “festejos, celebraciones, despedidas de solteros, finalización de estudios, cumplimiento de la mayoría de edad”- o negocio – “cierre de negocios, comidas de empresas”.

El estudio confirma que la tolerancia hacia el fenómeno de la prostitución está avanzando entre los más jóvenes. Según los investigadores, “hay una posición de indiferencia ante la prostitución cuanto menos edad tenga la persona encuestada”. En concreto, el 32% de los menores de 30 frente al 11% de las mayores de 61.

También se observa que las mujeres casadas tienden a considerar la prostitución como una cuestión privada en mayor medida que las solteras (44% frente al 38%). Ocurre lo mismo entre los varones: los casados tienden a pensar que es un tema íntimo en mayor medida que los que viven solos.

Llama la atención que casi la mitad -el 42%- lo considera un asunto privado y “no actuaría de ningún modo” si conociera a alguna persona que acuda a la prostitución.

Además, un porcentaje elevado, casi la mitad de los encuestados, cree que las mujeres “se prostituyen por placer”, un dato que es “llamativo y contradictorio” con el resto de las respuestas.

Más del 90% de los encuestados cree que las mujeres venden su cuerpo por necesidad; el 86% considera que se hace para ganar dinero; el 71% por falta de empleo; y el 48%, porque le gusta.

En cualquier caso, las razones que encuentran las personas que han participado en el estudio están relacionadas con motivaciones “no estrictamente voluntarias (1)”.

 


1.- Comentario de la Citi:

Estas expresiones revelan el sesgo ideológico de las encuestadoras, introduciendo sus dogmas no demostrados en una encuesta que pretende precisamente, mediante su diseño científico, separar los hechos probados de las fantasías. Hablar de “normalización de la violencia sexual” es insultar a los encuestados y diluir la diferencia entre lo que es violencia y lo que no lo es, lo que favorece precisamente la impunidad de la violencia. Lo mismo ocurre al hablar de “una amenaza respecto a los principios de igualdad”. Decir que la pornografía es “la antesala del sexo de pago” en ese contexto es decir que la pornografía también es violencia contra las mujeres y debería ser prohibida. Y hablar de motivaciones “no estrictamente voluntarias” es apoyarse en la falacia de que existen los trabajos “estrictamente voluntarios”.

El abolicionismo es violencia contra las mujeres, el patriarcado de nuestros días y, en definitiva, una secta criminal.

 

La “trata de blancas” y el control policial de la vida doméstica

 

LIVIA GERSHON

 

21 DE DICIEMBRE DE 2017

 

https://daily.jstor.org/white-slavery-policing-domestic-life/

 

¿Es la venta de sexo un asunto privado o una crisis pública? Si bien muchas trabajadoras sexuales dicen que los anuncios eróticos en línea las ayudan a realizar una transacción consensuada con el máximo control y seguridad, un poderoso movimiento de reforma las vincula con los temores de la trata de personas.

Hace un siglo, el pánico por la trata de personas transformó el papel del gobierno en la vida “privada”, como explica Christopher Diffee en un artículo que se centra en una película popular de esa época.

A principios del siglo XX, cuando las mujeres se estaban moviendo hacia la fuerza de trabajo urbana y la vida pública se estaba expandiendo, los informes periodísticos, las novelas y los informes de la comisión del vicio difundieron los temores sobre la “trata de blancas” que barría el país. El pánico alcanzó su punto máximo en 1913, con el lanzamiento de la exitosa película Traffic in Souls.

Un cartel de la película de 1913 Traffic in Souls (via Wikimedia Commons)

En la película, un miembro de una banda de trata de blancas seduce y secuestra a una joven trabajadora de una tienda de dulces, una mujer trabajadora representada como irresponsable y demasiado ansiosa por ir a bailar con un hombre. La hermana mayor de la chica, Mary, trabaja heroicamente con la policía para salvarla.

“Mary muestra la energía y la preocupación social agresiva de un reino moral expandido y transicional, no siendo ni un avatar pasivo de la domesticidad ni la Nueva Mujer liberada de la era del jazz”, escribe Diffee.

