Las trabajadoras sexuales rosarinas tienen la palabra

La Capital habló con tres mujeres y una trans que ejercen la prostitución. En Rosario hay unas 700 trabajando en la calle y departamentos. Dicen que el 96% de los femicidios que las tienen como víctimas quedan impunes.

 

Por Laura Vilche

21 de febrero de 2020

https://www.lacapital.com.ar/la-ciudad/las-trabajadoras-sexuales-rosarinas-tienen-la-palabra-n2565705.html

 

Gabriela Hemela y Myriam Auyeros, las dirigentes sindicales de AMMAR de Rosario, piden un marco legal para las trabajadoras sexuales y derechos laborales.
Foto: Héctor Río / La Capital

 

“Putas nos gustan que nos llamen”. Así, sin vueltas, se presentan en el mano a mano con La Capital las trabajadoras sexuales rosarinas. Las que aseguran que el trabajo les disminuyó también a ellas durante el macrismo y por más de un 50 por ciento. Las mismas que denuncian que el 96 por ciento de los femicidios que las tiene como víctimas quedan impunes y no terminan los abusos de la policía.

Se habló con ellas porque estuvieron una vez más en boca de todos. Por el femicidio de una de sus compañeras, Caren Peralta, de 39 años, ocurrido esta semana; por el debate, según ellas “virulento” y que “atrasa”, sobre la promoción de la canción “Puta” de la cantante pop Jimena Barón.

Y también por la lista histórica de reivindicaciones contra la “clandestinidad” de su trabajo, que elevan de cara al 8M, Día Internacional de la Mujer.

Son tres mujeres y una trans. La secretaria general de la Asociación de Mujeres Meretrices de la República Argentina (AMMAR, sede Rosario) Myriam Auyeros; la secretaria adjunta de AMMAR, Gabriela Hemela, la integrante del Colectivo de Trabajadoras Sexuales y Aliades “Yire”, Isabela, y la “cuentapropista”, Mariana Eva Maldonado.


“Quiero derechos sociales como cualquier trabajador, no tengo aguinaldo, ni jubilación ni obra social”, dijo Mariana Eva Maldonado


Ellas mismas cuentan cuántas, dónde, cómo, por qué y por cuánto trabajan.

Son las “putas” y tienen la palabra.

Puertas adentro

Se calcula que hay unas 300 mujeres trabajando en las calles rosarinas. Pero, a ese mapa hay que agregar unos 400 departamentos, algunos alquilados por las propias muchachas, que a la vez ofician como sus propias patronas.

Mariana es trans, tiene 41 años y diez operaciones en su cuerpo pero conserva sus genitales masculinos. Está a favor del trabajo sexual y sus reivindicaciones, pero no milita.

“Quiero derechos sociales como cualquier trabajador, no tengo aguinaldo, ni jubilación ni obra social”, reclama.

Ex alumna del colegio Cristo Rey. Dice que en los baños de ese colegio dio sus primeros pasos en sexo oral a compañeros de cursos superiores.

Se convirtió y sintió completamente mujer a los 18 años y cuenta con el documento nacional de identidad, que así lo confirma.

Por problemas familiares vivió en una pensión, cuando según cuenta aún “no sabía ni hacer un café”. Preparó alumnos en historia, inglés y matemática y a los 19 decidió prostituirse. Atiende en su departamento, de un cuarto en la planta alta, sillones coloridos en el living, estampitas religiosas por varios rincones y también imágenes de Evita, de allí su segundo nombre. Además tiene mascota: un Bulldog francés jadeante, de nombre Titán.

Foto: Héctor Río / La Capital

Cuando Mariana relata parte de su vida recuerda que trabajó primero en la calle, en la plaza Libertad, de Pasco y Mitre. Dice que siempre lo hizo con clientes que van de los 25 a los 70 años y pertenecen a toda clase social. “No todos son malos tipos: muchos son buenos padres y buenos maridos que sólo buscan mis servicios”.

Habla de la violencia a la que se expone con su trabajo y en cierto modo la relativiza. “Hay violencia en las calles de Rosario en general”. Pero sí recuerda que alguna vez le robaron la recaudación “unos tipos en moto” y que hace poco sufrió un atraco a punta de navaja.


El proxenetismo sí es delito y puede ser reprimido con prisión de cuatro a seis años, aunque medie consentimiento por parte de la víctima


“Nunca un cliente me violó o robó, de todos modos ya no atiendo a cualquiera. Pongo mis condiciones: también en los servicios, acepto tríos con una mujer y un varón, pero nada de los escatológico: ni lluvia blanca, ni dorada ni marrón, tampoco prácticas sádicas”.

Como parte de esa violencia que vivió, también habla de las veces que la detuvo la policía por prostituirse. “Nunca se animaron a hacerme nada. Mi papá, quien siempre me apoyó, me venía a buscar y como era grandote, los canas le temían”, asegura Mariana.

Femicidios y violencias

Más allá de su experiencia personal, a Mariana el asesinato a golpes a una colega (el 39 de los 40 que van del año en Rosario) la rebela y pone en alerta.

También a Isabela, una muchacha que trabaja puertas adentro desde hace tres años, tiene 24 años, es estudiante de la Universidad Nacional de Rosario, habla siempre con lenguaje inclusivo y pide no ser fotografiada ni filmada.

Ella dice que tampoco vivió momentos violentos, ni por parte de clientes ni por la policía, pero reclama “justicia por los femicidios” de sus pares.

“Aún no se sabe demasiado sobre el caso de Caren, pero no nos olvidemos que asesinan a una mujer cada 36 horas y que el estigma se agrava cuando sos trabajadora sexual”, dice la muchacha.

Isabela no levanta clientes por volantitos porque “se puede caer en cana por facilitamiento del trabajo sexual: tanto quien lo ejerce o quien lo imprime”.

Es que según las últimas modificaciones del Código Penal, la prostitución es una actividad lícita, siempre y cuando no haya trata ni explotación de personas y se ejerza voluntariamente. La única reglamentación a nivel nacional refiere a un decreto presidencial de 2011 (durante el gobierno de Cristina de Kirchner) que prohibió la publicidad de servicios sexuales en avisos clasificados (Rubro 59). Pero hay provincias y municipios donde su ejercicio aún está prohibido.

En Santa Fe, en abril de 2010, la Legislatura aprobó la despenalización de la prostitución callejera y el travestismo. El problema detrás de esta división es cómo distinguir entre trabajadores sexuales que lo consideran un oficio y explotadores. La Justicia sostiene que si se ejerce en un ámbito privado no es ilegal, si se publica como anuncio, sí.

El proxenitismo sí es delito y puede ser reprimido con prisión de cuatro a seis años, aunque medie consentimiento por parte de la víctima.

Para Isabela su prioridad no es militar en lo sindical, pero sí ser parte del “Yire”, un espacio que comparte junto a otras tres mujeres y ‘un marica’, sobre quien aclara: es “un muchacho gay”.

Dice que el eje más orgánico del Yire es hacer trabajo territorial, “salir por las noche a repartirles preservativos a las compañeras y ver en qué se las puede ayudar, y brindarles los contactos profesionales que tenemos para acercarles asesoramiento con profesionales”.

Ella, como sus compañeras, confiesa que durante el macrismo la pasó “mal”.

“El trabajo se redujo más de la mitad y costó pagar el alquiler”, un gasto que tradicionalmente se les cobró siempre más caro a las trabajadoras sexuales porque no suelen contar con garantías o hasta por “cláusula moral”.


“El trabajo se redujo más de la mitad y costó pagar el alquiler”, dijo Isabela


“Sí -sostiene Isabela- cayó la alimentación del deseo, porque no es algo de primera necesidad, nosotres nos vemos obligades a estancar el precio pero los alimentos siguen aumentando”. Asegura que no se enamora de sus clientes y que el trabajo sexual le enseñó a detectar violencias en su vida amorosa. Y si bien es joven, dice que al momento de elegir clientes se queda con los “maduros”.

“Los pibes están en cualquiera, creen que pueden decirte cualquier cosa , los más grandes son más educados”.

Hacer la calle

Miryam y Gabriela son dirigentes de AMMAR. Una trabajó y la otra aún ofrece servicios sexuales en la calle.

El gremio nuclea a más de 6.500 afiliadas en el país (y 600 en Rosario). La sede funciona en el Centro Cultural La Toma (Tucumán 1349), desde donde trabajan para legalizar el trabajo sexual y pedir por derechos laborales.

“Queremos la derogación de códigos contravencionales que siguen en pie en 17 provincias porque criminalizan nuestra labor, aportes jubilatorios, obra social, derecho a vivienda, salud para nuestros hijes y Justicia y esclarecimiento de los femicidios de Sandra Cabrera y Caren, ya que el 96 por ciento de los femicidios a nuestras compañeras quedan impunes. La clandestinidad de nuestro trabajo nos expone a constantes vulneraciones de nuestro derechos”, dice Gabriela, de 37 años.

Gabriela Hemela: “Me encanta mi trabajo, me mantengo con él, me siento libre, y soy ‘puta’, me gusta llamarme así”.
Foto: Héctor Río / La Capital

Cuenta que terminó el secundario, estudió algo de publicidad y márketing y luego se dedicó al trabajo sexual. Es madre de un nene de 8 años al que cría y mantiene sola.

Cada noche lo deja al cuidado de una niñera y le explica que va a acompañar a “señores que se sienten solos”.

“Trabajo en la calle. Me encanta mi trabajo, me mantengo con él, me siento libre, y soy ‘puta’, me gusta llamarme así”, dice modulando sus labios rojísimos y remarcando cada letra.

“Atiendo también a clientes con discapacidad, a ver si se creen que alguien así no necesita sexo, y ojo, no todo es penetración, con algunos basta con darles caricias y roces”, afirma dando pie a un trabajo que está elaborando AMMAR.


“Atiendo también a clientes con discapacidad, a ver si se creen que alguien así no necesita sexo”, Gabriela Hemela


Se trata de la asistencia terapéutico sexual, un proyecto provincial que se sumaría a uno ya elaborado de Reparación Histórica de las Trabajadoras Sexuales, donde se prevé que el Estado les dé resarcimiento a quienes estuvieron presas y sufrieron violencia institucional por ejercer las prostitución o por identidad de género. Tal el caso de Myriam, ex trabajadora “histórica” de calle.

Foto: Héctor Río / La Capital

 Tiene 58 años, es madre de cinco hijos y viuda hace apenas cuatro meses.

Comenzó a trabajar a los 24 años en un boliche de un pueblo santafesino y milita hace 25.

“Hacía copas y un hombre se quedaba con la mitad de mi recaudación, luego hice la calle en la zona de Perón y Cullen, hay todavía un hotel por allí donde solía ir. Nunca trabajé en mi casa”, afirma.

Myriam es una de las que cayó muchas veces detenida en épocas de Moralidad Pública de la policía, un organismo que se disolvió en 2004 durante el gobierno de Jorge Obeid, tras el asesinato de Sandra Cabrera, mártir del colectivo de las trabajadoras sexuales de todo el país.

La mujer a quien a sus 33 años y con una hija callaron con una bala en la nuca hace 16 años, en la Terminal de Omnibus. Un crimen aún impune y donde el único imputado fue un oficial inspector de la Policía Federal.

“Cuando me hablan de violencia en el trabajo sexual yo les digo que viví violencia institucional cada vez que caía presa, siendo madre sola, y los policías me decían: ‘No vas a ver a tus hijos, lo hubieras pensado antes”, dice Myriam.

También recuerda cómo la violentaban los servicios de salud en años de actividad. “Siempre nos atendimos en hospitales, pero en mi época había pocos horarios y se me complicaba con mi trabajo, pero lo peor es que sólo nos revisaban de la cintura para abajo, mi asma que me perjudicó siempre, más por trabajar de noche con frío o por estar presa en lugares húmedos; los dientes, las cuestiones neurológicas o las mamas, parecían no ser parte de mi cuerpo”.


“Cuando me hablan de violencia en el trabajo sexual yo les digo que viví violencia institucional cada vez que caía presa”, dice Myriam Auyer


La secretaria general de AMMAR aclara que ahora sólo trabaja vendiendo ropa en una feria. “Pero a veces paso por la zona y les digo a las chicas: ‘En cualquier momento vuelvo’ y se ríen. Si tuviera otro cuerpo, regresaría, pero con esta cabeza, no con la de la culpa que me metió mi familia y la policía y la sociedad toda. Hoy tengo orgullo. Ahora aprendo de las chicas más jóvenes, ahora estamos más unidas a las trans y a los trabajadores sexuales varones, eso antes no pasaba”.

Barón, docencia y límites

El mano a mano con las trabajadoras sexuales sigue por temas colectivos y personales. “Lo personal es político y sobre mi cuerpo decido yo”, levanta Gabriela como axioma.

Acuerdan con que no impulsarían a una hija para que trabaje de “puta”, pero sí la dejarían elegir y querrían, en todo caso, que haga la actividad “legalmente”, porque esa es la bandera que las une.

Sostienen que en el ambiente hay drogas, como en todos lados porque “no discrimina clases ni actividad laboral”, y aseguran que hay chicas que quedan entrampadas en la venta por “necesidad” o porque “se las da para vender la misma policía”.