La trama de la película refleja los esfuerzos de los reformadores progresistas del mundo real, en su mayoría mujeres de clase media, para “proteger” a las mujeres jóvenes de la clase trabajadora de los depredadores y de su propio comportamiento. Esto implicó una mezcla de apoyos sociales y medidas punitivas. Los reformadores ayudaron a crear escuadrones antivicio, reformatorios y un sistema judicial juvenil. Algunos trataron de elevar la edad de consentimiento a 18 ó 21 años, y algunos presionaron por una ley de salario mínimo, que esperaban que protegiera a las mujeres jóvenes de tener que recurrir al trabajo sexual ilegal.

Reprimir la “trata de blancas” también significó la expansión del poder federal. La Ley Mann de 1910 prohibió el transporte interestatal de mujeres para el trabajo sexual o “cualquier otra práctica inmoral”. Durante los siguientes siete años, los casos judiciales ampliaron el alcance de la ley hasta que funcionó para criminalizar todas las relaciones sexuales no maritales. La aplicación de la Ley Mann recayó en el incipiente FBI, que abrió su primera gran oficina de campo y alcanzó el reconocimiento nacional por la fuerza de sus esfuerzos antivicio.

La respuesta al trabajo sexual bajo la situación de pánico trató a las mujeres jóvenes como víctimas en lugar de puramente como criminales, pero continuó utilizando el poder punitivo del gobierno como elemento central para su rehabilitación. También dio poca credibilidad a la idea de que podrían estar tomando decisiones racionales sobre cómo responder a sus circunstancias. Esa misma fórmula continúa hoy en gran parte de la discusión pública sobre el tema.

El triste estado de la investigación académica sobre la trata sexual

Por Daniel Pryor

 

19 de julio de 2017

 

https://www.adamsmith.org/blog/the-sorry-state-of-sex-trafficking-research

 

El mes pasado, tuvo lugar en Irlanda del Norte el primer juicio a un acusado de pagar por servicios sexuales (delito equiparado a crímenes violentos). Después de haber adoptado el «modelo nórdico» de penalización de la compra de sexo en junio de 2015, Irlanda del Norte parece haber inspirado a los políticos del Partido Nacional Escocés para abogar por un enfoque similar en Escocia. El debate sobre la legislación referida al trabajo sexual también se agudiza en el resto del Reino Unido, donde se están logrando progresos marginales en algunas áreas.

La investigación sobre el impacto de las diferentes formas de legislación sobre el trabajo sexual y la trata sexual es un área fascinante, pero muy problemática. La prevalencia de la trata sexual y su relación con diferentes regímenes legales relacionados con el trabajo sexual es uno de los principales campos de batalla para aquellos que buscan la reforma, y ​​es difícil encontrar evidencia confiable sobre este tema tan emotivo.

Un nuevo artículo (1) publicado en línea la semana pasada por el sociólogo Ronald Weitzer —que escribió un excelente artículo (2) sobre la política del trabajo sexual y el tráfico sexual en 2011— da una nueva perspectiva del lamentable estado de la literatura académica sobre estos temas. En primer lugar en su lista de agravios está la falta de fiabilidad de los datos que se utilizan a menudo:

Utilizando información sobre 161 países de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD), Cho et al. (2013) y Jakobsson y Kotsadam (2013) intentaron determinar si las leyes nacionales de prostitución estaban relacionadas con la prevalencia de la trata de personas. Sin embargo, la ONUDD había advertido de que no se utilizaran sus cifras ni para una nación ni para un estudio comparativo transnacional, ya que “el informe no proporciona información sobre el número real de víctimas” (ONUDD 2006, pp. 37, 44-45). El aviso de la ONUDD se basaba en que las definiciones de trata varían de unos países a otros (algunos de los cuales amalgaman trata, paso ilegal de personas e inmigración irregular); la generalizada falta de transparencia en la recopilación de datos y la presentación de informes; y la dependencia de diferentes fuentes en los 161 países (medios de comunicación, institutos de investigación, agencias gubernamentales, ONGs, OIs). Para algunos países, sólo una de estas fuentes estaba disponible. Los autores reconocen que “los datos subyacentes pueden ser de mala calidad” y son “limitados e insatisfactorios de muchas maneras” (Jakobsson y Kotsadam, 1993, p.93) y que es “difícil, quizás imposible, encontrar pruebas sólidas” de una relación entre la trata y cualquier otro fenómeno (Cho et al., 2013, p.70). No obstante, tratan el informe de la ONUDD como una fuente de datos y extraen conclusiones profundas sobre la relación entre la trata de personas y las leyes nacionales de prostitución, concluyendo que la trata de personas es más frecuente en los países con prostitución legal que en los países donde la prostitución está penalizada.