Se resisten a meter “todo en la misma bolsa”. Aclaran que la trata es “esclavitud” y que “la prostitución no”, y que puede haber lugares donde trabajen menores, pero allí interpelan al Estado: “No es función nuestra enfrentar estas problemáticas que nos criminaliza injustamente a todas”.

Pasan por el espectáculo y la polémica que se desató cuando la cantante Jimena Barón usó para publicitar su última producción, la canción “Puta”, un volante callejero como los de oferta de servicios sexuales.

La promoción dividió las aguas entre feministas. Se cruzaron las abolicionistas, que consideran que la prostitución se ejerce siempre desde la coacción, y las reglamentaristas, que la ven como un trabajo y piden legalizarlo.

Entre las primeras se ubicó la guionista y escritora, Carolina Aguirre. Escribió en las redes. “Qué decepción, Jimena, este feminismo es de nena de 16 años. Qué pena que no entiendas que el feminismo es para proteger a las más débiles, no a vos que podés elegir”.

El comentario fue como un chorro de alcohol en una fogata. Terminó en decenas de discusiones, con Barón con parte psiquiátrico y un video donde pide “perdón” y Aguirre retirándose del feminismo como si fuera la rescisión de un contrato de alquiler.


“A veces las abolicionistas son más agresivas que muchos varones, mezclan todo”, dice Isabela


Tanto para Mariana, como para Myriam, Gabriela e Isabela, la polémica fue “virulenta” y “atrasa” en medio de la lucha feminista que todas apoyan tanto como a Barón.

“A veces las abolicionistas son más agresivas que muchos varones, mezclan todo”, dijo Isabela, refiriéndose por elevación a posiciones que no son las que imperan en Rosario, sí en ámbitos académicos.

Sí hay en Santa Fe una voz potente, la de la trabajadora sexual ya retirada Elena Moncada, autora de los libros “Yo elijo contar mi historia” y “Después, la libertad”, con los que da charlas en escuelas y se presenta como “sobreviviente de la explotación sexual”.

Myriam habla también del trabajo docente que hacen desde hace tiempo con sus compañeras . Lo llama “reeducación del trabajo sexual” y lo explica así: “Cuando yo trabajaba -agrega- los tipos decían ‘no quiero usar forro porque no siento nada’ y empezamos a colocarlos con la boca: ellos terminaban agradeciendo”.

Gabriela se suma: “Hay que ejercer este trabajo con mucha responsabilidad, hay muchas enfermedades, no podés aceptar que un cliente te diga te pongo la guita que sea arriba de la mesa con tal que me lo hagas sin preservativo. No, si esa es la condición les abro la puerta y digo: ‘¡Andate! En esto nos empoderamos”.

Foto: Marcelo Bustamante / La Capital

 Isabela vuelve al ruedo cuando explica esta reivindicación colectiva. “Si cedo al oral natural condiciono a otras compañeras, porque el cliente insiste. La idea es que nos cuidemos y digamos ‘no’”.

Y no sólo allí marcan límites. Dicen que también se los marcan a sus cliente. Allí entonces, dramatizan, ponen voz melosa, bebotean y dice una de ellas: “Papi, ¿vos llegás veinte minutos tarde a tu dentista? A mí tampoco me gusta la impuntualidad”.

Así son. Tienen muchas caras, muchas vidas. Se llaman “putas” y tienen la palabra.

 

“Plaza de la Soledad”, una mirada sensible al mundo de la prostitución

 

Este miércoles 19 de febrero en punto de las 16:00 horas, en el Cine Foro CICY, dentro del ciclo ¡El Nuevo Cine Mexicano Existe! se presentará “Plaza de la Soledad”, cuyo eslogan es “Todas buscamos amor”, contando como invitado especial al experto en cultura cinematográfica, Mario Helguera Bolio.

 

Por LaVerdad

17 de febrero 2020

https://laverdadnoticias.com/yucatan/Plaza-de-la-Soledad-una-mirada-sensible-al-mundo-de-la-prostitucion-20200217-0097.html

 

“Plaza de la Soledad”, una mirada sensible al mundo de la prostitución

 

Un total de 20 años fueron invertidos en esta propuesta fílmica, la ópera prima de Maya Goded, titulada ‘Plaza de la Soledad’, que nos muestra la vida de mujeres que trabajan en el oficio más antiguo del mundo. En efecto, después de veinte años de retratar a prostitutas de la Plaza de la Soledad en La Merced, barrio del centro histórico de Ciudad de México conocido como zona de prostitución desde la época azteca, la fotógrafa Maya Goded convierte este proyecto en un documental que descubre las historias que hay detrás de estas mujeres.

La mirada de la fotógrafa Maya Goded contempla y desentraña la vida de sus personajes, mujeres solitarias llenas de aplomo y sabiduría.

La Plaza de la Soledad, ubicada en los límites del barrio La Merced, se ha consagrado por más de cuatro siglos como un espacio donde conviven la arquitectura barroca de las iglesias y la prostitución.El documental homónimo retrata la historia de cinco mujeres de edad mayor que se dedican sexo servicioEsther, Carmen, Ángeles, Raquel y Lety. Las cuales muestran la situación en la Ciudad de México con respecto a la pobreza, la prostitución, el abuso y la búsqueda del amor.

Maya Goded es fotógrafa y realizadora de cine. Ha concentrado sus esfuerzos en temas como la sexualidad femenina, la violencia de género y los grupos sociales desfavorecidos. Estudió Fotografía en el Centro Internacional de Fotografía en Nueva York. Publicó los libros Tierra negra y Plaza de la Soledad. Su obra se ha expuesto en Estados Unidos, Latinoamérica, Europa, China y África. Su mirada contempla y desentraña la vida de sus personajes, mujeres solitarias llenas de aplomo y sabiduría.

El documental “Plaza de la Soledad”, ofrece una mirada sensible sobre la prostitución en La Merced, en la Ciudad de México.

La dirección y fotografía del documental “Plaza de la Soledad” corre a cargo de Maya Goded, quién comenzó a desarrollar este tema como un proyecto fotográfico, el cual abarcó de 1998 al 2001. Por su parte la película comenzó a grabarse en febrero del 2012, y después de tres años de filmación y año y medio de posproducción tuvo un estreno mundial en el Festival de Sundance 2016.

Con delicadeza y sensibilidad, la cinta revela temas tabú como la sexualidad femenina y la prostitución en la vejez; temas que han sido estigmatizados por la moral cristiana que predomina en México. Por otra parte, también se muestra la lucha constante de estas mujeres en contra de la visión de lo que se cree que es una buena mujer ante la sociedad mexicana. El documental presenta una mirada que apela a la comprensión del oficio; sobre todo cuando hijos de las sexoservidoras hablan sobre el profundo respeto y admiración que tienen por sus madres al sacar una familia adelante.

Carmen, Lety, Esther, Ángeles y Raquel son las voces principales del largometraje documental, quienes a través de sus historias cuentan cómo fueron relegadas de la sociedad.

Dentro de las distinciones logradas por este filme dirigido por Maya Goded , están cuatro nominaciones en los Premios Ariel 2017, incluyendo mejor documental y ópera prima; incluido en la sección oficial de documentales internacionales en el Festival de Sundance 2016, así como el Premio Especial del Jurado a Mejor Documental en el Festival de La Habana 2016. 

Película completa:

 

Al finalizar el documental se dará paso al análisis de contenido y crítica artística.  La exhibición será en el auditorio principal del Centro de Investigación Científica de Yucatán ubicado en la calle 43, número 130, entre 32 y 34, de la colonia Chuburna de Hidalgo. 

Ricardo D. Pat

 

“Yo soy puta; ella, hija de puta”: cómo piensan las mujeres que creen que la prostitución es un trabajo

Sofía tiene 26 años y se define como “trabajadora sexual”. Nicole tiene 24 y su mamá es prostituta. Las dos son feministas, creen que la prostitución es un trabajo y luchan por el reconocimiento de los derechos de quienes lo ejercen. Además, quieren dar una “batalla cultural” para terminar con el estigma

 

Por Paula Bistagnino

15 de febrero de 2020

https://www.infobae.com/sociedad/2020/02/15/yo-soy-puta-ella-hija-de-puta-como-piensan-las-mujeres-que-creen-que-la-prostitucion-es-un-trabajo/

 

Sofía Tramazaygues era una estudiante universitaria del interior viviendo en La Plata y estaba buscando un trabajo que le permitiera mantenerse. Sin embargo, las posibilidades para una chica de 22 años eran todas de muchas horas y poca plata, “salvo la del trabajo sexual”: “¿Por qué no?”, pensó cuando otra chica le contó cómo era. Ahora tiene 26 y dice orgullosa: “Soy puta”.

Nicole Castillo tenía 7 años la primera vez que pensó que su mamá era prostituta. Creció en conflicto con eso, inventando muchas veces empleos comunes que pudieran responder a la inquisición que se repetía en la escuela y el barrio: “¿De qué trabaja tu mamá?”. Ahora tiene 24 y dice orgullosa: “Soy hija de puta”.

Nicole se define como “hija de puta” desde que dejó de pensar que lo que hacía su mamá estaba “mal” y empezó a considerarlo un trabajo. Desd los 22, Sofía (de buzo verde) es trabajadora sexual. (Lihue Althabe)

Nicole y Sofía no son amigas pero se cruzaron en algunas reuniones de AMMAR-Putas feministas, el sindicato que nuclea a más de 6.500 trabajadoras sexuales de todo el país. Ahora se reúnen para ponerle cara un debate histórico del feminismo que, a partir del afiche de Jimena Barón, desbordó a la sociedad. También para posicionarse: “Queremos que el trabajo sexual deje de ser algo clandestino y estigmatizado y que haya derechos para las putas”.

Un abismo

“No se me ocurría que podía trabajar de puta en vez de trabajar de camarera o en un negocio o en una remisería como trabajan mis viejos”, dice Sofía a Infobae. (Lihue Althabe)

Hasta que se mudó a La Plata y conoció a una trabajadora sexual, a Sofía no se le había ocurrido que esa era una posibilidad para ella. Tenía 22 años, había llegado a La Plata desde Rauch, provincia de Buenos Aires, para ir a la universidad y estaba estudiando Literatura.

Necesitaba un trabajo, como la mayoría de sus compañeras y compañeros de la facultad hijos de trabajadores. “Claro, así como en Rauch no se me ocurría que yo podía ser lesbiana, porque el único camino era el de la heterosexualidad, tampoco se me ocurría que podía trabajar de puta en vez de trabajar de camarera o en un negocio o en una remisería como trabajan mis viejos”, cuenta a Infobae.

Y dice que, cuando lo pensó, dijo: “Claro. ¿Por qué no?”. Después empezó a averiguar un poco más, se puso a leer notas de Georgina Orellano, la secretaria general del sindicato AMMAR-Putas feministas, y otras trabajadoras sexuales como María Riot. “Empecé a ver que eso era una posibilidad. Que yo podía ejercer ese trabajo. Y que si no se me había ocurrido antes era porque está rodeado de ese oscurantismo, de esta nube de clandestinidad que te hace pensar que nunca vos podrías ser eso”.

La semana pasada, Jimena Barón lanzó una campaña que simulaba un volante callejero para promocionar su tema “Puta”. El tema puso en el debate público una discusión que atraviesa y divide al feminismo. En la foto, con Georgina Orellano, que se considera “puta feminista” (@jmena)

Entonces, Sofía vivía con amigas y no tuvo problema en plantearlo y debatirlo. Evaluó los riesgos y las contras. Lo pensó. Y se animó. “Había algo del sentido común que me decía: ‘es lo mismo que encontrarte con un pibe en Tinder’. O incluso es hasta más seguro, porque cuando vos trabajás, tenés mucho más explícitos los términos en los que vas a tener el encuentro que en una salida con cualquier pibe”.

La primera vez que fue a encontrarse con un cliente no dijo que era la primera vez. “Eso me hizo sentir más segura. Y ahí arranqué. Por supuesto que cuando ya tenés más experiencia, como en cualquier trabajo, la tenés más clara en un montón de cosas y en las condiciones o los términos”.

A sus padres se los dijo después de un tiempo. Y si bien fue difícil al comienzo, dice que pudieron entenderlo a medida que tuvieron más información: “Al principio mi mamá se preguntaba qué había hecho mal, pero de a poco empezó a leer notas, a saber, y hoy es la primera que viene a Buenos Aires a marchar conmigo y a levantar la bandera”. Al padre le costó un poco más: “Pero hoy también puede ver la cuestión machista que atraviesa la sociedad y dice que no hubiera sido lo mismo si era un hijo varón, que incluso él podría hablarlo, pero que con ella no puede”.

Cuatro años después de haber empezado a ser trabajadora sexual, Sofía dice que sigue eligiéndolo y que se ve haciéndolo por un largo tiempo (Lihue Althabe).

Hoy, cuatro años después de haber empezado a trabajar, dice que sigue eligiéndolo y que se ve haciéndolo por un largo tiempo. También trabaja como actriz en una obra de teatro que se llama Yira Yira, con otras dos trabajadoras sexuales, una de ellas trans. Dice que sabe que es “una privilegiada por ser blanca y cis —cuando la identidad de género se corresponde con la genitalidad biológica—, pero no es mayor que el privilegio para ir a buscar trabajo a una pizzería o a una oficina”.

También tiene claras las “contras” de su trabajo: la precarización, que la hay más que en otros rubros porque al no considerarse un trabajo todo sucede en la clandestinidad, y el estigma que hace que tenga que ocultarlo:

“Preguntas tan simples como ‘¿a qué te dedicás?’, que te las pueden hacer en cualquier lado, se convierten en un tema enorme. Y si bien yo milito esto y lo digo, a veces no tengo ganas de estar todo el tiempo militando la causa, porque sabés que, si lo decís, la conversación, el ambiente, toda la situación va a virar 180 grados”, cuenta. Aunque enseguida dice que eso, en todo caso, es lo de menos: “Después, la inseguridad que da no tener ningún amparo estatal. Y creo que esto es peor cuando sos puta y militante. Porque capaz si sos puta y no se lo decís a nadie, hay una cantidad de agresiones que no te pasan”.

“Por tu culpa se llevan a las pibas”, le dijeron a Sofía y le pegaron en la cara. “Las hijas de las putas terminan siendo putas”, le dijeron a Nicole (Lihue Althabe).

Habla de una agresión que sufrió en el Encuentro Nacional de Mujeres de Chacho, donde le pegaron en la cara al grito de “Por tu culpa se llevan a las pibas”:

“A mí nunca me habían pegado y que eso me pasara ahí fue terrible.Hay mucha violencia desde adentro del feminismo con nosotras y no se entiende. Sí se entiende que haya mujeres que no lo eligieron y a las que les pasaron cosas terribles. Pero es muy difícil defender el trabajo sexual cuando del otro lado hay una mujer que dice que fue violada, torturada y secuestrada. Para algunas, yo no soy lo suficientemente puta como para hablar, porque no me cagué de hambre ni de frío en una esquina, ni fui tan pobre. Y a la vez me falta el doctorado en Harvard para discutir con las feministas teóricas abolicionistas. Ese debate anula mi experiencia, porque no soy víctima, y entonces yo no merezco derechos. Pero a la vez yo sí reconozco que vos deberías tener alternativas y el Estado tendría que hacerse cargo de eso”.

También sabe que no todas las mujeres en prostitución tienen las mismas condiciones de trabajo y por eso milita en AMMAR. “Yo tengo una vida de una chica de 26 años: juego, salgo, voy, vengo, hago videos, agarro el teléfono, arreglo una cita, voy a un telo, trabajo, vuelvo a mi casa. Si necesito más plata, trabajo más. Si estoy una noche sola y tengo ganas de trabajar, trabajo. Si tengo una fiesta, no trabajo”, resume. Y agrega: “En un punto es como cualquier trabajadora autogestiva. Tengo clientes habituales, algunos con los que me llevo mejor, otros no tanto. Tengo parejas con las que me llevo muy bien. Lo único es que no puedo tener una vida monogámica, pero sí parejas que acepten mi trabajo”.

Su militancia, dice, no es por sus necesidades, sino por las del colectivo al que pertenece. “Nosotras no militamos por nuestras urgencias sino por las de las compañeras de calle o las que están más desamparadas por esta falta de derechos laborales. Hay urgencias que no son las mías, lo sé, y en el sindicato militamos por esas urgencias, como en cualquier otro sindicato que se precie de ser piola”.

El feminismo y su mamá

“Armando es el hombre con el que yo estoy por amor, pero después estoy con otros hombres por plata”, le dijo a Nicole su mamá (Lihue Althabe).

No fue fácil para Nicole asumir que su mamá era una trabajadora sexual, como lo ve ahora. Creció sabiendo que era prostituta y, sobre todo, creció en conflicto con eso. “Para mí fue muy difícil, porque yo no tenía cómo entender el trabajo de mi mamá, porque mi mamá no podía hablarlo conmigo. Porque había todo un silencio alrededor de eso y yo lo único que sabía es que mi mamá hacía algo que estaba ‘mal’”, dice y resalta el “mal”.

Hace muy poco se animó a contar su historia por primera vez en Las Raras Podcast y en la Revista Anfibia. Ahí contó ese día crucial en el que, a los 10 años, su mamá le confirmó la sospecha y le explicó: “Armando (la pareja), es el hombre con el que yo estoy por amor, pero después estoy con otros hombres por plata”.

El enojo de Nicole en el momento se extendió con vaivenes durante toda la adolescencia y hasta le llevó un tiempo hablarlo en terapia. A sus amigas no se los pudo contar hasta mucho después. Incluso en 2015 fue sola a un taller de “Mujeres en situación de prostitución” en el Encuentro Nacional de Mujeres y tampoco pudo decirlo ahí.

En 2017, ya con 21 años, militancia feminista y siendo presidenta del Centro de Estudiantes de la Facultad de Psicología de la UBA decidió hacer lo que ella llama “la salida del closet de una hija de puta”: “Lo hice con un posteo en Facebook que decía ‘Mi mamá es trabajadora sexual’. Y lo hice ya con una posición tomada del lado de las putas”.

Al comienzo, “me parecía imposible decir ‘soy feminista y mi mamá es puta’”, recuerda Nicole (Lihue Althabe).

“Tanto las putas como quienes estamos en el círculo cercano, la familia y en especial las hijas, les hijes, vivimos todo en la clandestinidad: el estigma cultural que pesa sobre la prostitución, con todas las contradicciones de que por un lado se lo naturaliza como ‘el oficio más viejo del mundo’ pero, a la vez, se lo considera indigno, se lo criminaliza y se censura como un tabú. Yo viví inventando trabajos cada vez que me preguntaban de qué trabajaba mi mamá. Y creo que hay un desconocimiento y un desprecio de cómo esta clandestinidad destruye las vidas y los vínculos de muchas personas, de las familias, y por supuesto la subjetividad de les hijes”, dice Nicole, que sigue estudiando Psicología y ahora es secretaria general de la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA).

Y recuerda lo claro que fue para ella, incluso antes de asumirse “hija de puta”, saber que el abolicionismo —que sostiene que la prostitución no es un trabajo y debe abolirse— no era una opción. “Nunca fui abolicionista, pero me parecía imposible en ese momento decir ‘soy feminista y mi mamá es puta’. Buscando afrontar eso llegué a ese taller abolicionista en el Encuentro de Mujeres porque aún no existían los talleres de las trabajadoras sexuales. Y fue lo peor que podría haber hecho: el abolicionismo es todo lo que no quiero ser como feminista”.

Lo recuerda como traumático, tanto que ni siquiera se animó a decir que era hija de una puta. “Lo que más recuerdo es que decían que las hijas de trabajadoras sexuales indefectiblemente iban a ser trabajadoras sexuales”.

Le llevó dos años más decirlo abiertamente. Y ahí se acercó a AMMAR y a las trabajadoras sexuales. “Pude entender el trabajo sexual desde una perspectiva feminista. Y hoy entiendo que este es un debate que es urgente que nos demos dentro del feminismo. Desde mi lugar de ser hija de, no de ejercerlo sino de mirarlo desde afuera, es la vida de cualquier otra trabajadora. Y en todo caso va a depender de cómo lo ejerza: o sea, una madre en cualquier trabajo puede estar, no sé, por decir algo, muchas más horas fuera de su casa que una trabajadora sexual. Ponele. Mi mamá maneja sus horarios… Puedo decir un montón de cosas, pero no es esa la discusión. Primero porque enseguida me van a decir que romantizo el trabajo sexual y después porque no se trata de decir si es mejor o peor que otro. Mi mamá lo eligió. Quiere derechos y yo la apoyo”.

Dice Nicole que nunca pensó en ejercer el trabajo sexual como su mamá. Y que su mamá le dijo que ella tampoco quisiera que fuera puta. “Yo lo sufrí y tuve que crecer para entenderlo. No se me ocurre para mí, pero entiendo a las que lo eligen”.

Una batalla legal y cultural

Nicole escucha con atención a Sofía y confirma lo que dice. Sofía agrega definiciones a lo que dice Nicole. Tienen historias diferentes pero coinciden en ponerse de uno de los lados del debate: creen que el abolicionismo no ayuda a nadie salvo a la clandestinidad y la clandestinidad es lo que condena a las putas y a las hijas —e hijos— de putas a vivir también bajo ese estigma.

Hablan de “la moralidad” con la que se analiza el tema: “Se apela mucho a la idea del ‘trabajo digno’ y parece que el único trabajo indigno es el trabajo sexual”, dice Nicole (Lihue Althabe).

“Las trayectorias de vida, edades, formas de trabajo de las putas que están en AMMAR son totalmente diversas pero todas tenemos algo en común: el estigma”, dice Sofía, y explica que son dos los frentes de lucha de AMMAR: los derechos laborales y la batalla cultural para desarmar esta idea de “lo terrible que es ser puta y, en nombre de eso, el silenciamiento de las vidas de las putas”.

Nicole coincide. Y dice que apoya la lucha por los derechos, pero dice que ella está poniendo su historia y su cuerpo desde su lugar de hija porque cree que hay una batalla cultural que es todavía más dura que la legal: “Lo peor es el estigma, es el imaginario social sobre las putas, y sobre las hijas y las familias de las putas también”. Y desarma el que considera un pilar de esa construcción: “Se apela mucho a la idea del ‘trabajo digno’ y parece que el único trabajo indigno es el trabajo sexual. Ponen los problemas del capitalismo en el trabajo sexual y no ven el resto. Eso es absurdo y está cargado de moralidad”.

Para ellas el llamado “abolicionismo” (quienes creen que la prostitución es explotación y luchan por su abolición) sólo envía mujeres a la clandestinidad (Lihue Althabe)

“También se construye una imagen ridícula de los clientes: como si fuera un homúnculo que vive en la isla de ‘clientelandia’ y que llega con un látigo, y no tu hermano, tu papá, tu amigo, tu vecino -agrega Sofía-. Otra imagen es que siempre son varones heterosexuales y viejos que van a violar pibas. La pregunta que nos tenemos que hacer es ‘¿por qué una persona contrataría servicios sexuales?’. Y ahí tenés desde varones heterosexuales que tienen un mandato de rol en la sexualidad pero que tienen otro deseo, sea que le laman el pie o cambio de roles. Y tenés de todo. No es un tipo que te viene a coger”.

Nicole agrega: “Hay mucho de ese falso progresismo de apoyar a las putas pero creer que tu hermana o tu mamá, tu compañera de facultad o la mamá de tu compañera de facultad no puede serlo, porque no lo necesita, porque cómo lo va a elegir. Esa es la batalla cultural que hay que dar junto con la legal. Los derechos son necesarios pero no son suficientes”.

 

El pánico moral

 

Por Marta Dillon

9 de febrero de 2020

https://www.pagina12.com.ar/246492-el-panico-moral

 

 

Cuando era adolescente y mi padre suponía que estaba a punto de iniciar —o en riesgo de— mi vida sexual con otras personas —varones, por supuesto—, él tomó coraje y tuvo conmigo “la charla”. No fue una conversación de profilaxis, no existía aun el sida y ni siquiera se animó a hablar de anticoncepción. Lo que él quería transmitirme era una postura ética. Me dijo que no estaba mal tener relaciones pre matrimoniales, siempre que después hubiera matrimonio. Yo estaba acostada, él sentado en el borde de la cama, cuando terminó su frase célebre lo miré azorada. No sabía si reír o abrazarlo, me estaba autorizando a coger aunque a los 16 ya estaba en eso con una buena dosis de culpa. Lo del matrimonio me había parecido una ingenuidad propia de vacas y asnos dando calor a un bebé que cayó del cielo a un pesebre y se parió sin dolor, no como los de las mortales, como en el cuento de Navidad. Le dí un beso y tomé el atajo, que él creyera que cada vez elegía al hombre de mi vida, con el que iba a tener hijos —así era todo entonces, universal masculino— y al que iba a amar hasta que la muerte nos separe. Ya se iba a olvidar.

A la vez, en la escuela que mi padre había elegido para mí, me hablaban de mi cuerpo como un templo, expropiado desde el vamos, el templo es la casa de dios, sea quién fuere, yo era apenas una portera, la guardiana del ocupa a cargo de la vigilancia de las entradas al recinto, violadas una y otra vez en mis exploraciones a solas o con novies mientras espantaba la culpa como a moscas o las entregaba en confesión antes de volver a acumularlas. Nada más feo que quedarse callada en el confesionario; algo siempre hay que entregar.

De estos relatos entrelazados, mi medio hermana —y lo digo así porque el vínculo no se sostuvo en la edad adulta— había sacado una conclusión: si te tocaban las tetas y no gozabas, no era pecado. Lo mismo valía para otras partes. Si no sentías, estabas incolumne, el problema en todo caso no eran los manoseos en la entrada del templo sino mantener impoluto el interior.