Datos defectuosos son sólo la punta del iceberg. En el caso de los dos estudios citados anteriormente, el enfoque de los autores para el diseño del estudio también deja mucho que desear:

Se utiliza un diseño de sección transversal (en un solo punto de tiempo) para medir algo que debe examinarse longitudinalmente: la cantidad de trata antes y después de la legalización. Este último enfoque requeriría cifras de referencia fiables para comparar con cifras recientes fiables, ninguna de las cuales existe.

Los autores usan estimaciones agregadas de la trata nacional (que combinan trata laboral, trata sexual y otros tipos de trata) en su intento de evaluar si la prostitución legal marca una diferencia. Esto significa que existe una gran discrepancia entre las cifras de trata y las leyes de prostitución: al evaluar si las leyes de prostitución están relacionadas con la incidencia de la trata, se deben usar solamente cifras sobre la trata sexual, no las cifras totales para todos los tipos de trata. 

Es muy posible que las naciones donde algún tipo de prostitución es legal puedan tener mejores mecanismos para detectar la trata sexual, una variable que falta en ambos estudios.

Un estudio posterior de Cho (2016) utilizando una fuente de datos diferente contiene otro error garrafal. “Utiliza información sobre el nivel de protección de las víctimas de trata de personas (en general) en los países, para correlacionarla con el hecho de que la prostitución esté o no permitida en un país”. ¿La justificación para este truco?

Sin citar ninguna fuente, Cho afirma que “la prostitución está estrechamente ligada a la trata de personas, porque la trata sexual con fines de prostitución es la forma más común de trata de personas y constituye la mayor parte de las víctimas de trata” (Cho 2016, pp. ). Esta afirmación es contradicha por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Según la OIT, “la explotación sexual comercial forzada representa el 11% de todos los casos” de trabajo forzado en todo el mundo (OIT 2005, p.12), y el Departamento de Estado declara que “la mayor parte de la trata de personas en el mundo toma la forma de trata laboral “(USDS 2010, págs. 8-9).

Todos estos problemas son endémicos en el campo de la investigación sobre la trata sexual. El trabajo de Weitzer podría no ser más que un interesante ejercicio académico sobre los peligros del uso de datos de baja calidad y pobre metodología de investigación, si no fuera por el hecho de que las leyes que se promulgan sobre la base de los dos estudios anteriores están haciendo daño a las mujeres marginadas:

… estos dos estudios fueron adoptados por políticos y legisladores en varios países y sirvieron para justificar nuevas leyes de criminalización.

Weitzer también ofrece algunas reflexiones sobre cómo el estado actual de la investigación y el debate público basado en la misma puede persistir sin que se le haga una crítica significativa:

Es fácil hacer afirmaciones generales y desenfadadas sobre la trata y la prostitución cuando 1) faltan datos sólidos, 2) los medios de comunicación se limitan a recapitular afirmaciones “oficiales” sin cuestionarlas o verificarlas, 3) los expertos que cuestionan las afirmaciones oficiales son ignorados o denunciados, y 4) las participantes en el comercio sexual son altamente estigmatizadas y marginadas. Este patrón desafortunado puede verse tanto en las naciones prohibicionistas (por ejemplo, Suecia) como en las naciones que tienen que hacer frente a la oposición a sus actuales leyes [comparativamente] liberales (por ejemplo, Alemania y los Países Bajos).

Estoy seguro de que los lectores de este blog miran todos los titulares de los medios sensacionalistas con un ojo crítico. Sin embargo, cuando se trata de historias alarmistas sobre la epidemia de trata sexual y los acompañantes llamamientos a implantar el “modelo nórdico”, se debe tener precaución adicional.

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1.- https://link.springer.com/chapter/10.1007/978-3-319-55973-5_4

https://books.google.es/books?id=Y9ksDwAAQBAJ&pg=PA47&dq=Legal+Prostitution+Systems+in+Europe+weitzer&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwjTjeX0ksrVAhWrCcAKHTYcDtMQ6AEIJjAA#v=onepage&q=Legal%20Prostitution%20Systems%20in%20Europe%20weitzer&f=false

2.- http://scholarlycommons.law.northwestern.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=7413&context=jclc