Estos relatos ahora delirantes volvieron en cascada en estos días en que el pánico moral a la sexualidad llenó de imágenes de terror las pantallas y los teclados. El sexo es sagrado y si no lo sacralizas te van a pasar cosas horribles, vas a tener traumas peores que los de los veteranos de guerra, de ese afiche, Jimena Barón, te vas a arrepentir toda tu vida —leánse los tuits enfurecidos de @aguirrecaro, guionista de Polka—. El cuerpo, parece, o sus orificios privilegiados para el goce, siguen siendo sagrados y hay gente que se queda desvelada pensando en una figura por lo menos extraña como la de la “violación consentida” —¿eh?— y escucha una y otra vez testimonios crudos como los de Sonia Sánchez, sobreviviente de la prostitución, según su propia manera de definirse, para abrir sus ojos celestes y mojados a los videos de Instagram para insistir en que la prostitución es la “peor de las violencias” contra las mujeres, es donde “se funda el patriarcado” —veáse la cuenta de Instagram de María Florencia Freijo @florfreijo— dejando caer por el túnel de su pánico moral a nuestros cuerpos como fábricas de bebés para nosotras o para otras o para las fábricas, los trabajos precarizados y los ejércitos, olvidando cuanta caca lavamos, cuantos siglos pasamos ofreciendo sexo gratis porque es la prerrogativa del marido —qué alegría haber tomado siempre la carrera del desvío—, qué poco se nos paga si limpiamos la caca ajena. “¿A ver, a ustedes les gustaría que en la orientación vocacional les dijeran a sus hijas si prefieren ser carpinteras, abogadas o putas?”, dice Freijo. ¿Y si en vez de putas les ofrecemos, carpinteras, abogadas o limpiadoras por casi nada de la caca ajena? Ni una cosa es peor que la otra, ambas son expresiones de la división sexual del trabajo; estaría bien gestionar eso y dejarnos de horrorizar porque hay transacciones comerciales por sexo. También hay transacciones comerciales por masajes, que a veces pueden calentarte incluso, porque es lindo y no está mal, y te dejás tocar desnuda, pero claro, no se meten por la puerta del templo y todo bien. Aunque a veces sobre la puerta del templo te pongan la cera caliente y salgas chocha con la depilación completa, pero bueno, ahí sufriste y eso lava todas las culpas ¿O no?

Porque sufrir es la que vale, ahí, como dice una amiga, sí te creo hermana. Si la pasaste mal, te creo hermana. Si te gusta vivir del trabajo sexual, no te creo, no sabes lo que te pasa, sos una boluda con síndrome de Estocolmo por esa serie de secuestradores dominadores que te alquilan para mearte en la cara. Ah, ¿no les permitís eso? ¿y cómo vas a impedirlo débil mujercita? Y si no sos débil, si sos tan brava ¿no será que sos el enemigo? ¡Proxeneta! Como le dijeron a Georgina Orellano, presidenta de AMMAR Nacional, en la escena de máxima crueldad posible, con amenazas de muerte incluidas y pedidos de que muestre su prontuario públicamente, cosa que hizo; qué papelón para todos los feminismos haber generado esa escena.

Ni Una Menos y el proceso de los últimos años que viene sembrándose de manera sostenida desde la vuelta de la democracia, colectivo, diverso, contestatario, rebelde, plurinacional, interseccional, definitivamente alejado del biologicismo nos permitió a todas, a todes, salir del lugar de la pura víctima, hacer de los feminismos un lugar de goce, ese al que nos empuja el deseo. No estamos indefensas, somos un montón. Aprendimos a nombrarnos y a nombrar en voz alta todas las violencias que ya no están naturalizadas; también aprendimos a cuestionar las maneras de nombrar, de denunciar y de hacer una Justicia Feminista porque los estrados ahora se están cayendo tanto como le damos mazazos al patriarcado (y sí, están leyendo otra vez esa palabra) y sólo en muy pocos casos podemos tener la confianza de que una causa Será Justicia.

Pero este rezumar de violencia como líquidos de pozo ciego, esa pasión por definir quién, cómo y cuánto es feminista en coro enardecido y con sed de sangre, destilando babas de insultos sobre los teclados que lograrán acumular tuits hasta que un nombre llegue al lugar del sacrificio o a la lista de los trending topics (de lo que todos hablan en el ágora de los nosecuántos caracteres) que rápidamente pasará de allí a la picota de las radios y los portales de noticias. Ese mecanismo y su belicosidad dan cuenta de un deseo de exterminio que no cesa, que es pánico moral porque se vuela el techo de lo que creíamos casa y no sabemos cómo nos cobijaremos. Y es, aquí y ahora, pánico moral frente al poder erótico del que hablaba Audrey Lorde, de ese vendaval que te convierte en guerrillerx y constructorx de mundos otros, sin tanto pensar en orificios y mecánicas, fricción y encastre sino en la potencia del deseo que empuja y busca aquello que todavía no sabe de sí, esa jugosa fruta de la sabiduría.

 

Conocen la prostitución en carne propia y tienen posturas opuestas: por qué algunas creen que es trabajo y otras que es explotación

Algunas se llaman a sí mismas “trabajadoras sexuales” y dicen estar orgullosas de ser prostitutas. Su postura es que “ser puta es un trabajo” y deben tener derechos, como cualquier otra trabajadora. Otras se consideran “sobrevivientes de prostitución y redes de trata” y, por tanto, luchan por la abolición. Todas se consideran feministas y, en diálogo con Infobae, explican los argumentos de las posturas en debate.

 

Por Paula Bistagnino

11 de febrero de 2020

https://www.infobae.com/sociedad/2020/02/11/conocen-la-prostitucion-en-carne-propia-y-tienen-posturas-opuestas-por-que-algunas-creen-que-es-trabajo-y-otras-que-es-explotacion/

 

La semana pasada, Jimena Barón lanzó una campaña que simulaba un volante callejero de una prostituta para promocionar su tema “Puta”. El tema puso en el debate público una discusión que atraviesa y divide al feminismo (@jmena)

 

El afiche de Jimena Barón que simulaba un volante callejero de una prostituta para promocionar su tema “Puta” puso en el debate público una discusión que atraviesa y divide al feminismo (o los feminismos, como se nombra hoy a este movimiento) hasta volverse una grieta que parece infranqueable: ¿la prostitución puede ser considerada un trabajo que se elige y desarrolla libremente? ¿O es siempre una situación en la que hay una mujer vulnerada y víctima de un sistema que la violenta?

A esa pregunta hay básicamente dos respuestas: 1) La prostitución no es ni puede ser un trabajo y por lo tanto debe ser abolida; 2) La prostitución es un trabajo cuando se elige como tal y, como el resto, debe serregulado por el Estado y contemplar derechos para quienes la ejercen. Quienes defienden la primera postura se llaman “abolicionistas” y quienes defienden la segunda postura son llamadas por el abolicionismo “regulacionistas” o “reglamentaristas”.

Entre unas y otras hay algunas miradas conciliatorias y otras más radicales, pero la discusión está dominada por estas dos posturas y tiene décadas de historia. Ahora, con la estrategia de marketing de Barón –muy exitosa en términos de mercado pero muy costosa en términos personales– explotó en los medios y, aunque todo el feminismo se da el debate público,las protagonistas son las trabajadoras sexuales y quienes fueron víctimas de explotación sexual o trata.

“Todas vendemos el cuerpo en este sistema”

“El trabajo sexual es la actividad voluntaria y autónoma de ofrecer y/o prestar servicios de índole sexual a cambio de un pago para beneficio propio”, dice el proyecto de ley que en 2013 presentó la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR), creada a mediados de los 90 para pelear por los derechos de las prostitutas.

Georgina Orellano, secretaria general de AMMAR-Putas Feministas, junto a Jimena Barón: “Hay un vacío legal que se usa para penalizarnos”, dijo a Infobae.

 

Y su secretaria general actual, Georgina Orellano, agrega: “Somos mayores de 18 años que ejercemos el trabajo sexual por voluntad propia. Por ese servicio nosotras cobramos y es un intercambio comercial como el de muchos otros servicios. Buscamos entonces ser reconocidas como trabajadoras por ley, poder facturar a través del Monotributo, tener obra social, derechos y obligaciones como todos los trabajadores y trabajadoras”.

Aquel proyecto de ley perdió estado parlamentario en 2015 y no volvió a presentarse. Hoy, explica Orellano a Infobae, la pelea prioritaria es por ladespenalización del trabajo sexual y desde allí llegarán los derechos. Es que si bien el trabajo sexual en la Argentina hoy no está prohibido, tampoco está permitido: el Estado argentino se declaró abolicionista en 1957, cuando adhirió al Convenio contra la Trata de la ONU y no penaliza la prostitución, sino a quienes explotan a otras personas con este fin.

Georgina Orellano ejerce la prostitución desde hace casi 20 años

 

“En términos concretos esto es un vacío legal que se usa para penalizarnos”, sigue Orellano. En ese ese vacío legal no tenemos derechos y se confunde nuestro trabajo con delitos como la trata de personas y el proxenetismo. Por eso todavía hoy hay mucho prejuicio en torno a nuestro trabajo, seguimos siendo criminalizadas y estigmatizadas, y queremos que la sociedad no nos vea como víctimas sino como ciudadanas con derechos”.

Melisa D’Oro es jubilada docente y fue la primera maestra trans de la Ciudad de Buenos Aires. Hace 15 años, cuando se separó de la madre de sus hijas y necesitó otro ingreso, eligió el trabajo sexual: “En la práctica está recontra penalizado: es imposible pararse en una esquina a trabajar y ni te cuento si quisiera alquilar un departamento con dos compañeras para compartir los gastos: de base te cuesta el doble o el triple, porque no podés demostrar ingresos. Pero además corremos el riesgo de ir presas, porque pueden considerar que una explota a otras. Dos psicólogas o dos peluqueras lo pueden hacer, pero dos prostitutas no”, dice a Infobae.

Melisa D’Oro es jubilada docente y hace 15 años, cuando necesitó otro ingreso, eligió el trabajo sexual: “No me interesa romantizarlo. No es el paraíso. ¿Pero acaso es el paraíso limpiar baños o trabajar 12 horas en la caja de un supermercado?”.

 

D’Oro rechaza que la llamen “regulacionista”: “No hay puta en el mundo que sea reglamentarista o regulacionista. Eso un invento del abolicionismo: nosotras no queremos regular nada, porque en realidad la prostitución ya está legislada en Argentina: a través del código penal y distintas resoluciones que no nos permiten ejercer nuestro trabajo libremente, que nos persiguen y criminalizan. Lo que somos nosotras es pro-derechos: queremos ser libres de trabajar y queremos tener los derechos que nos corresponden”.

D’Oro, que es secretaria de Diversidad de AMMAR (hoy rebautizada AMMAR-Putas Feministas), la organización que nuclea a unas 6500 trabajadoras sexuales de todo el país, agrega: “No me interesa romantizarlo. De hecho, no lo hago y cuando vienen chicas al sindicato les digo que lo piensen muy bien, que no es el paraíso. ¿Pero acaso es el paraíso limpiar baños o trabajar 12 horas en la caja de un supermercado? Yo lo elegí y lo elijo. Pero no quiero tener que manejarme en la clandestinidad y privada de los derechos que tienen las que eligen otros trabajos”.

Melisa D’Oro es jubilada docente y fue la primera maestra trans de la Ciudad de Buenos Aires. Cuando se separó y necesitó más ingresos, eligió el trabajo sexual: “En mi cuerpo yo decido”, sostiene.

 

“No estamos contra las trabajadoras, sino contra el sistema prostituyente”

El “abolicionismo” considera a la prostitución como una forma de violencia contra las mujeres y plantea que podría desterrarse con -entre otras acciones y políticas públicas- campañas educativas contra el consumo de prostitución, la penalización de los clientes (a quienes llama “varones prostituyentes”) o la prohibición legal de su ejercicio. Muchas de sus defensoras se consideran sobrevivientes de lo que llaman un “sistema prostituyente” que es parte y reproduce una sociedad desigual e injusta.

Graciela Collantes, quien fue víctima de trata, dice: “No somos moralistas, somos realistas: la prostitución hizo y hace estragos con nuestras vidas”.

 

Es el caso de Graciela Collantes, quien fue víctima de trata y una de las fundadoras de AMMAR en los 90. Pero en 2003 empezó a militar el abolicionismo y creó la Asociación de Mujeres Argentinas por los Derechos Humanos (AMADH): “Empezamos a darnos cuenta de que habíamos sido víctimas de un sistema que se sirve de mujeres, travestis y trans, sobre todo pobres, que no pueden elegir. Este sistema naturaliza costumbres, reproduce roles de género, somete a nuestros cuerpos a la cultura del consumo capitalista: somos objetos que el dinero puede comprar para usar”, dice a Infobae.

Collantes dice que el abolicionismo es una herramienta de lucha: “Nos permitió conocer nuestros derechos y pelear por ellos; es un marco de Derechos Humanos que nos protege. Hay que saber que este es un problema social y que no se resuelve con la legalidad. Y además, si la prostitución fuera reconocida como un trabajo, se ocultaría todo aquello que trae consigo: sometimiento, explotación, vulneración de derechos, violencia. Las sobrevivientes y militantes abolicionistas acompañamos todos los días a mujeres, travestis y trans que sufren las consecuencias del paso por el sistema prostituyente, o que resisten la violencia porque todavía están adentro”.

Alma Fernández, activista travesti y por los derechos humanos, dice que la prostitución no puede ser considerada un trabajo cuando para las personas travestis y trans en Argentina es la única opción de supervivencia.

 

Fernández, activista travesti y por los derechos humanos, dice que la prostitución no puede ser considerada un trabajo cuando para las personas travestis y trans en Argentina es la única opción de supervivencia: “¿Quién puede elegir? Yo soy abolicionista porque a los 13 años fui empujada a la prostitución y yo no lo elegí. ¿Pueden las adolescentes estar eligiendo eso?”, se pregunta.

Y agrega: “La prostitución es la principal causante de que no podamos tener un proyecto de vida, pensarnos por ejemplo como personas con la posibilidad de estudiar para trabajar de otra cosa. Yo milito el abolicionismo porque creo que se tienen que acabar todas las opresiones de este mundo: sin igualdad de oportunidades, esto que quieren llamar trabajo sexual lo vamos a hacer siempre las pobres, las negras, las travas, las trans, las migrantes, las de los barrios, las de las villas. Somos nosotras las que ponemos el cuerpo, como asignadas a este destino de prostituirnos”.

Entre los reclamos del abolicionismo al Estado, están no sólo las políticas educativas, sino también las de acceso a la vivienda, salud, inclusión laboral. Y también la reparación a las sobrevivientes y víctimas. “Regular hoy la prostitución sería volver atrás y volver a tapar todo esto que estamos denunciando, y encima con la complicidad del Estado. Esto no significa que estemos en contra de las mujeres en prostitución. El abolicionismo no prohíbe”, dice Collantes.

¿Una cuestión moral?

Las trabajadoras sexuales que pelean por derechos dicen que el abolicionismo lo que hace es moralizar el debate: “El problema es que hay sexo en el medio. No se cuestionan otros trabajos en los que también puede haber trata o explotación. ¿Por qué dicen que ninguna mujer elige ser puta pero no dicen que ninguna mujer elige limpiar culos?”, dice D’Oro, que ve como una manto de hipocresía el posar la mirada en la prostitución.

¿Por qué dicen que ninguna mujer elige ser puta pero no dicen que ninguna mujer elige limpiar culos?”, dice D’Oro.

 

“¿Por qué nos piden a las trabajadoras sexuales que seamos las que terminemos con el patriarcado y el machismo? Nuestros clientes no son más machistas que los jefes de la fábrica, los compañeros del banco o los jueces. Y ahí también hay que desmitificar: nuestros clientes son sus hermanos, sus novios, sus tíos y sus padres e hijos… Es el patriarcado judeo-cristiano el que penaliza que se pague el sexo, porque todo lo demás que se dice no se sostiene: al condenarnos a la ilegalidad, a nosotras nos atan las manos para combatir la trata y el proxenetismo”.

Y compara el debate con el de la legalización del aborto y la marihuana: “El discurso abolicionista puede ser ideal, pero no es realista y no resuelve nada: en un futuro podemos ver si socialmente cambiamos algo, pero no se va a terminar la prostitución”.

La activista travesti Alma Fernández dice: “Yo soy abolicionista porque a los 13 años fui empujada a la prostitución y yo no lo elegí”.

 

Collantes, por su parte, asegura que es la única manera de terminar con la trata y que solo cuando todas las mujeres tengan otras oportunidades de inserción laboral se va a poder decir que alguna elige la prostitución: “No somos moralistas, somos realistas: la prostitución hizo y hace estragos con nuestras vidas y las de miles de mujeres. Yo sufrí la explotación sexual y la trata, y no quiero eso para nadie más. Contar esta realidad y combatirla es lo único que nos llevará a terminar con esto”.

 

Loola Pérez: “No hay correlación entre ver porno y violar o ser machista, eso es populista”

Presenta ‘Maldita feminista. Hacia un nuevo paradigma sobre la igualdad de sexos’, un ensayo comprometido pero crítico con el “victimismo” y la “demagogia” del movimiento.

 

Por Lorena G. Maldonado 

8 de febrero de 2020

https://www.elespanol.com/cultura/20200208/loola-perez-no-correlacion-violar-machista-populista/465704422_0.html

 

Loola Pérez

 

Loola Pérez (Molina de Segura, 1991) es graduada en Filosofía y trabaja como integradora social y sexóloga educativa -además, estudia Psicología, dirige y coordina proyectos sobre mujeres jóvenes de su región y forma parte del equipo de AngelBlau España, una asociación para la prevención del abuso sexual infantil-. Ahora presenta Maldita feminista. Hacia un nuevo paradigma sobre la igualdad de sexos (Seix Barral), un ensayo minucioso que apoya el movimiento feminista sin dejar de cuestionarlo cuando estima necesario, fundamentalmente en los tentáculos de lo que Pérez considera “victimismo” y “demagogia”.

Arranca disparando desde la primera línea: “Dios está muerto y el feminismo de la corrección política ha ocupado su sitio. Inspira a la obediencia y a seguir al rebaño. No hay ni rastro de maestros. La élite intelectual ha vuelto a su cueva”. Directa al pecho. “Tengo veintiocho años, mi palabra es dura y me estorba cualquier paternalismo”, continúa. “Para algunos puedo resultar conservadora porque entre mis objetivos no está abolir el matrimonio, acabar con las conexiones familiares y cerrar los peep shows. Contrariamente, para otros debo encarnar una visión progresista porque creo en la despenalización del aborto, aborrezco el trumpismo y no me genera ningún conflicto moral la adopción homoparental. Habrá quien me sitúe entre grises. Ahí me siento más cómoda, impura, maldita”.

Ella misma reconoce que habla de la violación que sufrió “como si contara lo que tomé anoche para cenar” y eso hará que “a ojos del feminismo” pueda ser vista como una “mala superviviente”. Se declara “comprometida políticamente” con el feminismo y ya avisa, nadie la envía, pero se maneja como un pez en el agua representando a las malditas feministas. Charlamos con Loola sobre ciencia, sororidad, lesbianismo político, violencia de género, cosificación femenina, porno y prostitución -estos últimos, algunos de los debates más espinosos y candentes del feminismo actual-. Conózcanla.

¿Qué tiene que recordar el feminismo moderno de los dictados de la ciencia?

Una de las principales cosas es volver a las ciencias de la naturaleza. Creo que todo lo que está fomentando el feminismo es la teoría del constructivismo social y las historias posmodernas, pero eso deja fuera nuestra herencia biológica. No significa que volvamos a un determinismo biológico ni que lo veamos todo desde el prisma de la biología, sino que reconozcamos las cosas aceptadas por la ciencia y lidiemos entre la corriente biológica y la cultural. Quizá hay que integrar. Necesitamos una mirada más integradora de lo que significa ser hombre y ser mujer.

En el libro dices que no crees en la sororidad, que te parece un mito romántico. Es interesante. 

Sí: buá, esto es muy polémico, no creer en la sororidad, no creer en la hermandad entre mujeres.

“Pacto de género”, lo llamas.

Sí. No puede ser una hermandad porque sí, basándose en la característica exclusiva de ser mujer. Tú cuando estás de acuerdo con una persona, estás de acuerdo también con unos principios, con unos valores, con una forma de hacer las cosas. Esa sororidad es como… un elemento donde se llega a excusar todo lo que hace una mujer. No tiene sentido estar a favor de todo lo que hace alguien por el hecho de ser mujer. La mayor muestra de sororidad es no tratarnos entre mujeres como seres perfectos.

En esta lucha de corrientes biológica-cultural, el concepto “sororidad” choca con un concepto biológico que es la “intrasexual competition”, es decir, la rivalidad entre personas del mismo sexo por seducir al otro. ¿Qué opinión te merece esto, cómo lo conjugamos?

En ciencia da para mucha chicha. Yo voy a muchos centros educativos y veo mucho la competencia femenina. También la encuentro en la moda, en los certámenes de belleza, es algo que está ahí. El otro día leí un estudio que decía que las mujeres que se percibían menos atractivas eran las más críticas con las que consideran más guapas. Ahí se veía bien esa competencia. Pensar que las mujeres tenemos que ser sóricas, completamente buenas entre nosotras… nos quita esa capacidad que tenemos como seres humanos de tener malicia. Al final este concepto de sororidad es muy monjil y nos lleva al estereotipo de virgen maría: mujer buena, mujer entregada… pero desde un punto de vista feminista. Nos llevamos los ídolos religiosos a un dogma feminista. Es como ponerte una venda en los ojos.

Bueno, el extremo opuesto a esa competencia salvaje es el lesbianismo político.

El lesbianismo político podríamos decir que es una de las propuestas que viene de una conjunción entre el feminismo radical y el feminismo cultural: cada vez cuesta más diferenciarlos, la verdad. Ese lesbianismo es una propuesta totalmente idealista porque conlleva que tú tengas que vivir tu sexualidad, para estar protegida, y para tener reconocimiento dentro de una militancia. Para tener ese reconocimiento y acceder a un sistema de protección feminista, tienes que abandonar tu personalidad, abandonar tu identidad y renunciar a tus verdaderos deseos. Es asfixiante y es una forma de control de nuestra sexualidad. Hemos pasado de la norma de los años 40-50 de esa heterosexualidad obligatoria (si eras homosexual te enfrentabas a tratamientos invasivos de electroshock) a una sexualidad que para que sea políticamente correcta dentro de la militancia feminista.

¿Por qué hay hombres que matan a su pareja o expareja? ¿Cuál es la razón profunda?

Podemos hablar de una pluralidad de causas en cuanto a las motivaciones. Esta quizá es una de las cuestiones que no estamos sabiendo gestionar dentro de las políticas públicas, porque tenemos una ley de Violencia de Género que es una ley sumamente pionera y yo creo que es muy importante que esté pero también creo importante la evaluación de la ley, algo que no se está haciendo. Tenemos una cifra de víctimas donde no hay un cambio significativo, no hay un progreso. Es una ley que se está aplicando en algo puramente ideológico, que es ir a una única causa cuando quizá encontramos muchos factores motivacionales.

Yo sí creo que hay hombres que matan a sus parejas por el hecho de ser mujeres y porque sienten desprecio hacia lo que significa ser mujer, pero también pienso que hay otros factores que tienen que ver con los rasgos de personalidad de ese agresor, que tienen que ver con el entorno social de ese agresor y que son muy importantes a tener en cuenta tanto en la prevención como en la posterior reinserción y reeducación de ese delincuente.

Dices que sí crees que hay hombres que matan a sus mujeres porque son mujeres, pero, ¿qué hay de la otra parte? ¿Las matan también por el hecho de que ellos son hombres? Porque estos factores de los que hablas (rasgos de personalidad, entorno social, etc) también pueden darse en mujeres, pero, sin embargo, ellas no matan a sus parejas o exparejas, o lo hacen en una gran minoría.

Sí, creo que es un factor importante. A lo mejor estamos muy focalizados en que el factor de riesgo es ser mujer y no estamos mirando que el factor de prevención es trabajar la emocionalidad o la no exclusión de esos hombres. En la estrategia de salud mental se ha introducido la educación emocional, es muy importante y hablo de eso en el libro. Pero, ¿cómo la hacemos? Si la hacemos como estamos haciendo la prevención de la violencia de género en las aulas, lo llevamos jodido. Las charlas de violencia de género: una charla son 50 minutos en un horario lectivo. ¿A eso lo puedes llamar prevención? ¿Estás trabajando cambios actitudinales? ¿Estás trabajando el contexto de esas personas; estás trabajando en la resolución de conflictos y en cómo poner límites? No es lo mismo una charla de sensibilización a hablar de prevención, que conlleva otra profundidad donde es fundamental la profesionalidad. Estamos en la enseñanza del eslógan.

Crees que hay intrusismo.

Muchísimo intrusismo. La violencia de género es un delito y para trabajar contra él no puedes tener una titulación cualquiera.

Sabes que Vox quiere derogar la ley de Violencia de Género porque piensa que es discriminatoria para los hombres. ¿Qué piensas de esto?

Creo que antes de proponer una derogación, habrá que hacer una evaluación. Eso es puro populismo que viene a alimentar las posiciones más radicales y más insensibles.

¿Qué concepto tienes de “cosificación”? ¿Estás de acuerdo con que se ceba con las mujeres?

Bueno, es un concepto muy marxista.

En el libro dices que el feminismo no puede estar al servicio del marxismo.

Eso es. Esa cosificación de “el cuerpo de las mujeres como mercancía”. Bueno: ahora mismo, tal y como las mujeres hemos alcanzado mayor poder en las sociedades, también hemos desarrollado una mayor conciencia sobre nuestro poder sexual, y creo que llegamos en cierto sentido a dinamitar un interés social por mercantilizar nuestro cuerpo. La exposición o la exhibición de nuestro poder sexual también es una forma de decirle a ese otro lado que nos quiere cosificar “no, no, aquí mando yo, esto lo gestiono yo”.

¿Pero no crees que ese tipo de exposiciones sirven a la clásica demanda masculina? ¿Qué tipo de subversión hay ahí si al final estamos de acuerdo en que tú quieres verme los pechos y yo te los enseño? Simplificando muchísimo. ¿Qué desafío hay ahí: si la mujer acaba entregando lo que el hombre quería de ella?

Sí y no. No es lo mismo que tú exhibas algo cuando no tienes el poder que cuando eres tú quien gestiona ese poder, porque creo que pasas de la posición sumamente de objeto (estética) a una posición donde tú tienes el poder y tú tienes la ética. Yo me exhibo pero yo te digo cuándo, por qué, de qué forma, y si me puedes ver o si me puedes tocar. Quizá no podemos cambiar de forma radical la cultura pero expresiones de ese tipo nos ayudan a dinamitarla. Lo hemos visto en la Super Bowl con Jennifer López y Shakira. Dos mujeres latinas sumamente sensuales, sumamente sexuales, pero que a la vez son radicalmente talentosas. Puedes pensar: ¿habrán llegado ahí por su físico o por su talento? Yo pienso que han llegado ahí sobre todo por su talento, pero que han sabido explotar su físico. No desde la visión de “con mi físico vendo”, sino “no soy solamente un físico”.

Loola Pérez

¿Qué opinión te merece entonces la tesis de Ana de Miguel en su libro Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección? El debate que resucita cada año en Nochevieja, con el vestido de Pedroche, por ejemplo. ¿Hasta qué punto somos libres para elegir lo que supuestamente elegimos porque queremos; sin ceder a un condicionamiento económico que dirige nuestra vida mientras lo vendemos como “empoderamiento”?

Las tesis de Ana de Miguel no son tesis que me gusten ni que discursivamente pueda valorar porque no considero que tengan un rigor académico; están basadas, en cierto sentido, en la opinología y en una especie de moral personal. Partiendo de ahí: esa libre elección es muy difícil en un mundo donde tenemos diferentes intereses, motivaciones, estructuras sociales, económicas… pero, claro, ¿qué pasa? ¿Ella sí que elige porque lleva cierta moral y los demás, que no practicamos la suya, significa que no elegimos? A lo mejor elegimos aquello que no le gusta. Pero tenemos la libertad de elegir aquello que no le gusta a otras personas, en eso consiste uno de los pilares básicos del feminismo: que las mujeres no somos clones, que somos plurales en intereses, necesidades e historias personales y vitales.

Pensar que por no practicar una moral no eres feminista o estás alienada o estás cosificada creo que es sumamente peligroso, además, teniendo en cuenta que el liberalismo clásico fue una de las filosofías fundamentales para el desarrollo del feminismo en la Ilustración. Desde Mary Wollstonecraft a Stuart Mill. El feminismo viene de un concepto de libertad que defiende la libertad de expresión, defiende el progreso de las democracias, defiende la pluralidad, el derecho de las mujeres a la educación pero también el derecho a disentir y a que respeten mi espacio privado, y a lo mejor en mi espacio privado está lo que yo hago con mi cuerpo. Creo que todo esto acaba en cierto dogmatismo y en un uso del feminismo como ideología culpabilizadora.

Lo que siempre me resulta sospechoso en este tipo de cosas es la demanda. Es decir, puramente masculina. ¿Por qué siempre el capital sexual que se vende es el de la mujer? ¿Por qué es nuestro cuerpo el que cotiza y el de ellos no, o no tanto?

Creo que ahora en una sociedad cada vez más globalizada y en la que el capitalismo ha venido a influenciar los medios de comunicación, los planes directivos de las empresas, etc, los cuerpos de hombres y mujeres están usados en publicidad, explotados en ese sentido. Quizá en las mujeres es mucho más evidente en el caso de la prostitución pero no en el caso de la pornografía, porque mira el porno gay, es sumamente abrumador, pero nadie pone el foco ahí. No sé hasta qué punto esas demandas vienen por la inhibición sexual que han tenido las mujeres históricamente, porque las mujeres, a lo largo de la historia, no hemos podido expresar nuestro deseo sexual y no hemos tenido en nuestras manos el capital para tener servicio sexual o para tener el conocimiento sobre nuestra sexualidad. No sé hasta qué punto relacionar esas dos variables.

¿Qué buenas razones hay para defender el porno?

¡Tengo un montón! (Ríe). Permite la exploración en la sexualidad de las mujeres de una forma segura, nos permite diferenciar lo que es la fantasía del deseo (la fantasía está en tu cabeza pero el deseo va hacia lo que ya seguro quieres hacer; hay fantasías que uno no quiere llevar al plano real). También defiendo el porno porque sacia la curiosidad, sobre todo de las mujeres más inexpertas, y aumenta la creatividad dentro de las parejas (cuando se ha llegado a cierta rutina sexual), y, además, representa a las mujeres desde algo que les ha sido negado desde siempre, que es su poder sexual explícito. Las mujeres a día de hoy aún se sienten culpables por desear, por ser promiscuas, por tener sexo sin compromiso. La pornografía abre un abanico que es mucho más positivo que negativo para las personas adultas. Otra cosa es: cómo crear mejores contenidos.

A simple vista: te metes a buscar porno y simplemente los títulos de los vídeos ya son degradantes y humillantes para la mujer. ¡Incluso antes de acceder al contenido! “Puta, guarra, zorra, tragaleche, madurita no sé qué”. ¿Qué tipo de invitación hace a una mujer feminista ese título? ¿Cómo vamos a ser complacientes con ese tipo de trato?

Yo creo que la sinopsis del porno, aparte de que mucha son denigrantes, son poco creativas. Es todo como un dos tres, un dos tres, y llega a empobrecer. Está esa parte de crear una industria… no más moral ni más fina, pero sí quizá más consciente de los deseos de las mujeres, porque a lo mejor a ti te puede apetecer un día donde te llamen puta, pero mañana quieres que te llamen princesa. En ese sentido creo que tiene que haber un porno mucho más consciente de las fantasías femeninas… Sí es interesante la pluralidad de cuerpos que se ve en la pornografía. Hemos pasado de este porno de los años noventa muy neumático a un porno cada vez más amateur, de chicas menos operadas, más naturales: cuerpos más mayores, más jóvenes, más delgados, más gruesos, etc. Ha habido una democratización de los cuerpos, pero claro, luego están esas sinopsis y esos contenidos… entiendo lo que dices.

Hay algo preocupante de cierto sector del feminismo moderno y es que ha juzgado nuestros deseos sucios. Lo que decías de “hoy quiero que me llamen puta, mañana princesa, mañana nada”. Lo que sea. Bien: pero parece que si te gusta que te llamen “puta”, es que tu deseo responde a una oscura maquinaria y estás sometida y tienes que deconstruirte y tienes que intentar que no te guste que te llamen “puta”.

Bua… esto… ese feminismo hegemónico del que hablo en el libro se ha centrado exclusivamente en los pánicos y se ha centrado en la visión culpabilizadora de los deseos de las mujeres, y no ha sabido entender que las mujeres tienen una variedad de deseos y que son libres de disfrutar su sexualidad incluso desde un punto de vista políticamente incorrecto. Parece que las mujeres tenemos que ser santas y puras incluso en la cama, incluso cuando tenemos fantasías sexuales. Al feminismo, en ese sentido, le falta mucha sexología, y le falta mucho saber de cuestiones que vayan más allá de lo panfletario: le falta conocimiento sobre los deseos reales de las mujeres. Una mujer que desea que la llamen puta o disfruta de ciertas situaciones donde ella representa en esa fantasía un deseo irrefrenable para un hombre puede ser absolutamente empoderador.

Y ella puede sentirse totalmente satisfecha con su vida sexual, y quizá lo que le hace sentir insatisfecha o culpable es esa presión social de que sus fantasías son “poco feministas”. Porque, ¿qué es una fantasía sexual feminista? Es como ese calificativo que se pone y te suena “buá, fantasía feminista”. Vale, qué, pero está vacío de contenido. Porque al final lo que esconde es la prescripción de un código moral sobre tu sexualidad, y eso es sumamente peligroso, porque la sexualidad es el ámbito de la creatividad y algo no es malo para ti a menos que dificulte tu respuesta sexual, ponga tu vida en peligro o a menos que sea una amenaza de un otro hacia ti.

¿Crees que “el porno crea Manadas” o “el porno crea violadores”?

No hay una correlación entre ver porno o cometer una violación o un abuso.

En este caso estamos hablando de delitos, pero, ¿hay correlación entre ver porno y ser machista o ser misógino o tratar de forma degradante a la mujer?

Tampoco lo creo. No. No existe esta correlación. La mayoría de las personas saben diferenciar lo que es la fantasía de lo que es la realidad. Lo que sí necesitan es construir una vida sexual mucho más creativa más allá de los estereotipos de la pornografía. Habrá personas que necesiten el porno para estimularse con su pareja, como te decía antes, y otras personas necesitarán apagar el porno y reencontrarse con su cuerpo. Las dos direcciones. Este eslógan de “porno crea Manadas” es un eslogan populista, alarmante y que bebe de la psicosis. En cierto sentido, ojo, porque guarda cierta relación con las demandas que provienen de grupos ultraconservadores, y tú dices: ¿hasta qué punto los extremos se tocan? ¿Cómo te pueden vender esto como transgresor si es conservador y busca un sentido de pureza sexual? Al final no puedes ver porno ni fantasear con nadie más, tienes que conformarte con una pareja, y, además, una pareja estable, seria, que sea el padre o la madre de tus hijos.

Razones para defender la prostitución.

Yo no hablaría tanto de razones para defender la prostitución como de “razones para atender las demandas de las trabajadoras sexuales”. Personalmente (y esto lo comparto creo con muchas compañeras feministas) lo que más nos preocupa es la censura del sujeto político, tanto por parte partidos conservadores como progresistas. Porque esa censura actúa como una cortina de humo y se dejan entonces de abordar las necesidades de las personas que se dedican a la prostitución: desde aquellas necesidades dirigidas a mejorar las condiciones de trabajo a aquellas que se focalizan en alternativas laborales para quienes no desean seguir ejerciendo. Se pone el foco en el pánico y lo moral en lugar de en los derechos y demandas de esas personas.

Es cierto que se celebran muchas charlas o conferencias sobre la prostitución donde no hay siquiera una prostituta para contar su visión.

Sí. Tampoco es necesario que sí o sí tenga que haber una prostituta en esos debates, o una abolicionista, pero justamente lo que llama la atención es que hay una tendencia muy grande a censurar las voces de las trabajadoras sexuales y a censurar sus demandas. Incluso, cuando alzan su voz, la estrategia que se sigue por parte del abolicionismo, es la difamación. “Están dirigidas por el lobby proxeneta”, “en realidad son unas privilegiadas”… es una negación continua hasta el punto de que se usa la mentira. No obstante, sí de verdad interesase proteger a las trabajadoras sexuales de los abusos, habría un mejor clima para entenderlas. Evitar que se expresen no solo las condena a la exclusión sino que asimismo tampoco repercute de forma positiva en las víctimas de trata de personas con fines de explotación sexual. Conviene diferenciar entre dos categorías: víctimas de trata y trabajadoras sexuales. Si prescindimos de la distinción de esta realidad, mal vamos.

Loola Pérez

¿Una prostituta puede ser feminista?

Por supuesto.

¿Cómo se puede ser prostituta sin servir a la dominación masculina? ¿Crees que hay cosas que no se deberían comprar ni vender sin que pierdan su sentido (por ejemplo, la amistad; cuando entra el dinero pierde su sentido originario; o el sexo)? ¿Tiene sentido el sexo sin deseo, sólo con consentimiento?

Creo que el feminismo está muy obsesionado con el sexo. En ese sentido está más obsesionado que la Iglesia, en este punto. Y está muy bien que exista ese interés, ¿eh? Pero hay que profundizar en argumentos, en los deseos de las personas y en qué piensan los hombres de todo esto. Muchas de nosotras no sólo nos relacionamos con mujeres en la cama, sino que nos relacionamos con otros hombres. A veces con hombres y mujeres, todos a la vez. Sería interesante amplificar esos debates y trascender la visión de los peligros y los pánicos sexuales. Tenemos una visión muy pura del sexo pero no la tenemos de los cuidados: en los cuidados sí puede intervenir el dinero, pero en el sexo, si no hay una justificación romántica o un deseo recíproco parece que no vale. ¡Y ojo una cosa es el deseo y otra el consentimiento! Consentimiento debe existir siempre, pero más interesante es el matiz del consenso. Las prostitutas no solo consienten sino que consensuan qué practicas van a hacer o cuáles no, el uso obligatorio del preservativo, el lugar… Vamos, que tienen capacidad de agencia.

Entonces, según tu tesis, en una sociedad donde estuviéramos realmente emancipadas, ¿nosotras seríamos puteras? Si, como dices, nuestro problema ha sido la inhibición o la falta de capital… Me cuesta imaginarlo.

No lo creo (risas). Aquí hay dos cosas muy importantes: hombres y mujeres, generalmente (luego hay mucha diferencia entre grupos), no somos psicológicamente iguales (y esto no tiene por qué estar reñido con el hecho de que merecemos los mismos derechos y oportunidades). Tampoco tenemos las mismas motivaciones e intereses. Podemos encontrar a mujeres que tengan mayor interés para el romanticismo y hombres con mayor interés para la sexualidad, pero eso no significa que en el grupo de hombres y en el grupo de las mujeres queramos todos lo mismo. Tan artificial es comprar sexo como comprar amor a través de los cuidados, la compasión o la pena… ¿cómo decirte?… Es ciertamente artificial, falso, pero la mentira en el amor y en el sexo puede ser reconfortante para muchas personas y también tedioso para quien lo lleva a cabo.

¿En qué oficio se canjearía eso?

Pues por ejemplo: ¿cuánta gente ejerce cuidados, no le gusta lo que está haciendo y tiene que poner una sonrisa? Cuidando niños, por ejemplo. Y a día de hoy ya hay mujeres que compran servicios sexuales, pero para ellas seguramente sea más importante la compañía… Quizá son más discretas que muchos otros hombres, que presumen de consumir prostitución como si fuera una especie de competición entre su grupo de pares.

Ir al teatro. Parece una coña, pero no: las citas.

Sí. Prefieren eso que a lo mejor acostarse con una persona, pero muchos hombres cuando están en prostitución, muchas compañeras trabajadoras sexuales me cuentan que acaban funcionando como psicólogas. Que cuando consumen prostitución es una forma que tienen de salvar su matrimonio.

¿No crees que si la prostitución se regula vamos a legitimar una estructura donde el hombre siempre va a ser más poderoso que nosotras porque puede pagar por nuestro cuerpo, y no al revés?

No lo creo. Yo creo que los hombres están cambiando mucho en ese sentido y que para que cambien las cosas es muy importante darles derechos y reconocimientos a las trabajadoras sexuales. Cuando éstas no tienen derechos, sí que se motiva la desprotección ante los abusos… ¿A quién acudes a pedir ayuda cuando si eres puta o bien te ven como una delincuente o como una eterna víctima?

Supongo que estás en contra de perseguir al putero, como decía el PSOE, a fin de que eso sea un mecanismo para minimizar el drama de la trata.

Más que en contra de perseguir al putero, estoy en contra de que se hagan políticas contra el trabajo sexual sin contar con sus verdaderas protagonistas. Ellas reivindican que perseguir al cliente les acaba perjudicando a ellas, porque tienen que hacer el servicio a escondidas, más rápido, con mayor presión, sin poder a lo mejor negociar el uso del preservativo… y eso sí me parece interesante, cuidar sus condiciones y que sean lo menos peligrosas posible.

¿Es compatible el feminismo con la teoría queer? ¿Qué hacemos con las TERF?

La teoría queer al fin y al cabo es una teoría que ya empieza a tener peso de corriente en el feminismo. Viene a ampliar, a transgredir, a subvertir… creo que el feminismo queer vive de experiencias puramente individuales, sobre todo para las personas trans que están reivindicando su identidad como personas trans desde un sustrato puramente biológico, porque cada vez hay más evidencias científicas a este respecto.

¿En qué sentido?

Hay una área del cerebro concreta, la denominada BSTc, que parece elemental en el comportamiento sexual y que es similar entre mujeres cis y mujeres trans, y entre hombres cis y hombres trans. Ya tenemos ahí algo para empezar a entender el fenómeno de la transexualidad. También el sexólogo Milton Diamond tiene trabajos muy interesantes sobre la influencia genética de la transexualidad. Ser trans no es que tú te disfraces, no es que no te apetezca ser hombre o mujer. Ser trans es una identidad y debe ser reconocida, respetada y tener garantías legales cuando se sufre discriminación. Es decir, como cualquier otra persona que sea cisgénero… A menos que estemos tratando con personas sumamente intolerantes, no creo que sea difícil de entender. Y creo que el feminismo no debería usar la bandera de la ignorancia y la intolerancia con respecto a esto como ya hace hoy la ultraderecha. Hay comparaciones que son odiosas, pero es más terrible negar la intolerancia que se puede llegar a respirar dentro del movimiento contra las personas trans. Es una verdadera lástima.

 

¡Escuchad, por fin, a las mujeres!

 

Páginas 35-38 en:

https://cdn-prod.opendemocracy.net/media/documents/BTS_Sex_Workers_Speak.pdf

 

Las trampas, la extorsión, el encarcelamiento y las calumnias del Estado agudizan la conciencia de las trabajadoras sexuales que denuncian las medidas utilizadas invariablemente para reprimir a las mujeres y socavar las luchas de liberación feministas.

 

Gail Pheterson*

 

Las mujeres pusieron en marcha un movimiento de liberación de base hace cincuenta años en una desafiante resistencia contra la opresión. Esas feministas sabían que su lucha era peligrosa, pero eran implacables al reclamar los derechos de las mujeres como personas autónomas. ¿Dónde estamos ahora en esta cruzada por la libertad?

La idea de igualdad entre los sexos se ha convertido en el centro de atención mundial en las últimas décadas, pero la liberación de las mujeres todavía está muy lejos de alcanzarse. Las autoridades gubernamentales, las organizaciones mundiales y los reformadores sociales continúan socavando el análisis radical del sexismo generalizado con una retórica cargada de emociones de la desgracia individual femenina y la mala conducta masculina. Las exposiciones de hombres criminales y perversos que capturan a mujeres indefensas provocan la indignación pública y dejan intactos obstáculos institucionales para la movilidad, el trabajo y la autodeterminación corporal de las mujeres. Esta retórica sabotea las estrategias de liberación al llevar a las mujeres en fuga a la custodia protectora del status quo. El discurso contra la violencia sirve entonces para reforzar la represión estatal de las mujeres. A sabiendas o sin saberlo, el sistema ha logrado arrancar la agenda feminista de su fibra subversiva. El resultado es un camuflaje efectivo de la causa política de la huida de las mujeres y el desprecio por las necesidades materiales de las mujeres, sus elecciones sociales y, lo que es más insidioso, su autonomía para pensar y dar forma a sus destinos.

Todas las mujeres tienen razones para buscar la libertad, pero no todas enfrentan las mismas condiciones de vida. Las soldados de infantería contemporáneas de nuestro movimiento son mujeres migrantes sin derechos que no pueden salir de casa, cruzar fronteras, ganar dinero o vivir de forma independiente. Sin derechos, se ven obligadas a negociar su supervivencia con especuladores abusivos dentro y fuera de la ley. En la legislación, los medios de comunicación populares, los registros policiales, las convenciones de la ONU e incluso los tratados feministas mal fundados, son etiquetadas como mujeres víctimas de trata, atrapadas en el nexo de las relaciones de poder globales y clasificadas como este o aquel tipo de víctima o vagabunda.

Feministas inteligentes

Las trabajadoras sexuales activistas son inteligentes analistas feministas de estas maquinaciones; su conciencia indudablemente se agudiza por las pruebas diarias de (escapar) de las trampas, la extorsión, el encarcelamiento y las calumnias del Estado. Como establecen realaciones íntimas con los hombres, los funcionarios del gobierno solicitan prostitutas para que actúen como agentes encubiertos e informantes. Su ventaja sobre las mujeres de buena reputación social es su exclusión de la sociedad educada y la experiencia directa del vicio institucional. Las feministas de la corriente dominante harían bien en escuchar su palabra en público como lo hacen las autoridades masculinas en privado. Su primera demanda es la despenalización del trabajo sexual. Esto implica derogar las prohibiciones contra las negociaciones y los servicios vinculados a la industria del sexo, incluida la contratación de terceros para facilitar la gestión de las empresas y los viajes a los mercados extranjeros. En otras palabras, las trabajadoras sexuales exigen la abolición de las leyes contra la prostitución, el proxenetismo y la trata. Saben que tales leyes se traducen invariablemente en vigilancia discriminatoria, multas, arrestos, detenciones y expulsión de mujeres migrantes.

Dado que la opinión popular equipara el proxenetismo y la trata con el uso vil y el abuso de las mujeres, los reformadores bien intencionados persisten en promover una legislación restrictiva que restringe las negociaciones sexuales y los desplazamientos geográficos de las mujeres. La mayoría de las leyes penales existentes contra el proxenetismo y la trata son sobre sexo, dinero y viajes, no sobre violencia. Algunos países requieren evidencia de fuerza para proceder con el enjuiciamiento, pero las mujeres están sujetas a vigilancia discriminatoria racionalizada como medidas preventivas “por su propio bien”.

La violencia, la coerción y el engaño, por supuesto, ocurren en la prostitución, como en otras partes del sistema de clases sexual. Ciertamente, las trabajadoras sexuales deberían tener el mismo recurso a las leyes contra esos crímenes que cualquier demandante legítimo tendría en casos de agresión, violación, fraude, secuestro u otro delito contra su persona. Pero la igualdad de trato jurídico es incompatible con la clasificación perjudicial como prostituta o mujer víctima de trata. Las trabajadoras sexuales exigen una consideración genérica, neutral en cuanto al género, indiferenciada de otros trabajadores, ciudadanos o seres humanos. Los crímenes contra las mujeres no son crímenes contra dependientes incapacitadas, contra la propiedad o contra la moralidad: son crímenes contra individuos.

 ¿Penalizar el matrimonio?

Las mujeres tienen amplios motivos para una ejercer una acción de clase que reclame una indemnización por una serie de injusticias, ya sea trabajo no remunerado, insultos, agresiones o discriminación. La reparación podría ser una demanda colectiva feminista. El matrimonio y la maternidad son claramente los sitios históricos clave de subyugación para las mujeres en términos de trabajo y sacrificio. Pero las feministas nunca han pedido la prohibición del matrimonio o el embarazo, independientemente de los riesgos y daños documentados. Las feministas han luchado para dar a las mujeres alternativas o medios de escapar de las coerciones heterosexuales con derechos de divorcio, refugios para mujeres maltratadas y legitimidad lésbica. Y han luchado para que las mujeres escapen del embarazo forzado o la esterilización forzada exigiendo opciones reproductivas y facilitando el acceso a la anticoncepción y el aborto. Pero seguramente no negarían a las mujeres el derecho a decidir por sí mismas si casarse o tener un hijo o incluso si permanecer con un esposo abusivo. Y no negarían las recompensas y satisfacciones que algunas mujeres experimentan como esposas o madres. ¿Por qué las trabajadoras sexuales no reciben el mismo respeto?

También podría haber una acción de clase feminista para reclamar una compensación por las injusticias en la industria del sexo. Y claramente, las alternativas y las vías de escape dependen de las luchas feministas por los derechos de las migrantes, los derechos laborales y los permisos de residencia para mujeres independientes. Pero no hay justificación para negar el derecho a negociar el pago de servicios sexuales. Individualmente, cada una de nosotras está bajo el control de realidades específicas, cada una es una persona única y cada una tiene derecho a nuestros propios procesos de pensamiento y elecciones de vida. Colectivamente, podemos moldear visiones y objetivos liberadores comunes sin juzgar a ninguna mujer por la forma como busca su camino en el sistema de clases sexual.

 


* Gail Pheterson es actualmente profesora asociada [Maître de conférences] de psicología social, Universidad de Picardie Jules Verne, Amiens, Francia, e investigadora en el Centro de Investigaciones Sociológicas y Políticas de París, CNRS / Universidad de París 8. En alianza con las trabajadoras sexuales, ella organizó el Comité Internacional para los Derechos de las Prostitutas y los Congresos Mundiales de Putas en 1985-86. Es editora de A Vindication of the Rights of Whores y autora de The Prostitution Prism y Femmes en flagrant délit d’indépendance.

Gail Pheterson comenzó a organizarse con las trabajadoras sexuales de COYOTE en San Francisco en 1984 durante un año sabático en el Instituto para el Estudio del Cambio Social, Universidad de California, Berkeley. Mientras estuvo en San Francisco, diseñó un proyecto de alianza de putas, esposas y bolleras que se transformó en una red de Bad Girl Rap Groups. Cofacilitados con Margo St. James, Scarlot Harlot / Carol Leigh, Priscilla Alexander, Sharon Kaiser, E. Kitch Childs, Gloria Locket y otros, los Bad Girl Rap Groups estaban abiertos a “cualquier mujer que alguna vez haya sido estigmatizada como mala mujer por su trabajo, color, clase, sexualidad, historia de abuso o simplemente género ”.

A su regreso a Europa, cofundó Red Rread y Pink Rread, dos organizaciones holandesas entrelazadas de trabajadoras sexuales y aliadas, con Margot Alvarez, Ans van der Drift, Martine Groen, Violet y otras. También coorganizó con Margo St. James el Primer Congreso Mundial de Putas en Amsterdam y el Segundo Congreso Mundial de Putas en el Parlamento Europeo en Bruselas, y cofundó el Comité Internacional para los Derechos de las Prostitutas.

Gail Pheterson editó las transcripciones de los Congresos de las Putas para su publicación en A Vindication of the Rights of Whores (publicado en español con el título Nosotras Las Putas) y publicó una serie de ensayos titulados The Prostitution Prism (también en español y francés) , incluyendo su ensayo más conocido y ampliamente traducido, “Re Whore Stigma: Female Dishon or and Male Unworthiness”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Georgina Orellano: “Muchas chicas de clase media y alta se volcaron a la prostitución”

 

La líder del Sindicato de Trabajadoras Sexuales (AMMAR) confió en que el gobierno de Alberto Fernández reconozca ese rubro: “Eso formalizaría unos 60 mil puestos de trabajo”.

 

28 de diciembre de 2019

https://www.perfil.com/noticias/politica/georgina-orellano-legalizar-la-prostitucion-formalizaria-unos-60-mil-puestos-de-trabajo.phtml

 

Georgina Orellano es la secretaria general de AMMAR, el sindicato de las trabajadoras sexuales FOTO: SERGIO BIANCHI

 

Al tiempo en que confió que durante el gobierno del presidente Alberto Fernández “se pueda reconocer al trabajo sexual”, la secretaria general de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR), Georgina Orellano, aseguró en diálogo con la agencia Noticias Argentinas que “eso formalizaría unos 60 mil puestos de trabajo”.

Orellano remarcó que lejos del estereotipo marginal, en los últimos años “una gran cantidad de chicas de clase media, alta, con estudios secundarios y hasta universitarios” se volcó hacia el trabajo sexual por “los ingresos económicos que actuán” y lo hacen principalmente a través de plataformas virtuales para “no exponerse a la violencia policial”, aseguró.

Por detrás de las mujeres que elijen ejercer la prostitución en espacios públicos y en departamentos privados, los dos principales rubros del sector, cada vez gana mayor peso el trabajo sexual publicitado en redes sociales, como Instagram, Facebook, Tinder o Tumblr. “Es otra camada: tienen otras herramientas, la mayoría terminó el secundario, muchas incluso la universidad. Son chicas de clase media y alta”, graficó Orellano, indicando que “muchas fueron primero feministas antes de ejercer la prostitución”.

 Sin embargo, precisó Orellano, muchas de esas chicas de clase media y alta no están exentas de sufrir otro tipo de problemas por su condición de trabajadoras sexuales, ya que “sufren robo de datos y fotos, acoso virtual”, detalló la líder de AMMAR. Uno de los principales atractivos que ven las jóvenes en el oficio es el manejo de los horarios y los ingresos económicos que pueden obtener.

“Una chica de Recoleta cobra 5.000 pesos un servicio básico, mientras que una de Constitución cobra 500 pesos”, retrató Orellano.

A 65 años del decreto de Juan Domingo Perón que, en medio de la pelea con la Iglesia, facultó a provincias e intendencias a autorizar la instalación de lugares para ejercer la prostitución, Orellano volvió a reclamar que se avance en una ley que legalice el rubro, ya que eso “formalizaría unos 60 mil puestos de trabajo” que actualmente están al margen de toda norma.

El 30 de diciembre de 1954, Perón firmó el decreto 22.532 que avanzaba en la creación de las comúnmente denominadas “zonas rojas” para profundizar el distanciamiento con el clero que ya había comenzado unos meses atrás. Trece lustros después de aquella medida, las trabajadoras sexuales reclaman una Ley de Trabajo Sexual Autónomo con el fin de ejercer su actividad con un amparo legal y con derechos laborales.

La iniciativa, que llegó al Congreso en 2013 y rápidamente perdió estado parlamentario, proponía crear un registro dependiente del Ministerio de Trabajo en el que se inscriban las mujeres que se dediquen voluntariamente al trabajo sexual. Además, contemplaba la habilitación de cooperativas de trabajadoras sexuales autónomas, el otorgamiento de becas y la creación de la categoría “Trabajo Sexual” en el Monotributo para habilitar el acceso a obra social, aportes jubilatorios, créditos, vivienda, entre otros derechos.

Georgina Orellano: “Las trabajadoras sexuales podemos llegar a la universidad”

“AMMAR hizo un gran trabajo de sensibilización dentro del feminismo, el sindicalismo y otros espacios. Hay una apertura a escuchar, pero siempre se cruza la moralidad cuando hablamos de trabajo sexual. Hay que derribar algunos prejuicios antes de plantear que queremos obra social, jubilación y demás derechos laborales”, lamentó Orellano en diálogo con la agencia NA, al tiempo que indicó que las pocas que se encuentran formalizadas lo hacen con monotributos inscriptas como peluqueras o masajistas.

 La pilarense, que comenzó a ejercer la prostitución a los 19 años, advirtió que “se ha creado un estereotipo que muestra a las trabajadoras sexuales como marginales, pobres, que no pudieron hacer otra cosa” y señaló que en los últimos años se volcaron por el oficio una gran cantidad de “chicas de clase media, alta”.

 De acuerdo a un censo realizado por AMMAR junto al Ministerio de Salud y a la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA) en 2009 había un total de 80 mil trabajadoras sexuales: 60 mil ejercían el oficio en lugares privados y las 20 mil restantes lo hacían en la vía pública.

 Respecto a la situación de las prostitutas en los distintos puntos del país, Orellano explicó que varía de acuerdo a la jurisdicción en la que trabajen: “Hoy en día el ejercicio del trabajo sexual no está prohibido, pero están criminalizados todos los espacios de trabajo”.

“En la Ciudad de Buenos Aires trabajar en la calle es una contravención y te dan 200 horas de trabajo comunitario. Lo que agarran como argumento es la portación de rostro, genero y que estén paradas en el mismo lugar. En el resto del país es peor, porque las compañeras directamente van presas. O tienen que convivir con el negociado con la Policía para poder trabajar”, denunció.

Consultada respecto a la posibilidad de que el escenario varíe en el corto plazo, la líder de AMMAR subrayó: “Tenemos la esperanza de que durante el Gobierno de Alberto Fernández se pueda reconocer al trabajo sexual”.

Finalmente, recordó que AMMAR nació en 1995 “ante la necesidad de frenar la violencia policial” contra las prostitutas y cuestionó que “durante el macrismo se recrudeció” ese flagelo para las trabajadoras sexuales. “Renació una violencia que habíamos podido controlar”, concluyó Orellano.

J.D./H.B.

 

 

Ley de prostitución de 2016: 250 trabajadoras sexuales en Francia apelan ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos

 

(París, 19/12/2019)

http://strass-syndicat.org/es/non-classe/ley-de-prostitucion-de-2016-250-trabajadoras-sexuales-en-francia-apelan-ante-el-tribunal-europeo-de-derechos-humanos/

 

Tras la decisión del Consejo Constitucional del 1 de febrero de no invalidar la penalizacion de los clientes prevista en la Ley de prostitución, 250 trabajadoras sexuales que trabajan en Francia han decidido acudir ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Cuentan con el apoyo de 19 organizaciones comunitarias, de salud y feministas que defienden la salud y los derechos de todas las personas involucradas en el comercio sexual.

Durante años, las trabajadoras sexuales han estado alertando sobre las dramáticas consecuencias de la penalización de los clientes y las políticas represivas contra ellos. Ya sean víctimas de explotación o trabajo forzoso, independientemente del grado de autonomía en la actividad, estas personas denuncian una medida legal que las hace más vulnerables, las debilita y las expone a la violencia y los altos riesgos de su salud. Todos los días sufren las consecuencias de esta ley que restringe severamente su acceso a los derechos y la salud.

En este contexto inaceptable, 250 trabajadoras sexuales apelan al Tribunal Europeo de Derechos Humanos para que se reconozca la violación de sus derechos fundamentales: el derecho a la salud y la seguridad, el derecho al respeto de la vida privada. Exigen la derogación de esta peligrosa medida. Ante un gobierno e instituciones que niegan sus vidas y permanecen sordos a la violencia de su política, ellas y ellos deciden atacar al Estado.

Ya sea en Suecia, Irlanda, Canadá o Francia, tenemos la experiencia necesaria para afirmar que el modelo sueco que implementa la penalización de los clientes pone en peligro a todas las personas involucradas en el trabajo sexual. Es por eso que nosotros, las asociaciones, les brindamos un apoyo inquebrantable en esta lucha para que Francia cese, de acuerdo con las recomendaciones de los más altos organismos de la ONU, de adoptar leyes represivas. Seguimos repitiendo: estas medidas legales generan efectos contraproducentes en la lucha contra la explotación y el trabajo forzado y ponen en peligro la salud, la seguridad y la vida de las personas afectadas. Exigimos que los recursos asignados se utilicen para combatir todas las formas de violencia, para permitir un apoyo efectivo a las personas en dificultades en todas las dimensiones sociales, de salud y legales y para garantizar un cambio de profesión para aquellas que deseen hacerlo.

¡Es urgente que cese el sacrificio de las trabajadoras sexuales en el altar de la moralidad!

Es por eso que esta batalla legal continúa a nivel europeo ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, nuevamente apoyado por Maître Spinosi.

Contactos

Acceptess-T. Giovanna RINCON – 06 73 37 95 67

Aides, Adèle SIMON – 01 77 93 97 65 / 06 98 68 01 68

Autres Regards, Jean-Régis PLOTON – 04 91 42 42 90 / 06 60 80 10 53 direction@autresregards.org

Cabiria, Antoine BAUDRY – 06 76 63 59 22

Fédération parapluie rouge, Thierry SCHAFFAUSER – 07 69 27 76 11

Grisélidis, Julie SARRAZIN et June CHARLOT – 06 88 13 52 66

Les amis du bus des femmes, Elodie LAVOUTE – 06 09 88 62 19

Médecins du Monde, Insaf REZAGUI – 01 44 92 14 86/ 06 09 17 35 59 insaf.rezagui@medecinsdumonde.net

Paloma, Maiwenn HENRIQUET – 06 63 52 56 63

Sidaction, Aurélie DEFRETIN – 06 73 21 63 97 / a.defretin@sidaction.org

Strass, Anaïs de LENCLOS – 06 70 16 28 58, anais.strass@gmail.com et Amar PROTESTA – 0671826207

 

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Liberación sexual: el giro copernicano de la izquierda

 

Algunos (y algunas) parecen querer tildar de machismo que las mujeres nos mostremos orgullosas de nuestra feminidad

 

 

Guadalupe Sánchez

 

 

17 de diciembre de 2019

https://www.vozpopuli.com/opinion/Liberacion-sexual-izquierda-machismo_0_1309969769.html

 

Reconozco que, tradicionalmente, siempre he sentido bastante afinidad hacia los postulados de la izquierda contemporánea en materia de defensa de la libertad sexual. Lo primero que me viene a la cabeza son los discursos emancipadores de Betty Friedan en los años 60, o los movimientos feministas de finales de esa década que, frente a las prohibiciones de aparecer en público en bikini, adoptaron esta prenda como símbolo de emancipación de la mujer y libertad sobre su cuerpo.

También conviene recordar su activismo a favor de los derechos de los homosexuales y el matrimonio gay, o la propuesta del partido socialista relativa a que, en los delitos sexuales, el bien jurídico a proteger fuese la libertad sexual de la mujer y no su honestidad, la cual se plasmó finalmente en el Código Penal de 1995, que abandonó la terminología de violación en favor de la de agresión sexual. No quiero dejarme en el tintero el más reciente manifiesto contra la actual Ley Integral de Violencia de Género suscrito en mayo de 2006 por varias intelectuales feministas, entre las que se encontraban Manuela Carmena o Uxue Barcos, denunciando una “excesiva tutela de las leyes sobre la vida de las mujeres, que puede redundar en una actitud proteccionista que nos vuelva a considerar incapaces de ejercer nuestra autonomía”.

Con estos antecedentes entenderán mi sorpresa ante el giro de 180 grados que, en temas como los arriba señalados, ha dado la izquierda en estos últimos años, hasta el extremo que algunos (y algunas) parecen querer tildar de machismo que las mujeres nos mostremos orgullosas de nuestra feminidad y la exhibamos como buenamente nos plazca.

Ahora, cuando se leen determinados comentarios o propuestas, es difícil saber si su autor es progresista o conservador: desde ambas posiciones políticas se cuestiona el uso de maquillaje y la exhibición del desnudo femenino, se rechazan el porno y la prostitución libre y voluntaria, o hasta se muestra cierto desagrado hacia la forma de vestir de la mujer contemporánea occidental. Respecto a esto último, es curioso observar cómo determinados sectores feministas de la izquierda se muestran incómodos con imágenes de mujeres desnudas o semidesnudas (algo que achacan al patriarcado capitalista) mientras relativizan las de mujeres usando velo islámico o burkini. El feminismo ha crecido, evolucionado y triunfado en el seno de las democracias liberales capitalistas, y esto es algo difícil de asumir para quienes quieren convertir el feminismo es un instrumento mucho más ideológico que liberador.

La izquierda actual, en muchos aspectos, se muestra tan puritana y pazguata como la derecha tradicional conservadora

Concretamente, en materia de liberación sexual de la mujer, la involución de la izquierda tradicional es patente, puesto que en muchos aspectos se muestra tan puritana y pazguata como la derecha tradicional conservadora. De hecho, las antiguas reivindicaciones feministas las estamos defendiendo mayoritariamente mujeres que no nos consideramos de izquierdas pero que rechazamos estos “nuevos” postulados. Si aceptamos que aquellas reivindicaciones de los años 60 hasta ya entrada la década de los 2000 eran feministas, entonces el actual movimiento mojigato, identitario, paternalista y con pulsiones claramente censoras no puede serlo.

Frente a quienes pretenden burocratizar la libertad sexual, yo siempre defenderé que el sexo entre personas responsables y maduras no puede ajustarse a los dictados de lo políticamente correcto, ni mucho menos tener perspectiva de género: el sexo, junto con otros muchos factores, conforma nuestra identidad y es parte indisoluble de la libertad del individuo, sea éste hombre o mujer. El deseo, el coqueteo o la práctica del acto sexual son una creación artística personalísima que no admiten censura.